Hola nuevamente, mis queridos lectores. Seguramente os estéis preguntando, ¿por qué he actualizado tan pronto cuando avisé de que tardaría en actualizar por mis exámenes? Pues por una sencilla razón. Hoy hace un año que publiqué el primer capítulo de este fic y como resulta que no lo he abandonado después de tanto tiempo y sigo publicando periódicamente pensé que sería un bonito acto recordar este hecho. ¡Qué viejo eres, fic! Ya tienes un año de vida y apenas ha empezado la verdadera trama, me siento lenta… Bueno, ¡espero que os guste el capítulo!
Remembranza
Noviembre de 1191 d.C.
Altaïr había permanecido en la cornisa, agazapado entre las sombras mientras observaba como la sinuosa figura de María desaparecía entre la muchedumbre. Sus ojos la habían seguido en la lejanía hasta perderse en las concurridas calles de la ciudad, siendo lo único que podía hacer en esos momentos. Desde que embarcaron en el navío templario supo que ese día llegaría: la despedida definitiva, y después de los sucesos ocurridos la tarde anterior sabía que su separación era inevitable.
Cerró los ojos bajando la cabeza, sintiendo un ligero malestar que se había ido abriendo paso en su interior desde la llegada a Acre. Por eso había tardado en encontrarse con ella. Justo antes de comenzar a bajar por la estrecha callejuela se había quedado quieto en lo alto del edificio, observando cada uno de sus gestos sin poder evitar que una débil sonrisa se formara en su rostro. No sabía a qué se debía ésta, no estaba precisamente feliz de que María se separara de él, pero verla ahí abajo, esperándole pacientemente y enarcando las cejas cada vez que veía pasar por la salida del puerto a alguien que no era él le había generado un sentimiento agridulce. Un pequeño atisbo de felicidad que había sido opacado por la profunda tristeza que le provocaba esa situación.
Y, estando ahí en las alturas, se preguntó por primera vez qué era lo que más le había llamado la atención de aquella tozuda mujer. ¿Por qué desde que la vio no había conseguido quitársela de la cabeza? Antes de acostarse en Masyaf siempre se había dedicado a divagar sobre ella, recreando el momento en el que se encontraron con tal exactitud que le había permitido dibujar su rostro con total detalle. Pero eso no le había aportado ninguna respuesta clara sobre esa ligera obsesión que le había creado la inglesa, sino que en su mente se habían generado aún más preguntas que sólo ella podría contestar. María era diferente a lo que conocía, a todas y cada una de las mujeres que se habían presentando en su vida, y eso la hacía especial.
Intentó en vano alejarla de su mente centrándose en el estudio de la Manzana y en sus labores como Maestro de la Orden, cosa que conseguía que no pensase en su encuentro durante largas horas. Pero durante la noche le resultaba imposible apartarla de sus pensamientos. Sentía vivaz curiosidad por ella, la forma en que le había tratado había despertado en él cierta incertidumbre que a pesar del tiempo no había podido calmar. Y conocerla no había hecho más que avivar su deseo de comprenderla, de querer permanecer más tiempo a su lado, disfrutando de su genuina compañía. Sin embargo eso iba a terminar. Después de su separación no habría más momentos que compartir aparte aquella despedida, y él no podía hacer nada para evitarlo.
Al bajar para reunirse con ella había pretendido actuar normal, ignorando el ahogado sentimiento de tristeza que parecía abrumarle con cada palabra que pronunciaba. En esa ocasión María era la que nuevamente había conseguido sorprenderle al casi gritar aquellas palabras de agradecimiento, haciendo que se sintiera inicialmente confuso para luego derivar en una ligera calidez que sofocó algo su pesar. La inglesa mantenía la cabeza alta, observándole directamente con sus ojos cristalinos, ¿qué podía haber contestado él sino aquello? Que habría sido capaz de vencer a esos borrachos ella sola si le hubiese dado una oportunidad, era una experta luchadora y estaba seguro que con las armas adecuadas hasta letal. Simplemente le respondió la verdad, pues confiaba en sus habilidades.
«Y se rió» pensó, alzando la vista sin fijarse en ningún sitio en particular.
La risa de María era algo que había aprendido a atesorar. No eran muchas las ocasiones en las que lo hacía, siempre se mantenía a la defensiva usando palabras ácidas y un tono mordaz cada vez que se sentía acorralada. Sin embargo en algunas ocasiones durante su viaje, en los momentos en los que parecía totalmente relajada se daba la libertad de reír. No una risa estridente, sino algo más sutil, un gorjeo casi infantil que conseguía hacer que él sonriese con solo verla así. Pero la última que le había dedicado era diferente, nerviosa y entrecortada, como si ni ella misma hubiera estado segura de haberla producido. Y después de eso, la angosta despedida.
