Hola, bienvenidas a un nuevo capítulo. Los personajes de Twlight no me pertenecen, pero la historia es mía.
(Si pueden y quieren, escuchen la canción del capítulo durante todo el capítulo, repitanla cuantas veces puedan mientras leen.)
You Winter — Sister Hazel
¡Disfrútenlo!
Capítulo 13 - Perdón
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No quiero ser tu invierno
No quiero ser ninguna excusa para llorar
Y podemos ser perdonados
Y yo estaré aquí.
Sister Hazel
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Mañana es trece de septiembre y la fecha se ha convertido en un recordatorio más de Edward Cullen. Es uno de los motivos primordiales por lo que no tengo ánimo de celebrar, pero Alice ya tiene planes para mí a pesar de haberle dicho que no era necesario, que quería pasarlo como un día normal, pero no ha habido poder humano para convencerla. Durante las primeras horas de trabajo ha estado invitando a todos con quienes se encuentra, pues mañana realizará una gran fiesta de cumpleaños en nuestro apartamento.
Yo solo sonrío cuando me felicitan anticipadamente y ruego porque hoy y mañana terminen rápido, por lo cual me apresuro a hacer el trabajo del día para poder salir antes, sin saber si quiero hacerlo porque tengo ganas de irme, escapar de todo este alboroto y tomarme un par de copas o porque quiero verlo, comprobar que Edward me está esperando afuera, como sin falta ha hecho las últimas semanas.
Cada día, en silencio conduce su auto detrás de mí, y cuando ve que he entrado en mi apartamento se marcha. Ya he logrado controlar a mi cuerpo, domarlo para que no tenga el impulso de salir corriendo, abrir la puerta del auto, halarlo del cuello de la camisa y besarlo…, pero mi corazón no coopera y brinca de felicidad cada que lo siente cerca.
Logro salir una hora antes y cuando atravieso las puertas del Museo de América un viento fresco sopla en mi cara, alborotándome el cabello, dificultándome la visión; lo aparto rápidamente y miro a cada lado de la calle hasta que lo encuentro. Mi respiración se acelera cuando nuestras miradas se cruzan, contengo una sonrisa y en su lugar me muestro aburrida mientras bufo y pongo los ojos en blanco. Me acomodo el bolso en el hombro antes de caminar las tres calles que me separan del restaurante bar en el que él y yo cenamos por primera vez.
—Hola, Alejandro. —Al llegar saludo a mi amigo, el barman del lugar.
—Bella, qué gusto. —Me sonríe y me hala sobre la barra para saludarme con un beso en cada mejilla—. ¿Qué te trae por acá?
—Un vino. Quiero una copa de vino —digo simplemente.
—Tus deseos son órdenes para mí, princesa. —Le sonrío en agradecimiento e inmediatamente se aleja para atender mi orden.
Me acomodo en una de las sillas altas frente a la barra y suspiro. Han sido tantas emociones en tan poco tiempo que no he salido corriendo por puro milagro, a veces solo quiero regresar a casa de mis padres, a mi pequeña ciudad alejada del mundo y olvidarme de todo.
—¿Ese es Edward Cullen? —Me dice Alejandro cuando me sirve la copa, señalando a mi izquierda. Regreso a mirar y efectivamente es él, está en la puerta de entrada, mira a todos lados, buscando entre las pocas personas que estamos en el pequeño lugar, y cuando sus ojos caen sobre los míos me sonríe. No le regreso el gesto, solo giro mi mirada al frente.
—Sí, es él —respondo con desgano, casi irritada, pero por dentro mi corazón martillea sin cesar porque soy consciente, de reojo, de que se sienta cinco sillas lejos de mí. La idea de tener el super poder de estirar tanto mi mano para poder agarrar la suya sobrevuela en mi mente, pero rápidamente me deshago de ello y bebo un poco de mi copa.
