Les dejo la nota al final. Disfruten!


Antes de la Arena

Al día siguiente no tengo tanta suerte con el despertar, a pesar de que la noche estuvo libre de pesadillas. De hecho me la pasé soñando con Katniss con un bebé de cabello castaño y ojos azules entre sus brazos.

Aún así me despierto de golpe, aterrorizado por unos fuertes sollozos.

Mi instinto protector hace que me aferre con fuerza al cuerpo suave y cálido de Katniss, intentando sacarla de la pesadilla que posiblemente la está atormentando. Cuando sus ojos grises se encuentran con los míos, llenos de confusión pero sin rastro de lágrimas, me doy cuenta de que me he equivocado y que no es Katniss quien llora.

Miro a todas partes, tratando de encontrar a la persona que solloza con tanta energía, hasta que mis ojos encuentran a tres vistosas criaturas al pie de la cama: el equipo de preparación de Katniss.

Se trata de la mujer con la piel teñida de verde bosque: Octavia.

Katniss se sienta, no sin cierta dificultad, en la cama, debido a que mis brazos aun la rodean. Me rehúso a soltarla, así que yo también me siento y mantengo mi brazo izquierdo enroscado en su cintura.

Eso empeora las cosas, porque la mujer empieza a sollozar con más fuerza.

-Octavia- susurra el único hombre en el equipo.

-¡Míralos! - chilla desesperada- Tu viste lo tranquilos y felices que esta…- un hipido interrumpe su frase y ella vuelve a estallar en sollozos.

-Recuerda lo que nos dijo Cinna- replica la otra mujer, pero sus emociones la delatan, pues su labio inferior tiembla también.

La mujer de la piel verde asiente y se retira en medio de crudos sollozos.

Me deslizo sobre las sábanas para salir de la cama, pero la mano de Katniss atrapa mi muñeca antes de que llegue al borde.

-¿Katniss? - pregunto sorprendido.

Ella me devuelve la mirada luciendo igual de confundida que yo, pero sus dedos no aflojan su sujeción sobre mi muñeca.

-Yo…

Los miembros restantes del su equipo de preparación se giran para darnos algo de espacio.

-¿Kat?

Ella parece estarse debatiendo consigo misma para decir algo. Al final, gana lo que considero es la parte equivocada, porque agita la cabeza y me suelta con gesto ausente. No quiero perder lo que de alguna manera hemos hallado en esa habitación, así ignoro a la audiencia en la habitación y tomo su rostro entre mis manos, ganándome un gemido ahogado por parte de Katniss.

Me acerco lentamente a su rostro. Sus pupilas se dilatan por algo muy diferente al miedo y siento su respiración, cálida y jadeante, golpeándome de lleno en el rostro. Ella cierra los ojos, rindiéndose por completo y me atrae hacia ella tomando mi cabello en un puño. Avanzo la pulgada que nos separa y entonces yo deposito el más suave de los besos… en su mejilla.

-Nos vemos en unas horas, Preciosa. - susurro cerca de su oreja mientras retiro la mano que aún sujeta mi cabello con cuidado y la siento temblar.

Cuando me aparto, su mirada confundida no tiene precio y por un instante me pregunto qué habría sucedido si hubiese besado sus labios. ¿Me habría devuelto el beso? ¿Habría sido real esta vez?

Le doy una palmadita a Flavius y un guiño a Venia cuando paso junto a ellos rumbo a mi habitación.

Ni siquiera he logrado abrir la puerta de mi cuarto cuando escucho los sollozos en el interior, así que apoyo la frente en la pared y cuento mentalmente hasta doscientos, tratando de prepararme para el llanto, antes de abrir la puerta.

Los tres están hechos una pena, con los ojos hinchados de tanto llorar y Pilse esta… wow ¿de verdad está llorando sobre una de mis camisetas? Veo la prenda en cuestión y me doy cuenta de que no he tenido tiempo de usarla, así que todo su acto trágico carece de sentido, pero me parece de mal gusto señalarlo.

-Ejem- me aclaro la garganta para anunciar mi presencia. Cuando me ven, Pilse empieza a llorar con más energía, Ortrius hace un ruidito extraño, como si estuvieran asfixiando un gato y Temple me mira con tristeza desde un rincón.

Me ahorro el preguntarles que cómo están, porque es obvio que no lo están llevando nada bien. Así que simplemente les digo:

-Me daré una ducha. Estaré con ustedes en un rato. Pónganse cómodos.

No he terminado ni de cerrar la puerta del baño cuando Pilse está desparramada en mi cama llorando a mares.

En lugar de abrir la ducha empiezo a llenar la bañera, todo con el fin de retrasar un poco más el momento en que tendré que meterme en esa habitación en la que todos parecen estar en mi funeral.

Suelto una seca carcajada cuando pienso que bien podría serlo. Ya he decidido que, si de mí depende, no volveré con vida a este lugar. ¿Realmente puedo molestarme porque ellos lo den por hecho cuando yo quiero que así sea?

Mi mirada se pierde en el chorro de agua caliente que cae dentro de la bañera. Aprieto un botón en la pared y aparece el panel de control de las sales y el gel de baño. Selecciono uno al azar, me desnudo y me meto en la bañera haciendo que el agua salpique por todas partes.

Me tomo mi tiempo, porque el nivel de las aguas será peor allá afuera que aquí, donde la espuma me llega hasta la barbilla.

No salgo hasta que Ortrius toca tímidamente la puerta para preguntarme, en medio de hipidos, si me encuentro bien.

Le gruño una respuesta y salgo de la bañera. La rejilla a mis pies se activa y seca, con aire caliente, las gotas de agua que caen por mi cuerpo.

Cuando salgo todos parecen haberse calmado, al menos han dejado de llorar, aunque me siguen mirando con pena.

-¿Qué ha pasado?

-P-portia- susurra Pilse y luego aprieta la mandíbula para evitar echarse a llorar.

Bueno, ¡bendita sea esa mujer! No sé cómo lo habrá logrado, pero por el momento todo parece más tranquilo.

Aun así, la sesión resulta deprimente porque mi equipo de preparación, siempre feliz y dispuesto a cotillear, se sume en el mutismo más absoluto. Ninguno de ellos me habla y yo no hago el intento de conversar con ellos, pues me preocupa romper su frágil autocontrol.

Las pocas ocasiones en las que abren la boca, es para discutir entre ellos las características de la luz que habrá esta noche en la entrevista o de qué manera deben acomodar mi cabello para que luzca bien con mi traje.

