Capítulo 14

«Las cosas no son como parecen…soy inocente» dijo Emma, claramente angustiada «Y si continúo aquí es porque Regina no me entregó al detective, y eso significa que…»

«Emma…deja que termine de hablar» interrumpió Marian «La patrona dijo que no te conocía y que no trabajabas aquí, pero después, cuando el detective se fue, la escuché hablar con Ruby y…bueno…parece que Ruby consiguió convencerla para que te entregue a la policía»

«¿Ruby?»

«Sí, ella estaba presente cuando el detective llegó. Emma, si fuese tú, huiría mientras tuviera tiempo»

«No puedo hacer eso…no puedo dejar a Henry y a Regina así…» dijo ella, sin contener el llanto

«Los dejarías de la misma manera si te apresaran. El detective está en la ciudad y si la patrona no te entrega, Ruby lo hará»

«Regina me va a creer, lo sé…»

«¿Estás segura? Si hubieses oído la forma en como habló…y además guardó la tarjeta del detective»

«¡Dios mío! ¿Qué hago?»

«Emma…¿de verdad mataste a un hombre?» preguntó Marian

«¡Fue en legítima defensa!»

«Mira, la decisión de huir o no es tuya. Solo quería avisarte porque me caes bien»

«Gracias, Marian»

«De nada y…mira, quédate con esto. Son mis ahorros, en caso de que decidas marcharte…no es mucho, pero te ayudará»

«No puedo aceptar y ni sé si…»

«Por favor. Me lo devuelves si decides quedarte. Con permiso» dicho eso, Marian se retiró

Enjugando las lágrimas de su rostro, Emma permaneció unos minutos quieta y en silencio. Aunque Regina creyese en su inocencia, no podía hacerla cómplice de su fuga. Además, ella siempre había dejado claro que detestaba las mentiras, y quizás, jamás la perdonase por haberle escondido algo tan importante de su pasado. De repente, la mirada severa y la forma seca en la que Regina le había hablado con anterioridad atravesaron su mente, y la simple posibilidad de volverse víctima de su juicio rompió su corazón.

«¿Emma? ¿Estás llorando?» preguntó Henry, en cuanto apareció en la estancia

«No…es que estaba ayudando a Margaret a pelar cebollas» dijo ella «¿Quieres comer? Parece que tu madre va a tardar en volver»

«¿Por qué?»

«Problemas con algunos animales, creo»

«No tengo hambre. Casi he acabado de merendar»

«¿Necesitas alguna otra cosa?»

«No…¿por qué?»

«Porque voy a echarme. Me duele un poco la cabeza»

«¿Quieres que te vaya a buscar una aspirina?»

«No, mi amor. No es necesario. Voy a mi cuarto, ¿está bien?»

«Aquí no hay cebollas y continuas llorando»

«Las mujeres somos así…bobas, lloramos por todo» dijo ella, estrechándolo con sus brazos

«¿Has peleado con mi madre?»

«No, querido…está todo bien. Buenas noches y duerme tranquilo»

«Tú también, Emma…y deseo que te mejores»

«Gracias» dijo ella, besándolo en la cabeza lentamente, y enseguida, se retiró llorando.

Pasaban de las diez de la noche cuando Regina finalmente regresó a la casa. Algunas cabezas de ganado de su propiedad habían sido matadas a tiros, y por esa razón, había permanecido tantas horas ausente, ya que fue necesario llamar a la policía.

«¿Dónde está Emma?» preguntó

«La última vez que la vi estaba en el cuarto de su hijo, patrona» dijo Marian, y a paso largo y firme, Regina se dirigió allí. Al abrir la puerta, constató que Henry estaba durmiendo. Tras darle un beso en la cabeza y acomodarlo mejor en la almohada, caminó en dirección al cuarto de Emma. Como no obtuvo respuesta tras llamar varias veces, giró el pomo y entró.

Se aproximó lentamente y se dio cuenta de que Emma también dormía. Los segundos pasaban y Regina seguía ahí, de pie, mirando a la mujer que amaba dormir tranquilamente, mientras su corazón trababa una batalla con la razón. Emma había cometido un delito y le había escondido la verdad, tarde o temprano la policía descubriría su paradero y ¿qué sería de ella? ¿Qué sería del amor que sentían? ¿Y Henry? ¿Cómo reaccionaría al saber que aquella mujer a quien tanto respetaba y quería era acusada de asesinato? Eran tantas preguntas pasando por su cabeza, pero por ahora, Regina decidió que buscaría las respuestas a la mañana siguiente, y solo entonces tomaría una decisión. Y con ese pensamiento, dejó aquel cuarto y se dirigió al suyo.