—Ok, entiendo. Llámame si necesitas algo más. —Asiento y me dejo llevar por la música que ambienta el lugar: You Winter. Cierro los ojos y tarareo bajo, tratando de ignorarlo, pero no puedo porque primero, soy consciente de sus ojos fijos en mí y segundo, la letra de la canción —que habla del dolor, del daño y del perdón— no ayuda. Cuando me doy cuenta me he terminado mi copa y una idea se intensifica en mi cabeza; así que con rapidez paso mi tarjeta, me despido de Alejandro y camino hacia la salida, paso a su lado pero no lo miro porque sé que si lo hago no podré soportarlo, es siempre como una droga, me siento en abstinencia a cada segundo que paso sin él, siempre un día a la vez.
Llego a casa y sin pensarlo dos veces busco entre mis cosas dos frascos de vidrio vacíos, un paquetito de hojas de notas y un bolígrafo. Escribo.
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
No me atrevo ni a mencionarlo, y lo escribo en mayúscula porque no es algo que sobresale sobre todo el resto, siempre martillando en mi cabeza. Arranco el primer papelito, lo meto en uno de los frascos y preparo otro; un estremecimiento me recorre de pies a cabeza, cierro los ojos por un momento y escribo.
"Amo tu sonrisa."
Y no puedo evitar una oleada de cosquilleo que logra hacerme sonreír cuando recuerdo cómo sus ojos se iluminan de un brillo indescriptible antes de que las comisuras de sus labios se eleven, la una más arriba que la otra, logrando esa sonrisa marca Edward Cullen. Posteriormente, igual que el primero, lo arranco, pero esta vez lo pongo en el otro frasco.
"Odio cuando dejas la toalla mojada al pie de la cama."
"Amo tus ojos dormilones."
"Amo tus besos."
"Amo cada uno de tus lunares."
"Amo tu sonrisa."
"Odio que me des la razón cuando se nota que no estás de acuerdo."
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
"Odio que hayas elegido ESO como tu vida."
"Odio odiarte"
Y así me paso la siguiente hora, escribiendo cosas que odio y amo de Edward.
Al día siguiente me despierto sobresaltada, con la canción de cumpleaños que interpreta mi amiga, quien pone ante mis ojos una torta con una velita en el medio; a pesar de la forma tan brusca con la que me despertó no puedo evitar sonreír todo el tiempo mientras intento sentarme en la cama y alejar el sopor que aún invade mi cuerpo. Llega la hora del deseo y no se me ocurre nada para pedir, aunque un solo nombre está en mi mente. Miro la hora y aún es temprano, así que con Alice compartimos una amena y corta charla después de la felicitación de rigor. Mis padres me llaman poco después, yo aún me preparo para el trabajo, me dicen que me extrañan y quedamos en hablar para planear una visita, ya sea de ellos o mía. No puedo evitar unas cuantas lágrimas, los extraño demasiado.
Alguien llama a la puerta y Alice desde la ducha me pide que abra; agradezco que tengamos ducha separada porque esta mujer se tarda horas bañándose. Cuando abro no veo a nadie, pero una pequeña caja ha sido dejada en frente, así que la agarro y leo la nota. Es para mí. Sin esperar mucho la destapo y mis ojos se iluminan al descubrir lo que hay dentro; es un hermoso gatito blanco, un gatito persa, de pequeñitos ojos azules. Maúlla e intenta refugiarse en mi pecho.
—¡Pero mira qué cosa tan bonita! —Lo acaricio con cuidado, parece tan frágil, una pequeña bolita de pelo, como un copito de algodón. Un par de lágrimas resbalan por mis ojos, porque sé quién me lo envió, no podría ser otra persona. Lo alejo un poco para verlo y me doy cuenta de que tiene en su cuello colgada una pequeña nota.
"Feliz cumpleaños, Mi Chica Protesta."
Y al reverso:
"Cena conmigo"
Unos pasos me alertan de que alguien se acerca, alzo la vista y Edward está parado frente a mí, con una sonrisa en los labios y tristeza en los ojos; aún así cuando me mira el dolor parece desvanecerse un poco. Estira su mano para acariciar al pequeño animalito y nos miramos por un largo rato.
—Gracias —murmuro finalmente, rompiendo el silencio, mostrándole el gatito, que ha dejado de maullar entre mis brazos.
