"Un carruaje para Cecile"


Capítulo 14: " ¿Y si Cecile es...?


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.

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La conmoción por el casi inevitable accidente de Cecile —quizás de Lorenzo y Park también, por qué no—, y todo el escándalo generado por la sesión de fotos sin preaviso de Bob y Vermicelli, los había puesto en la obligación de finiquitar detalles para la presentación escolar, al día siguiente, jueves, aprovechando que era feriado. La idea surgió de la mismísima Helga, que le propuso a Arnold a través de Phoebe el reunirse en la casa Pataki, a tal fin. La jornada resultó ser agotadora para todos y era comprensible que decidieran postergar los arreglos finales.

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—¿Qué te pasa, Arnold? Has estado muy callado desde hoy a la tarde...

—¿Qué? Eh, nada, Gerald... —dijo distraído, guardando algo con sigilo en su bolsillo.

Se detuvieron, para despedirse en la casa de huéspedes.

—¿Estás nervioso por la filmación?, ¿por el proyecto, acaso?

—No, nada de eso, amigo... Creo que estoy muy cansado. Eso es todo...

Gerald enarcó una ceja, con duda.

—¿Seguro? Bien, descansa. Debes estar cual estrella de Broadway el viernes en el rodaje.

—Lo sé, lo sé... —dijo riendo sin ganas.

—¿Y qué es esa cadenita que llevas...?

—Nada, algo que encontré en el piso del auditorio... Ya lo devolveré.

—Bien, nos vemos, viejo. —saludó Gerald, con su típica seña de manos.

—Buenas noches, Gerald...

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El trayecto desde la casa a la escuela, había sido insoportable. Bob no hacía más que insistir en las 'bondades de la Gracia Divina', por el hecho de que Cecile no sufriera herida alguna al caer. Helga suspiraba con cansancio, mirando por la ventana del auto las calles. Ya era de noche y todo el asunto del ensayo final acabó perturbándola, inclusive en su faceta como 'Helga', pues su padre la sobrecargó de tareas al aparecer en el auditorio, tras quitarse el atuendo y los modos educados de la prominente actriz de "Big Bob's beepers". Por si eso fuera poco, no dejó de mencionar repetidamente que la chica rubia era un ejemplo a seguir en cuando a modales y cortesía.

¡Vaya idiota, cabeza de alcornoque!, pensó. ¿Es que no la veía? ¡Cómo no podía verla, era su hija, por el amor de Dios!

Tal vez no era tanto por el aspecto, sino, por la actitud radicalmente diferente que manifestaba al hacer ese rol, el que les impedía reconocerla. Si supieran cómo era en realidad...

Miriam sólo asentía, ¿fingiendo? comprensión y apoyo a su esposo en todo lo que este decía, pero sin vincularse demasiado.

Para su fortuna, Bob le ordenó a Nick especialmente que consiguiera una nueva carroza para el comercial, o que repararan la averiada. ¿Y quién sería la encargada de irla a buscar a primera hora del viernes, para llevarla junto a Vermicelli?: Helga. De no ser porque todo el tema la tocaba de cerca, jamás hubiera aceptado ayudar a Bob.

—¿Desde cuándo te vistes así, Helga? —le preguntó Miriam, sorprendiéndola, al bajar del auto.

—Desde que todo lo demás me aburre. —respondió sin entusiasmo.

La mujer quedó algo pensativa.

—Recuerda, Helga, el viernes, a las ocho. Ya le pedí permiso a Wartz para que puedas llegar más tarde.

La chica resopló con fastidio, adivinando la próxima frase de su padre.

—No lo olvides, Olga. Búsquenlo; no querrás que todas esas personas se decepcionen, ¿o sí? Hay mucho en juego.

—Claro, Bob. Hay "mucho en juego", sí... —espetó con su clásica sorna.

Miriam escuchó ese intercambio, negando con la cabeza.

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Su boca se había secado completamente, e incluso, su cuerpo se sentía con una sensación de temblequeo masivo. ¿Cuándo fue que los nervios se apoderaron de ella así? Aunque la verdad de los hechos la condenaran, Rhonda sabía perfectamente que estaba haciendo lo correcto, ni más ni menos.

