—Por muy bueno que suene tu plan, señorita Black, no estoy muy seguro de que sea la mejor idea.
Sophia se sorbió la nariz mientras rodaba los ojos, pensando que hoy en día ya los Gryffindor no eran tan valientes... No todos, al menos.
—Relájate, Lee. Colmillos y los gemelos están en esto. Sólo faltas tú.
Lee se rascó la nuca nervioso.
—No lo sé... ¿Y si nos atrapan?
Sophia sonrió de lado.
—¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?
Diez minutos después, Sophia iba montada en la espalda de Lee en dirección a los jardines, en donde Hally y los gemelos los esperaban junto a un considerable montículo de nieve.
Una noche a mediados de diciembre, mientras Sophia y Hally se ocultaban de Filch en el gran comedor, presenciaron gracias al techo encantado, la primera Nevada de la temporada.
—Mirad, mi buen Georgeselot, nuestra reina viene cabalgando en su noble corcel —dijo Fred al verlos, mientras hacía una reverencia exagerada.
—Eso veo, Fredtur —dijo George imitando la acción de su hermano—. Aunque creo que su majestad merece un mejor vehículo que un vil elfo doméstico.
Cuando Sophia se bajó de su espalda, Lee recogió un puñado de nieve y se lo lanzó a los gemelos, quienes se le echaron encima, derribándolo sobre la nieve.
—Dios, ¡paren ya con eso! —gruñó Sophia— Le diré a su madre que pare de leerles las historias del rey Arturo antes de dormir.
Sophia se giró para decirle algo a Hally, pero una bola de nieve le impactó directo en la cara, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera sentada sobre el suelo cubierto de nieve.
—¡Lilian!
—Calmate, Rudolph, fue sólo una broma.
Sophia apretó los puños. Desde que había comenzado a nevar, su nariz se había teñido de un color rosa, casi rojo, "por el frío", según le había dicho madame Pomfrey. Y claro, Hally no había perdido oportunidad para molestarla con el reno de nariz roja que conduce el trineo de Santa Claus, el tal Rudolph.
—Te recuerdo —siseó Sophia poniéndose de pie—, pelirroja sin gracia, que la broma aquí es para el idiota de Quirrel, ¡no para mí!
Hally sonrió y se acercó a ella queriendo abrazarla, pero Sophia le apuntó con su varita.
—Oh, vamos, muñeca de trapo, no es para tanto.
—Eh, chicas.
Ambas voltearon para ver a George, quien se escondía tras el montículo.
—Ahí viene Q-qu-quirrel.
Sophia se tiró al suelo junto a los chicos, llevándose a Hally consigo. A pesar de que la idea la habían tenido los gemelos, había sido la azabache quien había escogido a Quirrel como víctima. No podía explicarlo, pero siempre que estaba cerca del tipo, como en sus clases, Sophia se ponía de mal humor, como si Quirrel llevará consigo una nube negra que la opacaba.
—Bien —susurró Sophia—. Si alguno de ustedes se acobarda o nos delata, juro que mañana amanecerán con pústulas en el trasero.
—En serio chicos —dijo Hally—. Ya la he visto hacerlo.
Lee tragó saliva, mientras los gemelos sonreían.
Los cinco sacaron sus varitas y murmuraron todos el mismo hechizo, haciendo que varias bolas de nieve salieran del montículo disparadas hacia Quirrel, quien les daba la espalda.
La mayoría le daba en la parte de atrás del turbante, y mientras más corría, más bolas salían del montículo y le perseguían por todo el patio.
Los cinco chicos hacían lo imposible por contener las carcajadas mientras veían a Quirrel tratar de esconderse tras unos chicos de tercero, pero un jadeo los hizo quedarse congelados.
Algunas bolas se habían salido de control y habían impactado en otra persona, dándole directo en el rostro y tirándola al suelo, llenándole de nieve la túnica verde esmeralda.
—Profesora McGonagall.
—Demonios.
Los cinco se quedaron parados, estáticos. Sabían que McGonagall los mataría, y no solo por darle a ella, sino también por atacar a un profesor.
—Vámonos —susurró Lee mientras unos chicos ayudaban a la profesora de transformaciones a ponerse de pie—. Aun no sabe que fuimos nosotros.
—Oh, no —dijo Hally.
—Estás hablando de McGonagall, Lee —siguió Sophia.
—Ella siempre sabe —terminaron los gemelos.
—¡BLACK! ¡POTTER! ¡WEASLEY'S!
