Capítulo 14: 'White Shadows'
Nunca antes se me había hecho tan largo el camino a La Push. A la máxima velocidad que permitía la ley, en general se tardaba media hora en llegar al pueblo. Y aunque trasgrediera el límite permitido, de todas formas sentía que me demoraba horas. Quise pisar el acelerador a fondo pero tuve que contenerme. A juzgar por el puntero del velocímetro ya estaba violando incluso la velocidad límite en las grandes autopistas. Pensé que se trataba de un milagro el hecho que ningún policía vigilara la carretera.
Si Jacob andaba por algún bosque, no creía que estuviera tan lejos. La zona donde vivíamos estaba repleta de áreas verdes y sería fácil encontrarlo por algún lugar del estado… Bueno, si pensaba en él como humano. No tenía la menor idea qué rapidez podían alcanzar los lobos, pero ciertamente debían andar a un paso muchísimo más veloz que los humanos. En ese caso, no tendría que hallarse en cualquier lugar. Podría ya haber cruzado la frontera y estar en Canadá, o quizás se dirigía hacia el este. Y sin mencionar la posibilidad que hubiera partido de madrugada luego de haberme dejado en casa. Si fuera así, Jacob estaría… demasiado lejos.
Me pregunté por qué tenía que ser tan impulsivo. ¡No era un adolescente de trece años para huir de esa manera! Esa actitud parecía la de un niño que se encierra en su cuarto después de discutir por sus padres por algo realmente estúpido y en la noche se escapa por la ventana. ¿No pensaba antes de actuar? Una voz en mi cabeza me recordó que hablaba de Jacob, y él si meditaba las cosas, lo hacía con una lógica aplastantemente contraria al resto de los mortales.
Llegué a la casa de los Black y aparqué el coche a un lado del maltratado camino de tierra que se abría entre la vegetación.
La puerta estaba abierta pero aún así llamé tres veces. Ya había sido irrespetuosa con el señor Black por teléfono, no podía permitirme seguir con más actos de descortesía.
-Oh, Angela –Emily asomó la cabeza y abrió aún más la puerta-. Vamos, adelante.
No lucía tan feliz y radiante como la noche anterior pero era la más tranquila de todos los que se encontraban en la casa. El interior de la casa estaba oscuro y me fijé en que las cortinas no estaban abiertas. La sala estaba desordenada: con platos sucios encima de la mesa y vasos vacíos esparcidos hasta encima del televisor.
Emily me sonrió y me preguntó si quería algo. Le dije que ya había desayunado y en ese mismo instante entraron en la habitación Sam, Embry y Quil.
Los tres tenían toda la pinta de no haber pegado un ojo en toda la noche y lo confirmé cuando Quil bostezó mientras me saludaba. Sam parecía más enojado que triste y los otros dos lucían destruidos. No era para menos, ya que eran los mejores amigos de Jacob.
-El muy imbécil consiguió la manera de borrar su rastro –dijo Embry sentándose en un sillón y colocó sus piernas encima de la mesita de centro. Estiró los brazos, desperezándose-. Y para peor, corre casi tan rápido como Leah. Estamos perdidos.
-No, sólo hay que conseguir la manera en que revele en qué lugar está –replicó Sam mientras se dirigía a una esquina para apoyara espalda en la pared-. La imagen de algún edificio, alguna escultura… Algo que nos permita averiguar dónde se encuentra.
-No sé ustedes, pero de un día para otro Jake tiene la habilidad de censurar sus pensamientos –comentó Quil lanzando una risa triste-. ¡Tiene un colador en su cerebro que quita todo lo que pueda delatarlo!
-Toma –Emily llegó a mi lado y me dio un vaso de agua-, tiene gotas de manzanilla. No tienes buen aspecto –me explicó observándome de pies a cabeza-. Parece que no has dormido.
-Algo así –respondí bebiendo del contenido del vaso, interesada en escuchar lo que hablaban Sam, Quil y Embry.
-Te comprendo… yo tampoco pude conciliar el sueño en una semana después que Sam me reveló su secreto –asintió mirándome con mucha dulzura, de manera maternal.
-… ¡Pues sería genial que hicieras uso de tu poder como alfa de la manada! –reclamó enojado Embry-. ¡Nos ahorrarías varios problemas!
