Los personajes no me pertenecer, pero lo harán pronto. Ya le escribí mi carta de navidad a San Nicolás, así que espero que los derechos de autor lleguen pronto (¿) e.é
(Kagome, Kagome) El pájaro en la jaula
|Capitulo catorce: Decisiones.
Kaguya dejó su teléfono dentro de su bolso nuevamente y suspiró. ¿Esto estaba realmente pasando? Sinceramente, y desde el fondo de su corazón, esperaba que no. En parte por InuYasha, y en parte por Kagome –aunque no quisiera aceptarlo.
Se cruzó de brazos y apoyó su peso sobre el escritorio. Quizá sólo era una coincidencia de nombres. Aunque confiaba un ciento diez por ciento en su memoria, siempre llegaba el día en que esta fallara y la metiera en un lio. Pero ahora, antes de suponer y entrar en pánico, debía confirmarlo.
—Kaguya.
InuYasha se acercó a ella con una expresión muy poco amigable. Lo conocía tanto como para adivinar, sin que él dijera palabra alguna, que esperaba que ella le contara todo lo que sabía antes de comenzar a pensar en lo peor.
Ni siquiera sabía por donde comenzar, pero de alguna manera lo hizo.
—Primero que todo, no estoy muy segura de si es o no lo que estoy pensando. Mi memoria puede fallar —aclaró. El chico hizo el ademan de que siguiera hablando—. Bien, ¿Recuerdas el tiempo en que te estabas acostando con Kikyô? —preguntó. El rostro de InuYasha le dio la respuesta enseguida—. Ah, sí, no eres ese tipo de personas que olvida algo como eso. Cambiaré la pregunta, ¿Recuerdas tu último festival escolar?
—Te dije que lo recuerdo. Moqueaste mi pañuelo.
— ¡Aparte de eso! —sólo fueron mocos, ¡Por dios! Que la demandara por eso—. También fue el último festival de Kikyô. Miroku fue a visitarnos.
—Sí… creo recordar eso —entrecerró los ojos. ¿Recordar lo que hizo ayer? Fácil. ¿Recordar lo que hizo hace casi ocho años? Ese era otro cuento.
Recordaba haber tenido a Kaguya sobre él todo el día. Miroku había ido con un grupo de amigos, así que no lo vio en muchas horas. Kikyô estaba igual de ocupada que él lidiando con preparativos y reponiendo cosas, recordaba que familiares de ella y suyos habían ido a saludarlos en sus estantes. Aparte de eso, no tenía un recuerdo concreto. Nadie le había dicho que tendría que recordar ese día ocho años más tarde. Hubiera anotado todo en una libreta.
—Hace menoría, ¡Por favor! —exigió—. ¡Son sólo rostros, es fácil!
— ¡No lo es! —él era humano. Los humanos no recuerdas cosas sólo porque sí—. ¿Acaso tú recuerdas cuanto es el valor de Pi?
— ¿Qué es Pi? —arqueó una ceja. ¿Matemáticas? No gracias.
—Ahí está la respuesta —bufó—. Algo está mal en tu almacenamiento de conocimientos. Eres capas de recordar rostros, pero no de almacenar la información importante.
Kaguya se cruzó de brazos y lo miró ceñuda.
— ¿Quieres que te cuente lo que creo está pasando, o vas a seguir insultándome?
—Adelante, por favor —sonrió y se relajó sobre el sofá—. Incluso si no puedo recordarlo, sigue.
—Bien, esto es así —arrastró sus largas uñas por su cabellera—. Creo que Naraku, el padre del chiquillo, es el mismo Naraku primo de Kikyô. El mismo que ese día fue de visita. Y estoy segura, pero realmente casi segura de que es él, porque aquel día cuando lo vi con Culito, también tuve la sensación de haberlo visto antes, pero lo dejé pasar —inhaló profundo. Se había quedado sin aire en tal larga explicación—. Y esa es mi suposición.
InuYasha permaneció en silencio mientras su cerebro comenzaba a procesar de manera lenta y segura la información recibida. Por mucho que intentara hacer memoria de ese día, ningún recuerdo o rostro era totalmente claro, cosas que en aquel momento no pensaba que eran importantes, su mente sólo no las procesó y guardó como debía.
Pero si la historia era cierta, o si bien, la suposición de Kaguya era cierta, entonces él no vio a Naraku por primera vez hace unas semanas cuando acompañó a Kagome a espiarlo, sino que lo hizo antes. Mucho antes. Incluso antes de que la chica quedara embarazada.
Apoyó su espalda en el respaldo del sofá. Aunque no había motivo, se sentía ligeramente maneado y en su estomago tenía una pequeña bola de fuego que amenazaba con crecer. ¿Él había conocido al tipo que había dejado a Kagome embarazada y sola? ¿Había hablado con él en algún momento –cruzado una palabra aunque sea? ¿Le abría sostenido la mano y sonreírle educadamente? Incluso en aquel tiempo, cuando aún no sabía lo que le esperaba en el futuro, debió haber apartado su mano o haberle insultado.
No tenías manera de saber lo que iba a pasar. Ni Kagome, y seguramente tampoco Naraku, pensaban siquiera en volver a encontrarse en esa pequeña y caótica fiesta.
—Aunque, bueno —siguió ante el prolongado silenció de su amigo—. Todo esto se resolverá fácilmente si le preguntamos a Kagome el apellido.
— ¿Cuál es?
—Uchida. Será mejor que llames a Kagome ahora mismo para salir de la duda, o tendrás esa expresión todo lo que queda del día.
Asintió. Tomó su teléfono y buscó el nombre de Kagome entre sus contactos. Estaba demasiado ocupado analizando la situación para haber notado qué tipo de expresión tendría en su rostro en ese momento.
La voz de la operadora le indicó que el teléfono al que estaba llamando se encontraba apagado, o bien destruido. Cualquiera era una opción.
Kaguya bufó con fuerza.
—Esto es raro. Mucha casualidad, quizá —caminó hasta sentarse junto a él en el sofá. El ambiente estaba algo ambiguo—. Y, mientras esperamos a que ella conteste su teléfono… me gustaría escuchar esa historia de cómo ella y el primo de tu prima se acostaron.
Era una historia corta y personal que Kagome le había hecho prometer no contarle a nadie, sobretodo a Kaguya. Además… ahora le incomodaba. Antes pudo escucharla con absoluta calma y entendimiento, pero ahora sólo… solo quería dejar de pensar en eso. Kagome ni siquiera le había contado el contexto real de la situación. ¿Estaba ebria? ¿Quién dio el primer paso primero? ¿Quién pagó por la habitación de hotel?
Uhg.
Sinceramente, no quería saber los detalles.
—No te lo diré —cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacía atrás—. Si quieres saberlo, pregúntale a Kagome.
—Ella no me lo dirá —frunció los labios—. Por alguna razón, me odia.
—Le derramaste una bebida en su blusa, la insultaste e hiciste que la arrestaran el único día en mucho tiempo que iba a pasear con su familia completa al zoológico —levantó un dedo.
Kayuga se atoró con su saliva. ¿Le había contado todo eso? ¡Ni ella recordaba todos los detalles!
—Volviste a insultarla cuando te la encontraste en el baño del centro comercial. También estaba Kenji con ella —levantó otro dedo—. Y le dices travesti cada vez que tienes oportunidad —finalmente, tres dedos estaban levantados—. Aunque, y es muy probable, que ella te odie sólo por las dos primeras razones. Tiene un severo complejo con ser una súper mamá, y de alguna u otra manera tú le pones las cosas horriblemente difíciles.
—Lo del zoológico… bueno, era un mal día simplemente —comenzó. El hecho de saber que en cada una de esas situaciones había estado el chiquillo por ahí, bueno… le hacía pensar que quizá no había actuado del todo bien—. 'Culito travesti' es un apodo cariñoso, me conoces —se encogió de hombros. Había omitido su escusa del baño. Realmente no tenía una.
