Disclaimer: Twilight no es mío. La historia y Jasper, sí.
The Bad Guy
por MrsValensi
Parte II, Capítulo VI.
«I don't care if it hurts, I want to have control».
Martes, 09 de febrero del 2010.
Separarme de Edward fue doloroso, casi a un nivel físico. Sus labios sabían tan bien, tan correctos, que ni siquiera podía pensar con claridad al tenerlos tan sólo a un palmo de los míos. Únicamente deseaba que volviera a cerrar las distancias entre nosotros, que pudiera dejar su faceta racional y masoquista de lado y se dejara llevar por el atípico momento. Esos pequeños deslices eran una de las cosas que más había deseado en mi vida. Incluso el sonido errático de mi propio corazón me parecía irreal.
Edward giró levemente su rostro de mármol, quedando su mejilla apoyada contra la mía y enviando una cálida sensación a todo mi cuerpo. No era sólo deseo, sino más bien una especie de calidez que emanaba de mí ante nuestro contacto. Sentía que él estaba abriendo otra parte oculta de sí mismo, una pequeña brecha por la que yo había conseguido infiltrarme y llegar a ver un poco más del Edward oculto bajo los misterios. Incluso cuando hablaba poco, cuando parecía reticente a mis atenciones y a mi evidente preocupación, él estaba dejando caer los muros poco a poco.
Lo que había deseado desde la primera mirada que habíamos compartido estaba comenzando a suceder… aún cuando los medios para lograrlo habían sido completamente diferentes a los que había imaginado, incluso en mis extraños sueños.
Pasé mis manos por sus cabellos enmarañados y él alzó la cabeza al instante. Sus ojos estaban más oscuros de lo usual y me observaban atentamente. La mano que aún residía en las hebras cobrizas se deslizó suavemente hasta alcanzar su mejilla. Era agradable que él no se resistiera a mi toque y siguiera sosteniéndome la mirada. Era especialmente reconfortante que no me evadiera, después de tanto tiempo huyendo de mí y del resto del mundo.
—Edward, tengo que ir a una cena —expliqué rápidamente, con total amargura—; pero, por favor, quiero hablar contigo luego.
Él se mordió el labio, en un gesto que me resultó poco común en él. Parecía levemente turbado, pero no de esa forma sombría en la que siempre lo estaba.
—¿Vas a ir… así?
Seguí su mirada, que me estudió cuidadosamente, y recordé que aún llevaba puesta sólo una toalla. Los colores en mi rostro subieron automáticamente y tuve la sensación de que la temperatura de la habitación había aumentado de forma alocada en cuestión de segundos. Como respuesta sólo pude tartamudear una serie de torpes incoherencias y, recogiendo la ropa que había dejado caer en mi delirio, salí disparada hacia el baño a adecentarme un poco. Todavía me encontraba demasiado conmocionada.
No quería irme, realmente no quería dejar a Edward después de lo que había sucedido, sobre todo porque creía tener una mínima posibilidad de poder hablar con él civilizadamente por primera vez. Había algo distinto entre nosotros, la tensión era palpable desde un punto de vista diferente, que me permitía ver todo de modo más objetivo y, a la vez, más irracional. Tenía un vínculo con Edward, algo que a él lo hacía vulnerable ante mí; pero ese mismo sentimiento se volvía también en mi contra. Mi preocupación por él iba más allá de una relación convencional entre un doctor devoto a su trabajo y un paciente complicado; el deseo y los sentimientos implicados no era un factor beneficioso cuando estaban impulsándome constantemente hacia él. La sed de protección que sentía cada vez que una mirada oscura surcaba su rostro era mucho más intensa que la simple fidelidad a mi profesión.
Sin embargo, no tenía más opción que asistir a la cena con mi padre y Jacob. No sólo se los había prometido, sino que, si suspendía, las únicas excusas podían ser algún tipo de enfermedad o un problema de último momento, que tan sólo serían una llamada indirecta a que Charlie —o, incluso, Jake— se apareciera en mi apartamento, dispuesto a cuidarme, escucharme o lo que fuese que me ayudara. Después de todo, él sólo estaba en Seattle por mí.
Suspiré, mientras terminaba de secar mi cabello, peinándolo hacia atrás y atándolo en un moño, sumándole tan sólo una escasa cantidad de maquillaje.
