Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.
Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.
Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.
ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.
— Capítulo 14 —
Una nueva luz
Cuando Alibaba recobró la conciencia, notó que el techo de su dormitorio se encontraba frente a sus ojos. No le costó trabajo hacerlo, pero le trajo una ligera sensación de nostalgia. ¿Cuándo había sido la última vez que estuvo allí? Desde hacía tres semanas, el cuarto de Kouen había pasado a convertirse también en el suyo. Él se lo había pedido una noche, luego de entender que no tenía sentido continuar durmiendo separados, si todas las mañanas, Alibaba amanecía atrapado entre los brazos de Kouen, arrebujado en su inconfundible calor.
Parpadeó un par de veces e intentó recordar el porqué estaba tendido en su cama, pero se sentía desorientado, y los recuerdos parecían difusos en su memoria. Lo último que recordaba era un mareo en pleno pasillo, ¿pero después qué pasó?
Se removió despacio sobre el colchón y vio a Kouen sentado a su lado, en un sillón.
—Kouen... —murmuró—. ¿Qué me ocurrió?
—Eso mismo quisiera saber —dijo él con seriedad—. Koumei te encontró inconsciente en el suelo.
Alibaba se sentó despacio y apoyó la espalda en mullidos almohadones.
—De pronto no me sentí bien —comentó, repasando aquel instante que todo se desvaneció—. No sé qué pasó.
Kouen cruzó los brazos y entornó la mirada.
—Por eso estabas tan pálido. —Escrutó su rostro. —Dime una cosa, ¿es primera vez que te ocurre algo así?
Vacilante, Alibaba esquivó la mirada y aguardó en silencio. Sabía que no conseguiría nada ocultando la verdad, pero ni siquiera él entendía lo que le pasaba. Mareos, debilitamiento, palidez y semblante ojeroso no eran síntomas que pudieran darle un diagnóstico más relevante que simple cansancio.
—Desde hace unos cuantos días... no me he sentido muy bien —confesó—. Pero es solo cansancio. No le he dado importancia porque supongo que se debe a... —Con un débil rubor apoderándose de sus mejillas, no hizo falta añadir más, pues era obvio a lo que se refería.
—¿Qué no hacías lo mismo con ese idiota en Sindria? —preguntó Kouen con un tono cáustico y malicioso.
Alibaba frunció el ceño.
—¿Por qué siempre lo mencionas? —protestó—. Eso no tiene nada que ver.
—Claro que lo tiene —le rebatió Kouen—, porque así descartamos que tu desmayo se debe a mi causa, y buscamos otro responsable.
—Ya te dije que no fue nada grave —insistió—. Solo fue un simple desmayo por cansancio.
Kouen arrugó el entrecejo y lo taladró con la mirada. No sacaba nada con reprenderlo e insistirle que lo ocurrido no era un simple desmayo. Koumei lo había encontrado tendido en el suelo, demasiado pálido y con las marcas propias de la ausencia de Magoi en el cuerpo.
Alibaba vio hacia la ventana y recordó lo que estaba por hacer antes que perdiera el sentido.
—¡El viaje! —exclamó—. Debo partir o se me hará tarde.
—Olvídalo —le atajó Kouen—. Iré yo.
—¿Por qué? —Se incorporó sobresaltado. —Se supone que debo ir yo. El carruaje aún debe estar esperán-
—Eso ocurrió ayer. —Alibaba lo miró desconcertado. —Dormiste todo el día.
Al ver que Alibaba no podía articular palabra alguna, Kouen se puso de pie y le sujetó del rostro. Al ver sus ojos notó cómo estos lucían angustiados y confundidos ante una incertidumbre que no parecía tener respuesta aún.
—Encontraremos la causa de tu desmayo. Por ahora permanece en cama y recupera tus fuerzas.
Alibaba no sabía qué decir. ¿Cómo un simple desmayo le había mantenido inconsciente todo un día? Había subestimado sus síntomas, y ahora afrontaba la realidad.
De pronto llamaron a la puerta y Morgiana ingresó a la habitación con una charola en las manos.
—Buenos días, Alibaba —dijo ella, depositando la bandeja sobre el buró.
Kouen aprovechó para caminar hasta la puerta y, antes de marcharse, se dirigió a Morgiana.
—Asegúrate de que permanezca en cama.
—Oye, no estoy enfermo —se quejó Alibaba, saliendo finalmente de su mutismo.
Kouen se devolvió y plantó a los pies de la cama.
—Hasta que no sepamos qué es lo que tienes, harás caso a lo que te digo. ¿Me has entendido?
Alibaba frunció el ceño y esquivó la mirada.
—Regreso en tres días —señaló Kouen, y salió de la habitación.
Una vez a solas, Morgiana habló.
—¿Cómo te sientes?
—Estoy perfectamente —contestó Alibaba, cruzándose de brazos—. No necesito quedarme acostado.
—Deberías hacerle caso —le rebatió Morgiana, refiriéndose a Kouen.
—Es un exagerado.
—Dormiste todo el día de ayer —insistió ella con preocupación—. Intentaron reanimarte pero tú no despertaste. No creo que sea exageración.
Alibaba bajó la mirada con pesar.
—Kouen estaba preocupado —murmuró—. Lo pude ver en sus ojos, aun cuando lucía molesto.
—Se quedó contigo todo el día y toda la noche.
Una pequeña emoción se apoderó del cuerpo de Alibaba al pensar en la actitud de Kouen. Él siempre demostraba cuánto le importaba a pesar de todo, incluso en situaciones como estas permanecía a su lado. Kouen tenía esa capacidad para priorizar sus intereses, y en este último tiempo, no le había defraudado. Aun así, la culpa por forzarlo a preocuparse y viajar en su lugar no le dejaba tranquilo. Ahora debía quedarse en Balbadd pensando en lo que podría hacer para compensar su falta.
—Por mi culpa él tuvo que hacerse cargo de mi trabajo y viajar —murmuró apesadumbrado.
—No deberías sentirte mal por eso. —Morgiana cogió la charola del buró y la acomodó en sus piernas. —Estoy segura que si las cosas hubieran sido al revés, tú habrías hecho lo mismo que él.
Alibaba asintió con una sonrisa mientras contemplaba su desayuno. Un vaso de leche fresca, pan y frutas, todo dispuesto para que recobrara las energías y dejara atrás tan desafortunado episodio como el de ayer.
—Ahora solo quiero hacer algo para compensar su sacrificio —declaró—. Y la cama no tiene que ser un impedimento. Ya no tengo motivos para continuar acostado.
—Dejaré que te levantes siempre y cuando tomes tu desayuno —dijo Morgiana—. Y prometas que si te vuelves a sentir mal, descansarás.
Alibaba rodó los ojos.
—No me trates como a un niño —se quejó.
—A veces te comportas como uno —refutó ella.
Entre protestos, Alibaba se sirvió su desayuno, esperando seguir con sus labores y así demostrarle a Kouen que sus excesivos cuidados eran innecesarios.
