Disclaimer:Ninguno de los personajes de Full Metal Alchemist me pertenece.

14/26 (Epílogo incluído)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Ya pasamos la mitad de la historia (en realidad, con el capítulo de ayer) y todavía queda la parte que más Royai tiene, que empezaría con el capítulo de hoy, así que les agradezco de todo corazón la paciencia. Y espero que este capítulo les guste... Como siempre, y discúlpenme por ser reiterativa y si mi agradecimiento parece genérico (no es la intención), quería decirles a todos los lectores que le dieron una oportunidad a mi historia y que pacientemente continúan leyendo, gracias. De verdad. Y aún más a quienes capítulo a capítulo me han hecho y me hacen saber lo que piensan. Especialmente a: inowe, Lucia991, Sangito, Anne21, Evelyn Fiedler, HoneyHawkeye, okashira janet, Alexandra-Ayanami, Noriko X, Arrimitiluki, kaoru-sakura, Maii. Hawkeye, yoake. laberinto y anónimo/a. GRACIAS. Ojalá este capítulo también les guste, el cual consta de dos partes porque se me extendió más de lo originalmente pensado... ¡Nos vemos y besitos!


Elección


XIV

"De estofado y argumentos sobrevaluados"


El día había empezado a las 0600, tal y como estipulado previamente, y esa había sido la hora en que todos los soldados tanto del Norte como del Este habían debido presentarse en los terrenos traseros del cuartel general para el entrenamiento conjunto. Completa –y prolijamente- uniformados y listos para comenzar la jornada con la diligencia y la exigencia propia de la milicia. A duras apenas y había empezado a aclarar progresivamente cuando los habían hecho formarse en filas –tal y como en la academia militar-, y en cuatro grandes bloques dejando un ancho pasillo entre cada uno de los bloques en forma de cruz por el que se habían paseado dos tenientes generales –uno correspondiente a cada cuartel- a caballo intercambiando saludos y palabras sobre las esperanzas de productividad en el entrenamiento como en años previos para luego dejar paso a la Mayor General Armstrong, del Norte, y al Mayor General Hakuro del Este, los cuales también avanzaron examinando las filas, para finalmente estrechar manos en medio de todo y dar comienzo al entrenamiento en conjunto.

Por supuesto, una estructura elevada de madera a modo de torre había sido alzada en los días previos –con una gran bandera verde con el escudo de Amestris cayendo frente a ésta- para aquellos superiores de Central que habían asistido a presenciar el entrenamiento. Éste año, a diferencia del año previo, el Fuhrer no había asistido personalmente. De hecho, la presencia de King Bradley en el último entrenamiento conjunto había sido una rara ocasión, una excepción, que había tenido más que ver con el hecho de que sospechaba que un golpe de estado –o algo similar- sucedería y había asistido personalmente para cortar cualquier intención de sabotear los planes de los homúnculos y aquel al que habían llamado Padre, que con otra cosa. En esta ocasión, sin embargo, las cosas parecían bastantes activas en Central y el propio Grumman –a pesar de sus expresos deseos de asistir- no había podido abandonar su puesto como líder del país en la capital. Aún cuando probablemente hubiera preferido eludir todo el trabajo que seguramente tendría acumulado sobre su escritorio, sólo por perder un par de días observando ejercicios de entrenamiento irrelevantes.

Por esa razón, un grupo de superiores de Central había asistido en representación del Fuhrer para observar todo el asunto. No sólo porque era el protocolo y correspondía a los procedimientos tradicionales sino porque se trataba también de una especie de evaluación no eliminatoria para los soldados presentes. En pocas palabras, tendrían que esforzarse dado que sus habilidades, destrezas y debilidades serían tomadas en consideración, advertidas y señaladas por escrito para el propio Fuhrer. Y para la mejora de entrenamientos futuros y aprestos de soldados para distintas situaciones militares y bélicas. Sin mencionar que ambos grupos del Norte y el Este –aunque mezclados durante el entrenamiento- serían cotejados y puntuados según un sistema objetivo de números en cada área para pensar mejoras en las áreas flojas de cada uno. También, una buena actuación generaría prestigio y mejoraría la reputación de sus superiores y Riza sabía que tanto su propio coronel como la mayor general Armstrong estaban en la mira del Fuhrer Grumman y evidentemente un buen desempeño de sus directos subordinados a cargo sería tomado en cuenta de igual forma. La capacidad de liderazgo evidentemente era una cuestión importante.

