Después de la avalancha de amenazas de muerte que he recibido, he decidido subir este capítulo como compensación a todas las sexys personitas que me leen -a vosotros también, lectores anónimos, que leéis y no dejáis review, ¡muy mal! Aún así os os quiero agradecer todo.
¡Pero antes! Quería haceros una recomendación a todos: ya que estáis leyendo este fic lleno de crímenes y sangre, os recomiendo leer el long-fic de una autora muy buena de este fandom. CattivaRagazza está en proceso de escritura de un fic repleto de hermoso humor negro, misterios y, lo más interesante, crímenes. Así que, si os gusta esta clase de literatura ficciense, os recomiendo leer Blanco y Negro. Además es un NaLu, y estoy un poquito enfadada, porque merece muchos más reviews de los que tiene, y eso me frustra. -.-'
Capítulo décimo cuarto.
Laxus empezaba a estar hasta las narices del caso. Demasiadas muertes, demasiadas incógnitas, demasiados misterios y ni una sola pista excepto el modus operandi de ese cabrón asesino. Algo tenía que estar pasándosele. Era imposible, impensable, que una sola persona resultase lo suficientemente capaz de matar a tres personas sin dejar el menor rastro. Estaba jugando con ellos, sólo les estaba dejando investigar, acercarse a pistas falsas para luego explotar la burbuja que habían creado. El asesino se estaba riendo de todos los policías que dedicaban sus días a hacer averiguaciones e hipótesis. Se reía de él y de Keith Eucliffe.
Laxus tenía una leve noción de la forma del puzle, no tanto de las piezas que lo componían.
Sobre el escritorio de caoba de su casa, Dreyar había configurado un intrincado recopilatorio de todas las portadas de periódicos, titulares de prensa, imágenes y documentos privados del caso en un intento de arrojar un poco de luz sobre todo. En aquellos momentos, con el cabello revuelto y la barba de cinco días sin afeitar, contemplaba la foto de archivo del cuerpo inconsciente de Lucy Heartfilia. Ella era la clave, la pieza del puzle sobre la que se basaba la posición de las demás. Debía conocer su situación, sus movimientos, todo acerca de esa muchacha, y la manera más fácil de averiguarlo era preguntarle directamente.
Una lástima que se encontrase sumida en una operación a vida o muerte en el hospital de Magnolia.
La herida de la que había brotado la sangre seca que Dreyar y Justine encontraron cuando localizaron a Heartfilia en la bañera de su residencia era la segunda que le habían infringido. La primera, que había sido en la misma zona, no había hecho más que intensificarse gracias al contundente golpe que le siguió; ambos dañaron las vértebras primera y segunda de la columna de la joven, y en aquellos momentos los médicos que la operaban estaban haciendo lo máximo posible para no privarla de su capacidad de habla y movilidad.
Laxus bufaba cuando unas manos pequeñas, frágiles y femeninas lo rodearon por la espalda.
-Estoy igual de frustrada que tú, pero no arreglarás nada si no tienes conocimientos sobre la médula espinal.
Se dio la vuelta para abrazar a la menuda figura de Levy McGarden y depositar un beso en el nacimiento de su pelo azul. El rubio tomó la cara entre sus manos rudas y besó los delicados labios de almendra. Un gesto sencillo que demostraba la preocupación y la necesidad de afecto a la que estaba sometido.
-¿Crees que podremos resolver esto, Levy?
Y ella sólo viró la vista de los ojos de Laxus y se abrazó nuevamente a su pecho.
._.
Mátame.
Erza está nerviosa, y Lucy no sabe cómo reaccionar. Este es sólo su quince cumpleaños y quiere pasarlo en paz. No quiere recordar a Jude o a Layla, tampoco a los padres de Erza. Sólo desea ponerse un vestido bonito, de esos que la hacen parecer de dieciocho años, y festejar con su mejor amiga que ya es un año mayor.
Pero Scarlet no está dispuesta a hacer su fantasía realidad.
Quiero morir.
Erza no quiere besarla, Erza no la está acariciando como hace siempre. La pelirroja, en cambio, la mira con furia, con la vista yendo y viniendo de todas partes como si temiera que alguien más las esté observando a escondidas. Está ida, la sonrisa afable que tanto gusta a Lucy no habita su rostro hoy, los ojos cálidos no recorren su cuerpo inocente con deseo esta tarde. Heartfilia adivina que su cumpleaños no va a ser todo lo feliz que ella estaba esperando, y todo porque Erza Scarlet se encuentra frente a ella y no sobre su cuerpo.
¿Por qué nadie me ayuda?
A estas alturas, lo normal sería que Lucy estuviese recorriendo las curvas de su mejor amiga con sus manos finas, y que ella le devolviera el gesto con besos hambrientos y caricias que arden.
Y no es así, porque Erza está gritando, las palabras se le traban y la rubia no consigue advertir de qué va la conversación y por qué está gritando en lugar de besándola.
-No te entiendo –dice al final.