-¿El alfa? –pregunté más alto de lo que me hubiera gustado, porque los tres se giraron hacía a mí y me vieron como si recién hubiera llegado.
Embry y Quil se miraron entre sí y luego a Sam, quien me observaba fijamente. Traté de no evitar su mirada ni de bajar la cabeza, pero la verdad es que me intimidaba bastante. Sam era un hombre alto, corpulento, rapado y de unos ojos oscuros que podían hacer temblar a cualquiera si eso él quería conseguir. Y lo estaba logrando conmigo… La idea de huir, subirme a mi coche y buscar a Jacob por mi propia cuenta me parecía más tentadora que estar allí, siendo analizada por ese hombre que parecía tener cierto poder sobre los demás.
-Es entendible que Jacob no tuvo oportunidad de hablarte de todo esto –dijo. Suspiró y se dirigió a Emily.- ¿Por qué ustedes no le explican todo lo necesario mientras yo voy a revisar cómo va el resto?
Una vez que Sam había salido de la casa, Embry me invitó a sentarme con él. Se disculpó por haberse mostrado tan "cabreado", en sus propias palabras, en mi presencia, pero esta situación se estaba tornando demasiado dramática para sentirse de otra manera.
Bebí lo que me quedaba del agua con manzanilla mientras Quil me explicaba el asunto del alfa. Como toda manada, había un líder y ése era el macho alfa. Después de todo Sam sí es más importante que el resto, pensé. Además de ser el que decidía finalmente qué hacían, tenía que encargarse de la seguridad del secreto de sus dobles vidas, de mantener un horario ordenado para las rondas, tratar que no hubiera peleas, etc. Pero siempre actuaban y decidían como un grupo, así que el rol del alfa era más por formalidad que por una necesidad. También me contó que se elegía al líder por la herencia sanguínea y de la misma forma se escogía al beta, el líder de segundo grado de la manada.
-Y aunque no lo creas, Jake es nuestro beta –interrumpió Embry. Arqueé una ceja extrañada por aquella revelación-. Sí, nuestro segundo líder es el pedazo de idiota más grande de la historia. Mira que hacernos perder tiempo con sus arranques de rebeldía.
-Bueno, viene en la sangre. No se puede evitar… -dije sin poder calzar la imagen de mi Jacob como alguien a cargo de un grupo-. Jacob apenas puede hacerse cargo de los cinco dólares en su billetera como para controlar una manada.
Ambos se rieron por mi comentario y me di cuenta que ellos también eran muy jóvenes. Tenían diecisiete años y todo el peso de proteger un pueblo de… cualquiera que sean los peligros que los amenazaban. Incluso Sam no podía tener más de veinticinco años, a juzgar por su mirada infantil. Eran niños jugando a ser adultos, a ser hombres lobo que salvaban el día.
-Todos son demasiado jóvenes como para… estar en algo así –Quil dejó de reírse y Embry parpadeó en silencio. Emily se acercó a nosotros, de brazos cruzados-. ¿Cómo…? ¿Cómo supieron lo que eran? ¿Cómo pueden vivir con esto? ¿Cuáles son los peligros a los que tienen que enfrentarse?
-Tómalo con calma, Ang –me pidió Quil alzando sus manos en señal para que me detuviera-. No podemos responderte tantas cosas si apenas se entiende lo que dices.
-Vale –asentí sintiendo mi cara enrojecer-, lo siento –me encontraba apenada. Usualmente no solía comportarme así, pero eran demasiadas las dudas que se me venían a la cabeza. Y la preocupación que sentí por Jacob me mataba.
-Aún así hay algunas cosas que no podemos decirte –puntualizó Emily tocándome el hombro para tranquilizarme-, porque no somos los indicados para hacerlo.
-Sí, Jake nos daría una buena paliza si sabe que te revelamos todo –añadió Embry con una sonrisa.
Tal como me había dicho Jacob, ellos me contaron que aquella habilidad despertaba cuando los enemigos estaban cerca de La Push. Mientras más grande el número, entonces más personas serían capaces de transformarse en lobos.