Ah, rayos, ¿Cuándo se había vuelto tan blanda?
—Como sea —se puso de pie rápidamente. No le gustaba la atmosfera—. Tengo cosas que hacer ahora. Te veo después.
—De acuerdo —pasa una mano por su cabello y se pone de pie para sentarse tras su escritorio.
Mejor comenzaba a trabajar y despejar su mente de todo lo que ahora era posible. ¿Realmente había conocido al padre de Kenji? ¿Era realmente un primo de Kikyô? Ah, se supone que no tenía que pensar en eso más.
Comenzó a ordenar unos papeles que estaban regados. Tomó la engrapadora, unió los que se suponía debían estar juntos y los ordenó a un lado. Sujetó un sobre marrón que estaba junto al teléfono de la oficina. Tardó unos segundos en recordar que ese era el sobre que su padre le había enviado el día anterior. Rompió el papel con rapidez y miró dentro.
Informes personales de un par de empleados masculinos. Sobre el primero, un papel de mensaje amarillo le informaba que buscara los expedientes de cada uno de ellos a fondo. Supo a qué se refería. En sus manos tenía el listado de personas que estaban bajo la mirada fija de su padre y su hermano. Kagome estaba allí.
¿Qué significaba esto? ¿Estaban dándole el poder de buscar y encontrar?
¿Cuándo se había graduado de detective?
El gordo y negro teléfono de la oficina sonó.
—Sango.
—Oh, ¿InuYasha? Se supone que debía comunicarme con Akitoki…
Aún no se recuperaba por completo.
—Llamas justo a tiempo —tomó una lapicera y una pequeña libreta—. Necesito que me comuniques con Sesshômaru —pidió. Su hermano solía enfadarse cuando le llamaba para algo relacionado al trabajo a su teléfono personal. Esa era una de las razones por las que nunca lo llamaba para saludar—. Y luego con el detective Kim de la compañía —que supiera quien era la persona que había mentido en sus documentos, no significaba que no examinara a los otros. Si estaban en esa lista, era por algo.
—Woa. Se ve que algo interesante se avecina —se le escucha reír—. Es un lindo día, ¿No lo crees?
—Sango.
—Dime.
— ¿No tienes una llamada en espera para Akitoki?
—… diablos.
Seis minutos más tarde, el teléfono volvió a sonar.
Bastante tarde para la rápida-Sango.
—Tu hermano está en una reunión de negocios fuera de la ciudad, ¿Cómo demonios no puedes saber eso?
—Con bastante suerte sé que es mi hermano —rodó los ojos. Quizá ese era el motivo del por qué le habían puesto esa tarea a él. Significaba, lamentablemente, que tendría que llamarle al móvil—. ¿Y el detective Kim?
—Intenté que pudiera reunirse contigo hoy, pero dijo que es imposible, y a no ser que fueras tú quien vaya a su oficina, no hay madera de que se vean. Pero mañana tiene una hora libre y puede venir. ¿Qué quieres hacer?
Detectives, pensó, siempre fingiendo que están ocupados para darse importancia.
No dudaba de que tuviera trabajo y fuera bueno en lo que hacía –de otro modo sería imposible que le confiaran las investigaciones y asuntos legales de la compañía a él–, pero le conocía de tantos años ya que podía imaginarlo viendo Los Simpson mientras comía unas donas.
—Iré hoy —lo mejor era salir de esto antes de que se le olvidara por completo. Su mente estaba llena de bastantes cosas ahora mismo.
—De acuerdo, jefecito.
—Y, hum… ¿Sango?
—Dime.
— ¿Cuáles son las posibilidades de que a alguien como Kaguya, hipotéticamente, se le rompiera el condón?
—Oh… ¿Crees que está embarazada? —preguntó, aunque su tono se escuchó bastante burlón.
— ¿No?
—No lo sé. Realmente… es imposible imaginarlo.
—Tienes razón —quizá Kaguya no estaba embaraza. Quizá su mente le jugó esa broma. Aún cuando todo apuntara a qué así era, no podía terminar de creer que el mundo se había vuelto loco.
Colgó y metió los expedientes en un sobre nuevo, omitiendo el de Kagome. Sango volvió a llamar para confirmar la cita y dejó el edificio treinta minutos después. Nunca había estado personalmente en la oficina del detective Kim, pero Sango le había dado un mapa que describía hasta el árbol que estaba en la esquina. Aunque, claro, nada evitó que diera un par de vueltas erróneas hasta encontrar el lugar.
Kagome suspiró con fuerza y se recargó contra la pared de concreto en la espera de su hijo.
Una gigantesca ola de estudiantes primarios comenzó a salir y expandirse por los alrededores. Ninguno de ellos era lo suficientemente guapo como su hijo. Se posicionó de puntillas para lograr ver mejor. Pensó en sostener un cartel que dijera "Kenji, aquí está mamá" para que el niño pudiera encontrarla más rápido, pero se ganaría el odio infinito de su hijo.
A los pocos minutos, Kenji salió de entre la multitud y caminó directo a ella.
Estaba sucio, despeinado y con la mochila colgando de un solo hombro. Aún así, se veía sonriente.
Kagome le acarició el cabello –intentando peinarlo.
— ¿Te portaste bien hoy? —le preguntó.
—Sí.
— ¿Y anoche? ¿Diste problemas para levantarte hoy en la mañana?
—No.
—Buen niño —le sonrió.
Se acuclilló para quedar a su altura.
— ¿Me extrañaste? —preguntó con un puchero bordeando su labio inferior.
Kenji soltó una risita pequeña.
—Mucho —extendió sus brazos a cada lado—. Así de mucho.
—Yo también te extrañé —lo abrazó. Aún quedaban niños caminando por ahí, y ella tenía algo así como prohibido avergonzarlo en publico, pero en ese momento necesitaba ese abrazo con urgencia—. ¿Sabes que te amo, verdad? Sin ti, probablemente yo no podría existir —murmuró conteniendo la lastima en su voz.
Se sentía mareada, angustiada y un millar de sensaciones desagradables. Quería correr, pero también deseaba esconderse bajo la cama.
— ¿Mamá? —Kenji le acarició la espalda con delicadeza. El niño era perspectivo, o Kagome estaba siendo muy obvia con su malestar.
—Adivina qué —se separó rápidamente de él—. Llamé a Kôga esta mañana. Estaba tan feliz de escucharme que creo su hermana menor lo está matando. Así que logré sin mucho esfuerzo que aceptara salir con nosotros hoy. Solo los cuatro. ¿Quieres?
— ¡Sí! —sonrió—. Hace tiempo que no los veo. Extraño a Emi.
—Lo sé. Por eso creí que te gustaría verla hoy.
Le tomó de la mano y caminó calle abajo.
Quizá mintió un poco. Solo un poco. En parte sí, había pensando en su hijo y en el tiempo que llevaba sin ver a Emi, su amiguita de juegos. Pero, por otra parte, su mente era un desastre desesperado. Intentaba no crear conclusiones apresuradas. No culpar a nadie. Pero estar sola y desocupada en su casa iba a lograr que hiciera todo eso y más. Por eso, mientras rebuscaba en su teléfono el número de su madre, vio el nombre de Kôga y recordó que acordaron juntarse un día y pasear. Hoy era ese día. Aunque fueran unas pocas horas, las necesitaba.
Se encontraron con ellos frente a un supermercado –donde habían acordado esperarse. Emi primero saltó a los brazos de Kagome con fuerza. No la había visto en apenas unos días, pero juraría que la niña tenía el cabello más largo y había crecido unas pulgadas. A Kôga, por otra parte, le veía igual, aunque fingió sorpresa para no hacerle sentir mal.
