Disclaimer: Ningún personaje de Naruto me pertenece.

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Hola a todos. ¿Cómo están? Espero que bien. Como soy conciente que las notas de autor son bastante tediosas, voy a intentar ser breve (nótese el intentar). Se que suena repetitivo, y quizá algo acartonado y parece un sinsentido, pero no lo es -para mi no lo es. Si lo escribo, es porque realmente lo siento y siento que estoy agradecida. De verdad, el que alguien lea mi historia me hace feliz (si, no soy dificil de complacer). Y también me alegra que se tomen tiempo de su día y de su vida para hacerme saber su opinión. Para todos aquellos que lo hacen gracias, el saber que piensan al respecto me ayuda a considerar historias a futuro y a mejoras las actuales. En fin, espero que el capítulo les guste. Sin más ni más, me despido. ¡Nos vemos y besitos!


Yuxtaposición de soledades

Un nuevo comienzo

XIV

"De promesas, sueños y amores rotos"

Contempló hacia abajo, pequeñas luces como luciérnagas empezaban a reunirse lentamente, poco a poco, a amontonarse en la calle debajo de la torre donde se encontraba el despacho de la actual Hokage, Tsunade. No, la anciana mujer (que no aparentaba serlo) había decidido desistir del puesto, dar un paso al costado pues se consideraba demasiado vieja (aunque nunca, nunca jamás, Tsunade fuera a decir esa palabra en relación a ella) y había decidido delegarle el puesto de Hokage a él ¿Por qué? Naruto no tenía idea, ni siquiera había podido cumplir su promesa (no aún) y eso –en su opinión- no lo autorizaba para aceptar el puesto todavía. No era que no lo deseara, no, pues ser Hokage era lo que siempre había soñado y deseado y era la razón por la que Naruto se había entrenado todos aquellos años. Era la razón por la que se esforzaba y se había esforzado tanto a lo largo de los años. Solo para probarle a la aldea, al resto, a todos aquellos que le habían dedicado esas miradas de rechazo y esos ojos de odio y temor y terror y repulsión que tanto lo habían dañado, que él era igual que todos ellos. Que él también pertenecía a la misma aldea, y que él también llevaba la voluntad de fuego en su interior; tal y como el resto. Porque Naruto no era la excepción, aunque los demás lo hubieran tratado como una por el estúpido zorro de nueve colas en su interior, y eso era lo que había estado decidido a probar.

Y lo había logrado, con los años, la gente, las personas poco a poco habían empezado a reconocer su existencia. A reconocerlo como un igual y no como un monstruo. Había sido un camino largo y difícil y lleno de rocas, pero lo había logrado. No solo las personas que en un principio se habían acercado a él de todas formas, como Chouji, Shikamaru y Kiba (con quienes siempre estaría agradecido); y Sasuke y Sakura, quienes a pesar del brusco inicio que habían tenido se habían vuelto importantes para él; sino el resto también. Poco a poco, se había ganado el respeto del resto, de personas con las que rara vez había hablado, como Shino y Hinata e Ino (quien siempre lo había considerado un perdedor), y como Lee y Tenten y, extrañamente, Neji. Se había ganado el respeto de la actual Hokage, Tsunade, también y del anterior. Y el de Kakashi y el resto de los sensei (a quienes en un principio solo había supuesto una molestia, incluyendo a Iruka quien siempre había tenido fe en él. Uno a uno, se había esforzado por ser reconocidos por ellos y ahora la lista parecía interminable. Y sabía que debía estar feliz por ello, y lo estaba, sumamente feliz, pero no podía dejar de pensar en Sasuke. Sasuke, quien permanecía en una cama débil e inconsciente y aguardando su muerte. Y no podía dejar de pensar en la promesa que le había hecho a Pain, Nagato, antes de morir; la misma promesa que se había forzado a cumplir como deseo de su sensei. De Jiraiya. Esa promesa de paz, de traer la paz al mundo. Él lo había prometido y aún, a sus 18 años de edad no había cumplido ninguna de las dos promesas. Ni la que había hecho al ex líder de Akatsuki y Jiraiya ni a Sakura, y eso era más que razón suficiente para él para considerarse aún demasiado joven para Hokage. Había demasiadas cosas que hacer antes de que pudiera ser el Hokage que había deseado ser; porque aunque no lo pareciera, Naruto no solo había ido corriendo por allí gritando que algún día sería Hokage (como muchos lo habían interpretado), sino que lo había dicho sinceramente, y había pensado en ello mucho y había dedicado noches enteras de insomnio al respecto. Y había deseado ser como el cuarto (cuando aún ignoraba la verdad) o mejor que él. Había deseado ser como su padre, sin saberlo y esa era una ironía en la que Naruto no pensaba demasiado. Porque él prefería actuar. Y actuar había hecho desde que le había sido permitido.