Así que el día había comenzado de esa forma, con una breve demostración de cañones disparando en cierta dirección y ellos siendo divididos en grupos mixtos y medianamente equilibrados para la realización de las distintas pruebas correspondientes al entrenamiento. Su unidad, un escuadrón de 12 personas –seis del norte y seis del este-, había estado conformado por un capitán del Este que Riza había visto meramente un par de veces en el cuartel, el cual había sido designado por su rango a líder de escuadrón. Cinco tenientes primeros; ella, un hombre más del Este y tres –dos hombres y una mujer- del Norte. Tres tenientes segundos, entre los que se encontraban la únicas dos personas de todo el escuadrón con las que realmente estaba familiarizada; Rebecca, y su antiguo compañero de academia Isaac. Dos suboficiales (uno del Este y una del Norte) y una sargento mayor del Este. Todos ellos designados bajo el comando del capitán Brewster.

Havoc, por otro lado, había sido asignado al mismo escuadrón que el teniente segundo Breda y que Lucy, su otra vieja compañera de academia la cual había continuado aumentando de peso desde la última vez que la había visto y sin duda alguna ahora estaba al mismo nivel que el previo teniente segundo. Por otro lado, y en otro escuadrón completamente diferente, habían sido asignados el sargento mayor Fuery junto con Falman –quien había asistido con el Norte para el entrenamiento-, así como Uni –su viejo compañero- y Charlie, ambos del Este. El segundo siendo uno de los que habían colaborado con el golpe de estado y la toma de Central con el coronel un año atrás. Así como también había sido uno de los encargados, si no EL encargado, de hacer estallar el tren en el que viajaba el Fuhrer aquella vez. En otro escuadrón Riza reconoció a Nora, una tiradora excelente con la que estaba familiarizada, y a Richard. Aquel hombre bajo, rechoncho y calvo que había ayudado al coronel y a ellos a invadir Central y que era amigo de Charlie. Los dos últimos habiendo sido parte del escuadrón de Mustang en la guerra de Ishbal (de donde aseguraban deberle lealtad y agradecimiento por haberlos ayudado a sobrevivir). Aún cuando ambos habían permanecido en la retaguardia del grupo de su superior. Aún entonces, todos ellos eran personas que apoyaban a Roy también para alcanzar su meta.

Y en relación a su superior, no había habido casi ocasión en la que se hubiera cruzado siquiera con él, salvo durante uno de los descansos junto a una de las tiendas dispuestas a los lados –proveyendo agua- y en el almuerzo. Y aún entonces había sido establecido que cada escuadrón almorzara por su cuenta por lo que ella lo había hecho en compañía de Isaac y Rebecca. Por supuesto, el escuadrón que había poseído al Alquimista de la Flama había tenido notable ventaja sobre otros en algunas cuestiones. Y su superior no había perdido oportunidad para hacerse notar entre el escuadrón e inclusive en el entrenamiento en general. Después de todo, él había sido designado el líder de su propio escuadrón y con examinadores de Central observando la práctica no podía permitirse tomarse libertades y cometer errores y tonterías. No era la primera vez, de todas formas. La experiencia en el desierto le había servido de utilidad para llevar a cabo la tarea correctamente. Después de todo, la mayoría de las personas estacionadas en el Este eran todos veteranos de Ishbal. Incluida ella.