— ¿Dónde debemos ir? —Kagome miró su reloj—. No tenemos mucho tiempo de todos modos.
—Emi no almorzó debidamente, así que estaba pensando que podríamos ir a comer primero —se encogió de hombros el chico, a modo de disculpa. En realidad, él había olvidado darle la comida a la hora, y luego su hermana había hecho un berrinche horrible cuando la interrumpió durante su horario de juegos.
—Genial, Kenji no ha comido nada tampoco —sonrió y se giró hacía los niños—. Iremos a comer. Compórtense y no corran, ¿De acuerdo?
— ¡De acuerdo! —Kenji levantó su pulgar.
Emi se sostuvo de la mano de Kenji.
Kôga arqueó una ceja.
Kagome lo notó.
—No te preocupes —le golpeó el hombro amistosamente—. A mi hijo le gustan mayores.
—Yo no estaba… —entrecerró los ojos. ¿Celos de hermano? Por favor. ¿Celos de que la niña lo odiara, pero que confiara en cualquier otro? Podía ser. Incluso si era un niño como Kenji. Él era quien la cuidaba. La vida era injusta.
—Ya, ya —lo consoló—. Emi te adora, solo que está acostumbrada a expresarte su amor de forma… algo brusca. Cuando crezca, todo será mejor.
—Eso espero.
— ¿Tus padres aún están viajando?
—Sí —volvió a encogerse de hombros—. Pero mi abuela se mudó con nosotros luego de que vendiera el complejo departamental. Ella me ayuda con Emi. En realidad, ella hace todo.
—Oh, dale saludos de mi parte. Fue una buena casera.
No esperaba que ese lugar se vendiera tan pronto. Aún estaban frescos todos sus recuerdos allí.
—Sobre el otro día —comenzó Kôga—. ¿Te encuentras bien?
—Por favor, olvida ese momento —cubrió su rostro con sus manos para esconder su sonrojo—. Estaba en una crisis y quise llamar a mi madre, me equivoqué y apreté tu nombre.
—Ah, eso pasó —murmuró ligeramente desilusionado.
Había tenido la ligera esperanza de que ella hubiera pensando en recurrir a él cuando se sintió superada por la situación. No fue así. Debía comenzar a hacerle caso a Ayame y olvidarse de ella. Sería difícil. Mientras más la veía o hablaba con ella, más sentía que le gustaba.
Aunque, también, debía ser sincero consigo mismo.
Kagome era mayor. Tenía un hijo. Necesitaba alguien en quien pudiera sostenerse cuando se derrumbara, y eso no significaba apoyo moral solamente. Pero, bueno, él podría ser esa persona dentro de unos años, cuando terminara sus estudios. El problema iba a que Kagome quizá ya hubiera encontrado a alguien para ese tiempo.
—De todos modos, me alegra verte, Kôga, necesitaba despejarme un poco.
Ah, y hablando del comienzo de las ilusiones…
— ¿Qué tal tu trabajo? —cambió de tema.
—Renuncié. Comenzaré el lunes uno nuevo. Tengo esta semana completamente libre para buscar pelusas en mi ombligo.
—Me lo imagino —sonrió—. Entonces, el problema que tenías el otro día, ¿Se logró solucionar?
—Sí —le devolvió la sonrisa—. Aunque recibí algo de ayuda. Como lograste escucharme, no estaba en momentos para razonar adecuadamente.
¿Ayuda? ¿De quien?
—De casualidad… —entrecerró un poco los ojos—… ¿Fue ese chico que detuvo a ese ladrón aquella vez?
—Oh, ¿Cómo lo sabes? —parpadeó.
Kôga rodó los ojos, de mal humor.
—Parece que está siempre que necesitas ayuda —bufó.
Kagome guardó silencio. ¿Era así? Ahora que lo pensaba, InuYasha siempre estaba ahí para ella.
Entonces… ¿Por qué tenía una foto junto a Naraku? Estaba segura que aquella vez, cuando fueron a espiarlo, él logró verlo… de lejos, pero si ves a alguien a quien conoces de tiempo, ¿Cómo no reconocerlo? Incluso si juró guardar ese secreto por ser amigo de él ¿No debió haber tenido un poco de consideración con ella? Después de todo…
Ah, se dijo que no iba a hacer suposiciones apresuras.
Movió su cabeza en movimientos rápidos, en un intento de alejarse de aquellos pensamientos.
No piensas mucho en esto. InuYasha no es un mal tipo. Alguna razón debe haber para esto.
— ¿Kagome? —Kôga la nombró por tercera vez, sujetando su muñeca para lograr llamar su atención.
—Ah, ¿Decías? —se sonrojó, odiaba perderse en sus pensamientos.
— ¿Te encuentras bien?
—Sí, lo siento. Estaba pensando en tonterías —sonrió, soltándose del agarre del chico—. Por cierto, ¿Te contó Ayame que me encontré con ella el otro día? Es tan linda.
Y así siguió hablando sin detenerse, impidiendo que pensamiento alguno ocupara su cabeza.
Kôga se dedicó a escuchar, incapaz de comprender qué tipo de problema era el que la chica tenía. Incluso si preguntaba, sabía que esquivaría él tema. Porque era así. Porque ella no confiaba en él de ese modo. Porque había una pared invisible que él no lograría pasar.
Odiaba admitirlo, pero Ayame tenía razón.
El día martes terminó sin que InuYasha pudiera contactarse con Kagome por ningún medio. Kaguya tampoco apareció esa noche por su casa, para variar. No quería admitir que se estaba volviendo paranoico, pero quizá lo estaba un poquito. Toda la situación parecía bastante irreal. No era normal que Kagome no diera señales de vida… bien, sí lo era. La chica tenía un largo expediente de desaparecer de su vida por unos días y luego aparecer como si nada. Pero ahora era distinto. Estaban en otro tipo de relación.
Se suponía que contestara su teléfono.
Siguió insistiendo hasta que no fue un horario prudente para llamar. Apagó el televisor y se lavó antes de ir a la cama. El día siguiente no fue mejor.
Insistió a la hora del desayuno, y luego a la hora del almuerzo. Si ella no contestaba a la hora en que él saliera del trabajo, iría a su casa. Ella no podría culparlo.
— ¿Y Kaguya? —Miroku se veía realmente sorprendido de no verla.
—No sé —bufó. Esa era otra mujer que no contestaba su teléfono.
—Oh, bien. Alguien no está del mejor humor hoy.
Él no estaba de mal humor, sólo estaba un poquito cansado de quedarse pensando mucho en las cosas. Odiaba la sensación de la incertidumbre. ¿Sería realmente Kikyô prima del padre de Kenji? ¿Significaba eso que Kikyô y Kenji eran familiares? ¿Era posible que todo fuera tan complicado?
Volvió a insistir una vez más antes de comenzar a ordenar sus cosas para salir del trabajo. Esta vez, como intuyendo que él iría a su casa y tendría que hablarle, Kagome contestó el teléfono.
—InuYasha —murmuró. Se escuchaba normal, o eso podía apreciar él—. ¿Sucede algo?
—Ah, yo… —Sí, suceden algunas cosas, comenzando por creer que de alguna u otra manera él había conocido al padre de Kenji, y terminando en que ella había ignorado sus llamadas olímpicamente—. No mucho —se encogió de hombros.
— ¿Sí? —casi, casi pudo imaginarla entrecerrando los ojos. Ella debía saber que no era normal tener todas esas llamadas perdidas de él, entonces ¿Por qué no decía nada?
Escuchó un pequeño ruido parecido a cuando el caldo burbujea en la cacerola, y luego a la chica soltar una pequeña maldición. Un golpe sordo y el ruido del agua correr.
— ¿Kagome? —interrogó.
—Lo siento, sigo aquí —se escuchaba fastidiada—. Estoy preparando la cena, y creo que acabado de quedar con seberas quemaduras en mis dedos.
