Capítulo 14. Las fronteras intangibles
Aix-en-Provence, 1821
Cuando aquella tarde salió de su dormitorio y corrió por los pasillos vacíos del liceo, Enjolras no sabía de qué huía, pero no se detuvo cuando vio a Combeferre que venía en su dirección. Chocó con su hombro al pasar junto a él y siguió corriendo tan deprisa como le daban las piernas.
No sabía a dónde se dirigía. Ni que, por lejos que corriera, no podía escapar de sí mismo.
•••
Pasaron horas hasta que Combeferre dio con él.
Lo encontró en la vieja torre de la iglesia, sentado en las escaleras de madera que ascendían hasta el campanario. En lo alto se olía el ulular de las palomas, y el polvo flotaba en la luz que se filtraba a través de las troneras. Atardecía. Había pasado la hora de la cena y lo castigarían por ausentarse sin permiso, pero a Enjolras no le importó. Siguió abrazándose las rodillas y no miró a Combeferre cuando se sentó a su lado.
―Fabrice Duchamp se ha fracturado un brazo ―lo informó su amigo en tono neutro―. Una mala caída, dice. Nadie sabe cómo se las ha arreglado para romperse la nariz en el proceso.
Enjolras frunció aun más el ceño por toda respuesta, y sus puños se crisparon. Tenía los nudillos enrojecidos y la muñeca le dolía. Combeferre suspiró y preguntó directamente:
―¿Qué ha pasado, Julien?
Enjolras quiso decirle que no era asunto suyo, pero no era capaz de hablarle a Combeferre con tanta rudeza. Pensó en decirle que se marchara y lo dejara solo, pero ¿y si lo hacía? Su propia debilidad lo enfurecía, y no era capaz de desquitarse con él. No con Combeferre. Era en Courfeyrac en quien estaba pensando; en Courfeyrac y en sus estúpidas bromas. Si lo volvía a llamar Juliette, le rompería la nariz a él también.
―No soy una mujer ―gruñó de pronto para sobresalto de su amigo―. Y no me gusta que me traten como si lo fuera.
Combeferre asintió, creyendo comprender, y preguntó con calma:
―¿Es eso lo que ha pasado?
Enjolras asintió rígidamente. Su voz era un susurro tenso cuando dijo:
―Me ha besado. Quería... ―frunció los labios con desagrado― tocarme...
Había girado el rostro para que Combeferre no viera que le ardían las mejillas, pero era plenamente consciente de su mirada sobre él.
―¿Te ha hecho daño? ―lo oyó preguntar con preocupación.
Enjolras negó de forma hosca.
―¿Ha sido... violento o...?
―No ―dijo Enjolras―. No... ―comprendió después.
Ni siquiera había sido intimidante o muy insistente, sólo el cretino petulante que todos conocían. Había dado las cosas por sentadas, pero para detenerlo Enjolras sólo tenía que decir "no". No sabía por qué había reaccionado tan violentamente...
―No soy una mujer ―volvió a decir, porque no era de los que dan su brazo a torcer.
―No creo que él lo piense ―dijo Combeferre con suavidad. El sonido de su voz serena siempre aplacaba el espíritu de Enjolras, tan propenso a las explosiones.
―Entonces, ¿por qué...?
Combeferre se encogió de hombros a su lado.
―Puede que sólo se sienta atraído por ti, tal y como eres.
―Pero soy...
―Un hombre ―asintió Combeferre―. Y él también.
Enjolras lo miró sin entender, más intrigado de lo que él mismo esperaba. Tenía catorce años, pero sabía tan poco del mundo... Aquellas cosas no estaban en los libros; al menos, no en los que él leía. Estaban, como mucho, en los sermones que los obligaban a escuchar, aquellos que hablaban de perversión y pecado, de actos degradantes, humillantes y despreciables. Miró a Combeferre a los ojos, pero no fue capaz de decidir si él lo estaba condenando, y mientras esperaba su corazón latió con fuerza. Lo creería, dijera él lo que dijera, porque era Combeferre y, para Enjolras, lo que él decía estaba escrito en piedra.
Entonces él le tocó la muñeca y dijo:
―Está bien que no se lo hayas permitido...
Enjolras lo miró sin un parpadeo. Sin un latido.
―...pero quizá no mereciera tu ira ―continuó Combeferre, aunque Enjolras apenas oyó nada más―. Sanará, en todo caso, y aprenderá a pedir permiso. Y tú, ¿estás bien?
―Ya estoy mejor ―dijo Enjolras retirando la mano.
Mentía.
