Haced un favor: coged pañuelos.


CAPÍTULO 14 – ECO

-NARRA LIZ-

No me había sentado bien que Joe contestara de esa forma, eso era todo. ¿Tan difícil le resultaba decir que no, que no estaba con Kate? Muchas veces parecía que le gustara tener esa fama de mujeriego, y yo me negaba a ser una más que colgaba de su brazo.

-Señor Jonas, su coche está en la parte trasera, pero creo que no ha salido el plan exactamente como usted quería –le dijo el camarero a Joe. Él me miraba con miedo, me di cuenta. Y era normal, porque debía de tener una cara horrorosa.

¿Qué me había pasado? Yo no era así, yo no me enfadaba a la primera de cambio y menos con Joe. Si me hubieran dicho hacía unos meses que estaría gritándole al amor de mi vida en un restaurante, me habría reído. Pero supongo que ahora sabía que todo no era perfecto.

-Gracias… no importa –le dijo Joe, sonriéndole con amabilidad –perdone las molestias, es que nos ha surgido… algo.

El camarero aceptó sus disculpas, al parecer sin importarle. Y es que, claro, no todos los días un Jonas va a tu restaurante.

Sin apenas mirarle, seguí a Joseph hacia la parte trasera, donde se seguían oyendo los gritos de los paparazzi. Para eso, habría dado igual si hubiéramos ido por delante.

-¿Ya os vais, Joe? –gritaban –¿ha pasado algo, Joe? ¿Joe, no os gusta la comida de este sitio?

Bajé la cabeza mucho más, sintiéndome mal por el camarero, que tan simpático había sido. Joseph sacudió la cabeza, como dando a entender que no era culpa del servicio.

-Me he acordado de que me he dejado el gas encendido en casa –contestó, encogiéndose de hombros. Todos rieron, e incluso yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para contenerme.

-¡Chica de morado! –empezó a gritar uno –¡levanta la cabeza! ¡Déjanos ver esa preciosa cara que tienes! –empecé a ponerme histérica, mientras que Joe me abría la puerta del coche.

No me lo vi venir. En cuanto me senté, uno de los fotógrafos se tiró sobre el capó del coche de Joseph, plantando su cámara en el cristal justo enfrente de mí. A pesar de estar las puertas cerradas, oía el enorme jaleo que se estaba armando fuera, pero no quise mirar nada, manteniendo la cabeza baja.

-Oye, perdona, estás sobre mi coche –le gritó Joe al tipo, sin ni siquiera tocarle. Cualquier otro famoso con mal humor habría cogido al hombre por el pescuezo y lo habría tirado al suelo, pero Joe no.

-Venga, guapa, levanta la cabeza –siguió gritando el paparazzi sobre el coche, ignorando a Joseph. Empecé a asustarme – ¿Es que acaso eres fea? ¿Joe Jonas está saliendo con una chica fea?

Sentí el impulso de lanzarle una mirada asesina, o de sacarle el dedo de manera no demasiado educada. Me contuve, pensando en que si me veía la cara, él ganaba. Sin embargo, lo que pasó a continuación no me lo esperaba.

-¡Eh, te he dicho que estás sobre mi coche! –le gritó Joe de nuevo. Levanté la cabeza un poco, lo suficiente como para ver a Joe agarrando al paparazzi por el brazo y tirando de él hacia fuera, de manera que cayó de bruces sobre el suelo.

El corazón me dio un vuelco. Todos empezaron a gritar para que Joe se calmara, mientras que el fotógrafo del suelo le pedía que se calmara, que sólo estaba haciendo su trabajo.

-¿Tu trabajo es insultar a mi novia? –le preguntó Joe, mirándolo con asco –¿tu trabajo es acosarla cuando sube a mi coche? O, espera… ¿tu trabajo es abollarme el coche?

Tras esto, Joseph sacudió la cabeza y, esquivando el resto de cámaras, subió a su asiento, arrancando el motor. Decidí quedarme callada hasta que los dejamos atrás.

-Gracias –murmuré, cuando ya estábamos en carretera abierta. La verdad era que de repente estábamos en una zona un poco tétrica, rodeada de árboles y con poca luz y muchas curvas.

