—No... no me acuerdo exactamente —lo único en lo que podía concentrarse en ese momento era en la sensación de los labios de él sobre su piel.
—¿Y recuerdas si te gustó?
—Sí, sí que me gustó.
La lengua de él dibujó una línea desde la clavícula de ella hasta la barbilla.
—¿Y esto?
—Um—respondió ella con voz temblorosa—. También.
Con un gemido, él la apretó contra su cuerpo y la besó en los labios.
—Cuéntame más cosas, Isabella —murmuró mientras la besaba—. Dime qué es lo que quieres.
Ella no pudo resistirse más y confesó la verdad.
—Quiero... quiero que hagamos el amor —-echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos—. Quiero que te comportes como un marido de verdad esta noche.
Él le agarró el rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Y yo quiero que tú te comportes como si fueras mi mujer —dijo Edward con voz tierna. Luego, la besó con tal dulzura que ella sintió que algo se despertaba en lo más profundo de su corazón.
Capítulo XIII
Bella sintió una mezcla de goce y miedo a la vez. Se daba cuenta de que ese hombre, su marido, ejercía un enorme poder sobre ella, de manera que ella no podía controlar sus sentimientos. Y eso no le gustaba nada.
Bella comenzó a desabrocharle la camisa y luego metió su manos debajo, apoyándolas sobre su pecho. Después, posó su boca sobre el vello que comenzaba en la base de su cuello.
—¿Y qué pasó después? —preguntó él, apoyando el rostro sobre el cabello de ella.
—¿Después?
—Esa noche. ¿Qué pasó después de que te besara junto a la cama?
—No... no me acuerdo.
Él terminó de quitarse la camisa, revelando sus anchos hombros y su delgada cintura. Bella no podía apartar los ojos de su cuerpo de hombre, fascinada por su perfección.
—¿Te desnudé yo o me desnudaste tú a mí?
Ella parpadeó. Luego, levantó la vista hacia él.
—Yo... no...
Él deslizó sus dedos por el escote de su blusa.
—Apuesto a que los dos colaboramos, igual que ahora —dijo, bajándole la blusa hasta el comienzo de sus senos.
Edward se inclinó sobre ellos y los besó. Luego, bajó aún más la blusa con sus manos hasta que los pezones quedaron a la vista y pudo lamérselos.
Bella soltó un gemido de placer. Sintió que el deseo se despertaba dentro de ella.
Edward terminó de quitarle la blusa y luego se quedó mirando su cuerpo desnudo de cintura para arriba.
—No me acordaba de esto. No me acordaba de que fueras tan hermosa —dijo, agarrando sus pechos con delicadeza y pasando los pulgares por los pezones endurecidos.
Bella trató de aclarar su mente, quería tener la posibilidad de acordarse después de todo lo que estaba sintiendo. Ningún hombre le había hecho sentirse tan atractiva, tan deseable, tan apetecible... Edward la había protegido durante todos esos días que habían pasado juntos y, por el modo en que la estaba tocando en ese momento, debía quererla, al menos un poco.
Agarró el cinturón de él y comenzó a desabrochárselo. Cuando metió las manos debajo del pantalón y alcanzó su miembro erecto, Edward no pudo contener un ruido gutural.
—Tendría que acordarme de esto —dijo él-—. Tendría que recordar que en cuanto me pones la mano encima, pierdo el control.
—Lo... lo siento —dijo Bella.
—No hay nada de lo que debas arrepentirte. Ya no.
Entonces la tomó en sus brazos y la besó, sumergiendo su lengua profundamente en la boca de ella. Con las bocas unidas, se quitaron la ropa impacientemente el uno al otro, deteniéndose sólo para alargar alguna caricia.
Cuando finalmente se vieron despojados de las barreras que los separaban, no hubo nada más que piel contra piel, piel caliente y suave. Los senos de ella se apretaron contra el pecho de él, el miembro viril contra el vientre de ella. Así se suponía que debía ser la intimidad apasionada e intensa entre un matrimonio, sin inhibiciones. Justo cuando Bella pensó que no podría sostenerse más en pie, Edward la tomó en brazos y la llevó a la cama.
La tendió suavemente sobre la cama y se inclinó sobre ella al tiempo que la besaba en la curva del cuello. Edward se apartó un momento y sacó algo del bolsillo trasero de su pantalón. Bella se quedó mirándolo con expresión suspicaz.
—¿Sabías que iba a ocurrir esto?
Edward sonrió y la besó de nuevo.