Al aproximarse tan velozmente donde se encontraba Curly, asustó al pobre chico, que sólo atinó a sobresaltarse mientras su mirada extrañada contemplaba a la pelinegra alterada.

—¡Rhonda!, ¿estás bien? ¿Qué te sucede? —le preguntó con cautela, tomándola por los hombros.

Rhonda negó con la cabeza histéricamente y tomó una de sus manos.

—¡No tenemos tiempo, ven conmigo! —imploró, saliendo de allí rápidamente, a la vez que todos aún estaban conmocionados por lo ocurrido con Cecile y el carruaje.

Curly la siguió en su corrida sin dudarlo, en parte, por el amarre que lo unía a la chica, pero también por su ilimitado interés en un asunto que evidentemente lo implicaba con Rhonda Wellington Lloyd.

Cerca de los casilleros, Rhonda se detuvo, obligándolo a hacerlo también. Se soltó de Curly, mientras se recargaba sus manos en sus rodillas, agachada intentando recobrar el aliento.

El chico la miraba atónito, ¿qué rayos había sido todo eso?

Aún jadeando, ella comenzó.

—Disculpa, Curly... —dijo entrecortadamente— sé que esto parece raro, pero... Necesito hablarte de algo muy importante, y que me ayudes.

El jovencito del corte tazón se asombró aún más.

—¿De qué se trata todo esto, Rhonda? Me estás asustando...

La chica empezó a caminar de un lado a otro, sin saber cómo decir lo que planeaba.

—Curly, yo... —dijo tomándose la cabeza con ambas manos— me es difícil decir esto... ¿Cómo lo digo? ¡Ash! ¡Detesto tener que hacerlo! —bufaba, molesta— ¡Me están chantajeando!, ¿bien? Es así. Estoy siendo chantajeada por un sujeto que tiene malas intenciones y sabe algo de mí que puede perjudicarme.

Curly palideció, preocupado por lo que acababa de oír.

—¡Oh, qué terrible, cielito!

Rhonda parpadeó con fuerza.

—No me llames así, por favor... —rogó, en una mezcla de desagrado y confusión.

—¿Quién es el tipo, qué sabe de ti?

—No puedo decirte qué es... Prefiero hacerlo yo, una vez que ella esté a salvo...

—¿"Ella"? ¿Quién es ella? —preguntó, con más intriga.

—El tipo es Leichliter. Quiere hacerle algo malo a Cecile.

—¿Qué? ¿A Cecile, por qué? ¡Cielos, es una locura! —exclamó, perplejo.

—Lo sé, pero nadie nos creería... —dijo rodando los ojos con resignación—. Lo que debes tener en cuenta, es que nada de lo que él te diga es cierto, ¿está bien?

Curly asintió vagamente y Rhonda insistió, con histeria.

—¿Entendiste, Curly?

—Sí, Rhonda. ¿Qué debemos hacer?

—Debemos proteger a Cecile, a como dé lugar, porque él quiere ver a Lila en su rol del comercial.

—¿A Lila?, es decir, ¿algo así como… una reemplazante?

—Así es, quiere quitarle su papel, el tipo está loco de remate... Estoy segura que él fue quien aflojó las ruedas de la carroza...

—¿Crees que fue él? ¿Por qué?

—¡Porque él quería que yo hiciera eso!

Curly la miró completamente pasmado.

—Debemos advertirle, Rhonda... Ese tipo es peligroso...

—Me temo que sí, Curly... Me temo que sí... —concluyó, suspirando con temor.

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Ya era jueves, los vestigios de la noche repleta de nubes se había esfumado en un cielo completamente despejado. En medio de esa variación, un cóctel de sentimientos se apoderó de su compostura, de equilibrio y sus más ambiguas y recónditas ideas. Una parte de Helga no quería que llegara el día, ese día, aquel en que todo acabaría para siempre. ¿Qué le iba a quedar, o qué podía atesorar? ¿Las publicidades de su inusitada fama junto a Arnold, tal vez?