—Lo deseabas hace mucho, no podía no complacerte. —Le sonrío en respuesta. Nos quedamos nuevamente un momento en silencio, sin saber qué decir o cómo actuar, quiero acercarme y abrazarlo, pero él, como leyendo mi mente, dice—: ¿Puedo abrazarte? —Pregunta receloso. Solo asiento y no duda ni un segundo más, sus brazos me envuelven y me desmorono, es como si todo el tiempo que no lo sentí cayera de repente sobre mí, las barreras que por tanto tiempo construí para que nadie me viese en este estado se desbaratan, mandando miles de descargas de nostalgia por todo mi cuerpo. Mis rodillas ceden y en lugar de sostenerme él cae conmigo, los dos de rodillas frente al otro. Me abraza, soportando todo mi peso, besa mi cabeza y sigo llorando—. Lo siento, no quiero que sufras por mí.
—Ni yo quiero que lo hagas por mi —mi voz sale ahogada y él lentamente me separa para atraparme en sus profundos orbes verdes, mostrándome una calidez abrumadora. También ha estado llorando, sin embargo, no lo oculta, en su lugar limpia mis mejillas con delicadeza y acerca sus labios a los míos. Nos besamos con calma, como si nada más ayer lo hubiéramos hecho, el tiempo pierde importancia cuando su aliento invade mi boca y se aloja en mi pecho—. Dame unos días —susurro cuando nos separamos.
—Te daré el tiempo que haga falta —responde sin titubear—. Toda la vida si quieres. —Me mira fijamente y sus siguientes palabras empiezan poco a poco a recomponer a mi herido corazón—. Siempre serás tú, nada más importa, solo tú, mi Chica Protesta. Creí que otras eran mis prioridades, pero no, no puedo. Renuncio a cualquier cosa, a tono menos a ti, porque no quiero renunciar a ti. —Le sonrío.
—Te creo. Solo necesito un par de días, por favor.
Casi no puedo terminar de hablar cuando sus labios impactan nuevamente con los míos, ahora el gesto es más demandante, atrapa mi labio inferior entre sus dientes y su mano aprisiona mi cabello para acercarme aún más. Un pequeño quejido hace que nos separemos, trayéndonos a la realidad de que hemos estado casi aplastando al pobre gatito. Nos reímos un poco y me ayuda a ponerme en pie.
Antes de irse me pasa una bolsa donde me informa que están todos los elementos necesarios para el pequeño animalito, un arenero incluido. Le doy las gracias y cuando cierro la puerta me recuesto contra la misma, con una gran sonrisa estampada en mis labios y el poco maquillaje de mi rostro totalmente arruinado, lo cual no puede importarme menos. Mi amiga está parada a la salida de su habitación.
—¡Feliz cumpleaños, Bella! —me dice sonriente, pero inmediatamente su atención se va la pequeña bolita de pelos entre mis brazos, a quien se acerca después de dar un grito de felicidad.
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Mi cumpleaños pasa como un borrón, en el día el trabajo y en la noche la tan esperada fiesta que Alice organizó, todo está muy lindo, bien organizado, no sé en qué momento lo hizo, pero al parecer tiene una barita mágica para que todo esté listo en tiempo récord. Sin embargo, solo quiero escapar.
Pasa el pastel, las velas, los abrazos… y no desaprovecho oportunidad para escabullirme. Me dirijo al bar y ahí lo encuentro, Edward está sentado en el mismo lugar de anoche, conversando con Alejandro, quien al verme entrar me saluda, le regreso el gesto y le sonrío a Edward cuando cruzamos miradas; pero no me siento a su lado, en lugar de ello lo hago una silla más cerca de lo que estuve ayer. Pido un margarita y cuando lo tengo en frente empiezo a beberlo despacio, saboreándolo, no quiero pasarme de más de uno, no quiero terminar como una noche hace ya un tiempo. Río bajito al recordar esa noche… y la mañana que le siguió a ella, y de pronto el memoria de cada uno de los momentos de felicidad con Edward se abalanzan contra mí, haciéndome sonreír cada vez más, opacando casi por completo las razones por las que estoy a cuatro sillas de distancia de él. Lo miro y él está con sus ojos fijos en los míos, nos sonreímos y recuesto mi cabeza en mis brazos, cruzados encima de la barra, él apoya su mejilla en su mano derecha. No dejo de mirarlo y el tampoco.
