CAPÍTULO 14
Kate se apoyó contra la puerta de su casa. Permaneció en silencio hasta que oyó cómo el coche arrancó y comenzó a alejarse.
Fue entonces cuando rompió a llorar. Lloró amargamente, como aquel día en el muelle. Y por la misma razón. Porque le había perdido.
Pero en esta ocasión era aún peor si cabe, porque esta vez había sido ella la que había renunciado a él.
Habría sido tan fácil dejarse llevar. Hubiera sido muy sencillo quedarse junto a él. Habría tenido una familia junto al hombre que amaba. Y sin embargo había elegido quedarse sola de nuevo. Más sola que nunca.
Toda su vida había deseado ser libre y no tener que huir de la justicia. Poder establecerse en algún lugar. Echar raíces. Tener un hogar. Y ahora que nadie la perseguía se sentía peor que nunca. Lo había tenido todo en la mano, a solo una palabra. Pero no era posible. Tuvo que hacer lo que hizo.
Por una vez había hecho algo bien. Le había dado a James la posibilidad de tener a su hija, de criarla, de quererla, de tener un motivo para luchar en la vida. Después de haberle arrebatado a Juliet era lo mínimo que pudo hacer por él. Pero ir más allá no habría estado bien. Hubiera terminado jodiéndole la vida como siempre hacía. Y no quería eso para él. Debía dejarlo así.
Él estaría bien. Lo sabía. Con ella seguramente habrían empezado los problemas. Ella siempre traía problemas. Ella era un problema en si misma. Y habían pasado demasiadas cosas. No tenían ninguna oportunidad. No después de esos tres años en los que otra mujer había conseguido hacerle feliz. Ella no podía ni quería compararse con la dulce Juliet. No soportaría ser su sombra. Simplemente no estaba a su altura y no soportaría hacerle más daño a James. No se lo perdonaría nunca.
Sabía que había tomado la decisión correcta, pero eso no la consolaba.
Secó las lágrimas con las manos y se dirigió a la cocina. Se sirvió un whisky y se lo bebió de golpe.
Estaba realmente asqueroso pero necesitaba dormir. Quizá el alcohol la ayudase a olvidar todas las imágenes y pensamientos que acudían a ella.
Subió a su dormitorio con la botella en la mano. Buscó en su mesita de noche unas pastillas que el médico le había recetado cuando entregó a Aaron. Le ayudaban a conciliar el sueño.
Cogió dos y dando otro trago a la botella las tomó.
Beber de la botella le recordó a aquella noche en la isla en la que salieron a buscar al jabalí que la tenía tomada con Sawyer. Jugaron a un juego estúpido mientras bebían a la luz de la hoguera. Aquella noche ella le confesó que había matado a un hombre. Y a él no le había importado, no había hecho preguntas, no la había juzgado. Simplemente le dijo que él también.
Al contrario que a Jack, a Sawyer nunca le importó el pasado de Kate. Ambos sabían que habían hecho cosas muy malas, pero también eran capaces de comprenderse mutuamente. Siempre se habían entendido. Sobraban las palabras, sobraban las explicaciones, las justificaciones. Sólo importaba el presente.
Pero ahora era distinto. Habían salido de allí y había que mirar al futuro. Y ella, por el bien de él y de la niña, no debía formar parte de ese futuro.
Y cuando el alcohol y las pastillas hicieron efecto se durmió entre lágrimas.
James detuvo el coche frente a su casa. Había hecho el trayecto pensando en lo que había hecho. Había vuelto a cagarla.
Ni siquiera se le había ocurrido decirle a Kate lo que le dijo. No es que no hubiera pensado que ahora quizá pudieran tener una oportunidad, pero no tenía intención de decírselo a ella tan pronto. Era un bruto. Esa mujer había perdido al hombre que amaba y al niño que consideraba suyo el mismo día. Y él parecía un puto buitre esperando la oportunidad para lanzarse a por los restos sin respetar su dolor.
Ella se preocupaba por él, buscó a la niña. Y él lo único que hizo fue tirar el anzuelo a ver si pescaba. Se maldijo a si mismo por haber hecho lo que hizo.
Ella necesitaba ayuda, se había quedado completamente sola. Y él, en lugar de ofrecerle su hombro, su ayuda, su protección… Dios! Qué pensaría ahora ella de él? Que era un pervertido sin escrúpulos? Que estaba buscando una mujer para que lo ayudara a criar a la niña? Maldita sea! No era esa su intención. Se dejó llevar por la tarde que habían pasado. Parecían una familia. Una familia feliz. Durante toda la tarde había pensado que quizá, quizá pudiera ser que ella y él… Y se lo había soltado sin más. Sin pensar en ella, sin tener en cuenta que ella no… Dios! Maldito hijo de perra!- pensó odiándose así mismo.
Pero ahora no tenía tiempo de pensar más. Había una personita detrás durmiendo que necesitaba su atención.
Salió del coche, abrió la puerta trasera y miró a la niña durante un minuto. Dormía plácidamente, con una expresión de tranquilidad en su rostro. No podía hundirse ahora. No podía salir a cualquier bar de carretera a emborracharse y a pegarse con el primer hijo de perra que le mirara mal. Era lo que solía hacer en estos casos. Era lo que hacía cuando se sentía mal. Pero ahora no podía pensar sólo en él. Ella estaba ahí, durmiendo. Y no se merecía tener un padre que fuera un jodido cobarde.
Cogió a la niña en brazos y entró a su casa.
La nena ni se movió. Estaba profundamente dormida.
No tenía aún los muebles, y la ropa y el resto de cosas estaban en el coche. Así que la subió a su dormitorio, le quitó los pantalones y los zapatos y la acostó en su cama.
Se sentó a un lado de la cama y la miró dormir. No pudo evitarlo y acarició un mechón de pelo que se le había soltado de la coleta.
Era preciosa y muy lista. Iba a darle problemas cuando se hiciera mayor. Tendría que ocuparse de los tipos que se le acercaran con malas intenciones. Cómo era posible que estuviera pensando en eso cuando sólo hacía unas horas que la tenía a su lado? Cómo era posible que sintiera lo que fuera que estaba sintiendo hacia aquella pequeña persona que tenía delante?
Sería realmente un buen padre, como ella le dijo?
Bien, no tenía ni puta idea. Seguramente metería la pata mil veces, como siempre hacía. Pero de lo que sí estaba seguro es de que lo iba a intentar con todas sus fuerzas. Él no iba a ser un cobarde como lo había sido su padre quitándose de en medio y dejándolo solo. No, él no. Quizá no fuera el mejor padre que la niña pudiera tener, pero era el que tenía y lo tendría siempre.
Y pensando esto se agachó, y extrañado de lo que estaba haciendo le dio un beso en la frente.
Clementine se giró hacia el otro lado, sin duda durmiendo, pero dijo:
-Buenas noches, papá
Él se levantó de la cama y marchando hacia la puerta contestó:
- Buenas noches, enana