Sentí la mirada de Edward sobre mí mientras me detenía en la sala para coger mis llaves y mi bolso. Él había vuelto a ocupar su viejo puesto en el sofá, apoyado contra un rincón y con una actitud a la defensiva. Me senté junto a él por unos segundos, dejando las manos sobre mis rodillas y sintiéndome con un poco más de confianza hacia él. La tensión estaba allí aún, quizás mucho más notable en un sentido de atracción, pero había una extraña confidencia entre los dos que hacía que la situación se presentara más… normal para mí —dentro de lo normal que una situación tan atípica como aquella podía ser, claro—.
—Puedes coger un libro, encender la televisión o dormir en mi cama —aclaré rápidamente, un poco sobrecogida—. Estaré aquí antes de medianoche.
¿Huh? Aquello había sonado como Cenicienta. ¿Por qué andaba dando explicaciones?
Él asintió suavemente.
—Gracias.
Antes que pudiera darme cuenta, me encontré a mi misma sonriendo suavemente en su dirección, con su grave agradecimiento aún retumbando en mis oídos. Había un ambiente mucho más ameno allí, a pesar de la obvia incomodidad después de lo que había sucedido… entre nosotros.
Era un buen cambio, de cualquier modo.
Fue casi un recorrido automático el del trayecto desde mi hogar hasta el restaurante. Me costaba dejar de pensar en todo lo que involucraba a Edward, sobre todo después de haber tenido un desenlace tan absurdo y, a la vez, beneficioso. Hasta ese día, una pequeña parte de mí había estado esperando pesimistamente que, de un momento para el otro, el pudiera desaparecer. No era difícil creer que el auténticamente podía huir de mi apartamento cuando quisiera. Sin embargo, sentía que algo nuevo había surgido entre nosotros esa misma tarde. No hablaba de sentimientos de amor, ni siquiera del evidente sentimiento de deseo; se sentía, más bien, como una especie de compromiso, de promesa de confianza. Edward me estaba abriendo su corazón poco a poco y él sabía que tenía mi confianza y que podía tomarse su tiempo conmigo. Me alegraba de haberle dejado mi punto de vista en claro, incluso si las formas no habían sido del todo… convencionales. ¿Acaso algo lo era con él?
Mi padre y Jacob ya estaban en el restaurante cuando llegué, posiblemente habiéndome demorado entre mis distracciones y el insoportable tráfico a aquella hora de regreso a casa. Con un rostro que combinaba con mi respiración agitada, me dejé caer en la silla sobrante de la mesa, ante la atenta mirada de Charlie y Jake.
—Perdón, el tráfico era un asco —murmuré.
—No te preocupes —calmó mi padre—, ya hemos ordenando algo para comenzar y debería estar por llegar.
La velada fue agradable, por lo menos la mayor parte del tiempo. Más de una vez mi padre y mi amigo me habían pillado perdida en otra dimensión y me habían preguntado reiteradas veces si me sentía bien. Con sonrisas poco convincentes y gestos de mis manos, intenté asegurarles que mi ausencia era tan sólo producto del cansancio. Estaba resultando, hasta que decidieron abordar un tema que prefería no tratar con ellos… ni con nadie más.
—¿Y cómo va el caso del muchacho este que escapó de la clínica? —preguntó Jake, con un interés que no parecía fingido en lo absoluto—. ¿Edwin, era?
Me puse tensa al instante y traté de disimular mi ansiedad bebiendo un poco de agua.
—Edward —corregí, un escalofrío recorriendo mi cuerpo al pronunciar su nombre en voz alta—. No hemos tenido novedades —musité luego.
Había estado dándole vueltas al asunto, pero exponerlo en voz alta no era fácil. Cullen estaba prófugo, estaba lejos del campo de visión de la policía e incluso de todo el personal del hospital. El recuerdo de un paciente conflictivo se había extendido por todo Seattle; cada cosa, cada persona parecía recordarme que él era un fugitivo… que residía en mi casa bajo mi propio riesgo y voluntad.
Pasé una mano por mi rostro y Jacob me miró interrogante; mi padre había ido a algún lugar y deduje que estaba en el baño, aunque realmente no había notado su retirada. Me obligué a poner mi mejor sonrisa y sacar el tema de mi cabeza, sobre todo cuando me encontré a mi misma rememorando mi último y nada profesional intercambio con Edward Cullen.
—Estaba pensando… —murmuró Jake, con, efectivamente, un aspecto de ausente concentración—. Yo…
—¿Qué pasa?