Evidentemente, el Norte había resultado victorioso en los entrenamientos de supervivencia y combate cuerpo a cuerpo. Lo cual era lógico, dadas las condiciones extremas a las que estaban acostumbrados a vivir y luchar y al hecho de que la mayoría tenían notable parecido a los famosos osos de dos metros del Norte. Sin mencionar que luchar e intentar sobrevivir en el Este no era nada para ellos, aún cuando de hecho el Este se hubiera visto beneficiado porque el entrenamiento había sido realizado aquí y no en el frío de Briggs. Aún entonces, los soldados de la mayor general Armstrong habían arrasado con ellos. Ellos, por su parte, habían salido victoriosos por encima de los soldados del Norte en tiro –dado que la mayoría eran francotiradores con experiencia en la guerra-, siendo el grupo de ella y Rebecca uno de los principales representantes de esa victoria y en las pruebas de estrategia e inteligencia, donde el teniente segundo Breda (por el Este) había resaltado considerablemente también gracias a su notable astucia y capacidad de recolección de información, a pesar de su apariencia de no tener pista alguna de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Aún entonces, había destacado y con él el resto de su escuadrón.

Havoc, por su parte, había competido en la carrera de obstáculos como representante de su escuadrón y quedado bien posicionado dentro de los primeros. A pesar de estar algo fuera de estado debido a que aún se encontraba en recuperación completa de sus piernas. Aún entonces, y para un hombre que un año atrás había sido incapaz de sentarse por sí mismo, los resultados habían sido positivos y estaba segura que el teniente segundo estaría complacido con ello. Principalmente porque no había tenido dificultad alguna en superar los obstáculos, los cuales habían consistido en saltar vallas, salir de fosas, ascender por sogas con sólo la fuerza de sus brazos, avanzar cuerpo a tierra bajo una red de alambres de púa, entre otros.

Y eventualmente todos ellos habían debido hacer su cuota de flexiones de brazos –que Breda parecía haber resentido particularmente-, de estocadas, sentadillas, abdominales y demás rutinas que incluían también el atravesamiento de terrenos barrosos y de terrenos con cubiertas de autos por el centro de las cuales tenían que pisar para continuar avanzando. Todos ejercicios exhaustivos –que había encontrado exigentes en la academia y ahora a sus casi treinta años encontraba por demás de arduos- y todos pensados para medir la resistencia de ellos como soldados. Al final del día, Riza Hawkeye podía afirmar que se sentía drenada. Aún cuando intentara disimular el padecimiento físico que estaba sintiendo en aquel momento a medida que se deslizaba por los pasillos del cuartel general y hacia los vestidores femeninos donde había dejado sus cosas. Una buena ducha no le vendría mal.

Empujando con ambas manos las puertas del vestuario, ingresó al lugar. No realmente sorprendida de ver una gran cantidad de mujeres duchándose en el sector de duchas colectivas, mientras que otras se estaban ya vistiendo y algunas aguardando para poder ducharse e higienizarse también. Todas conversando animada y ruidosamente, para un espacio tan pequeño. Mujeres del Este y del Norte. Por lo que caminando calmamente y eludiendo personas, se dirigió a su casillero. Ignorando también la cantidad de conversaciones que estaban girando en torno a su superior en ese momento. A su lado, Rebecca abrió su casillero y la observó con una sonrisa, previo a sacarse la remera por encima de la cabeza y arrojar la prenda sucia y sudada en el fondo de éste —Vaya, Mustang es bastante popular.

Riza decidió ignorar la observación de su amiga y optó por señalar lo obvio —No deberías dejar eso ahí. Tu casillero olerá mal en la mañana.

Soltándose el cabello, el cual se encontraba húmedo a causa del sudor y el agua que se había arrojado en más de una ocasión para menguar el calor (a pesar de que la primavera recién comenzaba y las temperaturas estaban lejos de ser altas) Rebecca dejó la banda con que se lo había sujetado hasta el momento en uno de los estantes de su propio armario —¡Oh, vamos, Riza! ¿No te molesta? ¿Ni siquiera un poco?

Riza se preguntó cuantas veces más debería tener aquella conversación con la teniente segunda para dejar en claro su enfoque respecto a la temática —No, Rebecca. Lo que el coronel haga en su tiempo libre no me concierne.

Agachándose, se quitó las botas embarradas y las dejó junto al banco de madera tras ellas —¿Realmente? Eso es aburrido...