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Para suerte de Alibaba, el incidente que forzó a Kouen a viajar en su lugar no volvió a repetirse. Retomó sus deberes y reemplazó a Kouen durante la reunión con el consejo, dejando clara su postura y que en esta ocasión no se dejaría amedrentar ni mucho menos ignorar por quienes lo menospreciaban. Incluso Koumei, que quedó a cargo de Balbadd, se sorprendió al verle tan resuelto y confiado mientras expuso las ideas que Kouen tenía preparadas para la asamblea. Alibaba tenía muy presente que, si por su causa Kouen había tenido que marcharse en su lugar, él asumiría toda la responsabilidad.
Estaba convencido que no volvería a manifestar más problemas que interfirieran con su salud y desempeño. Se sentía mejor que nunca, tanto así, que un día antes que Kouen volviera, decidió reunirse con sus amigos en el patio de entrenamientos del palacio para practicar un poco de esgrima con Toto y Olba.
Llevaban parte de la tarde entrenando y, por vencer en cada enfrentamiento, Alibaba se sentía muy seguro y confiado.
—Vamos, ¿qué les pasa? Creí que serían oponentes dignos —dijo, burlándose al ver que Olba no conseguía vencerle.
—Tu problema es que te vuelves un idiota arrogante cuando ganas un par de veces —se quejó él.
—Alibaba ser muy inmaduro —señaló Toto de pie junto a Morgiana—. Tener el ego alto y ser fanfarrón.
Alibaba ignoró las críticas e infló el pecho con orgullo.
—Solo porque mi técnica de esgrima es la mejor se quejan. —Movió su espada, alardeando con ella, y se preparó para el siguiente encuentro—. Continuemos, y veamos si esta vez alguno puede vencerme.
—Toto vencer a Alibaba varias veces en el coliseo —dijo Toto—. Ahora Alibaba presume como tonto.
—¡Pero ahora voy ganando yo! —chilló Alibaba.
Olba aprovechó el descuido de Alibaba y realizó el primer movimiento, sin embargo, Alibaba sabía bien cómo esquivar su ataque y usarlo en su contra. Afianzó el agarre de su espada y la alzó contra él a la espera del encuentro, pero un repentino malestar punzó en su bajo vientre, desconcentrándolo. Olba se percató y desvió su ataque, deteniéndose a solo centímetros del rostro de Alibaba.
—¿Alibaba?
Alibaba se llevó las manos al vientre, tocándolo al sentir que el dolor era demasiado incómodo.
—¿Te sientes bien? —preguntó Morgiana, acercándosele.
Confundido y, tratando de ignorar la molestia en su vientre, retomó su postura de ataque.
—Estoy bien —contestó—. Sigamos.
Olba se preparó nuevamente y atacó. Alibaba también lo hizo, pero una nueva punzada, esta vez aún más fuerte, le hizo emitir un quejido y soltar su espada, llamando la atención de sus amigos.
—¡Alibaba!
—Descuiden, no es nada —dijo, apoyando las manos sobre su vientre al sentir que malestar aumentaba—. Solo es un pequeño dolor de estómago.
—Deberíamos dejarlo por hoy —sugirió Morgiana al notar que su rostro lucía demasiado pálido y ojeroso.
—Lo siento. —Alibaba enfundó a Amon y volvió a apoyar, esta vez con disimulo, una mano en su vientre. —De todos modos no puedo quedarme; Kouen llega esta noche, y no quiero que me regañe. Continuemos otro día.
—Como quieras —dijo Olba, encogiéndose de hombros—, pero que quede claro que este encuentro lo gané yo.
Ignorando la arbitraria decisión de Olba, Alibaba regresó al interior del palacio. Caminó despacio, resintiendo en cada paso la molestia en su vientre, que arrojaba punzadas como pequeñas agujas clavándosele en el interior. Subió hasta su dormitorio y, tras encerrarse en él y apoyar la espalda en la puerta, se llevó ambas manos al vientre, frotándolo suavemente mientras intentaba encontrar una explicación que justificara su malestar.
—¿Por qué? —se preguntó en voz alta con la vista fija en sus manos, que acariciaban su vientre, en un intento por disminuir el dolor.
Al ver que la respuesta no llegaría —al menos no en ese momento—, dejó la puerta y se encerró en el baño. Allí preparó la bañera y, tras desvestirse, se metió en ella, dejando que el agua relajara su cuerpo y aliviara el malestar de su vientre, que pareció apaciguarse paulatinamente a medida que el jabón y el agua tibia hacían efecto en él.
Con la cabeza y los brazos apoyados en el borde de la bañera, dejó que su mente se relajara. Después de pasar tres días sin incidentes que le recordaran el motivo por el cual Kouen había viajado, volvía a inquietarse. Hubiera querido ignorar el asunto, fingir que nada había pasado y seguir practicando con sus amigos. Pero tal vez fuera porque su cuerpo le había traicionado en pleno entrenamiento, forzándole a retirarse por ese agudo dolor en su vientre, que la idea de descansar antes que Kouen llegara le parecía mucho más razonable que intentar convencerse de que todo estaba bien.
Después de casi media hora pensó que ya era hora de salir de la bañera. Resignado se levantó y cogió una toalla, secándose despacio mientras se contemplaba distraídamente en el espejo empotrado en una de las paredes de la habitación. Agradecía que el malestar en su vientre haya disminuido, pero no quiso tentar su suerte, por lo que se vistió rápidamente y salió al dormitorio. Fue directo hasta su cama y se tendió en ella. Con la cabeza apoyada cómodamente en la almohada observó el atardecer anaranjado que teñía el cielo de Balbadd. Pronto anochecería y vería nuevamente a Kouen. Lo extrañaba, lo suficiente para ansiar su regreso.
Cerró los ojos y se relajó. Sabía que si dormía un poco antes que él llegara no tendría que preocuparlo con absurdos malestares.
En cuestión de minutos el cansancio lo venció, sin darse cuenta que sus manos habían terminado sobre su vientre, acariciando aquella zona con un cuidado inusual.
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A lo lejos escuchaba su nombre. Parecía un eco distante que le llamaba entre la espesa niebla. Aun así, sabía a quién pertenecía esa inconfundible voz. Con lentitud abrió los ojos y distinguió una silueta frente suyo. Parpadeó y, en medio de la penumbra de la habitación, logró distinguir el rostro serio e inmutable de Kouen.
—Llegaste al fin —murmuró esbozando una sonrisa—. Bienveni-
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kouen, interrumpiéndole.
Alibaba se incorporó despacio. Con disimulo, se llevó una mano al vientre y notó con alivio que ya no sentía dolor.
—Preferí usar mi dormitorio durante tu ausencia —contestó—. No quise darles motivos a los miembros del consejo para que reclamaran por usar el tuyo.
Kouen frunció el ceño.
—Me dijeron que no bajaste a cenar.
Aún adormilado, Alibaba se estiró y trató de desperezarse. El descanso le había sentado bien, aunque aún deseaba seguir durmiendo un poco más; esta vez, entre los brazos de Kouen.
—No escuché nada. —Se frotó los ojos y bostezó. —Me dormí profundamente.
—¿Descansaste como te lo ordené?
—Sí.
—Mientes —masculló tajante Kouen—. Estuviste trabajando y entrenaste con tus amigos. ¿No escuchaste cuando te ordené que descansaras?
—¡Pero si no estoy enfermo! —exclamó Alibaba, sentándose de sopetón en la cama—. ¡Estoy bien!
