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~Paraíso Unipersonal~

-Capítulo 14-

Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco una ganancia comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.

Y así fue como aquel fatídico viernes finalmente llegó para todos los Caballeros del Santuario.

Parado con algo de desgano frente a una de las columnas de la entrada al recinto del Patriarca, Death Mask todavía no había podido averiguar a dónde estarían yendo los gemelos esa noche. Aún no perdía las esperanzas, obviamente entendía que seguirlos como si nada no era una opción dado que los dos eran muy perspicaces y notarían su presencia con rapidez; pero si lo pensaba bien, era claro que ni Saga ni Kanon llevarían a la chiquilla a ninguno de esos antros turbios que solían frecuentar, por lo que ya podría tachar algunos nombres de la lista.

La verdad era que Rodorio había crecido bastante en aquellos últimos años, pero tampoco era tan grande como para que se dificulte el encontrarlos… no podía ser tan difícil. Considerando lo vainilla que se habían vuelto los dos con esa niña lo más probable sería que acudiesen a alguna de las discotecas más tranquilas como "Circa" o bien "Azucar", las dos tenían ambientes mucho más festivos y no eran solamente un lugar para salidas ocasionales, allí la gente solía acudir más para pasarla bien que para tener aventuras.

Parecía obra del destino que aquel mediodía su compañero de guardia fuese nada más ni nada menos que el mismísimo Saga.

—¿Así que hoy sales con Kanon? — preguntó Cáncer sin anestesia alguna, casi como si las palabras le quemaran los labios.

El geminiano se movió unos centímetros hacia el costado para apoyarse sobre la pared de la entrada, dedicándole a Máscara una expresión de pocos amigos. Habían pasado varios días pero Saga no había podido sacar de su cabeza la sospecha de que, noches atrás, Kaname había tenido algún intercambio extraño con aquel Caballero; es que sí, ella no se lo había confirmado pero tampoco lo negó, y aunque no pudiese dejarlo ir en el fondo deseaba que sólo fuese producto de su imaginación.

—Sí, no sé qué se le pasó por la cabeza a Kanon. — Géminis respondió con un dejo de molestia en la voz, para luego redirigir una pregunta hacia Cáncer. — ¿Por qué el interés?

—Ah, pues curiosidad… Ya nos acostumbramos a que no estés más con nosotros. — Death Mask giró su rostro para ver la expresión que ponía Saga al hacer mención de aquello que lo molestaba tanto. — Pero la verdad es que el hecho de que salgas con Kanon no tiene precedentes.

Saga clavó sus ojos en la mirada punzante de su compañero, sin poder evitar fruncir el ceño ante esa verdad que no quería admitir… ¿A dónde quería llegar el desagradable de Máscara?

Mientras tanto Cáncer se retorció de júbilo: ¡Esa era la expresión que estaba buscando! Ahora que sabía que estaba yendo por buen camino, sólo faltaba presionarlo un poco más.

—Aunque si tengo que ser sincero me da lástima la chiquilla, que los esperará allí sola mientras ustedes dos se van de putas. — acotó Cáncer como si nada, aquel siendo el último empujón.

La sangre de Saga hirvió con creces ante el descaro del desgraciado de Máscara, quien le sonreía tranquilamente casi como si hubiera dicho algo bonito. Lamentablemente y a través de las cosas que habían sucedido en todos esos años, Géminis había visto muy de cerca lo que Cáncer era capaz de hacer, sin límites aparentes, y su modalidad con respecto al género femenino. Era claro que estaba diciendo todas aquellas cosas sólo para hacerlo enojar y no pensaba darle el gusto.

Aun así, aunque lo reprimiese con todas sus fuerzas, no podía evitar recordar cómo ese hombre fornido la encaró contra la mesa de su casa portando orgulloso aquella expresión sedienta de más; le era imposible no imaginar a Kaname bajo el cuerpo de Máscara rogando por ayuda, extendiéndole una mano como siempre lo hacía... Y en un abrir y cerrar de ojos infinito en el que todo parecía desaparecer a su alrededor, él era quien se convertía en el depredador: Saga mismo la devoraba entre sus piernas con pasión, arrasando con fiereza sus labios pequeños, dejando rastro de sus garras imaginarias por sus pechos turgentes, hincando sus colmillos urgidos en aquel cuello desabastecido. El peso de su cuerpo se movía dentro de ella y la cubría en su entereza, tapando aquel sonrojo como si no quisiese que nadie más la viera, bajo el susurro de aquellos gemidos ahogados que sólo servían para endurecerlo al extremo hasta el momento en el cual…

—Te estoy hablando.

La voz áspera de Máscara lo expulsó sin reparos de la fantasía sucia que se había montado en cuestión de segundos, causando que toda su atención se dirigiese hacia su entrepierna la cual, afortunadamente, no había reaccionado.

—¿En que estabas pensando? — inquirió Cáncer, intuitivo. — Hablé de la chiquita y luego te quedaste en silencio, casi como…

Rápidamente un chasquido impaciente brotó de los labios del geminiano, interrumpiendo al Caballero de Cáncer.