Volvió a observar las pequeñas luces debajo de la terraza de la torre, moviéndose en el silencio de la noche. Personas, las luces eran personas pero, para Naruto, las personas eran luces. Luces apagadas y opacas, otras brillantes y deslumbrantes, otras suaves y sutiles; luces capaces de brillar cuando se lo proponían. Él siempre había visto las cosas de esa forma, el mundo en blanco y negro, y hasta el momento le había funcionado. Con una excepción, y esa era Sasuke. Pero, no por eso, se rendía ni lo haría. Y era, justamente por ello, por lo que Naruto había aceptado ser Hokage tres días atrás; cuando aún no se sentía listo para hacerlo ni digno para ello.

—Regresaste —había dicho Tsunade, no realmente sorprendida de verlo allí de regreso. Kakashi también aguardaba, junto a Shizune.

El rubio solo asintió en respuesta, repasando en su cabeza las palabras de Sakura. Dijiste que salvarías a Sasuke-kun... lo prometiste Naruto. Lo había hecho, y por esa razón haría lo que tuviera que hacer por cumplirla —Yo le dije a Sakura-chan... que cumpliría mi promesa —alzó el mentón, decidido—. Yo le dije a Sasuke que lo salvaría. Que él regresaría a Konoha.

Todos en la sala lo observaron en silencio. Naruto, que antes había permanecido con la vista en sus propios pies, alzó la mirada y en sus ojos azules pudieron ver flamear una pequeña llamarada. Fuego, eso parecían sus ojos, consumidos por el fuego y la determinación, eso era; la voluntad de fuego de la que el tercero había hablado. Naruto mantenía la llama viva, la avivaba cada día más y quemaba a todo aquel que se acercara a él con ella. Era increíble, pero, por otro lado, Naruto siempre lo había sido. Él era la razón, por la que Tsunade había regresado a Konoha y la razón por la que Kakashi había decidido aceptarlos como equipo y la razón de otras tantas cosas difíciles de enumerar. Él había logrado lo imposible, lo increíble, y no dejaba de seguir lográndolo. Naruto había cambiado a tantas personas, había llegado indistintamente a tantas personas que era casi inconcebible. Pero lo había hecho. Y aún seguía haciéndolo.

—Entonces, iniciaremos los preparativos para el nombramiento lo antes posible. Shizune —la mujer asintió y estaba a punto de marcharse cuando un golpe en el escritorio de la Hokage la detuvo.

—¡Vieja Tsunade, debemos salvar a Sasuke! ¡¿Qué estamos esperando? Eso puede esperar, Sasuke no.

La mujer, dando una mirada a Shizune indicándole que se marchara de todas formas y que comenzara con lo indicado, se cruzó de brazos y se volvió al rubio —Naruto, dijiste que lo harías a mi manera ¿Recuerdas?

—¡Pero- —negó con la cabeza. No, era estúpido. Una estúpida celebración podía esperar, la promesa no.

