13
Juego de caza
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Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece, su propiedad es de Akira Toriyama.
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Espero que les guste
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Ya caída la noche, Diecisiete sabía que no debía sorprenderse porque ella no le ofreciera comida.
La vio sentada frente a una fogata, comiendo una lata de sopa de verduras. Se sentó frente a ella y colocó a cocinar el pescado que había decidido atrapar.
—Si dices que no necesitas comer —comenzó ella a hablar—, ¿por qué lo haces? —Diecisiete tan solo se encogió de hombros.
—No necesito comer, ni beber agua, ni dormir. Pero cuando quiero hacerlo, solo lo hago, cuando me provoca.
—¿Y sueñas? Qué hay en tus sueños?
—Nada. No es necesario que haya algo. Tan solo cierro los ojos y veo todo oscuro
—Me imaginé que habría... no sé... retazos de tu pasado. Sigo sin creer que a alguien se le pueda quitar el pasado por completo.
—Pues creelo, porque se puede —se encogió de hombros—. Se puede vivir sin pasado, no te define.
—No. No lo hace. Pero el pasado te ayuda a saber en que te equivocaste y no cometer los mismos errores. Todos aprendemos algo de nuestro pasado, todos nos arrepentimos de algo —el androide tan solo se volvió a encoger de hombros y dio la vuelta a su pez
—¿Muchas cosas de las que arrepentirte, caracol? —no tenía que verla a la cara para notar que ella lo miraba fijamente, con esos grandes y brillantes ojos verdes perdidos en el pasado.
—Sí... Me arrepiento de haber sido una estúpida de casarme tan joven y con el primer hombre que me trató bonito —dejó la lata en el suelo con molestia—. Que infierno.
—Bien. El pasado es pasado —arrojó unas ramas a la fogata avivando las llamas.
—Wow, que profundo —dijo Ren. Diecisiete enseguida notó el sarcasmo—. Apuesto a que se te quemaron los cables pensando aquello. ¿Algo más que aportar al mundo, señor profundidad? Un árbol es un árbol. El río es el río. Un lobo es un... AAAHH
Lo último le provocó una risa.
—Que graciosa.
—Diecisiete... —la voz temblorosa de la zoóloga le llamó la atención. La miró y notó que ella miraba de forma asustada a un lado. Ahí estaba la loba, con su pelaje tan blanco y su pata faltante. A tan solo unos metros de su campamento, lo más cerca que ha estado de ellos.
—Vaya —dijo Diecisiete con total tranquilidad—. En verdad sí se domesticó bastante como para acercarse de esta forma.
—Es extraño. Ella no mostraba signos de haberse domesticado —respondió la zoóloga después de haber pasado el susto, pero aun con la mirada en la loba. Ésta, por su lado, estaba echada con la cabeza sobre sus patas delanteras. Como si fuera tan solo un perro a la espera de sus amos—. Diría que está aquí por ti. No se ha domesticado del todo, pero recuerda que para ella tú eres su alfa. Yo te lo dije, te iba a seguir.
—Si fuera por mí, no me hubiera avisado en donde estabas cuando te desmayaste.
—¿Qué? ¿Enserio? —Diecisiete asintió.
—Seguí su aullido, ella me guió hasta ti —escuchó que Ren soltaba una risita, y la miró sin comprender que había dicho que sonaba gracioso.
—Lo último sonó demasiado romántico —ella le sonrió con burla, ante la pregunta silenciosa del androide.
—¡JA! En tus sueños —la zoóloga tan solo enarcó una ceja, como si tomara lo dicho por el androide como un desafío.
—Ya lo veremos —le dijo y se levantó para dirigirse a la carpa. Diecisiete creyó ver que ella contoneaba las caderas, aunque era difícil saberlo si ella cojeaba.
—Si intentas seducirme, fallas —ella se giró y se cruzó de brazos.
—¿Qué? ¿Los androides no sienten? —Diecisiete tan solo negó con la cabeza con una sonrisa. Ren podía ver los mechones de su oscuro cabello acariciandole las mejillas.
—Se nota que no sabes hacerlo.
—Te apuesto que puedo seducirte, Diecisiete.
—No lo creo —le sonrió. Parecían un par de niños apostando a quién comería más golosinas.
—Es una apuesta, chatarra —dijo guiñándole el ojo y entrando a la carpa.