•••
Pensó en hablar con Fabrice Duchamp, pero la ocasión nunca se presentó porque el muchacho huía de él como de la peste. Probablemente temiera que lo denunciara, pero Enjolras nunca había tenido intención de hacerlo, y lo alivió que Combeferre tampoco lo hiciera.
Hubiera sido una hipocresía por su parte. Otra, en realidad, si se consideraba lo que sucedió poco después...
Poco después, siendo de madrugada, Enjolras se despertó sobresaltado para descubrir que Courfeyrac se había metido en su cama luciendo una gran sonrisa. Se puso un dedo en los labios para indicarle que guardara silencio, pues todos los demás dormían, y le contó una historia que al principio Enjolras no creyó.
―¿Y él... te lo ha permitido? ―preguntó, aturdido.
No podía creerlo. Y no quería.
Nunca se había sentido tan solo como aquella noche, cuando Courfeyrac regresó a su cama y lo dejó a solas con sus pensamientos.
―Está bien que no se lo hayas permitido ―había dicho Combeferre.
Entonces, ¿por qué estaba bien para ellos?
Enjolras no lo comprendía, y no conseguía decidir si Combeferre le había mentido o si simplemente no confiaba en él lo suficiente. Por lo menos, Courfeyrac había tenido el valor de decírselo, aunque sólo lo hiciera para declararse vencedor de una guerra que Enjolras ni siquiera sabía que se estaba librando.
Comprendió que era cierto. Aquella absurda rivalidad entre Courfeyrac y él había existido desde el mismo momento en que se vieron el uno al otro para acabar enzarzados a golpes cinco minutos después. Si desde entonces no habían hecho otra cosa que competir patéticamente por la atención de Combeferre, era evidente quién había perdido.
París, 1832
―Quédatelo ―dijo Courfeyrac―. Me da igual.
―Henri, espera...
Courfeyrac salió y corrió escaleras abajo como alma que lleva el diablo, y cuando Enjolras trató de seguirlo el vacío casi se lo tragó. El vértigo se apoderó de él en cuanto bajó el primer escalón, y tuvo que sujetarse al pasamanos, temblando de forma incontrolable, para mantener el equilibrio.
―¡Henri!
Fue en vano, y no podía dar un paso más. De todas maneras, tampoco podía salir medio desnudo a la calle para perseguirlo. Retrocedió, pegándose a la pared, y cerró los ojos para sobreponerse al mareo y a las nauseas. La cabeza le daba vueltas.
Oyó que uno de sus vecinos salía a quejarse y le respondió sin pensar y de mala manera. Después regresó a su cuarto y cerró la puerta, apoyó la espalda sin aliento y se dejó caer hasta el suelo. Golpeó la puerta con el puño y siseó una maldición, aunque no sabía si su ira era contra sí mismo o contra ellos.
No tengo tiempo para esto, se dijo mientras trataba de recobrar el aliento y la calma.
Lo segundo estaba muy fuera de su alcance.
•••
Le llevó casi veinte minutos bajar la escalera, pero el aire de la calle lo ayudó a recobrarse y le devolvió el vigor. Había permanecido en su cuarto casi una semana. Si por sus amigos fuera, lo tendrían allí encerrado hasta que se hiciera viejo.
Descubrió que estaba lloviendo, pero regresar a por el paraguas estaba tan lejos de sus posibilidades como de sus intenciones. Un poco de lluvia nunca había matado a nadie. Enjolras apretó el paso y puso rumbo a la rue de la Verrerie.
Pero Courfeyrac no estaba en su casa. Al parecer, se había empeñado en complicar las cosas. Tampoco lo encontró en casa de Combeferre. Ni a Combeferre. Mejor así, se dijo, porque era la última persona a la que quería ver en aquel momento.
El Musain había cerrado hacía horas, pero tenían llave de la puerta que daba al callejón de atrás y a la sala interior. Enjolras abrió sólo para encontrarse frente a otro tramo de escaleras, unas decenas de peldaños que a sus ojos parecieron cientos o miles. Pero había luz bajo la rendija de la puerta; había alguien en la sala.
Subir resultaba más sencillo que bajar. Enjolras avanzó guiándose por la pared, un paso y después otro. Estaba casi a medio camino cuando la puerta se abrió derramando la luz hacia la escalera.
―¡Enjolras! ―lo llamó la silueta que se perfiló en el vano.
Aquella voz, Enjolras la conocía demasiado bien; la había hecho callar tantas veces que había perdido la cuenta.