¿Qué era la fama, después de todo? Un pedazo de nada, en medio de tanto por decir. ¿Atesoraría, quizás, la filmación, los recuerdos, los besos escénicos? Todo eso no servía, en realidad. Cecile le permitió volver a estar cerca de su amado, durante esas semanas, mostrarse como era verdaderamente, impidiendo que 'Helga' fuera asociada de forma alguna con la actriz exitosa de comerciales. Y entonces, ¿por qué, a la misma vez, la chica quería acabar con la farsa, desdibujar esa nula apariencia; simplemente, ser Helga? Seguramente, incidiría el hecho de que cada vez que podía estar cerca de él, su corazón se estrujaba de felicidad y amor; como de tristeza y decepción, al saber que nadie, ni siquiera Arnold, la reconocía. Quizás porque se estaba perdiendo a sí misma; porque Cecile la absorbió en esa locura de la popularidad y el egocentrismo de varias personas, como su padre. O, también, porque en definitiva, aunque fueran dos, existía solo una, la que siempre amó a Arnold; aquella que debía recibirlo en su casa y abrirle las puertas para organizar una presentación grupal, como Helga, y no, como Cecile.

¡Qué abismo y conexidad entre sus sentimientos! ¿Acaso manejaba la posibilidad cierta, de confesarle todo al concluir con el rodaje? ¿No era demasiado? Riesgos, se dijo. La vida es una sucesión de riesgos, y quizás, estaba por hacer la locura más grande de toda su vida. ¿Era preferible resguardarse bajo el ala de ese anonimato eternamente; o bien, podría tomar las riendas del asunto que ocultó forzosamente durante años?

Quizás... Quizás era tiempo de decirle toda la verdad a Arnold.

Había determinado que ser Helga sería menos desgastante e incómodo, más apropiado. Era jueves y acordaron verse en la casa de la rubia. ¿No sería malditamente perverso ir a la casa de Arnold como Helga, siendo que la última vez que estuvo allí, (como Cecile) todo terminó en lágrimas? No se sentía lo suficientemente fuerte como para actuar "Helguísticamente" en ese lugar, ni para pretender ser la francesa impostora en la presentación.

El reloj marcaba las seis de la tarde y el timbre había sonado. Había sonado tan fuerte, que la chicharra hizo eco en su corazón, que se agitó rápidamente. Debía bajar a abrirle la puerta al chico del que estaba enamorada hacía siete años; al chico al que le vivía mintiendo hacía un año, a aquel a quien dejaría de tratar con tanta cercanía, en menos de veinticuatro horas, cuando todo terminara al fin.

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—Hola, Helga.

—Hola Arnold. Adelante... —saludó con seriedad.

—¡Por Dios, Miriam! ¡¿Cómo pudiste olvidarlo?! ¡Mañana es la filmación, te necesitaba ahí! ¿Quién los buscará a Nick y Olga?

—Es Helga, Bob —corrigió la mujer—, y si me permites aclarar, estaré en el auditorio para esa hora.

—¡Pero por todos los Cielos!, ¿no puede venir sola hasta la ciudad, tu madre? ¡Ella conoce el camino!

Helga rodó los ojos con fastidio, mientras Arnold permanecía en un silencio sepulcral autoimpuesto.

—Ya regreso. —masculló, furiosa, mientras se dirigía hacia la cocina con estruendosos pasos que ilustraban su humor.

—¡Bob, por Dios Santo! ¡Tengo visitas! ¡¿Es que no puedes callarte un rato?! —chilló, iracunda.

—¡¿Qué?! ¿Visitas? —musitó su padre, restándole importancia.

—Sí, Bob, visitas. ¿Es que todo gira en torno a tu estúpido comercial? ¡Cáspita!

Miriam negó con la cabeza, una ola de gritos se avecinaba y, rodando los ojos ante la situación padre—hija tan típica, supo qué hacer.

—Con permiso... —dijo dejándolos solos a ambos, yendo hacia la sala con una bandeja y un vaso de jugo fresco.

—¡Hola! —saludó con amabilidad—, tú debes ser Arnold, ¿no es así?

—Buenas tardes, señora Pataki, así es. El gusto de verla nuevamente...

—Oh, gracias, jovencito. Adelante, toma. —indicó con gentileza—, sírvete, por favor.

—Muchas gracias... —dijo él, tomando el vaso de vidrio con limonada.

Miriam lo observaba con atención y repentina curiosidad. Se sentó en el apoyabrazos de uno de los sillones.

—Así que... Mañana es el gran día, ¿eh?

Bob continuaba gritando cosas sin sentido, a la vez que Helga sonaba colérica.