Quil me contó que la sensación era muy extraña. Se te calentaba todo el cuerpo, sentías como si te estuvieras quemando vivo y luego los huesos le dolían muchísimo. La primera noche en que se transformó, se sentía muy enojado. Había peleado con Jacob, porque éste se había unido al extraño clan de Sam y ya no era el mismo de antes. Cuando caminaba hacia su casa, simplemente sintió que explotaba de rabia. Y literalmente, porque empezó a gritar, a sudar y dentro de pocos minutos tenía la sensación que lo hundían en lava ardiendo para luego ver que tenía patas en vez de manos, y podía ver su nariz, una nariz húmeda, negra y que decoraba la punta de un hocico de perro.
-Supongo que depende cómo te presentan el asunto –dijo alzándose de hombros-. Empecé a aullar como loco y creo que fui a correr por el bosque. Allí me encontré con Jacob y Sam, como lobos… y al darme cuenta que sentía sus voces en mi cabeza, me puse peor.
-¿Voces en tu cabeza? –inquirí frunciendo el ceño. Quil asintió y Embry me dijo que entre ellos podían comunicarse por una especie de telepatía cuando estaban en sus formas de lobo-. No sólo se pueden transformar en lobos, sino que también se comunican telepáticamente… ¿Acaso hay más?
-Nos desarrollamos tempranamente y nos veremos de la misma forma mientras nos sigamos transformando –dijo Embry.
-¿Eso quiere decir que Sam seguirá viéndose de veintitantos años cuando tú tengas treinta y algo, Emily?
-Por eso lo obligaré a dejar la manada cuando la gente en la calle empiece a preguntarme si es mi hijo –se rió por mi cara.
-Vaya, parece que no todo es positivo en esto de la licantropía.
-¡Claro que hay cosas buenas! –Quil sonrió y empezó a numerar-. Puedes sentir el aroma del pastel de frambuesa que prepara Emily antes que esté listo –la mencionada rodó los ojos y dijo que era fastidioso tener que recibir visitas una hora antes que lo que cocinaba estuviera terminado. Me reí-, me va mejor en las clases de gimnasia porque tenemos mejor estado físico…
-Nos aprovechamos un poco de nuestras capacidades –Embry asintió.
-Está la imprimación, por ejemplo.
-¿Imprimación?
No tenía ni la más mínima idea de qué era eso pero parecía importante porque todos se miraron y Emily dijo que esa era una de las cosas que le correspondía a Jacob contarme.
Por un rato más, siguieron resolviendo mis dudas. Los chicos me dijeron lo difícil que había sido lidiar con las transformaciones porque se sentían extremadamente sensibles con todo. Tenían que controlarse mucho, ya que hasta la más mínima discusión los hacía explotar. Pero con el tiempo lo habían logrado. Ya estaban acostumbrados a mentirles a sus padres o a otros amigos de por qué no dormían bien en las noches o la razón por la cual se saltaban tantas clases en la escuela. Siempre había asuntos de los cuales tenían que encargase y tenían que acudir al llamado de Sam al instante.
La única duda que tampoco resolvieron fue sobre qué enemigo había llegado al área para que aquel don sanguíneo despertara en ellos. Temía que Jacob también era el más indicado para decírmelo pero no pude evitar preguntarme qué tipo de criaturas serían. ¿Hadas malignas? ¿Brujas? ¿Qué clase de seres serían enemigos a los hombres lobo?
Cuando empezaron a hablar de las anormalidades del tema, llegamos a Leah. La chica era la primera mujer en ser capaz de cambiar a forma lobuna, o al menos eso decía el señor Black y el viejo Quil.
-Parece que nuestra chica favorita nos está escuchando –comentó Quil escuchando los aullidos provenientes del bosque-. Sí, es ella.
-¿Está contenta? –pregunté.
-Para nada –Seth entró por la puerta abriéndola con un golpecito. Llevaba las zapatillas en las manos y un pantalón mal abrochado-. De hecho, les mandó un mensaje poco refinado.
-Leah nunca ha sido una chica elegante –musitó Embry haciendo una mueca y otro aullido se dejó oír-. Sólo digo la verdad, Leah. No hay nada malo en ser honesto.
-¿Y hay noticias? –pregunté al recién llegado.
En ese momento, apareció el señor Black por el pasillo. Empujó su silla de ruedas con dificultad pero no aceptó la ayuda de Emily para llevarlo hasta el centro de la sala, argumentando que no era un viejo decrépito.
-Buenos días, señor Black –lo saludé tímidamente.