—¿Ves? —preguntaron los cuatro a la vez.
.
.
.
—... Y sólo por eso ahora estamos castigados hasta sexto curso!
Harry rodó los ojos preguntándose si algún día Sophia dejaría de ser tan exagerada.
—Por lo menos no le bajó puntos a Gryffindor —dijo Ron.
—No —respondió Sophia—. Estaba tan enojada que se le olvidó. Dijo que ningún alumno había sido tan imprudente...
—O estúpido —Harry miró a su hermana con una ceja arqueada—. Palabras de Minerva.
Sophia rió amargamente, mientras se acomodaba sobre un cojín en el suelo, donde jugaba Snap explosivo con Ron. Era cierto, McGonagall había estado tan enojada que el sermón que les echó duró más de media hora, y la única razón por la que no los expulsó fue porque Gryffindor no tenía jugadores de reserva que los cubrieran en el quidditch.
—¡Atención, alumnos!
Sophia levantó la vista del tablero para encontrarse con que McGonagall había entrado a la sala común con un trozo de pergamino y una pluma en mano.
—Esta mañana el profesor Dumbledore me ha pedido anotar a todos los alumnos de Gryffindor que pasarán la Navidad en el castillo.
Sophia bajó la mirada un tanto triste. Ella había esperado poder ir a casa de los Tonks para navidad e invitar a los mellizos, pero hacia una semana tío Ted le había enviado una carta diciéndole que en el trabajo se ganó un viaje a España para dos, y que su sueño secreto era conocer a Flor María Peñasco, una famosa bruja cantante española; además, Dora se quedaría en la academia, así que a ella le tocaría quedarse en Hogwarts.
Lo único bueno de la carta fue que con ella tío Ted había mandado un paquete de dulces, está vez más grande, ya que ahora Sophia debía compartirlos con Hermione también.
Así, pues, Sophia se levantó perezosamente y se formó en la corta fila para anotarse, y cuando llegó su turno, McGonagall la miró extraño.
—¿Black? Creí que pasarías la Navidad con los Tonks.
Sophia le dedicó una sonrisa traviesa.
—Es que no quiero que me extrañe demasiado, profesora. Suficiente tendrá con las vacaciones de verano.
McGonagall la miró seria y le arrebató el pergamino cuando Sophia terminó de poner su nombre.
Luego de ella firmó Ron, junto con los gemelos. Los mellizos, que habían sido de los primeros en anotarse, los esperaban los sillones, curiosos por saber porqué se quedarían.
—Mis padres irán a visitar a mi hermano Charlie a Rumania —dijo Ron.
—Pues a mí mis tíos me cambiaron por una cantante española de 60 años, y Dora se quedará en la academia haciendo cosas prohibidas con algún compañero.
—¡Sophia!
Los cuatro se voltearon para ver a una sonrojada Hermione que acababa de bajar del dormitorio de chicas.
—¿Qué? —se quejó Sophia— Dora me dijo que todas las chicas hacían eso, además ella no es ninguna santa.
—Y eso viene de familia.
—Muy graciosa, Popotter.
—Yo también te amo, Soph.
—Vete a la mie...
Hermione le tapó la boca antes de que pudiera terminar.
—¿Iras a casa para navidad? —le preguntó Harry a Hermione.
—Así es —dijo Hermione—. No pude hacer que mis padres me dejaran quedarme, así que ustedes tendrán que buscar información sobre Flamel.
—Claro —gruñó Sophia quitándose la mano de Hermione de la boca—, como a nosotros nos encanta leer, será pan comido.
—Pues tendrán que hacerlo si queremos saber qué es lo que custodia el perro —dijo Hermione—. Yo le preguntaré a mis padres, ya que al ser ellos dentistas no habrá ningún problema.
.
.
.
Una semana después, Sophia había comprobado que lo que le dijo Pomfrey era cierto: su nariz se había puesto roja por el frío, y por lo que se veía, no regresaría a su color normal hasta que el invierno terminara. Y lo peor era que mientras más frío hacía, su nariz se ponía aún más roja.
Por ejemplo, estando en la sala común de Gryffindor, sentada en el suelo frente a la chimenea encendida, y envuelta en una gruesa manta, su nariz se aclaraba ligeramente, llegando a un tono casi rosa. Pero cuando estaba en las mazmorras como ahora, con la temperatura descendiendo todavía más, su nariz estaba tan roja como su bufanda de Gryffindor.