—¿Tienes algún problema Máscara? — Saga no le permitió continuar, no podía permitirse quedar más en evidencia. — No entiendo por qué te importaría lo que Kanon y yo hagamos… Y respondiendo tu pregunta Kaname viene con nosotros, no pienso dejarla sola.

El cuerpo entero de Géminis mostraba que se encontraba a la defensiva, cruzándose de brazos ante el escrutinio de Death Mask, su postura repulsiva: su mente lo había traicionado en el momento menos pensado, resultando en un juego que lo dejó extremadamente vulnerable y celoso ante el interés de aquel hombre por Kaname.

Cáncer reconoció con creces lo que le estaba pasando a Saga por lo que, si deseaba evitar una confrontación, era inviable estirar mucho más el asunto:

—Ah… ¿Así que salen los tres? Qué sorpresa… ¿A dónde planean ir? — no tuvo más opción que ser directo.

—No tengo la menor idea, Kanon es el que está planificando todo. — contestó Saga con un tono de voz que no disimulaba la molestia que estaba sintiendo. — Me estás escondiendo algo.

—No sé por qué dices eso. — Cáncer respondió haciéndose el tonto, sus ojos deslizándose hacia un costado para que Géminis no lo vea.

—No soy idiota Máscara, sé que te atrae Kaname.

Los ojos de Saga se clavaron en la nuca de Death Mask, quien no pudo evitar esbozar una sonrisa de victoria: no era precisamente una persona que dependiese de captar sutilezas, pero aquello era más claro que el agua.

—¿Tienes algún problema con ello? — Máscara inquirió casualmente, mirándose la mugre de las uñas.

—Claro que sí lo tengo, te conozco muy bien cangrejo… — arremetió Saga amenazante. — Si le pones un dedo encima te vas a arrepentir.

Ante aquel arranque de celos a Cáncer se le hizo imposible reprimir una carcajada, no era lo más sensato provocar a Saga pero estaba disfrutando con creces esa oportunidad de verlo humillado.

—¿Me escuchaste? — insistió Géminis, aún más molesto por la reacción de su compañero.

Máscara suspiró y se limpió las lágrimas de los ojos, calmándose un poco ante la explosión de risas que el geminiano le había generado.

—¿Qué diablos eres tú de ella para prohibírmelo? — espetó Cáncer, enterrando los ojos en los de Saga.

Aquella pregunta fue inesperada y sacudió al envalentonado Géminis por completo, quien no esperaba ni en siglos un cuestionamiento como ese… la lógica hubiera indicado que Máscara tendría que haberse intimidado al menos un poco, pero era casi como si Cáncer pudiese leer su interior con facilidad. Desarmado por completo en solo unos pocos segundos Saga tuvo que luchar no sólo con la deshonra de saberse derrotado por ese hombre tan desagradable, si no con el hecho de que lastimosamente lo que decía era cierto: ¿Quién era él para prohibirlo?

Las pocas veces en las que se había visto obligado a racionalizar aquella relación el único término que se le venía a la mente era "hermana"… ¿Pero una persona en su sano juicio tendría fantasías sexuales con alguien que considerase de esa manera?

—Ahh… ya me parecía. — susurró Cáncer, introduciendo sin cuidado su lengua filosa en aquella herida, esparciéndola dentro de la cabeza de Saga.

Géminis se mantuvo helado, una gota de sudor frío recorriendo lentamente toda la línea de su columna vertebral... Por el amor de Zeus, ¿Qué diablos le estaba pasando? ¿Por qué no podía moverse un solo centímetro…? El rostro de Kaname rebotaba dentro de su cabeza, su voz suave tironeándolo pensamiento a pensamiento y trepando sobre cada nervio de su cuerpo, inmovilizándolo sólo con sus dóciles brazos.

Saga…

¿A dónde quieres escapar? ¿A qué estás jugando?

¿Estás jugando…?

Las manos de aquel hombre perturbado se dirigieron temblorosas hacia su frente, la sonrisa de Death Mask expandiéndose con satisfacción ante el poder abrumador de sus escasas y ponzoñosas palabras.

Todo, absolutamente todo se había salido de eje y de control: ¿Qué era lo que sentía realmente por Kaname? ¿Qué significancia tenía ella en su vida? Cuanto más pensaba en ello más sufría, más dolía, más angustiaba el no recordar ni un segundo de aquel supuesto pasado que habían compartido. Y ahogado en sus malditas incertidumbres nuevamente volvió a cubrir el cuerpo entregado de ella, ambos en soledad rendidos ante el oleaje imperfectamente carnal, al vaivén desenfrenado y trastornado del erotismo.

Mientras tanto en la casa de Géminis Kaname colocó sus manos en sus caderas, soltando un suspiro de satisfacción ante la visión de aquel almuerzo que tanto le había costado realizar terminando de cocinarse dentro del horno. Había dedicado bastante tiempo a la preparación de aquel platillo por lo que lo único que quería era que salga bien, si fallaba no había tiempo para hacer otra cosa dado que Saga estaba pronto a llegar de la guardia y seguramente vendría hambriento.