Rió ante su ocurrencia, pero realmente esperaba que no estuviera herida de verdad.
Se formó un pequeño silencio.
—Entonces… —siguió la chica—. ¿Quieres venir a cenar?
Oh.
—Digo, preparé de más… y Kenji está saltando justo aquí exigiendo verte —se escuchó ¿tímida?
InuYasha sintió, por primera vez, el deseo de verla.
No para hablar sobre algún problema, no para saber si estaba viva. Sólo… quería verla. En ese preciso momento, solamente quería verla con el teléfono en su oído mientras se movía por la cocina. Deseaba ver esa imagen más que cualquier otra cosa.
—De acuerdo —se sintió sonreír como un tonto. Agradecía que nadie lo estuviera viendo—. Estaré allí en unos veinte minutos.
—Bien. Te… te estaré esperando. Adiós.
¿Se vería tan nerviosa como se escuchaba, o él estaba imaginando cosas? Ya lo comprobaría una vez que estuviera frente a ella.
Terminó de ordenar las últimas cosas que tenía que hacer y salió del edificio.
Intentó conducir con moderación, evitando quedar como un desesperado que llegaba a los diez minutos de cortar la llamada. Aunque costó bastante, porque… sí, estaba algo así como desesperado.
Quizá había calculado el tiempo exactamente bien, porque llegó en veinte minutos más o menos.
— ¡Hola! —Kenji fue quien abrió la puerta para recibirlo. Se veía realmente entusiasmado de verlo.
InuYasha le sonrió de vuelta.
—Hey, hace tiempo que no te veía —le acarició la cabeza—. ¿Has crecido?
— ¿Lo crees? —sus ojos brillaron con esperanza y enderezó su espalda con exageración—. Yo también lo creo. Mis pantalones ya no son tan largos como antes. Creo que se debe a que tomo bastante leche por las mañanas. A mi mamá le gusta hacerme licuados algunas veces. No me gustan mucho, pero ella dice que-
—Kenji, se supone que tenías que hacerlo pasar —Kagome apareció detrás del niño—, y no hablar mal de mis nutritivos licuados —bufó, pero sus ojos fueron directo a InuYasha.
Ambos se miraron por un largo segundo, y sonrieron.
Kenji lo notó. Rodó los ojos y suspiró. A veces los adultos eran bastante lentos. Tomó la mano de InuYasha y le invitó a pasar. Kagome volvió rápidamente a la cocina, a terminar lo que estaba haciendo.
Los platos estaban sobre la mesa, el aroma del caldo casi lograba que se degustara en el paladar. El niño le indicó sentarse a su lado, y lo hizo. Sus ojos fueron automáticamente hacía la chica y su delantal estampado. La imagen que él deseaba ver, estaba allí. Casi sintió que podría tachar eso de su lista de: "cosas que ver y hacer en la vida".
En un determinado momento, cuando Kagome se giró y sus miradas se encontraron, tuvo la intención de ponerse de pie e ir hacia ella. La chica, por su parte, se le quedó mirando por un largo minuto hasta que su hijo llamó su atención.
Terminó de colocar la comida en la mesa y los tres comenzaron a comer.
—InuYasha —Kenji apoyó ambas palmas sobre la mesa y se impulsó un poco hacía arriba—. ¿Sabes? El próximo mes cumplo años.
— ¿Sí? —parecía verdaderamente sorprendido—. ¿Cuántos?
—Ocho —enumeró con sus dedos—. Ya soy todo un hombre —elevó su mentón con orgullo.
Kagome soltó una pequeña risita, pero no dijo nada.
—Oh, claro que eres todo un hombre —le siguió el juego, alargando su brazo para poder sujetarle el mentón—. Creo que ya te comenzará a salir bigote.
— ¿De verdad? —murmuró. Se veía realmente sorprendido.
—Kenji, baja las manos de la mesa y come. Se te enfriará —ordenó Kagome y se giró hacia InuYasha—. No le digas esas cosas o comenzará a fastidiarme sobre comprarle una afeitadora.
—Pero mamá, puedo ocupar la que ocupas tú para-
— ¡Kenji! —gritó, casi horrorizada.
Él niño saltó asustado sobre su asiento.
InuYasha se sujetó el estomago con fuerza y comenzó a reír. La situación se alargó por muchos minutos entre un niño que no entendía qué tenía de malo lo que dijo, hasta una Kagome que no podía hacer bajar la sangre de sus mejillas.
En cierto momento, cuando el niño mencionó "axilas", todo ocurrió bastante rápido. Kagome rugió con fuerza, y si hubiera sido un comic, efectos de humo saliendo de su nariz y orejas hubiera sido divertido de ver. Saltó sobre el pequeño, pero este pudo escabullirse por debajo de la mesa a tiempo y refugiarse detrás de la silla de InuYasha. De pronto, todo era un caos. El chico no supo como se había convertido en un escudo humano del niño, pero ambos estaban escapando por toda la casa mientras Kagome les perseguía.
— ¡Me rindo, me rindo! —gritó el niño cuando cayó bajo las garras de su madre—. Lo lamento. No volveré a hablar sobre los temas que me dijiste no puedo hablar en publico.
—Claro que no lo harás —gruñó, aunque de un tipo 'gruñido maternal'. Ella nunca iba a estar realmente enfada con Kenji, pero él niño debía aprender a mantener su hermosa y pequeña boca cerrada, o todo el mundo se iba a enterar de sus vergonzoso secretos algún día.
Desde atrás, unas manos la sujetaron y de pronto estaba contra el suelo. Kenji saltó a sujetar sus piernas, envolviéndose como un perezoso, e InuYasha le sujetó las muñecas por sobre su cabeza. Estaba totalmente inmovilizada.
— ¡Ustedes dos…! —gritó, ¿Acababan de tender una trampa? ¿De verdad?
—Eres bastante débil, en realidad —murmuró InuYasha, sin muchos problemas para mantenerla inmovilizada.
Kenji asintió, aunque se veía un poco más complicado en su labor.
— ¡Se supe que los adultos deben estar de lado de los adultos! —gritó. Simple lógica.
—En realidad, los Rangers deben estar de lado de los Rangers —corrigió el hombre, encogiéndose de hombros.
Los grandes y expresivos ojos de Kenji brillaron con absoluta admiración. Kagome bufó con fuerza, ¿¡Por qué rayos ese hombre seguía enamorando a su hijo!? No le sorprendería si un día de estos Kenji le informaba que se iba de casa para vivir con InuYasha.
—De acuerdo, lo admito, perdí. No puedo contra los dos —murmuró. Sólo por ésta vez iba a omitir el hecho de que dos contra uno era trampa, y les iba a dar el punto ganador—. Ahora, hagan el favor de soltarme para que podamos cenar como personas civilizadas —o intentar, por lo menos.
Ambos chicos la soltaron, y Kagome aprovechó para darle un coscorrón a cada uno. Necesitaba vénganse de alguna forma.
La cena estaba casi fría cuando volvieron a la mesa, pero el pequeño juego les había abierto el apetito, así que solo se dedicaron a comer y hablar de cosas pequeñas. Kenji fue el primero en terminar, y decidió que era hora de que InuYasha supiera lo grandiosa que era su mamá.
—InuYasha, ¿Sabías que mi mamá luchó contra un hipopótamo? —sonrió.
Kagome escupió su comida a un costado.
— ¿Ah, sí? —arqueó una ceja y miró a la muy avergonzada mujer limpiando el arroz que había saltado a la mesa.
—Sí. Cuando fuimos al zoológico con el abuelo, la abuela y tío Sôta. Mi mamá fue a comprar bebidas, pero se encontró con un hipopótamo y luchó con él —por cada palabra que el niño narraba, Kagome se hundía en su asiento.