—Sí... —asintió Arnold, sin saber qué más agregar. Miriam sonrió para sí.

—¿Y qué te trae por aquí, con Helga? —preguntó capciosamente.

—Mañana tenemos una presentación escolar... Un proyecto de investigación...

—Qué interesante, Arnold. —comentó, sabiendo que la discusión Helga—Bob había concluido, dado el silencio que ahora reinaba en la cocina.

—Bien. Ya podemos hacer lo que hay que hacer. —pronunció Helga, en la sala, cuando las miradas de Miriam y Arnold se fijaron en ella.

—Bueno, Arnold, —dijo viéndolo, ya de pie—, espero que todo salga bien mañana.

—Muchas gracias, Sra. Pataki. También yo.

—De nada. —sonrió—. Helga, sé amable.

La aludida mostró los dientes, aún irritada.

—Sí, mamá. Como si necesitara serlo. —siseó inaudible.

—No temas serlo. —le susurró su madre, guiñándole un ojo, a la vez que volvía a la cocina.

Helga enmudeció, sorprendida por un instante. Recordó que no estaba sola precisamente, y giró a ver a Arnold, quien lucía expectante.

—Eh... Vamos a lo nuestro... —dijo torpemente.

—Perfecto, Helga. —asintió él, sonriente.

La chica recapacitó, ni bien oyó a Bob hablar con Miriam sonoramente.

—¿Sabes qué? Mejor subamos. Odiaría que mi padre nos moleste con sus tonterías. Tenemos poco tiempo.

—¿Seguro? Está bien... —aceptó, tomando sus cosas que yacían en la entrada.

Helga subió sigilosamente las escaleras. ¿En qué universo se le hubiera ocurrido invitarlo a su habitación, a ese templo sagrado donde se le reunían culto al Dios de sus desvelos, durante días y noches?

Una situación así, no podría ser posible de ser Cecile, ¿cierto?, reflexionó silenciosamente, al tiempo que él iba detrás suyo. ¿Era una buena idea? ¡Por qué rayos lo había sugerido siquiera! No estaba segura de que su cuarto estuviera ordenado. ¿Y si algún libro de poesías había quedado a la vista de cualquiera? Todas sus alarmas se activaron, y se activaron tan sorpresivamente rápido, que al terminar de subir las escaleras y hacer los cuatro pasos restantes a su puerta, se giró raudamente. Tan intempestivamente, que casi logra tumbarlo. Arnold retrocedió dos pasos más.

— ¿Me disculpas un momento, por favor? Quiero verificar un asunto. No me tardo. —afirmó señalando su habitación, con una falsa risa histérica.

—Está bien, adelante.

—Genial. —dijo con simpleza y entró directamente, cerrando la puerta ágilmente en su cara.

Qué extraño había sido todo eso.

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Aunque Helga hacía varios días que actuaba en forma extraña, y seguía con esos atuendos descoloridos, hoy, otro tipo de rareza la inundaba. Era una peculiar forma de actuar, que dejaba entrever a una Helga por momentos normal, pasional e irascible, y por otros, desabrida, indiferente y triste. ¿Era posible ubicarla en alguna escala? ¿Cómo se encontraría el resto del tiempo? Francamente, no le agradaba la nueva Helga, esa que parecía gris, apagada e inerte. Esa no era ella, no señor.

La Helga que conocía no se apabullaba ante las bromas de Harold y Sid; no se aguantaba escuchar un comentario frívolo de Rhonda sin contraatacar... No hubiera soportado criticar el comercial del príncipe y Cecile... Jamás se resistiría a ponerlo en ridículo sobre el corcel de utilería, su traje estúpido y la fama repentina... ¿Verdad? Esa era la Helga que él conocía, que todos conocían, para ser exactos. ¿Y dónde estaba? ¿Dónde se había ido esa chica territorial, fuerte y voraz, dónde?

Arnold se recargó sobre la pared, mientras ruidos a muebles que se corrían vertiginosamente parecían oírse a través de la puerta de la habitación. Quizás había estado muy ocupado, cansado o atrapado en sentimientos que finalmente no fueron como él creía, para notarlo. Él se obnubiló en Cecile, dejando de lado asuntos que eran dignos de preocupación y análisis, como este, pensó, reprochándose. ¿Por qué nunca Helga emitió opinión alguna sobre Cecile? ¿La odiaba? Sí, eso quedó bastante claro desde un principio.