Sin embargo no pasa mucho antes de que sienta una ligera humedad corriendo por uno de mis brazos y, cuando me giro, me encuentro con los ojos llenos de lágrimas de Temple.

-Yo lo… yo no… no p-puedo- susurra antes de escurrirse por la puerta en medio de un sollozo.

Ortrius la sigue menos de diez minutos después, cuando sus manos empiezan a temblar tanto que le resulta imposible seguir cortándome el cabello.

Me quedo con Pilse, cuya mandíbula tiembla de manera incontrolable, pero cuyos ojos resuman determinación.

Es ella quien se encarga de terminar de cortar mi cabello, peinarme, cubrirme el rostro de un potingue apestoso que hará que mi vello facial no crezca durante los juegos…

Cuando Portia aparece, Pilse levanta el rostro, orgullosa, inspira profundamente, me recorre la mejilla con un dedo que no tiembla y me susurra:

-Ha sido un… un placer poder estar contigo en todo esto. Gracias… y adiós.

Me sorprende cuando deposita un beso en mi mejilla, causándome cosquillas con sus pestañas falsas. Se va con la frente en alto, pero suelta un sollozo antes de cerrar la puerta.

Es esa última palabra, esa despedida definitiva, un adiós en lugar de un hasta luego, lo que me hace darme cuenta de que, aunque sea una locura, realmente extrañaré a todas estas curiosas criaturas.

Portia me mira sentada en una silla de respaldo alto, sin dejar traslucir la más mínima expresión en su rostro. No hay lágrimas en sus ojos, pero mantiene la mandíbula apretada.

Después de un minuto de vernos a los ojos, probando quien se romperá primero, decido terminar con el silencio:

-¿Qué será esta noche? ¿Carbones? ¿Llamas? ¿Velas? ¿Bombillas?

Ella suelta un suspiro y se levanta para descolgar mi traje, pulcramente doblado y escondido en una funda negra.

Portia duda por un segundo y su labio inferior se curva en un puchero.

-Bueno, lo cierto es que no pudimos ponernos precisamente creativos para esta noche.

-Hmmm- es todo lo que puedo decir.

-El presidente Snow ha decidido que vayan a juego ustedes dos. Katniss y tú.- empieza a explicarme.

-¿No ha sido así siempre?

Ella agita la cabeza y, con un ágil movimiento abre la cremallera y deja al descubierto mi traje para esta noche.

Al principio me parece un traje, negro como boca de lobo, bastante simple, nada parecido a los increíbles guardarropas que nos han hecho hasta el momento. Cuando lo observo de cerca me doy cuenta de que se compone de varias piezas: pantalones, un chaleco gris plomo, un saco a juego con los pantalones y un corbatín.

Es el traje de gala del Capitolio. El mismo que se usa en las bodas.

Portia me ayuda a ponerme la ropa, pieza por pieza. Primero los pantalones, luego una camiseta interior, la camisa inmaculadamente blanca, la cual ella debe ayudarme a cerrar porque el temblor de mis dedos no me permite meter los botones dentro del ojal.

La idea de estar usando la ropa que Portia había confeccionado para mi boda ha causado el efecto que el Presidente Snow quería y ahora estoy descontrolado, pero no siento miedo.

Siento rabia. Siento un odio tan profundo que parece estar devorándome las entrañas. Siento deseos de matarlo.

Le pido a Portia un segundo antes de que me ayude a anudar el corbatín, porque de pronto me invaden unas terribles nauseas. Ella asiente y me mira con preocupación.

Me voy al baño y me recargo en el lavabo mientras pienso en Katniss, a solo unas habitaciones de distancia, colocándose uno de aquellos preciosos vestidos de novia con los que la fotografiaron. Los mismos que vieron la luz el mismo día en que Snow nos condenó a muerte con la lectura de la tarjeta.

Mi rostro en el espejo no está pálido, ni verde, sino sonrojado.

A mi mente regresa la imagen de la mano blanca de Katniss apoyada en su vientre plano. Pienso en el niño que no ha nacido. El niño que nunca nacerá. En el bebé, mi bebé. Ese que nunca conocerá la luz del sol, ni podrá correr por la Pradera de mi distrito con sus piernitas regordetas. Pienso que Katniss nunca será testigo de cómo su barriga se redondea, ni sentirá a la criatura patear en su interior, lleno de vida, ajeno a la realidad que le espera aquí afuera.

Una nueva resolución me invade y la decisión que tomé anoche, cuando estaba a punto de rendirme al sueño, se afianza.

Vuelvo a la habitación y Portia me mira con las cejas arqueadas antes de comenzar a anudar el corbatín. No digo ni una palabra y ella tampoco lo hace. Al final, me pasa el saco y luego se saca del bolsillo un par de elegantes guantes blancos.

-¿Listo para deslumbrarlos? - pregunta Portia antes de que salgamos de la habitación.

Mi sonrisa resulta completamente feroz:

-¿No lo estoy siempre?

Cuando Katniss llega, ya estoy con Haymitch, Effie y Portia esperando frente al ascensor.

Effie se la ha pasado los últimos diez minutos acomodando una y otra vez mi corbatín y Haymitch ha tratado de restarle importancia al asunto diciendo que no entiende por qué han obligado a Katniss a vestirse de blanco cuando ya no queda pureza que resguardar.

Lo miro con las cejas alzadas, a punto de darle un puñetazo cuando se ríe a carcajadas y dice alegremente:

-Bueno, no me mires así, no es mi culpa que ustedes no se preocupen por cerrar las puertas. He ido a echarles un vistazo esta mañana, muy temprano y me he encontrado con una imagen que ningún licor podrá borrar. Al menos tuvieron la decencia de vestirse cuando acabaron.

Su última palabra resuena por todas partes y está envuelta por un aire tan lascivo que, a pesar de que sé que no ha pasado nada, no puedo evitar sonrojarme.

Aun así lo miro desafiante y le digo:

-No es la primera vez que dormimos juntos, Haymitch.

-Si bueno, a juzgar por todo el maquillaje que han tenido que ponerte aquí- dice mientras clava un dedo en la piel bajo uno de mis ojos- parece ser que no has dormido mucho que digamos ¿eh?

