Pues un capítulo más de actualización ^^. Espero que siga gustando. Los personajes no me pertenecen.

Capítulo 14

Las noches solitarias parecen más negras, oscuras y largas, aunque diferentes sean las vistas o diferentes sean los ojos que las contemplan. Las nubes cubrían la luna llena, ésta ni siquiera se llegaba a atisbar entre ellas, ni un tenue resplandor, pues tal era la negrura que arrojaban esas nubes.

En la Antigüedad, se habría creído que algo malo había sucedido o que estaba por suceder. Ahora sólo se hacía más notoria la soledad en ese silencio roto, a veces, por un trueno lejano. Soledad que de nuevo aparecía en su vida cuando por fin creía que la había alejado lo suficiente, pero sólo había conseguido alejar de sí a la única persona que mantenía su cordura y su apego a este mundo, ya frágil de por sí.

Se levantó del alféizar de la ventana desde donde contemplaba la noche de tormenta. Se encaminó por los pasillos de la alta torre donde aguardaba. Descendió despacio hasta las profundidades y contempló cómo el plan iba culminando poco a poco. En unas pocas semanas sus efectivos habrían alcanzado un número considerable y sería el momento propicio de atacar y cumplir con el plan establecido.

Frente a él se extendía un foso plagado de cuerpos de un blanco lechoso en formación, unidos entre sí por lo que parecía un entramado de raíces que se reunían en la base de una gran estatua de madera de aspecto siniestro. Aparecía atada con cadenas con sus brazos sobre el torso, su boca mordía un pergamino de invocación y sus ojos estaban cubiertos por una tela.

Durante un breve momento de su existencia desechó el plan, volvió a creer en ese mundo que una vez le arrebató todo lo que le importaba. Creyó por un tiempo que podría volver a ser feliz tras tantos años de soledad, rencor y dolor. Y, todo eso desapareció, como si fuera la llama de una vela que una corriente involuntaria extingue en un abrir y cerrar de ojos.

"¿Cómo fui capaz?" Se preguntaba cuando algo de cordura momentánea volvía a él y el eco de los hechos sucedidos caían sobre él como un balde de agua helada.

Sus ojos, habían visto tanto dolor desde una temprana edad que los maldice desde el día que despertaron, pues no le dejan olvidar esas imágenes que querría borrar de su recuerdo. Sin embargo, gracias a ellos, nunca olvidará sus sonrisas, sus gestos, le gustaba cuando fruncía el ceño con frustración durante el arduo entrenamiento, cómo inflaba los carrillos al resoplar pero, sobre todo, le gustaban esos ojos que no dejaban de mirarle nunca. Allá donde miraba podía encontrarse con sus ojos, como si adivinara cuándo y dónde iban a posarse los suyos.

Y ahora no quedaba nada de eso. Se había encargado de que así fuera. No pudo resistirse a ese impulso que surgió de su interior. Empezaba a caer en el recuerdo de ese día en el que se desató su locura. Temía que todo se convirtiera en venganza, odio y rencor y era en ese momento cuando la idea de seguir adelante con el plan brotaba con nuevas fuerzas. Necesitaba dormir, pero ya no encontraba descanso ni en sus sueños.

Desde aquel día, un sueño se repetía, noche tras noche, se veía cubierto por un manto de oscuridad que lo ocultaba a los ojos de los demás. A su lado veía pasar a su yo infantil, vistiendo sus ropas azules y sus gafas protectoras naranjas, saludaba a alguien con la mano efusivamente. Un poco más allá distinguía a quien fuera su compañero de equipo, Kakashi Hatake, pero éste con el aspecto adulto que lucía hoy en día. Kakashi miraba directamente con su sharingan activo hacia las sombras donde se encontraba oculto, hasta que apreciaba a su yo infantil corriendo con la mano levantada. Al sentirse ignorado, se fijaba en que el niño de las gafas no le saluda a él, sino que saluda a alguien detrás de él. Desde las sombras agudiza más la vista, se da cuenta de que también su sharingan está activo. Espera ver a su compañera de equipo, Rin. Sin embargo, en un sueño los anhelos pueden cambiar respecto a lo que nuestra mente cree. Tras Kakashi, contempla a alguien que no esperaba, al igual que Kakashi, no mira a su yo infantil, sino que mira directamente a las sombras en las que se oculta, sonríe y le saluda, como si pudiera verle. Como si nada hubiera pasado.

En otro lugar, lejos, pero igual de lúgubre, dos figuras sellan un pacto de cooperación. Ninguno se fía del cumplimiento de la promesa por parte del otro. Pero, si quieren conseguir sus propósitos, deben confiar en que así sea.

Un relámpago ilumina durante un segundo la estancia donde se encuentran. Es una cueva, excavada con ayuda de algún jutsu de tierra. De las paredes cuelgan antorchas que le dan al lugar una tétrica iluminación.