-Buenas, niña –se rió-. Vamos, no te sientas mal por haberme hablado así por teléfono –los presentes me miraron extrañados-. Es una buena señal que sepas cuándo sacar tu carácter. Me alegro que a mi hijo le interese una mujer que lleve las riendas de la situación.
Tosí incómoda por sus palabras, pero no pude evitar sonreír.
-Aún así, lo lamento muchísimo. No debí haberle faltado el respeto así.
-A mi edad esas cosas ya no importan –hizo un gesto con la mano para quitarle importancia. Miró a todos-. Pues, bien. Ya descansé un rato y me gustaría saber qué ha pasado. ¿Jake ha dejado alguna pista?
-Seth nos iba a decir cuando usted llegó –dijo Emily.
-Er… -el chico se rascó la nuca, visiblemente nervioso por la atención concentrada en él-. Ninguna novedad. Leah aún no encuentra ningún rastro a tres kilómetros a la redonda. Jake se encargó muy bien de no dejar ningún aroma… Y cada vez que nos metemos en su mente, esperando a que alguna imagen incriminatoria se escurra por su cabeza, nos dice que nos vayamos a la mierda y que… -guardó silencio y movió la mano en dirección hacia nosotras-. Hay mujeres presentes, así que… Bueno, no pasa nada aún.
El padre de Jacob se colocó enfrente de nosotros, junto a Quil. Creo que trataba de mantener la compostura y aparentar una imagen más fuerte de como realmente se sentía, porque su mirada se nubló.
-Y yo creí que por ser hombre me iba a dar menos problemas que sus hermanas –comentó sacándonos una sonrisa. Se oía triste, después de todo-. Este chico no tiene consideración con nadie. Una vez está bien, pero otra vez repetir la misma escena de fugitivo desenfrenado…
¿Ya había pasado antes? Me recliné en el asiento, saliéndome un poco de la conversación y dejando la voz de Emily consolando al padre de Jacob como una vocecilla de fondo en el escenario de mis pensamientos. La verdad, no me llamaba la atención que una conducta así se hubiera repetido, puesto que Jacob era muy impulsivo y parecía que muchas veces actuaba sin pensar en las consecuencias que causaría. Y tampoco debía llamarme la atención que quizás Bella fuera la razón por la cual Jacob hizo algo parecido a lo de ahora… Más que mal, él la había amado y le había hecho daño.
Soy una idiota, me dije suspirando. Yo no soy Bella y debo dejar de compararme con ella. Era tan estúpido compararme con ella que como yo lo había hecho entre Jacob y Ben. Ambos eran distintos, y Bella no era igual a mí. Tenía que aceptar que ella fue una parte muy importante de su vida y punto.
-Oye, Ang… -levanté la mirada y me encontré con cuatro pares de ojos mirándome fijamente. Me enderecé alarmada por la voz de Quil-. ¿Qué sientes por Jake?
-Creíamos que hoy te ibas a Massachusetts, pero estás aquí –dijo Seth acercándose-. Nosotros allá también nos preguntábamos lo mismo –señaló hacia el bosque, seguramente refiriéndose a Paul, Jared y Leah-. ¿Te vas a ir o te quedarás en Forks?
Al contrario de Bella, yo no haría sufrir a Jacob. O al menos, haría todo lo que esté al alcance de mis manos para no hacerlo.
-Es más complicado que eso, Seth –respondí meditando bien mis palabras-. Pero… no quiero separarme de Jacob. No quiero que esté sufriendo –miré a Quil y a Embry-. Lo que sienta por él, es mejor que se lo diga a él mismo en persona y no que ustedes se lo digan a través… de su poder mental.
-¡Por eso te amamos, Ang! –Embry pasó un brazo por mis hombros y me empezó a hacer cosquillas en la cintura-. Eres tan adorable e inteligente como… como sólo tú puedes serlo.
-Déjala, Embry. Le estarás haciendo daño –replicó Emily mirando duramente al chico.
-Ay, detente, Embry –le pedí entre risas. Fue extraño sentir mi estómago adolorido a causa de las carcajadas, me parecía que hacía años que no me reía.
Cuando Embry se separó de mí prometiendo que me dejaría en paz, nos dimos cuenta que había empezado a llover. Caían diminutas gotas, pero las nubes grises no parecían tener fin en el horizonte y el señor Black dijo que habría tormenta por la tarde.