Tiene un punto. No he dormido mucho porque me he pasado las últimas noches o bien observando a Katniss o pensando en niños que no van a nacer nunca y sufriendo por ellos. No hay forma de que admita que tiene razón, pero pienso que, tomando en cuenta lo que estoy por hacer, conviene que tantas personas como sea posible crean que Katniss y yo hemos compartido mucho más que besos.

Me encojo de hombros y cargo mis palabras con el mismo tono que ha empleado Haymitch:

-Hay cosas más interesantes para hacer por las noches. Ya lo sabes.

A él parecen atravesársele las palabras en la boca, mientras Portia y Effie me miran con la boca abierta, ambas sonrojadas bajo su maquillaje.

Por suerte, Katniss aparece antes de que me vea obligado a decir más.

El aire parece volverse líquido en mis pulmones. Y me quedo mirándola impactado por mucho, mucho tiempo.

Trae un vestido de pesada seda blanca con un pronunciado escote. La cintura es estrecha y las mangas caen desde las muñecas hasta el suelo. Está cubierta por cientos de perlas cuya superficie irisada debe competir arduamente con su tono de piel.

Las perlas están por todas partes: cosidas en el vestido, en tiras que recorren la piel se su cuello y en la corona que sujeta su velo.

Fue mi vestido favorito el día de la presentación y cuando Effie dice que fue elegido por votación, me doy cuenta de que aparentemente tengo un gusto parecido al de la gente del Capitolio. La idea me revuelve el estómago.

Pienso en las bodas que se hacen en casa, donde las cosas son mucho más sencillas: la mujer alquila un vestido blanco, que ya ha sido cien veces usado. El hombre se pone un traje limpio, un traje cualquiera, siempre y cuando no sea un mono de minero. La pareja rellena algunos formularios en el Edificio de Justicia y el alcalde les asigna una casa.

Los amigos y la familia se reúnen para comer juntos o para tomar un trozo de pastel, si es que pueden permitírselo. Lo que nunca falta es la canción tradicional, la que por generaciones se ha cantado cuando la pareja atraviesa el umbral del hogar. Y luego está el tueste. La ceremonia definitiva.

La pareja enciende la chimenea de su nueva casa por primera vez, tuestan pan y lo comparten. He hecho muchas hogazas de pan especiales para el tueste.

Nadie se siente realmente casado hasta que comparten el pan.

Katniss me mira de arriba abajo y me sorprende ver que incluso se permite sonreír un poco.

Una uve diminuta se forma en su entrecejo.

-¿Qué? - le digo.

Ella acerca sus dedos a mi rostro y recorre la línea de mi mandíbula con los nudillos.

-Tu corbatín está torcido- dice mientras lo acomoda. Sus manos se abren planas sobre mi pecho. Sujeto una de ellas y la llevo hasta mi mejilla. Agacho la cabeza y pego mí frente a la suya.

-Te ves hermosa.

-Tú tampoco te ves nada mal.

-No puedo creer que te hagan usar ese vestido.

-¿Habrías preferido alguno de los otros? - pregunta divertida.

Meneo la cabeza.

-No, lo cierto es que ese era mi favorito.

-Es un vestido muy bonito- asiente ella.- Habría sido una lástima que se desperdiciara.

-Si las cosas fueran diferentes…- ella pone un dedo sobre mi boca y veo una tormenta tras sus ojos grises.

-Pero no lo son.- dice resuelta.- Así que no tiene caso hablar sobre ello.

-Te extrañé. Fue un día muy largo.

Ella se ríe.

-¿Cómo se comportó tu equipo de preparación?

-Están deshechos. Al final solo Pilse se quedó conmigo.

-Nosotros sí que sabemos vaciar una habitación.

-Y que lo digas.

Ambos empezamos a reír. Risas nerviosas, pero risas al fin y al cabo. Nuestros acompañantes nos miran como si nos hubiéramos vuelto locos y Effie finalmente presiona el botón para llamar el ascensor.

Bajamos todos juntos y nos separamos cuando los ayudantes del Capitolio nos dirigen a Katniss y a mí a la parte trasera del escenario mientras que envían a los demás a sus asientos.

Somos los últimos en llegar, y todas las conversaciones se detienen bruscamente en cuanto atravesamos la puerta.

La mano de Katniss se afloja ligeramente y yo le doy un apretón dándole ánimos.

Veo a Cashmere mirándola con el ceño fruncido. A Johanna Mason con un rictus en la mandíbula y a Finnick Odair con sus ojos verde mar abiertos como platos.

Es él quien acaba con el silencio:

-No puedo creer que Cinna te haya puesto eso.

Katniss salta a defender a su estilista inmediatamente:

-No tuvo elección, el Presidente Snow le obligó.

Cashmere, cuyo vestido rojo está cubierto de lo que parecen rubíes, echa hacia atrás su rubia melena y prácticamente le escupe:

-¡Qué aspecto más ridículo!

La fulmino con la mirada y ella toma a su hermano del codo y se dirige hacia su lugar para nuestro desfile al escenario. Los demás toman su comportamiento como un aviso y se dirigen a sus respectivos puestos.

Katniss se queda descolocada por unos segundos, porque son muchas las miradas de odio de las que somos blanco. Yo hago lo que puedo por protegerla de la marea de sentimientos negativos que amenaza con echarnos abajo, por suerte algunos Tributos se comportan a la altura y nos dan palmaditas en el hombro o en la espalda.

Johanna Mason se acerca a nosotros, y yo me tenso y cubro a Katniss con mi cuerpo, listo para defenderla de sus palabras, pero ella me dedica una sonrisa burlona y me rodea para llegar a Katniss.

Endereza su collar de perlas y le susurra algo al oído.

Katniss la mira sorprendida y luego asiente.

Todos entramos por turnos, para sentarnos en nuestros lugares en el escenario.

Esta noche Caesar Flickerman tiene el cabello y los labios pintados de un suave color lavanda. El da su discurso de apertura y entonces empiezan las entrevistas.

Hay una sola palabra que puede resumir el sentimiento de todos los vencedores que nos rodean: traición.

Todos sentíamos que habíamos vivido horrores más que suficientes para toda una vida, y sin embargo aquí estamos, a punto de entrar de nuevo a la Arena. Y la traición va aderezada con una ira pura y visceral.

Me alegra ver que hay unos increíblemente buenos con las palabras, lo suficientemente listos para darle vuelta a todas las preguntas que hace Caesar y que logran acusar al Gobierno y Snow de su barbarie.