-De nada –contestó Joe secamente. Pude ver cómo se aferraba al volante con fuerza, como si estuviera tenso.

-Joe, tranquilo –dije, con miedo. No sabía cómo iba a reaccionar.

-¿Tranquilo? –saltó –¿tú has visto lo que ese imbécil ha hecho?

-¿Abollarte el coche? –pregunté, temblando. Nunca le había visto tan molesto por algo.

-Insultarte, Galleta. Menospreciarte delante de todo el mundo –gruñó, tomando la curva con demasiada brusquedad.

-Está bien, Joseph, respira –le dije, tratando calmarle –lo último que necesitamos ahora es un accidente.

Si ya me daba miedo normalmente subir a su coche, ahora que estaba susceptible mucho más. Sin embargo, él se rió.

-Es cierto… perdona, Lizzie –dijo, bajando la velocidad.

Sin apenas darme cuenta, me encontré más relajada sobre mi asiento, respirando acompasadamente. Sonreí para mí misma, girándome para apoyar mi cabeza sobre el frío cristal.

Joe había dado la cara por mí en público. ¿Eso significaba que le importaba, verdad? Galleta, ¿qué mas necesitas para convencerte? Ya me había dicho lo que sentía… pero en privado.

-No es como si necesitaras una declaración escrita y firmada –murmuré. ¡Mierda! Lo había dicho en voz alta.

-¿De qué hablas? –preguntó Joe, perdido. Me puse histérica.

-Nada… de nada, Joe. Sólo estaba cantando –dije –me encanta esta canción.

-Galleta, la radio está apagada –me dijo, empezando a preocuparse.

Era cierto. La radio estaba apagada, no sonaba ninguna canción y yo acababa de hacer el ridículo delante de Joe. Perfecto.

-Eh, no necesito la radio para que una canción suene en mi cabeza –me defendí, roja de la vergüenza.

Joe empezó a reírse, mirándome mientras que mi enrojecimiento empeoraba. ¿No podía girar la cara hacia la… carretera?

-¡Joseph, cuidado! –grité de pronto, cuando vi que estaba a punto de atropellar a un pobre ciervo que estaba parado en medio de la carretera.

Rápidamente, Joe hizo un giro brusco, haciendo que no chocáramos con el animal… pero que nos saliéramos de la carretera. Por suerte para nosotros, en ese lado no había más que un trozo más o menos grande de hierba y a unos pasos de distancia, empezaba una larga hilera de árboles. Se oyó un ruido seco, como si las ruedas se hubieran reventado o algo así, y de pronto el coche se paró.

-¿Estás bien? –grité, preocupada por Joe. Me giré para comprobar que todo iba bien.

-Sí… estoy bien –dijo, mirándome con detenimiento –¿tú estás bien? Galleta, ¿te has hecho daño? Liz, mírame…

Estaba histérico, tratando de asegurarse de que estaba bien. Suspiré. No había sido tan grave, al fin y al cabo. De repente, me entró la risa histérica.

-¿Liz? –dijo él, zarandeándome –Lizzie, dime que estás bien…

-Estoy bien, Joe –contesté, calmándome –pero tengo que decir que te lo dije.

-¿Que me dijiste qué? –me preguntó, confundido.

-Que eres un pésimo conductor –solté, riéndome.

Tras la tensión del principio, a ambos nos entró un ataque de risa, de esos que no puedes parar y cada vez van a peor. Tras casi diez minutos así, conseguimos calmarnos.

-Vale, creo que tenemos que hacer algo para salir de aquí –dijo él, abriendo la puerta, haciendo ademán de salir del coche.

-¡Joe! –grité –¡no salgas! –él se me quedó mirando extrañado, como si me hubiera vuelto loca. Enrojecí sin querer –es que… uhm, no quiero que salgas ahí a oscuras… seguro que hay más animales y…

Muy bien, Galleta. ¡Y el premio a la elocuencia es para…! Para mí, desde luego que no.

-No te preocupes Liz –me dijo –soy Joe Jonas, lucho contra paparazzis, animales y hermanos pequeños todos los días.