Entonces Scarlet explota y golpea con dureza la mejilla pálida y sonrosada de Lucy. Ambas abren los ojos, una con sorpresa y la otra aguantando el llanto. Los recuerdos azotan entonces la mente frágil e inestable de Heartfilia. Las imágenes que con tanto ahínco ha juntado en un rincón oscuro de su subconsciente inundan su memoria: el cuarto oscuro, los golpes de Jude, las quemaduras de cigarrillo en los brazos, los tirones de pelo, los huesos rotos y la sábana empapada en lágrimas y sangre que no ha sido lavada nunca.
Ayuda.
Lo siguiente que Lucy Heartfilia recuerda es que está golpeando la cabeza de su mejor amiga con un objeto grande. La realidad refresca sus ojos anegados en lágrimas y ve correr la sangre por la frente blanca de Erza, que tiene la mirada perdida. Inconsciente.
Lágrimas renovadas acuden a los ojos castaños, y Lucy se lleva las manos a la boca en un intento vano de camuflar el grito destrozado que se está formando en el fondo de su garganta. Ha matado a su mejor amiga. Le ha quitado la vida a Erza Scarlet.
Quiero morir.
Cuando la rubia abrió los ojos, no se encontraba en su casa. La cabeza le dolía horrores, por no mencionar el resto del cuerpo. Tenía los músculos entumecidos y el cuerpo agarrotado. Quiso mover el cuello y echar un vistazo a su alrededor, no obstante algo esponjoso y duro le impidió realizar tal acción.
La habitación en la que se encontraba no era la suya, las paredes eran color gris y la fría luz de un tubo fluorescente no le daba mejor aspecto. No había rastro de las manchas color borgoña en el suelo, y olía sospechosamente a antibióticos y sedantes. Entonces reparó en un molesto pitido que retumbaba en sus oídos de manera constante, aunque cada vez más repetido, más rápido.
Estaba en un hospital.
Sentía el dolor como hacía años que no lo notaba –desde la muerte de sus padres, en concreto–; aún así, alzó el torso desprovisto de más prendas que una fina y liviana bata verde del centro hospitalario y arrancó las vías que se hundían en el centro de los brazos escuálidos y finos. Tendría poco tiempo para huir de allí, y seguramente habría unos cuantos miembros del cuerpo de policía vigilando la habitación y sus alrededores.
El suelo estaba frío, el ambiente era más bien gélido, todo su ser sentía la soledad clavándose en ella, haciendo mella en su piel y en sus ojos, que no lloraban por miedo a hacer demasiado ruido. La espalda y la nuca molestaban a Lucy sobremanera, eran como pequeños mordiscos profundos cada vez que apoyaba de nuevo un pie en el suelo. Se abrazaba con vehemencia el pecho mientras reprimía los alaridos que amenazaban con escapar de sus labios morados y helados. Debía salir de ahí. Nadie estaba salvo. Ni Gray, ni Juvia, ni el inspector Dreyar y sus hombres, ni esa forense pequeña. Ni Erza, ni Natsu.
Corría por los pasillos viejos y de color ocre. El olor rancio típico de los enfermos podía sentirse por todo el edificio, mezclado con el de los medicamentos y el de la sangre. Recordaba cómo había sucedido todo. Sabía que la habían atacado en su propia casa, que había intentado razonar con su atacante y había fracasado rotundamente. Lucy recordaba haber pensado que iba a morir ahogada en su propia bañera, y que lo último que vería sería la expresión de dolorosa locura del que había creído su mejor amigo hasta unos meses atrás. La rubia también tenía presente el turbio momento en el que las manos de su agresor liberaron su cuello y su cuerpo y la dejaron tomar aire que quemaba como aceite hirviendo en los pulmones antes de golpearla de nuevo sobre la antigua herida y dejarla inconsciente.
Lo sentía por el cuerpo de policía de Magnolia, pero Lucy Heartfilia tenía que matar a Rogue Cheney antes de que las desgracias continuasen sucediendo.
._.
¿Cuánto tiempo habría pasado desde que operaron a Lucy? ¿Cuántas veces se había topado con ese indeseable de Dragneel en la habitación donde la rubia se mantenía en coma inducido? ¿Cuánto tiempo llevaba ese inspector rubio buscando a Rogue Cheney?
Erza se estaba cansando de esperar. Lucy tenía que despertar cuanto antes, porque ella estaba ya desesperada y necesitaba besar esos labios del mismo color que las flores de los cerezos. Lloraba cada noche a un lado de la cama de hospital donde la rubia descansaba, ajena a todo el mal que seguía sucediéndose a su alrededor.
Después de todo lo que había hecho por ella, por ambas, para que estuvieran juntas. Sólo ellas dos, nadie más. Y ahora había alguien peor que los señores Heartfilia detrás de Lucy.
Arrojó lejos de la cama la lámpara de la habitación del hostal en el que se hospedaba desde que llegó a Magnolia, hacía ya unos meses. De pronto, el teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la cama recién hecha por el servicio de limpieza del lugar. Número desconocido.