—Me da mucha lástima —Sophia oyó decir a Malfoy sentado cerca de ella— toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.
Ni ella ni Harry le hicieron caso, aunque Ron lo miró mal y Hally, con cuidado de no atraer la atención de Snape, hizo un pequeño remolino con su varita, esparciendo el polvo de espinaz de pez de león que Malfoy pesaba, pero con cuidado de no esparcir el de Harry.
Luego de la clase, y de que Snape le quitara a Ron cinco puntos por pelear con Malfoy en el pasillo, los cinco fueron con Hagrid (quien cargaba un inmenso árbol) hacia el gran comedor, donde McGonagall y Flitwick decoraban colocando guirnaldas y muérdagos por todo el lugar y sobre los doce árboles navideños.
Sin embargo, luego de que Harry, Ron y Hermione discutieran con Hagrid sobre Flamel, y Sophia y Hally con McGonagall sobre transformar los muérdagos en bombas fétidas, los cinco Gryffindor fueron a la biblioteca, aprovechando lo más que pudiesen el tiempo de Hermione en el castillo.
Aunque no duraron ni media hora allí, ya que Madame Pince echó a Harry por husmear cerca de la sección prohibida, y ya que ni Sophia ni Hally estaban haciendo nada, salieron con él a esperar a Ron y Hermione en el pasillo, mientras comían unas varitas de regaliz que Sophia se sacó de la túnica.
.
.
.
—No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo.
—¡Cierra el pico si no quieres que sea a ti al que perdamos, Alfil charlatán!
Harry rodó los ojos. Sabía que no era buena idea enseñarle a Sophia a jugar ajedrez mágico.
Al fin habían empezado las vacaciones, y la torre de Gryffindor estaba casi vacía, lo que les había permitido escoger los sillones más cercanos a la chimenea, y Ron pensó que sería el momento perfecto para enseñarle a Harry a jugar, ya que en el ajedrez mágico, las piezas estaban vivas, y opinaban sobre cómo debían ser movidas.
Sin embargo, ya que Sophia parecía empezar a enfermar, tanto ella como Hally decidieron unirse a ellos, dejando que los gemelos fueran a jugar en la nieve.
Al principio ninguna de las dos se había mostrado interesada. A Hally le gustaba correr y saltar, no los juegos de mesa, y Sophia no era lo suficientemente paciente como para jugarlo, razón por la que su tío Ted jamás se molestó en enseñarle.
Sin embargo, cuando Harry perdió por tercera vez, y Ron admitió jamás haber sido vencido en el juego, Harry supo que la paz había terminado.
Sophia jamás había sido vencida en ningún juego, canicas, adivinanzas, lanzar dardos, carreras, incluso se había unido a un equipo de soccer masculino en la escuela de Little Whinghin como medio campista, y jamás su equipo había perdido. Harry sabía que la azabache jamás se había resistido a un reto, era demasiado competitiva, terca y atrevida como para negarse, fuera lo que fuera.
Y Harry tenía razón. No habían pasado ni dos segundos cuando Sophia había saltado del sillón donde había estado sentada y literalmente lo había sacado de su puesto y se había sentado frente a Ron, proclamando que "si nunca has sido vencido, es porque nunca has jugado contra mí".
Y ahí estaban ahora, media hora después aún en la misma partida, con Ron sudando hasta las pestañas y con Sophia discutiendo con sus propias piezas, mandándolas a cerrar la boca y amenazándolas con hacerlas polvo si no la obedecían.
A pesar de ser tan impaciente y testaruda, Sophia había demostrado ser una brillante estratega, y con lo melodramática que era, lo hacía ver cómo si fuese un general dirigiendo a sus soldados en una batalla, sacrificando unas piezas para ganar terreno y rodear las de Ron, ganando piezas sin ceder espacio y dejando algunas de sus piezas atrás, cuidando a su rey.
Por momentos, Ron parecía aterrado, tomándose su tiempo para salir de los aprietos en que Sophia lo metía; pero cuando Sophia movía, parecía embobado por sus acciones, como preguntándose cómo hacía para robarle tantas piezas, o cómo le hacía para haber llegado tan lejos sin haber alejado a su reina de su rey.
Afortunadamente para Harry y Hally (la cual ya se había quedado dormida en uno de los sillones), los gemelos entraron corriendo a la sala común, seguidos de un Percy muy enojado, y en un momento de confusión general, Fred y George tiraron a Percy sobre el tablero de ajedrez, revolviendo las piezas que trataron de apartarse aterradas.