Sonrió mortíferamente, bajando del coche de un salto. Me encogí en mi asiento, deseando que todo acabara. Lo cierto era que hacía un poco de frío…

-Creo que se han reventado las ruedas –murmuró Joe, tras echar un rápido vistazo al coche –y además, hace mucho frío.

-¿No me digas? –murmuré –bueno, entonces habrá que cambiar las ruedas, ¿no?

Joe me miró con cara de no estar enterándose de nada, como esperando a que le dijera algo más.

-Joseph, ¿llevas rueda de recambio? –pregunté, empezando a exasperarme.

-Creo que sí –murmuró, volviendo a salir hacia el maletero. No tardó en volver abrazado a una rueda –¡aquí está!

-Está bien… ahora necesitamos un gato, ¿no? –le dije. Él compuso una expresión divertida.

-¿Un gato? ¿No te basto yo, Galleta? –me dijo, soltando un maullido. Este chico era increíble.

-No, tonto –le dije, riéndome –un gato para cambiar la rueda.

-No sé cómo podría un gato cambiar una rueda, Liz. En serio, ¿te has golpeado contra algo?

No sabía si reírme o llorar. ¿Es que estaba tonto? Sacudí la cabeza, exasperada.

-No importa… saca tu móvil y llama a alguien para que venga a recogernos –le dije, abrazándome a mí misma, tratando de mantener algo de calor.

-Eh… pues… resulta que… -empezó a balbucear Joe. Le miré expectante –no he cogido el móvil antes, porque pensaba que estaríamos más tranquilos así…

-¿Qué? –exclamé –Joe, estamos en medio de la nada, con las ruedas reventadas y helándonos… ¿y me dices que no tienes el móvil?

-No, Galleta, no lo tengo –contestó con la cabeza gacha. Seguía fuera del coche, con la puerta del conductor abierta y en manga corta. Sentí lástima por él, que seguramente estaba helándose.

-Venga, Joseph –suspiré –no pasa nada, sube al coche; hace frío.

Él me miró, esbozando una sonrisa y haciéndome caso inmediatamente. Parecía contento a pesar de estar tirados en una cuneta. En mi interior sonreí, pensando en que él era el optimista, el que nunca se ponía nervioso o se asustaba. El valiente y decidido Joe.

-Entonces, ¿qué vamos a hacer? –le pregunté, aún preocupada.

-Ni idea –se encogió de hombros. Luego, como si tal cosa, encendió la radio, moviendo la cabeza al compás de las primeras notas de Use Somebody de Kings of Leon.

-¿Ni idea? –pregunté, en un ataque histérico ante su impasibilidad. Me miró extrañado –¡esto es demasiado!

Malhumorada, abrí de un empujón la puerta del coche y salté fuera, pisando la hierba húmeda que bordeaba la carretera. Podía seguirla hasta llegar a algún sitio habitado por gente y no por animales para poder pedir ayuda, ¿no? Eché a andar deprisa, en dirección contraria al restaurante cuando, de repente, escuché un portazo y pasos apresurados detrás de mí.

-¿Adónde vas, Liz? –me preguntó Joe, tirando de mi brazo. Me deshice de su agarre para continuar mi camino.

-A tu casa –grité, de espaldas a él.

-Liz, hay más de 10 kilómetros hasta mi casa –espetó él, al parecer sin seguirme.

Me detuve. ¿En serio eran tantos? Dudé si girarme y volver al coche o continuar costara lo que costara.

-Venga, vuelve al coche conmigo –me dijo él, tendiéndome la mano.

-No quiero volver a estar en un sitio a solas contigo –le dije. Él compuso una expresión de dolor, pero sólo durante un segundo. Luego, esbozó una sonrisa torcida.

-Está bien, te prometo que esta será la última vez –me dijo.

-Joe, hace frío y no podemos quedarnos aquí sin hacer nada.

-Lizzie, por esta carretera no pasa nadie a estas horas. En cambio, por la mañana sí, así que sólo tenemos que pasar la noche en el coche… no es tan complicado, ¿no?