-Erza Scarlet –contestó contundente y con voz más grave de la que quiso simular.
-Soy Natsu.
Una mueca de repulsión tomó forma en la boca de la mujer. ¿Quién le había dado su número? Seguramente aquel policía rubio entrometido.
-¿Querías algo o simplemente llamas para hacerme perder el tiempo?
-Esto me hace tan poca gracia como a ti, probablemente sea yo el que sienta más asco –una breve pausa que ambos utilizaron para suspirar y resignarse a la comunicación–. Es sobre Lucy.
La esperanza recorrió todo el sistema nervioso de Scarlet, que automáticamente cubrió su rostro con una sonrisa.
-¿Ha despertado?
Tan rápido como llegó, la alegría se esfumó.
-No es eso. Esta mañana, cuando la enfermera ha entrado para lavarla, la cama estaba vacía. –Natsu, al comprender el silencio como confusión, continuó–: o nuestra Bella Durmiente se ha escapado, o la ha raptado un dragón de escamas negras. Voy de camino a comisaría, ¿vienes?
._.
Lo sabía. La Muerte iba a venir tarde o temprano en su busca. Ni siquiera había esperado que tardase tanto. Después de todo, un mes resultó tiempo más que suficiente para que Rogue Cheney se mentalizase.
Además tenía curiosidad por ver el rostro de aquel que llevaba atormentando a toda Magnolia desde hacía meses. Quería contemplar con sus propios ojos la cara de la persona que había velado por el bienestar de su rubia. Porque él había fracasado en su labor de ayudar a Lucy Heartfilia y sacarla del pozo oscuro en el que se había sumido.
Un mes había sido tiempo suficiente para que la clozapina nublara sus ansias de sangre y de desconfiar de nuevo, y ahora volvía a ser el mismo Rogue tranquilo y asertivo de siempre. El Rogue que sólo quería lo mejor para la rubia. Sobre todo, el Rogue Cheney que deseaba darle las gracias en persona al asesino que iba a librarle de su culpa para siempre.
Lo estaba esperando, no se había molestado en ocultar sus pasos durante los treinta días que había estado huyendo de la policía. Él quería ver a la persona que perpetraba crímenes atroces en el dulce nombre de Lucy Heartfilia. Y ahora estaban cara a cara, sus ojos rojizos contra el rostro cubierto de aquella figura con suficientes capas de ropa encima como para disimular su figura, ya fuera masculina o femenina. Llevaba guantes de cuero negro, la cara tapada y varias sudaderas encima. Rogue pensó que no debería ser fácil moverse con todo eso cubriéndole el cuerpo.
-Te lo pondré fácil –la figura asintió, complacida–, pero antes quiero una respuesta.
El atacante, a unos dos metros de distancia y con una jeringuilla metálica vibrando en el aire, torció la cabeza. Cheney pensó que quizá se encontraba estupefacto. Posiblemente ninguna de sus víctimas se había resignado a la muerte.
-Sabes quién soy, sabes que ataqué a Lucy hace un mes y no puedes pasarlo por alto. Lo entiendo. Sin embargo, no logro averiguar qué es lo que te impulsa a matar para protegerla.
Frente a él, el agresor rió, y Rogue supo inmediatamente de quién se trataba. No hizo falta una respuesta, Cheney no era tonto. Su atacante tomó la iniciativa y fue acercándose lentamente hacia él con la jeringuilla en alto. Cuando la aguja cayó sobre su pecho, justo en el corazón, sintió que la paz lo invadía por fin. Después de cuatro años, por fin se encontraba tranquilo, sin ninguna sombra en algún resquicio perdido de su cabeza gritándole que todo el mundo quería hacerle daño.
Alzó la vista al rostro tapado, que ya no lo estaba, y sonrió con sinceridad. Le dio las gracias con la mirada y comenzó a perderse en la espesura de una oscuridad terrible que habría asustado a cualquiera.
-En el fondo siempre me has caído bien, Rogue Cheney.
Au revoir, Cheney.
Quiero responder ahora a un par de reviews que no podría contestar de otro modo.
gintoki s: Seé, tenía que matar. Sólo que no como parecía. xD Siento no poder aclararte si has acertado o no, ¡pero si lo hiciera, jodería todas las hipótesis de la gente que me lee! Y no puedo arriesgarme a eso, ¿lo entiendes? Por ahora puedo decirte que has acertado en algo, y en otras cosas has fallado. ¡Ánimo, me sube la moral leer tus reviews y teorías! :D
Guest: A ti sólo quería responderte para darte la gracias. ¡Las amenazas de muerte me hacen sentirme viva! (? No sé si haya alguien que vaya a entender lo que acabo de decir, pero dah. Muchas gracias, en serio.
Y ahora debo irme a mi planeta... Digo, a prepararme para coger el tren. :3
Y recordad: los review son el oxígeno del autor, ¡no me dejéis morir tan joven! D:
Boogie.