Harry jamás había oído a Sophia decir tantas palabrotas, aunque no sé asombró en lo más mínimo. Sophia siempre había sido una mala ganadora, jactándose siempre de ser la mejor, así que era lógico que también fuera una mala perdedora.
.
.
.
En la víspera de Navidad, Hally y Harry se habían ido a dormir al dormitorio de los chicos, aunque Sophia tuvo cuidado de llevar su propia cobija y almohadas. Siempre había sido algo quisquillosa en cuanto a compartir sus cosas personales, y la idea de cubrirse con la misma cobija que un niño le daba cierto asquito.
Hally por otra parte no había tenido problemas en ocupar la ropa de cama de Neville.
—Sigo sin entender por qué no puedes usar la cobija de Dean.
Sophia arrugó la nariz y frunció el ceño. ¡Ugh!
—Dime, ¿compartirías tu cepillo de dientes con alguien? ¡No contestes! —dijo Sophia al ver que Hally se lo estaba pensando.
Luego de que Hally la llamara Reina del Drama y de que Harry tuviera que frenarla de sacar su varita, Sophia se despidió de sus amigos, cerró las cortinas de la cama y se acostó sobre su espalda, mirando fijamente al techo.
Se preguntó cómo sería si sus padres estuvieran con ella, si al menos recordara la navidad que pasó con ellos, si es que la pasó con ellos, claro. Ella jamás había tenido una Navidad, ya que el año pasado los Tonks se habían ido a visitar a los padres muggles de tío Ted, por lo que ella y Dora se pasaron dos semanas echadas en la sala comiendo chucherías, sin molestarse en siquiera poner el árbol. Claro que la azabache no había olvidado llevarles sus respectivos regalos a sus mejores amigos, pero eso había sido todo.
A la mañana siguiente, sin embargo, todos sus pensamientos se centraron en lo afortunada que había sido de que Dumbledore la hubiera encontrado y llevado con los Tonks, ya que no sólo había conocido a sus tíos y a su prima, sino que también pudo conocer a los mellizos, además de hacerles la vida un poco más llevadera a ambos.
Los cuatro despertaron con regalos al pie de sus camas, aunque los de Ron eran más. Luego de saludarse y desearle feliz navidad, los cuatro empezaron a desenvolver sus regalos.
El primero en la pila de Sophia era el de Dora, lo sabía por la envoltura de colores brillantes y chonga de arco iris, marca registrada de Nymphadora Tonks. Dentro había una cámara mágica instantánea, la misma que llevaba meses pidiéndole a Dora y a sus tíos, y también había una navaja suiza, parecida a la que tío Ted mantenía en el garaje, junto con una nota con la descuidada caligrafía de su prima:
Querida prima,
Sí, leí la parte de tu carta en la que insinuabas "discretamente" que querías una cámara mágica para Navidad.
Espero que la navaja te ayude en tus travesuras. Sí, sí, ya sé que tú eres perfecta y no necesitas de artilugios como estos, pero nunca sabes cuando necesites enterrar una de estas en la garganta de algún tipo. Como dice mi instructor, uno siempre debe estar en alerta permanente.
Besos, abrazos y un golpe en el hombro, Tonks.
PD: Moodey te envía saludos.
Sophia sonrió alegre. No había vuelto a ver al viejo auror desde aquel día en el bosque, pero desde que Dora le había mandado la primer carta desde la academia, Moodey siempre le mandaba saludos... Y uno que otro insulto.
Su sonrisa se extendió aún más cuando notó que junto a la navaja venía un paquete de moscas de café con leche, y supo que había hecho bien en adjuntar unas grageas al regalo de Dora.
El siguiente regalo era de parte de sus tíos. Por un lado, había un libro de Encantamientos nivel avanzado, y por el otro, el paquete más grande de dulces muggles que jamás hubiera visto, junto con un gran tubo de pasta de dientes que seguramente tía Andromeda había puesto ahí. Al igual que con Dora, ellos también le habían escrito una nota, en donde tío Ted se burlaba de la reciente derrota de los Pride ante las avispas, y tía Andromeda le pedía que no se metiera en más problemas al menos en lo que quedaba de vacaciones.
El tercero era una caja de ranas de chocolate de Hermione, igual a la que la azabache le había enviado a la castaña, lo que la hizo reír.
El cuarto venía envuelto en papel de embalar con una nota que decía que era de Hagrid, el cual resultó ser la figura de madera de un búho con las alas extendidas, el cual comprendió que era Áyax.