Fruncí el ceño, dándole vueltas a su propuesta. ¿Quedarnos a solas en medio de la nada, cuando se suponía que yo estaba enfadada con él? Mi mente rugió NO, pero mi corazón me impulsó a cogerle la mano, caminando lentamente hacia el Mercedes.

***

-NARRA APRIL-

Mientras Kate me enseñaba cosas de su viaje Europeo en lo único en que podía pensar era en que ahora las cosas entre Nicholas y yo iban a ir mejor. Habíamos dado el paso definitivo, el que decidía con quién tenía que estar y con quién no. Así que no pude esbozar una sonrisa gigante mientras que Kate me explicaba la composición de un vestido negro de seda.

-¿Te gusta? –preguntó, ilusionada.

-¡Muchísimo! –exclamé –tiene unos rizos perfectos…

Ella me miró confundida.

-¿Qué rizos? –preguntó.

Acababa de meter la pata. Al preguntarme si me gustaba yo había respondido automáticamente, refiriéndome a él, no al vestido. Intenté arreglarlo.

-Eh… sí, eh, los rizos que se crean por el bajo –improvisé. Ella echó un vistazo a la caída del vestido –sí, Kate míralos –me levanté para señalárselos –cuando te muevas, seguro que se crean unos rizos perfectos.

Pareció convencida, centrándose de nuevo en el vestido.

-¿Quieres que me lo pruebe? –exclamó, emocionada –había pensado ponérmelo para cuando presentemos la película.

-Pero si aún queda mucho para… -me interrumpí a mí misma –eh, sí claro. Pruébatelo.

Salió corriendo emocionada hacia el baño más cercano, dejándome sola en la habitación de Joe, ahora invadida por cosas de Kate. Sonreí, echándome sobre la cama. En mi cabeza no dejaba de aparecer la imagen de Nick besándome, la sensación en mi estómago cuando las cosas se pusieron serias, el tacto de su piel muy cerca de la mía…

-¿Qué haces tú aquí? –me sobresaltó una voz. Me incorporé lo más deprisa que pude, mirando asustada hacia la puerta. Faith.

-Estoy esperando a Kate –dije secamente, mirándola fijamente. No me iba a dejar intimidar por ella.

-¿En la habitación de Joe? –preguntó, aún recelosa.

-¿Algún problema? –espeté, levantándome de la cama y acercándome a ella, retadora.

Faith sonrió con suficiencia, para luego echarme una de sus miraditas fatales, como evaluándome.

-Ahora, ninguno –respondió. Luego, se echó el pelo hacia atrás y se giró, camino escaleras abajo.

¿Ahora? Pensé en que no había forma humana de comprenderla. Aún no podía creerme que antes me gustara y que incluso la considerara un ejemplo a seguir. Supongo que, en el momento en el que me enteré de todo lo que le hizo a Nick, dejé de verla tan espectacular.

-¿Y bien? –preguntó Kate, saliendo de repente del baño, enfrente de la habitación de Joe. Dio una vuelta –tenías razón, los rizos son perfectos.

Sonreí, demasiado segura de que Kate realmente pensaba que las ondas que creaba su vestido al girar se llamaban rizos.

Justo en ese momento, los rizos perfectos a los que yo me refería, aparecieron al final del pasillo de ese piso, mirando la escena. Una sonrisa de oreja a oreja cubrió mi cara.

-April, ¿puedo hablar contigo un momento? –me dijo, con voz demasiado baja y la cabeza gacha. Kate le miró extrañada, y luego a mí.

-¿Tienes que irte ya? –me preguntó –nos lo estábamos pasando bien…

Me encogí de hombros. Por nada del mundo iba a pasar menos tiempo con Nicholas, y menos por ver souvenirs Europeos.

-Quizá podemos seguir luego… o mañana –dije, acordándome de la hora –ya es tarde.

Kate sonrió, volviendo a meterse en el baño para cambiarse de ropa. Nick seguía esperándome al final de pasillo, apoyado sobre la pared, mirando al suelo. Supuse que tanta charla cansina con Faith le habría dejado agotado, así que en cuanto llegué a su altura, me aseguré de que nadie miraba y me lancé a su cuello, dándole un beso en la mejilla.