Lanzó un suspiro reflexionando sobre la situación en la que se encontraba, ya que por mucho que le doliese aquella separación no podía dejar que le afectase. Ser un Asesino le había enseñado que las emociones debían estar controladas en cierta medida, de modo que no podía dejar que sus sentimientos vagaran desbocados en su interior. Ya lo hicieron una vez, cuando la rabia y el odio llegaron a consumirle, haciendo que olvidase sus órdenes, su misión… desembocando en una venganza que, aunque llegó a consumar, no le trajo ninguna satisfacción. ¿Acaso matar a los Templarios que acabaron con la vida de Adha iba a traerla de vuelta? Siempre supo que esas muertes no lo saciarían, pero aún así blandió su hoja contra aquellos que se la habían arrebatado.
No podía dejar que dichas emociones volvieran a interponerse entre él y sus responsabilidades. Ya no era un simple Asesino, ahora era el Maestro de su Orden, un modelo a seguir, y debía actuar tal como se esperaba de su rango, aunque eso significase negar cualquier pensamiento que tuviera sobre la inglesa. A continuación debía dirigirse a ver al rafiq de la ciudad para hacerle llegar las noticias sobre lo que había ocurrido en Chipre. Desde allí tenía la intención de enviar un mensaje a Masyaf para anunciar su regreso en las próximas semanas, principalmente para contactar con Malik, quien seguramente se estaría preguntando porque llevaba cerca de un mes sin informar de sus actividades lejos de Tierra Santa.
La casa de Asesinos de Acre se encontraba escondida a simple vista, al igual que todas las guaridas repartidas por las grandes ciudades. Allí residía permanentemente un rafiq, una persona cuyo deber era recabar toda la información necesaria para dársela a los novicios cuando éstos tenían que interceptar a algún objetivo. Altaïr conocía bien al que se encontraría entre las paredes del refugio, su nombre era Jabal, un Asesino bastante mayor con una extraña obsesión con sus palomas, a las que solía susurrarles y con las que conversaba como si fueran personas conocidas, cosa que siempre solía preocupar a todo aquel que pasaba por allí.
Jabal nunca había tenido fama de ser un Asesino eficaz, demasiado tranquilo y sumiso. Cuando Altaïr era joven siempre que iba a Acre pensaba cómo alguien como él podía haber acabado comandando a los informadores de la ciudad, hasta que mucho después de ello consiguió comprender cuál era el talento de aquel hombre. Aunque su rango fuera algo muy cuestionado por la Orden el Asesino era eficaz en su trabajo; así lo demostraba él que había conseguido permanecer en la ciudad después del asedio sin llamar la atención ni de templarios ni sarracenos durante todo el tiempo que había estado en ese lugar. Para el resto del mundo era invisible, alguien solitario y callado que solía pasar inadvertido, por eso por mucha información que recabase nunca lo habían descubierto.
Aquel lugar se encontraba en la zona centro de Acre, un sitio que apenas llamaba la atención de los guardias donde todos los Asesinos debían ir para informar de sus misiones en la ciudad. En su caso tenía que presentarse allí porque era el único lugar desde donde podía enviar un mensaje con la seguridad de que no sería interceptado. Las palomas mensajeras recorrían el cielo de Acre con frecuencia, siendo el método más sencillo de que llegaran noticias de los alrededores debido a que la correspondencia a pie podía ser asaltada de camino a su destino, lo que retrasaría la llegada de dicho mensaje o, en el peor de los casos, nunca llegar a manos del destinatario.
Altaïr comenzó a moverse con rapidez sobre los tejados de la ciudad hacia la casa de los Asesinos, la cual no estaba demasiado lejos de donde se hallaba. Evitar a los guardias que se encontraban haciendo sus rondas en lo alto de los edificios fue sencillo. Ocultándose eficazmente en los lugares donde la sombra apenas dejaba ver su figura fue atravesando las concurridas calles por encima de las cabezas de sus habitantes, descolgándose sigilosamente de vez en cuando de un saliente para sortear las furtivas miradas que dirigían los soldados a su alrededor al notar algún movimiento sospechoso. Quería impedir de cualquier forma otra persecución como la ocurrida en el puerto, cuanto menos llamase la atención de los Templarios más seguro estaría.
Saltó del saliente al que estaba sujetándose hasta otro cercano, soportando parte de su peso con los pies debido a la ligera molestia que sentía en el hombro; apenas le había dolido cuando recibió el golpe, pero ahora se tornaba como una punzada candente que le impedía moverse con total libertad. Impulsándose con las rodillas consiguió subir su cuerpo hasta lo alto del edificio, desde donde se podía ver la entrada a un pequeño patio interior, el cual estaba protegido por una amplia celosía cuyo único nexo con el exterior era una pequeña trampilla de metro y medio de ancho que permitía la entrada y salida de los Asesinos. El sarraceno se escurrió a través del agujero introduciéndose en la estancia que normalmente permanecía oculta a la vista.
El patio era amplio, de forma rectangular, decorado con diferentes y exóticas plantas que crecían en sus esquinas, mientras que en uno de sus laterales una frondosa enredadera subía hasta el techo de la estancia. En ambos extremos del habitáculo podían verse dos ostentosas fuentes, en una de ellas estaba tallado el símbolo de la Orden mientras que el agua caía lentamente en la pila, produciendo un sonido suave y relajante. Aquel era un sitio para descansar después de sus misiones, por ello el suelo estaba repleto de modestas alfombras cubiertas de innumerables cojines desperdigados encima se éstas.