Grantaire bajó hasta donde él estaba, alarmado, y trató de sostenerlo. Se detuvo a medio gesto y retrocedió sin haber llegado a tocarlo. Enjolras ni siquiera lo había mirado, no había hecho nada para disuadirlo. Se tragó su irritación y preguntó directamente:
―¿Está aquí Courfeyrac? ¿Lo has visto?
Grantaire negó con la cabeza.
―No hay nadie, sólo yo. Enjolras, ¿te... encuentras bien?
Enjolras bufó y no se dignó a responderle. Había descansado un hombro en la pared y tenía que cerrar los ojos para mantener el mareo a raya.
―Pensé que estaba contigo... ―oyó que Grantaire le decía.
―Ya ves que no.
―No deberías estar tú solo. Ni... aquí. Deja que te lleve a casa.
―Ah, ¿pero recuerdas dónde vivo? ―le espetó Enjolras bruscamente.
Y se arrepintió de inmediato. No solía hablar sin pensar, pero Grantaire tenía la odiosa cualidad de sacarlo de sus casillas. Apretó los labios y trató de ignorar su mirada dolida y culpable. Si Grantaire tenía alguna disculpa que ofrecer, Enjolras decidió ahorrársela a ambos.
―Grantaire ―dijo alzando la mirada―, ¿me harías un favor?
―Lo que quieras ―respondió él.
Hasta lustrarte las botas.
•••
Courfeyrac no estaba en ninguna parte.
Enjolras no lo encontró en Corinto ni en las tabernas de la rue Charonne. Saint-Antoine no era un barrio para deambular a solas de madrugada, pero qué podía importarle eso a Enjolras. Debía encontrar a Courfeyrac y aclarar las cosas, pero no sabía dónde buscarlo y no podía presentarse en casa de sus amigos sin darles alguna explicación.
Al menos, Grantaire no le había pedido explicaciones. Nunca lo hacen quienes tienen sus propios secretos que guardar.
Enjolras cruzó el Pont-Neuf por tercera vez aquella noche, caminando deprisa bajo la llovizna que se acumulaba entre los adoquines. Las aguas negras del Sena murmuraban allá abajo, fluyendo con París en las entrañas.
Faltaban horas hasta el amanecer y ya sólo había un sitio al que ir.
Así que allí fue.
•••
Una religiosa lo recibió en la entrada y lo condujo al interior. Su tosco hábito rozaba el suelo de baldosines descoloridos mientras lo guiaba hasta una sala del vestíbulo, donde le dijo que esperara.
La sala, alargada y sin más muebles que un pesado banco de madera adosado a la pared, quedó sumida en la penumbra cuando la mujer se marchó llevándose la lámpara. La única claridad procedía de los altos ventanales que se asomaban a un patio interior de aspecto abandonado, rodeado de árboles que presentaban formas torturadas y raquíticas. Terminaba el mes de mayo y era pleno invierno en aquel lúgubre jardín, donde nada había florecido. La decadencia y la muerte envolvían como un sudario el recinto de laSalpêtrière, la última morada de los más miserables.
En lugares como aquel, las mundanas turbaciones del corazón parecen frívolas y banales. La verdadera lucha, se recordó Enjolras, era por aquellos que iban a morir allí, pues habían perdido toda esperanza en una sociedad que, después de exprimirlos, los había desahuciado. Alguien debía ser la voz de aquellos amordazados por la miseria y el hambre; alguien, la pluma, la espada y la guillotina, pero el hombre que hablaba por el pueblo, Maximilien Lamarque, había caído víctima del cólera y se debatía entre la vida y la muerte.
No tenían tiempo para aquello, volvió a decirse Enjolras.
Y, sin embargo, allí estaba, paseando como una fiera de un lado a otro de la sala, con el corazón agitado, sin norte y sin respuestas. ¿Se atrevía siquiera a formular las preguntas?
Se detuvo frente a los ventanales que se asomaban a la noche. Allí, frente a su propio reflejo diluido en la lluvia, trató de recordar.
Fue la noche del 3 de septiembre, el día del juicio de Blanqui. Sus amigos se reunían en Corinto y el vino fluía más deprisa que la sangre alterada. Grantaire bebía y Sand fumaba, enzarzados ambos en una suerte de debate grandilocuente que mezclaba poesía, política y desencanto. Quién venció y quién capituló, Enjolras no lo sabía, pues sus pensamientos estaban puestos en Combeferre.
Courfeyrac acababa de regresar de Marsella; reía, pasaba el brazo sobre los hombros de Prouvaire y lucía en la solapa una violeta azul. Parecía el mismo de siempre, pero Combeferre... Combeferre había cambiado. Enjolras, que lo conocía bien, podía ver que sus ojos brillaban demasiado y que su elocuencia brillaba por su ausencia.