¿Zoológico? ¿Toda la familia? ¿Ese fue el día en que ella se encontró con Kaguya por primera vez y fue a parar a la cárcel?
—Además —siguió el niño, como si las señas de silencio que su madre le daba no fueran entendibles—, salvó a un oso polar de caer de un edificio. ¡Tendrías que haberla visto! Dijo que evitó que se diera contra el suelo. Su espalda estaba toda lastimada.
¿Oso polar? ¿Espalda lastimada?... ¿Ella realmente…?
—Kenji —se apresuró—, ¿Terminaste toda tu tarea?
—Aún me falta un poco…
Genial.
—Pues ve a terminarla ahora. No quiero que te acuestes tarde nuevamente.
—Pero…
—Ahora.
—Bien —suspiró en forma de derrota y se puso de pie—. Adiós, InuYasha. Aún tengo que mostrarte mi juguete, tienes que volver para verlo ¿De acuerdo? —pidió con voz dulce.
Kagome se cruzó de brazos. Se sentía como el violinista mal tercio.
—Lo haré —le sonrió y le acarició el cabello.
Kenji fue directo a su habitación después de eso, pero no sin antes hacerle prometer con el meñique que volvería. Las promesas de meñique no se rompen.
—Entonces… —InuYasha esperó hasta escuchar como la puerta de la habitación del niño se cerraba para inclinarse sobre la mesa—. Kaguya es un hipopótamo, y yo soy un oso polar, ¿Verdad?
—No podía decirle que estuve en la comisaria —susurró y se levantó, comenzando a retirar los platos de la mesa—. Y mucho menos decirle que actué como una completa idiota cuando intenté que no te dieras contra el suelo. Kenji es bastante inteligente. En su imaginación es más aceptable que salvase a un animal, a que lo hiciera a un hombre siendo una mujer.
—Claro —rió por lo bajo, ayudando a levantar los platos—. Te ayudaré. Tú los lavas, y yo los seco —propuso.
Kagome lo miró de reojo, pero asintió y sonrió. ¿Tenía él que ser tan… lindo?
Dejó correr el agua y le entregó un paño limpio a InuYasha.
—Entonces, ¿Qué tal las cosas? —comenzó ella y le entregó un plato.
—Bien —sólo había estado golpeándose la cabeza contra la pared algunas veces. Nada anormal.
— ¿Y Kaguya?
Oh, bien. ¿Ella preguntando por el hipopótamo con implantes? Hasta InuYasha la miró de forma extraña.
—Sólo es por preguntar… —se encogió de hombros.
—Ella… está bien —algo embarazada, pero bien.
—Me alegro —murmuró. Tomó el último cuenco y lo enjuagó antes de dárselo a InuYasha. Secó sus manos en su delantal y se lo quitó.
El ambiente quedó en silencio.
InuYasha dejó el paño a un lado y dio la vuelta, apoyándose contra el mueble y cruzando los brazos. Ambos se miraron directo a los ojos. Sabían que tenían cosas que aclarar.
— ¿Por qué no querías verme? —preguntó él.
Kagome inhaló profundo.
—Espera aquí, vuelvo en un momento —pidió y caminó hacía su habitación.
Cuando volvió, traía consigo el libro de fotografías que él le había prestado. Lo dejó sobre la mesa y lo abrió. Un par de fotografías sueltas estaban allí, y Kagome las tomó todas para mirarlas y luego quedarse con solamente una.
Volvió a cerrar el libro y se apoyó en la mesa, de modo que quedara frente a frente con InuYasha.
—Encontré esto —le enseñó la fotografía.
InuYasha la tomó. Lo primero que notó fue que esa era una de las fotografías que Kikyô le había pedido. Sin embargo, no entendía a qué punto quería llegar Kagome.
— ¿Quién es él? —preguntó la chica, con voz rasposa y señaló la imagen del chico apartado en la fotografía, junto a su prima. De pronto, todo hizo 'clic'. Los engranases encajaron a la perfección.
Kagome lo sabía.
— ¿Por qué estás en la misma fotografía que Naraku? —preguntó—. ¿Por qué tú, Kaguya y Miroku conocen a Naraku? —preguntó, en un tono levemente más fuerte.
Entonces era verdad. El primo de Kikyô, era el padre de Kenji.
Casi quiso reír.
—Yo no lo conozco —contestó de tono tranquilo, sin quitar su vista de la fotografía—. Ni Kaguya ni Miroku tampoco. Sólo hablamos con él una vez, hace ocho años —levantó su rostro, mostrando una tranquilizadora sonrisa—. Cuando te acompañé aquel día, ni siquiera pasó por mi mente haber visto a ese hombre antes. Apenas recuerdo este día.
Kagome soltó un sonoro suspiro y llevó una mano a su corazón, que latía como loco. Fue fácilmente percibido por la manera en que sus hombros de relajaron.
— ¿Era esta la razón por la cual no contestabas mis llamadas? —preguntó él ahora, señalando la fotografía—. ¿Pensabas que yo… ya conocía a Naraku y te lo estaba ocultando?
—No quería suponer nada —contestó y le miró directo a los ojos. No iba a mentirle, iba a hablarle con la verdad—. Quería confiar en ti —aseguró.
InuYasha intentó ocultar su sorpresa, pero no funcionó. Estaba preparado para que ella confesa haber dudado de él, porque no podría culparla. Tenía las pruebas suficientes para haber dudado de él.
—Kagome…
—De verdad quería confiar en ti. Pensar que había una respuesta para esto —tomó la fotografía entre sus manos—. Aunque, sinceramente, estaba resentida. No quería verte, podía culparte sin pensarlo. No quería… arruinar esto sin tener alguna prueba realmente. Por eso… —inhaló profundo—. Esperé a estar más tranquila. No te voy a mentir y decir que por momentos no dudaba de mi juicio sobre ti, pero sólo es eso.
De pronto, todo el ambiente tenso que se había estado respirando se disipó. InuYasha alargó su mano hasta tomar la de Kagome y jalarla a él. Ella se dejó tirar, sumisa, y no tuvo reparos en envolver sus brazos entorno al pecho de él. Ese momento se sintió correcto. Era como si hubieran esperado mucho tiempo poder sentirse de esa manera.
Él no le había mentido, y ella había creído en él.
¿Se necesitaba algo más?
—Eso es todo lo parecido a una declaración que escucharas de mí —murmuró Kagome, avergonzada pero sonriente escondida en el pecho del chico.
InuYasha soltó una risa. ¿Él estaba a punto de decirle que la extrañaba? Bueno, ahora no lo haría. Quizá se lo haría saber, porque entre ellos las palabras sobraban.
Se separó un poco de ella y bajó el rostro en busca de sus labios hasta que los encontró. Kagome se aferró con fuerza a él y se dejó besar. ¿Antes se sentía correcto? Entonces, ¿Cómo debía sentirse ahora? Movimientos suaves y deliciosos. Ambos comenzaron a plantearse realmente si alguna vez besaron con verdadero sentimiento.
Kagome suspiró de manera inconsciente, momento que InuYasha aprovechó para profundizar más el beso y dejar que sus manos recorrieran libremente la espalda femenina. Ella volvió a suspirar, pero cuando lo hizo, sintió una extraña sensación de vértigo que la obligó a aferrarse a su espalda con más fuerza. Todo había comenzado a dar vueltas a su alrededor, y sólo seguía de pie por la fuerza con que ambos se aferrabas al otro. Le gustaba. Le gustaba muchísimo. Y lo extrañó. Esos días, aunque no lo admitiría, lo extrañó. Esas locas conversaciones. Ese humor negro que los envolvía. Todo. Hasta lo más mínimo.
La verdadera razón por la cual no había contestado sus llamadas, era porque le gustaba mucho.
La sola idea de que él le hubiera mentido, la hería profundamente.
