Capítulo 14
Edward sintió un gran alivio al estrechar la mano del director del museo del Louvre. La Dame de la Croix descansaba sobre un caballete, en el otro lado del despacho, y Edward se volvió una última vez para despedirse de ella.
Carlisle había accedido a la sugerencia de Edward con la misma calma con la que había soportado todos los reveses de la vida. Cuando le ofreció ver el cuadro, su padre dijo que no necesitaba hacerlo porque cada detalle estaba grabado en su mente. Y Edward, pensando en Bella desnuda sobre el sofá, comprendió a la perfección.
—Una vez más, merci, señor Cullen. Es una magnífica obra.
Las condiciones de la donación exigían que no se exhibiera hasta que transcurrieran cinco años tras la muerte de Philippe Delacroix, Marie Swan y Carlisle Cullen.
Edward se despidió con un gesto de la cabeza y recorrió los largos corredores de mármol hacia la puerta principal tan deprisa como pudo. Tenía tiempo de sobra antes de comer con Veronique para que no publicara el artículo. Estaba impaciente por acabar y volver a casa. A Le moulin, junto a Bella.
Mientras observaba las exclusivas tiendas de París, llenas de joyas y ropa de diseño, pertenecientes a un mundo en el que hasta hacía unos días había habitado, le llamó la atención un pequeño escaparate Art Nouveau en el que unos maniquíes de aspecto anticuado exhibían una divertida colección de ropa interior. Edward se detuvo ante ella y sonrió. Era la única tienda que no le resultó superflua.
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Olas… playas de arena blanca… palmeras…
Bella cruzó la habitación de la puerta a la ventana. Temía perder el control; sabía que no podía dejarse vencer por la histeria que amenazaba con sofocarla. Debía conservar la calma, no perder la razón a pesar de que estar encerrada en la habitación de un solitario cháteau con un peligroso loco no tenía nada de tranquilizador.
El día anterior había intuido que Philippe Delacroix tenía una personalidad obsesiva y excéntrica, pero ni por un instante podía haber imaginado el odio y el rencor que sentía hacia CarlisleCullen. De haberlo sabido, jamás se le habría ocurrido aparecer en su puerta, con la ingenua intención de hacerle arrepentirse.
La tensión se le agarró a la garganta al mirar una vez más por la ventana confiando en ver acercarse un Aston Martin. ¿Dónde estaría Edward? Philippe no había querido creerla cuando le dijo que no sabía su número de teléfono, y al explicarle que se conocían desde hacía poco tiempo, se dio cuenta de la fragilidad de los lazos que los unían.
El hecho de que no supiera qué estaba haciendo o cuándo volvería, era prueba de ello. Estiró las mangas de su jersey para cubrir sus heladas manos, y se deslizó por la pared hasta el suelo. Mientras las sombras se adueñaban de los rincones de la habitación, apoyó la cabeza en las rodillas y recordó cada delicioso momento que había pasado con Edward.
Fue mucho más eficaz que cualquier estúpida playa.
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Edward estaba esperando a que la dependienta hiciera el paquete cuando lo llamó su ayudante personal y le dio un mensaje que lo llenó de un inexplicable temor.
La salida de París se le había hecho eterna. Atrapado en el tráfico, su mente había dado vueltas a las posibles implicaciones de recibir una llamada de Philippe Delacroix. Según Alicia, había sonado enfadado y nervioso, y quería que Edward fuera inmediatamente a Le Manoir, donde Bella «lo esperaba».
Y que llevara el cuadro.
El sol se ponía cuando finalmente detuvo el Aston Martin delante de Le Manoir con un chirrido de frenos. El dominio de sí mismo que había mantenido hasta aquel instante estaba a punto de abandonarlo. Pensaba obsesivamente que Delacroix no se atrevería a hacer daño a Bella.
Durante todo el recorrido había tratado de convencerse de que ésa era una idea absurda, pero en aquel momento esa idea impedía que cualquier otra ocupara su cabeza. No podía racionalizar una situación que implicara a Bella, el cuadro y a Delacroix. Lo mirara como lo mirara, era una combinación explosiva.
Por experiencia propia, Edward sabía que el hermano mayor de Marie estaba obsesionado con el pasado, que no estaba en su sano juicio. Y quizá, aunque no quisiera creerlo, podía ser peligroso.
Subió las escaleras de piedra de dos en dos y embistió la puerta con el hombro. Al segundo intento, se abrió.