—Nada… e-eh… Seth. Hace tiempo que no hablo con él —murmuró rápidamente—. ¿Cuándo puedo encontrarlo en el hospital?
Lo miré fijamente, con una ceja alzada.
—¿Qué me estás escondiendo, Jacob Black?
—Nada, Bella —respondió, con un fastidio que se me antojó fingido—. Sólo quiero ir a visitar a Sethie, ¿vale?
Suspiré y me resigné a dejar pasar el asunto. Después de todo, yo no tenía derecho a inmiscuirme en los secretos de los demás cuando yo tenía uno muy bien escondido dentro de mi apartamento, justo sobre mi sofá.
Salimos del restaurante bastante temprano, sobre todo por los inconvenientes que podía ocasionar la falta de sueño para Jacob y para mí al día siguiente, en el que ambos debíamos salir a trabajar temprano. Le prometí a mi padre que compartiríamos juntos un rato después de mi turno en el hospital, ya que él era consciente que necesitaba descansar un poco, sobre todo por el aspecto lastimero de mi rostro. Charlie no necesitaba conocer las verdaderas causas por las que me encontraba tan crispada, pero era bueno que entendiera que no estaba en mi mejor momento.
Había poco tráfico y, después de dejar a mi padre en el hotel, salí conduciendo como una posesa hacia mi apartamento… O, por lo menos, tan rápido como mi viejo automóvil me lo permitía. Después de aparcar de una forma en la que, posiblemente, se hubiese podido poner en tela de juicio la validez de mi licencia de conducir, salí disparada hacia el elevador. Tenía la ansiedad a flor de piel, un delirio que me estaba haciendo actuar más torpe e impulsivamente de lo normal.
Abrí la puerta y tuve que medir mi fuerza para no golpearla contra la pared. Mis ojos pronto chocaron con la figura de Edward, que se encontraba en el mismo rincón del sofá, aunque sus piernas estaban sobre él, cruzadas en posición india. En su regazo había un periódico, que él parecía haber doblado para ojear más cómodamente. De todos esos pequeños detalles reparé unos minutos después de haber entrado, ya que primero me había demorado observando sus atentos ojos, fijos en los míos.
—Buenas… noches.
—Buenas noches —respondió él, con ese tono de voz imperturbable.
Me quité el abrigo y dejé mi bolso sobre una silla, intentando relajar mi mente y tranquilizarme un poco. Habían pasado ya unos cuantos días desde que Edward había comenzado a vivir conmigo, ¿por qué estaba tan nerviosa, entonces?
Fruncí el ceño. Beso en mi habitación, cierto.
—No puedo entenderlo —murmuró él.
Pensé que había sido una ilusión y me volví hacia Edward. Fue entonces cuando realmente me di cuenta que él se había dirigido a mí. Tenía una mirada severa en su rostro, de esas que tanto había visto en nuestros primeros encuentros. Era una mirada furiosa, al acecho. Pero, a pesar de todo, no podía asustarme de él como en un principio. Y no tenía una explicación racional para ello.
—Disculpa, ¿qué?
—No puedo entenderte —repitió él, dejando el periódico a un lado—. ¿Por qué haces esto?
Seguía igual de perdida incluso después de su aclaración. Él pareció darse cuenta de ello, porque agregó directamente:
—Tenerme aquí, ¿por qué?
Suspiré. Era una de mis preguntas existenciales. ¿Quién demonios quería saber el sentido de la vida o el camino hacia la felicidad, si yo misma había propuesto mi casa como escondite para un paciente que se había escapado de mi propia clínica, sin saber el por qué?
—Yo… bueno… tú me dijiste que necesitabas un lugar… y yo… yo no quería… dejarte solo.
¿Dónde estaba mi determinación? Aquello había sonado como lo más patético que había dicho en mi vida. No era novedad que Edward Cullen tenía un gran efecto sobre mí, pero el hecho de hacer flaquear mi seguridad en todo momento era algo difícil de creer. Siempre había tenido confianza en mi trabajo, siempre había sido determinada a la hora de enfrentarme cara a cara con un paciente…
Allí estaba la respuesta. Él no cuadraba, justamente, con esa descripción. Él no era un paciente más para mí, no necesitaba volver a repetírmelo a mí misma.
Entonces lo entendí, lo entendí mucho mejor que cuando Alice o Jasper habían intentado explicármelo.
Edward se puso de pie, con una innata gracilidad y una amenaza que parecía formar parte de su esencia.