Porque le gustaba tanto, no quería que él le mintiera.
Deslizó sus manos por la espalda masculina hasta los hombros, anchos, fuertes, y subió hasta tocar sus mejillas. La pequeña barba que comenzaba a crecer le picó los dedos, y casi quiso sonreír por eso, ¿InuYasha con barba? Quizá. Algún día podría pedirle que se la dejara. Sería algo que le gustaría ver. Siguió moviendo sus manos hasta la nuca de él, enredando sus dedos en su cabello y se concentró en lo que estaba sintiendo. Los labios moviéndose contra los suyos. La forma en que, de vez en cuando, él exhalaba aire dentro de su boca, y lo bien que se sentía eso. O como movía sus manos contra su cuerpo, haciendo que temblara.
Todo era nuevo.
Todo era placentero.
No pudo evitarlo por más tiempo.
Sonrió. Una amplia y bella sonrisa.
InuYasha abrió los ojos, pero ella los mantuvo cerrados.
— ¿Qué es tan gracioso? —preguntó él, pegando su frente a la suya y respondiendo a su sonrisa.
—En realidad, todo —abrió los ojos despacio, sin soltar su agarre sobre él—. Tú. Yo. La situación. ¿Te das cuenta de cuan disparatado es todo esto? Tú pensabas en mí como un chico. Yo pensaba en ti como mi hijo. Esto podría perfectamente confundirse con una relación incestuosamente homosexual.
Oh, nombre largo. No recordaba que era tan creativa en los nombres.
InuYasha soltó una larga y melodiosa risa.
—Kagome.
— ¿Hum?
—Cállate.
Y le dio otro largo e intenso beso.
Cuando volvieron a separarse, estaban jadeantes y sonrojados. Oh, y acalorados.
—Eres la primera novia que tengo en mucho tiempo —comentó él, poniendo un mechón azabache detrás de su oreja.
Kagome se sonrojó, pero intentó esconderlo en una exclamación dramática.
— ¿Novia? Ni siquiera me lo has pedido —rodó los ojos. Sinceramente, tampoco pensaba que era necesario que se lo pidiera. No eran adolecentes. Pero, rayos, ¡Si él lo hacía de verdad sería extremadamente lindo!
No sería la primera vez que se lo pidieran, pero sí sería que la primera vez que ella contestaría que sí.
— ¿Tengo qué? —arqueó una ceja, bastante divertido.
—Bueno, rígete por el protocolo, muchacho —volvió a rodar los ojos y suspiró sonoramente, como si realmente no le interesara que él lo hiciera y sólo lo estuviera pidiendo por norma.
—Ya sé de qué va esto —susurró, tomando a la chica por la cintura y levantándola hasta dejarla sentada sobre la mesa del fregadero.
Kagome chilló de la sorpresa, pero le gustó.
—Lo dijiste una vez. Nunca tuviste novio —comenzó, con esa sonrisa burlona—. ¿Es este un sueño adolecente nunca antes cumplido?
Enrojeció. Demonios. Él ya sabía sus sucias intenciones.
Sólo quedaba una opción: negarlo hasta la muerte.
—Claro que no —desvió la mirada—. Sólo te mostraba un punto. Lo dije. Simple protocolo.
—Seguro…
—Lo digo enserio —frunció el ceño a modo de protección—. Bien. No lo digas. De todos modos no quieres hacerlo, y yo ya no quiero escucharlo —bufó.
Sólo un segundo después soltó una maldición. ¿Había incluido que ella 'quería' escucharlo?
Mátenla.
—Kagome.
Sí, InuYasha, es hora de burlarte de ella.
Ella lo hubiera hecho.
— ¿Qué? —suspiró, resignada.
Tenía la esperanza de que olvidara este pequeño incidente algún día cercano. De no ser así, tendría que hacerlo desaparecer.
—Se mi novia —pidió.
Sí, y ahora ella debía ir y enterrar su cabeza en…
Oh.
Eso la tomó por sorpresa.
En cuestión de segundos, todos los colores posibles subieron a su rostro, y comenzó a sentir un molesto pitido en sus oídos. ¿Había escuchado bien? Rayos. Sí. No era tan mal tipo después de todo. Abrió la boca para responder, cuando la real situación la golpeó. El sonrojo lentamente abandonó su rostro, pero contradictoriamente, ella afianzó su agarre hacia él.
InuYasha arqueó una ceja, expectante. ¿Casi le exigía que se lo propusiera, y ahora no quería responder?
— ¿Qué pasa?
Kagome levantó a cabeza y le miró directo a los ojos.
—Sólo quiero saber si estás realmente seguro —comenzó en tono bajo—. Ya sabes, no soy una mujer soltera común. Salir conmigo no será lo mismo que si lo haces con otra. Hay muchas cosas que no podré hacer —dirigió una rápida y discreta mirada hacia el pasillo, pero InuYasha logró percibirla—. En todo momento, siempre serás mi segunda opción.
No quería que él recapacitara y decidiera que ella tenía razón y que realmente no le favorecía mucho ese tipo de relación, pero debía hacerlo decidir en ese momento. Sería más doloroso si él se daba cuenta de eso a las semanas de relación.
InuYasha soltó un largo suspiro, y alejó a Kagome de su cuerpo unos centímetros para poder mirarla mejor.
—Para comenzar —dijo él, mostrándose bastante confuso—, no eres una mujer normal.
Kagome soltó una pequeña exclamación en protesta, pero se sintió extrañamente mejor. No cambió la expresión de su rostro, pero su humor mejoró. InuYasha le dio un pequeño pellizco en la cintura que la hizo saltar.
—En segundo lugar, yo tengo a Kaguya. Y tenerla a ella es como tener diez problemáticos hijos —meneó la cabeza. Quien salía perdiendo en esa relación, era definitivamente Kagome—. Entonces, sigo esperando una respuesta.
Sonrió.
—Oh, bien. Supongo que podría hacerte ese favor —miró sus uñas con fingido detenimiento.
InuYasha soltó una sonora carcajada, ocasión de descuido que Kagome aprovechó para volver a envolver sus brazos alrededor de su cuello. ¿Tenía permitido hacer eso? Sí. Diablos ¡Sí! Lo admitía. Tenía un alma de jodida adolecente reprimida.
—Si llegas a tener otro deseo de adolecente, házmelo saber con anticipación —pidió, entre divertido e inseguro.
Kagome asintió y cerró los ojos. Olía bien. InuYasha olía bien. No era que hubiera pasado desapercibido antes para ella, sólo que ahora lo sentía… más fuerte, quizá… más llamativo. Suponía que todo tenía que ver con el hecho de que le gustara. Estar oliéndolo, estar colgada a su cuello como una chiquilla inmadura. Culpaba de todo a ese molesto sentimiento.
Los minutos pasaron con ellos de esa forma. No hablaron de muchas otras cosas. Cuando dieron las diez, decidieron que era hora de separarse.
Kenji apareció en el momento exacto en que InuYasha abandonaba la casa, causando un susto de muerte a su madre al verlo ahí con su pijama y el cabello desordenado.
— ¡Kenji! El susto que me has dado —llevó una mano a su pecho—. ¿Lavaste tus dientes antes de ir a la cama?
—Sí —mintió. Tenía cosas más importantes que hacer. Puso sus regordetas manos sobre su cadera, y comenzó a dar pequeños golpecitos con su pie contra el suelo—. Entonces….
Kagome lo miró, sin comprender, pero se cruzó de brazos dispuesta a escuchar lo que el niño tenía que decir.
—Entonces, ¿Qué? —interrogó.
—Veras, tío Sôta me ha dado una suma considerable de dinero para mantenerlo informado —comenzó, con ese perturbador acento italiano.