Dado que aún faltaban unos pocos minutos para que la carne termine de cocerse, la joven decidió que sería útil ponerse a lavar la vajilla que había usado para así ganar algo de tiempo más tarde. Se colocó los guantes de cocina y tomó con firmeza la botella que cargaba el líquido desengrasante, sintiéndola un poco liviana, rociando con suavidad su contenido sobre las cosas que reposaban dentro de la encimera… o eso creía ya que a los segundos bajó la mirada, comprobando que nada había salido del interior: ¡Estaba vacía!

—Con razón… — murmuró, frunciendo el ceño ante aquella botella azul que tenía en la mano.

Algo frustrada se apoyó de espaldas contra el mueble y se quitó los guantes, apoyándolos en aquella superficie fría; la realidad era que no sólo la vajilla estaba bastante engrasada, sino que además quedaban todos los vasos, platos y cubiertos que se usaron en el desayuno, los cuales estaban algo aceitosos. No había otra opción más que lavar con desengrasante, pero los repuestos se encontraban guardados en el baño y en ese momento estaba siendo ocupado por Kanon, quien tomaba una ducha.

—Diablos… — volvió a refunfuñar, cruzándose de brazos sobre el delantal que llevaba. —Ahh, supongo que no es tan necesario lavar todo ahora.

Salió de la cocina con paso cansado ya que había estado parada bastante tiempo, e inmediatamente el desorden de la sala de estar la golpeó sin reparos: Kanon era tan desordenado como siempre, aquel mal hábito no había cambiado en lo más mínimo… con razón la pulcritud la sorprendió tanto ese primer día en el que llegó al Templo.

—Bueno, supongo que en estos minutos que quedan puedo acomodar todo un poco.

Kaname se encogió de hombros y procedió a recoger los libros que el menor de los geminianos había dejado esparcidos por todo el lugar, haciendo una pila y colocándolos sobre la mesita. También acomodó los almohadones del sillón y aspiró las migajas del piso, para comenzar a ser envuelta suavemente por el aroma de la carne asada en el punto justo.

Tras dejar todo en sus respectivos lugares corrió hacia la cocina y apagó el horno, dejando el fuentón en su interior para que la comida no se enfríe. Ahora sólo faltaba que Kanon liberase el baño, así podría continuar con los quehaceres de limpieza una vez recargase el recipiente de desengrasante.

Sin embargo, mientras estaba inmiscuida en sus pensamientos, un sonido proveniente de la habitación del menor la sacudió por completo: había sido un ruido seco, casi como si alguien hubiese dado un portazo o algo similar.

—Qué raro, debería estar duchándose aún, siempre tarda… ¿Habré perdido la noción del tiempo? — se preguntó para sí, acercándose a aquella puerta la cual se encontraba sorpresivamente entre abierta.

El paraíso se extendió frente a sus ojos a través de aquel espacio entre la puerta y el marco de madera, la mandíbula de Kaname relajándose inconscientemente ante la visión de aquel hombre desnudo que le daba la espalda; su silueta era lo más masculino y sensual que alguna vez hubiese conocido, con cada músculo tenso y marcado casi como por naturaleza, atrayéndola hacia abajo despacio, su mirada rodeando ese trasero fornido y duro que se extendía sin reparos mientras Kanon se agachaba para tomar algo de uno de los cajones del mueble que tenía delante suyo.

Géminis no perdió mucho tiempo en aquella posición, rápidamente tomó uno de sus boxers ajustados del cajón y se reincorporó, para luego levantar sus brazos y desperezarse con parsimonia, casi como si quisiese alargar ese momento lo más que pudiese. Kaname observó absorta cada movimiento de él como si fuese en cámara lenta: la espalda de Kanon agrandándose por unos segundos mientras él se ponía cómodo, para luego tomar sus cabellos aún algo húmedos y levantarlos en una media cola de caballo… sus manos nuevamente bajando, deslizando con lentitud ambos pies dentro de aquella prenda de ropa que iba ajustando milímetro a milímetro sus muslos torneados y firmes, para luego abrazar esas nalgas deliciosamente redondas con aquella tela fina que se curvaba y adaptaba como si fuese una segunda piel… Por Zeus, aquel hombre era extremadamente sensual y lo peor de todo era que él lo sabía.

—¿Por qué no pasas? — inquirió el geminiano súbitamente, aún de espaldas a ella, causando que el corazón de Kaname se saltase un latido. —No hace falta que te quedes tan lejos…

Kanon dirigió sus manos a su trasero para reacomodar la costura de las piernas y luego bajó unos pocos centímetros la cintura del bóxer, mientras que aquella joven estaba a punto de desfallecer de nervios. Lo sabía, sabía que no tendría que haber espiado, pero una vez que sus ojos se encontraron con aquel cuerpo erótico se le volvió imposible quitarle los ojos de encima.

—A-ah ah y-yo no… n-no… — balbuceó Kaname como pudo, intentando tapar con ambas manos su rostro completamente rojo.

Sin darle tiempo a reaccionar Kanon giró sobre sí mismo y se acercó hacia la joven, hundiendo sus dedos en una de las tiras del cuello del delantal que ella aun llevaba puesto y tironeándola con algo de brusquedad para que entre junto a él.

—K-kanon… ¿Q-qué estás haciendo? — preguntó ella tras dejarse arrastrar por unos segundos, frenando el paso en seco en el medio de la habitación.