Riza exhaló calmamente —Lamento no satisfacer tus expectativas —replicó irónicamente. Rebecca torció el gesto pero ignoró el humor ácido de la rubia. De todas formas estaba acostumbrada a éste. Aún recordaba perfectamente la vez en que había colocado a Hayate en su rostro afirmando que era un buen macho cuando ella le había pedido que le presentara a alguien en Central. Así era ella.

Observándola de reojo notó que no se estaba desvistiendo. De hecho, había observado desde hacía tiempo que Riza jamás se bañaba en el cuartel general. E inclusive recordaba que tampoco lo había hecho en la academia, cuando el resto se había duchado, sino que había usado una u otra racionalización para hacerlo luego y en soledad. Era algo que le causaba curiosidad, no lo negaría. Y se preguntaba si tendría escrúpulos por que un grupo de mujeres la viera desnuda y sin embargo Hawkeye no le parecía ese tipo de persona. Así como tampoco le parecía el tipo de mujer que se avergonzaba de su cuerpo y por esa razón no se exponía frente a otros, aún cuando se tratara de personas del mismo sexo. No, Riza no parecía ser ninguno de esos dos tipos de persona y aún así jamás la había visto bañarse simultáneamente a ella. O siquiera quitarse la ropa en su presencia —¿No te bañarás?

La expresión calma de Riza no varió, ni traicionó nada al respecto —Prefiero hacerlo en mi casa —aseguró—. Además, tengo que alimentar a Black Hayate.

—¿Eso es todo? —preguntó ligeramente incierta—. Qué razón tan simple... —musitó, pensativa. Y Riza supo al instante que no le creía. No la culpaba, llevaba demasiado alimentándola con las mismas respuestas y razones que aunque no eran del todo falsas, no eran ciertas tampoco. Sin duda alguna, prefería la comodidad y practicidad de la ducha de su casa, eso era obvio. Pero no era por esa razón que no se duchaba en el cuartel y nunca lo hacía. Pero aún entonces, la razón era simple, y la simplicidad de los motivos era algo que había aprendido en Ishbal y que reconocía plenamente. Simplemente se trataba de una decisión propia de ocultar el tatuaje de alquimia de su espalda y las escaras de quemaduras que agraciaban su mancillada piel por el simple hecho de que se rehusaba a dar explicaciones al respecto. Después de todo, el círculo de trasmutación era ilegible ya y la única persona que debía verlo sin daño alguno lo había memorizado largo tiempo atrás. Si, el tatuaje era inútil y la investigación de su padre moriría con su cuerpo también pero no era esa la principal razón por la que había decidido ocultar su cuerpo de los ojos del mundo.

Sino por las quemaduras que habían dañado el tatuaje en primer lugar, las cuales revelaban más de la verdadera naturaleza de su relación con el coronel que cualquier otra cosa. Y ella ya tenía suficiente con tener que responder a las constantes interrogaciones de Rebecca sobre Roy para tener que además dar explicaciones de porque había cicatrices de quemaduras de tercer grado en parte de su espalda. Seguro, evidentemente su padre y Roy no eran los únicos que sabían de ello, dado que Knox había podido ver y comprender la situación en el momento en que su superior la había llevado a la tienda de campaña del Doctor en Ishbal, en un estado de semiconciencia, para que detuviera el daño de las quemaduras. Pero él había asegurado que podían contar con su silencio y ella sabía que era cierto. Sin embargo, ninguno de sus subordinados conocía la verdadera extensión de la relación entre ambos y Roy parecía haberlo preferido de esa forma.

¿Por qué? Riza ignoraba el razonamiento detrás de ello pero estaba segura que ni siquiera le había comentado a Hughes cuán atrás se remontaba su relación ni qué los había llevado a conocerse en primer lugar, aunque suponía que era una cuestión de preservación de ambos. Al fin y al cabo, su relación mutua ya había sido usada en más de una ocasión en su contra para someterlo a él y Riza no dudaba que habría alguien que probablemente intentaría algo así nuevamente. Sin mencionar que era su espalda la que cargaba con los secretos de la alquimia de fuego –por fútil que fuera ya el tatuaje- y el mero conocimiento de eso podría ponerla en riesgo a ella también. Sabía perfectamente que él jamás la pondría en un riesgo así sin razones suficientes. Así como ella no estaba dispuesta a ser utilizada una vez más en contra de él para subyugarlo en la forma en que lo había hecho Bradley.

