Capitulo Catorce

- Debería haber organizado un baile hace años - dijo el conde mientras Hinata y él se despedían del ultimo de los invitados un par de días después.

- Me ha resultado de lo más rejuvenecedor. Hace una noche espléndida como para irse dentro. Vamos a dar un paseo hasta la rosaleda.

- Muy bien - Hinata tomó el brazo del conde y echaron a andar - Me alegro de que haya disfrutado tanto. Para mí fue un sueño. Un sueño casi perfecto.

El conde le dio unas afectuosas palmadas en la mano.

- Una joya extraordinaria merece un lugar perfecto en el que brillar. Y debo decir que brillaste extraordinariamente esa noche.

- Pero no tanto desde entonces, ¿verdad? Vamos, dígalo. Sé que es lo que esta pensando -

- ¿Me crees capaz de insultar a una dama con ese comentario? - replicó, intentando parecer ofendido - Todos bajamos un poco cuando se terminan las fiestas.

- ¿Se encuentra mal? - le pregunto, mirándolo fijamente por ver si había perdido color o si estaba más delgado.

- Claro que no. Solo estoy un poco cansado, y eso es natural con mis años, ¿no? -

Quizás eso fuera todo. A pesar de lo que habían dicho los médicos, la salud del conde había mejorado desde que Gaara le anunciara su compromiso. ¿O seria que ella lo deseaba tanto que prefería creerlo así? Habían llegado a la rosaleda y el conde se sentó en un banco a la sombra de una arcada de glicinias. El sol de la mañana había comenzado a extraer de ellas un delicioso aroma. Un pequeño petirrojo se había acomodado en lo alto y comenzó a cantar.

Hinata se sentó a su lado y por un momento guardaron silencio. Ojalá sus sentimientos poseyeran la tranquilidad del jardín... Revivir lo ocurrido aquella noche no servia de nada. Ya lo había hecho cientos de veces, y al final solo había llegado a una conclusión: que lo había hecho todo mal.

Después de haber experimentado su pasión desatada durante unos instantes, no podía soportar la idea de no volver a sentirlo nunca. Y todo porque había hecho lo que siempre le habían dicho que no debía hacer. Se había enfrentado a él para luego terminar arrojándose en sus brazos como una buscona. La voz del conde interrumpió sus meditaciones.

- No permitas que te deje fuera ahora que has conseguido abrir la puerta -

- ¿ Perdón? -

¿Es que habría pensado en voz alta? ¿O le habría leído el pensamiento?

- No necesitas pedirme perdón - el conde la miro con aquellos ojos que siempre parecían adivinar mas de la cuenta - Quizás debería pedírtelo yo a ti en nombre de mi nieto. No sé que le ha pasado estos últimos días. ¿Algo entre tú y él la noche del baile, quizás?

Hinata no pudo contestar, aunque seguramente el rojo de sus mejillas hablase por ella.

- ¡Es que no lo entiendo! Y a mí misma tampoco, la mitad de las veces - se levantó del banco y empezó a pasear de un lado a otro - A veces sé lo que siento y tengo razones para creer que sé lo que siente él, y otras todo se vuelve contra mí.

- Vaya, vaya - sonrió el conde - Eso parece amor. Creo que la confusión forma parte de su encanto.

- Pues para mí carece de ese supuesto encanto - Hinata levanto las manos - ¿Por que no puede ser seguro y claro?

- Pues porque la vida lo es muy pocas veces - Tenía razón, pero eso no era lo que ella quería oír.

- Yo ya suelo cometer errores cuando todo es fácil, así que cuando las cosas están tan liadas, como en esta ocasión, no hago mas que meter la pata.

El conde la miró con cariño.

- ¿Te ayuda si te digo que todo el mundo comete errores cuando esta enamorado?

- No tantos como yo.

Como por ejemplo, hablarle a su abuelo de su relación, o mejor, de su falta de ella. Si Gaara lo averiguaba, Lord Lucifer la maldeciría para siempre.

- Estoy convencido de que mi nieto podría enseñarte un par de cosas al respecto.

- ¿Sobre cometer errores?

¿El frío y sereno Lord Sabaku podía meter la pata? Era muy difícil de creer. Pues no se había mostrado precisamente frió la noche del baile... Quizás, detrás de su mascara, estuviese tan alterado como ella...