Con la respiración agitada debido a la presencia de Regina, Emma sintió cómo sus uñas se clavaban en sus palmas cerradas, pero no se movió. Se quedó quieta hasta que escuchó la puerta cerrarse y a Regina dejar el cuarto. Sus ojos se abrieron, despertando de su falso sueño, y sus pensamientos provocaron lágrimas calientes y de impotencia mientras se bajaba de la cama y caminaba de mala gana hasta el armario para recoger sus cosas. Ya lo había decidido: dejaría aquella casa, dejaría a Regina y a Henry atrás. Su corazón rechazaba su propia decisión, pero su mente era consciente de que era lo mejor que podría hacer. Apartarse de Henry y de Regina era un profundo dolor que se auto infringía, pero estaba dispuesta a aguantar por un único motivo: el amor hacia los dos.

Antes de marcharse, aunque sus manos estaban temblorosas, Emma escribió una carta en el intento de justificar su actitud, rezando para que la mujer que ocupaba sus pensamientos la comprendiese. Y envuelta en la noche, se fue.


«¿Emma ya se despertó?» preguntó Regina, al cruzarse con Marian en el pasillo

«No la he visto, patrona» dijo ella, y en silencio, Regina se dirigió al cuarto de Henry, y como él aún dormía, resolvió ir al encuentro de Emma, al final, tenían mucho de lo que hablar.

Tras algunos golpes en la puerta sin respuesta, giró el pomo y entró en la estancia. En el más definitivo silencio, Regina analizó el cuarto perfectamente recogido, pero sus ojos se fijaron en un papel que reposaba sobre la impecable cama. Rápidamente, su corazón se disparó y sus manos vacilantes y temblorosas se aferraban al papel mientras su mirada recorría cuidadosamente cada palabra escrita

Antes de nada, perdón. Perdón por marcharme, por callarme. Sé que acabo de perder tu confianza y tu amor, pero créeme: te amo y seguiré amándote hasta el último día de mi vida. De lo que se me acusa soy inocente. Actué en legítima defensa, pero infelizmente, no confiaron en mí.

Por favor, no le digas a Henry que hui una vez más como una cobarde. Solo quería protegerte a ti y a él. Los amo, de verdad. Al lado de los dos, he vivido los mejores días, he dado y recibido las mejores sonrisas. Cuiden el uno del otro. Adiós…

Emma.

Después de amasar el papel entre sus dedos, Regina necesitó todo su autocontrol para no destruir lo que se encontraba a su alrededor. Emma se había marchado y el adiós llegó en una carta. Aún en shock, sintió el gusto amargo de las lágrimas y la sensación de impotencia apoderarse de su cuerpo.

«Maldito sea el día en que apareciste en mi vida» murmuró, echándose en la cama que había sido ocupada por Emma, mientras sus brazos se agarraban a la almohada y el perfume de la tela le entorpecía los sentidos.


«La patrona está encerrada en el cuarto de la señorita Emma desde hace un tiempo» comentó Marian

«¿Entonces esa zorra no se fue?» preguntó Ruby

«No lo sé y…»

«Ruby, vaya a llamar a Robin» dijo Regina, interrumpiendo la conversación «y usted, ¡vaya a buscar qué hacer!» añadió, girándose hacia Marian

No pasó mucho tiempo hasta que Robin apareció, tan nervioso como Ruby solo de imaginar la posibilidad de que Regina hubiese descubierto la verdad sobre el incidente del ganado. A paso lento e incierto, él se acercó con la cabeza baja

«¿Sí, señora?»

«Junté algunos peones y busque a la señorita Emma por los alrededores del pueblo»

«¿Ha desaparecido?»

«¡Haga lo que le estoy mandando sin cuestionamientos, imbécil! Y tenga cuidado…no quiero cotilleos en mi propiedad y si alguien pregunta sobre la señorita Emma, diga que nunca ha escuchado ese nombre. En caso contrario, usted y quien abra el pico, ¡tendrán que hacer frente a serias consecuencias!»

«Sí señora»

«¿A qué está esperando, idiota? ¡Salga de aquí!»

«Con permiso» dijo él, marchándose rápidamente

«Diga a las empleadas que la señorita Emma se ha marchado porque algún pariente se ha puesto enfermo. ¡En hipótesis ninguna mi hijo debe saber otra cosa que no sea esa!»

«¿Huyó, no?» preguntó Ruby

«Sí»

«No se preocupe, patrona. El pequeño no sabrá nada»

«Voy a hablar con él» dijo ella, con el corazón a mil

Henry terminaba de vestirse cuando Regina entró en su cuarto. Al ser recibida con una gran sonrisa, sintió cómo un nudo se formaba en su garganta y sus ojos quemaban mientras luchaba para impedir que las lágrimas cayesen.

«Henry, tenemos que hablar»

«Claro, mamá. ¿Ha pasado algo?»

«Sí, pero no es nada grave. Solo…»

«¿Dónde está Emma?»

«Hijo, por favor…escúchame bien»

«Sí, ma. Disculpa»

«Bien…Emma ha tenido que ausentar del pueblo por algún tiempo»

«¿Se ha marchado?»