Diecisiete solamente sonrió.
Ella definitivamente era un caso.
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Extrañamente, se quedó haciendo guardia en la noche en el campamento y no en sobre la rama. La loba, o Wild, como Ren la había llamado, había permanecido echada en el mismo lugar en donde había estado el día anterior.
Diecisiete escuchó el cierre de la carpa abrirse y la zoóloga salió de ella, con el cabello rizado hecho un desastre y en sostén.
—Buenos días… —le dijo dándole una sonrisa. Diecisiete sólo soltó una risa provocando que ella frunciera el ceño.
La zoóloga entrecerró los ojos y se acercó a la fogata para calentar el café. Se sirvió el café después y lo bebió cerrando sus ojos para disfrutarlo.
—Hace una calor infernal —mencionó ella.
—Pero tomas café hirviendo.
—Hey, hay que comenzar el día con energía. Hoy es el último día, mañana debemos bajar la montaña.
—Entonces yo hago guardia nuevamente hoy —dijo el androide bebiendo de su café—. No quiero que estés durmiendote en el camino y que te caigas y te rompas el cuello —ella soltó una risita.
—Mi tobillo ya está mejor, y no me creas tan torpe.
—Creo que tú y el suelo viven en un constante amorío —ella le lanzó una mirada furibunda ante la sonrisa de él.
—Que pésimo chiste, has fracasado como humorista —le comentó, y Diecisiete tan sólo se encogió de hombros.
—Mi sentido del humor es incomprendido.
Se quedaron en un silencio que ya era bastante común en ellos, y se hacía bastante cómodo.
A veces, los ojos del androide se dirigían a la zoóloga que seguía bebiendo su café lentamente y recordaba como el día anterior estuvo tentado a verla en el arroyo como un espía.
Se sentía una de las criaturas que escuchaba en los cuentos nocturnos de algunos campistas cuando hacía algunos recorridos nocturnos. Seres de la noche que solían espiar doncellas.
Soltó una risa recordando que Ren, con ese vocabulario que se mandaba estaba lejos de ser una de esas doncellas que se describen en esas historias.
Y extrañamente, él se alegraba de eso.
Ambos terminaron su café, y Ren sacó unas tostadas para comerlas y finalizar su desayuno. Se sacudió las migajas del short y se levantó para dirigirse a la carpa a buscar los implementos para darse un baño en el arroyo.
Sin siquiera dirigirle otra palabra al androide, Ren caminó, aún en short y sostén hasta el arroyo contoneando las caderas, mientras Diecisiete la observaba atentamente alejarse, sintiendo que algo se formaba en su estómago, y se dirigía a un lugar en donde no debía dirigirse.
Enrojecido, apartó la mirada de la mujer y la clavó en el fuego que ardía frente a él.
Ella estaba ganando.
Y parecía que ni siquiera hacía demasiado intento.
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El ciervo levantó las orejas y lo miró atentamente cuando se acercó a lavarse la cara. El agua estaba helada y se le pasó por la cabeza darse un baño.
Miró por encima suyo a Ren, que estaba sobre el árbol mirando al águila con sus crías.
La verdad, le molestaba saber que ella había podido provocar aquella reacción humana en su cuerpo. Siendo él un androide, de hecho se sorprendía tener aquellas reacciones.
"Eres más humano de lo que crees, Diecisiete. Solo que eres tan terco que no lo crees."
Odiaba esa vocecita en su interior que le hablaba y le decía cosas que probablemente eran real, y odiaba aún más que esa vocecita fuera parecida a la de su hermana.
¡Es que podía verla burlándose frente a él! Con un brillo de maldad en los ojos…
Se quitó la gabardina y decidió zambullirse, con todo y ropa, después de todo no se enfermaba, a arroyo espantando al pequeño ciervo.
El agua era reconfortante, y aunque no sintiera el calor o el frío como un humano corriente, agradecía esta agua refrescante.
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Nada más echar una mirada abajo y ver a Diecisiete metido en el agua, provocó que casi se cayera del árbol.
Si antes el aura misterioso del ranger le había llamado la atención, el ahora saber que era en verdad, y darse cuenta del alma perdida que existía en él… quería estar más cerca. Le nacía protegerlo.
Encontrarlo.
Salvarlo.