-Le he echado de menos, señor Presidente –le susurré al oído. Cuando me aparté para mirarle la cara, me asusté –Nicholas, ¿qué te ha pasado?

Tenía los ojos hinchados, así, de repente. Nunca le había visto en ese estado. Si ya normalmente tenía los ojos pequeños, ahora se le veían muchísimo menos. Él apartó la cara cuando yo se la sujeté en alto, librándose de mi mano.

-Tenemos que hablar, April –me dijo. Asentí asustada, mientras le seguía a su habitación, donde cerró la puerta con llave.

No se sentó en la cama, sino que se quedó de pie, enfrente de mí. Trataba de coger fuerzas para algo, estaba segura, porque no dejaba de mirarse los pies, jugueteando nervioso con sus manos.

-¿Va todo bien, Nick? –pregunté, muerta de miedo. Inconscientemente, empecé a temblar.

-Eh, sí –contestó, con voz débil. ¡Por Dios, que lo soltara de una vez! –es que… es que… bueno, he estado pensando… y no he sido del todo sincero contigo.

Le miré con expresión confundida, aunque daba igual, porque él seguía sin mirarme a la cara.

-¡Mírame, Nicholas! –le grité. Él me hizo caso, dirigiéndome la mirada más fría que jamás había recibido. Nunca me había mirado así… nunca.

-Verás, te he mentido –me dijo. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que todo era una broma, que era una chiquillada. Pero esa mirada…

-Suéltalo ya, sea lo que sea, por favor –le pedí. Él tomó aire.

-No… no era virgen –dijo –. Tú no has sido la primera… fue Faith.

Mi cabeza era un lío, uno bien gordo, grande y lioso.

-Espera… ¿cómo? Y… ¿y tu promesa? –pregunté.

-No existe tal promesa… me he dado cuenta de que no estoy enamorado de ti.

Fue como si de repente me hubieran echado un jarro de agua helada encima. Me quedé de piedra, mirándole fijamente. Ni siquiera las lágrimas se atrevían a salir.

-Pe-pero dijiste que sí… Nick, me has dicho que sí… me has dicho que me quieres, que quieres estar conmigo, que no te importa lo que digan los demás –solté de carrerilla. Él sacudió la cabeza.

-Ha sido un error, April, uno enorme. Lo que ha pasado entre nosotros… no deberíamos habernos conocido.

Lo que no podía comprender era cómo podía estar tan impasible ante todo lo que me estaba contando. Seguía mirándome directamente, o cambiando hacia sus pies, pero el manoseo nervioso había parado. Al parecer, las lágrimas se dieron cuenta de que era su turno de aparecer en escena, porque una bajó veloz por mi mejilla, dando pie a las otras. En poco rato, me había convertido en un manantial.

-Nick, dime que no es verdad lo que estás diciendo –le pedí, acercándome a él para abrazarle. Él no me devolvió el abrazo, sino que siguió de pie, levantando la cabeza –. ¡Nick! Lo de anoche… ¡lo de antes! ¡Joder, Nicholas, has sido el primero! No puedes decirme a las dos horas que te arrepientes…

Con delicadeza, como trataría a una fan, se deshizo de mi abrazo, apartándome de él.

-¿Te importa salir de mi habitación? –murmuró.

Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca, latiendo descontrolado, sentí ganas de pegarle puñetazos hasta que le doliera por lo menos la mitad de lo que me dolían a mí sus palabras. Habría sido capaz de arañarle, empujarle, obligarle a llorar. ¿Por qué parecía tan jodidamente inmune al dolor? Me alejé de él unos cuantos pasos, mirándole con desprecio.

-Ahora mismo –dije, con voz monótona –; y, ya que estamos, de tu casa también.

Cuando me giré, él me agarró por el brazo, frenándome antes de alcanzar el pomo de la puerta.

-¿Te vas? –preguntó, titubeante. Le miré a los ojos.

-¿No es eso lo que quieres?