¡Cecile! ¿Qué haría ella, con el proyecto escolar, si se apartó de la presentación?

La puerta se abrió, Helga lucía agitada.

—Adelante, ya puedes pasar. —aseguró, con esa mirada de maniática.

Arnold asintió silenciosamente, obedeciendo.

—Helga... ¿Qué pasará con Cecile?

Helga lo miró sorprendida, la poca distensión que portaba, se hizo añicos. Cerró la puerta, con lentitud.

—No sé, Arnold. Phoebe dijo que ella decidió abandonar el proyecto.

—Oh...

El tono de voz apagado, en combinación con su expresión de piedra insensible, se habían apoderado de ella otra vez.

—Sep. Y luego de la filmación se irá.

Al menos, eso es lo que oí por ahí... —dijo sin inmutarse, aparentemente—. Bien, como comenzaré hablando yo, quiero saber desde dónde hasta dónde irá mi parte... —acotó, cambiando de tema.

Arnold empezó a revolver las hojas que había traído, en el piso, donde ahora estaban sentados.

—Bonita habitación... —dijo levantando la mirada por un momento—, mientras seguía revisando la investigación y los apuntes de ayuda.

—Gr-gracias. —dijo azorada.

El chico suspiró en victoria, luego de buscar infructuosamente hasta ese momento.

—Aquí está, Helga. —pronunció, extendiéndole la hoja, encontrándose con su mirada, que ya lo contemplaba desde hacía varios segundos.

Arnold se inquietó, en silencio, preguntándose por qué ella lo veía así, tan...extraña.

Y es que, mil pensamientos la perseguían. Si mañana Cecile desaparecería de sus vidas, ella también lo haría, de la de Arnold. Como Helga, no tenía cabida en su existencia, no había una relación de amistad o confianza como para continuar cerca de él. Mañana, era un final para los tres.

—Sí, claro... —dijo ella, saliendo de su letargo, tomando los papeles para estudiarlos inmediatamente.

Arnold sonrió de lado, ahora, viéndola él.

¿Es que siempre había sido tan...? ¿Es que sus ojos siempre fueron tan azules?, rió internamente. ¿Cómo puedes conocer a alguien, verlo durante años, y notar cosas así, recién ahora?

Permanecieron callados, memorizando cada uno su parte de la presentación, durante varios minutos. Luego de un incómodo silencio para Helga, discutieron sobre cómo explicarían las etapas de su proyecto y quién diría las conclusiones finales, sin modificar Helga, su actitud de asombrosa inmutabilidad y aburrimiento existencial.

—...Porque si decimos que la conclusión no arroja lo que postulamos como teoría, se notará que falló algo en el comienzo...

—Sí, ¿y qué? Si de todas maneras...—dijo Helga, sin terminar la frase de desesperanza y desasosiego.

Arnold no pudo evitarlo.

—Oye, Helga, ¿te encuentras bien? ¿Te sucede algo? —le preguntó, sentándose a su lado en la cama, con expresión de preocupación.

—¿Qué? Nada, ¿por qué quieres saber? —respondió preguntando, sin emoción alguna.

—Hace muchos días que no... ¿Cómo decirlo? Actúas extrañamente, siento que... Siento que ya no te conozco.

—Bueno, Arnold, no sé de qué diferencias hablas, sigo siendo exactamente como siempre fui. Tan simple como eso... —aseguró, poniéndose de pie.

—No, no es cierto, Helga. ¿Crees que no pude darme cuenta? Algo te ocurre, ¿puedes contarme? ¿Estás enferma, acaso?

—No, Arnold, no estoy enferma.

—¿Y por qué no has sido tú, últimamente? Es decir... —dijo cautelosamente—, mírate, esa no eres tú, Helga. ¿Dónde está tu moño rosa, tu atuendo rosa, tu actitud tan...enérgica, de siempre?

—No me pasa nada, Arnold. ¿Por qué insistes tanto? —preguntó comenzándose a alterar.

—¿Por qué actúas como si todo te resultara indiferente? ¡Es que así no eres tú!