No entendía porqué ella era así, no entendía como podía seguir siendo paciente con las personas que no lo eran.
¿Por qué seguía preocupándose por el androide cuando él no lo hacía por ella? ¿Cuando ella era solo un trabajo para él?
No lo entendía. No comprendía porqué deseaba tanto salvarlo… tal vez porque sabía que él tenía mucho que dar. Tal vez, porque le parecía completamente injusto todo lo que pasó.
Tal vez… era algo más. Algo que sentía que la unía al androide y su destino al final de todo este camino.
El chillido del águila la hizo salir de sus pensamientos, y volvió la vista a su trabajo.
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Ya caída la tarde, Ren decidió bajar del árbol y sentarse en una roca a la orilla del arroyo, junto a Diecisiete.
Permanecieron callados por un buen rato, metiendo lo pies en el agua, hasta que ella decidió romper el silencio.
—Más que un androide te veo como un niño.
—¿Un niño? —Ren asintió, Diecisiete vio sus ágiles dedos comenzar a hacer una trenza en su cabello mientras asentía.
—Un niño perdido, alguien que busca su lugar en el mundo. Al menos, esa fue enseguida la primera impresión que me diste. Que tus ojos me dieron —Diecisiete enarcó una ceja y se tocó uno de los ojos cerrados.
—¿Perdón?
—¿Te han dicho alguna vez que por momentos eres un libro abierto? —Diecisiete se quedó pensativo, estaba seguro de sentir un pequeño deja vú con lo que la zoóloga le dijo—. Digo, a veces te cierras tanto que es imposible saber que piensas… pero otras veces, cuando te ves más vulnerable, puedo…
—Yo no soy vulnerable —le interrumpió—.Soy un poderoso androide, no hay nada frágil en mí… a diferencia de ustedes los humanos.
Ren enarcó una ceja y acortó la distancia que tenía con él sobre la roca. Se acercó tanto que llegó a poner nervioso a Diecisiete.
¿Ese era su corazón el que latía así de rápido? ¿La mano de ella quemaba de esa forma sobre su pierna? ¿Por qué se sentía de esa forma?
El rostro de Ren se acercó tanto al suyo que sintió su nariz pegada a la suya. Tanto, que pudo ver un pequeño lunar a una esquina de su ojo. Tanto, que podía sentir el aroma de su perfume sobre él, y su aliento cálido cada vez más cerca.
No tenía idea de que pretendía, pero no sabía cómo responder ante esto. No era un ataque directo, lo tenía paralizado.
—¿Ves como puedes verte tan vulnerable? —le susurró— No todo es fuerza física, Diecisiete —y con una sonrisa, y los ojos verdes brillantes, se alejó.
Diecisiete soltó el aire que había estado conteniendo, mientras ella se levantaba y caminaba hacia el campamento.
Por primera vez, era consciente de lo perdido que se sentía.
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Cuando volvió al campamento, la encontró ya dormida dentro de la carpa, lo único que quedaba fuera eran sus pies que el androide metió con cuidado y cerró la mosquitera con la excusa de no escucharla quejarse en la mañana.
Fue a las cuatro que decidió que deberían irse si querían llegar temprano abajo, pero decidió que estaba harto de caminar y que doce horas más en compañía de ella, le sería aún más incómodo.
Ella lo ponía incómodo, pero no en un mal sentido, sino en uno… bueno.
Era extraño, esa era la palabra que buscaba… ella lo hacía sentir extraño.
La dejó dormir más, y Ren despertó a las once de la mañana.
Mientras ella se lavaba un poco en el arroyo, Diecisiete se dispuso a recoger el campamento para que no se atrasaran.
—Lo metí como pude ahí —le dijo cuando ella refunfuñó de que la carpa estaba mal metida en su estuche.
—Vamos a llegar muy tarde —le dijo ella mientras guardaba bien las cosas—. Debiste levantarme temprano.
—No vamos a ir caminando —dijo Diecisiete, estaba apoyado en un árbol cercano mientras la zoóloga limpiaba del lugar cualquier rastro humano que hubo.
—¿Entonces?
—Te llevaré volando. No nos tomará sino unos minutos llegar —los ojos de ella brillaron como los de una niña, y terminó de guardar sus cosas. Se acercó a Diecisiete y este le dio la espalda. Ren entendió todo y se enganchó en la espalda del androide.