—¡Te desmayaste y dormiste un día entero! —le rebatió Kouen— ¡¿A eso le llamas estar bien?!
—Estás siendo exagerado —dijo Alibaba, resoplando disgustado—. Sé cuidarme solo.
—No lo parece. —Kouen se cruzó de brazos y lo vio fijamente. —Dime, ¿por qué estabas durmiendo tan temprano? ¿Te sentías mal?
Alibaba tensó los labios y esquivó la mirada.
—Solo tenía sueño —respondió, encogiéndose de hombros.
—No me mientas —replicó Kouen con enfado.
—No te miento —insistió Alibaba. Resopló nuevamente y bajó el tono de su voz—. Escucha, no quiero que te preocupes por algo que no se ha vuelto a repetir. No me pasa nada malo, ¿de acuerdo? —Alcanzó su rostro y lo acarició. —Estoy bien, me siento bien. Además, estoy contento porque regresaste. Me hiciste mucha falta.
Kouen intentó continuar molesto, hacer de la irresponsabilidad de Alibaba un motivo para ignorar sus suaves palabras y su mirada ilusionada por su regreso, pero no pudo. Los tres días que permaneció fuera se le hicieron eternos y pesados, lo suficientes para extrañar a Alibaba cada minuto que estuvo sin él.
—Yo también te extrañé, pero no conseguirás que te perdone por desobedecerme.
Alibaba soltó una pequeña risa y pasó los brazos alrededor su cuello, atrayéndolo hacia sí.
—¿Y qué puedo hacer para que me perdones? —Kouen pensó en la respuesta, pero había adivinado las intenciones de Alibaba al ver sus ojos cargados de un brillo lujurioso que pudo ver incluso bajo la luz de la luna filtrándose a través de las ventanas de la habitación. —¿Aceptarías pasar la noche aquí conmigo? Prometo compensarte muy bien por mi desobediencia.
Kouen entornó la mirada y sonrió con malicia.
—¿Estás diciendo que quieres un castigo? —Alibaba se relamió los labios y comenzó a desvestirlo. —Eres un maldito desvergonzado.
No hubo necesidad de continuar protestando o buscando excusas para seguir molesto. En silencio y, expectante a su determinada actitud, Kouen dejó que Alibaba cumpliera su palabra y le hiciera olvidar los tres días que permanecieron separados. No le fue difícil dejarse llevar por la creciente pasión con la que él le besaba y lamía mientras le retiraba con ansiedad la ropa.
Lo vio tan decidido y enérgico, tan dispuesto a complacer cada uno de sus caprichos, que se entregó a sus atenciones, a la excitación de su mirada y a la pericia de sus caricias y besos el resto de la noche.
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Alibaba creyó que el incidente que suspendió su viaje y el inusual dolor en su bajo vientre no volverían a repetirse, pero con el correr de los días estos episodios se repitieron, forzándole en más de una ocasión a descansar a mitad de tarde o acostarse más temprano. Su cuerpo había entrado en un extraño estado de agotamiento aun cuando no hacía nada que requiriese mayor esfuerzo del que ya estaba acostumbrado. Pero más allá de inquietarse ante la incertidumbre de lo que lo aquejaba, lo que le abrumaba era advertir el rostro de Kouen sumido en la preocupación cada vez que le veía tendido en la cama o sentado en algún sillón a la espera que un repentino mareo se le pasara.
Día a día se esforzaba por evitar que esto se convirtiera en un impedimento para su vida, pero lejos de mejorar estaba empeorando. Y lo que al principio parecía solo una tontería sin importancia, ahora era el causante de que sus amigos y conocidos volcaran toda su atención en su desmejorado estado de salud.
Durante la cena apenas tocó su plato. Desde la tarde aquel molesto dolor en su bajo vientre había aparecido una vez más, punzando con insistencia, como si algo en su interior se estuviera desgarrando. Kouen no lo sabía; era lo único que Alibaba había logrado ocultarle para evitar que su preocupación aumentara, por lo que intentaba soportar lo que más pudiera, aun cuando a ratos, el dolor pareciera volverlo loco.
—¿Te sientes bien? —La voz de Kouen lo trajo de vuelta a sus sentidos.
—Sí —contestó, revolviendo su plato.
—No has tocado tu cena.
—Estoy un poco cansado. —Se puso de pie. —Me iré a acostar. Buenas noches.
Koumei y Kouen lo observaron marcharse del comedor. Una vez a solas, Koumei no dudó en comentar la situación.
—No se veía nada bien. ¿Crees que esté ocultándote algo?
Kouen lo observó fugazmente mientras cortaba un trozo de carne.
—Algo como qué.
—Quizá tiene otros síntomas además de los mareos, pero no quiere decirlo.
Dejando a medio camino el tenedor de su boca, Kouen lo miró fijamente.
—¿Por qué lo haría?
Koumei se encogió de hombros.
—Porque serías capaz de atarlo a la cama con tal de que se mejore.
—Obviamente lo haría. —Kouen se llevó el tenedor a la boca y masticó la carne sin prisa. —Pero si tuviera algo más ya lo habría notado.
—Aún no sabemos por qué ese día que se desmayó, su Magoi parecía haberse drenado —señaló Koumei—. ¿Tienes alguna idea de lo que pudo sucederle?
Kouen no supo qué contestar. Si lo pensaba detenidamente, Alibaba se había encargado de engañarlo muy bien cada vez que lo notaba pálido o cansado. Siempre una excusa, siempre una sonrisa o un gesto indolente para evitar que se preocupara. Pero tenía que haber notado desde el principio que la ausencia repentina de Magoi en el cuerpo sin motivo alguno era algo que no podía subestimarse.
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Después de cenar, Kouen se encerró en la biblioteca en busca de información que esclareciera la condición que aquejaba a Alibaba. Leyó cada libro que tenía a su alcance hasta las tres de la mañana, pero al no hallar nada que le sirviera, decidió irse a dormir con la idea en mente de mandar a pedir algunos textos a Rakushou. La colección de pergaminos antiguos y libros que poseía el Imperio era la más completa de todas las naciones. Y estaba convencido que en alguno de esos escritos estaría la respuesta que necesitaba.
Ingresó al dormitorio y vio que Alibaba dormía profundamente. Se cambió de ropa y se recostó a su lado. Lo contempló unos momentos y con su mano derecha le acarició suavemente el rostro, disfrutando de su expresión entregada al relajo. Era en momentos como este que cualquier preocupación quedaba fuera de su mente. Ver a Alibaba a su lado lo tranquilizaba, deseando que el tiempo se detuviera para seguir deleitándose con la belleza de su rostro y la tersura de su piel.
Tras un bostezo se metió bajo las sábanas y apegó su cuerpo al de Alibaba, pero notó algo húmedo y cálido en el colchón. Palpó con su mano y, al ver su palma, esta se encontraba manchada de un intenso color rojo. Sorprendido, se incorporó y tiró de las sábanas: había un charco de sangre sobre ellas, y provenía de entre las piernas de Alibaba.
—¡Alibaba! —Lo sacudió, pero él no respondió. Más de cerca, se percató que unas venas sobresalían de su cuello y mejillas—. Alibaba reacciona. —Palmeó insistentemente su rostro, sin resultados. Estaba muy pálido y su piel se había vuelto fría al tacto.