Luego más paquetes de dulces de los mellizos y de Ron, y luego se topó con un paquete deforme, muy parecido al que tenían Harry y Hally en sus manos.
—Creo que sé de quién sin esos —dijo Ron, algo rojo y señalando los paquetes deformes—. Mi madre. Le dije que creían que nadie les regalaría nada y.. oh, no —gruñó—, les ha hecho un jersey Weasley.
Los tres abrieron los paquetes y encontraron un grueso jersey tejido a mano y una gran caja de pastel de chocolate casero. Mientras que el de Harry era verde esmeralda, con una enorme H en el pecho, el de Hally era morado lila con las letras HL, pero el que más llamó la atención fue el de Sophia, Rosa tierno con las letras SB.
'Genial' pensó 'Ahora tío Ted no me dejará en paz'.
Aunque al ver que ambos mellizos se pusieron los suyos, Sophia decidió mandar al diablo la opinión de tío Ted y ponerse su nuevo jersey.
—Cada año nos teje un jersey —dijo Ron, desenvolviendo su paquete— y
el mío siempre es rojo oscuro.
—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry.
Pero lo que más impacto a Sophia fueron sus últimos regalos:
El primero, unos guantes de quidditch morados con una estrella dorada en cada uno, adjuntos a una nota con una letra que ella ya conocía.
Querida fierecilla,
Te deseo una feliz navidad. Me gustaría ver tu lindo rostro cuando abrieras tu regalo, pero creo que tendré que conformarme con saber que te gustó. Sé de muy buena fuente que le vas al Pride of Portree, así que no intentes negarlo. Tampoco intentes devolverlos (como sé que habías pensado), ya que sólo lograrás que te los envíe de regreso junto con otro regalo, tal vez un jersey o una bufanda.
–D.
PD: Muero porque las vacaciones acaben. Ya extraño tus hermosos ojos.
El segundo, un libro de pociones envuelto en una tela verde menta muy fina. No fue el regalo, sino quien lo enviaba lo que la hizo atragantarse con un bocado de pastel: Señor y Señora Malfoy.
Sophia pensó que debería ser una broma. Tenía que serlo. Es decir, ¿qué clase de maniáticos le enviaban un regalo a una niña que ni conocían y que además le había roto la nariz a su hijo a inicios del año escolar.
Decidió que sería bueno preguntarle a tía Andromeda al respecto. De todas formas se trataba de su hermana.
Y también decidió, mientras Hally le quitaba la nota de su dichoso admirador, que sería mejor no mencionar el regalo de los Malfoy a sus amigos, ya que tenían suficiente con lo de Flamel como para inquietarlos con eso también.
Sophia estuvo a punto de quitarle de regreso la nota a Hally, pero la voz de Ron la interrumpió.
—Había oído hablar de esto —dijo dejando caer la caja de grageas de todos los sabores, regalo de Hermione, señalando un trapo que Harry traia en la mano—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.
Viendo bien el trapo, Sophia se dio cuenta de lo que era: una capa de invisibilidad. Tío Ted les había hablado de ellas una vez, a ella y a Dora, y les había mostrado unas imágenes de dichas capas en un libro de Encantamientos.
—Viene dirigida para Hally y para mí —dijo Harry recogiendo una nota del suelo.
Curiosas, Hally y Sophia se acercaron a leer lo que decía:
Su padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que les sea devuelto. Utilícenlo bien.
Una muy Feliz Navidad para ustedes.
A Sophia le había parecido bastante extraño que no tuviera firma, aunque la caligrafía de aquella nota se le hacía bastante conocida. Tal vez tendría que hacerle una visita a un viejo amigo.
Los pensamientos de la rubia se vieron interrumpidos por los gemelos, que entraron con gran escándalo a la habitación. Y a Sophia no le pasó desapercibido el echo de que Harry había escondido la capa.
—Supongo que ella piensa que no se van a olvidar de sus nombres —dijo George señalando las iniciale en sus jerseys—. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.
Sophia se rió y empezó a tomar fotografías de todos con sus jerseys, solos, en parejas y en grupo, hasta que llegó Percy rumeando por el ruido. Afortunadamente, los gemelos se lo llevaron, dejando al cuarteto disfrutar de sus regalos.
.
.
.
Luego de ese día, Sophia decidió que la Navidad era su fecha favorita del año.