Finalmente, suspiro y parpadeo, despertando del hechizo en el que sus ojos me tenían, logrando que incluso pierda la noción del tiempo. Miro el reloj y al parecer estuvimos mucho más que un par de minutos solo mirándonos. Termino el último trago de mi margarita antes de cancelar la cuenta y despedirme de Alejandro. Cuando paso al lado de Edward, rumbo a la salida, nuestras manos se rozan enviando una corriente cálida por todo mi cuerpo, hasta alojarse en mi corazón.
Jueves y viernes se sucede prácticamente iguales, con la diferencia que estoy dos lugares más cerca de Edward, por lo cual ahora solo un asiento nos separa. Trabajo durante el día y al final de la jornada nos encontramos en el bar, demostrando que somos buenos con las rutinas y, contrario a ser tedioso, funciona para nosotros; y así siento que poquito a poco mi corazón y mente empiezan a cooperar, a entenderse.
Es sábado, hace bastante tiempo que no duermo tan bien, aunque los nervios con respecto a lo que tengo planeado hacer hoy me tienen comiéndome las uñas, lo cual me da un trabajo más cuando termino de bañarme. Mientras desayuno decido enviarle de una vez por todas un mensaje de WhatsApp a Edward.
"¿Aún está en pie la invitación a cenar?"
Me responde casi inmediatamente, pese a que no aparecía en línea.
"Siempre. Paso por ti a las 7, ¿te parece?"
"No. Encontrémonos en el bar a las 7:30 ¿Está bien?"
"Nunca cambias, no me dejas ser un caballero. Pero está bien, nos vemos ahí."
Sonrío ante sus palabras y mi gesto se amplía cuando mi celular vibra nuevamente y leo.
"Te estaré esperando desde las 6"
"¿Qué no tienes nada que hacer? Ocúpate de tus cosas hasta las 7:30"
"Déjame ver… ¿Aparte de pensar en tus labios, en tus pecas, en tus ojos, en tu piel…? Hmmm, difícil."
Me muerdo el labio, intentando contener la emoción que me recorre de pies a cabeza. Me siento como una adolescente. Me llega otro mensaje, lo abro y me derrito al instante.
"En definitiva, aparte de pensar en ti no tengo nada más, bueno ni productivo que hacer. Muero por volver a verte… y besarte."
No le respondo más que con una carita sonrojada y feliz.
El resto del día se me hace eterno, no tengo trabajo y Alice no ha vuelto desde anoche que salió con Jasper, ni siquiera me preocupo por llamarla porque sé que me fusilará si lo hago; así que me dedico a ver películas, jugar con el gatito, relajarme con su ronroneo y tratar de no pensar mucho, porque si lo hago moriré de nervios. Cuando veo que es una hora prudente me ducho y me visto con unos leggins negros, un delgado saco gris, unos botines color marrón y finamente un collar a juego con el color del saquito. Me maquillo sencillo: pestañas y labios, y el cabello me lo dejo de manera natural después de secarlo con el secador.
Miro el reloj y son las siete, así que me apresuro a llamar un taxi y mientras llega le doy de comer a la pequeña bolita de pelos, a quien aún no le he puesto nombre porque ningún nombre que se me ocurre le hace justicia; aparte, en el fondo de mi pecho quiero que la elección no sea solo mía. Finalmente salgo, agarrando mi bolso y los dos frascos que he estado llenando estos cinco días, uno mucho más pesado —metafóricamente hablando— y lleno que el otro.