—Naruto —sentenció con voz severa, poniéndose de pie también y mirándolo con seriedad—. Esto debe ser hecho. Sino, los demás países creerán de esto una farsa y tus palabras no tendrán valor. Arruinará todo el sentido de plan.

Naruto dejó caer la cabeza, rendido. Entendía, lo hacía. De veras. Pero seguía pensando que no tenía sentido —Pero...

La mujer se volteó y observó nuevamente la ventana y la aldea que se extendía por delante de su vista —Todo esto no fue idea mía.

Los ojos azules de él pasaron bruscamente a mirar la espalda de la rubia voluptuosa que aún se encontraba contemplando la aldea con nostalgia. Contemplando los techos de colores de las pequeñas casas y la gente transitando por las calles con la mirada atenta. Allí, bajo el sol, se encontraba la misma banca en la que se habían sentado ella y Jiraiya por última vez. Aquella vez, habían discutido el futuro. Ahora lo comprendía, que Jiraiya nunca había tenido intenciones de regresar. Supongo que no debo sumergirme en la tristeza. Mi deber es ser un modelo para la próxima generación y ayudarlos. Por eso, daría mi vida felizmente. Eso es lo que hace genial a los ancianos, ¿ves?. Una sonrisa se dibujó en los labios de ella. Él había tenido razón. Y ambos habían depositado su confianza en Naruto, ambos lo sabían. Hay otros candidatos para Hokage –había dicho ella-. Está Kakashi. Y eventualmente, también está Naruto. Y él se había reído. Realmente confías en él, ¿no?. Tsunade había asentido. Tú también tienes grandes esperanzas en él, ¿no? Le enseñaste el Rasengan. Jiraiya, aún de espaldas y con la vista al ocaso, había vuelto a reír. Oh es... bueno, llámalo nostalgia. Puedo ver al padre de Naruto en él.

Observó de reojo a Naruto. Ha sido pasada... la voluntad de la Hoja, desde el pasado al futuro. —Esto era... lo que el cuarto y Jiraiya querían.

Los ojos de Naruto se abrieron desmesuradamente. Y entonces, sacudiendo la cabeza apartando lo sucedido hacía tres días de lado; volvió a observar las pequeñas luces. La gente se estaba reuniendo y llegaba poco a poco ¿Sería verdad, lo que la vieja Tsunade habría dicho? ¿Que aquello, que todo aquello había sido ideado por su padre y por Jiraiya?

—Ero-sennin... —musitó, sentándose a borde de la terraza. Al parecer, nadie podía verlo sentado de aquella forma. Y Naruto solo podía pensar en que hubiera dicho el anciano si estuviera allí. Probablemente, hubiera aprovechado la celebración para buscar mujeres pervertidamente. Y, quizá, al final de todo aquello; hubiera dicho algo que quizá... tuviera algo de sentido para él. Así era él, así había sido, y si estuviera vivo –y Naruto desearía que lo estuviera-, así sería. Lo cual, sonsacó una sonrisa del rubio. Al instante en que la puerta que daba a la terraza se abría lentamente. Volteando la cabeza, aguardó la aparición de quien fuera que hubiera ido allí.

Al ver de quien se trataba, una sonrisa aún más amplia y alegre le curvó los labios y dejó entrever sus dientes perfectamente blancos y perlados. Jubiloso, exclamó —¡Sakura-chan! ¡Viniste!

La pelirrosa alzó la mirada y asintió —Tsunade-shishou me envió.

Si se hubiera permitido a sí mismo, esa respuesta lo habría desanimado pero Naruto nunca se lo permitía. Nunca se permitía desanimarse por nada, porque así era su forma de pensar y su filosofía de vida y la aplicaba a todos los ámbitos de su vida.

Él solo estaba feliz de verla a ella —¿Qué quiere la vieja Tsunade? ¿Aún no soy Hokage y ya me está vigilando? —bromeó. Ella solo negó la cabeza ante la tonta broma. Rascando su nuca, solo sonrió avergonzado en respuesta—. Este...