—¿Por qué?
—Porque me importas —me sinceré, sintiendo cada maldita palabra como la mayor verdad que podría haber dicho. Incluso cuando no era la primera vez que lo exteriorizaba, comprendía al cien por ciento que no había ni una pizca de mentira o exageración en lo que decía —. Me importas, Edward; mucho más de lo que crees.
Pude ver, por primera vez, su rostro levemente aturdido. Esa máscara impenetrable había sido corrompida por la sorpresa y me sentía orgullosa de ello, aún cuando intuía que no era más que un reflejo disminuido de mi propia expresión. Él parecía no saber qué hacer; él, en una chance excepcional, estaba dándome la seguridad necesaria para ser yo quien tomara control de la situación. Me adelanté con pasos confiados, segura de mi misma, confiada de cada una de las emociones que corrían por mis venas en ese preciso instante. Había un impulso que me guiaba pero qué, a la vez, era completamente racional. Sabía lo que quería.
Lo quería a él.
Mis manos se situaron en las frías mejillas de Edward y mis labios se aventuraron sobre los suyos sin la más mínima vacilación. Mi boca se deleitó con la textura de la suya, moviéndose impacientemente. Sin embargo, la temeraria acción, que por unos segundos me había hecho sentir extremadamente poderosa e inquieta, fue interrumpida cuando el rostro de mi acompañante giró con determinación, alejando su boca de la mía.
—Déjalo, por favor, Isabella —murmuró, dándome su altanero perfil.
La última expresión en su rostro me hizo retroceder por completo, sin ánimos de insistir. Me sentí, de alguna forma, engañada por mis propias intuiciones; en mi pecho podía sentir un sonido quejumbroso, algo resquebrajándose. El rechazo de Edward me dolía prácticamente a nivel físico, sin mencionar mi orgullo herido, que parecía estar en un estado desfalleciente. Quería gritar, pegarle o volver a besarlo, y hacerlo retractarse de sus palabras… pero no hice nada de ello. Simplemente me quedé allí, estática, observando su espalda cuando giró para no mirarme.
—Yo… me voy a dormir.
Como si hubiese estado programada mecánicamente, me dirigí hacia mi habitación. Ni siquiera me cambié las ropas o me tomé el trabajo de quitarme el vasto maquillaje que llevaba. Simplemente hundí la cabeza en mi almohada y recé por conciliar rápido el sueño para poder olvidarme pronto de todo lo que había sucedido en el día. Eran demasiadas emociones juntas como para poder lidiar con ellas rápidamente y durante el poco tiempo que tenía para conseguir algo de descanso.
El miércoles mi despertar fue poco placentero. Había tenido una pesadilla horrible sobre Edward siendo descubierto en mi apartamento por la bocazas de Lauren, quien se lo llevaba del brazo mientras a mí me escoltaba un policía… con el rostro de mi padre. A esa particular concatenación de hechos de una serie de televisión, le siguieron una numerosa cantidad de rechazos en cámara lenta sin un rostro en particular, aunque mi cabeza sólo daba cabida para uno.
Para despertar así, hubiese preferido no hacerlo por un buen tiempo.
Ignoré a Edward esa mañana. Simplemente preparé el desayuno, hice las mismas cosas que realizaba mecánicamente todas las mañanas; sólo me encargué de evitar el contacto visual con mi atípico compañero de apartamento. No quería hablar, no quería ver la misma mirada extraña que sus ojos me habían ofrecido la noche anterior, no quería volver a escuchar sus palabras gélidas… Simplemente quería escapar de él, como una maldita cobarde, y olvidarme del asunto por un par de horas. Después de semanas, quizás sería bueno volver a poner toda mi atención en el trabajo de la clínica y nada más que en ello.
Llegué temprano al hospital, con esa frecuente y molesta llovizna siguiéndome a lo largo del camino. Aquella pequeña capa de agua se estaba volviendo una fuerte tormenta cuando conseguí cruzar las puertas del hospital, tapándome la cabeza con el bolso que traía encima y corriendo torpemente. La calidez del edificio fue una bendición y dejé escapar un suspiro que acarreaba más frustraciones que las que me generaba una tormenta. Estaba agotada.
—Buenos días, Bella.