Inmediatamente, me soltó el brazo, volviendo a mantener una distancia de mí. Bajó de nuevo la cabeza.

-Eh… sí –contestó –pero es tarde. No puedes irte a estas horas… ha anochecido. Y no tienes coche.

-Pediré un taxi –espeté, volviendo a girarme. Él volvió a sujetarme.

-No –dijo. Estúpida de mí, un pedazo de mi corazón latió esperanzado. ¿Había visto preocupación en sus ojos? Me di cuenta de que no, cuando la fría capa volvió a cubrirle la mirada –; yo pediré el taxi por ti.

Como si se hubiera quemado, Nick soltó mi brazo y agarró el pomo, abriendo la puerta y saliendo de su propia habitación, dejándome allí dentro sola. "No llores aquí, April. No, no aquí" me dije a mí misma. Tenía que recomponerme para poder salir al pasillo, para poder enfrentarme con las miradas curiosas de Faith y Kate, que seguramente preguntarían por qué me iba.

Asegurándome de que no había nadie alrededor, corrí hacia la que había sido mi habitación durante un día, apresurándome para meter todas mis cosas en la maleta, que casi estaba intacta. Me eché un vistazo en el espejo, asegurándome de mostrar una cara fría, sin expresión alguna. Tragué con dificultad y me dirigí escaleras abajo.

-¿Adónde vas? –me preguntó Kate, acercándose a mí corriendo desde el salón. Yo me senté en la entrada de la casa, con la maleta a mi lado.

-Eh… mi madre me necesita en casa –murmuré, intentando sonar convincente. En ese momento, Nick salió del salón también, con el teléfono en la mano.

-El taxi tardará 10 minutos en llegar –dijo con voz monótona. Faith apareció de la nada, pasando el brazo alrededor de la cintura de él.

-¡Oh, qué pena! ¿Ya te vas? –preguntó, mirándome sonriente.

"Contente, April, no llores, no llores, no llores" me repetí. Levanté la cabeza.

-Sí –respondí secamente. Rezaba para que no se me quebrara la voz tan ridículamente como siempre.

Los diez minutos más largos de mi vida. Evitando mirar a Nick o a Faith, que se pegaba a él como una lapa, intentando mantener una conversación con Kate, que parloteaba sobre algo a mi lado. Cuando escuchamos los pitidos del taxi y el jaleo provocado por los paparazzi, el corazón me dio un vuelco.

-Ya está aquí –murmuré. Ninguno se movió.

Me levanté de la silla, agarrando con fuerza la maleta y tirando de ella hacia la puerta.

-Hasta pronto –dijo Kate, sonriente.

-¡Hasta nunca! –gritó Faith, justo antes de que cerrara la puerta tras de mí.

Aún no podía llorar, tenía que conseguir llegar hasta el taxi, atravesando la nube de fotógrafos sin llorar.

-¿Quién eres tú? –gritó uno cuando me vio cruzar la verja –¿ha habido una fiesta?

Mantuve la cabeza agachada, mientras que el taxista me ayudaba con la maleta e intentaba que los paparazzi me dejaran en paz.

-¿Eres amiga de los Jonas Brothers? –decía otro, mientras hacía estallar los flashes. Subí al coche y le murmuré al conductor mi destino.

La pregunta aún retumbaba en mis oídos: ¿eres amiga de los Jonas Brothers? Era como si creara un eco, repitiéndose una y otra vez. El taxi arrancó, adentrándose en la penumbra de la carretera, donde sólo se veían borrones de luz producidos por los faros de los coches que pasaban zumbando al lado nuestro. ¿Eres amiga de los Jonas Brothers? Las lágrimas empezaron a desatarse, silenciosamente. ¿Eres amiga de los Jonas Brothers? Cada beso de Nick, cada palabra. ¿Eres amiga de los Jonas Brothers? Cada caricia, cada mirada. ¿Eres amiga de los Jonas Brothers?

-No.


snif. Admito que he llorado como una tonta. Sí sí. Es cierto.

No me voy a cansar de decirlo: GRACIAS POR VUESTROS ESTUPENDOSOS REVIEWS!!!

-Vicky.