Lamentablemente no todos estamos en el mismo barco. Brutus y Enobaria parecen bastante entusiasmados ante la posibilidad de matar, mutilar y torturar a un nuevo grupo de Tributos.

Otros, como los adictos del Seis, se pasaron sus tres minutos dando vueltas en el escenario ante la mirada atónita de Caesar, o bien, haciendo lo que parecía una imitación bastante mala de un caballo.

Aun así, muchos de los Vencedores se unieron al ataque al Gobierno.

Cashmere, la primera en ser entrevistada comenzó con el ataque diciendo que por las noches no podía dejar de llorar al pensar en el sufrimiento de la pobre gente del Capitolio al perdernos.

Gloss, su hermano, agradece y recuerda la infinita amabilidad que le han demostrado a él y a su hermana aquí y dice lo mucho que extrañará a estas buenas personas que lo hicieron sentirse en casa cuando estaba tan lejos de su distrito.

Mags masculla algo en su media lengua que suena como "ya no estamos para esto" y "tragedia" mientras agita su bastón sobre la superficie pulida del escenario.

Finnick recita un poema que escribió para su verdadero amor y yo pienso en la chica histérica que salió elegida en el sorteo del Vasallaje, la chica cuyo lugar Mags se ofreció a tomar. Mientras él habla, unas cien personas entre la audiencia, hombres y mujeres, empiezan a desmayarse, seguros de que el sex symbol se refiere a ellos.

Beetee, en medio de un ataque de nerviosismo, donde se acomoda una y otra vez sus lentes, empieza a cuestionar la legalidad del Vasallaje, e inclusive le pregunta, con falsa inocencia a Caesar, si los expertos lo han examinado bien últiamente.

Johanna, a pesar de su personalidad agresiva, se comporta falsamente dulce en su entrevista y pregunta que si no se puede hacer algo para resolver la situación.

-Estoy segura- dice mientras sonríe calculadora- de que los creadores del Vasallaje del Veinticinco nunca esperaron que los Vencedores y el Capitolio desarrollaran un vínculo tan fuerte. ¡Nadie puede ser tan cruel como para romperlo!

Seeder resulta brillante y dice que en su distrito todos piensan que el Presidente Snow es todopoderoso, así que… ¿Qué clase de desafío sería cambiar el Vasallaje? ¿Por qué no hacerlo?

Chaff, que va justo después, refuerza las ideas que su compañera ha sembrado en la mente de las personas diciendo que si el Presidente no ha cambiado el Vasallaje ha de ser porque no le interesamos nosotros, sus Vencedores, ni mucho menos la felicidad de las personas del Capitolio.

Entonces llaman a Katniss. Yo beso su mano, que ha estado entrelazada con la mía durante toda la actividad y la gente del Capitolio solloza desconsolada ante la imagen que se proyecta en las enormes pantallas sobre nuestras cabezas.

Los Vencedores están logrando su cometido y la audiencia está destrozada. La gente llora y grita exigiendo un cambio y algunos inclusive se han desmayado.

La imagen de Katniss, hermosa como ninguna, en su vestido de novia, hace que la histeria colectiva alcance límites insospechados. Verme a mi besando su mano, cuando nos quedan tan pocos besos que compartir, es demasiado para ellos.

Se les está acabando la cuerda a los trágicos amantes del Distrito Doce.

No tendremos un "Felices para Siempre" como en los cuentos que leen en el Capitolio a los niños. No habrá boda, no habrá felicidad eterna. No habrá una fuente inagotable de cotilleos para ellos.

Sonrío ligeramente al ver que ni siquiera Caesar, con su increíble profesionalismo, es capaz de controlar a la multitud que parece haber enloquecido.

El rostro de Caesar languidece cuando contempla la figura de Katniss envuelta en seda.

Los tres minutos de Katniss se desvanecen en el aire y la mayor parte de las cosas que ella dice se pierden en medio del frenesí de la multitud, sin embargo, hacia el final hay una pausa en la que él consigue decir:

-Bueno, Katniss, resulta obvio que es una noche muy emotiva para todos. ¿Hay algo que quieras decir?

Ella le dedica una sonrisa triste y luego mira hacia la cámara:

-Solo que siento mucho que no puedan asistir a mi boda- dice con voz rota- pero me alegro de que al menos puedan verme con el vestido. ¿No es lo más bonito del mundo? - dice mientras se pone de pie.

Puedo ver como aprieta la mandíbula mientras empieza a girar, igual que lo hizo en su primera entrevista un año atrás.

Primero va muy despacio, levantando las mangas del vestido, no sin cierta dificultad, por encima de su cabeza.

El mundo empieza a ir a cámara lenta, porque en cuanto la pesada seda alza vuelo alrededor de su cuerpo, el vestido se prende en llamas, primero un sutil parpadeo en el dobladillo que rodea sus pies, para luego convertirse en una franja de fuego que empieza a subir convirtiendo su vestido blanco en una masa que se desdibuja por la columna de humo negro en la que se ha convertido mi prometida.

Es el aullido de la multitud lo que alerta a Katniss, pero su expresión perpleja no hace que deje de girar. Trocitos de tela negra caen al suelo, seguidos por el estrépito de cientos de perlas rebotando contra el piso. Katniss gira y gira, hasta que finalmente el fuego desaparece y ella se detiene, con las mejillas sonrojadas, no sé si por el esfuerzo o por alguna clase de vergüenza.

Por un instante estoy listo para saltar al escenario y cubrirla con mi cuerpo, seguro de que ha quedado desnuda frente a todo el mundo. No lo hago, y resulta ser un acierto, porque en un segundo su cuerpo se convierte en una llama, que se apaga rápidamente, dejando al descubierto un vestido, totalmente nuevo, igual a su vestido de novia, pero esta vez negro como el carbón y cubierto de diminutas plumas, suaves y esponjosas.

Ella se ve en la pantalla y levanta, con asombro, las largas mangas de su vestido. Su perplejidad nos hace saber a todos en la sala que esto ha sido cosa de Cinna y que ella no estaba enterada de nada. Tiemblo al pensar en lo que le harán a él, mientras Katniss estudia los parches blancos que tienen sus mangas… sus alas… porque Cinna la ha convertido de manera definitiva en el símbolo de la revolución.

Katniss, la Chica en Llamas, es ahora un sinsajo.

Katniss continúa humeando por unos segundos después de que su vestido se ha transformado por completo. Un Caesar, que parece totalmente descolocado por unos segundos, se acerca con indecisión hacia ella para tocar el suave velo negro que cae desde su cabeza hasta el escote en forma de V que recorre la espalda de Katniss.