Primero, en el gran comedor, habían comido cuanto habían querido, desde pavo asado hasta papás horneadas. Además, esparcidos por todas las mesas habían huevos sorpresa, que al golpearlos revelaban regalos, como el sombrero de almirante y el puñado de ratones blancos que le tocó a Harry al dejar caer uno al suelo.
Afortunadamente, Sophia había llevado su cámara, y antes de que el azabache se lo quitara, consiguió tomarle una foto a su amigo que, con el sombrero y el sonrojo, de verdad se veía tierno.
Sophia, por otro lado, obtuvo un sobrero de copa alta fucsia con un listón verde limón en la base, el cual se dejó puesto por el resto de la comida.
Al final, llevaba con ella su sombrero, un equipo para crear sus propias bombas fétidas, dos mazos de Snap explosivo y dos metros de pergamino negro, junto con una hilarante fotografía mágica que mostraba a Hagrid besando a McGonagall en la mejilla y a la bruja sonriendo y sonrojándose justo después.
'Me pregunto qué dirás cuando veas esto enmarcado en tu oficina, Minerva' pensó Sophia sonriendo maquiavélica.
Luego de la comida, Sophia había mandado al diablo su pequeño resfriado y se la había pasado toda la tarde jugando guerra de bolas de nieve con Hally, Harry y Ron, tomando uno que otro descanso para tomar más fotos.
Varias horas después los cuatro regresaron agotados a la sala común, donde tomaron el té y comieron cuanto bocadillo comieron hasta que ya no pudieron moverse de lo llenos que estaban. Pasaron un rato más viendo a Percy perseguir a los gemelos por robarle su insignia de prefecto y se fueron a dormir.
O eso era lo que pensaba Sophia, cuando a eso de la media noche, escuchó pasos en la habitación y la puerta cerrarse. Curiosa como lo era, se levantó para encontrarse con que ni Hally ni Harry estaban en la habitación, y para su sorpresa, tampoco la capa estaba donde la habían guardado.
Por más que Sophia intentara negarlo, aquello le dolió. Se sentía como si la hubieran traicionado, como si no confiaran en ella lo suficiente. Claro que era consciente de que ellos eran hermanos, mellizos para rematar, y que querían vivir ese momento solos, usando la única posesión que tenían de su padre sólo los dos. Aunque eso no hacía que doliera menos.
Y no es que Sophia deseara haber tenido un hermano. Merlín sabía que ella era demasiado egoísta como para compartir algo como el cariño de sus tíos con alguien más que con Dora. Lo que Sophia envidiaba era la familia que los mellizos habían encontrado el uno en el otro. No era como lo de ella con Dora o sus tíos. Era algo más cercano, algo más... fuerte. Un vínculo.
.
.
.
A la mañana siguiente, cuando Harry y Hally les contaron a ella y a Ron lo que ocurrió esa noche, Sophia se quedó callada mirándolos, observándolos.
Había algo raro en sus actitudes, algo familiar, pero extraño a la vez.
De por sí era raro lo que contaban: ¡un espejo que les había mostrado a su familia fallecida! Eso no se veía todos los días, y de seguro les había impactado mucho, pero Sophia estaba segura de que no era eso. Había algo más allí...
—Podían habernos despertado —dijo malhumorado Ron.
—Pueden venir esta noche —dijo Harry. Nosotros vamos a volver; queremos enseñarles el espejo.
—Me gustaría ver a su madre y a su padre —dijo Ron con interés.
—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Podrás enseñarme
a tus otros hermanos y a todos.
—Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. Vengan a mi casa este verano, los tres. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraron a Flamel. ¿No quieren tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada?
.
.
.
Llevaban recorriendo los pasillos por casi una hora, los cuatro apretados bajo la capa y con Sophia pidiendo regresar cada cinco minutos. Algo en aquel dichoso espejo le daba mala espina.
Al final, cuando casi lograba convencerlos, Harry vio las armaduras de la entrada de la habitación del espejo.
Harry y Hally se pararon de nuevo frente al espejo, y Sophia vio la inscripción sobre éste: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
Sophia no creía que se tratara de algún idioma antiguo, ya que alguna vez le había echado un vistazo a los libros de runas e idiomas de la comunidad mágica de tía Andromeda, y no recordaba haber visto nada como aquello.