Era un acuerdo táctico, y así lo prefería Riza. Por inútil que fuera ya el patrón grabado con tinta en su piel, nadie lo vería. Y ella se había asegurado y aún se aseguraba certeramente de que eso no sucediera en un futuro próximo tampoco.

Por lo que escuetamente replicó —¿Eso crees? —tomando sus cosas y cerrando el casillero con candado—. Las razones y motivaciones son siempre simples —antes de despedirse brevemente y comenzar a caminar hacia la salida. Sabiendo perfectamente que la próxima vez que estuvieran en esa situación, Rebecca volvería a preguntar lo mismo. Y ella volvería a responder lo mismo. Después de todo, ya estaba acostumbrada y llevaba años ocultando efectivamente los secretos de su espalda. Un día más no cambiaría nada.

Aún resintiendo cada músculo y articulación de su cuerpo caminó calmamente hacia la salida y hacia el fresco aire nocturno. Frente al cual se detuvo un instante, para permitirse sentir la brisa contra su pegajosa piel a causa del sudor seco, antes de retomar su rumbo de regreso a su apartamento. El cual, afortunadamente, no se encontraba demasiado lejos del cuartel y Riza así lo había preferido también. Sencillamente por el hecho de que era más conveniente de esa forma.

Sacando las llaves de su bolsillo, atravesó la puerta principal del edificio y hacia la puerta de su propia residencia. Delante de la cual se detuvo. Su expresión suavizándose ligeramente al oír a Hayate olfatear familiarmente al otro lado de la puerta, reconociendo su olor al instante. Introduciendo la llave en la cerradura, giró la mano –observó a ambos lados por precaución-, y destrabó la puerta. La cual se abrió con el girar de su mano encima del pomo. Su mediano perro negro y blanco se apresuró a ella al instante en que estuvo a su alcance, su cola meneándose alegremente de un lado al otro. Acuclillándose frente a él, acarició al pequeño can en la cabeza con afecto. Sus dedos deslizándose calmamente por el pelaje oscuro del animal.

Sin perder más tiempo, se irguió, caminó hasta la cocina y abrió el refrigerador, buscando particularmente la comida de Hayate y algo para ingerir ella misma sin que requiriera demasiada preparación. Sinceramente no tenía las fuerzas ni la voluntad para prepararse algo en aquellos instantes. Menos aún para encender la hornalla y cocinar algo medianamente elaborado para uno. Así que simplemente sacó las menudencias de pollo que había comprado para su mascota y una lata de sopa olvidada que poseía en uno de los estantes de su refrigerador. Probablemente no era lo mejor, considerando que aún quedaba para ellos un día más de entrenamiento conjunto y luego deberían retomar sus deberes y el caso que tenían en manos, y necesitaría toda la energía posible para ello. Sin embargo, tampoco podía obligarse a sí misma a tomarse el tiempo de hacerlo. La cena era meramente la satisfacción de una necesidad natural y viviendo sola, cualquier comida –por pobre que fuera-, cumpliría esa función perfectamente.

Depositando la lata con calma sobre la mesa, se giró sobre sí para retornar a dónde se encontraba el plato de su mascota y depositar la comida de éste allí. Ordenándole que le diera la pata, luego la otra y finalmente que se agachara contra el suelo antes de permitirle tener acceso al pollo. Cuando lo tuvo, Riza perdió toda posibilidad de atención de Black Hayate. Por lo que simplemente palmeó suavemente su cabeza y se enderezó para dirigirse a la mesa, sólo para ser detenida en sus pasos por un golpe rotundo en la puerta. Su mano instintivamente buscó la culata de su pistola, sus dedos enroscándose familiarmente alrededor del arma y sobre el gatillo. No estaba esperando a nadie, eso era seguro y dudaba seriamente que fuera prudente abrir su puerta con la guardia baja. Por lo que sacando cuidadosamente el arma de su estuche, extendió su otra mano hacia el pomo, abriendo la puerta al instante. Sus ojos caoba se abrieron ligeramente al ver de quien se trataba.