-Plumas- termina diciendo Caesar- Eres como un pájaro.

Por el rabillo del ojo veo a Seeder rodar los ojos.

- Como un sinsajo, creo- responde Katniss mientras agita los brazos, como si se dispusiera a volar -Es como el pájaro de mi insignia- explica ella ante la mirada confusa de nuestro presentador.

Cuando ella termina su explicación, una sombra de reconocimiento atraviesa su rostros y su mandíbula se endurece. Él también sabe que la avecilla de Katniss es mucho más que un símbolo de ella o de su distrito. Lo que la gente del Capitolio en este momento ve simplemente como un increíble cambio de vestuario, efectos especiales incluidos, será percibido de manera completamente distinta en los distritos, donde Katniss encarna ahora al símbolo de la revolución.

Debo admitir que Caesar hace lo que puede por suavizar el efecto de lo que Katniss podría estar causando en este momento.

-Bueno, hay que quitarse el sombrero ante tu estilista. No creo que nadie pueda negar que se trata de lo más espectacular que hemos visto en una entrevista. Cinna, ¡deberías saludar!- Caesar lo señala con la mano y el estilista de Katniss se pone de pie y se inclina con elegancia, pero en todo momento mantiene la barbilla arriba y sus ojos brillan en desafío.

"¿Qué has hecho?" me pregunto. "Hasta ahora estabas a salvo. ¿Por qué ponerte tú también una diana en la cabeza?"

Por la pantalla, veo como el rostro de Katniss se desencaja por unos segundos al darse cuenta de lo mismo que yo. Irán tras él. No hay forma de que esto que acaba de hacer quede impune. Snow no lo tolerará. El hecho de que Cinna sea un ciudadano del Capitolio no lo deja fuera de las redes mortales del Capitolio.

El público, que hasta el momento había permanecido en un silencio sepulcral, se pone de pie y aplaude y vitorea alborozada. El zumbido que indica el final de los tres minutos de Katniss se escucha como algo muy lejano.

Caesar le da las gracias, besa sus nudillos y ella vuelve a su asiento luciendo satisfecha consigo misma.

Hay un momento en el que nos cruzamos en el camino. La siento buscar mi mirada, pero evitó cuidadosamente que nuestros ojos se encuentren, porque me da miedo que sospeche lo que estoy a punto de hacer e intente detenerme.

La escucho ahogar un jadeo y siento una punzada de culpa. Esto podría salir terriblemente mal. Y sin embargo tengo que intentarlo. Por ese bebé que no ha nacido, ni nacerá nunca… debo intentarlo.

Los diez metros que separan mi asiento de la silla en la que Caesar va a entrevistarme se vuelven infinitos cuando me doy cuenta de que no lo hago por mi hijo, porque por más que me duela aceptarlo, yo ya no tengo esa posibilidad, no tengo intenciones de salir de esa Arena porque deseo que Katniss viva… pero ¿y el hijo de ella? ¿Podría esto garantizar la posibilidad de que Katniss sea capaz de embarazarse algún día? ¿De cuidar a una criatura diminuta y perfecta que saldrá de ella?

Mis puños se cierran con determinación a ambos lados de mi cuerpo.

Estoy listo.

Caesar me sonríe abiertamente cuando tomo asiento. Lo veo entrar en papel y comienza, por supuesto, restándole importancia a lo que acaba de suceder con Katniss. Empezamos tranquilamente con algunas bromas sobre fuego, plumas y pollos chamuscados, pero estoy tan abstraído con la idea del bebé que todos se dan cuenta, inmediatamente, de que mi mente está en un lugar muy muy lejano.

Cuando Caesar redirige la conversación a lo que, por supuesto, todos quieren oír, parpadeo un par de veces, tratando de concentrarme en lo que estoy haciendo.

-Bueno, Peeta- levanto la cabeza, alerta- ¿qué sentiste cuando, después de lo que has pasado, te enteraste del Vasallaje?

¿Qué sentí? Bueno, sentí que todos aquí eran un montón de bastardos con un sentido del humor más que retorcido, eso sentí.

Aunque claramente no podía decirle eso, así que pongo cara de tristeza y le respondo:

-Me quedé conmocionado. Es decir, estaba contemplando a Katniss, tan bella con todos esos vestidos de novia y, de repente…

El resto de la frase permanece en el aire y siento como si tuviera una tenaza al rojo vivo apretándome la garganta.

-¿Te diste cuenta de que nunca habría boda?- me ayuda Caesar con suavidad.

Este es. Este es el momento en que decido que es lo que voy a hacer. ¿Seguiré adelante con esta idea? ¿Me odiará Katniss si lo hago?

Levanto la cabeza y recorro al público del Capitolio con la mirada. Cada par de ojos está puesto en mí. Algunos han tomado sus programas y los han convertido en rollos aplastados entre sus manos para aligerar la tensión. Muchos han arranchado grandes mechones de cabello multicolor de sus pelucas, presos de la desesperación. ¿Podrán estas criaturas inhumanas ayudarme?

Espero que sí. Cuento con ello.

Mis ojos barren la figura inmóvil de Katniss, que me mira con aprehensión mientras sus dientes aprisionan su labio inferior.

-Caesar- digo en un susurro- ¿crees que todos los amigos que nos están viendo sabrán guardar un secreto?

Mi pregunta tiene la dosis justa de ironía y de inocencia. Porque… ¿ante quien guardarán el secreto cuando cada persona en Panem está viendo esto?

El público deja escapar carcajadas que se convierten en jadeos. Todos están hipnotizados con mis palabras. Ávidos por un nuevo chisme.

-Estoy bastante seguro- responde Caesar siguiéndome el juego. Se inclina hacia adelante y pone las manos en sus rodillas, esperando a que yo diga lo que sea que voy a decir.

Siento la penetrante mirada de Katniss fija en mí, así que evito cuidadosamente mirar hacia el lugar en el que ella está sentada.

-Ya estamos casados.

Mi voz sale tan baja que por un segundo pienso que nadie me ha escuchado y que tendré que repetirlo, pero los gritos y jadeos de la multitud me indican lo contrario. Veo, por el rabillo del ojo, como Katniss se inclina hacia adelante y oculta el rostro entre los pliegues de su falda.

"Por favor no me delates, por favor no me delates", pienso desesperado mientras me esfuerzo por mantener mi cara compungida.