- Sí, sobre cometer errores - el conde miro hacia la casa - Y cometerá el mayor de su vida si se empeña en apartarte de su lado. Aguántalo si puedes, querida, pero no hasta el límite. Quiero verlo feliz, pero no a tu costa.

- Lo intentare - suspiro, contemplando un rosal de flores rojas de terciopelo.

Qué cerrados estaban los capullos y con qué fiereza los defendían las espinas. Sin embargo, con tiempo y paciencia, no podían resistir y terminaban abriéndose al mundo con su apasionado color y su embriagador perfume. Le había dicho a Gaara que la paciencia era una de sus virtudes. ¿Pero para qué le serviría la paciencia si el tiempo del conde se agotaba?

Tres meses pasaron sin que la salud de su abuelo empeorara.

Gaara ajustó el telescopio hacia la constelación de Perseo, donde la actividad meteórica había empezado a intensificarse. Esperaba que unas horas de contemplar las estrellas le sirvieran para calmar sus nervios, pero por el momento no lo había conseguido. Su amante ya no era capaz de proporcionarle el consuelo y la paz que solía.

¿Amante? Demonios... Gaara se preparo para recordar aquella noche porque sabía que no iba a poder evitarlo. Desde entonces, no había podido dejar de preguntarse si todo había sido un extraño sueño. Ni una sola noche había pasado sin que soñara con ello. Durante los dos días que siguieron a la noche del baile, la tensión entre ellos fue casi palpable hasta que, poco a poco, comenzó a remitir. La advertencia que le había hecho a Hinata debía haberle hecho olvidar cualquier sueño romántico que pudiese albergar.

Lo cual estaba bien. Si lo que sentía por él podía desbaratarse con tanta facilidad, ¿qué posibilidad habrían tenido de una vida juntos? Mejor perderla en aquel momento que más tarde, cuando ya hubiese echado raíces en su corazón. Mejor apartarla de su vida que perderla. Aún seguían viéndose con regularidad, todo por el bien de su abuelo. Jugaban partidas de ajedrez o de cartas, iban a la iglesia, incluso charlaban alegremente delante de él.

Pero cuando llegaba la noche, Hinata siempre encontraba el modo de volver a casa sola. Normalmente gracias a la cortesía del vicario, a quien Gaara había llegado a respetar. El pobre seguía estando tan enamorado de Hinata como siempre, pero su devoción ya no lo irritaba tanto.

Le habría gustado continuar así indefinidamente. Pero teniendo en cuenta el buen estado de salud de su abuelo y con la vuelta inminente de la familia de Hinata, el compromiso tendría que terminar de un modo u otro.

¿Que era eso? ¿Alguien lo llamaba a lo lejos? Alguien, no; Hinata. No. No podía ser. Volvió su atención al cielo, donde un meteorito había empezado a caer. Debía ser su imaginación una vez más. Las dos últimas noches en la torre, le había parecido oír que lo llamaba. La primera, a punto había estado de partirse el cuello al bajar corriendo por las escaleras. Si no era capaz de controlar su imaginación traidora, al menos podía ignorarla.

- ¡Gaara!

«¡Déjame en paz, maldita sea! No me persigues así cuando estamos juntos. ¿Por qué tienes que hacerlo cuando no lo estamos?»

- ¡Gaara!

¿Y si por casualidad había decidido pasar una noche más con él contemplando el firmamento? El corazón parecía dispuesto a salírsele del pecho. Se acercó a la trampilla y grito:

- ¿Eres tú, Hinata?

No hubo respuesta, y volvió junto a su telescopio maldiciendo.

- Claro... que soy yo - su respuesta le llegó. Parecía sin aliento y enfadada -¿Quién iba a ser... a estas horas? Tienes que bajar ahora mismo... tu abuelo se ha puesto enfermo.

- Voy!

Bajó las escaleras de dos en dos y encontró a Hinata esperándolo fuera. Tenia la respiración muy agitada. Tomó su mano y sin decir palabra echaron a andar de vuelta a Helmhurst.

- ¿Esta muy mal? - se obligo a preguntar.

- Sí. Creo que es el corazón. Me han pedido que viniera a buscarte. Han avisado al medico y... y al vicario.

- ¿Y por que no has mandado a alguien a buscarme, en lugar de venir tú?