Cuando llego lo encuentro en el mismo asiento que ha ocupado por cinco noches seguidas. Le sonrío y me siento a su lado, poniendo los dos frascos frente a nosotros, sus ojos miran curiosos a los objetos y luego a mí. Ignoro su gesto, pido vino y él un wiski, cuando nos sirven empiezo a jugar de manera nerviosa con la copa. Mis manos tiemblan y solo cuando he tomado la mitad de mi bebida de uvas, con un poco de alcohol ya en mi sistema, me animo a encararlo. Puedo sentir a su calor corporal salvar los poquitos centímetros que nos separan, me hormiguea todo el cuerpo lleno de ansiedad, quiero tocarlo. Sus ojos me escrudiñan, llenos de un sentimiento que es capaz de hacerme olvidar en cuestión de segundos el dolor que por tanto tiempo hizo mella en mi pecho.
—Hace mucho que no mando sobre mi corazón —murmuro finalmente. Toma mi mano, que nerviosa sigue jugando con la copa de vino, detiene mis movimientos y hace suaves círculos sobre mi dorso.
—No luches —murmura, mitad ruego, mitad demandante.
—Pues ya me cansé de hacerlo —respondo, cerrando momentáneamente los ojos, sintiendo cómo su aliento me envuelve y me aturde.
—Perdóname —suplica finalmente, sosteniendo mi rostro entre sus dedos. ¿En qué momento nos acercamos tanto? —Sus labios casi sobre los míos.
—No tengo nada que perdonar. Si acaso, te disculpo el que me hayas omitido la verdad, pero no te voy a perdonar por ser quién eres. —Lo miro, intentando trasmitirle con ese gesto mis sentimientos, la verdad y magnitud de ellos también inmersos en mis palabras.
—Ya no soy él.
—Siempre lo serás, fue de ese hombre de quien me enamoré. —Mi mano viaja y sube hasta su rostro, donde calma un poco las ansias de sentirlo. Vuela sobre sus pobladas cejas, su entrecejo y su nariz, como si quisiera constatar que es real—. Siempre serás un guerrero neandertal —suelto sin más, intentando aligerar el ambiente, rompiendo con la burbuja de nostalgia que nos había envuelto. Edward se ríe.
—Un guerrero neandertal que lucha por tu amor. —Sonrío.
—Esa faena la tienes ganada desde que te conozco, Edward Cullen.
—Siempre he estado en el ruedo por tu amor, desde incluso antes de conocernos, siempre estuve buscándote, si no fuera por…
Rápidamente elimino la distancia que nos separa y lo callo con un beso antes de poner suavemente mi mano sobre su pecho, donde su corazón late desbocado, al igual que el mío.
—Esto está encendido —murmuro, apenas alejándome un poco para poder mover mis labios—. Siento cómo late y solo eso importa, nada más.
Nuestros alientos vuelven a entremezclarse, tímidamente, con la paciencia y el ardor de dos amantes que se reconocen y han ansiado sentirse desde el primer minuto de distancia. Mi estómago protesta, justo antes de armar un escándalo de exhibicionismo en pleno sitio público —y no que a los presentes les importara, pues cada uno está en lo suyo, charlando o bebiendo, incluso parejas mucho más lanzadas que nosotros—.
—Déjame alimentarte. —Su mano pasa por mi mejilla y baja por mi cuello hasta mi hombro, para finalmente tomarme de la mano para conducirme hasta la parte trasera del lugar, donde se encuentra el restaurante y nuestra mesa, la de nuestra primera cita, perfectamente arreglada con velas.
—Gracias —agradezco contenta cuando caballerosamente mueve la silla para mí. Cenamos en medio de una charla amena, en la cual me cuenta sobre la visita que hizo a sus padres y sobre el deseo de llevarme al hermoso lugar que lo vio nacer y crecer. Por mi parte, le cuento sobre las gracias que ha hecho la pequeña bolita de pelos estos días, a partir de lo cual se desencadena una acalorada discusión sobre la elección del nombre.
—¿Se llama "Bolita de Pelos"? —hace la señal de comillas en el aire en cuanto ríe. He terminado de contarle cómo destrozó un par de calcetines de Alice.
—Claro que no, lo llamo así porque no puedo simplemente decirle: Gato.
—¿Y por qué no?