Caesar suelta un jadeo.

-Pero… ¿cómo es posible?

Aquí es donde debo ser cuidadoso, porque el Capitolio mantiene un estricto registro del estado civil de las personas: quienes se casan, quienes enviudan… cosas como esas, porque de ello depende el tipo de casa que te asignan en el distrito. No, Katniss y yo no registramos nuestro matrimonio pero, para efectos de nuestro distrito, al menos en lo que a mi historia respecta, estamos tan casados cómo podríamos estarlo.

-Oh, no es un matrimonio oficial- la palabra oficial resulta curiosa en mis labios, porque está cargada de un doble significado, el que no sea oficial no significa que no sea real- No fuimos al Edificio de Justicia ni nada de eso. Es que en nuestro distrito tenemos un ritual de matrimonio. No sé cómo será en los otros distritos pero nosotros hacemos una cosa- le confieso mientras le cuento nuestra ceremonia del tueste.

Caesar hace la más imperceptible de las pausas y lo veo parpadear rápidamente. Es entonces cuando noto el pequeño auricular color carne que apenas si sobresale de su oreja izquierda. Alguien le está diciendo que hacer… o mejor dicho, que preguntar a continuación.

-¿Estaban allí sus familias?

Claro, quiere descubrirme en medio de la mentira. ¿Qué hará? ¿Entrevistar a mi padre? ¿A la madre de Katniss? ¿A Gale, el guapo primo?

Lo veo con los ojos entrecerrados, como diciéndole "¿estás loco?".

-No, - admito sin arrepentirme en lo más mínimo- no se lo dijimos a nadie, ni siquiera a Haymitch. Y la madre de Katniss nunca lo habría aprobado- digo sacando de la jugada a nuestro mentor y a la madre de mi prometida, ahora esposa- Pero ¿sabes? - digo sonando muy muy triste- si nos hubiésemos casado en el Capitolio no habríamos tenido nuestro brindis. Y ninguno de los dos queríamos seguir esperando, así que decidimos hacerlo sin más- después de todo estamos locamente enamorados- Y, para nosotros, estamos más casados de lo que pudiéramos estarlo después de firmar un trozo de papel o montar una gran fiesta.

Mi declaración final, burlándome de las tradiciones del Capitolio, saca a Caesar de circulación por unos segundos, solo unos cuantos, que me permiten respirar dos veces antes de que él contraataque.

-Entonces ¿esto fue antes del vasallaje?

¡Ah! Qué curioso dilema. ¿Lo hicimos como una locura por amor? O ¿fue más bien en plan "ustedes no pueden decirnos que hacer y cuando hacerlo"? En la primera opción seríamos simplemente dos adolescentes tontos y hormonados que están muy enamorados. En la segunda seguimos siendo adolescentes llenos de hormonas, que saben que se les acaba el tiempo pero que, también, están haciendo esto como una forma de vengarse del Capitolio por el daño que nos hace.

La sangre se calienta en mis venas.

-Claro que fue antes del Vasallaje- le digo claramente molesto.- Seguro que no lo habríamos decidido de haberlo sabido antes. Sin embargo ¿quién se lo podía imaginar?- que Snow fuera tan vengativo, que Katniss hiciera que tantas personas la siguieran sin saberlo…- Nadie- declaro- Pasamos por los juegos, vencimos, todos parecían encantados de vernos juntos y entonces- la voz se me quiebra y le agrega el nivel perfecto de emoción a lo que estoy diciendo. Me aclaro la garganta- ¿Cómo íbamos a esperarnos algo así?

-No podían, Peeta- trata de consolarme Caesar mientras pone un brazo alrededor de mis hombros. Me resisto al impulso de sacudírmelo, porque aunque Caesar me agrade, es otra de las marionetas del Capitolio.- Como dices, nadie podía. No obstante debo confesar de que me alegro de que, al menos, tuviesen unos cuantos meses de felicidad juntos- y me parece que suena sincero.

Hay un aplauso ensordecedor y me permito darle una mirada a Katniss, para saber si está esperando a que regrese a mi asiento para matarse. Bueno… aún falta lo peor.

Cuando la multitud aplaude ella levanta la cara y veo sus ojos llenos de lágrimas.

¿Está llorando? ¿Llora de verdad? Por la pantalla, veo cómo responde a la multitud con una sonrisa triste y poco natural. Se darán cuenta de que es mentira si continúan observándola, así que me preparo para lanzar la segunda granada, para devolver la atención a mí.

-Yo no me alegro- digo en voz alta y no sonrío, porque de nuevo tengo todos las miradas del auditorio encima- Ojalá hubiésemos esperado hasta la celebración oficial.

Caesar me mira parpadeando estúpidamente, como si lo hubiera golpeado en la cabeza e intenta razonar conmigo.

-Bueno, disfrutar de un tiempo, aunque breve, es mejor que no disfrutar de ninguno, ¿no?

Tomo aire, porque estoy a punto de soltar lo que posiblemente será la información más impactante en la historia de las entrevistas previas a los juegos.

-Quizá hubiese pensado lo mismo, Caesar,- empiezo con cuidado- si no fuera por el bebé- y al pensar en mi hijo, que nunca podrá correr por la Pradera, dos gruesas lágrimas se deslizan por mis mejillas.

Eso es todo lo que se necesita. He borrado cualquier argumento que hayan podido dar los otros tributos. Porque nunca ha habido algo más brutal que esto. Una cosa es enviar a un montón de niños indefensos a una Arena para que peleen a muerte… otra muy distinta que una criatura que ni siquiera haya nacido sea un daño colateral aquí. Especialmente cuando el niño en cuestión sería hijo de la pareja más popular de la temporada.

El efecto es igual al de una bomba. Casi puedo ver la onda expansiva, conforme la noticia va teniendo sentido en la cabeza de estas personas.

Entonces empiezan, por todas partes, las acusaciones de injusticia y barbarie. Nadie es capaz de pasar por alto la crueldad… la horrible verdad que se esconde tras mis palabras.

Las personas se convierten entonces en animales, que lloran, gimen y gritan pidiendo ayuda.

La cara de Katniss es proyectada en un primer plano y ella luce tan atónita como los demás, solo por un segundo, hasta que su rostro se descompone en una máscara de infinito pesar que me convence incluso a mí. Y entonces me pregunto si Katniss alguna vez habrá pensado en la perspectiva de tener hijos.