Escuchó un susurro proveniente del interior de la casa seguido del suave ulular de una paloma, a su vez continuado por una leve risotada que hizo que el Asesino hiciera una mueca. Nunca entendería qué veía aquel hombre en parlotear con sus animales como si estos fueran a contestarle, era algo desconcertante. Sin embargo eso no le impidió entrar por la puerta sorprendiendo a Jabal, que al verle se levantó de su asiento aún con la torcaz entre sus manos.
—¡Altaïr! —exclamó con aparente alegría—. No esperaba tu llegada —respondió rápidamente dejando la paloma encima de la mesa—. ¿Traes buenas noticias de Chipre?
Ante esa pregunta sólo pudo permanecer firme, sin apartar la mirada de aquel hombre. En aquella lejana isla habían ocurrido tantas cosas que no sabía si las noticias eran precisamente buenas. El Archivo Templario había sido destruido, pero con ello también debía admitir que no había podido sacar en claro nada nuevo respecto a la Manzana. Viajó allí con la misión inicial de investigar por qué la retirada apresurada del Temple hacia la isla, descubriendo así el codiciado Archivo en el cual planeaba encontrar respuestas o quizás algún registro que le ayudase a comprender mejor el artefacto, pero había fallado en su cometido. Por otra parte había conseguido expulsar la amenaza Templaria de la isla, cuyos ciudadanos estaban muy agradecidos ante este hecho. Y no había mentido del todo cuando le dijo a María que planeaba que un pequeño grupo de Asesinos estuvieran permanentemente en Chipre, puesto que era un punto estratégico para la entrada en Tierra Santa, así que si tomaban el control de la zona estarían prevenidos frente a cualquier incursión que viniese del oeste.
—Armand Bouchart ha muerto —pronunció con lentitud haciendo que el otro Asesino asintiera—. Sus hombres han abandonado Chipre, ahora la isla le pertenece al pueblo.
Jabal se mesó la barba pensando en las palabras que había pronunciando Altaïr, como si analizase la situación en la que se encontraban actualmente.
—¿Descubriste por qué la retirada tan apresurada de los Templarios allí? ¿Fue por algún conflicto interno como sospechábamos? —insistió.
—Al parecer sólo fue una cortina de humo. Estaban transportando más artefactos fuera de Chipre ya que creían que el lugar había dejado de ser seguro. —Aquello hizo soltar una pequeña risotada del anciano.
—Y con razón, nada que esté bajo tu mira está completamente a salvo, Maestro —alabó consiguiendo que Altaïr se sintiera ligeramente incómodo.
De joven aquellas palabras habrían aumentado su ego, haciendo que de una forma poco creíble se creyera completamente invencible. Pero ya no era ese muchacho impulsivo que casi había destruido el hogar que amaba.
—¿Podrías darme papel y tinta? Quisiera hacer llegar a Masyaf un mensaje sobre mis descubrimientos en Chipre —comentó.
—No tienes más que pedirlo —repuso agachándose para buscar algo—, las cosas por Acre han estado tranquilas este último mes, pero por lo que he podido saber Jerusalén es un pequeño caos —dijo distraído.
—¿Han intentando un nuevo asedio de la ciudad? Creí que Ricardo estaba intentando firmar la paz con Salah Al'din —respondió contrariado.
—Y lo sigue intentando, pero parece que dicho pacto no está trayendo los frutos esperados. —El hombre se encogió de hombros sacando de la parte inferior del mueble un pequeño tarro de tinta—. Parece ser que le ofreció la mano de su hermana Juana al hermano menor de Salah Al'din a cambio de que Jerusalén volviera a estar bajo dominio cristiano —añadió mientras dejaba el tintero encima de la mesa.
—Una oferta razonable. —Formar alianzas matrimoniales era algo que solía hacerse con mucha frecuencia entre las familias nobles, y tanto sarracenos como cristianos compartían dicha costumbre.
—Sí, fue muy razonable. Lástima que la hermana de Ricardo se negase por completo a casarse con un infiel. Dijo que si alguien le obligaba a tomar matrimonio bajo la mirada de un falso Dios se acabaría tirando de lo alto de la torre de la ciudadela —respondió con una amplia sonrisa—. No negaré que es una mujer de carácter, pero no es por ello por lo que Jerusalén está como está.
—¿Entonces?
—Al parecer hay un grupo de seguidores de Salah Al'din disgustados con el elevado número de impuestos que tiene que pagar debido a esta guerra; dicen que por su culpa se está arruinando el comercio y se han dedicado a matar a gente en el barrio judío para arrebatarle los bienes. —Hizo una mueca consiguiendo confundir al Asesino.
—¿Por qué si se quejan de los impuestos matan a personas de otra religión? —Aquello no tenía ningún sentido, sabía que si alguien iniciaba una revuelta en Jerusalén los guardias del sultán los matarían rápido al ir en contra de los deseos de su líder, pero no había motivo alguno para tomar represalia contra los judíos.