—Confiaba en que sí —replicó, besándola de nuevo en el cuello—. ¿Y ahora qué? Dime qué pasó.
Bella soltó un gemido sordo.
—Fue así —dijo, abriendo el preservativo.
Con manos temblorosas, cubrió su sexo rígido con el preservativo, y luego lo guió hacia su interior.
Pacientemente, delicadamente, Edward probó la entrada, provocándola con la promesa de lo que iban a compartir, aumentando en ella el deseo. Bella se retorció bajo él, acariciándolo hasta que le oyó murmurar una súplica. Edward la agarró de las muñecas y le puso las manos sobre la cabeza.. Luego, se colocó entre sus caderas y la penetró. Su miembro era suave como la seda y duro como el acero. Los ojos de él estaban fijos en los de ella.
El corazón de Bella dio un vuelco. Lo había mirado fijamente muchas veces sólo para ver rabia y frustración, incluso deseo. Pero en ese momento, mientras Edward se introducía profundamente en ella y comenzaba a moverse lentamente, vio algo más en su mirada. Vio amor.
Con un gemido dulce, Bella se arqueó contra él para aumentar el contacto entre ambos. No había más preguntas, ni más exigencias, quedaron solamente ellos dos y la certeza de que estaban hechos el uno para el otro y de que lo que se habían dicho la noche anterior no había sido un error. Amaba a Edward Cullen y sabía, en el fondo de su alma, que él la amaba también a ella.
Hicieron el amor una y otra vez de muchas maneras diferentes hasta que ambos se quedaron agotados y satisfechos. Se quedaron tumbados, echados hacia el mismo lado y con las piernas entrelazadas.
—Así que fue así como sucedió —murmuró Edward, rozando con su aliento el cuello de Bella.
Ésta esbozó una sonrisa.
—No, ahora ha sido diferente.
Edward la besó y luego apoyó la mandíbula sobre el hombro de ella.
—Tienes razón. Esta vez ha sido corno si fuera la primera. La primera de todas. ¿Por qué crees que ha sido así?
Bella dedujo que él estaba empezando a sospechar que le había mentido sobre la noche de bodas. No era de extrañar. Seguramente pensaba que, si recordaba casi todo lo demás, era raro que no se acordara de aquello.
Bella tomó su mano y besó la punta de sus dedos.
—La verdad es que sí que ha parecido la primera vez —admitió ella.
Miró la mano de él y besó cada dedo. Luego, trazó las líneas de la palma. ¿Qué ocurriría ahora que finalmente se habían encontrado? ¿Cuáles serían los obstáculos que tendrían que salvar? ¿La familia de él, Ángela, su trabajo? La mente de Bella se vio invadida por un sinfín de dudas, pero todas se borraron cuando sus ojos se fijaron en un detalle.
—¡La marca del milenio!
—¿Qué?
Bella parpadeó, esperando que su agotamiento estuviera afectando a su vista. Pero cuando volvió a mirar de nuevo, seguía allí tan claro como el día, justo en la base de su dedo pulgar.
—-Esta marca. Las líneas de tu palma forman una estrella. Es la marca del milenio.
Edward apartó la mano.
—La adivinadora de la fiesta me dijo lo mismo. También me dijo algo del destino y... no sé. No le presté mucha atención.
El corazón de Bella dejó de palpitar y creyó estar a punto de morir. Todo había sido una mentira. La pasión, la emoción... ¡Ella no podía amarlo y él no la amaba a ella! Ángela y él, ambos, tenían la marca. ¡Y ella había sido la que los había separado!
Luchó por apartarse de él y dejar la cama donde se habían amado para marcharse a algún lugar donde pudiera olvidarse de todo. Pero Edward la abrazó más fuertemente al tiempo que daba un suspiro. No había escapatoria. No en ese momento. Mientras Bella escuchaba la respiración lenta de Edward, su mente comenzó a dar vueltas.
Edward Cullen nunca la amaría. Y aunque estaba con ella en ese momento, estaba destinado a pasar el resto de sus días con Ángela Weber.
Edward se despertó lenta y perezosamente. Estaba todavía agotado y sentía los músculos completamente relajados. Abrió los ojos a la luz de la mañana y esbozó una sonrisa. No estaba seguro de lo que había dormido, pero no serían más de cuatro o cinco horas. Era suficiente. No quería pasarse más tiempo sin el cuerpo de Bella en sus brazos.