—¡No me pasa nada!, ¿sí? ¿Y tú qué sabes? ¡No sabes nada de mí, no conoces nada! ¡Nada...! —exclamó, con frustración evidente.

—¿Quieres que posterguemos la presentación?, podría hablar con el Sr. Simmons y yo...

—¡No, Arnoldo! No quiero que postergues el proyecto, ¡¿está bien?! ¡Quiero hacerlo, quiero que filmen ese maldito comercial de una buena vez por todas y acabar con todo esto! ¿De acuerdo? —se desahogó, sin poder contenerse.

—Lo siento, si dije algo que te ofendiera...

—No. No dijiste nada malo. Es que no lo soporto más, Arnold, yo... —dijo con nerviosismo, refregándose los ojos con desesperación—, yo tengo que decirte algo.

—¿Qué cosa, Helga? —preguntó, poniéndose de pie, acercándose a ella.

—Yo...

—¡Helga! —la llamó Bob, a los gritos—, ¡Ven aquí ahora mismo!

Helga quedó pasmada. Las palabras no salieron de su boca y Arnold lucía sumamente ansioso por escuchar su descargo.

—Ahora vuelvo... —dijo dubitativa—. Tú... Arregla eso de las conclusiones, ¿sí? —le ordenó, girando con lentitud hacia la puerta, abriendo la puerta.

—De acuerdo...

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Los minutos pasaron, la tarea que la rubia le había encargado ya estaba hecha. A su modo de ver, el resultado era satisfactorio. ¿Dónde estaba Helga? Quizás, si salía del cuarto, escucharía algo que le permitiera saber el motivo del retraso de la chica, pero decidió quedarse allí. Sus piernas se acalambraron de tanto estar sentado, por lo que decidió caminar un poco allí dentro. ¿No eran, la curiosidad y el aburrimiento una mezcla desafortunada? Se sintió cual felino doméstico, estudiando un ambiente desconocido. Previamente, claro, echó un vistazo a la puerta, cerciorándose de que estuviera totalmente cerrada. A continuación, lo hizo. Arnold caminó hasta donde se encontraba el guardarropa de Helga, y lo abrió. ¡Tal como pensaba! Diversas prendas color rosa, blanco y unas pocas en tonos violetas o fucsias, adornaban la inmensidad del interior de dicho mueble. ¡Esa era la vieja Helga, la que él ansiaba volver a ver!

Si toda su ropa estaba ahí, ¿por qué había dejado de usarla?

Nada fuera de lo normal había allí. Entonces, continuó su exploración. A decir verdad, la habitación de Helga parecía ser su antítesis, algo sideralmente opuesto a lo que ella demostraba ser. Con tonos cálidos, empapelados de estilo dulce y romántico, hasta poético, para ser más exacto.

Y así fue, que en una pequeña mesita de luz, cerca de la puerta, visualizó un montón de fotografías enmarcadas. No se había fijado ni bien llegó, pero en la pared, también había otras más. Una de ellas, logró captar su atención. No era una foto especial, ni nada del otro mundo, pero tenía detalles bastante interesantes.

En la foto, estaban todas las chicas de la clase, abrazadas en reunión. Helga, por supuesto, era la única que lucía molesta. Ni Sheena, ni Lila, Rhonda o Phoebe salieron con su expresión; pues, Helga tenía esa cosa del enfado constante y permanente, esa frustración mortal, ese inconformismo crónico... Tan diferente a Cecile, por ejemplo. Tan lejana, opuesta y distante de Cecile. ¿Por qué decidió reprobar en esa asignatura, con tal de no verlo o tener que interactuar con él? ¿Simplemente, era más fácil ignorarlo, hacer de cuenta que no existía? Y allí lo vio, sin mirar. Era un día de verano, y las chicas llevaban un atuendo fresco. Que dejaba ver sus cuellos y hombros. El Sol atacaba el rostro de Helga, en forma directa. Tal vez por eso, además, es que fruncía aún más el ceño. Se enfocó en el brillo que ella portaba. El Sol se reflejó, evidentemente en un colgante que la chica tenía. Se acercó más. Un poco más, hasta agacharse por completo. Si la vista no lo traicionaba, Helga llevaba una cadena pequeña. ¿Y qué, eso era algo raro? No, claro que no, pensó, negando con la cabeza. Se volvió con la mirada en las hojas de la presentación, desparramadas sobre el escritorio. ¡Helga sí que se estaba demorando demasiado! Y su vista regresó a la foto. En las demás, estaba junto a Olga, más ofuscada todavía, y en otras, quizás junto a sus padres.