—Los judíos tienen los mayores comercios de la ciudad, a ellos les importa poco que estas guerra dure uno o cuatro años más, siempre saben cómo proliferar de la adversidad y eso no es visto con buenos ojos por los demás comerciantes —dijo en tono pesaroso—. Así que unos pocos han decidido acabar con algunas de estas familias, haciendo que parte de la población de alce contra ellos al ver que nadie hace nada en su contra.
—¿Y Salah Al'din no ha hecho nada? No creo que un alzamiento en Jerusalén sea algo que él permita tan a la ligera —respondió con agudeza.
—Oh, claro que va a hacer algo. Imam me ha informado que está preparando a parte de su séquito para dirigirse a la ciudad. Después de perder en Arsuf no había vuelto salir de Damasco pero al parecer la situación lo requiere. —Puso con suavidad una hoja encima de la mesa mientras la aplastaba con la punta de los dedos—. Nosotros hemos decidido no intervenir en ello, no hemos sido quien lo ha iniciado y el pueblo es quien está armando escándalo. No es un tema de política.
Aunque las palabras de Jabal tenían razón no pudo evitar pensar en el resto de los hombres que había tenido que Asesinar en Tierra Santa. Tamir era un claro ejemplo de mercader corrupto que haría cualquier cosa con tal de hacer un buen negocio, llegando hasta el punto de asesinar a los suyos como ejemplo para el resto. Pero lo que ocurría en Jerusalén no era nada organizado, ni siquiera parecían tener un fundamento sólido, muertes tan sumamente injustificadas que hasta el mismo sultán debía intervenir en esas revueltas. No era un marco apropiado para que ellos tuvieran que tomar partido; quizás si la cosa iba a mayores tendrían que hacerlo, sin embargo ahora no había motivo suficiente.
—Estoy de acuerdo, es un tema que deben de solucionar solos —contestó con serenidad—. ¿Sabes algo de Tayyib? ¿Crees que está manejando bien la situación en Jerusalén?
Al convertirse en el Maestro de la Orden había nombrado a Malik su segundo, el cual permanecería en Masyaf junto a él para tomar las decisiones pertinentes siempre que fuera necesario. Por ello había elegido sustituir al Dai por un joven bastante nervioso, Tayyib, no demasiado hablador pero bastante capaz de memorizar toda información que llegaba a sus oídos.
—Según he oído fue él quien advirtió a los novicios que estaban en Jerusalén de que no se inmiscuyeran en esos asuntos. Sabe llevar bien las cuentas y es muy bueno en su trabajo, por lo que no levanta sospecha entre los guardias —habló mientras intentaba capturar de nuevo a la paloma que había empezado a intentar picotear el papel que reposaba en la mesa—. Se altera con facilidad, es cierto, pero no por ello hace peor su trabajo.
—Bien. —Se alegraba de haber acertado con la incorporación de Tayyib en Jerusalén; no muchos jóvenes Asesinos aceptaban bien que se les designara un puesto en el que la acción era algo secundario—. Estaré arriba.
—Descansa todo el tiempo que sea necesario. Cuando termines la carta la enviaré directamente a Masyaf —respondió con una pequeña sonrisa.
Altaïr simplemente asintió, recogiendo sus pertenencias de encima de la mesa antes de dirigirse a la parte superior la casa. Los rafiq vivían en la misma Casa de Asesinos, con un almacén donde solían pasar la mayor parte del tiempo que tenía una puerta que daba a la calle, mientras que detrás del mostrador había otra más pequeña que llevaba a una amplia habitación con una escalera en el lateral. Arriba había un habitáculo no demasiado grande que había casi obligado a Jabal a provisionarlo de una mesa y una silla, además de una pequeña vela que le servía de iluminación por las noches y un par de cojines en una esquina para poder tumbarse si hiciera falta. Aunque no había diferencias entre el trato que tenía que recibir con respecto a los novicios prefería la intimidad de aquel cuarto debido al artefacto que llevaba con él. Ya había tentado a Abbas en Masyaf, por lo que no podía arriesgarse a descansar con los demás por temor a que pudieran sucumbir al poder de la Manzana.
Entró en la habitación dejando tanto el papel como la tinta encima de la mesa. La luz que entraba en el cuarto era debido a una estrecha abertura en el techo, que iluminaba casi toda la sala. Se sentó en la silla sacando el orbe de donde lo tenía siempre escondido, dejándolo reposar pacíficamente en el mueble, brillando levemente debido a los rayos de sol que incidían en él. Lanzó un suspiro a la par que cogía la pluma, apoyando las manos sobre el papel para que este no se doblase mientras escribía, centrado en que no debía desvelar nada demasiado comprometedor en aquella carta, queriendo ser conciso sobre el tema. Malik no tenía por qué saber qué azares del destino le llevaron a tener que inmiscuir a María en el asunto, por lo que simplemente omitiría su participación.