Fue a tocarla, pero su lado de la cama estaba frío y vacío. Edward se incorporó sobre un codo y, todavía adormilado, echó un vistazo a la habitación. La puerta del baño estaba abierta. Se frotó los ojos y miró la hora en el reloj de la mesilla.
—Las siete y media —murmuró.
Había dormido tres horas.
De repente, se le ocurrió algo y se sentó en la cama, haciendo un gesto negativo con la cabeza. ¿Lo habría soñado todo? Edward revisó de nuevo la habitación, pero no había señales de que Bella hubiera estado allí la noche anterior. No había ropa ni en las sillas ni en el suelo, ni tampoco estaban sus pendientes en la mesilla. Agarró la almohada y enterró el rostro en ella. Cuando descubrió que allí quedaban huellas del perfume de ella, esbozó una sonrisa.
—No ha sido ningún sueño —dijo.
Y en seguida recordó la pasión con la que habían hecho el amor. Cuando la había besado por primera vez, había estado buscando una pista que le hiciera recordar la noche de bodas. Pero cuando la penetró, estuvo seguro de que jamás había experimentado tal placer con anterioridad.
Bella le había mentido y debería estar furioso, pero en ese momento, le había dado completamente igual. Incluso le había parecido una muestra de que ella nunca había querido divorciarse. ¿Lo habría amado todo el tiempo? ¿Incluso cuando estaba con Ángela? ¿O habría empezado todo la noche del ascensor después de haberse bebido entre los dos aquella botella de champán?
Pero ya habría tiempo para responder a todas las preguntas que le quería hacer. Sólo había una cosa que quisiera aclarar cuanto antes: el asunto del divorcio. Lo cierto era que él ya no quería divorciarse. Por su parte, deseaba que siguieran casados.
Edward se levantó, agarró sus calzoncillos y se los puso, Bella probablemente estaría desayunando. O quizá habría ido al otro cuarto a darse una ducha. Salió al pasillo y vio que su puerta estaba abierta. Entró sin llamar.
—Te has levantado pronto.
La voz de Edward la sobresaltó y se giró bruscamente, con la mano en el corazón. Cerró los ojos y dio un suspiro profundo.
—No quería despertarte. Me he duchado aquí. Pensé... que querrías dormir más.
Edward observó que metía el jersey que él le había comprado en una bolsa.
—¿Qué haces?
—¿Tú que crees? —dijo con voz alegre—. Es toy haciendo el equipaje. Hay que estar en el aeropuerto a las diez.
Edward se acercó a ella y la agarró por la cintura.
—Cuando me desperté y no estabas allí, pensé que había soñado todo.
Ella se soltó y se dirigió al otro lado de la cama.
—No fue un sueño. Fue real.
Él la miró un buen rato, tratando de descubrir su estado de ánimo, pero ella evitó su mirada y continuó haciendo el equipaje.
—Bella, lo de anoche... quiero que sepas que...
—Me imagino que estarás impaciente por volver a Chicago —interrumpió Bella—. Estoy segura de que tus padres se alegrarán de verte.
—Quizá —dijo—, pero estaba pensando que no teníamos por qué volver hoy. Podemos que darnos un poco más si quieres. Nos queda dinero del anillo y podemos cambiar los billetes de avión.
Bella hizo un gesto negativo.
—No voy a quedarme y no voy a volver a Chicago. He decidido acercarme a San Francisco. Conozco a una figurinista que diseña trajes para óperas y siempre me está insistiendo en que vaya a visitarla. No tengo que trabajar hasta finales de enero, así que tengo un poco de tiempo y me tomaré unas vacaciones. Necesito aclarar las ideas.
Edward frunció el ceño sorprendido.
—Entonces, ¿te vas? ¿No vas a volver a Chicago conmigo? ¿Y lo de anoche?
—¿Qué? —dobló cuidadosamente la camiseta que se había puesto la noche del concurso en Happy Jackrabbit y la puso en la bolsa.
—Hicimos el amor, Bella.
Ella se encogió de hombros.
—Sí, nos acostamos juntos y así hemos satisfecho nuestra curiosidad. Y ya nunca tendremos la duda de cómo podía haber sido.
—Pero también hemos descubierto que hay algo especial entre nosotros. ¿Quieres dejarlo sin más?
—Ten... tengo que hacerlo —lo miró brevemente a los ojos, pero inmediatamente apartó la vista—. No saldría bien. Tú lo sabes y yo también. Somos dos personas muy diferentes y nuestras vidas también lo son.
—Pero eso puede estar bien...