Sentados frente a frente un viejo de pelo blanco encara a otros dos más jóvenes. Uno con rasgos parecidos a los de un reptil y el otro con unos llamativos anteojos que abarcan gran parte de su rostro.

-Tenemos la información, -dijo el de aspecto de reptil con voz rasposa. –Pero costó conseguirla, ya sabes lo que eso significa. El precio se ha incrementado. Mi ayudante fue descubierto por los de la Hoja, -dijo lanzándole a éste una mirada de desprecio por el intento fallido.

-Ponte a trabajar en ello, el precio no es un problema, -respondió el anciano con voz segura a pesar de los años. –Y si reducir el tiempo en obtener lo que necesito también lo aumenta, no dudes en hacerlo.

-Empezaré ahora mismo, -dijo el interlocutor relamiéndose los labios con una lengua afilada. –Mi ayudante te acompañará a una habitación para descansar. Será un proceso duro y fatigoso. Puede que tu viejo cuerpo se resienta al principio. Te avisaré cuando esté todo preparado.

Sin más, el anciano se levantó y siguió al ayudante por una serie de corredores hasta llegar a una puerta idéntica a todas las que cerraban las salas de aquel lugar. La abrió y se encontró con una habitación sencilla. Tan solo un camastro, una pequeña silla y una mesa. Sin ventanas ni decoración. Era más parecido a una celda de detención que a un lugar de descanso.

El ayudante se había quedado en el umbral de la puerta. Susurró un irónico cumplido de descanso que el viejo ni se molestó en agradecer, cerró la puerta tras de sí y desapareció rápidamente por el corredor en dirección al laboratorio, donde se encontraba su señor preparando todo lo necesario.

Cuando entró en el laboratorio, le recibió un tubo de ensayo lanzado contra la pared a unos escasos centímetros de su cabeza. El lugar había sido testigo de la ira de su maestro. Había una mesa volcada. Pliegos con fórmulas y anotaciones tirados por el suelo. Viales lanzados y sus contenidos vertidos sobre las paredes y el suelo.

-¡Estúpido! ¡Estos datos están incompletos! –gritaba el de rasgos de serpiente agitando unos de esos pliegos en su mano. Inmediatamente el otro se arrodilló en señal de arrepentimiento y respeto.

-Lo siento mucho, mi señor Orochimaru, pero esta vez no fue como otras veces, -comenzó. –Había más seguridad, una que nunca había visto y, cuando me quise dar cuenta, ya me estaban rastreando. Es muy posible que hayan descubierto dónde nos encontramos.

-Tendremos que cambiar el plan, Kabuto, -dijo Orochimaru con voz rasposa. –Busca los cuerpos, tráemelos y no falles esta vez, si no ya sabes lo que pasará. Luego trae a dos de los sujetos de pruebas, servirán de intercambio, -dijo mostrando una boca ensanchada como si estuviese dispuesto a engullirlo y una lengua que paseó sobre dientes ahora puntiagudos.

-Sí, mi señor, -concluyó Kabuto y salió en busca de los cuerpos y los sujetos que le había pedido.

Orochimaru se quedó en el laboratorio, observando los tubos de ensayo que se habían salvado de su ira y las reacciones que éstos contenían. A su espalda el brillo de una enorme pantalla le iluminaba. La intensidad de la luz le molestaba en sus sensibles pupilas, de abertura vertical como las de una serpiente. Ese trasto y el inútil de su subordinado habían hecho que les descubriesen. Se volvió hacia la pantalla que de vez en cuando parpadeaba. Extendió su brazo hacia ella y de su manga salieron cuatro serpientes que destrozaron el equipo. Tenían que darse prisa y moverse a otra guarida. Tenían que terminar pronto con este encargo.

Se volvió hacia la mesa de experimentos y comenzó a preparar el suero necesario para su huésped. Más tarde se ocuparía de prepararse a sí mismo para realizar el jutsu prohibido.

En la habitación que ocupaba dicho huésped había una quietud inusual. El anciano estaba sentado sobre el suelo con las piernas cruzadas, la espalda recta y erguida y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante. Cada una de sus manos descansaba sobre sus rodillas en una postura de meditación. Tenía los ojos cerrados, desde hacía mucho tiempo esta era su manera de dormir, simplemente, se sumía en un estado meditativo durante varias horas, lo que le valía para reponer su chakra y descansar la mente y el cuerpo, en cierta manera.

Durante ese estado su mente le mostraba hechos pasados y, a menudo, imaginaba cómo serían los futuros. Justo en ese instante una serie rápida de sucesivas imágenes pasaban a toda velocidad haciendo que sus ojos imitasen el movimiento REM del sueño. Cada imagen correspondía a un momento puntual de su longeva vida. Pero siempre se detenía en el último punto de inflexión que le hizo cambiar de rumbo. Se recreaba en la imagen, se había asegurado atesorarla bien en sus recuerdos. Todo esto había surgido de ese cambio en el curso de los acontecimientos.