Sé que es un tema que, al menos yo, nunca he discutido con ella, especialmente después de nuestro compromiso. ¿Cómo hacerlo? Cualquier palabra sobre el tema habría traído implícita la presunción de que yo esperaba algo más físico de nuestra farsa.

¿Cómo habría sido? ¿Qué habría sucedido si Snow no hubiese tomado la determinación de matarnos en la Arena? ¿Cómo continuar con una farsa que se prolongaría por una vida entera?

Si de algo estaba seguro es de que jamás habría podido… tocarla de esa manera… sabiendo que todo lo hacía por mantener las malditas apariencias.

¿Qué habría hecho el Capitolio cuando pasara el tiempo y Katniss no se quedara embarazada?

Me estremezco al pensarlo.

Caesar resulta incapaz de refrenar a la multitud nuevamente, así que cuando suena el zumbido yo asiento para despedirme y vuelvo a mi asiento.

No me atrevo a mirar a Katniss de nuevo. En su lugar miro fijamente a Caesar, que mueve los labios diciendo algo, pero no hay forma de que pueda competir con el caos que reina aquí dentro. Es hasta que suena el himno, con el volumen al máximo, que regresa algo de calma, pero no demasiada, al lugar.

Katniss se levanta a mi lado, como una autómata y sufro en mi interior al pensar en el día maravilloso que compartimos ayer, o en la forma en la que desperté esta mañana. ¿Acabo de destruir todo eso? ¿Volverá ella a golpearme, igual que lo hizo hace un año, por mi alocada entrevista?

Extiendo mi mano para tomar la suya, pero me preparo inmediatamente para su rechazo. Cuando ella la acepta automáticamente y entrelaza sus dedos con los míos, el tabique de autocontrol que había logrado erigir se desploma y las lágrimas se deslizan, calientes y silenciosas, por mi rostro.

Son demasiadas emociones, demasiadas pérdidas para un solo día.

Con la vista nublada por las lágrimas noto que Katniss se estira hacia su derecha, donde está Chaff, y apoya su mano en el muñón del tributo del Once. Es entonces cuando sucede: la larga fila de vencedores se convierte en una cadena humana, donde todos se toman de la mano.

Algunos imitan a Katniss de inmediato, como Wiress y Beetee o la pareja de adictos. Otros vacilan, pero terminan cediendo ante la presión que los rodea, como Brutus y Enobaria. Al final, todos nos convertimos en un frente unido. Un grupo de víctimas del Capitolio que encararán juntos el mismo cruel destino, pero que pelearán con todo lo que tienen.

¿Cuánto irá a durar?

Katniss sonríe y señala con el mentón la pantalla justo antes de que se funda en negro, pero la imagen se queda marcada en mi retina. Todos los tributos unidos. Y ellos fueron demasiado lentos para cortarlo antes de que todos lo vieran.

Las luces de todo el lugar se apagan y nos envía, a tientas, al Centro de Entrenamiento. Los dedos de Katniss se cierran con fuerza en torno a mi mano y yo le devuelvo el apretón.

-¿Peeta? - dice en la oscuridad.

-Estoy aquí- le respondo mientras deslizo mi pulgar sobre el dorso de su mano.

Caminamos juntos hasta el ascensor. Yo aprieto el botón y una flecha que señala hacia arriba se ilumina en la pared. Finnick y Johanna nos localizan y nos piden que los esperemos. Yo pongo mi mano entre las puertas del ascensor para evitar que las puertas se cierren, pero cuando ambos están a dos metros de la puerta, los intercepta un Agente de Paz que le da un empujón a Johanna. Sorprendido, retiro mi mano de los paneles metálicos y la puerta del ascensor se cierra.

Katniss se recarga en mi cuerpo por unos segundos. Cuando las puertas se abren en nuestro piso, salimos rápidamente del ascensor y rodeo sus delgados hombros con mis manos y hago que se recargue contra la pared. No debe faltar mucho antes de que envíen Agentes de Paz a cada piso.

Ella me mira entre sorprendida y asustada:

-No tenemos mucho tiempo- le explico- así que, dime ¿tengo que disculparme por algo?

Si me va a hacer rogarle mejor que sea rápido.

Ella evalúa mi expresión, recorre mi rostro con la mirada y un extremo de su boca se curva hacia arriba, como si le gustase lo que ve.

-Por nada- responde rotunda, mientras su media sonrisa se convierte en una sonrisa completa.

-Bien- le digo mientras la atraigo al círculo de mis brazos y hundo la nariz en su fragante cabello- Estaba dispuesto a suplicar ¿sabes?

Ella suelta una risita.

-La verdad no le veo mucho sentido a pelearme contigo justo ahora- susurra ella contra mi pecho.

-Me alegro.

-Me habría gustado que me dijeras lo que estabas por hacer.

-¿Me lo habrías permitido?

-Posiblemente no.

-Ahí lo tienes.

-Creo que he madurado- dice después de unos segundos.

-No me quedan dudas al respecto.

-Hace un año rompí un par de cosas. A ti incluido.- susurra mientras su cuerpo se estremece por una suave risa.

-Es bueno ver que decidiste no mantener esa tradición.

-Hummmm….

-Si lo piensas bien, de cierta manera esto es algo así como nuestro aniversario.

-¿Uh?

-Hace un año fue la primera vez que reconocí públicamente que te amaba.

-Técnicamente dijiste que te gustaba.

-Sí bueno, tampoco podías esperar que dijera eso en televisión nacional. No soy un maldito psicópata.

-Creo que tendré que discrepar contigo en ese punto. Decir que te gusta una chica en televisión nacional tampoco parece algo que haría una persona mentalmente estable.

Beso su frente y la siento temblar.

-Te quiero- le susurro y ella se tensa entre mis brazos.-Y no te estoy pidiendo que me digas que tú también lo haces.

-Lo sé… Yo…

En ese momento las puertas del ascensor se abren, pero solo aparece Haymitch.

-Ahí fuera es una locura- se queja cuando entra. No hace ningún comentario al vernos tan juntos, pero sus cejas se elevan un poco.- Han enviado a todos a casa y han cancelado el resumen de las entrevistas en televisión.

Sincronizados, ambos corremos hacia la ventana tratando de entender que sucede ahí abajo.

Los escucho gritar palabras que no entiendo, porque estamos tan arriba que es imposible poder captar a cabalidad las exigencias de las personas ahí abajo.