—¡Porque suena demasiado frio! —Su carcajada hace eco en cada rincón del lugar, lo cual me hace reír también, como hace mucho no lo hacía. Me doy cuenta solo hasta este momento de cuánto lo he echado de menos, muchísimo más de lo que imaginaba.
—Que tal si le ponemos Copo. —No puedo evitar rolar los ojos.
—Muy común.
—Simba.
—¿En serio? —Me mira con ojos entrecerrados.
—Tom, entonces.
—¿De Tom y Jerry? —Se encoje de hombros.
—Pero si Bolita de Pelos es blanco, no gris.
—Silvestre. —Niego con la cabeza, imaginando a mi pequeño gatito con ese nombre y no me cuadra—. ¿Garfield?
—No. Y tampoco Félix ni Salem —Le advertí, como leyendo su pensamiento.
—¿Bigotes?
—Hmmm, Bigotes. Puede ser…
—Eros —murmura de pronto.
—¿Como el dios del amor? —Alzo una ceja, mirándolo.
—O bien podría ser Cupido. —Sonrío ampliamente y él me regresa el gesto, divertido, llevando los dedos de su mano derecha hasta mi mejilla, donde me acaricia con suavidad—. Eros no es solo el dios del amor, también es el responsable de la atracción sexual, el sexo y la fertilidad; es el equivalente de Cupido en la mitología Romana. —Ahora sus dedos pasan sobre mis labios.
—Me gusta Eros. —Su rostro a pocos centímetros del mío, puedo sentir su aliento envolvente—. ¿En qué momento se acercó tanto?
—Entonces que sea Eros. —Nos besamos por segunda vez en la noche, su lengua acaricia la mía, con reverencia; sus labios se mueven apasionados y al mismo tiempo tiernos…, y es el paraíso, podría pasar toda una eternidad así y no me cansaría, porque besar a Edward se convirtió en un instinto básico.
El postre llega, el mesero carraspea y nos alejamos un poco aturdidos y reacios, pero completamente sonrientes y para nada apenados. Compartimos el pie de limón y no deja de bullir la electricidad a cada rose "accidental" de nuestras manos, cualquier movimiento es excusa para tocarnos, para sentirnos. Cuando terminamos me arrastra de regreso al bar, esta vez ocupamos uno de los cómodos sofás y Edward me invita a sentarme entre sus piernas.
—Ahora sí, cuéntame, de qué van esos dos frascos —me cuestiona cuando me tiene firmemente abrazada y hace pequeñas caricias en mis manos sobre mi regazo y pasa su nariz por mi oreja, me estremezco.
—Por mucho tiempo… —Me detengo cuando siento el aliento de Edward en mi cuello, cierro los ojos y un pequeño gemido involuntario sale de mis labios.
—Ajá…
—Si sigues así no voy a poder decirte nada. —Gruñe y yo me río.
—No es divertido —bufa, pero sigue pasando su nariz por mi cuello, le hago más espacio pese a que deseo detenerlo para contarle todo—. Mejor no me lo digas, lo haces después, cuando me haya quitado un poquitito estas ganas de ti. —Pienso por un momento en rendirme, en dejar todo y recuperar de una buena vez el tiempo perdido, pero sé que, si quiero continuar, tengo que empezar sacando todo de mí. Así que lo detengo, no sin toda mi fuerza de voluntad en juego.
—¡Para! —Edward me mira frustrado, pero se detiene, aunque no me suelta.
—Está bien, habla. —Le sonrío y le doy un pequeño beso antes de tomar un poco de aire y continuar.
—Por mucho tiempo solo la rabia, el rencor fue lo que me motivaba a levantarme, a caminar, a seguir… —Hago una pequeña pausa antes de continuar—. Me lastimaste mucho, Edward. —La tristeza en los ojos de Edward es evidente cuando lo enfrento, girando un poco mi rostro hacia atrás. —Y no quiero que te sientas culpable, ya no más. Lo que pasamos fue cosa de dos. —Suspiro y él asiente. Paso mi mano por su quijada, sintiendo en mi palma las suaves cosquillas de su incipiente barba—. Bien, pues tal como en la película "Diez cosas que odio de ti", decidí enumerar las cosas que odio de ti, pero también las cosas que me gustan y que irremediablemente amo. —Las comisuras de su boca se alzan y su mirada se ilumina. —Las cenizas son las cosas que odio, las quemé porque no eran muchas y prácticamente era siempre lo mismo. —Supo en seguida a qué se refería—. Solo dejé intacto el contenido del otro frasco… —Sus labios alcanzan los míos antes incluso de terminar de hablar. Atrapa mi labio inferior y lo suelta lentamente, saboreándolo.