Y solo entonces notó completamente lo que su compañera de equipo llevaba. Sakura vestía un kimono rosa pálido con pétalos de flor de Sakura blancos dispersos por todo su cuerpo, como cayendo de él, despreocupados. Y un obi rojo que le ajustaba la prenda a la cintura. Su cabello corto, aquel que habitualmente caía a ambos lados de su rostro de forma simple, permanecía bastante similar a como solía llevarlo; solo que uno de los lados, uno de los mechones que solían enmarcar su rostro estaba recogido detrás de su oreja con un pequeño clip prácticamente invisible. Era algo sencillo, pero la hacía lucir completamente diferente y ¿por qué no? Hermosa. Naruto siempre había creído que Sakura lo era.

Sonrojada ligeramente, musitó—¿Cómo me veo? —y ante esto el rubio no pudo sino recordar la vez que había regresado a la aldea tras dos años de entrenamiento. Esa vez, Sakura le había preguntado qué pensaba sobre su nuevo aspecto y él solo había respondido que no debía preocuparse pues lucía igual que siempre. Lo cual, por supuesto, había sido un error pero en ese entonces no lo había comprendido. Jiraiya había dicho que él no comprendía el corazón de las mujeres y estaba en lo cierto. Pero solo hasta después comprendió su error, cuando Jiraiya se lo explicó. Y se sintió un idiota.

—¡Vaya Sakura-chan, te ves genial! —volvió a rascar su nuca. La chica alzó la mirada, sorprendida.

—¿De verdad?

Él se cruzó de brazos —Claro que sí, ¡de veras!

La pelirrosa sonrió suavemente y asintió. Gracias Naruto. Luego, recordando porque estaba allí, caminó hasta el joven rubio y extendió su brazo hacia él. Naruto observó la mano de Sakura y algo que colgaba de ella y luego a la pelirrosa.

Con una sonrisa, dijo —¡Vaya Sakura-chan, me trajiste un regalo!

La chica golpeó su frente con su mano —¡Claro que no, idiota!

El rubio parpadeó y volvió a observar la tela que colgaba del brazo de la joven muchacha —¿No? ¿Eso que es?

—Vaya... y serás Hokage. Deberías saberlo.

Él solo volvió a analizar la tela con curiosidad. Debía admitirlo, ahora que Sakura lo mencionaba, encontraba cierta familiaridad en los colores de la tela que tenía delante suyo. Blanco y terracota. Si, le parecía familiar pero no podía ubicar en donde la había visto. Aún cuando Sakura continuaba prácticamente restregándosela impacientemente no la reconoció.

—Es tu túnica, Naruto —le dijo luego de minutos de aguardar un momento de iluminación en el que el chico se diera cuenta qué era. Por supuesto, eso habría llevado demasiado tiempo –seguir aguardando- y ellos no tenían el tiempo para ello. La gente estaba llegando y algunos ya se estaban impacientando. Ella incluida.

—¿Mi... túnica? —replicó desconcertado. Entonces lo recordó, cuando tenía 11 años, las ropas del tercer Hokage. No las recordaba demasiado, porque en todos esos años Tsunade no las había usado ni una vez, solo en el día en que se proclamó que ella sería la quinta. Y luego, al parecer, había sido almacenada en un armario viejo y oscuro y solo tras varios años volvía a ver la luz.

—Si.

—Ow, Sakura-chan, ¿debo usarla? Hace calor —dijo, estirando el cuello de su habitual chamarra naranja; logrando que su compañera se irritara más y la forzara contra el pecho del chico, haciendo que la tomara a la fuerza.

—Si, Naruto.

