Ñam.

Yenapa:Vamos a decir que recibe lo que merece y ya está. ¡No spoilers!


XIII

Con el Tiempo

El viento de Hibernalia rugía como siempre, azotando los muros de las edificaciones y colándose por las rendijas de las ventanas y puertas. En el Colegio solía hacer aún más frío que en el resto del pueblo. Al menos eso le parecía a Isildë, quien se arropaba como podía con la capa y dejaba escapar una bocanada de humo maldiciendo por lo bajo el frío cortante que provocaba que se le enrojeciera la punta de la nariz.

Después del incómodo encuentro con Ancano había hecho todo cuanto estaba en su mano por evitarlo, pero él parecía disfrutar lanzándole indirectas cada vez que tenía la oportunidad, como manteniendo su amenaza vigente y presente con una sonrisa cínica cruzándole el rostro. Isildë no respondía nunca, simplemente continuaba su camino con un estremecimiento. Se sentía acorralada, vulnerable por primera vez en muchos años. Después de intentar desaparecer lo había conseguido, pero a cambio de permanecer a merced de un Thalmor que no dudaría en propiciar su muerte si lo consideraba provechoso. Lo cierto es que ni siquiera entendía muy bien sus intenciones, no le era de utilidad, así que no tendría sentido mantenerla así… Pero tampoco ganaría nada entregándola, al menos no a nivel personal, lo que indicaba que tampoco estaba completamente del lado de los Thalmor. Algunas semanas soportando aquella situación mientras observaba en silencio tratando de averiguar algo más no hicieron más que impacientarla y se había decidido a tentar a su suerte.

-Luce tensa, señorita mercenaria.- le dijo el elfo una noche mientras ella bebía algo de té en la larga mesa que servía de comedor en el mismo piso en que se encontraba su habitación.- ¿Podría ser que el Colegio no sea de su agrado?- terminó sentándose en una silla lateral.

-No es el Colegio sino sus plagas.- respondió ella sin girar la cabeza, con tono desenfadado.

-¿Así que te has dignado a responder?- rio él levemente.- ¡Qué valiente!

-Me gusta creerlo así.- replicó ella.- Además, me será más fácil adivinar tu juego.- terminó el té de un sorbo.

-Puede que estés tratando de jugar algo peligroso.- se reclinó en el respaldo, con los codos apoyados en los brazos de la silla y los dedos entrelazados frente a su boca.

Isildë se puso de pie se detuvo en la salida.

-Existen cosas aún más peligrosas, creo que correré el riesgo.- finalizó y se marchó a su habitación.

Ancano sonrió levemente para sí y se retiró de la torre.

El mes siguiente estuvo plagado de incisivos comentarios que iban y venían entre ellos, cada uno tratando de calcular la estrategia del otro. También fue el mes donde un grupo de estudiantes había desaparecido misteriosamente, sin que nadie pudiera decir nada sobre su paradero. El Archimago, con la preocupación marcada en el rostro, convocó a una junta con el personal del Colegio, incluyendo a Ancano e Isildë.

-Es de vital importancia que estén atentos ante cualquier indicio que pudiera brindarnos una pista, por pequeña que sea.- remarcaba con el entrecejo fruncido.

-Tal vez Ancano tenga algo que decir sobre el asunto, ha estado muy callado hasta ahora.- sugirió con voz cantarina Isildë.

Mirabelle miró con severidad al Thalmor, como esperando alguna respuesta convincente, mientras que el resto del grupo guardaba silencio ante lo pesada que se había vuelto la atmósfera de repente. Ancano sonrió sin perder la elegancia de su postura.

-¡Por favor! Estos temas mundanos no me provocan ningún tipo de interés y la última vez que revisé mis funciones en el Colegio, el estar a cargo de un grupo no era parte de ello.- negó levemente con la cabeza.

-Aun así podrías haberlos visto en algún momento.- recalcó Mirabelle con los brazos cruzados.

-Si tuviera algo que añadir y que agilizara esta tediosa junta, ya lo habría hecho por respeto a nuestro tiempo, Mirabelle.- señaló el elfo.

El Archimago suspiró levemente, Isildë se regodeaba para sus adentros de haber podido sacar de balance a Ancano. Era cierto que eso no le traería ningún beneficio, pero era una inocente venganza por los malos ratos que le había estado haciendo pasar últimamente.