Seth vio qué hora era y anunció que debía volver al bosque. Sam le había dicho que tenía una hora de descanso antes de regresar a persuadir a Jacob para que hablara.
-Nosotros también iremos –Embry se puso de pie.
-¿Están seguros? –inquirió Emily, preocupada-. Apenas durmieron tres horas y han comido muy poco.
Ella realmente era la madre de la manada. En la fogata me había dado cuenta de ello, pero nunca pensé que fuera tan… literal. Emily los cuidaba cuando estaban en circunstancias límites como ésta. Les daba alimento, procuraba que descansaran y los reprendía como una verdadera matriarca.
Me pregunté si Sam y ella habían hablado de tener hijos, porque irradiaba espíritu maternal por todos los poros de su ser.
-Sí, estamos bien –asintió Quil sonriéndole para tranquilizarla-. ¿Vamos, Seth?
-Iré con ustedes –dije, sorprendiéndolos-. Quizás si le muestran a Jacob que vine acá, considere la posibilidad de regresar.
-O esté tan distraído con tu imagen que se le cuele alguna visión sobre el lugar donde está –Seth me guiñó un ojo-. Me parece una buena idea.
El lugar donde se encontraban los demás parecía estar muy apartado, y para evitar que nos demoráramos, los chicos se transformaron en lobos. Fue extraño verlos desvestirse frente a mí con poco pudor. Me giré apenada y ellos se rieron, diciendo que estaban tan acostumbrados a estar sólo entre hombres que no se percataban de esos detalles –Leah contaba como un chico, me dijo Quil entre risas-.
Los tres eran tan grandes como Jacob en su forma lobuna. Aunque tenían pelajes de matices distintos. El lobo de color arena se me acercó y se inclinó, invitándome a subir en su lomo. No sabía quién era, pero acepté reticente.
En varias ocasiones tuve ganas de gritar. Íbamos demasiado rápido y más de una vez creí que me caería, así que abrazaba más fuerte al animal.
Me parecía surrealista la manera en que había aceptado hablar de lobos, telepatía y manada tan rápidamente. El día de ayer había estado conmocionada con la otra identidad de Jacob. Era imposible que estas criaturas existieran, pero en ese instante me encontraba montada en un lobo para reunirme con la manada.
Luego de lo que me pareció una eternidad, el lobo se detuvo. Abrí los ojos, reprimiendo un chillido de terror y vi a cinco lobos alrededor de mí.
-Hola, Angela –detrás de un árbol apareció Paul, calzándose unos pantalones. Me ayudó a bajarme del lobo color arena.
-Hola –le sonreí aún un poco alterada por el viaje. Me giré hacia el lobo y le hice cariño en la cabeza. Me lamió con ternura, y cerró los ojos acercándose más a mí-. Gracias por traerme.
-Oh, Seth –se quejó Paul mientras uno de los lobos de pelaje negro aulló fuertemente y los demás aullaban de manera aguda, como riéndose-. Tu hermana te va a matar si sigues haciendo de perro faldero con Angela.
-¿Leah, no? –señalé al lobo de pelaje casi negro. Él asintió-. No cabía duda que se trataba de ella. Hola –le sonreí, y ella se giró moviendo la cola ofendida y se perdió entre los árboles-. ¿Aún no han logrado nada? –pregunté, más seria.
-Es demasiado obstinado –negó con la cabeza y contempló cómo Seth me lamía la mano-. Se me acaba de ocurrir que si le mostramos esta imagen a Jacob, quizás esté aquí en menos de cinco minutos.
El lobo más grande de todos se dirigió detrás de un arbusto y a los pocos segundos apareció Sam.
-Aunque me cueste creerlo, lo intentamos y él no nos creyó –dijo caminando hacia nosotros-. Supone que es una trampa para hacerlo venir.
-¿No hay ninguna forma en que pueda comunicarme con él? –pregunté mientras le hacía cariño detrás de las orejas a Seth-. Si me ve a mí, diciéndole que de verdad estoy acá y nos tiene preocupados…
-Sí, podría funcionar –Sam suspiró pensativo-. Lo que me inquieta es la gravedad a la que ha llegado todo esto. Debería entender que ya es un adulto y hacer este tipo de escenas no lo ayudan en nada. Sólo nos hace pasar malos momentos.