—Pero... ¿Qué tienen de malo mis ropas? —se quejó, nuevamente, como un niño. Señalando su atuendo naranja y negro. La pelirrosa solo negó con la cabeza, ¿acaso lo decía en serio? Tratándose de Naruto, probablemente sí. Aunque nunca había entendido realmente el porque del ridículo color naranja con el que tanto insistía. Era ridículo, e Ino siempre diría que era un color que nunca estaría de moda –aún si él siguiera usándolo-, inclusive feo y demasiado brillante para los ojos (como él). En las misiones, nunca habían logrado pasar desapercibidos y él era siempre el centro de atención. Por supuesto, no era solo su vestimenta sino su actitud revoltosa, infantil y conflictiva, pero ahora que lo pensaba el color naranja definitivamente había hecho su parte en el papel. Se había asegurado que nadie dejara de ver a Naruto y, quizá, solo quizá esa había sido la idea de él al usarlo.

—No puedes usarlas —replicó simplemente, cruzándose de brazos y aguardando que el rubio comenzara a colocárselas. Quejándose y lloriqueando infantilmente, lo hizo. Colocó sobre sí la túnica terracota –removiendo su campera anaranjada que dejó sobre el borde de la terraza- y encima agregó la túnica blanca.

Sakura lo observó sorprendida, notando como cambiaba Naruto con esas ropas. Parecía distinto, más maduro, un Hokage. Un verdadero Hokage con H mayúscula. Un hombre, no un niño. Completamente distinto.

—¡Sakura-chan deja de mirar si luzco ridículo! —se quejó, rascando su nuca avergonzado. Las mangas eran quizá un poquito grandes y la túnica algo larga, ya que la golpeaba con la punta de sus pies, pero era más fresca de lo que había pensado. De hecho, bastante frescas... y cómodas. A pesar de cómo luciera, quizá pudiera acostumbrarse a ellas.

La pelirrosa negó con la cabeza y sonrió —Te ves bien Naruto.

El mero cumplido hizo sus ojos destellar de felicidad —¡¿De veras, Sakura-chan?

Ella frunció el ceño, fingiendo enfado —No me repetiré Naruto. No tientes tu suerte.

—Debía intentarlo —sonrió. Él siempre debía intentarlo. Todo. Sakura se sorprendía cuan persistente podía ser Naruto, aún a pesar de los años; la persistencia del chico seguía sorprendiéndola. Como a todos.

—Ahora... te falta esto —dijo, tomando el sombrero triangular y entregándoselo al chico. Naruto contempló el objeto parpadeando. Una y otra vez.

—¿Esto también?

—¡Claro que sí Naruto! —exclamó, perdiendo la paciencia nuevamente. Para ser el nuevo Hokage, Naruto estaba siendo demasiado infantil con respecto a las ropas. Pero no le sorprendía, no realmente. Naruto era y siempre había sido así.

—¡Pero... Sakura-chan...!

—El tercero lo usaba y Tsunade-shishou también lo usó durante su nombramiento. Tienes que usarlo, así que métetelo en la cabeza o lo haré yo.

—Ow, Sakura-chan... eres tan cruel —musitó, colocándose apesadumbrado el sombrero sobre la cabeza. Ambas capas de tela cayeron a ambos lados de su cabeza cubriendo los flancos de esta. Ahora sí, seguramente, lucía ridículo. No que a él le importara. Solo se quejaba para retener a Sakura unos minutos más. Solo la hacía enfadar para llamar su atención hacia él unos segundos más.

—En realidad... Hasta pareces un Hokage —sonrió alegremente.

El rubio devolvió la sonrisa alegre, acomodando su sombrero nuevamente y enderezándose orgulloso —¡Heh, ahora quizá quieras salir conmigo, Sakura-chan! —bromeó, aunque el 10% de ello era broma y el 90% del resto era en serio.

La pelirrosa negó con la cabeza y se cruzó de brazos —¡Ni de broma, Naruto!