-Discutir no nos llevará a ninguna parte.- trató de apaciguar el Archimago.- Sólo les ruego que ante cualquier novedad se sirvan de informarme a mí o a Mirabelle. Quisiera que intentaras realizar un rastreo con esa información, si es posible, Silver.- la elfa asintió dándose por aludida.- Bien, entonces, damos por concluida la junta.- dio una palmada y cada persona se retiró a sus actividades.

El resto del día Isildë saboreaba su pequeña victoria con el añadido de que no había visto ni rastro del Thalmor desde que había terminado la reunión de aquella mañana. Paseando por la muralla lograba escuchar el murmullo lejano de un rugido de dragón o un aleteo poderoso, pero ninguno lo suficiente cerca como para representar una amenaza.

Ya entrada la madrugada, había decidido bajar a descansar algunas horas antes de volver a la rutina. El Colegio estaba bajo un silencio sepulcral, no se escuchaba nada más que las profundas respiraciones de sus habitantes y el viento. Entró en su habitación y se quitó capas de ropa hasta quedar descalza y sólo con los pantalones y la suave blusa interior. Con los dedos y el cepillo comenzó a cepillarse el cabello para después sacar lo que podía de la humedad que la nieve le había dejado con ayuda de una toalla. Apenas escuchó unas ligeras pisadas, se giró para toparse de frente con Ancano que acababa de entrar con gesto adusto y la tomó por las muñecas.

-¿Qué diablos crees que haces?- dijo ella zafándose y tratando de modular su voz para no despertar a los demás.

-¿Te crees muy lista?- volvió a tomarla.- ¿Crees que puedes jugar conmigo?- deslizó una mano debajo de su blusa. Isildë despegó los labios pero se vio silenciada por un beso invasivo, rudo que sólo se vio interrumpido cuando necesitaron volver a tomar aire.- Intenta algo. A mi podrían sacarme de aquí pero sólo eso, los Thalmor creerían en mi inocencia. En cuanto a ti,- su mirada era penetrante y amenazadora.- irías directo al cadalso.

Isildë sintió el pánico ascender por su pecho e intentó retroceder con brusquedad, pero Ancano la aprisionó contra el tocador.

-Llevas deseándolo algún tiempo, ¿no?- deslizó los dedos por la espalda de ella con un toque casi imperceptible.- Puedes mentirme a mí todo lo que quieras, pero no a ti misma.- besó levemente el cuello de la elfa hasta alcanzar su oído, arrancándole un suspiro involuntario mientras ella trataba de calmar su desbocado corazón.- Anhelas el contacto… ¿Algo de atención, tal vez?- murmuró mientras la giraba, sin dejarla escapar, y retiraba el cabello de la parte de atrás de su cuello.- Estás tan sola…- deslizó las manos nuevamente bajo su blusa y comenzó a masajear sus pechos, aprisionando rápidamente sus pezones entre los dedos. Isildë se mordió los labios, su cuerpo se negaba a responder y con cada palabra de él, el recuerdo de Ulfric se hacía más presente al igual que el dolor, sus ojos estaban anegados en lágrimas.- ¡Oh, no, querida!- le tomó el rostro con una mano, obligándola a alzarlo y mirándola a través del espejo.- Piensa que será un beneficio para ambos.- le besó los hombros y alcanzó su oído de nuevo.- Yo conozco los deseos más profundos en ti antes que tú misma pienses siquiera en ellos. Puedo leerte tan perfectamente…- deslizó una mano a su ropa interior y ella reprimió un suspiro.

Sentía sus pensamientos nublados y un profundo dolor, no podía dejar de reaccionar ante su toque preciso y confiado. Con una última punzada de dolor en el corazón, dejó su espalda descansar contra el pecho de él. Ancano sonrió con malicia contra su oreja y la tomó de la cintura para guiarla a la cama.

No hubo palabras dulces, ni caricias delicadas. Ancano dejaba marcas dolorosas en lugares poco visibles y arrodillaba a la elfa ante él, instruyéndola para complacerlo. Cuando entró en ella, Isildë sollozó en silencio, en parte por el dolor y en parte por sentirse humillada y vulnerable debajo de su peso. Ella le había dejado surcos rojos en la espalda con las uñas y lo único que se escuchaba eran las respiraciones agitadas de ambos. Alcanzó su éxtasis y ocultó el rostro en el cuello de él.