En su desesperación, Kouen continuó en su intento por reanimarlo mientras la sangre continuaba tiñendo de rojo las sábanas. Sea lo que estuviera sucediéndole, estaba acortando su vida rápida y peligrosamente.
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Con la luz de la mañana entrando por las ventanas, Alibaba despertó, sintiéndose aturdido y muy cansado. Otra vez tenía esa sensación extraña en el cuerpo, como si hubiera utilizado su Magoi durante una ardua batalla. Observó a su alrededor y encontró a Morgiana dormitando sentada en uno de los sillones del dormitorio. La imagen se le hizo vagamente familiar, y tuvo miedo de preguntar qué había pasado esta vez.
—¿Morgiana? —la llamó, notando su propia voz pastosa y ronca.
Ella despertó al instante y, tras dejar la comodidad del sillón, se le acercó.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Alibaba la miró confundido. No sabía a qué se refería.
—Estoy bien —contestó—, solo aturdido. ¿Por qué estás aquí?
Los ojos de Morgiana le vieron con aflicción.
—Anoche sufriste una hemorragia. Mientras dormías, comenzaste a sangrar.
Alibaba se incorporó sorprendido, pero sintió los brazos aletargados y el cuerpo pesado.
—No entiendo —murmuró—, ¿sangrando? ¿Por qué? ¿De dónde?
Morgiana no sabía bien cómo explicarle. Desconocía los verdaderos detalles de lo sucedido, pero relatándole lo que Kouen le había comentado, Alibaba entendió y sintió una opresión de angustia en el pecho.
—Kouen logró detener el sangrado usando a su Djinn Phenex. Te salvó la vida.
Alibaba no lo entendía. ¿Cómo de pronto sufría males de esa manera? ¿Sangrar? Era imposible. Sus malestares eran solo una tontería, nada más. No podían llevarlo al borde de la muerte.
Abrumado, observó sus manos y notó lo pálida y frías que se encontraban.
—¿Y Kouen? ¿Dónde está?
Morgiana miró hacia la puerta.
—Lleva toda la mañana encerrado en la biblioteca. Dijo que buscaría información para saber qué es lo que tienes.
—¿Lo que tengo? —Alibaba sonrió con nerviosismo. —Yo no tengo na-
—Alibaba. —Morgiana alzó la voz, interrumpiéndole. —Los magos que te atendieron anoche, luego que Kouen detuvo el sangrado, dijeron que estabas perdiendo Magoi.
—¿Qué?
—Tu cuerpo está dejando escapar Magoi y eso es lo que provoca tus mareos y sangrados. —Bajó la mirada y cerró los puños sobre la tela de su vestido. —Si no encuentran la causa, podrías morir.
Alibaba enmudeció atónito. No podía creer que su Magoi nuevamente le causara problemas. Inconscientemente se llevó una mano al vientre y observó con angustia hacia la ventana; necesitaba entender por qué una vez más se veía enfrentado a un conflicto con su propia energía. ¿Qué o quién era el que provocaba que su Magoi se agotara y debilitara su cuerpo?
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Nadie quería hablar del asunto, mucho menos si se volvían cada vez más frecuentes. Habían sucedido seis semanas desde el primer incidente, y la salud de Alibaba agravó considerablemente. Su debilitado cuerpo lo obligó a permanecer en cama y esperar por una cura, aun cuando se desconociera lo que realmente le sucedía. Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, víctima del cansancio ante la falta de Magoi que se drenaba de su cuerpo. Y aunque los esfuerzos de los magos al servicio del Imperio por ayudarlo resultaban inútiles, a Alibaba aún le quedaban fuerzas para aguantar.
Encerrado en la biblioteca, Kouen pasaba días enteros en busca de algo que sirviera para detener lo que fuera que estuviera debilitando a Alibaba. Pero incluso los antiguos textos de Kou resultaron inútiles. Nada explicaba su condición y cómo impedir que su Magoi continuara desapareciendo de su cuerpo.
Agobiado, repasó la noche en la que lo vio desangrarse en la cama. Aún se estremecía al recordarlo, porque en ese momento tuvo miedo. Miedo de perderlo y no poder hacer nada para evitarlo. Como primer príncipe de Kou, siempre creyó tener la capacidad para lograr lo que fuera sin importar las consecuencias. Guerras, conquistas, dominio y poder; sus habilidades para conseguir cada una de ellas eran incomparables, y sabía que en esta ocasión no sería la excepción, pero con el correr de los días la realidad golpeó su cara, y comprendió que no tenía el poder para salvar la vida de Alibaba, y se sintió impotente e insignificante. Por primera vez experimentaba el sabor amargo de una derrota, y aunque esta parecía imposible de superar, no estaba dispuesto a bajar los brazos y rendirse a ella.
Pasada la medianoche, Koumei ingresó a la biblioteca. Le preocupaba ver a su hermano consumirse por causa de Alibaba. Sabía que convencerle de desistir sería inútil, pero al menos quería acompañarlo y demostrarle que no estaba solo.
—Deberías al menos descansar un poco —señaló mientras se sentaba frente a él, al otro lado de la mesa.
Kouen dejó la lectura un rato y se sujetó el puente de la nariz con la punta de los dedos. Tenía ojeras visiblemente marcadas y un semblante pálido y demacrado.
—Aún no logro encontrar la causa de su enfermedad. —Observó el libro que leía y lo cerró con desprecio. Cogió otro de la pila que había sobre la mesa y comenzó a leerlo. —Se está muriendo, y no sé qué hacer.
—Pero con matarte tú no lo salvarás —señaló Koumei con seriedad.
—¿Y qué quieres que haga? —masculló Kouen, golpeando con el puño cerrado la mesa—. ¿Quieres que me quede de brazos cruzados?
—Entiendo cómo te sientes.
—No, no lo entiendes —refutó—. De la noche a la mañana a ese idiota se le ocurre enfermar y nadie sabe qué diablos le sucede. —Cerró ambos puños con fuerza hasta empalidecer sus nudillos. —Estoy viéndolo morir poco a poco, y no tengo el poder para salvarlo.
Koumei suspiró.
—Tal vez estamos buscando en el lugar incorrecto —señaló. Cogió un libro al azar y lo hojeó—. Tal vez no sabemos realmente dónde comenzar a buscar.
—¿De qué hablas? —preguntó Kouen.
Con desgano, Koumei cerró el libro y lo dejó a un lado. Se cruzó de brazos y analizó la situación.
—Pensemos desde cuánto se ha estado sintiendo mal y qué clase de síntomas tiene —articuló.
Kouen abandonó su lectura y se reclinó contra el respaldo de su sillón.
—Él nos lo dijo: comenzó a sentirse mal unos días antes de que lo encontraras inconsciente en el corredor.
—¿Qué fue lo que cambió para que enfermara?
—No ha habido nada fuera de lo común.
—¿Estás seguro?
Kouen aguardó.
—¿Tratas de decir que... desde que estamos juntos?
—Asumamos que enfermó desde que ustedes tuvieron relaciones —indicó Koumei—, pero ¿por qué está teniendo esos síntomas? Si fuera alguna clase de enfermedad tú también deberías tenerlos, lo que nos indica que no es una enfermedad propiamente tal. No es ninguna clase de virus que se contagie. Es algo más.