El joven la miró divertido portando aquella sonrisa juguetona que tantas risas le había arrancado cuando era niña, para luego acercarse unos centímetros más hacia ella. El hecho de que Kaname esté sintiendo tanta vergüenza lo hacía estremecer hasta el fondo, expectante ante la oportunidad de seducirla: ella había dado el primer paso, ese sentimiento era prueba de que finalmente había logrado verlo como un hombre, aunque Kaname aún no lo entendiese por completo.

Hasta ahora jamás había tenido una chance como esa.

—Supe que estabas ahí desde el primer momento. — explicó él, dejando que su voz se escape suavemente de su garganta.

Aquella mujer sintió como toda su piel se erizaba bajo el calmo susurro de Kanon e instantáneamente corrió su mirada hacia un costado, desesperada por no entrar en contacto visual.

—P-perdona, no quise hacerlo… S-sólo sentí algo de ruido y-

—Shhh…

Kanon deslizó con lentitud hacia arriba la mano que sostenía el delantal de Kaname, pegando el dorso de su dedo pulgar a la piel de la joven desde la base del cuello y subiendo poco a poco, disfrutando de la suavidad de su piel temblorosa. Y al llegar a sus labios -los cuales tiritaban bajo sus caricias- extendió su dedo índice para rozarlos con la yema, regalándole un segundo de cariño.

Más allá de su voluntad de hierro el cuerpo de Kaname estaba comenzando a reaccionar por sí solo, un enorme escalofrío recorriéndola, sus ojos posándose otra vez sin disimulo sobre el cuerpo erótico de Géminis. Estaba tan mal, horriblemente mal, aquello no podía suceder bajo ningún concepto pero su interior estaba comenzando a revelarse contra ese control represivo, crudamente autoimpuesto y atado por su pasado traumático.

—¿Qué pasa Kaname? — volvió a hablar con el mismo tono de antes, observando con ansias la manera en que ella, inconscientemente, lo devoraba con los ojos. — ¿Te gusta lo que ves…?

Y casi como una polilla dirigiéndose hacia el fuego la joven le devolvió la mirada, siendo inmediatamente envuelta por unos maravillosos ojos verde agua cuyas pupilas la arrastraban cuál imán: ojos que parecían infinitos y ajenos a la necesidad de parpadear, de humedecerse, de protegerse. Ella era la única que podía cortar con aquel espejismo, en una milésima de segundo, para no quemarse.

—Kanon, ¿Q-qué cosas estás diciendo…? — Kaname intentó alivianar la tensión, dando algunos pasos torpes hacia la puerta. —T-tengo que volver a la cocina…

—¿Por qué eres tan terca? — le reprochó él con algo de malicia mientras acortaba nuevamente la distancia entre ambos, volviéndola a sostener de aquellas finas tiras del delantal.

Ambos retrocedieron lentamente y Kanon la dirigió hacia la pared, quedando enfrentados a pocos centímetros, sus alientos tibios mezclándose entre sí. El pecho de la joven subía y bajaba cada vez más rápido, amenazando con provocar aquellos pectorales bien formados; sus ojos nuevamente paralizados bajo el hechizo de Kanon, quien había entrecerrado los suyos y la miraba con un deseo tan profundo que podría derretirla.

—No me has respondido aún. — insistió Géminis sin dejar de mirarla, poseído por la cercanía, sin disimular la lujuria que el cuerpo de la joven le generaba. —Ese delantal te queda precioso, pero… ¿sabes qué sería mejor aún…?

El aire vicioso se fusionó producto de la tensión entre los dos jóvenes, sus orbes conectados por un puente invisible el cual los transportaba a otro mundo, que los empujaba a acercarse aún más, a derrumbar aquella pared, a entregarse el uno al otro.

—P-por favor Kanon… Vístete… — suplicó ella, volviendo a cerrar los ojos con la poca voluntad que le quedaba.

Kaname no podía, sencillamente no era correcto: ella debía ser la voz de la razón, aunque se sacudiese al sentir cómo los labios de él se acercaban a su oreja. Tenía que soportar aunque aquella voz ronca no le dejase salida, aunque su propio cuerpo lo necesitase.

—¿Por qué? Estoy muy cómodo así, y hace un rato no te molestaba la vista…— la sedujo él, susurrándole al oído en ese tono particularmente diabólico. — Si quieres puedo desnudarme para ti…

El menor de los gemelos era un manipulador nato y Kaname conocía muy a fondo aquella faceta oscura: sabía que no tenía que dejarse atrapar pero lamentablemente para ella las cosas se estaban saliendo de control. Es que aquel geminiano, su Kanon, ese niño obsesivo y sofocante, era tan malditamente atractivo que su autocontrol se le escapaba de entre los dedos como si fuese arena.

Kaname y su cuerpo no estaban de acuerdo en lo absoluto, su mente anestesiada cayendo despacio bajo el comando de aquel timbre casi rasposo en su oído, acariciando casi imperceptiblemente la oreja de la joven… ese tacto inexistente que estaba a punto de hacerla desbarrancar por la excitación que su aliento cálido le generaba. Su frente se tornó húmeda al saberse arrinconada y casi automáticamente su pecho se pegó al de él, dejando en evidencia aquel latido enloquecido: ya no había aire suficiente que llenase sus pulmones.