La respuesta fue una sonrisa arrogante —Cielos, teniente. Sus bienvenidas son casi tan cálidas como las del teniente segundo Breda. Siempre me hacen sentir como en casa.

Riza enarcó una ceja, mano en la puerta y otra en el arma —Coronel, ¿qué hace aquí?

Roy ignoró la pregunta de ella —Buenas noches, teniente. Es bueno verla también.

Ella decidió entonces pasar por alto los buenos modales de su superior en pos de una respuesta —¿Sucedió algo?

Pero el moreno meramente negó con la cabeza y se tomó el atrevimiento personal de ingresar al apartamento de ella, pasándola de lado. Riza, al ver sus acciones, cerró la puerta tras de sí –pensando que quizá habría algún motivo particular y relevante para el secretismo y la visita- y lo observó caminar hasta la encimera y depositar sobre ésta una bolsa de papel madera que hasta el momento no se había percatado que traía consigo y en uno de sus brazos. Así como tampoco se había detenido sobre el hecho de que no llevaba su uniforme azul militar puesto sino que estaba vestido con un atuendo clásico, elegante y casual, característico de él. Unos meros pantalones de vestir, chaleco, camisa y un abrigo, y una bufanda colgando de su cuello y cayendo de sus hombros. Su cabello alborotado como siempre y mojado, indicador de que probablemente se había duchado recientemente.

—¿Estofado? —los ojos de ella continuaron observándolo sacar cosas de la bolsa que desde su ángulo no podía identificar.

Desconcertada, replicó —¿Coronel? No creo seguirlo...

Roy negó con la cabeza y sacó algo más de la bolsa, abriendo uno de los cajones de su encimera y retrayendo de éste una cuchilla. La cual examinó por unos instantes antes de abrir otro cajón y sacar una tabla para cortar vegetales —Básicamente es todo lo que puedo cocinar sin quemar en exceso, teniente —como si estuviera acostumbrado a estar allí y conociera dónde estaba cada cosa perfectamente—. Y aún entonces no puedo garantizar nada —sonrió, observándola de reojo y aún de pie mirándolo con expresión indefinida.

Finalmente exhaló exasperadamente y dedicó a su superior una mirada severa —¿Qué hace aquí?

Roy sonrió y continuó cortando en rodajas uno de los vegetales frescos que había sacado de la bolsa —¿Qué parece, teniente? Cerciorándome de que mi subordinada no descuide su salud.

Ella negó con la cabeza y caminó hasta quedar a su lado, cruzándose de brazos y observando en forma reprobatoria sus acciones —Coronel, ese argumento esta sobrevaluado —señaló, puntualizando que ya lo había utilizado el día previo.

Él sonrió arrogantemente y continuó con la vista en su labor —Eso parece. Aún así, esa lata sobre la mesa le da cierta validez, ¿no cree?

—No, coronel.

—Entonces, ¿qué le parece esto, teniente? —argumentó, gesticulando con el cuchillo solemnemente y tomando el siguiente vegetal para cortar—. Pasaba por aquí con una bolsa de comida y supuse que mi teniente primera debería comer en algún momento también.

Riza ladeó ligeramente la cabeza y observó la herida en su frente, extendiendo su mano hacia ésta y deteniéndose antes de llegar —¿Se dañó la cabeza, coronel? —su expresión no denotaba humor por supuesto, y había detrás de la pregunta cierta preocupación genuina por su salud. Sin embargo, Roy estaba demasiado familiarizado con su temperamento para no reconocer el sarcasmo en ella. Por sutil que fuera.

—¿Se está burlando de mi, teniente? —masculló, pretendiendo haber sido herido por la insinuación de ella—. Realmente no aprecio que mi habilidosa subordinada dude de mi sanidad mental sólo por decidir tener un gesto con ella. Y por velar por su bienestar —añadió, sonriendo arrogantemente.

Ella exhaló una vez más y observó un último objeto en la bolsa —Coronel, dudo que el vino sea necesario para mi bienestar—señaló lo obvio.