—¡Oh, vamos Sakura-chan! —insistió, sonriendo esperanzadamente. Mirándola con aquellos ojos grandes y azules suplicantes que siempre utilizaba cuando decía una línea similar a la que acababa de decir. Con el mismo tono bromista que siempre solía usar. Sabiendo de antemano, que no funcionaría.

—Ni de broma —repitió, molesta; frunciendo el entrecejo. Luego, añadió —Debo irme.

Pero Naruto la detuvo —¡Espera Sakura-chan! —la pelirrosa se detuvo. No porque él se lo pidió, sino por el tono de voz que utilizó. No era el tono infantil, que siempre usaba cuando bromeaba, no era el tono alegre, que habitualmente lo acompañaba, no era el tono despreocupado ni insistente. No, no era ninguno de esos tonos. Era el tono que utilizaba cuando hablaba de algo serio. Cuando hablaba de Sasuke, o de la promesa, o de sus sueños –ahora cumplidos- de ser Hokage.

—Yo... —musitó, rascando su nuca nervioso. No diría nada nuevo, o si. En realidad, Naruto sabía que Sakura sabía lo que él sentía por ella. No era nada nuevo para ninguno de ellos, ni para Sasuke o Kakashi o el resto del mundo. Todos sabían, absolutamente todos, cómo se sentía Naruto respecto a Sakura. Y ella no era ninguna excepción. Pero nunca lo había dicho en serio, en voz alta, nunca le había dicho las palabras y Naruto rara vez se guardaba algo. Esto había sido una de las pocas excepciones. Pero ya iba siendo tiempo, tiempo para que dejara de lado las tonterías y fuera la persona persistente y determinada y llena de confianza que decía ser. Porque lo era, Naruto no era ningún hipócrita; y no perdía nada intentándolo porque nada tenía que perder. Después de todo, no se podía peder algo que nunca se tuvo—. Sakura-chan yo te amo.

Los ojos de ella se abrieron desmesuradamente. Aún de espaldas a él, oyó las palabras salir apresuradas y atolondradas, chocando las unas contra las otras, y todo su cuerpo se envaró. Lo había hecho, Naruto lo había dicho finalmente y abiertamente. Ella lo sabía, por supuesto que lo sabía y desde hacía mucho lo había sabido. Sai se lo había hecho ver, lo que ella no deseaba. Que Naruto la amaba. Él mismo se lo había dicho una vez. Naruto... este es el único favor que jamás te pediré... Trae... Trae a Sasuke-kun... –ese día, aquel día en que le había hecho hacer aquella estúpida promesa que casi los había destruido a todos ellos y que aún los dañaba- No pude convencerlo... No pude detenerlo. Estoy segura de que la única persona que puede detenerlo... la única persona que puede salvarlo... Naruto, ¡ese eres tú!. Y él solo había sonreído, feliz por que ella tuviera confianza en él. Aún así, había un tinte doloroso en su sonrisa. Naruto seguía sonriendo, con los ojos cerrados, sin mirarla a los ojos. Naruto nunca dejaba de mirar a los ojos, eso era extraño. Lo había notado, pero no le había importado. Lo amabas de verdad, ¿eh?. Puedo entender muy bien por lo que estás pasando. Y eso había entendido ella, que Naruto la entendía, no que Naruto la amaba. Ahora lo sabía, cinco años después se lo había dicho. Y ella no tenía respuesta para ello.

Por lo que se marchó corriendo, dejándolo allí en la terraza en silencio. Su únicas palabras —¡Buena suerte! —antes de desaparecer en la oscuridad.

Y él permaneció allí, en silencio, observándola marcharse y antes de enfrentarse a la terraza tomó una bocanada de aire y sonrió. Herido como estaba sonrió, porque aquel no era le momento para derrumbarse. Para Naruto, nunca era momento para derrumbarse. Menos aún, aquel momento particular. Después de todo, se suponía que era Hokage, y que debía mostrarse fuerte, siempre fuerte, ante los demás. Y lo haría. Lo haría, porque era lo que tenía que hacer.