Diecisiete sintió algo extraño formándose en él en cuanto la mano de Ren tocó su hombro. Se sintió un poco nervioso cuando los senos de la mujer se pegaron a su espalda cuando ella se agarró de su cuello.
—¿Estás bien, Diecisiete? —preguntó Ren. Diecisiete apretó los dientes con molestia.
—Perfectamente —gruñó y levantó el vuelo.
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—¿Dices que lo has visto por aquí? —preguntó ella mirando las marcas que había en la pared de la cueva, la vio sonreír y tomar una fotografía con la tableta.
—Sí —respondió.
—Tiene sentido, el ambiente es indicado para él —le hizo una señal para que se acercara y él lo hizo—. ¿Ves estas marcas? —Diecisiete asintió— Solo los cuernos de los minotauros tienen la suficiente fuerza para dejar una marca tan notable en una cueva de piedra pura.
—¿Entonces podríamos estar invadiendo su hogar en este momento? —Ren negó con la cabeza.
—Estas marcas son viejas. Ellos suelen afilar sus cuernos cada dos meses, y cambian de hogar cada vez que lo harán. Los minotauros son nómadas, nunca están en un solo lugar —ella suspiró y luego escribió algo en su tableta—. Podrían estar en cualquier lugar del parque… sin embargo, esto es prueba suficiente para que nos dejen a Kai y a mí comenzar la investigación.
Notando que esto iba a tardar, Diecisiete soltó un suspiro y se sentó en el suelo, a orillas del jagüey en donde florecían unas hermosas flores rosadas.
—¡Oh, genial! —miró a Ren cuando esta se acercó a él. La vio tomar una rama caída y arrodillarse para alcanzar la flor que flotaba en el agua. Desde su puesto, él podía tener una buena vista de la zoóloga.
Diecisiete sabía que ella hacía esto a propósito, sabía que el contacto con ella se había vuelto extraño para él desde esa mañana.
No, desde el día anterior, desde aquel abrazo.
—Son flores de loto. El alimento favorito de los minotauros —dijo cuando por fin pudo sacarla del agua. Ella se sentó frente a él y olió la flor—. Mira, huele —le acercó la flor a la nariz—. Cómo normalmente crecen en lagunas de aguas estancadas, no se aprecia su buen olor hasta que la tienes enfrente.
Diecisiete enseguida reconoció el olor, sobre todo cuando ella se le acercó.
—Tu perfume huele igual —soltó sin pensarlo. Ren fijó sus ojos verdes en él, Diecisiete ya no sabía qué hacer cuando aquellas esferas lo miraban.
—Sí. Incluso ¿Sabías que mi nombre significa flor de loto? —ella soltó una risita y se levantó— Ya tengo las pruebas suficientes para pedir la investigación ¿Podrías llevarme con Kai? —la vio guardar las cosas en su mochila, la flor aun en su mano.
—Creo que debes hablar es con Hayato —dijo él levantándose también, sacudiendo su pantalón. Tomó el walkie de su cinturón y lo configuró. Le hizo una señal para caminar hacia el camino mientras se comunicaba con el jefe.
Al llegar al camino, Diecisiete dejó salir el jeep y entró. Ren entró a su lado y tomaron rumbo hacia la central, tomaría una hora llegar.
—Fracasé ¿Verdad? —Diecisiete miró a Ren cuando ella pronunció aquella pregunta. Ella estaba mirando la flor en sus manos.
—Sí —dijo Diecisiete sonriendo. Ella también logró sonreír.
—Sigo segura que el humano todavía sigue dentro de ti —le dijo ella, aun sonriendo—. ¿Sabes porqué intenté seducirte?
—Ujum.
—Porque pensé que podría hacerte sentir algo —suspiró y después soltó una risita—. Soy un desastre.
Y se quedaron en silencio por el resto del camino.
Al llegar a la central, Diecisiete se bajó y esperó que ella lo hiciera para poder convertir el jeep en cápsula.
—Adelantate —le dijo ella buscando algo en su mochila—. No encuentro algo.
Sin sospechar nada, Diecisiete desistió de convertir la máquina y entró a la oficina principal. Dentro, encontró a Hayato sentado en su silla detrás de su escritorio y Kai sentado en otra frente a él.