—Tú necesitas a alguien que se acople a tu mundo. Una mujer que tus padres aprueben.
—Bella, estoy empezando a darme cuenta de que yo mismo no encajo en mi mundo. ¡Maldita sea! Podríamos quedarnos a vivir en México para siempre.
—Y hay muchas cosas más —continuó—. Siempre estamos discutiendo. Y luego está la marca.
—¿La marca?
—La marca del milenio. Me la enseñaste ayer. ¿Sabias que Ángela tiene la misma marca en la mano?
Edward se pasó la mano por el cabello, confundido por el comportamiento de Bella.
—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?
—Ella está destinada a ti. Y yo he interferido en vuestro camino. Estaba segura de que serías un marido horrible, pero estaba equivocada. Serás para Ángela un marido maravilloso
—Yo no amo a Ángela.
—Pero puedes amarla, y lo harás. Ambos tenéis la marca.
Edward se acercó a ella y la agarró del brazo.
—Maldita sea, Bella, escúchame.
—Y no tienes que preocuparte. Nunca le diré a Ángela lo que ha pasado, te lo juro. Será nuestro secreto. Nos divorciaremos discretamente y podrás reanudar tu vida. La vida que siempre has querido.
—Ésa no es la vida que quiero, Bella. La vida que quiero está a tu lado.
Ella alzó los ojos y lo miró. Luego, hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, no puede ser. Lo siento. No puedo ser tu esposa, Edward. Y, además, tampoco quiero serlo.
—Ya eres mi esposa —dijo él, agarrando su rostro para obligarla a que lo mirara—. No hace falta que nos divorciemos. Volveremos a Chicago y les diremos a todos que nos hemos casado. Es así de sencillo.
Bella lo miró y, por un segundo, Edward pensó que iba a aceptar, pero lo que hizo fue apartarse lentamente de él.
—Volveremos al mismo punto de partida dentro de unos meses, incluso en semanas. ¿Por qué no hacerlo ya?
Edward soltó una maldición. —de acuerdo, terminemos. Ahora mismo. Lo único que tienes que decirme es que no me amas. Mírame a los ojos y dímelo, Bella. Por lo menos me debes eso.
—Lo único que te debo es mi firma en los papeles del divorcio. Vuelve a Chicago y habla con tu abogado. Yo firmaré lo que sea en cuanto regrese —cerró la cremallera del bolso y se la puso al hombro—. Y ahora tengo que irme.
Edward la siguió hasta la puerta y la agarró para detenerla,
—Bella, no te vayas así. No puedo creer que tires todo por la borda por una estúpida marca de la mano.
—¿Ves? A eso me refería antes. Quizá yo crea en los adivinadores, pero eso te da igual, y yo no quiero que trates de obligarme a creer lo que tú crees y a actuar como tú actúas.
—Yo no pretendo hacer nada parecido. Me da igual que creas que hay hombres en la luna o no, pero sí quiero que creas en nosotros.
—No hay un nosotros, por eso el divorcio es la única respuesta.
Bella salió rápidamente a la galería. Sus pasos sobre los azulejos de estilo español resonaron hasta desaparecer en las escaleras y más allá en el patio. Edward se quedó pasmado.
¿Cómo era posible que todo se hubiera convertido en una pesadilla en tan poco tiempo? Después de la noche anterior, él creía que todo estaba claro entre ellos. Habían hecho el amor y se querían. Así que había llegado a la conclusión de que ya no tenía sentido el divorcio. Estaba seguro de ello.
Caminó despacio hacia la barandilla y miró al patio. Aquello no había terminado. Si Isabella Swan quería divorciarse, tendría que luchar por ello. La llevaría a juicio y pondría todo tipo de obstáculos hasta que finalmente admitiera que lo amaba.
Sería un escándalo público, pero no le importaba. Estaba dispuesto a perderlo todo: su herencia, a sus padres, quizá incluso a algunos amigos y colegas de profesión. Tendría que buscarse otro trabajo y probablemente tendría que dejar el apartamento.
Pero nada le resultaba tan horrible como perder a Bella Swan.
Bueno no me he tardado recién llego. Ya saben Reviews = Actualización.
Pues como ven a Bella terca! ¬¬'
Y bueno sritas. me lanzo a dormir. ¿ven que buena soy? Ni siquiera he podido ver bien a mi esposo Roberto en su prmiere, pero no las dejos sin cap. uu' dijo que pasaría por acá así que me preparo, para verlo.
AraXO