Luego, como un flash se le vino a la mente su época en el hospital, cuando Adrasta aún vivía y las enfermeras eran unas pesadas. Ese día la enfermera Clark (¿O era Park?) las había llamado demonios, por lo que Adrasta había tenido la genial idea de jugar con el rumor de que Sophia estaba poseída. Según ella, cuando una persona estaba poseída podía hablar en varios idiomas, y ya que ninguna de las dos sabía otro idioma, Adrasta la hizo aprenderse varias oraciones dichas al revés para engañar a Clark. Y vaya que lo habían logrado, ya que la dichosa enfermera renunció el mismo día.
Con eso en mente, leyó la inscripción al revés: esto no es tu cara sino de tu corazon el des... Deseo...
—No —oyó Sophia decir a Ron— estoy solo yo, pero... Soy diferente... ¡Y soy delgado!
—¿Cómo? — preguntó Harry.
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!
Sophia abrió los ojos alarmada. ¿Cómo era posible aquello?
Con los ojos fijos en la inscripción, Sophia caminó hacia el espejo y quitó de en medio a sus dos amigos, se paró frente a él y bajó los ojos hacia su reflejo, aunque se encontró con mucho más que ello.
Esto no es tu cara...
En el espejo se veía una niña casi idéntica a ella, la misma altura, el mismo cabello y los mismos ojos. Pero la del reflejo no tenía el ceño fruncido como Sophia en aquel momento, sino una gran sonrisa que dejaba ver todos sus dientes. Y a diferencia de Sophia, que llevaba puesta una camisa vieja y pantalones gastados, la niña del reflejo llevaba un vestido púrpura hasta las rodillas, medias blancas y zapatillas lilas, además de un listón en la cabeza que mantenía sus rizos fuera de su fino rostro.
Pero esa niña no estaba sola.
... Sino de tu corazón el deseo.
Al lado izquierdo de la niña, sosteniendo su mano cubierta por un guante blanco con brillantes, estaba una mujer, alta, castaña y hermosa, que no podía tener más de treinta años y que Sophia reconoció por la foto que traía en su medallón. '¿Mamá?'. La mujer lucía con más edad que en la foto, pero su belleza permanecía intacta, sus ojos resplandecían y su cuerpo se entallaba por un vestido del mismo color y diseño que el de la niña.
A la derecha, un hombre alto de cabello largo y negro sonreía con una mano sobre el hombro de Sophia. Él también se veía mayor, pero aún seguía siendo el hombre más guapo que Sophia hubiera visto en su vida. 'Papá' pensó mientras lo veía directo a sus ojos plateados, reflejo de los de ella. Él también vestía de forma elegante, con un traje de tres piezas que hacía juego con los vestidos de su esposa e hija, aunque lo combinaba con tonos más oscuros.
Sophia se sorprendió al darse cuenta que había más gente en el reflejo, pero no reconocía a nadie.
Había un hombre un poco más bajo que su padre, castaño y con unos inusuales ojos de color miel. También había otro que se parecía a su padre, aunque menos guapo, no tan alto y con el pelo más corto, pero con los mismos ojos grises. A Sophia le llamó la atención que, mientras el primero sonreía cariñosamente, el segundo lo hacía con cierto aire de superioridad.
Luego notó a una mujer pelirroja que iba de la mano con un hombre que parecía una réplica de Harry, excepto por los ojos, los ojos eran como los de Hally, así como los de la mujer eran como los de Harry. A Sophia no le había costado mucho deducir que eran los padres de los mellizos. Lo que no entendió fue qué hacían ahí.
Y finalmente, un hombre alto, rubio y con los mismos ojos azules que la madre de Sophia. Se notaba que era varios años mayor que el resto de las personas en el espejo. Traía un traje negro con costuras púrpuras, y miraba a la Sophia del reflejo con cariño.
Sophia regresó la vista a sus padres y su corazón latió con fuerza al ver que el reflejo de su madre se arrodillaba junto a ella, le besaba con amor la mejilla y la envolvía en un abrazo, mientras su padre le besaba la cabeza y las abrazaba a ambas.
Sophia sintió como sus ojos se llenaron de lágrimas y una enorme tristeza la invadió. Deseó con todas sus fuerzas que aquella escena fuera real, que pudiera quedarse ahí para siempre.
Entonces Sophia reconoció ese sentimiento. Reconoció qué era lo que había cambiado en los mellizos luego de ver el espejo, lo mismo que había causado que Harry y Ron se pelearan por ver su reflejo de nuevo. Y el pánico la invadió.
—¿Soph?
Sophia se giró para ver a Hally, quien la miraba preocupada mientras la jalaba del brazo para alejarla de donde Ron y Harry discutían.