—Algo como qué.
—Algo que solo a él le ha afectado.
Guardaron silencio y se vieron a los ojos tras llegar a la misma conclusión.
—La organización. —Kouen se puso de pie. —Lo que le hicieron esa noche.
—¿Pero por qué ahora muestra síntomas? —Koumei no parecía convencido.
—Eso es lo que hay que averiguar —dijo Kouen. Apoyó ambas manos sobre la mesa y las empuñó con frustración—. Nunca le tomamos el suficiente peso más allá de un mal recuerdo. Pero lo que le hicieron esa noche tal vez esté provocando que pierda Magoi.
Reflexivo, Koumei se llevó la mano derecha al rostro, recordando detalles de aquella noche que pudiera dar alguna pista.
—Tiene sentido. —Observó distraído la ruma de pergaminos dispersos sobre la mesa. —Aunque no sabemos exactamente qué planeaban hacerle.
—Tú viste lo que le hicieron —insistió Kouen—. ¿No tienes al menos una idea?
Koumei repasó en su memoria lo que vio esa noche y frunció el ceño.
—Parecía un ritual —contestó—, pero no sé de qué tipo.
—Si averiguamos qué clase de ritual le hicieron esa noche sabremos lo que tiene, y podremos curarlo.
—¿Y si no es así? ¿Y si ese ritual no es la respuesta?
Con el semblante abatido, Kouen bajó la mirada y vio sus puños temblando sobre la mesa.
—Es lo único que nos queda.
Un solado irrumpió de pronto en la biblioteca, visiblemente alterado.
—¡Su majestad! —exclamó, inclinándose ante Kouen.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Es el príncipe Alibaba. Él...
De inmediato, Kouen y Koumei dejaron la biblioteca y corrieron escaleras arriba hasta el cuarto de Kouen. Cuando ingresaron, vieron a Alibaba destruyéndolo todo. Jarrones, ventanas, incluso el gran espejo del dormitorio fue víctima de su furia.
Kouen se le acercó rápidamente y lo asió de los brazos.
—¡Suéltame! —gritó Alibaba, sacudiéndose para liberarse.
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —le gritó—. ¡¿Te volviste loco?!
—¡Suéltame! ¡No me toques!
Alibaba consiguió soltarse y, con Amon en la mano, liberó su poder, convirtiéndola en una sólida y ennegrecida espada de mayor tamaño.
—Deja eso —le pidió Kouen—. Estás malgastando tu Magoi.
—Cállate, ¡Cállate! —aulló, dirigiendo su espada contra él—. No quiero que me hables.
Los guardias y Koumei, que presenciaban la escena, aguardaban expectantes bajo el umbral de la puerta sin atreverse a ingresar al dormitorio al ver que Alibaba, alterado y descontrolado, podía atacar a cualquiera que se atreviera a intervenir. Kouen parecía ser el único que continuaba imperturbable, pero en su semblante se había acentuado en una profunda preocupación mientras que sus ojos se tornaban álgidos y determinados.
—¿Qué piensas hacer? —dijo, adoptando una postura indiferente—. ¿Acaso piensas atacarme?
Las manos de Alibaba se cerraron con fuerza alrededor de la empuñadura de su espada. Sus hombros temblaban y un rukh teñido de negro había comenzado a manar de su cuerpo.
—Por tu culpa perdí mi país —masculló con rabia—, perdí la fe de las personas. Lo perdí todo. ¡Todo! ¡Todo es tu culpa!
Kouen no creía que Alibaba fuera quien en realidad dijera esas palabras. Podía ver un profundo y creciente odio en su mirada, pero sabía que ese sentimiento provenía de alguien o algo que nublaba su mente y se apoderaba de su cuerpo. Y la responsabilidad de Al-Thamen en todo esto cobraba mayor sentido.
—Si vas a atacarme, hazlo ahora.
El rostro de Alibaba se crispó furioso y, con un movimiento inesperado, se lanzó sobre Kouen. Alzó su espada contra él, pero se detuvo de pronto al sentir que su cuerpo se entumecía y sus brazos perdían la fuerza para sostener su espada. La dejó caer al suelo a la vez que sus ojos comenzaron a derramar sangre y unas venas se asomaban en su rostro. Intentó sostenerse en pie pero su conciencia se desvaneció.
Kouen lo alcanzó a sujetar y comenzó a llamarlo con preocupación. Lo cargó en brazos y depositó en la cama con cuidado. Koumei se acercó preocupado.
—¿Necesitas otra prueba para saber que la organización está detrás de todo esto? —masculló Kouen mientras continuaba en su intento por despertar a Alibaba.
Koumei negó, enmudecido. Desconocía el objetivo de Al-Thamen y lo que habían hecho con Alibaba esa noche, pero después de lo que había recién presenciado, lo averiguaría a toda costa.
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Durante la mañana, Alibaba logró recobrar el sentido. Se sentía aún más cansado que la última vez, y eso lo asustó. Intentó levantarse, pero la cabeza le pesaba. Resignado, permaneció quieto sobre la cama y a su campo de visión llegó la figura de Kouen, que le veía fijamente sentado en el sillón. Su expresión seria y sus ojos opacados por el cansancio lo estremecieron.
—¿Aún quieres matarme? —le oyó decir.
—¿De qué... hablas? —preguntó confundido.
—Anoche enloqueciste.
Aún con la mente adormilada, Alibaba forzó su memoria, pero estaba se encontraba completamente obnubilada.
—Destruiste la habitación y me amenazaste con tu espada.
Alibaba se sentó de golpe, pero un vértigo hizo que la habitación girara a su alrededor. Se llevó la mano al rostro y cerró los ojos con fuerza. Parpadeó un par de veces y, al recuperar la nitidez de la visión, quiso preguntarle a Kouen qué trató de decir.
—No te muevas de esa forma, idiota —masculló él, sujetándolo por los hombros.
—¿De qué hablas? —preguntó, ignorando su orden—. ¿Por qué destruiría la habitación y te amenazaría?
Kouen lo soltó y volvió a tomar asiento.
—Eso es lo que quiero averiguar —contestó—. Koumei y yo creemos que tu situación se debe a lo que viviste a manos de la organización. —Alibaba lo miró estupefacto, pero cuando quiso decir algo, Kouen añadió: —Es cierto que no recuerdas lo que te hicieron, pero Koumei lo presenció. Está casi seguro que lo que te practicaron fue un ritual, y debemos averiguar de qué.
A la mente de Alibaba vino el recuerdo de aquella extraña maldición que Al-Thamen les arrojaron a él y a Sinbad luego de volver de la celda de Zagan. En ese entonces los planes de la organización eran claros: convertirlos en reyes oscuros.
—Convertirte en un rey oscuro —dijo Kouen, erizando la piel de Alibaba al escuchar esas palabras—. Eso fue lo que los dos miembros de la organización que vinieron a Balbadd me confesaron cuando los interrogué en ese entonces. Desconozco qué trucos sucios utilizaron contigo, pero se les conoce por sus conocimientos y prácticas en el ocultismo de las artes oscuras. Sea lo que te hayan hecho, te está enfermando.