Saludé a Angela con un asentimiento de cabeza y le agradecí cuando me pasó el horario del día. Haciendo un gran esfuerzo por no arrastrar los pies y demostrar mi abatimiento, seguí mi camino por el corredor, dándole una rápida ojeada a mis planes para el día. Aquella no fue una buena idea, ya que casi acabo de bruces en el piso al chocar contra algo inesperado. El causante de mi tropiezo repentino era nada más y nada menos que mi buen amigo, Jacob Black…
¡Momento!
—¿Jake?
—¡Bella! —exclamó él, sorprendido—. ¿Qué… haces aquí?
Alcé una ceja.
—Eh… ¿trabajo aquí, quizás?
Él rodó los ojos.
—La pregunta es qué estás haciendo tú aquí —acusé, señalándolo—. ¿En qué os has metido tú y Seth?
Jacob sonrió ampliamente.
—Estas paranoica, Bells —replicó, con un desenfado total—. Debe ser eso de vivir sola, deberías comprarte un perro.
Alcé una ceja nuevamente y pensé en Edward y la idea de pedirle que se sentara para acariciarle la cabeza, pero la imagen fue sustituida por otra al instante. Él era más bien como un león, hambriento e inquieto, encerrado en una jaula a la fuerza. Y con una domadora que dejaba demasiado que desear, teniendo más bien el título de suicida.
—No me meteré en tus asuntos, tú no te meterás en los míos, ¿vale? —murmuré rápidamente.
Jacob asintió y siguió con su camino. Yo sabía que ese no era mi proceder usual ni mucho menos, pero lo cierto era que estaba cansada de analizar las cosas que parecían no tener una respuesta lógica y sencilla. Mi vida se había plagado de misterios retorcidos e inexplicables cuya resolución era una gran maraña de cabos sueltos que no llevaban a ningún sitio. Yo ya tenía un gran problema que dormía bajo mi techo y me besaba de un momento para ignorarme al otro. Por primera vez en mi vida, estaba siendo egoísta frente al pensamiento de ocuparme sólo de mis asuntos. Quizás no era por egoísmo, sino sólo por la preservación de mi estabilidad mental que, en los últimos días, había comenzado a estar en peligro constante.
Otro de los temas que rondaba mi cabeza se materializó frente a mí cuando me crucé con Jasper, que estaba intentando que la señora Baltimore se calmara, cuyos brotes de ira y sus ataques de pánico eran algo que sucedía con frecuencia. Para no empeorar las cosas, me había quedado en un rincón observando la escena, mientras mi compañero tranquilizaba a la inquieta paciente, que finalmente se relajó cuando Seth llegó con una inyección intravenosa.
—Pobre —murmuró Jasper, mirando distraídamente por la ventana de la habitación—. Aún no puede superarlo apropiadamente, sin importar lo que hagamos.
Los dos seguimos caminando en silencio, hasta que mi curiosidad no pudo soportarlo más.
—Jasper —llamé—, ¿qué pasó… con Alice?
Sus ojos celestes se volvieron para mirarme, una pequeña sonrisa asomando por sus labios.
—Nos estamos tomando las cosas con calma —aseguró—. Ha pasado mucho tiempo y es demasiado lo que tenemos que hablar.
Lo miré interrogante.
—Mañana iremos a comer.
La seriedad e incomodidad en su rostro me hicieron sonreír de forma inevitable. Él odiaba hablar de sus asuntos personales, mucho más si ellos estaban relacionados con una chica. Jasper escuchaba y resolvía mis problemas amorosos y los de los demás, no los protagonizaba.
—Me alegro por ambos.
—¿Debería decir lo mismo? —preguntó Jasper, una pequeña sonrisa sobre sus labios.
—¿Eh?
—Bueno, yo no recuerdo haber tenido un cena contigo el lunes —replicó él con condescendencia—. A tu padre puedes mentirle, pero sabes que no a mí.
Oh-Dios-Santo. ¿Quién era el ser todopoderoso que estaba en mi contra? ¿Acaso había sido una total perra en otra vida y el destino se las estaba cobrando? Una mentira, una maldita mentira que mi padre conseguía creerse y yo debía tener a Jasper haciendo suposiciones por ella. Ahora no sólo tenía un paciente fugitivo dentro de mi apartamento, sino que además mi compañero más cercano pensaba que estaba teniendo un feliz romance.
¿Podía la vida ponerse más irónica conmigo?
—Cierra el pico —musité únicamente, antes de dirigirme a mi consultorio.