— ¿Has estado viendo El Padrino en televisión cuando no te estoy vigilando? Si es así, Kenji, estás en... ¿Sóta sigue sobornándote con dinero? —arqueó una ceja. Su hermano iba a estar muy adolorido lo que quedaba de semana—. ¿Y de qué tienes que informarlo, si se puede saber?
—Bueno, sólo quería preguntarte si está bien que le diga que ya tienes novio.
Ah, Sôta, ¿Le pagas a mi hijo para mantenerte informado sobre mi vida sentimental? Eso es adorable, pero estas muerto.
Llevó una mano a su sien.
—Kenji, ve a la cama.
—Bien, pero tengo otra duda.
Bufó.
— ¿Cuál?
— ¿Qué haremos con la maquina de afeitar que…?
— ¡A tu cuarto!
El sábado por la mañana InuYasha fue despertado abruptamente por el sonido de su celular. Sacó su mano de entre las mantas, sintiendo que el ambiente estaba congelado, y tomó el pequeño aparato para refugiarse nuevamente entre la calidez de sus sabanas.
Quien llamaba era Sango. Al parecer, el trabajo que le había pedido realizar al detective Kim estaba totalmente listo.
—Lamento despertarte —había dicho. Sonaba como si aún siguiera en la cama—. El detective Kim llamó y dijo que todo está listo. No te llamaría a esta hora si no creyera que sea importante —dijo.
Sin embargo, por más que Sango pensara que a él le importaba, siguió durmiendo hasta pasado el medio día, cuando Kaguya apareció en su habitación.
— ¡Buenos días, dormilón! —gritó, lanzándose a la cama.
— ¿Cómo entraste? —preguntó, aún bajo las mantas.
—Tengo una copia de la llave, claro —dijo con obviedad—. Sal de las mantas, tengo que presentarte a alguien.
—No quiero —murmuró.
Un momento, ¿Kaguya había metido a alguien a su casa?
Rápidamente se sentó, buscando en su habitación a algún posible intruso. Sus ojos fueron directo a los del extraño. Sus penetrantes ojos azules lo miraron con curiosidad y recelo.
—InuYasha, deja que te presente a Battousai —presentó con emoción, levantando al pequeño cachorro entre sus manos—. Yo pensé en su nombre, ¿No es genial?
El chico intercaló una mirada entre su –loca- amiga y su mascota unos largos segundos antes de responder.
—Kaguya —comenzó, mirando detenidamente al animal— ¿Por qué tienes un perro? —preguntó.
— ¿Cómo qué «por qué»? —frunció el ceño— ¡Porque es adorable! —apretujó al pobre animal contra su pecho.
—Sí, pero…
—Oh, vamos —rodó los ojos con aspereza—. Cuando lo encontré estaba hecho un desastre. Era apenas un cachorro recién nacido. Gasté todo mi dinero en su hostilización. Ni siquiera tengo un hogar estable ahora. ¡Dime que es adorable, diablos! —exigió de muy mal humor.
InuYasha iba a volver a refutar, pero algo en su cabeza encajó.
¿Todos sus ahorros?
—Espera —pidió y masajeó su sien—. ¿Esta era la sorpresa que no querías contarme?
—Sí —le sacó la lengua—. Pero feliz no te veo.
—No es eso. Yo pensé… tú…
— ¿Qué?
— ¿No estás embarazada?
— ¿Qué? —parpadeó— ¿De donde diablos sacaste esa idea?
—Yo… —sí. Era una locura. Debió imaginar desde el principio que era imposible—. Olvídalo.
Se recostó nuevamente sobre su cama y se arropó.
Sintió al pequeño siberiano caminar por sobre él, pisar su rostro y recortarse sobre su cabeza, con una de sus pequeñas patitas puesta sobre su mejilla.
Kaguya soltó un largo "¡Aaww!" y escapó de la habitación antes de que pudiera decir algo.
InuYasha suspiró y se levantó. El cachorro rodó dos veces antes de quedar sobre la almohada principal y se quedó allí, soltando un pequeño suspiro de gusto.
—Claro, tú sólo duerme —bufó el chico y se puso de pie—. Tu perro se adueñó de mi cama. Espero hagas algo al respecto. Suficiente tengo contigo dejando cosas femeninas en mi baño.
—No digas eso —frunció el ceño, sirviendo un poco de café—. Tienen que llevarse bien o la convivencia será dura.
— ¿Convivencia? —abrió los ojos—. ¿Piensas dejarlo aquí?
— ¿Qué parte de «no tengo donde vivir» no entendiste? —rodó los ojos.
— ¡No quiero un perro!
— ¡Hazlo por mí! —lloriqueó de forma dramática—. Esa pequeña cosa es lo único que me ha hecho sentir que no estoy tan perdida. Sólo hazme este favor hasta que encuentre donde dejarlo —hizo un puchero.
—No —dijo fríamente. Él la conocía bastante bien como para ser inmune a sus lloriqueos de niña—. Además, trabajo todo el día. ¿Cuándo se supone que lo alimentaré y pasearé? No quiero popo en mi piso cada día.
—Yo me encargaré de todo. Absolutamente todo —prometió con el puño sobre su pecho—. Sólo no me hagas llevarlo de casa en casa. Acaba de salir de un resfriado que casi lo mata.
—Que no. No me convencerás. No quiero…
—Por favor.
— ¡No!
— ¡Por favor, por favor!
—Kaguya…
— ¡Eres un ser despreciable! —cubrió su rostro con sus manos y corrió hasta lanzarse al sofá boca abajo— ¡No deberías quisiera sentirte como un ser humano!
InuYasha también cubrió su rostro con sus manos y se golpeó contra la mesa.
— ¡De acuerdo! Que se quede el perro. Pero —la señaló— nada de popó en mi piso.
— ¡Nada de popó! —saltó del sofá—. Lo prometo.
—Bien. Me daré un baño ahora. Tengo que salir —anunció.
Kaguya asintió y enfocó su vista completa en Battousai, que intentaba morderse la cola.
Asumiendo que el chico no había desayuna (o almorzado, para variar), arremangó las mangas de su camisa blanca y se propuso a prepararle algo delicioso. No era que ella lo hiciera a menudo, pero debía lograr que su amigo estuviera de todo el buen humor posible si quería mantener a Battousai por más de una semana… y ella tenía hambre.
Tampoco era que supiera cocinar más que unos huevos revueltos y tostadas, pero era algo.
InuYasha miró receloso su desayuno-almuerzo, pero lo comió sin chistar antes de salir de la casa. El siberiano decidió que era el momento perfecto para orinar la alfombra.
— ¡No, no! Perro malo —Kaguya alejó al cachorro de la alfombra, pero la olorosa mancha ya estaba ahí—. Oh, acabas de arruinar tu estancia en el mejor lugar donde podría dejarte, tonto —regañó, pero el animal simplemente ladeó la cabeza y se lamió una pata.
Bufó con fuerza, ¡No podía enfadarse con él!
Rápidamente quitó la mesa de estar y enrolló la alfombra. Era una alfombra jodidamente pesada, pero se las arregló para subirla a su hombro y ponerle la correa a Batousai.
—Vamos, motivo por el cual no tengo casa, llevemos esto a que lo laven.
Caminó largas cuadras hasta una lavandería que aceptó la alfombra. Todos lo decían lo mismo: ¿Cómo meter la alfombra en una maquina de ropa? Es más fácil lavarlo a mano, y ese servicio no estaba incluido. Ella podía hacerlo perfectamente en su casa.
Y podía hacerlo, pero temía que mientras lo hacía, el perro decidiera que era hora de orinar nuevamente sobre cualquier superficie. Y peor aún, puede que le dieran ganas de hacer popo. Y se negaba a tocar popo, aunque fuera una mierda adorable proveniente del cachorro.
Se sentó sobre una banca del parque, dejando la cabeza caer hacía atrás mientras el perro mordisqueaba su correa, intentando liberarse.