Aún sin creer lo que escuchaba, Alibaba cerró con fuerza los puños sobre las sábanas y tiró con disimulo de ellas, mientras tibias lágrimas comenzaban a manar de sus ojos y rodar por sus mejillas empalidecidas.
Kouen alcanzó una de sus manos y la sujetó con fuerza. Sabía lo que en ese instante cruzaba por su mente, y no permitiría que ese pensamiento lo derrumbara.
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En el transcurso del día, la situación de Alibaba empeoró. Preso de una violenta fiebre, sufría de constantes sangrados y deliraba. Los magos al servicio de Kou ya nada podían hacer para controlarlo; ni siquiera Phenex, el Djinn, conseguía sanar alguna posible lesión en su interior. Las ideas y el tiempo se habían agotado, y Koumei estaba a prontas de viajar a Rakushou para descubrir el tipo de ritual que Al-Thamen le había practicado.
—Consigue toda la información que esté disponible —pidió Kouen mientras charlaban encerrados en su oficina.
—No puedo prometerte nada —dijo Koumei—. Sabes que hay ciertas restricciones a los laboratorios. Y dudo que alguien me dé voluntariamente la información.
—No me importa —rebatió Kouen, frunciendo el entrecejo—, solo averigua lo que le hicieron.
Golpearon la puerta y del otro lado apareció Morgiana.
—¿Qué quieres? —preguntó Kouen.
Morgiana ingresó a la habitación y separó frente a él.
—Hay una persona que puede ayudar a Alibaba.
—Habla.
—Aladdin —contestó.
—¿Ese Magi? —preguntó Koumei con curiosidad.
—Antes ya salvó de la muerte a Alibaba —explicó Morgiana—. Él tiene el poder para descubrir lo que le sucede y curarlo.
Kouen articuló una mueca de disgusto y palmeó la superficie de su escritorio.
—¿Y si lo tiene porqué apenas lo dices ahora? —masculló, acuchillándola con la mirada—. Has visto con tus propios ojos cómo Alibaba se está deteriorando, y aun así guardaste silen-
—Porque Alibaba quería proteger a Aladdin del Imperio —soltó Morgiana, confrontándolo sin temor—. Ustedes quieren poner las manos sobre él, y Alibaba no estaba dispuesto a permitirlo. Pero ahora no hay tiempo para pensar en eso. Necesita su ayuda.
Kouen no negaba que sus deseos de obtener información de Aladdin existieran, pero en estos momentos su poder y conocimientos como Magi era lo que menos le interesaba. Y al pensar en eso se dio cuenta de lo mucho que había cambiado por Alibaba. ¿Así era amar de verdad? ¿La voluntad y los deseos personales pasaban a un segundo plano por el bienestar del otro? Kouen apenas tenía recuerdos de haber experimentado ese sentimiento en el pasado, pero ahora parecía tan fuerte, que no estaba seguro si sería capaz de controlarlos. Aun así, por Alibaba estaba dispuesto a lo que fuera, incluso a olvidar sus ambiciones, al menos por un tiempo.
—¿Tienes forma de contactarlo? —preguntó.
Morgiana negó.
—¿Entonces cómo esperas encontrarlo?
—Lo buscaré por todo el mundo si es necesario. Si está preparando la cumbre, debe estar cerca.
Kouen pensó lo mismo.
—Está bien, tráelo. —Morgiana asintió resuelta y dio media vuelta para marcharse.
—Aguarda —ordenó Kouen—. Koumei, ve con ella. Será más fácil si van los dos, así volverán más rápido.
Koumei resopló resignado, y, junto a Morgiana, partieron en busca de Aladdin.
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Una semana después, Aladdin cruzaba las puertas del palacio de Balbadd. Koumei creyó que sería imposible convencerle, pero le sorprendió ver su determinación luego que Morgiana le explicara que Alibaba lo necesitaba, ya que no dudó en dejar todo botado para ayudarle.
—Tío Kouen —pronunció al presentarse frente a él en el salón principal.
—Ya era hora que llegaras, Magi.
—¿Es cierto que Alibaba está enfermo? —inquirió.
—Velo con tus propios ojos. —Kouen caminó hacia la puerta. —No viniste para hacer vida social.
Aladdin lo miró fijamente, curioso por su actitud. Después de conocerlo en Magnostadt y temerle a su ambiciosa y violenta personalidad, podía percibir algo distinto en él, como si desde aquel entonces algo hubiera cambiado y sus intereses fueran distintos. Pero no quiso prestarle mayor atención, y, tras subir al dormitorio donde se encontraba Alibaba y abrir la puerta, vieron que la cama se encontraba desocupada, y que un rastro de sangre iba en dirección al baño.
—¡Alibaba! —Kouen cruzó corriendo la habitación e irrumpió en el baño. Allí encontró a Alibaba hincado junto a la bañera, aferrándose con dolor el bajo vientre. Sangraba por los ojos y la boca, notorias venas surcaban por su piel y de entre sus piernas escurría un hilo de sangre.
—Ko-uen...
Él se le acercó preocupado y lo ayudó a regresar a la cama.
—Me duele —se quejó sin quitar las manos del vientre—. Me duele mucho.
—Alibaba —La voz de Aladdin lo sorprendió. Volteó el rostro y distinguió a su amigo de pie bajo el umbral de la puerta del dormitorio.
—A-Ala-ddin... ¿Por qué estás...? —Miró a Kouen, y supo que él era el responsable.
—Evita las preguntas tontas —protestó mientras le limpiaba la sangre que manaba de sus ojos—. Está aquí para ayudarte.
Si bien en un principio, por consejo de Sinbad, Alibaba no quiso que Aladdin lo acompañara a Balbadd por la presencia del Imperio Kou —en especial de Kouen— y su interés en sus poderes de Magi, su confianza y opinión propia de lo que Kouen quería para el mundo le impidió temer por la seguridad de Aladdin.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Aladdin, aproximándose a la cama. Expectante observaba la situación, sorprendiéndose por lo que ocurría con Alibaba.
—Por eso estás aquí —dijo Kouen—, para que tú nos lo digas.
—¿Yo?
—Seguramente Koumei y esa niña Fanalis te explicaron: está perdiendo Magoi. —Dejó sobre el buró el recipiente con agua que usó para limpiar el rostro de Alibaba y le acomodó los almohadones para que descansara en una mejor posición. —Es como si algo se lo absorbiera. Como Magi, tú eres el único que puede entender lo que le pasa.
Alibaba emitió un quejido y se llevó las manos al vientre, retorciéndose sobre la cama, víctima del dolor. Este era cada vez más insoportable. A ratos parecía una simple puntada; luego se tornaba lacerante, como si algo se desgarrara y le quemara por dentro.
—Lo intentaré —dijo Aladdin.
Kouen lo asió del cuello de su ropa y lo alzó hasta la altura de sus ojos.
—No digas que lo intentarás —masculló—; hazlo. Salva a tu candidato a rey, salva a tu amigo.
Los ojos de Aladdin viajaron hasta Alibaba y luego a Kouen.
—Lo haré. —Kouen lo soltó al ver su determinación y le permitió comenzar su trabajo.