Qué dicotomía, qué ambigüedad y paradoja. En todas había un punto en común. Su frustración, el colgante en su cuello, lo rosado de la ropa. ¡Y ahí lo tuvo!

Helga ya no sentía nada, ni frustración permanente, si muestras de vestimenta rosa y si lo analizaba, tampoco llevaba su colgante, ¿no? Un momento. Un momento... ¡él ya había visto un colgante así, el día anterior, puntualmente! A Cecile se le había caído, pero se distrajo por la situación que acababan de vivir, y también, por alguna razón, su instinto y subconsciente le indicó que sería mejor conservarlo.

¿Helga tenía en las fotos un dije exactamente igual al de Cecile? ¿Cómo era posible? No parecía ser de esas cosas que venden en todas partes.

La desesperación y la repentina ansiedad lo dominaron. Por inercia, abrió uno de los cajones de la mesita, encontrándose con varios álbumes de fotos familiares. Cientos, miles de ellas, en las que Helga lucía igual, una y otra, y otra vez. Una sola era diferente. ¿Helga guardaba una foto de Gerald y él? ¿Por qué razón? Arnold desconocía quién habría tomado esa foto, pero, analizándola mejor, la distinguió, a unos metros detrás de ellos. Había sido sacada en la escuela, aparentemente, porque estaban en el patio. Y de no ser por su atuendo rosa, no la hubiera reconocido. Su expresión, totalmente novedosa, era de una sonrisa leve y sincera, de distensión. Más bien, pensándolo otra vez, quien estaba más enfocada en la toma, era Helga, a pesar de la distancia, más que Gerald y Arnold. Decidió conservarla, entre su bolsillo y otras cosas. Y también decidió intercambiar la foto escolar de Helga y todas las chicas, por otra, donde ella estaba con su familia, para poder llevársela.

Su corazón palpitaba aceleradamente, de ansiedad y nervios. ¿Acaso...? ¿Helga...?

¡Hasta era difícil de decirlo mentalmente! ¿Helga era...?

Su boca se secó, e incluso, tropezó, recobrando el equilibrio obligadamente, al instante. Decidió sentarse en la cama, aclarar y procesar la información que su mente sospechaba, acababa de descubrir.

¿Helga había sido Cecile, durante todo este tiempo?

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CONTINUARÁ…


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¡Hola a todos queridos lectores! Espero que las cosas marchen excelentemente en sus vidas. ¡Y el penúltimo episodio, ya está aquí!

Debo agradecerles a todos y cada uno de ustedes por el apoyo en esta historia. Ahorita mismo estoy corriendo a escribir el capítulo final, y la siguiente actualización será en unos días (quizás menos de una semana, dependiendo de los reviews). Lo que siga, será "Mi corazón se fue a la Jungla contigo" y creo que por "Caleidoscopio" tendrán que esperar un poco más esta vez, hasta el 10 de Enero aproximadamente.

Dios, ¿qué hará Leichliter? ¿Y Rhonda + Curly? ¿Desenmascararán a Cecile? ¿Arnold ya sabe con certeza la identidad? ¡En el capítulo 15 todo podría suceder y más!

Muchas gracias especialmente a sweet-sol, SandraStrickand y anabell por leer y comentar el capítulo 13. Les respondo por PM.

Déjenme decirles que estoy algo sorprendida. En el tiempo que llevo en Fanfiction, nunca he recibido tantas súplicas para que actualice una historia, como sucedió con este fic; sin embargo, cuando (finalmente) pude publicar el capítulo 13, no hubo igual recibimiento… Uno piensa, ¿no les gustó?; ¿no tienen tiempo? En fin, no quiero deprimirme pensando esas cosas, así que sólo les diré que el feedback es eso que nos hace saber que estamos escribiendo bien y que nos alienta a seguir por aquí, ¡no teman comentar!

Nos leemos la próxima semana.

¡Que pasen un hermoso FIN DE AÑO! ¡Adiós 2014, yay!

¡Bienvenido 2015!

MarHelga.