No obstante la mensajería desde ahí era segura prefería evitar dar más información de la necesaria, a sabiendas de que Malik no estaría nada contento con que le llegase algo que contuviera sólo pequeños detalles sobre lo ocurrido en Chipre, pero del mismo modo él sabía que si la carta llegaba a manos de alguien que no fueran ellos pondría a la Orden en peligro, y no pensaba arriesgarse a ello. Debía de pensar alguna manera de cifrar lo escrito, aunque lo hacía en árabe tenían enemigos que fácilmente podrían traducir el mensaje, por lo que ser prudente con lo que escribía era primordial. Estuvo pensando durante largo tiempo qué decir en aquel pequeño trozo de papel; debía de informar de la muerte de Bouchart y de la retirada de los Templarios de la isla, también de su regreso próximo a Masyaf… Además del descubrimiento del Archivo Templario el cual, aunque la mayoría de sus objetos hubieran desaparecido, estaba seguro de que aún contenían archivos y documentos que les permitirían averiguar qué era lo que el Temple había estado guardando celosamente allí.
Mojó la pluma en el tintero comenzando a escribir con rapidez, observando de reojo el extraño brillo que proyectaba la Manzana encima del documento. Se detuvo unos instantes pensando el uso que le había dado al orbe. Había prometido que no lo utilizaría, que únicamente lo llevaría con él para mantenerlo a salvo y, si era posible, esconderlo en algún lugar seguro. Pero la curiosidad le había vencido, y en vez de lanzar ese objeto al fondo del mar como inicialmente quiso hacer lo había mantenido a su lado. Después de ver el efecto que había tenido en las personas de Limassol no pudo evitar pensar qué devastador poder podía tener en manos equivocadas, al mismo tiempo que un profundo sentimiento de posesividad nació en él, el cual había conseguido remitir, olvidar que siquiera lo había tenido. Durante unos instantes deseó tener ese objeto siempre ahí, entre sus manos, creyendo que era en aquel lugar donde debería permanecer eternamente. Y ese sentimiento le produjo temor.
«¿Así es como te sedujo, Maestro? —pensó al recordar a su antiguo mentor—. ¿Haciéndote creer que en tus manos todos los males del mundo se solucionarían?».
Era cierto que la Manzana escondía maravillas, conocimiento… Pero también había algo más profundo y oscuro que esperaba nunca llegar a ver. No indagaría en ella más de lo necesario, pues prefería que los misterios que guardaba aquel extraño objeto permanecieran ocultos, al menos por el momento. Lanzó un suspiro centrándose por completo en la carta, escribiendo con trazos firmes lo que había acontecido en Chipre, narrando los puntos más importantes del viaje y omitiendo cualquier referencia sobre la persona que le había acompañado durante gran parte de esa aventura.
Tardó cierto tiempo en terminar de redactar todo de forma concisa sin desvelar más de lo que verdaderamente quería decir. Sopló con cuidado para que la tinta se secase, dejando el tarro y la pluma de tal forma que el papel no se doblase. Si lo enrollarse ahora las palabras se terminarían difuminando, dejando el mensaje indescifrable para su destinatario, por lo que debía de esperar a que se secara al aire al menos un par de minutos antes de bajar a entregarle la carta a Jabal.
Se levantó de la silla sosteniendo entre sus manos la Manzana, observándola con cuidado mientras fruncía el ceño. No paraba de preguntarse cómo algo tan sumamente pequeño podía albergar tanto poder. ¿Quién había creado tal objeto? ¿Con qué propósito? Al observarla aquellas preguntas no paraban de rondar por su mente, intentando imaginar de qué época databa el orbe y si era verdad que hasta el mismo Moisés la había tenido entre sus manos. Caminó un par de pasos a través de la estrecha habitación, divagando sobre qué buen uso podría llegar a hacerse del Fragmento del Edén. Lo movió con ligereza antes de que una luz cegadora lo paralizase por completo, parpadeó e instintivamente quiso soltar el objeto pero se mantuvo firme agarrándolo con fuerza.
El brillo que emitía la Manzana era aún más luminoso que el del sol que entraba por el tragaluz, siendo tal su resplandor que le costaba mirarlo directamente, aunque esa aura casi mágica apenas duró unos segundos antes de que su fulgor dejara de producirse. Extrañado con la reacción que había tenido el objeto se propuso guardarlo nuevamente en la bolsa en la que siempre lo escondía, sin embargo no pudo hacerlo, pues aquello que de pronto se apareció frente a sus ojos captaba toda su atención, haciendo que se olvidase por completo del orbe.
Ahí, delante de él, se encontraban varias figuras difusas, formadas por los mismos fragmentos de luz que el artefacto había emitido. Estaban conversando, su voz estaba distorsionada y el idioma que usaban le era desconocido. ¿Qué era aquello? ¿Otra ilusión? Parecían ser figuras humanas, casi igual que las que Al Mualim le había mostrado durante el combate, pero estas no eran proyecciones suyas o de personas que conociera. Los espectros seguían hablando entre ellos, sin llegar a importarle la presencia de Altaïr, como si no pudiesen verle. Como si no formase parte de su mismo plano. Pretendía acercarse para saber a qué se estaba enfrentando, pero antes de que pudiera moverse sintió como si algo le atravesara, observando como una tercera figura aparecía delante de él para unirse por las demás. Empezó a respirar con rapidez, sintiéndose mareado, confuso. ¿Cómo había podido…? ¿Qué era aquello? Concentrándose adelantó uno de sus pies con la férrea intención de no dejarse amedrentar por lo sucedido, pero no pudo continuar. Sus piernas le fallaron, haciendo que cayese al suelo soltando la Manzana y, en el mismo instante que sus manos dejaron de sostenerla, los espectros desaparecieron.