-¿Entonces, lo intentamos? –inquirió Paul. El lobo de pelaje gris aulló, atrayendo nuestra atención. Seth se irguió repentinamente y me pareció que escuchaba algo que quería decirle el lobo gris-. Espera un poco, Ang –dijo el chico mientras Sam y él corrían a refugiarse tras algo para volver a cambiar a su forma de lobos.
En un largo momento de silencio, los lobos parecieron acordar algo en aquel idioma mental que sólo ellos mantenían. Todos menos Seth corrieron hacia la misma dirección que había tomado Leah. Poco después, Seth apareció junto a mí como humano.
-Mi hermana encontró un rastro de Jacob. Se fue hacia el noreste –explicó sin ninguna gota de entusiasmo infantil que siempre solía estar presente en su voz.
-¿Trataría de ir a Canadá?
-Tal vez –respondió casi como una exhalación-. ¿Quieres que tratemos de comunicarnos con Jacob?
No sé cuánto tiempo estuve de pie frente al lobo de pelaje color arena, hablándole como si fuera Jacob. Le pedí disculpas por mi reacción, pero tenía que entenderme; no todos los días una se entera que criaturas mitológicas viven entre los simples mortales. También le dije que estaba muy preocupada y le rogué que regresara cuanto antes porque todos se habían vuelto locos por su ausencia y su padre estaba peor.
A medida que pasaba el tiempo y agotaba todos los mensajes que quería decirle, me dieron ganas de reprocharle su irresponsabilidad e impulsividad. ¿En qué rayos estaba pensando? Era tan inmadura su reacción, tan infantil… Me reclamaba tanto cuando lo trataba como a un niño, diciéndome que ya era casi un adulto legal. Pues bien, no lo era, porque actuaba peor que los gemelos juntos en una de sus terribles travesuras. ¿Y si le pasaba algo? No sería capaz de vivir en un mundo donde él no estuviera, de eso estaba totalmente segura. ¿Por qué tenía que comportarse como un idiota?
Las diminutas gotas dieron paso a una lluvia más consistente, de la misma forma en que mis palabras eran cada vez más duras hasta que no pude seguir y me puse a llorar en silencio.
Empecé a caminar, dándole la espalda a Seth.
¡Me sentía tan estúpida llorando! Había llorado todo el día de ayer y ahora… Todo era culpa de Jacob. ¿Cómo podía reaccionar así? ¿Es que acaso él creía que me alegraría al saber que no era del todo humano y que podía tener cola y cuatro patas cuando le diera la gana? Si tal era el caso, entonces no se me ocurría ninguna otra manera de reaccionar porque era imposible que me tomara bien la noticia. Era como dejar caer una bomba. Cuando les lanzamos una bomba a los japoneses en la segunda guerra mundial no esperamos que se lo tomaran bien. No les avisamos ni les dimos el dato que quizás deberían cuidarse de lo que cayera del suelo… ¿Y qué mierda estaba pensando? Me estaba volviendo loca.
-Angela… -la voz de Seth era tan suplicante y triste, que me di media vuelta sin pensarlo dos veces-. Él regresará –dijo casi tan serio, que sonaba convincente. ¿En qué momento había vuelto a su forma humana?
La lluvia se hacía más espesa y mis lágrimas se confundían con las gotas del cielo que me bañaban por completo. Me limpié en vano las mejillas, porque volví a sentirlas húmedas a los pocos segundos. Y aún así, volví a limpiármelas, sabiendo que probablemente era sólo lluvia, ya que los ojos me ardían tanto que no creía que podía llorar más.
Seth se acercó y me abrazó, cubriéndome con su enorme cuerpo de la lluvia.
A una velocidad descomunal que ni los mejores corredores del planeta podrían igualar, atravesó el bosque conmigo en brazos. Luego de mucho rato, casi llegando a la casa de los Black, me di cuenta que no sentía el calor de la piel del chico. Pensé que era mucho más probable que estuviera entumida hasta los huesos de frío que mágicamente Seth estuviera en un estado febril. Supuse que si se lo preguntaba, se reiría diciéndome que todavía era un hombre lobo y sería imposible. Y si se tratara de Jacob, además de reírse, me comprobaría que seguía siendo un licántropo y se burlaría de mi ingenuidad por varias horas.