- Los sirvientes... temen... a Lord Lucifer.

¡Demonios! Al pasarse la mano por el pelo, se dio cuenta de que se había olvidado de ponerse la mascara, y rápidamente la saco del bolsillo y se la coloco. Hinata tropezó.

- No... puedo ir tan deprisa - dijo con voz ahogada - Sigue tú. Yo te seguiré... en cuanto recupere el aliento.

- Iremos juntos - quería enfrentarse a lo que lo esperara en su casa con ella - Un minuto o dos no importan.

Mientras esperaban allí, el sujetándola por la cintura, la mirada puesta en las luces distantes de Helmhurst, Gaara se dio cuenta de que estaban en el mismo lugar en que se habían besado la noche del baile, y todas las palabras que había estado guardando desde entonces se le agolparon en la garganta.

- Hay algo que necesito decirte. Me porte como un idiota la noche del baile. No tenía derecho a hablarte del modo en que lo hice... ni a tratarte así.

- Es cierto.

No sonó a reproche.

- Lo siento.

- Yo también.

Ella le abrazó un instante, lo justo para que Gaara recuperara algo que no había notado que le faltase hasta entonces.

- Vámonos.

Y echaron a andar. Después de lo mucho que habían corrido, el interior silencioso de Helmhurst le resultó tan opresivo que deseo salir corriendo otra vez. Fingir que aquello no estaba pasando. Pero el conde la necesitaba. Y Lord Sabaku también, tanto si lo sabía como si no. Se encontraron con el médico saliendo de la habitación del conde.

- Esta consciente y descansando - les dijo - Le he dado un calmante, aunque no creo que este sufriendo ahora - debió ver una luz de esperanza en sus ojos porque añadió - me temo que esta noche sea la última, aunque ese viejo diablo ya me ha engañado en otras ocasiones.

Hinata respiro hondo pero no pudo contener un sollozo. Fue como si todas las lágrimas que llevaba contenidas durante el verano se le agolparan en el pecho. Gaara tomó su mano y la apretó.

- No es necesario que entres si no quieres. El abuelo lo entenderá.

- No. Quiero entrar - contesto, intentando que no le temblara la voz.

- En ese caso... - abrió la puerta y le cedió el paso - Gracias.

Hinata respiró hondo de nuevo y entró. Una única vela llenaba de sombras largas la cámara del conde, y las enormes dimensiones de la cama le hacían parecer pequeño. Contra la blancura de las sabanas de hilo, su piel adquiría un tono grisáceo y apagado. Tenía los ojos cerrados, y su inmovilidad era tal que Hinata se preguntó si ya lo habrían perdido, pero cuando Gaara acercó una silla junto a la cama, el conde abrió los ojos y sonrió.

- Le has hecho bajar a la tierra, eh? - le susurro a Hinata.

Su respiración sonaba rasposa y superficial, y su voz era más suave que nunca, como el roce de unas zapatillas de seda sobre una alfombra persa. Hinata asintió intentando sonreír.

- No puede esconderse de mí.

- ¿Has oído eso, muchacho? Hinata dice que no puedes esconderte de ella. Será mejor que no vuelvas a intentarlo.

Gaara acercó otra silla al otro lado de la cama.

- Seria inútil. ¿Tienes dolores, abuelo? ¿Hay algo que podamos hacer por ti?

- Hacerme compañía. Aunque podrías sentarte al lado de Hinata para que no tenga que estar mirando a un lado y al otro.

- Claro, abuelo - Gaara cambió de sitio su silla.

- Así esta mejor.

La mirada pálida del conde descansó en ambos, como una bendición. Luego cerro los ojos, y un silencio melancólico se apodero de la habitación. Hinata se inclinó hacia Gaara y le ofreció la mano. Sin dudas, sin incertidumbres. Por primera vez, supo con absoluta claridad que lo que sentía por él era amor.

Mirándola a los ojos, Gaara entrelazo sus dedos con los de ella y Hinata recordó las sensaciones que habían despertado en su cuerpo. Al conde no le importaría que caldease aquella habitación con ese recuerdo. Como si sus pensamientos lo hubiesen despertado, se movió levemente bajo las sábanas.

- Esto de morirse es algo tedioso. Me habría gustado retrasarlo hasta después de vuestra boda, pero hay cosas que ni siquiera un conde puede ordenar.