En silencio, Aladdin observó detenidamente el cuerpo de Alibaba. Comenzó por su cabello, descendiendo por su rostro, su cuello, torso, brazos y estómago, deteniéndose repentinamente en su vientre, del cual él continuaba aferrado. Acercó su mano derecha sin tocarlo, percatándose de algo.
—Qué extraño —murmuró.
—¿Qué cosa? —preguntó Kouen intrigado—. ¿Qué le pasa?
—Es que... —Apartó su mano con extrañeza. —Del vientre de Alibaba fluye un Magoi distinto al suyo.
—¿Distinto? —Kouen miró con preocupación a Alibaba y regresó su atención a Aladdin. —¿Qué significa eso? Se supone que no puede haber dos fuentes de Magoi en un cuerpo.
Aladdin negó confundido, sin apartar la mirada del vientre de Alibaba.
—Es un Magoi nuevo.
—Si eso es lo que está afectándolo, deshazte de él —le ordenó.
Aladdin estudió la situación, recordando aquella ocasión en la que Alibaba fue víctima de la maldición de Ithnan tras regresar de la celda de Zagan. En ese entonces, Sinbad le pidió que utilizara aquel poder que solo él poseía, y que fue capaz de salvarle la vida a Alibaba. Confiaba que en esta ocasión fuera igual.
Levantó la vista y miró fijamente a Kouen.
—Usaré mi poder para conocer el origen de ese Magoi —explicó—, pero no lo veo como una amenaza.
Kouen lo taladró con la mirada.
—Si está causando que Alibaba enferme, significa que es dañino —espetó—. ¡Así que haz algo y sácalo!
Renuente a aceptar la idea de deshacerse de aquel Magoi, Aladdin activó su poder, el cual le permitiría conectarse directamente con el rukh de Alibaba. De inmediato y, ante los ojos estupefactos de Kouen, el sello mágico con la estrella de ocho puntas fulguró en su frente, seguido de un torbellino de Rukh blanco que envolvió el cuerpo de Alibaba. La corriente terminó finalmente arrastrando su conciencia al mundo del rukh, cayendo dormido sobre la cama.
—Su conciencia se ha ido. —De pie en la entrada de la habitación, Koumei presenció lo sucedido. —Ha sido transferida al mundo del rukh.
Kouen lo sabía, aun así, no dejaba de sorprenderle que alguien como Aladdin ostentara de un poder como aquel, y que ningún otro Magi poseía. Pero por ahora, su único y mayor interés era que encontrara la manera de arrancar a Alibaba de los brazos de la muerte.
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Aladdin se sentía muy familiarizado con aquel lugar. Tan puro, tan tranquilo y cálido. Las memorias de Alibaba revoloteaban a su alrededor en forma de pequeñas aves de luz a medida que caminaba en busca del otro Magoi que residía dentro de Alibaba.
De pronto una de las aves se le acercó y posó en su mano, transformándose para enseñarle el retorno de Alibaba a Balbadd y su confrontación con Kouen. Aladdin no había podido estar presente, acompañándolo en aquel momento, pero presenciarlo ahora le causaba tristeza al ver cómo Alibaba debía luchar constantemente por su país. No negaba que retornar a Balbadd y ver cuán diferente estaba de la última vez le había sorprendido, pero su prisa por ayudar a Alibaba le hizo pasar por alto la situación y manifestar alguna opinión al respecto.
El recuerdo volvió a tomar forma de pájaro y remontó vuelo. Aladdin retomó el paso y una nueva ave se posó en su mano, mostrándole la presencia de Al-Thamen en Balbadd y la noche en la que Alibaba cayó en sus manos. Aladdin vio esos recuerdos, recuerdos que Alibaba retenía en lo más recóndito de su memoria, pero que ahí estaban. El ave volvió a su forma original y se reunió con las demás. Aladdin la vio marcharse, comprendiendo lo que Alibaba había sufrido y el porqué estaba enfermo.
Siguió caminando, mientras los recuerdos de Alibaba continuaban manifestándose frente a sus ojos, hasta que reconoció a Alibaba de pie en medio del camino, observando hacia arriba.
—¿Alibaba?
Alibaba, que permanecía de espaldas a él, parecía preocupado.
—Hay algo —dijo—. Puedo sentirlo.
—Yo también. —Aladdin se le acercó. —Hay que encontrar al que está generando el otro Magoi.
Juntos caminaron sin un rumbo fijo, intentando identificar la fuente de la cual provenía aquella energía. Pero a medida que lo hacían, comenzaron a percibir un sonido similar a un latido, que retumbaba como un eco distante por todo el lugar.
—¿Qué es eso? —preguntó Alibaba, mirando hacia todas direcciones—. ¿Es mi corazón? ¿Por qué lo escucho?
—No es tu corazón —le corrigió Aladdin.
Llegaron al final de un corredor y, de la nada, una bandada de aves de luz pasó volando a gran velocidad frente a ellos, obligándoles a esquivarla. Cuando abrieron los ojos, una vez pasado el susto, se encontraron con una habitación blanca, sin nada más que una pequeña esfera de luz suspendida en el aire, cuyo núcleo contenía un punto diminuto, del cual manaba Magoi.
—¿Qué es eso? —preguntó Alibaba sorprendido.
Aladdin se acercó despacio, observando la pequeña esfera blanca, muy similar a una burbuja.
—Es una vida —dijo tras descubrir lo que había en su interior—. Aquí hay una persona formándose.
—¡¿Qué?! —Alibaba se acercó rápidamente—. ¿Y eso está en mi interior?
—Es quien genera el otro Magoi —explicó Aladdin.
—No tiene sentido —rebatió Alibaba—. Es imposible que... —Guardó silencio unos segundos, y entonces comprendió. —Acaso... —Retrocedió asustado y negó con la cabeza—. No... no es posible. ¡No! Ellos... ¡Ellos me hicieron esto! —gritó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ellos lo hicieron!
—Tranquilo, Alibaba —le pidió Aladdin—. Si te refieres a lo que Al-Thamen te hizo, te puedo asegurar que este bebé no es obra de ellos.
—¡No le digas bebé! —chilló alterado—. ¡No es ningún bebé! ¡Es un monstruo! ¡Es una creación de ellos!
—Alibaba, esta criatura emite rukh blanco. Es imposible que Al-Thamen la haya creado —insistió Aladdin.
—¡¿Entonces porqué está en mi interior?! —Alibaba señaló la burbuja. —¡Aladdin haz algo y sácalo de mi cuerpo!
Renuente a tal petición, Aladdin vio la pequeña criatura y negó con la cabeza.
—No puedo hacerlo —dijo.
Alibaba lo sujetó de los brazos y lo zamarreó desesperado.
—¡¿Por qué no?! —gritó—. ¡¿Por qué no puedes ayudarme?!
—Porque es tu hijo.
El rostro de Alibaba palideció y sus ojos se abrieron desorbitados. Sus manos temblorosas soltado a Aladdin y retrocedió, horrorizado.
Aladdin miró al pequeño ser y esbozó una cálida sonrisa.
—Como Magi, puedo sentir tu energía impregnada en la suya —dijo—. No puedo terminar con su vida, ya que forma parte de ti.
Alibaba había enmudecido, sin ser capaz de dar crédito a lo que había oído. ¿Un hijo? Aladdin debía estar equivocado.