-Imbécil –murmuré de repente y Seth me miró sorprendido-. No te lo decía a ti –me apresuré a corregir avergonzada. Había hablado en voz alta-. Pensaba en Jacob…
-Dímelo a mí. No es ningún secreto –dijo lanzando una potente carcajada.
Llegamos a la casa y Seth no se preocupó en llamar a la puerta. Entró dando una patada y el señor Black apareció desde la cocina reclamando por aquella falta de modales, pero al ver el estado en que estaba, se dirigió empujando con premura las ruedas de la silla hasta el salón diciendo que debía quitarme aquellas ropas mojadas, secarme y recuperar temperatura.
Seth me acostó en el sillón y lo arrimó hacia la chimenea al mismo tiempo que el padre de Jacob tomó una cajita de fósforos encima del televisor y encendió una hoja de los periódicos apilados en un rincón. Luego depositó la hoja en llamas sobre los pocos troncos de la chimenea, moviendo el cuello repetidas veces, como asegurándose de algo:
-Trae más leña, Seth. Hay en el garaje –le dijo con tanta seguridad, que Seth sin chistar corrió hacia la puerta de la cocina que daba al lugar indicado. Hasta en los momentos más críticos, el aura de respeto y sabiduría que inspiraba el señor Black no desaparecía; se acentuaba aún más, determiné mientras pensaba que la voz de aquel conocedor de los mitos de la tribu y el hombre en esa silla de ruedas calzaba completamente-. Iré a traerte una muda de ropa y toallas… -anunció lanzándome una mirada rápida antes de desaparecer de la habitación mientras refunfuñaba por qué Emily había ido a su casa en un momento así.
-Aquí hay leña –Seth entró torpemente con más de veinte troncos de diversos tamaños que apenas pareciera que pudiera cargar sin caérsele uno. Cerré los ojos ante el estrepitoso ruido que hicieron cuando los dejó caer al suelo e introdujo dos a la chimenea-. ¿Dónde está el atizador, señor Black? –preguntó casi a gritos. Giró buscando por cada pared, rincón y lugar hasta que lo encontró junto al olvidado paragüero de la esquina-. ¡Olvídelo, ya lo encontré! –gritó antes de remover la leña con el atizador y preocuparse que el fuego encendiera pronto-. ¿Qué pasa?
-Es que… -sin evitarlo sonreí y él me miraba extrañado pero lucía contento-. Nada. Me recuerdas a mis hermanos pequeños, eso es todo –y ciertamente así era.
Seth podría lucir como un hombre de veintitantos años pero era como un niño. Tenía la misma torpeza, actitud desenfadada y tierna que los gemelos. De hecho, casi siempre cuando los gemelos no encontraban algo, gritaban por la casa preguntándole a mamá dónde estaba tal cosa hasta que alguno, generalmente Isaac, lo encontraba y sólo decían que ya lo tenía, ni se molestaban en pedir disculpas por armar tan inútil escándalo.
El ruido de la silla de ruedas del señor Black me hizo sentar y vi que el hombre traía algo en las piernas.
-Ponte esto –levantó una tela y me enseñó una camiseta negra-. Lo siento, hija, pero la ropa de Jake cuando aún no se transformaba la regalamos. Como ya no podría usarla, no creímos que la necesitaría –se excusó al ver mi cara-. Y aquí hay toallas para que te seques –me las tendió.
-No, está bien –las tomé y él me dio además unos pantalones y calcetines.
Ambos se miraron y se fueron de la habitación, diciendo que volverían pronto, y escuché cómo Seth le contaba al señor Black lo que había ocurrido en el bosque pero perdí el hilo del relato cuando hundí mi nariz en la camiseta.
La esencia a pinos y grasa de motor de Jacob me golpeó la nariz, y a diferencia de lo que podría creer cualquier persona, aquella combinación me hizo sentir muchísimo mejor. La sensación era casi igual a la que sentía cuando mi olfato captaba sal marina pero con una sutil diferencia que no me impresionó al notarla: la de pinos y grasa de motor me evocaba recuerdos no tan sólo de momentos felices, sino también llenos de cariño y comprensión. Algo como más personal, más íntimo. La combinación de pino y grasa de motor era mi hogar; Jacob lo era.