Una única lagrima partió de los ojos de Hinata y resbalo por su mejilla.

- Si estuviera en mis manos ordenar tal cosa, seguiría con nosotros mucho tiempo más.

- Siempre has sabido cómo halagar a un viejo, querida. Pero ya he vivido mucho tiempo, y gracias a vosotros dos, estos últimos meses han sido de los mejores.

Gaara miró a Hinata. Era como si hubiese bajado una barrera interior y sus sentimientos más sinceros y profundos estuviesen al descubierto por primera vez. A diferencia de ella, no lloraba; sin embargo, en sus ojos había tal dolor que Hinata deseo poder aliviarlo con sus propias lágrimas.

- Además - continuo el conde - aquellos a los que amamos no se van tan lejos como nos tememos -lentamente, haciendo un esfuerzo obvio, saco una mano y la coloco sobre su corazón - Estaré aquí, en vuestros corazones. Buscadme allí, y me encontrareis.

Gaara respiró hondo y Hinata se levanto para besar la mejilla hundida del conde.

- Te quiero, abuelo.

- Adiós, mi niña querida.

Y cerró los ojos.

Hinata volvió a sentarse y una nueva oleada de lágrimas siguió a la primera. Gaara se acercó a su abuelo y los dos se despidieron en susurros. Tras lo que le pareció un momento interminable, Gaara volvió a sentarse.

- Creo que se ha ido.

Un sollozo áspero emanó del pecho de Hinata. Todo lo que había dicho el conde era cierto, y hasta cierto punto, reconfortante. Había vivido una vida larga aunque algo restringida en los últimos años. Y siempre llevaría su recuerdo en el corazón.

En aquel momento, sus pensamientos la llevaron inesperadamente a su infancia, a un océano vasto y vació bajo un cielo vasto e igualmente vació, alejándose navegando de la vida que había conocido hasta aquel momento para dirigirse a un futuro, incierto. Un poco asustada y completamente sola.

A su lado, Gaara sacó un pañuelo del bolsillo que Hinata pensó que iba a ofrecerle, pero lo que hizo fue secarle las lágrimas con toda la delicadeza del mundo. Parecía que a él también le gustaría poder llorar. Hinata miró a la cama, donde el conde seguía con una mano sobre el corazón.

- Ya lo echo de menos.

Gaara bajó la mano.

- Yo también - contestó él, y abrió los brazos de par en par. Le pareció lo mas natural del mundo abrazarse a él y ofrecerle consuelo. Y al darlo, encontrar también consuelo para su pobre corazón. Hinata no podría decir cuanto tiempo permanecieron abrazados, pero fue lo suficiente para que se sintiera como en casa. Lo suficiente como para que su olor la saciase. Lo suficiente para obtener el sosiego que se podía conseguir de un casto abrazo.

Y para empezar a desear algo más. Alzó el rostro y contemplo los planos firmes de su perfil. La mascara negra que una vez encontrara tan siniestra le parecía poderosamente atractiva, del mismo modo que todo en él le resultaba tan atractivo, desde la punta de sus botas de montar hasta el cabello negro que lo coronaba.

Él no la quería. No la querría nunca. Pero estaba convencida de que podría llegar a hacerlo, si tenía la oportunidad. Aunque su tiempo se agotaba. Unos cuantos días a lo sumo, mientras enterraban los restos del conde y arreglaban sus asuntos. Luego Gaara esperaría que cumpliese su parte del trato y rompiera su compromiso. Y si iba a verse obligada a renunciar a él de todos modos, antes quería obtener de él todo lo que fuese posible.

Poco a poco fue fundiéndose en su abrazo, acurrucándose contra su cuello. ¿Seria por efecto de su deseo, o de verdad la habría ido él abrazando con más fuerza e incluso apoyando la mejilla en su pelo? Había quien consideraría irrespetuoso estar así en la habitación de un muerto, pero ella sabía que nada le habría gustado más al conde, ni nada podría haber conducido su alma de un modo más certero a un sereno descanso. Y Gaara lo sabía también, sin duda.

En una sucesión de movimientos sutiles que parecían provocarse los unos a los otros, acabaron el uno frente al otro, los labios casi rozándose, el espacio que palpitaba entre ellos temblando de deseo y ansiedad, dudas, ternura y preguntas.