No estaba muy segura de en qué momento había terminado todo, pero lo había escuchado marcharse después haberle murmurado algo al oído que no logró comprender. Isildë se quedó allí, dormitando y enredada en las sábanas. El frío del colegio se había hecho aún más penetrante con el contraste de la cálida cama.


Habían pasado poco más de ocho meses desde que Brynjolf y Sirion habían dejado a Isildë en Hibernalia. Sirion pensaba en ella constantemente, se preguntaba cómo lo estaría pasando, si estaba bien, si había cenado algo, si la gente no la molestaba demasiado, si la habían encontrado… Le inquietaba enormemente su sepulcral silencio pero Brynjolf insistía en que era mejor si no tenían noticias de ella ya que eso significaba que aún estaba oculta, aun así, Sirion podía notar cierto aire de preocupación cada vez que se empeñaba en negarlo.

-Ya una vez desapareció un tiempo y regresó. No hay razón para creer que será distinto esta vez.- decía.

Sirion se esforzaba cada día y Brynjolf lo notaba. Tenía la esperanza de mostrarle a Isildë lo mucho que había mejorado cuando volviera. Se había propuesto potenciar sus habilidades naturales para su propio beneficio, aprendió a hablar con labia para convencer a las personas, a que sus pasos fueran más silenciosos, a actuar con rapidez y discreción, sus manos se habían vuelto más hábiles y podía defenderse bien en combate aunque en esto aprendía con más lentitud. No era un luchador extraordinario, pero al menos podía evitar ser asesinado con facilidad. Brynjolf había estado asignándole trabajos más y más importantes y complicados y, con el tiempo, le había tomado cariño al muchacho.

No lo admitía en voz alta, pero Brynjolf también pensaba mucho en Isildë y, en el fondo, también se preguntaba si seguía con bien. Era cierto que antes se había ido, pero nunca durante tanto tiempo. Intentaba mantener su mente ocupada y enfocaba la mitad de sus esfuerzos en entrenar a Sirion y, por otro lado, procuraba mantener a raya el creciente mal humor de Mercer, que había aceptado por fin a Sirion, aunque de mala gana.

El resto del gremio iba y venía en sus quehaceres, sin preocuparse demasiado por nada más y veían en Sirion un pequeño aprendiz que aliviaba los momentos de angustioso silencio con historias y leyendas propias de su tierra que los entretenían por horas en el Jarro Ajado. Era una compañía amena y había dejado atrás casi por completo al nudo de nerviosismo que había entrado por primera vez a la madriguera. Al igual que Brynjolf, muchos le habían tomado cariño.

Con el paso de los meses, Isildë había adelgazado con alarmante rapidez, moretones y heridas adornaban su piel con mayor frecuencia como consecuencia de las visitas nocturnas de Ancano, quien se deleitaba sometiendo a la elfa a las humillaciones que su entorno le permitían sin sonar demasiado sospechoso.

Estos abusos se extendieron durante un año más, tortuoso y lento para la elfa, durante el cual los ataques de dragones se habían incrementado y con los cuales le costaba cada vez más lidiar. Afortunadamente, había logrado hacer unas cuantas migas con la guardia de la ciudad y, valiéndose de la facilidad de palabra que poseía, logró que mantuvieran en secreto su estancia en Hibernalia después de haberse ganado su simpatía y ellos solían ayudar con todo a combatir siempre que ella lo solicitaba. Algunas quemaduras nuevas y cicatrices habían aparecido en su cuerpo, sumadas a las que el propio Ancano le infligía, con las batallas. Aun así, los dragones no eran un problema tan recurrente como los animales salvajes que se acercaban hambrientos al pueblo buscando algo de comer.

El Archimago no dejaba de notar el cansancio en la mirada de la elfa y solía preguntarle cómo le iba durante el día con una sonrisa amable, ella siempre respondía que bastante bien y se aseguraba de sonreírle de la misma manera. Él se retiraba con una mirada indulgente y reiterando que le hiciera saber si necesitaba algo.