Alzó la cabeza respirando con dificultad. ¿Qué había sido aquello? Intentó recuperar el aliento sentándose en el suelo, cogió largas bocanadas de aire mientras se llevaba una de sus manos a la frente; sentía una fuerte punzada en esa zona, como si le estuvieran clavando finísimas agujas en la piel. Desvió la vista al fruto que ahora reposaba con tranquilidad en el suelo de la habitación, el cual había dejado de brillar intensamente y sólo era iluminada por la luz que entraba por el techo. No entendía por qué la Manzana se había activado de esa forma, mostrando figuras fragmentadas que hablaban entre ellos. ¿Qué sentido tenía? Bajó ambas manos, intentando impulsarse para ponerse nuevamente de pie y no verse en aquella vergonzosa situación. A Abbas le había ocurrido lo mismo. Cuando sostuvo el orbe entre sus manos lo poseyó de tal forma que al apartarlo de él quedó debilitado en el suelo sin poder moverse, pero a él nunca le había pasado tal cosa. ¿Qué había sido diferente ahora?
«Caminas por el filo de la navaja, Altaïr».
Aquellas palabras empezaron a rebotar en su cabeza. María se las había dicho cuando le dijo sus intenciones de conocer mejor el funcionamiento del fruto. ¿Podía tener acaso ella razón? Él únicamente lo había sostenido entre sus manos, sin intención alguna de utilizarlo, pero aún así éste se había activado por alguna razón que le era desconocida. Lanzó un suspiro, sintiendo que recobraba las fuerzas que por algún motivo había perdido antes. Se acercó donde reposaba el objeto y estiró la mano con el único propósito de guardarlo, ya que no quería que volviese a formar esos espectros. Ligeramente fatigado escondió el artefacto de nuevo entre sus pertenencias, donde debía permanecer, ahí, seguro. Al menos hasta que llegase a Masyaf.
Fatigado se sentó encima de los cojines que estaban desperdigados por el suelo, sintiendo que necesitaba descansar, aunque sólo fuera unos instantes. Su cuerpo aún se encontraba algo pesado y el dolor de cabeza no parecía que fuera a mitigarse con rapidez. Quizás dormir ayudaría a que su cuerpo se relajara, pudiendo volver a obtener el total control de éste después de un buen descanso.
Lo que en principio iban a ser sólo un par de minutos se alargó en horas, tiempo que el Asesino permaneció sentado, con la cabeza apoyada en la pared hasta que el exabrupto de una maldición lo sacó de su letargo. Altaïr parpadeó varias veces mirando a su alrededor, asegurándose de que se encontraba sólo en la habitación. Alzó la vista hacia el tragaluz, dándose cuenta de que ya había pasado medio día, pues el sentido de la sombra proyectada en el suelo había tornado de izquierda a derecha. Moviendo los brazos con lentitud, asegurándose de que le respondían adecuadamente, se puso de pie mientras seguía oyendo jaleo, lo cual le extrañó bastante. Jabal era una persona de temperamento tranquilo, no formaría escándalo en el almacén si no hubiera sucedido algo grave.
Se pasó una mano por los ojos girándose en dirección a la mesa donde la carta permanecía estática, cuya tinta ya debía de haberse secado, así que podría ser enviado por mensajería en cuanto se la entregase al rafiq. La cogió, doblándola con cuidado mientras salía del cuarto, escuchando en la parte inferior de la casa un par de voces que discutían por algo. Una de ellas era la de Jabal, que aunque mantenía su tranquilo tono parecía que tal calma iba a durar poco. La otra era juvenil y sonaba alterada. Terminó de bajar las escaleras, asomando la cabeza a través de la puerta, encontrándose de frente con el rafiq y un novicio que lucía bastante intranquilo.
—¡Pero hay que hacer algo! —exclamó el joven—. ¡Sino le matarán!
Aquella declaración chocó bastante a Altaïr, que carraspeó para llamar la atención de ambos hombres que no se habían percatado de su presencia. Nada más girarse ambos el muchacho, sorprendido, agachó la cabeza en un rápido saludo, aún con la respiración agitada.
—Maestro —pronunció con voz queda—, no sabía que estaba aquí. Yo… —Se quedó en silencio a mitad de la frase, continuada por Jabal, el cual estaba sosteniendo una de sus palomas, la cual se encontraba casi asfixiada.
—Hay problemas en el zoco —respondió—. Unos soldados han cercado la zona para que no escape uno de nuestros informadores del Barrio Veneciano, Zain. Al parecer ha atacado a uno de los guardias y lo han perseguido hasta allí.