No fue hasta ese momento cuando sentí mi cuerpo temblar y vi que empezaba a retorcerme de escalofríos. El sillón estaba tan mojado, que me apené de haber descompuesto algo en la casa de los Black. Había traído más problemas de los que ya existían, siendo que yo quería solucionarlos. Qué irónica era la vida, me dije mientras me deshacía de mi ropa mojada y me empezaba a secar con las toallas.
-¡Angela! –Seth entró poco después de haberme cambiado de ropa. Me estaba acurrucando en el suelo, más cerca de la chimenea que ya empezaba a contener una llama de tamaño prometedor. Me dolía la cabeza, me palpitaba la garganta y tenía las fosas nasales resecas-. ¿Te traigo una manta? ¿Un café o leche chocolatada? ¿O…?
-Oh, por favor, cálmate -replicó el señor Black torciendo los ojos-. Estará bien. Esto pasa por dejarla bajo la lluvia tanto rato… El punto es que no debe contraer neumonía ni nada grave.
-Pero-
-El señor Black tiene razón, Seth –dije tratando que mis dientes no castañearan-. Sólo déjame así, al menos hasta que sienta el calor del fuego y ahí me abrigaré con una manta.
Después de lo que me pareció una eternidad en la que el padre de Jacob recogió mi ropa mojada y empezó a preparar sopa, té e infusiones que me ayudaran a entrar en calor, Seth salió y volvió diciendo que debía ir al bosque porque Sam lo necesitaba.
-¿Quieres que le dé un mensaje a Jake? –miré que no traía puesta su camisa y me pregunté cuán veloz podía transformarse de humano a lobo y viceversa. También me dio un poco de envidia que ellos no sufrieran este tipo de consecuencias al someterse a la lluvia o temperaturas frías-. Bueno, además de que es un imbécil, claro está.
A pesar que todo indicaba que no tendría que depositar tanta fe, sentí real seguridad en las palabras de Seth cuando él me dijo en el bosque que Jacob volvería. La manada haría lo imposible para encontrarlo, ellos lo conocían y yo también. Él regresaría tarde o temprano.
-Muéstrale este mensaje cuando te comuniques con él a través de su "telepatía" –sonreí mientras Seth asentía divertido-. Dile a Jacob Black que no me moveré de esta casa, aunque eso signifique que muera de neumonía por su culpa. Y si necesita otra razón para regresar, pues enséñale que tuve que estar cargada en tus brazos por un largo trayecto mientras agonizaba. Créeme que si no está aquí pronto, te usaré como mi estufa personal, Seth –afirmé señalándolo seriamente-. Lo digo en serio.
-Cuando quieras, Ang –se despidió moviendo su mano derecha desde la frente, como un saludo militar más informal y espontáneo-. Cuídate –dijo antes de irse.
Observé el lugar donde Seth había estado momentos antes y luego concentré mi atención en las llamas de la chimenea. Bailaban y con el pasar de cada segundo, se veían más grandes y densas. Me arrimé un poco más, acercando mis manos. Suspiré rezando para que se me pasara el frío. Le había mentido a Seth, puesto que en verdad el dolor de cabeza era tan fuerte, que se me nublaba la vista y todo daba vueltas.
Escuché la voz lejana del señor Black rezongando sobre el diluvio en verano. Traté de mover los dedos de la mano, pero no podía. Quizás tuviera hipotermia.
Y con ése último pensamiento, me quedé dormida sobre el duro suelo de la casa de los Black.
N/A: ¿Nadie quiere un hombre lobo? Me he enamorado de ellos en este capítulo (más de lo que ya estaba, si fuera posible). Creo que no se puede tener mejor apoyo que ese grupo de bromistas para subirte el ánimo…
Realmente no sé cómo expresarles mi gratitud por todo el cariño recibido en este fic. Han sido los mejores lectores que podría tener, y estoy inmensamente agradecida por sus comentarios en cada capítulo. Me entretiene leerlos y me han animado a escribir este fic con mucho entusiasmo.
El próximo capítulo es el último... y no bromeo. En un principio el fic sería más corto, pero se ha ido alargando en parte porque me lo han pedido y me han dado ideas para desarrollar la historia de manera más completa. Pero no se preocupen, que les tengo una sorpresa a todas los que quieren seguir leyendo de esta pareja y saber algunas escenas perdidas o posiblemente futuras de este fic. Dense una vuelta por mi perfil y verán a qué me refiero.
Un besote y hasta la siguiente (y última) entrega de este fic.