Y aquella desesperación al tener en sus manos el propio placer de su cuerpo fue la misma que la hizo huir del lugar, escurriéndose por debajo de los brazos de Kanon quien no opuso resistencia alguna en dejarla ir.

La puerta de la habitación de Kaname se cerró de golpe y sin preámbulos, sin mediar ninguna otra palabra entre ambos. Ellos no debían tener esa relación, estaba mal, eran prácticamente hermanos y compartían un vínculo muy especial: ¿Por qué habrían de ensuciarlo con algo como eso? Lo que los tres tenían era algo diferente y fuera de lo común, algo que jamás volvería si se alguno osaba con cruzar esa línea tan delgada y profunda. Sencillamente no podía dar crédito a las palabras de Camus y Nanako pero el descarado de Kanon la había llevado al límite y le estaba costando cada vez más volver hacia atrás, regresar a aquel tiempo del cual quizás no debería haber salido.

¿Quizás ellos estaban destinados a algo más platónico? No lo sabía, no entendía absolutamente nada pero podía darse cuenta de que todo lo que añoró estaba quedando en el pasado… Veinte años después ella era una mujer adulta, sin ataduras, viviendo sola con dos hombres inmensamente atractivos. Si ella era una joven hecha y derecha, ¿Por qué reprimía sus sentimientos?

Kaname se acostó en la cama y rodeó su cuerpo con sus propios brazos, regalándose un apretado abrazo en un triste y patético intento de consolarse; para luego segundos más tarde dormirse rodeada de imágenes de aquellos dos niños que, ya no tan en el fondo, sabía que jamás volvería a ver.

Probablemente ya era hora de decir adiós.

—¡Muuu! ¿Ya estás listo?

La voz de Nanako, quien estaba en el baño terminando de lavarse el rostro, resonó por toda la casa de Aries al llamar a Mu. El dueño de la casa se acomodó un poco frente al escritorio de su habitación y cerró el cuaderno de notas en el que estaba escribiendo, curioso ante la pregunta de su amiga.

—¿Listo para qué? — Mu inquirió, su mano jugueteando con la lapicera.

—¡Para que salgamos! — respondió ella como si nada mientras apagaba la luz de aquel cuarto, tocándose la piel para comprobar que estuviese lo suficientemente seca.

Aquella frase no hizo más que arrancarle al ariano un suspiro de incomodidad, tirando los ojos hacia arriba al sentir el paso fuerte de Nanako acercándose a su habitación, quien luego de unos segundos entró sin miramientos.

—Nanako, ya te dije un millón de veces que no voy… — dijo él con voz cansina, sin querer ver el rostro molesto de la joven.

—¿Por qué? ¡Si nos vamos a divertir! — Nanako volvió a ignorar la respuesta de Aries y se paró al lado de él, mirándolo desde arriba.

—Ya te lo expliqué… Hay mucha gente, la música está muy fuerte, bailar me da pereza… — dijo el ariano arrastrando las palabras y contando con sus dedos cada razón que daba, para luego volver a suspirar y observar hacia donde estaba Nanako de pie. —Oh… Te ves muy bien.

Nanako le devolvió el cumplido con una sonrisa, sus manos apoyadas en sus caderas apretadas por aquel corto vestido color negro.

—Lo sé, muchas gracias. — habló la joven, su rostro ahora tornándose en una mueca de disgusto. — En cambio tu… Ugh.

—¿Qué? — inquirió Aries mirándose de arriba abajo sin entender: llevaba su pijama de franela favorito con estampado escocés. — ¿Qué tengo de malo?

—Mu pareces de la tercera edad… y eso que tienes sólo veinte años, ¿Qué son esas ropas de anciano?

Ambos se quedaron en silencio por unos segundos para luego Mu volver a tomar aquel cuaderno y hojearlo.

—Bueno, gracias supongo. — espetó él algo molesto, mientras dibujaba pequeñas rayitas en una de las hojas.

Ante la nula reacción del ariano Nanako avanzó unos pasos más y abrió el armario, empezando a revolverlo en búsqueda de alguna prenda que sirviese para aquella salida nocturna.

—¿Qué se supone que estás haciendo? — Mu dejó salir un tercer suspiro: que tuviese tanta paciencia era una virtud, cualquier otra persona ya se hubiese cansado de sus insistencias. Nanako no solía ser tan molesta, pero cuando algo se le metía en la cabeza no paraba hasta lograrlo.

—Viendo qué te vas a poner. — Nanako le respondió tomando dos camisas con ambas manos, mirándolas más en detalle. — Todavía tengo que maquillarme por lo que te queda algo de tiempo para arreglarte.

—Pero yo no quiero ir…

La joven finalmente se decidió por una de las dos prendas superiores y dejó la restante dentro del armario, para proceder a inspeccionar los pocos pantalones que Mu tenía colgados de una percha múltiple. Tras elegir uno en color negro se sentó en el borde de la cama y posó sus ojos en el rostro de su amigo, observando lo hastiado que parecía estar... ¿Habría ido demasiado lejos? No había hecho nada del otro mundo pero quizás a Aries no le había gustado en lo absoluto la manera en la que ella invadió su espacio. Nanako miró hacia un costado por unos segundos y se llevó una mano al mentón decidida: haría un último intento y luego lo dejaría en paz.