Él sonrió y sacó la botella de la bolsa, depositándola encima de la encimera y abriendo una alacena y retrayendo de ésta dos copas, las cuales dejó junto al vino también —Entonces nunca sostuvo una conversación con la mayor general Armstrong.

Riza lo observó continuar cortando por un instante y asintió —Asumo que usted si, hoy.

—Si... es igual de borde que la última vez que nos vimos —replicó—. Por cierto, teniente. No pude evitar observar que tiene todo como siempre ¿Alguna razón particular?

Hawkeye asintió, comprendiendo al instante a qué se refería. No había sido intencional realmente, pero la distribución de sus utensilios y pertenencias en la cocina permanecía exactamente distribuidas –con algunas excepciones- a como lo habían estado en su casa cuando había vivido con su padre y él había sido el aprendiz de éste. Evidentemente él había estado familiarizado entonces con la cocina, dado que había pasado la mayor parte de su tiempo en casa de su sensei estudiando alquimia y cuando no estaba con su padre en el despacho, estaba allí, lo que explicaba porqué sabía dónde se encontraba cada cosa. Sin embargo, no tenía razones sentimentales o nostálgicas para ello —Es más práctico de esa forma. Estoy acostumbrada —aseguró.

Y él entendió en el momento. Su teniente no era particularmente sentimental en ese sentido y dudaba que tuviera nostalgia alguna de la época en que había vivido en aquella casa desvencijada con su padre —Eso pensé.

Riza lo observó seriamente —Coronel, no respondió a mi pregunta de por qué se encuentra aquí.

—Si lo hice, teniente —replicó, recuperando la sonrisa torcida en los labios—. Sólo que ninguna de mis respuestas le satisfizo.

—Eso es porque no son ciertas, coronel —insistió inflexiblemente.

Él asintió, haciendo un gesto dramático con la mano que poseía el cuchillo y replicando a modo de broma —Bien, me atrapó. Soy un indigente, teniente. No puedo permitirme un apartamento propio con mi salario.

Riza enarcó una ceja, cruzándose de brazos y enderezando su espalda —Dudo seriamente eso. Su salario es superior al mío.

—Quizá debería quejarme con el cuartel general entonces —musitó, cortando un pedazo de zanahoria y dándoselo a Hayate. El cual masticó el trozo alegremente, aún cuando evidentemente el sabor no le convencía del todo.

—Coronel —le advirtió con dureza, y añadió—, no malcríe a Black Hayate.

El hombre asintió y detuvo el cuchillo a mitad de atravesar por completo otra porción de la verdura —No dejará ir el tema, ¿verdad?

—No, señor —aseguró.

Y él volvió a hacer un gesto afirmativo, la sonrisa plasmándose una vez más en su perfectamente afeitado rostro —Considérelo mi tercer intento entonces, teniente.

—¿Intento, coronel? —repitió.

—Así es. Dejémoslo en intento de cita por el momento. Como dije, no puedo garantizar que esto salga bien —replicó haciendo un gesto a la comida que estaba preparando y retomando su actividad de cortar la última verdura que le restaba por rebanar.

Riza volvió a observarlo de forma inquisitiva —¿Entonces decidió invadir mi casa esta vez?

Roy fingió inocencia —Secuestro, invasión. Sigue usando palabras fuertes, teniente. Y sinceramente no sé por qué. Si quiere podemos decir que se rompió mi cocina.

—No es gracioso, coronel —replicó. Entrecejo fruncido.

Pero el moreno simplemente abrió la puerta bajo la encimera y sacó una olla de ésta, la cual colocó sobre la hornalla —No hubiera aceptado si lo hubiese puesto en esos términos.

—No.

—Mi punto exactamente, teniente. Además, no es como si nunca hubiéramos almorzado o cenado juntos —de hecho, cuando él había sido aprendiz de su padre, generalmente eran sólo ellos dos comiendo, dado que su maestro rara vez abandonaba por entonces su despacho y Roy sabía que ella también sabía a qué se refería con ello.

Riza se relajó ligeramente, aunque no del todo —Eso no lo hace menos inapropiado, señor.

—No —concedió él—, así como tampoco lo es un golpe de estado teniente, ¿o planea contradecirme en ese punto?