La rutina del día me sumió en una buena inconsciencia, que fui capaz de reproducir en casa, siguiendo con aquella fría fachada que había comenzando a utilizar cuando Edward estaba cerca. Jasper me había preguntado reiteradas veces si me encontraba bien, incluso Angela lo había hecho, pero me había justificado con el cansancio y lo problemas de un caso sin resolver —para variar—. Cuando me desperté, al día siguiente, todos sabíamos que era un destino inevitable el que me esperaba para aquel día.
—¿En verdad no tendréis ningún problema? —pregunté.
Jasper y Emmett, sentados frente a mí en la cafetería, me miraron con sonrisas tranquilizadoras. O por lo menos Jasper, ya que la del enfermero era más una sonrisa… cómo decirlo… pícara, típica de él.
—Tranquila —aseguró el gran muchacho—, somos gente eficiente.
Reí con suavidad.
—Confío en ello.
El jueves volví a casa con un cielo inusualmente despejado, el sol aún brillando tenuemente sobre las cercanías del horizonte. Intentando retrasar mi llegada a casa, paré en una cafetería y pedí una taza cargada de cálido expreso, junto con un panecillo. No tenía mucha hambre, pero fue algo para hacer durante la hora que pasé junto al gran ventanal del local, tan sólo observando a la gente pasar y pensando seriamente en mis próximos pasos a seguir. Después de tantas vueltas y de poner en juego tantas cosas, sentía que una pequeña equivocación podía ser fatal. Había algo detrás de todo ese juego de idas y venidas que no podía dilucidar y que, poco a poco, comenzaba a nublarse por mi falta de juicio y mis visiones subjetivas sobre Edward y su caso. Mi voluntad había quedado en sus manos, y aquello era un hecho de lo más preocupante. Por momentos me costaba recordar que el joven Cullen, antes que nada, era mi paciente; y yo, como doctora competente, debía encargarme de sus problemas sin involucrar sentimientos.
Aunque… ¿era algo posible a esas alturas?
Cuando el cielo comenzaba a ponerse de un oscuro tono azulado, decidí que era hora de regresar. Había esperándome un destino que no podía esperar por mi indecisión, que me necesitaba en constante movimiento —lento pero preciso—. Tenía que hacer las cosas tranquila, de forma minuciosa, porque necesitaba enfrentar a Edward con la verdad, necesitaba ponerlo en jaque de una vez por todas e intentar ganar la partida en la que yo misma había decidido proclamarme como jugadora.
Me tomé más tiempo del habitual para abrir la puerta de mi apartamento, aún con todas aquellas cuestiones apabullándome. Cuando entré, Edward estaba sentado a la mesa; su cabeza, que se encontraba hundida entre sus manos, se alzó rápidamente para observarme. Aquella mirada almendrada y seria me dejó congelada en mi lugar por unos cuantos segundos, el corazón repiqueteando como loco contra mi pecho.
—Es… tarde —murmuró él.
—Lo sé, me he retrasado un poco.
Sin detenerme demasiado en él, me dirigí a mi habitación y cogí un viejo bolso. Puse unas cuantas cosas de forma descuidada, sin pensar realmente en lo que podría necesitar. Abriendo uno de mis cajones, acomodé unos cuantos papeles que posiblemente necesitaría, más todos aquellos recortes que había dejado en mi portafolio. Cerrando torpemente mi equipaje, me colgué el bolso al hombro y regresé hacia la sala, donde Edward continuaba sentado. Sus ojos, que seguían mi recorrido, se detuvieron sobre el peso que cargaba, interrogantes.
Suspiré y me armé de valor antes de pronunciar, con tono seguro:
—Coge tu abrigo. Nos vamos a Concrete.
Playlist: Creep - Radiohead.
Hola, hola. Aquí estoy de nuevo. Los milagros que hace un buen fin de semana largo de cuatro días y un poquito de insomnio. No necesito repetir toda la historia de que no puedo aguantar para empezar a subir lo que todavía nadie leyó, ¿cierto? En serio que cada vez queda menos para llegar y tengo que empezar en la parte del final que aún no está escrito.
Como siempre, millones de gracias por los reviews y los mensajitos por Twitter. Un abrazote extra para todas aquellas que le han dado una oportunidad a Casa de Naipes y que andan por el blog también. Ahora me pongo a responder los comentarios (en un ratito, en realidad; creo que necesito unos mates primero).
En fin, espero que nos estemos leyendo pronto.
Un beso enorme para todas :)
MrsV.