—Mu, ¿puedo preguntarte algo?

—Dime. — contestó el ariano con desgano, ya algo resignado ante el avance de la joven.

—¿Cuándo fue la última vez que saliste de noche?

Mu se mantuvo en silencio en lo que parecía ser un momento introspectivo, casi como si estuviese intentando recordar o incluso recapitular alguna experiencia pasada. Pero la verdad era que el ariano jamás había accedido a una salida nocturna con amigos, contaba con demasiados prejuicios al respecto y nunca había visto la necesidad de hacerlo… si bien era cierto que en ocasiones algunos Caballeros se burlaban de él por ese hecho, jamás se había sentido avergonzado al respecto.

—Pues nunca. — admitió Aries tras algunos segundos.

Bingo: Nanako tenía una esperanza.

—¿Confías en mí…? — la voz dulce de la joven brotó de sus labios decorados en rosa, portando ánimos renovados.

—Supongo que sí… — Mu la miró con los ojos entrecerrados, intentando no sonar desconfiado.

—Entonces Mu, ven con nosotros. — comenzó ella nuevamente, mostrándole una sonrisa amena. — De verdad te prometo que no te arrepentirás, vamos a divertirnos entre los tres.

Aries apretó un poco los labios, todavía algo dudoso ante la propuesta. Si bien era algo que siempre había aborrecido, no podía negar que muy, muy en el fondo, aquel mundillo le generaba un poco de curiosidad… Y en el peor de los casos, ¿Qué perdería?

—Pero aquí adentro está calentito… — agregó él, extendiendo un poco el asunto para hacerse desear.

—Ay vamos Mu.

—Bueno, pero no quiero volver muy tarde. — terminó cediendo Aries.

—Trato hecho. — contestó ella feliz, apoyando las prendas sobre la cama. — Por el amor de Zeus Mu, ahora cámbiate ese pijama… Si te pones esto que elegí estarás bastante bien.

—No te he dado permiso para burlarte de mi ropa de dormir. — le reclamó Aries con el ceño fruncido, mientras ella salía de la habitación nuevamente.

Nanako ignoró los últimos dichos de su amigo y se dirigió hacia su habitación con rapidez para tomar su estuche de maquillaje, con el que comenzó aquella labor que tanto tiempo le tomaba: hacía mucho que no salía así y además sería la primer trasnochada de fiesta de Mu, así que tenía que poner aún más énfasis en estar hermosa. Vestía acorde a la ocasión, su bolso y zapatos combinando perfectamente con aquel vestido ajustado que llevaba puesto.

Y tras unos veinte minutos la joven volvió a aparecerse en el cuarto de Mu, pero esta vez tocando antes de entrar.

—Mu, ¿estás listo?

—Creo que sí… — respondió Aries del otro lado, algo desganado. — Puedes pasar si quieres.

La puerta se abrió enseguida tras la confirmación de aquel Caballero, Nanako gratamente sorprendida al ver lo apuesto que lucía Mu.

—¡Ahora sí! — exclamó ella con una sonrisa de oreja a oreja: no era que despreciase los ropajes tradicionales que Mu siempre usaba, pero aquel conjunto más convencional le sentaba excelentemente bien… salvo por un pequeño detalle. — Aunque tu pelo… Ay Mu, siéntate un segundo por favor.

—¿Ahora qué pasa? — inquirió el ariano con un tono molesto, haciéndole caso a regañadientes. — Ya me puse lo que querías, ¿qué tengo mal ahora?

Nanako apoyó su bolso sobre la cama y comenzó a revolverlo, tomando de allí dentro un cepillo y un gancho para el pelo: tenía que arreglarlo un poco, no iba a permitir que salga así todo despeinado y con los pelos para todos lados. Él iba a acompañarla por lo que debía lucir impecable.

—¿Qué me vas a hacer?

Ante aquel cuestionamiento la joven resopló sin paciencia, golpeando a Mu suavemente en la cabeza con la parte chata del cepillo.

—¿No dijiste que confiabas en mí?

Mu se cruzó de brazos y volvió a resignarse, el daño ya estaba hecho y el pez por la boca muere. Ya había accedido, ahora no tenía vuelta atrás, tendría que hacer lo que a ella le viniese en gana por lo que se dejó peinar y finalmente –tras algunos tirones de pelo accidentales– terminó con una cola de caballo bastante alta, aunque cómoda.

—Wow, te queda increíble. — habló Nanako emocionada ante su creación, para darle una palmadita a Mu en el hombro. — Ahora vámonos, se nos hace tarde.

Tras colocarse sus respectivos abrigos ambos salieron, Aries cerrando la puerta de entrada tras Nanako y notando algo que podría ser potencialmente peligroso para el desarrollo de la noche.

—Nanako…

—¿Qué pasa? — respondió ella intentando mantener la compostura ante Mu, quien parecía haberse dado cuenta de su "problema".