Un lindo momento de paz.
—No puedo creer que tengas un perro —dijo alguien frente a ella.
Casi bufó cuando reconoció la voz.
Abrió sólo un ojo. Ella no se merecía su total atención.
—Su nombre es Battousai —murmuró.
Kagome entrecerró los ojos. Ese era el nombre menos adorable para un cachorro, pero estábamos hablando de Kaguya, la persona menos cuerda de todo Japón.
— ¡Qué lindo! —sin embargo, Kenji pensaba que era un nombre genial. Los ojos casi transparentes del perro se posaron en él, y en el segundo siguiente estaba sobre sus dos patas intentando llegar al niño—. ¿Puedo tocarlo? —preguntó, con su mirada suplicante fija en Kaguya.
—Adelante —respondió, algo compleja. Su mente aún no procesaba del todo al niño. Recordó rápidamente todo el asunto con Naraku, pero decidió no preguntar en presencia del chiquillo.
Kenji tomó la correa del animal y lo llevó hasta la piscina de arena que estaba a mitad del parque, entre los juegos de madera.
—No eres del tipo que parece cuidar a un animal —Kagome se sentó junto a ella, cruzando las piernas—. En realidad, no pareces del tipo que se puede cuidar a si misma.
—A simple vista se puede decir lo mismo de ti —la miró de reojo, con las cejas levemente alzadas.
— ¿Qué quieres decir?
—Que estás loca. Nadie piensa que una mujer que se disfraza de hombre puede ser buena madre —comentó, moviendo las manos en exclamación—. Y mírate. Tienes un perfecto pequeño regordete.
—Oh —frunció el ceño—. Kenji está en su peso normal, sólo que aún no ha dado el estirón —no iba a confesar que le cumplía todos los caprichos al niño en cuanto a dulces. La gente no entendía que ella no podía negarse a un puchero. Ese pequeño labio menor sobresaliente era un arma mortal.
—Sólo digo que es un lindo niño —murmuró, apoyándose hacía adelante.
Un cumplido. ¡Oh, dios! Un cumplido proveniente de la boca de esa acida mujer.
Kagome quiso llorar de la emoción.
Kenji era capas de descongelar hasta el corazón más frío.
—Gracias —susurró, y seguramente luego se arrepentiría, pero lo hizo desde el corazón.
Exactamente como había predicho, ninguna de las personas que su padre le pidió investigar era de antecedentes limpios. Sin embargo, ninguno había cometido algún delito demasiado grande. Muchos de ellos seguramente estaban intentando redimirse de su pasado, y para eso, borrar ciertos antecedentes de su pasado era crucial, aunque fuera ilegal.
Se dirigió a casa de su padre apenas recibió los papeles de manos de Sango y los analizó detenidamente. Esperaba terminar con esto pronto. Incluso si Kagome tenía la protección hasta del mismo presidente, tenía ese molesto bichito picando sus manos que le incitaba a protegerla.
Ella no era tan vulnerable como parecía, pero él no podía evitar ser como era.
—Estas son las personas que pediste investigar —puso los papeles sobre el regazo de su padre y retrocedió hasta situarse sobre el sillón más próximo.
Inu No Taishô levantó el rostro y tomó las hojas. Su salud estaba completamente recuperada. Su rostro había vuelto a adquirir esa tonalidad bronceada, y sus ojos tenían ese brillo de vitalidad que él y sus hijos tenían. Muy seguramente, aquel imponente hombre volvería a trabajar y a intimidar a sus empleados con su pesada mirada en poco tiempo.
Se tomó su tiempo para leer cada papel con lentitud. Nunca fue un hombre precipitado. Su apariencia generalmente daba la imagen equivocada de él.
—Entiendo —murmuró. Su voz volvía a ser potente y ronca.
InuYasha puso atención en él. Después de todo, era su padre y su jefe. Y eso, definitivamente, era una mala combinación.
—No son tan malos como tu hermano había pensado —comentó con cierto aire de diversión. InuYasha asintió—. Será mejor hablar con ellos personalmente —dijo—. Te dejo la decisión a ti. Sesshômaru es buena persona, pero no suele escuchar razones.
Y que se lo diga.
—Entonces, ten esto de vuelta —sostuvo los papeles frente a él—. Hazte cargo.
—De acuerdo —se puso de pie. Ahora que todo estaba hablado, debía irse y ver que el pequeño animal de Kaguya no hubiera hecho popo—. Me voy ahora, papá.
—Espera un segundo —Inu No se puso de pie, mostrando su uno noventa de estatura, y atravesó la habitación hasta llegar a la pequeña biblioteca que estaba a un costado. Sacó un sobre café y se lo extendió a su hijo—. Necesito que veas esto.
InuYasha abrió el sobre y sacó los papeles que estaban dentro.
Por un segundo, su corazón se detuvo.
— ¿Quién es ella? —preguntó. Si su hijo no hubiera estado en un estado catatónico, hubiera notado el tono simple de su voz—. Su expediente también estaba en los que te mandé.
Y en su estupefacción, lo entendió. Su padre le había tendido una trampa. Él sabía, al momento de pedirle ayuda, que Kag era una chica. Pero, ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué estaba esperando que él hiciera?
¿Lo estaba probando?
Tragó duro. La fotografía de Kagome estaba frente a sus ojos, con su peluca y su expresión de negocios.
¿Qué era lo que su padre le había preguntado?
«Quien es ella»
Cerró los ojos un momento, inhalando profundo y lo exhaló todo en un largo suspiro.
Su mirada dio con la de su padre.
—Ella es mi novia.
— ¡Kenji, no corras! —dio tres zancadas hasta sujetar la mano del niño. ¡Esa calle no era segura! Era angosta, y los automóviles parecían tener prisa.
—Pero… Ohu —arrugó la nariz, pero no hizo nada más.
Por lo menos la tía Kaguya le había dejado caminar de la correa con el cachorro.
—Envejecerás más pronto si eres tan gruñona —comentó la dueña del perro, caminando junto a ella.
—Lo entenderás cuando tengas hijos.
—Lo dudo.
— ¿Por qué? ¿Piensas que ellos saldrán peinados y aprendiendo a cambiarse los pañales solos?
—No. Dudo tener hijos —frunció el ceño. ¿Ella siendo una madre? No, gracias. Apenas podía con un perro.
—Eso lo dices ahora —rodó los ojos, cuando se paró en seco.
Sintió como si alguien hubiera pateado su estomago. Su cabeza dio un vuelco, su boca se secó y de pronto, había dejado de respirar. Fue como si el mundo hubiera abierto un agujero bajo sus pies y ella cayera. Su vista se nubló, y la imagen de Naraku frente a ella también.
—Mami —Kenji apretó el agarre de su madre, con una mirada de incomprensión.
Eso fue lo que Kagome necesitó para despertar.
«No, no, no» pensó, pero los ojos de Naraku habían bajado hasta el niño, y el niño miraba confundido al hombre frente a él.
La única cosa que había pedido de ese hombre, lo único que siempre esperó de él con total creencia, fue que respetara su promesa.
Naraku prometió nunca mostrarse frente a Kenji.
—Mami —volvió a jalonear la mano de su madre—. Mami, ¿Quién es él?
|Nota autora:
LOL mátenme por dejarla ahí.
Prometo que el próximo capitulo estará más pronto que este, ¿Saben por qué? ¡Termino mis exámenes el lunes! *se quita la ropa y baila Gangnam Style*
Otro anuncio. El siguiente es el capitulo final. Ya les había indicado que la historia no sería larga, y que el final estaba próximo. Así que, sí. Ya se termina, pero también habrá un epilogo, así que técnicamente quedan dos capítulos más. :)
Eso. Prometo que escenas de la parejita principal no faltarán en el próximo capitulo.
Nos leemos pronto.
Besos.