Con todos aquellos sentimientos tan contradictorios, se aproximaron, se alejaron, volvieron a avanzar y se encontraron por fin de un modo tan delicado que podría parecer el primer beso de ambos. Dulce, reparador, reconfortante. Hinata deseo que continuase para siempre. No se atrevía ni a respirar por temor a que terminase.

El hábil ritmo de sus labios transformó su sangre en crema pastelera: densa, dulce y suave. Y a medida que iba saciando su apetito de él, una especie de voracidad lo seguía, hasta que todos los besos del mundo no habrían servido para satisfacerla. Quería más de él, estar tan cerca como fuera posible. Lo bastante para llenar el vacío que sentía en el corazón. Lo bastante para llenar el vació que presentía en el interior de él.

Dar y tomar. Recibir y ser aceptada.

Aquella misma noche. En aquel mismo instante. Alguien llamó suavemente a la puerta y los dos se separaron inmediatamente.

- Adelante - dijo Gaara.

La puerta se abrió y el vicario entró. Tenía el pelo de punta y en los ojos el brillo del sueño. Su rostro irradiaba el deseo de consolar. ¡Y Hinata deseó poder tirarle de las orejas hasta que parecieran trompetas sonando a las puertas de san Pedro!

- He venido tan rápido como he podido - dijo, mirando a la cama - ¿Está descansando?

Gaara se levantó y se acercó a recibirlo.

- Me temo que ya no puede hacer nada por él, señor vicario; solo rezar una oración para que su alma llegue cuanto antes al descanso.

El vicario suspiró.

- Siento no haber podido llegar antes para estar con él, aunque al estar ustedes dos con él, no habrá echado de menos mi compañía.

- Todo ha sucedido muy rápido - dijo Gaara - Estaba en paz.

- Lamento su pérdida, Lord Sabaku - el vicario estrecho su mano - Se lo unidos que estaban y el placer que era para su abuelo su compañía.

El vicario abrió su libro de oraciones y comenzó a rezar. Sus palabras aportaron algo de consuelo a Hinata, aunque menor que sentir la mano de Gaara en la suya.

- Ha debido ser una noche larga para los dos - dijo el vicario al cerrar el libro sagrado - Deberían descansar. Los próximos días serán muy duros. Estaré encantado de llevarla a casa, señorita Hyuga.

Hinata sabía que la buena conducta indicaba que debía darle las gracias al señor Uzumaki y marcharse con él. ¿Cómo podía saber el pobre hombre que lo odiaría solo por arrancarla del lado de Gaara en aquel momento? Miró a Gaara y en sus ojos vio brillar algo que le recordó al baile de mascaras, cuando aquel inoportuno Kimimaru la invitó a bailar. Gaara no hizo nada entonces.

- Gracias, señor vicario, pero preferiría quedarme, si a Lord Sabaku no le importa.

- En absoluto - contestó, y la firmeza con que sonó su respuesta la convenció de haber hecho lo correcto - Si mi abuelo pudiera decir algo, estoy seguro de que insistiría en que te quedaras.

- Comprendo - el señor Uzumaki se levanto - Sé lo unidos que estaban el conde y usted, señorita Hyuga. ¿Quiere que me pase por Netherstowe y les diga que va a quedarse aquí?

- Sería muy amable, señor vicario.

Lo acompañaron a la puerta. Una vez allí, Lord Sabaku, que era el nuevo conde tras la muerte de su abuelo, dio instrucciones al mayordomo de que se quedara junto al cuerpo de su padre. También le preguntó si había alguna habitación de invitados cercana para que Hinata pasara la noche.

- Rezaré para que puedan dormir – dijo el vicario - Mañana volveré para ayudar en lo que pueda.

- Gracias, Naruto - dijo Gaara, usando su nombre propio por primera vez - Eres un buen amigo.

- Qué curioso - musito Hinata cuando se marchó el vicario. Gaara la miro a los ojos.

- El qué es curioso?

- El modo en que le has hablado al vicario ahora mismo. Es como si tuvieras algún motivo por el que compadecerlo.

- Estás cansada - contesto - Vamos a buscarte una cama.

Desde luego. Una cama era lo que quería, pero no porque estuviera cansada. ¿Que diría Gaara cuando le pidiera que se quedara con ella?