—No creo que esa sea la elección de zapatos más cómoda. — continuó el ariano, observando con preocupación cómo la joven luchaba por mantenerse en pie en aquel terreno lleno de imperfecciones.

—Bueno, para serte honesta estaba esperando que nos teletransportes…

Mu no pudo hacer más que sonreir ante aquel comentario honesto y se acercó hacia ella, tomándola de la mano suavemente, sus dedos entrelazándose con delicadeza. La joven sonrió una vez más, sorprendida ante el súbito contraste de aquel agarre cálido con el clima frío que caía sobre ellos, dejándose envolver por la técnica del ariano.

Y allí en la entrada del Santuario reposaba Aldebarán, quien se sobresaltó al verlos aparecer frente a él de la nada, ahogando un grito por la sorpresa.

—Uff Mu, veo que no pierdes la costumbre… — balbuceó él, llevándose una mano al pecho. —Espera… ¿No habías dicho que no vendrías?

—Supongo que me convenció. — Mu señaló con el pulgar a Nanako, quien miraba al costado con una expresión extraña en el rostro.

La joven había clavado sus ojos en Milo y Camus, quienes estaban parados del lado opuesto a ellos como si nada, devolviéndole la mirada sin decir nada. Nanako se tomó unos segundos para observarlos de arriba hacia abajo, sorprendida… Ahora que lo pensaba, los tres Caballeros se encontraban excelentemente ataviados con conjuntos que favorecían enormemente sus físicos trabajados y sus contexturas variadas, sin dejar de lado su estilo personal. La verdad era que no era habitual para ella estar rodeada de hombres que supieran cómo vestirse correctamente, por lo que dejó que su vista se deleitase sin reparos para luego acercarse a saludar a Camus, ignorando a Milo sin piedad.

El escorpión experimentó una sensación parecida al ver a la joven con aquel vestido que tan bien le quedaba, acentuando cada curva de su cuerpo como si se extendiese a continuar retorciéndolo por dentro, aún resentido por el hecho de no poder poseer más a esa mujer.

—Milo, Camus… ¿Qué los trae por aquí? — inquirió Aries con curiosidad.

—Ah pues íbamos a salir un rato, pero estamos esperando a ver si alguno de los otros chicos viene… — respondió Milo antes de que Camus pudiese hablar. — No es que estemos esperando a Saga o Kanon o algo parec-

El rostro de Acuario se mantuvo tan frío como siempre mientras le regalaba un codazo en el estómago al escorpión, para evitar que siga arruinando el plan. Aquella escena le pareció extremadamente cómica a Nanako, quien estalló en una carcajada muy poco femenina producto de ver a Milo siendo ridiculizado y golpeado; sin embargo no podía negar el hecho de que ese gesto que ambos estaban teniendo con Kaname era extremadamente amable.

—¿Y ustedes? —continuó Camus, ignorando lo sucedido segundos atrás. — ¿Qué planes tienen?

—Nos vamos un rato a mover las caderas y a pasarla bien. — respondió Aldebarán, contento de poder dejar salir todo su ritmo brasilero junto a sus amigos. — ¿O no Mu?

Aries intentó ignorar lo que Tauro estaba diciendo, tirando los ojos hacia arriba en forma de evasiva pacífica, gesto que no pasó desapercibido para la joven.

—Mejor nos vamos yendo, antes de que Mu se nos escape. — dijo Nanako, avanzando dos pasos para trastabillar de repente en aquel piso destruido: de verdad había sido una terrible idea llevar esos tacos altos, pero jamás lo admitiría.

Aquella torpeza de su parte no hizo más que divertir al escorpión quien le devolvió rápidamente la carcajada que ella le había propinado con anterioridad, causando que el buen humor de Nanako se esfumase enseguida: al igual que Milo, no había cosa que deteste más que ser humillada enfrente de otras personas.

—¿No quieres volver a ponerte algo más cómodo? — Aldebarán se acercó hacia ella preocupado, no le gustaba nada cómo temblaban aquellas piernas delgadas. — Ve tranquila, te esperamos aquí.

—¡No! — sentenció ella, mirándolo con una decisión tan ardiente como el fuego. —Antes muerta que sencilla.

Mu no dijo nada más y se colocó al lado de Nanako, rodeándola de la cintura firmemente: los pies de aquella terca mujer se torcían tanto que parecía una jirafa recién nacida, de verdad era una visión muy poco digna de observar.

—Si serás testaruda…

Tauro sonrió ante aquel gesto, incluso sintiéndose algo compungido, para luego despedirse de Milo y Camus; acercándose a sus amigos con celeridad.

—Puedes sostenerte de mi brazo también. — agregó Aldebarán, los tres marchándose de a poco hacia el camino principal.

Por suerte para aquellos amigos todo había salido bien, pero en el Tercer Templo el asunto de la salida estaba complicándose a niveles un poco más extremos.

—¡Kanon! ¿¡Qué diablos le hiciste a Kaname!? — gritaba Saga como loco, parado frente a la puerta de la habitación de la joven.

—¿Qué dices? — contestó el menor con tranquilidad, mirándose al espejo en el baño y ensayando una sonrisa compradora. — Yo no le hice nada.