—¿Zain? ¿Atacar a un guardia? —Conocía a ese hombre, rondaba los cuarenta y acarreaba desde hace años con una cojera que lo había inhabilitado del servicio. Desde entonces se había mudado a Acre como mercader, haciendo las veces de espía cuando era necesario—. No es propio de él, ¿qué ha ocurrido?
El muchacho se removió, nervioso. Era normal que los novicios actuasen precipitadamente ante tales situaciones. Si fuera alguien experimentado habría reflexionado sobre la situación y, si se daba el caso, tal vez se le hubiera ocurrido algo para ayudar a Zain a salir de aquella complicada situación. Pero el joven no contaba con la experiencia suficiente para ello, ya que las misiones encargadas a los nuevos normalmente trataban del seguimiento de alguien o la recopilación de información, nada que pusiera en riesgos sus vidas más de lo necesario.
—Me había ordenado seguir a un hombre, Wasim, un traficante de opio que a veces vende información a los Templarios por unas monedas —aclaró—. La cosa es que estaba volviendo para avisar de lo que había visto cuando vi que un cerco de soldados había rodeado a una muchacha y la reconocí enseguida; era Laila, la hija de Zain.
—La chica sorda —puntuó Jabal.
Altaïr asintió. Zain había creado una familia años atrás en Acre y contaba con tres hijas, siendo la mayor sorda de nacimiento. Muchas veces había acompañado a su padre a Masyaf cuando éste les llevaba provisiones para pasar el invierno. Era una chica muy guapa, aunque sólo sabía soltar sonidos forzados que se oían poco naturales en sus labios.
—Los soldados la estaban llamando ladrona, pero ella como es normal no entendía nada de lo que le estaban diciendo. —Lanzó un suspiro—. Seguramente la cosa no habría ido a más si el líder de ese escuadrón no hubiera sido uno de los hombres de Conrado, Eudes. —Ante la pronunciación de aquel nombre las cejas del raqif se alzaron.
—Oh, entiendo… —Se giró a Altaïr, en cuyo rostro se palpaba la confusión, ya que no recordaba nunca haber escuchado ese nombre—. Eudes es un hombre sin honor. Se dedica cada cierto tiempo a acorralar a pobres muchachas y violarlas en los callejones para diversión suya y de sus hombres. No digo que Guillermo fuera un buen líder, pero los suyos estaban más disciplinados que la prole que tiene su hijo como seguidores.
El Asesino simplemente asintió. Las violaciones era algo que habían disminuido bajo el mando de Guillermo, quien, aunque fuera un Templario, creía ciegamente en la disciplina militar, y si uno de sus soldados a su mando cometía tal acto era degradado o condenado a morir.
—La cosa es que empezó a arrastrarla y Laila comenzó a gritar —prosiguió el muchacho—. Zain apareció de pronto lanzándole una piedra en el rostro a Eudes, que soltó a Laila, la cual salió corriendo. Entonces comenzaron a seguir a Zain, que ahora mismo se encuentra escondido en el zoco. No sería un mal lugar si Eudes no hubieran puesto vigilancia en las salidas y hubiese dos hombres más con él buscándolo en el interior. No tardarán en encontrarlo y entonces le matarán.
La suposición del joven novicio era acertada, porque si un ciudadano atacaba a uno de los guardias su destino era la muerte sin tener un juicio de por medio. Entendía que el muchacho no hubiese actuado en esa situación, siendo él sólo uno, y seguramente habría más de cinco soldados únicamente vigilando las salidas del zoco. Zain era uno de los suyos, por lo que no podía permitir que fuera asesinado por un soldado sin escrúpulos que se dedicaba a violar a jóvenes indefensas por la ciudad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al novicio.
—Baqi, hijo de Basim, Maestro —respondió con rapidez, inclinando la cabeza con respeto de nuevo.
—¿Cuántos fedayines hay en Acre, Jabal?
—Cinco contando a Baqi. Dos están vigilando a de Donjon y los otros están siguiendo a sus objetivos —contestó—. Si estás pensando en ayudar a Zain lo más rápido es avisar a los que están en el hospital, ya que los demás no sé en qué zona pueden estar.
Altaïr asintió y se giró encarando al novicio.
—Ve allí y avisa a tus hermanos; nos encontraremos en el tejado del zoco —dijo en tono severo—. Diles que es una orden mía, por lo que no se les reprenderá por dejar su misión. Y procura que no te detecten.
Baqi simplemente asintió haciendo otra ligera inclinación antes de salir con rapidez del almacén, haciendo que Jabal soltase un suspiro dejando en libertad a su paloma, que salió volando por los aires.
—¿Crees que es prudente ir a salvar a Zain? Esos jóvenes aún no están listos para entrar en batalla —avisó.
—No voy a pedirles que luchen —repuso entregándole la carta—. Envíala a Masyaf lo más pronto que puedas.
—¿No van a luchar? —por su tono parecía bastante sorprendido—. Entonces, ¿para qué te los llevas sino es para que te ayuden con los guardias?
—Ellos serán la distracción —aclaró—. El zoco tiene tres salidas, por lo que si yo me encargo de los guardias del interior debo estar seguro de que no habrá otros esperándome fuera. Ellos se encargarán de eso.