En uno de esos días en los que hacía la guardia sobre la muralla, había decidido recargarse sobre el barandal de uno de los cubos de vigilancia para fumar. Miraba a la distancia, melancólica, enferma anhelo. Echaba de menos el calor del abrazo de quien la había entrenado, esa persona que se había convertido en su hogar y su razón para regresar al mismo lugar. Él le había enseñado que siempre sería su hogar donde hubiera personas que la esperaran con un cariñoso recuerdo. Volver ese día para encontrar muerte había terminado de destruir su capacidad de enraizar en alguien nuevamente, o al menos eso había creído. Los ojos se le cristalizaban por momentos, pero encontraba fuerza para mantenerse firme.

Las ligeras pisadas sobre la nieve, detrás de ella, la sacaron de su ensimismamiento.

-¿Un alto elfo fumando? No dejas de asombrarme.- canturreó Ancano.

-Como si no te hubieras dado cuenta antes del olor a tabaco.- replicó ella con voz tenue.

-Lo noté, pero nunca te había visto.- se recargó junto a ella.

-Sírvete entonces.- y le lanzó el humo a la cara con saña.

Ancano abanicó con una mano y una leve sonrisa.

-¿De qué pretendes esconderte?

-¿Vas a comenzar a interrogarme? Creí que ya sabías lo que querías saber.

-Hemos hablado muy poco, realmente. Hay mucho que puedes contar.

-Nada que te interese.

-Por el contrario, digamos que es curiosidad científica.

-Y una mierda.- respondió ella enfadada.

Ancano se enderezó, haciendo muy evidente la gran diferencia de estaturas entre ellos, se colocó detrás de ella y le desató el nudo de la venda. Isildë se tensó pero no hizo nada para evitarlo. Tomó su pipa y la dejó sobre el barandal, le tomó la barbilla y la miró directo a los ojos, como tratando de leer algo en ellos. Isildë desvió la mirada casi de inmediato.

-Cierra los ojos.

Isildë alzó una ceja volviendo a mirarlo con una mezcla de duda y enojo.

-¿Te hice creer que era una petición? Disculpa, era una orden.- añadió él.

Ella suspiró con hastío y obedeció.

-¿Qué pasaría sí...?- murmuró Ancano para sí y le cubrió los oídos firmemente con las palmas.

Isildë se tensó nuevamente bajo su tacto. Lo primero que captó de esta manera fue la esencia del elfo. Alguna colonia, probablemente. Olía a madera y un toque dulzón. También percibía ligeramente el calor de su cuerpo y su respiración rozando su rostro. Podía escuchar su propio corazón palpitar. Sintió el roce de sus labios y se tensó aún más dando un leve tirón hacia atrás por el sobresalto a la vez que abría los ojos y lo miraba. ''Confía'', pudo leer en sus labios. Lo miró a los ojos y él no le dirigía esa mirada altanera y de superioridad, más bien parecía contemplarla, estudiarla. Ella temblaba, volvió a cerrar los ojos y dejó que él se acercara. Unió sus labios con los de ella despacio, saboreándola y cuando ella se relajó, dejó sus dedos correr entre su cabello y con una mano la sostuvo por la cintura, apegándola a él. Ella deslizó los dedos con duda sobre su pecho hasta dejar las manos descansar sobre sus hombros. Ancano entreabrió los ojos, estaba tan cerca que casi podría contar sus negras y largas pestañas, el rubor le tenía las pálidas y ahora descarnadas mejillas. Hundió la mano en su cuello para acomodarla en un ángulo donde podía profundizar su beso. Ella suspiró. Le correspondía temblorosa pero, por primera vez, entregada por completo.

Repentinamente, Ancano la soltó, le tomó las manos para devolverle la venda, hizo una levísima reverencia y se fue con una expresión de extrema seriedad en el rostro. Isildë se quedó allí, tratando de recuperar el aliento, sintiendo el frío envolverla nuevamente. Se abrazó a sí misma y se sentó en el banco del cubo. No acababa de comprender del todo lo que sucedía, ni estaba muy segura de si Ancano estaría enfadado. Simplemente tomó la pipa de nuevo y sorbió sedienta, volviendo a maldecir el frío infernal, como lo llamaba ella.