—¡A mí no me engañas! Desde que llegué de mi guardia que Kaname está ahí encerrada en su cuarto, y antes de eso eras el único que estaba con ella… — Saga hizo una pausa para respirar e intentar calmarse un poco. — Sé que pasó algo.

La verdad era que aquel no estaba siendo el mejor día para el mayor de los gemelos, todavía estaba bastante perturbado por el intercambio que había tenido con Death Mask y ni hablar de cómo esa charla lo había arruinado mentalmente… no estaba de humor para tener que aguantar las estupideces del idiota de su hermano menor, todavía no podía encontrar una respuesta ante aquellas inquietudes sobre sus sentimientos.

Y sin saberlo, del otro lado de la puerta Kaname se encontraba en la misma situación incómoda que él, debatiéndose eternamente gracias a lo que el avance repentino de Kanon había generado en ella; odiaba admitirlo pero en otro momento eso no la habría hecho pensar tanto, lo hubiera dejado pasar tal como lo que le sucedió con Saga al llegar al Templo… pero en el contexto de la conversación que tuvo con el acuariano y con su amiga Nanako no podía evitarlo, no podía dejar de pensar en ello. Peor aún, ¿qué diablos pasaría con el loco de Máscara Mortal…? Por Zeus, la presión era demasiado fuerte y estaba aterrorizada.

Aun así, más temprano la joven se había arreglado un poco como para salir, luciendo un conjunto azul y la chaqueta que retiró del depósito con Nanako. Sentada en la cama y abrazada a uno de sus peluches de unicornios volvió a dejar fluir sus dudas: ¿Qué debería hacer aquella noche? No quería arruinar la salida por aquella situación de la tarde, los gemelos estaban esperándola con ansias y ella misma también había estado tan contenta ante la posibilidad de pasar una noche diferente con ellos, pero ahí mismo reposaba la posibilidad de que todo se salga de control… ¿Cuántas eran las probabilidades? Estaba algo fragmentada pero todavía tenía algo de fe ciega en su instinto de preservación, si se controlaba todo estaría bien, sólo saldrían a bailar, a divertirse- sin inmiscuirse físicamente.

Aquella frase se repitió infinitamente dentro de su cabeza intentando de esa manera alejar a la fuerza los malos pensamientos, y tras acomodarse un poco el pelo salió de la habitación, enseguida topándose con Saga quien continuaba discutiendo con su hermano.

—Kaname, al fin saliste… ¿Te sientes bien? — el mayor inquirió preocupado. — Si quieres podemos dejarlo para otro día.

La joven alzó sus ojos hacia aquel hombre que le hablaba con cariño, logrando ver por primera vez un rostro adulto en lugar de las facciones infantiles de ese niño tan demandante de afecto que tiempo atrás había conocido. Sus ojos se expandían como dos galaxias inmensas, sin fondo ni final, acariciados por aquel cabello azul tan suave que caía por sobre ellos. Ahora que ya lo había hecho una vez con Kanon, no podía dejar de notar lo atractivos que realmente eran aquellos dos hombres: era desconcertante, como mínimo… sólo quería escaparse, y huir estaba volviéndose prácticamente imperativo.

Mientras estaba inmiscuida en sus reflexiones Kanon se acercó hacia ella por detrás, contento ante el hecho de que finalmente había salido de su pieza, y habló con voz fuerte para llamar su atención:

—No, vamos a salir esta noche.

—Kanon eres muy egoísta, ¿Y si Kaname no quiere? — la reacción de Saga no se hizo esperar, interviniendo rápidamente. — No puedes obligarla, ¿me escuchaste?

—No lo entiendes Saga, Kaname no se siente mal… — declaró el menor, acariciando suavemente los cabellos de aquella mujer que estaba entre ambos. — ¿O no? ¿Por qué no le cuentas a Saga cómo te sientes realmente?

El sutil toque de ese hombre causó que el rostro de Kaname se tornase levemente rojo, su actitud corporal claramente mostrando lo avergonzada que se sentía, y Saga no pudo evitar sentir cómo el ambiente en aquel pasillo se tornaba turbio y extraño… ¿Qué era todo eso? ¿Por qué diablos la tocaba así, tan impertinentemente? Él estaba ahí presente, ¿Con qué derecho se propasaba así…?

—¿Kaname…? — susurró Saga delicadamente, intentando no demostrar lo incómodo que se sentía. —¿A qué se refiere Kanon?

La joven jamás respondió aquella pregunta, bajando la cabeza en clara señal de derrota. Géminis mayor apretó los dientes con fuerza sin disimular lo mucho que estaba odiando a su hermano, completamente devastado frente a aquel panorama, ante el hecho de que Kanon se le había adelantado estrepitosamente… Su pecho estaba lleno de dudas y en cada una de ellas aparecía Kaname, convirtiéndolo en un ser humano paranoico y sintiéndose manipulable, su vulnerabilidad expuesta por Cáncer y terminada de pisotear por su propio hermano. ¿Cuándo se había vuelto así? Necesitaba entender urgente qué diablos le estaba pasando, si no le ponía un punto final a aquellos celos brutales que sentía, terminaría por volverse loco muy pronto.