Aquella noche, turbado por sus largos silencios, se marchó con él dejando en Corinto a sus amigos, y mientras caminaban de regreso al Quartier Latin, le preguntó si algo lo inquietaba.
De haber sabido lo que Combeferre iba a decirle, hubiera callado para siempre.
―Julien...
Enjolras espió el reflejo en el cristal antes de girarse.
Combeferre cruzó las altas puertas que daban acceso a la sala. Estaba en mangas de camisa que se había arremangado hasta los codos, sin chaleco ni corbata, y se secaba las manos con un paño que dejó en el banco de madera. Su rostro sin afeitar presentaba un aspecto rayano al agotamiento, y sus ojos lo confirmaban. Malos días eran aquellos para los hombres de bien. La piedad también se lleva almas a la tumba.
―¿Qué sucede? ―preguntó. Parecía alarmado de verlo allí y no le faltaban motivos. Se acercó a Enjolras y estudió su aspecto con preocupación. Al parecer, no era él el único que olvidaba mirarse al espejo―. No deberías haber salido. ¿Dónde está Henri?
―No sé dónde está Henri ―dijo Enjolras en tono lento y deliberado.
―¿Que no...? ―Combeferre calló al entrever el sentido de sus palabras.
―Se ha marchado hace horas ―asintió Enjolras―, no sé a dónde ni con quien. Lo he buscado desde entonces, pero veo que aquí tampoco ha venido.
Combeferre lo miró en completa confusión. Miró una vez en dirección a la puerta, pero Enjolras no podía esperar que corriera a buscarlo sin más. No lo hizo.
―¿Qué ha pasado, Julien?
La pregunta era inevitable. La respuesta, sin embargo, no era sencilla. ¿Qué había sucedido? Enjolras ni siquiera lo sabía, y no estaba seguro de querer averiguarlo. Desvió la mirada hacia los oscuros ventanales, los labios apretados con dureza. Sería cobarde no hablar, y desleal hacerlo. ¿Cómo escoger entre un mal y otro, entre un amigo y otro? Hacía mucho que había comprendido que no podía; que, al fin y al cabo, no era suya aquella decisión.
―Dime, antes, una cosa ―pidió―. ¿He hecho yo algo, o dicho cualquier cosa, para persuadirte en contra de lo que había entre tú y Henri?
―¿Cómo dices? ―dijo Combeferre sin salir de su incredulidad.
―Es lo que él cree.
―Eso es ridículo.
―Eso pensé yo ―dijo Enjolras sin alzar la voz. Pasara lo que pasara, no iba a dejarse llevar por la frustración. No podía... no debía enfadarse con Combeferre. Pero Courfeyrac había derramado lágrimas en su presencia. Por él. Por él―. Puedes decir que no me concierne ―dijo lentamente―. Pudiste decirlo entonces, pero no había razón para que me mintieras. Dijiste que habíais llegado a un acuerdo.
―Y así fue ―dijo Combeferre, que recelaba del tono contenido de su voz.
―Entones te mintió él a ti, y tú finges creerlo porque te conviene. ¿Qué le dijiste, Étienne? ¿Con qué argumentos lo persuadiste para que renunciara a ti cuando es evidente que te ama?
Sus palabras tuvieron en Combeferre el efecto de un golpe físico. Algo tembló al fondo de su mirada, y Enjolras pensó que no podía sorprenderlo una verdad tan sencilla. Era imposible que no lo supiera.
―¿Por qué? ―dijo Enjolras con tristeza. Se sentía tan decepcionado como si el despechado fuera él.
Combeferre se había girado hacia la puerta y se pasó una mano por la frente entre el desorden de sus cabellos.
―Deja que... avise a alguien ―murmuró, ausente―. Aquí me necesitan, no puedo marcharme sin más.
―¿Por qué? ―repitió Enjolras sin dejar de mirarlo.
―Es lo mejor, ¿no lo ves?
―Te diría lo que veo, pero la prudencia me lo impide.
Combeferre se sentó en el banco y descansó la cabeza entre las manos. Parecía perdido, pero no más que Enjolras en aquel momento. Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en la pared, y durante casi un minuto guardaron silencio.
―Te conozco, Étienne ―dijo Enjolras finalmente―. Y sabe Dios que lo conozco a él. No necesitas decirme que fue él quien lo empezó, pero tú se lo permitiste. Eres tan responsable de esto como él.
―Lo sé.