Jabal simplemente sonrió, conforme con el plan que había expresado Altaïr.
—Como siempre tu visión está muy por encima del resto de nosotros, a mí no se me habría ocurrido un plan con tanta rapidez y con tan pocos efectivos.
El Asesino no contestó, simplemente hizo un ligero gesto con la cabeza y salió del recinto para dirigirse al zoco. Aquel lugar no estaba demasiado lejos de la Casa de Asesinos, un poco más al sur de Acre. Se había incendiado un par de veces durante el asedio, lo que había dejado grandes agujeros en la estructura de madera del techo por la cual siempre aprovechaba para entrar cada vez que necesitaba seguir a alguien. Ahí era donde la gran mayoría de los comerciantes tenían sus puestos, llenos de bisutería y demás objetos valiosos que solían vender a un alto precio, compitiendo unos contra otros por ver quién obtenía la mejor clientela.
El mercado era el centro neurálgico de la ciudad, puesto que, aunque el comercio fuera algo que había quedado muy afectado debido a la guerra, la gente seguía acudiendo allí y comprando lo que necesitaba. Los puestos de comida estaban fuera de esa zona, esparcidos por unos tenderetes a la salida del bazar principal, donde se vendían otros tipos de productos: sedas, especias, bisutería… Zain había hecho bien escondiéndose en ese lugar, ahí podría pasar desapercibido durante horas, y cuando fuera seguro podría escapar. O habría podido, de no ser porque aquel soldado había mandado a vigilar las entradas del lugar, impidiendo que el mercader pudiera huir.
No tardó demasiado en llegar a la parte superior del zoco, observando desde uno de las aberturas del techo el interior de éste. Por sus estrechas calles decenas de personas hablaban entre ellas, regateando por ver quién conseguía la mejor oferta. Pudo ver a dos soldados rasos recorriendo a pasos lentos la zona, inspeccionando cada tenderete por si encontraban al mercader escondido entre los puestos del lugar, pero no pudo reconocer si alguno de los dos era ese tal Eudes. Tendría que esperar a que llegaran los novicios para que le señalaran cual era el principal objetivo al que se iba a enfrentar para así poder ayudar a escapar a Zain.
Buscó la figura del informador por el lugar que se podía ver a través del agujero, aunque lo conocía le resultaba difícil reconocer su rostro entre tantísimas personas. Iba a apartarse de ahí para intentar encontrarlo usando otro de huecos del techo cuando, de reojo, divisó una figura que atrajo su atención. Ésta se encontraba al lado de un puesto, observando con tranquilidad la mercancía mientras gesticulaba de manera exagerada ante el extraño rostro del comerciante.
Era María.
Continuará…
¡Y aquí acaba el capítulo! Y seguimos sin saber de qué color es el caballo de María... Pero bueno, eso no era lo importante de este capítulo, lo verdaderamente importante era Altaïr y sus sentimientos. Mentiría si dijera que interpretarle me ha resultado sencillo, el inicio del capítulo me ha costado horrores narrarlo de una forma que me convenciera lo suficiente para decir que me recordaba a Altaïr. Este es un bonito capítulo de transición en el que he añadido a muchos OC y algún que otro personaje de la novela (como Jabal) y mentar a Malik, el cual había olvidado XD. En fin... ¡muchísimas gracias por leerme! De verdad, con el capítulo anterior conseguí superar a la precuela finalmente como había predicho y no veáis lo feliz que me ha hecho. Aunque también debo agradecer a esas 25 personas que me tienen en favoritos y me siguen mensualmente. ¡Sois lo mejor que una escritoria novata como yo podría pedir! Espero que os haya gustado el capítulo dedicado al Asesino de blanca capucha.
Y como no, nunca olvidaría tampoco a mis fieles lectores que me comentan siempre y los que aunque no comenten me leen. Los que tenéis cuenta ya sabéis, os responderé por MP, los que no os contesto por aquí.
ChappyDB, ¡sí, soy malvada y dejo los finales para que tengáis ganas de más! ¡Así os atraigo en mi vórtice de maldad! No, es broma, simplemente es para crear algo de ansia en vosotros y así no os olvidéis de mí. ¡Sobre el caballo las apuestas siguen abiertas! ¿De qué color será? Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior, me costó bastante pero me gusta mucho María como personaje así que le ideé un pasado bastante creíble con lo poco que tengo de ella. Intento crearle un trasfondo bueno para que las futuras acciones que haga no tengan que estar justificadas únicamente por lo que Ubisoft nos hace creer del personaje, sino por lo que en mi historia conocemos de él. ¡Espero que la parte de Altaïr te haya gustado tanto como la de María! ¡Él también se merece un reconocimiento! Un fuerte abrazo y gracias por leer.
¡También muchísimas gracias a las personas que me siguen a través del globo! Que aunque no comentéis siempre me acuerdo de vosotros: España, México, Chile, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Costa Rica, Perú, Bolivia, Suecia, Nicaragua y Alemania. ¡Gracias a todos los que hacéis posible esta historia! Nos vemos en la próxima actualización.