«Sí, mi amor. Pero como te he dicho, solo es por un tiempo»

«Pero, ¿por qué?»

«Su madre se ha puesto enferma, y ha tenido que ausentarse para cuidar de ella»

«Podríamos haber ido juntos»

«Hijo, es un asunto de familia»

«Pero nosotros somos una familia» dijo él, y sus palabras golpearon a Regina de lleno. Su corazón parecía haber sido aplastado como una flor prensada entre las páginas de un libro. Caminó hacia la ventana, intentó contenerse y esconder las lágrimas. Necesitaba hacerlo para que él se creyera la historia

«Prefirió ir sola» murmuró la morena

«Ni se despidió de mí» dijo él

«Quédate tranquilo…en breve, estará de nuevo con nosotros. Ahora ven, vamos a desayunar»

Al final de la tarde, Robin volvió sin ninguna noticia que pudiese aliviar la desesperación de Regina. Pasaron algunos días y a pesar de saber que Emma había cometido un crimen, no era de esa manera que Regina pretendía poner las cartas boca arriba. Ella quería escuchar la versión de la mujer de la que estaba enamorada, y quién sabe si juntas podrían encontrar una solución. Pero Emma prefirió escoger un camino y recorrerlo sola, dejándola atrás completamente desolada.

«¿Mamá? ¿Estabas llorando?» preguntó Henry al encontrarla sentada en un banco del jardín del fondo desde donde tantas veces contempló la dedicación con la que Emma enseñaba a los niños a leer y escribir.

«No…» se limitó a decir

«¿Echas de menos a Emma, verdad?» preguntó, y como respuesta, Regina bajó la mirada confirmando con un gesto de cabeza. Instintivamente, Henry la rodeó con sus pequeños brazos mientras sus manos delicadas le acariciaban los cortos cabellos «Yo también la echo de menos, pero pronto volverá, mamá»

«Sí, mi amor. Pronto estará de vuelta…»

«Patrona…perdón por interrumpir, pero…¿puedo hablar con usted?» preguntó Robin

«Ve para casa, Henry…tienes que hacer los deberes»

«Está bien, mamá» dijo él y tras un beso en el rostro, corrió hacia la casa

«¿Qué quiere?»

«Bueno, lo que ocurre es que el veterinario estaba de permiso durante tres días, pero no ha vuelto aún»

«¿Ya fue a su dirección en el pueblo y comprobar si ha sucedido algo?»

«Sí, está hospedado en la pensión del señor Gold. Pero no quisieron decirme nada»

«Bien…si mañana por la mañana no aparece, yo misma iré para saber lo que está pasando»


La noche pasó lentamente. Ya pasaban de las tres de la mañana y Regina permanecía despierta, dando vueltas por el cuarto con mil preguntas en la cabeza y solo una respuesta: el destino era el responsable de esa separación. El destino les había hecho eso. Regina ya no sabía a qué o a quién culpar, pero tenía consciencia de que la situación la estaba rompiendo por dentro.

A la mañana siguiente, Regina se ofreció a llevar a Henry a la escuela, y como el veterinario no había dado señales de vida, aprovecharía para comprobar qué había pasado.

«¡Qué tengas buen día, mi amor!» dijo ella, y regresó al coche mientras los recuerdos de Emma sentada a su lado le torturaban la mente. Imaginaba que, quizás, si hubiese dejado todo de lado y conversado con ella sobre aquel hecho, Emma no habría huido «Es una criminal y necesito olvidarla…» murmuró, dándose cuenta de que eso no era suficiente para sacar a aquella mujer de su cabeza, pero sobre todo de su corazón.

En cuanto estacionó frente a la pensión donde Killian Jones estaba hospedado desde que había comenzado a trabajar en la hacienda, Regina fue abordada por uno de los trabajadores, a fin de cuentas, era la primera vez que la dueña de prácticamente todo el pueblo colocaba los pies en aquel lugar.

«El señor Killian Jones trabaja para mí y hace algunos días que no aparece por la hacienda. Quiero saber lo que le ha pasado» explicó ella

«El señor Jones dejó la pensión hace algunos días, señora» explicó el desconocido

«¿Dejó la pensión? ¿Y no dijo a dónde iba?»

«No señora. Solo dijo que iba a dejar el pueblo»

«¡Qué extraño! ¿Estaba solo?»

«Sí señora…pero antes de eso, recibió la visita de una muchacha y unas horas después dijo que ya no iba a necesitar el cuarto porque se iba del pueblo»

«¿Una muchacha? ¿Y cómo era ella? ¿La vio usted? ¡Responda!» exclamó, agarrándolo por el cuello de la camisa

«Yo…no sé…ella llevaba un pañuelo en la cabeza y parecía que intentaba esconder el rostro. Pero percibí que tenía los ojos claros» dijo él, e inmediatamente, el corazón de Regina se disparó.