―Arréglalo, entonces. Al menos, dile la verdad. Sea lo que sea, tiene derecho a saberlo.
―Tienes razón ―murmuró Combeferre tras un momento―. Sin embargo...
―Sin embargo... ―lo instó Enjolras al ver que no continuaba.
―Sin embargo, no creo que deba saberlo por mí.
Enjolras no lo comprendió inmediatamente, pero conforme transcurrían los segundos el silencio se fue llenando de significado, y las palabras no pronunciadas comenzaron a cobrar forma.
―¿Qué intentas decirme? ―preguntó con cautela.
Combeferre se había quitado las gafas y se acodaba en sus rodillas mirando al suelo.
―Entiendo que sea difícil para ti... ―dijo suavemente.
El color había huido de las mejillas de Enjolras. Su expresión, sin embargo, se mantuvo imperturbable.
―Y que todos te tengan por juicioso y sensato ―dijo sin mirarlo.
―No me conocen como tú ―respondió Combeferre.
―Yo no sé quién eres. Diría que has perdido la cordura.
―Puede. No me pidas que piense con claridad cuando todo lo que sé es que ambos sufrís por esto.
Enjolras guardó silencio. Pensó, con un cinismo muy poco propio de él, que aquello había tenido que ir a suceder precisamente allí, en el hospicio de los dementes.
―Te equivocas ―murmuró.
―Sé muy bien que no.
Enjolras se puso de pie, sin decir nada más, y se alisó la ropa.
―¿A dónde vas? ―oyó que Combeferre le decía.
―Voy a buscar a Henri.
―Aun no me has dicho qué ha pasado.
Y no se lo diría. Por lo que a él respectaba, no había pasado nada en absoluto.
―Espera.
Enjolras le dio la espalda para marcharse, y al notar que él sujetaba su brazo se giró tan bruscamente que se mareó.
Combeferre lo sostuvo con gentileza mientras se recobraba, y cuando se disipó la niebla y aquel zumbido dejó de embotarle los oídos, Enjolras se encontró de pronto entre sus brazos, maldiciendo internamente y enfadado consigo mismo. No con él. Con él, no.
―Estoy bien ―gruñó apoyando las manos en su pecho para separarse de él.
Lo quemaron sus latidos, y los propios lo traicionaban. Lo asfixiaban las paredes, y aquella enorme sala se volvió angosta y opresiva. Debía salir de allí como fuera.
―Voy a llevarte a casa ―le dijo Combeferre, que aun lo sostenía por la cintura―. Después buscaré a Henri y arreglaremos esto.
―¿Cómo?
―Debes decirle lo que sientes.
―Me detesta ―se oyó decir Enjolras entre los dientes apretados. No sabía de dónde surgía aquella rabia súbita y no podía mirarlo a los ojos. Courfeyrac lo culpaba a él y ahora temía que fuera cierto.
―No entiende lo que pasa ―susurró Combeferre.
―Tú tampoco.
¿Cómo podría, si ni él mismo lo comprendía? Pero había muchas cosas que Enjolras no comprendía, y puede que no se equivocaran quienes lo tenían por impasible e indiferente. Sencillamente, no alcanzaba a entender aquella persecución ciega y constante de algo que a él no le había traído más que infelicidad.
Y, sin embargo, saber que sus amigos habían renunciado el uno al otro le resultaba tan doloroso como imperdonable. No podían.
Ellos no.
Se estremeció cuando Combeferre apartó delicadamente su cabello para acunar su rostro. Su mano era tan cálida como su voz cuando le dijo suavemente:
―¿Por qué no hablas conmigo?
Porque eres tú.
Alzar la mirada en aquel momento fue lo más difícil que Enjolras había hecho en toda su vida. Comparado con aquello, fue casi sencillo dejar que las palabras salieran sin más.
―¿Y si no fuera Henri?
Hasta la lluvia contuvo el aliento, y cada segundo que pasó en silencio fue una vida sin latidos. Enjolras lo vio en los ojos de Combeferre, en el brillo helado de aquel pálido azul. Lo sintió en su cuerpo y en las manos que lo sostenían: la lenta toma de conciencia de que estaban demasiado cerca, de que, de repente, aquel abrazo inocente y fraterno tenía otro significado.
―No es Henri ―dijo Enjolras. No le tembló la voz, pero había bajado la mirada. Estaba hecho, no obstante, y no podía deshacerse.
Quedaba, pues, una opción tan solo: acabar de una vez, y afrontar las consecuencias.
Se apartó de Combeferre; él no se lo impidió. Respiró y dijo:
―No es... sólo Henri.