—Y puedo leerlas —musita.
Solo asiento con la cabeza y después de besarme nuevamente se separa un poco, agarra el frasco, lo destapa y empieza a leer en silencio, le sostengo el recipiente para que lo haga a gusto. A cada tanto se carcajea o simplemente sonríe.
—Pones muchas veces "sonrisa". —Se ríe.
—Son tus diferentes sonrisas.
—Ah, ¿sí?
—Aham —Recuesto mi cabeza en su hombro, sintiendo cómo el calor sube a mis mejillas, agradezco la iluminación tenue del lugar. Me mira fijamente y continúo con mi explicación al ver que no comprende del todo—. Pfff, tu sonrisa de la mañana, tu sonrisa dormido, tu sonrisa coqueta, tu sonrisa torcida, tu sonrisa infantil, tu sonrisa burlona, tu sonrisa post coital… —Su carcajada me hace detenerme, y no puedo estar más que dichosa. Adoro verlo así, adoro que su sola risa tenga tanto efecto en mí.
—¿Como ésta? —Pongo los ojos en blanco y le doy un suave golpe en el muslo.
—No, esa es tu sonrisa engreída —Edward se ríe.
En cuanto Edward sigue sacando papelitos y leyendo, riendo y besándome, el mundo parece detenerse por un momentito, para hacerme ver que no cambiaría nada de lo que he vivido antes y después de conocer a Edward Cullen, no cambiaría tampoco las lágrimas ni el dolor, porque eso nos fortaleció. Cada pareja es distinta, cada Edward y Bella alrededor del mundo sortea con sus problemas, fantasmas e inseguridades, y nosotros no somos la excepción. Vendrán muchas más batallas pues somos dos polos opuestos que inevitablemente deben chocar y unirse, pero ya sobrepasamos la más importante; en la arena se libró la corrida más importante de nuestras vidas, la del amor, lo que nos mantendrá en el ruedo por lo que espero sea el resto de nuestras vidas.
FIN
Así es, ha llegado el fin… no quiero alargarme en esto, pero creo que es inevitable el agradecer a cada una de las chicas que me dejó en sus comentarios opiniones, reacciones, apoyo…
Luavigut, patymdn, jupy, Ely Cullen M, luy, Eli Glecas, LeslieeMariia, Ashleyswan, Tecupi, Chiquitza, Valentina Paez, Shion—chan07, pili, Nilari, zujeyane, celeste cullen, XXXDEACTIVATEDXXX, Marie Shellory, green day forever, Anilu-Belikov, Maayraaykalebb, veronikice, ztrella znxez, Laura Katherine, Arlette Cullen Swan, Stekpatts, Yesi-Cullen93, Lye4everlove, Jimena, Tahirizhita grey pattz, Yoliki, Adriu, Vanina Iliana, nydiac10, DrakiSwan.
Muchísimas gracias por acompañarme en esta aventura a lo largo de estos cuatro años, siento mucho haber alargado todo este tiempo el escribir, y gracias a las que aún me acompañan en esta historia que fue pensada como un OS, pero gracias a mi querida amiga y confidente Marie Anne se convirtió en esto. A ella le agradezco enormemente su apoyo, para ella esta historia y prácticamente todas las que escribiré, porque si no tienes a alguien con quien delirar y discutir tus historias no llegarían a término, no es lo mismo, es más, no estaría hoy aquí pese a todas las dificultades que pone la vida. Te amo, amiga.
Falta el epílogo, donde escribiré otras escenitas que tengo en mente desde el inicio, y espero de todo corazón este final haya sido de su agrado.
Never stop dreaming…
Beijos, Merce.