—Trabajo terminado —llamó la atención. El zoólogo y el ranger lo miraron, notó preocupación en sus rostros— ¿Qué pasó?
—Tu reemplazo encontró dos ciervos muertos —respondió Kai—. Fue veneno.
—Eso es extraño —respondió—. Yo he tenido ya dos atentados en una semana.
—¿Otro? —preguntó Hayato. Abrió una de las gavetas de su escritorio y buscó algo. Diecisiete sabía que debía estar buscando los papeles que compró falsificados en la ciudad del Oeste cuando se los pidieron.
No supo cómo, sólo sabía que debía ir ahí a buscarlos.
—No tengo antecedentes, Hayato —aclaró el androide—. Según el sujeto hay como un tipo de organización de cazadores que quieren mi cabeza porque he hecho que metan a la carcel a un montón.
—Eso es malo —la puerta volvió a abrirse y Ren entró, colgándose la mochila al hombro.
—Trabajo terminado —dijo tambié notó la tensión, supo que no era un buen momento—. Oh ¿Interrumpo algo?
—No —dijo Hayato. Luego miró a Diecisiete—. Si quieres puedes tomarte un tiempo —el androide negó con la cabeza.
—Puedo con esto. Además, debemos encontrar los culpables.
—Instalaré algunas cámaras recargables —dijo Kai y Diecisiete asintió.
—Gracias por todo, Diecisiete —le dijo Ren con una sonrisa cuando él se dirigió a la salida. El androide tan solo la miró, y sin que lo previera, una sonrisa salió de sus labios. Caminó hasta el jeep y entró.
Enseguida comenzó a conducir hacia su cabaña, a la paz de su hogar.
Durante el camino, notó que algo sobresalía de la cajuela del jeep. La abrió para notar a la flor de loto guardada y un papel con algo escrito.
«Gracias por todo.
Con cariño.
Ren»
Diecisiete no supo porqué sonreía ahora más, y sobre todo cuando de la zoóloga se trataba. Dejó la carta cerca a la flor y cerró la cajuela.
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—Entonces podría ayudarte con la investigación —dijo Ren. Kai seguía viendo las imágenes que ella había sacado, además de las otras pruebas que poseía.
—Es definitivo, señor Hayato —dijo Kai—. Todavía queda un minotauro aquí —le pasó las imágenes al jefe de los rangers.
—¿Cuando puedes comenzar, Ren? —la zoóloga miró el reloj, eran las dos de la tarde ya y el zoológico lo cerraban a las cinco.
—Podría comenzar mañana mismo si puedo llegar en una hora a la ciudad y dar el informe a mi jefe para poder pedir la investigación.
—¿Te aprueban una investigación rápido? —preguntó Kai— En el departamento ambiental demoran una eternidad —Ren se encogió de hombros.
—El departamento ambiental es una organización muy prestigiosa, debe tener mucho cuidado con las investigaciones que comienza. El zoológico no, apenas busca prestigio… y te juro que esta investigación no la rechazarán, sabiendo lo que hay en juego. Además, ya conocen esta parque y al señor Hayato. Creeme, no rechazarán la oferta de la investigación.
—Bien, Ren —dijo Hayato levantándose de su asiento. Había estado comunicándose por walkie mientras los zoólogos hablaban—. Marie ya viene en camino para llevarte en la nave.
»Esperemos que nos vaya bien en todo esto.
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Por fin, volver a su cómoda y solitaria cabaña le reconfortaba. Bajó de su jeep y simplemente, silbando una tonada, decidió entrar a la cabaña.
Enseguida, notó que había algo extraño en ella, el abrigo en el sofá no era ni suyo, ni de Ren.
—¡Por Kami-sama, Diecisiete! —la voz femenina venía de la cocina, y enseguida se dirigió a ella al reconocerla—. No tienes nada que comer en esta cabaña —ahí, de puntillas revisando minuciosamente la alacena de la cocina, se encontraba su hermana.
El androide gruñó, ahora tendría menos paz de la que esperaba.
Nota: Lo sé. Lo digo siempre XD Pero este cap se ha vuelto mi favorito... Es hermoso, me llena de tanta felicidad. Y es que es el capítulo en donde lo suyo comenzará a aflorar.
Lo amo. Los amo tanto T_T
Espero que les guste, en verdad.
Los quiero a todos
A TODOS.