—Eso fue diferente —objetó, firme. Eso había sido diferente.

Pero él solo volvió su mirada a ella y enarcó una ceja —¿Cómo?

Evidentemente, no tenía respuesta a eso. Más aún, sabía perfectamente que ésa era una discusión que estaba destinada a ser perdida de su parte. De todas formas, no podía ya echarlo de su casa. Era su superior, después de todo, y a pesar de todo ella comprendía eso perfectamente. Aún cuando ocasionalmente se tomara la libertad de responderle mordazmente ignorando ese significativo hecho —No es una buena idea.

Roy asintió —Un argumento sobrevaluado, teniente. Cualquier sinónimo de inapropiado también califica.

Riza soltó un suspiro y asintió, recordando que aún no había tenido la posibilidad de darse la ducha que tanto había anhelado. De hecho, aún continuaba vistiendo el caluroso uniforme en el interior de su apartamento —Permiso para retirarme y asearme —dijo finalmente.

Él sonrió satisfecho y asintió —Tómese todo el tiempo que necesite, teniente. Y si por casualidad huele a quemado, le aconsejaría que use la escalera de emergencias. Tiene mi palabra de que intentaré salvar a su perro.

—Por favor absténgase de hacer ese tipo de bromas, coronel —le reprochó seriamente.

—Tiene razón, teniente. Mi error. Prometo no calcinar a su mascota —aseguró, levantando su mano forrada de blanco para exagerar el gesto. Riza negó calmamente la cabeza y se marchó al interior de su habitación. Roy la observó por el rabillo del ojo desaparecer de la cocina—. Parece que quedamos sólo nosotros dos —dijo finalmente volviéndose al perro, el cual meneó la cola y aceptó de buena gana el trozo de comida que el hombre le entregó. Luego añadió, con una sonrisa cargada de confianza—. No le digas a tu ama.

Cerrando suavemente la puerta de su habitación, permaneció un instante con la mano apoyada contra ésta y su frente contra la madera. Sus párpados cayendo pesadamente y su boca tensándose en una línea. Aún desde allí, aún estando en la cocina, podía oírlo moviéndose de un lado al otro. Con el sonido de las patas de Hayate siguiéndolo alborozadamente y trotando de un lado al otro tras él. Probablemente estaría alimentándolo, a pesar de que Riza específicamente le había dicho que no lo hiciera por el simple hecho de que ahora ella no se encontraba allí para reprenderlo y él podía hacer todo lo que ella no le permitía. Así era siempre, de todas formas. Ella abandonaba la oficina y él desechaba momentáneamente el trabajo hasta que ella regresara una vez más y lo reprendiera como a un niño. Y así era también en batalla. Ella debía advertirle una y otra vez que ni se le ocurriera acercarse al campo de batalla, más aún después de lo sucedido con ella y Gluttony, porque de otra forma él dejaría su escondite seguro y discreto sólo para salvar a cualquiera de sus subordinados y arriesgar toda la operación. Su superior tendía a desecharlo todo ocasionalmente, y Riza se preguntaba qué estaría pasando por su cabeza ésta vez para poner en riesgo todo en la forma en que lo estaba haciendo estando allí, con ella.

Era un riesgo, para ambos, y una de las razones por las que nunca habían avanzado en la dirección en que él proponía ahora y Riza no veía qué había cambiado en las condiciones externas para hacerlo cambiar de opinión a él. No, nada había cambiado, estaba segura de eso, y todo seguía de la misma forma. Aún era un riesgo. Aún había demasiadas razones para no hacerlo y no las suficientes para sí hacerlo y aún todo parecía una terrible idea vista desde un punto de vista racional y ese había sido siempre su enfoque respecto a la situación. Sin embargo, y por más que pudiera enumerar por orden alfabético y por orden de relevancia todas y cada una de las razones que tenía prolijamente archivadas en su cabeza para no dar lugar a aquello, no podía obligarse a sí misma a llevar a cabo una acción activa al respecto.

No podía alejarlo tanto como sabía sería prudente. Y el hecho de que él aún se encontrara allí era prueba irrefutable de ello.

Ella debía ser más sensata que eso.