—Debemos irnos —murmuró Sophia.
Sin embargo, antes de que Hally pudiera negarse, un ruido se escuchó desde el pasillo, y justo un segundo después, la Señora Norris asomó la cabeza por la puerta, los miró un momento y se fue.
—Debemos irnos —dijo Ron—. Puede que haya ido por Filch.
Harry extendió la capa sobre los cuatro y regresaron lo más rápido posible a la torre de Gryffindor. Ninguno dijo una palabra.
.
.
.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana siguiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?
—No... ve tú...
—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvan esta noche.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya has tenido muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando por el castillo.
Sophia miró a Harry y a Hally alternadamente. Sabía que estaban pensando en lo mismo.
—Ron tiene razón —dijo sorprendiendo a sus amigos—. No deberían volver allí, ninguno de los dos.
—¿Por qué? —preguntó Harry con brusquedad.
Sophia lo miró a los ojos y supo que su amigo estaba enojado con ella como muy pocas veces pasaba.
—Si está oculto es por algo.
—Tú no lo entiendes —se defendió Hally—. ¡Vimos a nuestros padres! ¡Eran ellos!
—¿Ah, si? —preguntó Sophia con sarcasmo, decida a que sus amigos no regresaran— ¿Pudiste hablar con ellos? ¿Escuchaste sus voces? ¿Los tocaste? Dime, ¿a qué huele el perfume de tu madre?
Un fuerte golpe se oyó, interrumpiendo a Sophia. Harry había golpeado la mesa con el puño.
—¡Cállate! ¡Tú no lo entiendes!
—¡Claro que lo entiendo! —gritó Sophia indignada por la forma en que Harry le hablaba— ¿Crees que nunca he sentido esa necesidad, esa desesperación por algo que te haga olvidar? ¿Que te haga sentir que todo es diferente y que tu sufrimiento es sólo una vieja pesadilla? Eso es lo que está causando ese espejo en ustedes, Harry. Lo mismo que los medicamentos me causaban a mí en el hospital, y déjame decirte que esa dependencia que están desarrollando a ese maldito espejo es tan dañina como la adicción a medicamentos.
—¡NO! — gritó Harry perdiendo el control, su rostro rojo por la furia que sentía — ¡Tú sólo quieres quedarte ese espejo para ti sola!
—¿Y para qué querría yo un espejo que muestra cosas imposibles?
—¡Porque estas celosa! ¡Estás celosa de que nosotros podemos ver a nuestros padres! ¡A nuestra familia!
Sophia entornó los ojos.
—¿Y qué mierda crees que veo yo, eh?
—¡No es lo mismo!
—¿Por qué no?
—Porque...
Harry se pausó, como si se hubiera dado cuenta de que no debía decir lo que pensaba.
—¿Por qué, Harry? —siguió Sophia todavía enojada— ¿Cuál es la puta diferencia entre ver a mis padres y ver a los tuyos?
—¡Que nuestros padres sí nos querían!
Al oír aquello Sophia se quedó helada. No podía creer lo que había escuchado. Harry era su mejor amigo, y los amigos no te llamaban envidiosa ni te recordaban que para tus padres eras poco más que un estorbo.
Su expresión pasó de la sorpresa al dolor ante las palabras de su amigo, aunque rápidamente fue reemplazada por una máscara de indiferencia. En el hospital había aprendido a no mostrar debilidad, y no la mostraría ahora por un simple comentario.
—Tienes razón —dijo sorprendiendo a los tres niños, sobre todo a Harry, quien parecía haberse dado cuenta de su error—. Qué puede saber una niña como yo, que sólo era un estorbo para sus padres, lo que sintieron ustedes anoche.
—Soph y-yo...
—¿Cómo pude ser tan tonta como para comparar a sus padres, los héroes de guerra que dieron la vida por ustedes, con los míos, unos asesinos psicópatas que ni siquiera me querían?
Harry trató de hablar de nuevo, pero Sophia alzó la mano para que se detuviera y se puso de pie, lanzándole una mirada fría.
—Puedes volver a ver tu amado espejo esta noche si quieres, Potter. Haz lo que te venga en gana, pero no vengas a buscarme cuando no sepas salir del agujero en el que te estás metiendo, porque no me vas a encontrar.
Sophia se dio la vuelta y salió de la sala común sin mirar atrás, decidida a buscar el lugar más lejano del castillo en donde nadie pudiera verla llorar.