-¿Qué están diciendo? ¿Le están pidiendo al Presidente que detenga los juegos? - pregunto tratando de no sonar demasiado esperanzado.

-Creo que ni ellos mismos saben qué pedir- me responde Haymitch con desánimo. - La situación no tiene precedentes y la simple idea de oponerse a los planes del Capitolio es fuente de confusión para la gente que vive aquí. Pero no hay forma de que Snow cancele los juegos. Espero que lo tengan claro.

Katniss y yo asentimos.

-¿Los otros se han ido a casa? - pregunta Katniss.

-Se lo han ordenado, aunque no sé cómo les irá con esa turba en la calle.

Pienso en Portia y en Effie. A mi estilista la veré mañana cuando me esté preparando con el uniforme que nos den para entrar a la Arena, pero es posible que no vuelva a ver nunca a nuestra acompañante.

-No volveremos a ver a Effie. - le digo Haymitch.- Dale las gracias de nuestra parte

-Más que eso,- se une Katniss- haz que sea algo especial. Al fin y al cabo estamos hablando de Effie. Dile lo mucho que la apreciamos, que ha sido la mejor acompañante del mundo y que… que la queremos mucho.

El silencio se vuelve opresivo por unos momentos, hasta que Haymitch dice:

-Supongo que también nosotros tenemos que despedirnos. - sus ojos lucen tristes.

-¿Un último consejo?

-Permanezcan vivos- responde él con voz ronca.

Katniss y yo nos reímos y nuestro mentor nos sorprende dándonos un rápido abrazo a cada uno.

Todos estamos al borde del colapso emocional. Los tres lo sabemos, así que cuando Haymitch nos dice que nos vayamos a la cama, lo hacemos sin rechistar.

-Cuídate, Haymitch- le digo mientras le doy un par de palmadas en el brazo.

Katniss tira de mi mano y cruzamos la habitación. Cuando llegamos a la puerta, la voz de Haymitch nos detiene:

-Katniss- dice con voz clara- cuando estés en la Arena…- dice mientras recorre ansioso el rostro de mi compañera. La mira con el ceño fruncido, la decepción en cada uno de sus rasgos.

-¿Qué?- le responde ella a la defensiva.

-Recuerda quien es el verdadero.- dice al final- Eso es todo. Ahora lárguense.

Recorremos el pasillo y le digo a Katniss que me dé un momento para ir a mi habitación. Le digo que quiero ir a darme una ducha y que volveré en unos minutos, pero realmente lo que quiero es sacar el relicario del cajón junto a mi cama porque me preocupa la posibilidad de que mañana, en medio del caos que nos rodea, no pueda hacerlo.

La negativa de Katniss es tan tajante y tan desesperada que no discuto con ella.

-Tengo una ducha en mi habitación- me dice con la barbilla arriba, como desafiándome a que la contradiga.- Te quedas aquí y punto- dice mientras su dedos se aferran a los míos y tira de mí hacia su habitación.

-Cinco minutos- me dice muy seria mientras señala su baño- si tardas más que eso ahí adentro te juro que entro por ti.

-¿Ha sido eso una proposición, señora Mellark? -llamarla por mi apellido, el que tendría su nos hubiésemos casado, genera un millón de cálidas chispas en mi interior, pero mantengo mi rostro imperturbable.

Ella se ríe un poco, pero luego recuerda que está haciendo un papel y me mira con los brazos cruzados. Entrecierra un poco los ojos.

-Ahora le quedan solo cuatro, señor Mellark, así que sugiero que escuche a su esposa y se apresure.

El oírla referirse a sí misma como mi esposa es demasiado para mí, así que beso rápidamente su frente y me escabullo en el baño.

Aprieto botones al azar y termino sorteando los chorros de agua fría y caliente que salen de la ducha.

Es esa distracción la que evita que me derrumbe en el baño. Aunque a decir verdad tampoco me motiva mucho la posibilidad de que Katniss me encuentre acostado en posición fetal en su baño.

-¡Veinte segundos! - me grita desde afuera.

Me aclaro el champú y salgo de la ducha. Presiono el botón que activa la corriente de aire y dejo que me seque rápidamente.

-Cinco segundos… cuatro… tres…dos… uno- abro la puerta, con una toalla enrollada en torno a mi cintura y la silencio con un beso. No sé si le hará gracia, pero justo ahora es lo que necesito yo.

-Todo tuyo.- le digo mientras apoyo mi frente en la suya y la siento jadear.

-Hummm…- masculla ella.

-Tiene cinco minutos para asearse, señora Mellark, antes de que vaya por usted. Y recuerde que entre nosotros dos, yo soy el único que no le pone reparos a la desnudez, así que use su tiempo con sabiduría.

Ella se escurre entre mis brazos, con el rostro sonrojado y se encierra rápidamente en su baño.

Empiezo a contar mientras me pongo el pijama pulcramente doblado que hay sobre la almohada: cuatro minutos cincuenta y nueve segundos… cuatro minutos cincuenta y ocho segundos… cuatro minutos cincuenta y siete segundos…


Bueno, ese fue el capítulo. Espero que lo hayan disfrutado de la misma manera en que lo hice yo al escribirlo.

Estoy muy muy contenta por todos los reviews que recibí en el capítulo anterior, realmente no tengo palabras para agradecer que se tomen el tiempo no solo para leerme sino también para escribirme unas líneas sobre que les ha parecido todo esto.

Voy a hacer algo que no acostumbro y es responder los reviews anónimos por aquí, porque fueron tan bonitos que creo que no deben quedarse sin respuesta.

Hcr: amo que hayas cambiado tu costumbre de leer sin comentar por mí. Realmente disfruto escribiendo, pero me llena muchísimo el poder ver que piensan las personas sobre cómo lo hago, así que tus palabras realmente me han alegrado muchísimo. Un abrazo y espero, de verdad, poder ver que te ha parecido este capítulo.

Deya: tus palabras me han emocionado muchísimo porque me gusta mucho la forma en la que escribe Collins, así que el hecho de que me dijeras que tuviste que recordarte que era un fanfic, es fantástico. Me disculpo por el tiempo en que tuve que pausar el fic, y realmente te agradezco que después de tanto tiempo lo volvieras a buscar y que los nuevos capítulos te hubieran enganchado. Amo los reviews largos, así que te pido de favor que me dejes una nueva carta en este que estoy subiendo hoy. Un abrazo y muchas gracias!

¿Me merezco un review por este capítulo? De verdad espero que sí. :D