—E-Eso es... imposible —logró articular con los labios temblorosos—. Soy un hombre. No puedo, Aladdin. No puedo... engendrar. ¡Eso es imposible! —exclamó, jalándose el cabello.
—Pero él está aquí —insistió Aladdin con calma.
Alibaba detuvo su alboroto y repasó esas palabras.
—¿Él? —preguntó.
Aladdin asintió sonriente.
—Su energía corresponde a la de un niño —explicó.
Alibaba no podía creerlo. Se negaba a hacerlo. ¿Qué clase de magia hacía posible semejante anormalidad? Le resultaba imposible aceptar que su cuerpo fuera capaz de engendrar una vida en su interior, sin embargo, la prueba de ello estaba frente a sus ojos.
Aladdin se le acercó y palmeó su espalda.
—Alibaba... —pronunció con suavidad—, sea lo que te haya hecho Al-Thamen en esa ocasión, permitió que crearas a este ser. Además —continuó—, la energía no es solo tuya.
—¿Qué quieres decir? —Alibaba lo miró confundido.
—Aquí también está la del tío Kouen.
El rostro de Alibaba enrojeció hasta las orejas.
—S-Significa...
—Ustedes lo crearon.
Completamente avergonzado, Alibaba se llevó las manos a la cara.
—¿Sabes lo extraño que se oye eso?
—No le veo nada de malo —dijo Aladdin, encogiéndose de hombros. Para él, la existencia de esa criatura solo era motivo de alegría. No había nada que le hiciera pensar lo contrario—. Alibaba, vas a tener un bebé, ¿no es eso increíble?
La sonrisa de Aladdin fue suficiente para que los resquemores de Alibaba se marcharan paulatinamente. La idea de tener un hijo le parecía completamente descabellada, y más aún si era él quien lo engendraba. Pero si lo pensaba detenidamente, la criatura estaba ahí, viviendo, sobreviviendo en un cuerpo que no había sido hecho para fecundarlo. No podía ignorarla y fingir que no existía, y si Aladdin le aseguraba que era tanto suya como de Kouen, solo le quedaba aceptarlo. No podía despreciarlo.
Se acercó despacio a la burbuja y observó la diminuta forma de la criatura. Tenía el tamaño de una semilla, se apreciaban débilmente los rasgos de su rostro, sus pies y manos apenas se distinguían y se le transparentaban las venas detrás de la piel. Sin embargo, sus latidos resonaban fuertes y claros.
—Es tan pequeño —murmuró conmovido. Acercó su mano, rozando apenas la superficie de la burbuja, y, en ese preciso instante, una repentina emoción brotó en su pecho, y las primeras lágrimas comenzaron a derramarse por sus ojos, sin poder contenerlas. Nunca había experimentado una emoción tan intensa, que le hiciera llorar de esa manera. Era indescriptible el sobrecogimiento que le producía saber que ese pequeño e indefenso ser era parte suyo y vivía en su interior. Y sin darse cuenta, toda la aversión que sintió al principio y le llevó a desear su muerte, se convirtió en amor puro.
En silencio, Aladdin contempló con fascinación la escena.
—Él ha sido el causante de mis problemas. —Alibaba continuó acariciando la burbuja. Era muy cálida al tacto. —Pero no tiene la culpa.
—Algo más los está causando —corrigió Aladdin.
Alibaba apartó la mirada de su hijo y lo observó con preocupación.
—Algo como qué.
Aladdin miró alrededor, como si buscara algo.
—Hace rato llevo percibiendo otra presencia en este lugar. Y no es agradable.
Alibaba sintió de pronto una opresión en el vientre. Lo aferró con las manos y emitió un quejido en el instante que el símbolo de Al-Thamen se dibujaba en el suelo y unas cadenas hechas de rukh negro emergían de él, enrocándose alrededor de la burbuja para debilitar su Magoi y apoderarse de él.
—¡Eso es lo que está atacándote! —exclamó Aladdin sorprendido—. ¡Quieren contaminar al bebé!
Tendido en el suelo, Alibaba se retorcía víctima de dolor, observando cómo esas cadenas ejercían presión a la burbuja. Intentó levantarse para romperlas con sus propias manos, pero comenzó a sentirse muy débil. Súbitamente, una gran cantidad de Magoi salió de su cuerpo y atacó directamente al rukh negro, dispersándolo.
Aladdin aprovechó la ofensiva de Alibaba y apuntó su báculo contra las cadenas.
—¡Sabiduría de Solomón! —exclamó.
Una vez más una potente corriente de Magoi emergió y se dirigió a las ataduras que apresaban la burbuja. En un instante estas se disolvieron junto con el símbolo de la organización, diseminándose como rukh oscuro para luego desaparecer entre el blanco. Alibaba dejó de sentir dolor y se puso de pie.
—Mantenías una conexión con Al-Thamen —explicó Aladdin—, pero ahora que corté el vínculo que te ataba a ellos, deberías sentirte mejor.
—¿Qué sucederá ahora? —preguntó Alibaba con curiosidad—. ¿Qué ocurrirá con él?
—Estará bien. Todo este tiempo estuvo protegido por tu Magoi —dijo Aladdin—. Por eso constantemente te debilitabas, ya que esas cadenas intentaban absorber la vitalidad del bebé y tú lo protegías, entregando tu Magoi en su lugar.
El rostro de Alibaba reflejó la mayor de las sorpresas. La criatura nunca fue responsable por su debilitamiento, más bien era su propio cuerpo el que entregaba inconscientemente Magoi para defenderlo.
Se acercó a su hijo y lo observó.
—¿Él va a estar bien?
Con una sonrisa sincera en los labios, Aladdin asintió.
—Lo estará, mientras te cuides a partir de ahora.
Alibaba le devolvió el gesto y, tras ver una última vez al bebé, ambos decidieron regresar.
Cuando Alibaba despertó, notó que el dolor que había sentido en su cuerpo por tanto tiempo finalmente había desaparecido. A su lado, Kouen lo miraba con preocupación.
—¿Qué pasó? —preguntó él—. Tu Magi se quedó dormido.
En ese momento Aladdin recobró el sentido. Se levantó con la ayuda de Koumei y, al mirarse con Alibaba, sonrieron otra vez.
—No te preocupes, tío Kouen —dijo Aladdin—, solo debes alegrarte.
—¿Alegrarme? —Kouen frunció el ceño—. ¿De qué diablos hablas, Magi?
—Aladdin, no creo que... —Alibaba intentó detenerlo; sabía que no era el momento para revelar algo tan delicado e importante.
—Que van a tener un bebé —continuó Aladdin—. Los felicito.
Kouen aguardó unos segundos en silencio. Luego de mirar a Koumei, que aguardaba perplejo, miró a Alibaba a la espera de una explicación.
—¿De qué está hablando tu Magi? —masculló.
En un intento por encontrar las palabras apropiadas, Alibaba contempló su vientre y lo acarició despacio.
—Lo que Al-Thamen me hizo esa noche, fue para que pudiera engendrar. —Alzó la vista y miró fijamente los ojos de Kouen. —Estoy esperando un bebé, y lo hicimos tú y yo.
...Continuará...
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