Cruzó el vestíbulo de mármol llamando a Bella. Se detuvo y aguzó el oído. Al cabo de unos segundos, cuando el eco remitió, le pareció oír una respuesta sofocada.
Aliviado, corrió escaleras arriba. Estaba a medio camino cuando oyó una voz a su espalda.
—Señor Cullen, es usted tan mal educado como su padre. ¿No le han enseñado a llamar a la puerta?
Edward se giró lentamente. Philippe Delacroix lo miraba desde las sombras. Iba vestido con un anticuado traje de caza, con bombachos y chaqueta de tweed.
Por una fracción de segundo, Edward sintió lástima por la reliquia en la que se había convertido, pero al instante, pudo más el odio.
—¿Dónde está Bella? —preguntó con frialdad.
—Esperándote. Podrás verla cuando me des lo que te he pedido —dijo Delacroix, con tanta calma como si hablaran de un cachorro—. Asumo que has traído el cuadro. Si no, Bella tendrá que esperar, y como mi hermana, es una mujer muy impaciente —echó la cabeza atrás y dejó escapar una estentórea carcajada—. Además de tener una afición similar por las clases bajas.
Edward tuvo la tentación de bajar y partirle la cara, pero le importaba más el ruido que provenía de una de las puertas de la planta superior, acompañada por una voz apagada. La de Bella.
De dos zancadas, alcanzó el descansillo y recorrió el corredor abriendo puertas, llamando a Bella. Finalmente, llegó a una que estaba cerrada con llave.
—¡Edward, estoy aquí! —gritó Bella.
—¡Sepárate de la puerta! —avisó Edward.
No cedió tan rápido como la de entrada, pero la urgencia de la situación multiplicó la fuerza de Edward, que consiguió abrirla al cuarto intento.
Bella estaba en el centro de la habitación, tapándose con la mano la boca y los ojos desorbitadamente abiertos. Por un instante se quedaron paralizados, y Edward tuvo que contenerse para no estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacerle perder el sentido.
—¡Has venido! —dijo ella con voz quebradiza—. Lo siento, yo…
Calló bruscamente. Detrás de ella se había abierto una puerta secreta y, Philippe Delacroix apareció como un villano de pantomima.
—Alors. He dicho que esperaras.
Hubiera dado risa de no ser porque bajo su ridícula apariencia, se apreciaba una personalidad siniestra. Asió a Bella del brazo y sólo entonces Edward se dio cuenta de que en la otra mano llevaba un rifle.
—¿Por qué ya nadie obedece órdenes? —continuó Delacroix con tono de hastío—. ¡Así está la sociedad! Cuando la gente obedecía a sus superiores la vida era mucho más sencilla.
—¿Qué haces, Delacroix?
—Lo sabes perfectamente, Cullen. Te dije que antes de ver a Bella tendrías que darme el cuadro —Philippe sacudió la cabeza y Edward vio un destello de demencia en su mirada—. Estás muy equivocado si crees que puedes desobedecerme.
—No tengo el cuadro —dijo Edward, crispado.
Notó una mirada encendida de Bella.
—Sabe que lo tienes, Edward. Se lo he dicho. Lo siento. No sabía… No creía que…
—¿Lo ves? —dijo Delacroix, triunfal, gesticulando con el rifle, que brilló en la penumbra—. No vale la pena que mientas, Cullen. Tú tienes lo que yo quiero y… —apuntó a Bella con el rifle —yo tengo lo que tú quieres. Es muy sencillo: Dame el cuadro y yo le daré a la chica.
La mente de Edward funcionaba aceleradamente. Entornó los ojos mientras calculaba la distancia que lo separaba de Philippe y Bella. Estaba demasiado lejos para quitarle el rifle y cualquier movimiento brusco podía acarrear terribles consecuencias. Tenía que encontrar la manera de distraerlo para conseguir liberar a Bella.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Está bien, lo tengo, pero no pienso dártelo.
Bella exhaló un suspiro de incredulidad. No mirarla supuso un esfuerzo de proporciones hercúleas para Edward.
Bella sintió el terror apoderarse de ella y pensó que se desmayaría. Mantuvo la mirada fija en Edward como si fuese una tabla de salvación, pero la frialdad de su rostro le produjo un escalofrío al tiempo que el perímetro de su visión se difuminaba. Ni siquiera notó el cañón del rifle presionándole el costado.
—Reflexiona, Cullen —masculló Philippe en un tono estremecedor.
Edward había dado medía vuelta.
—No lo necesito —dijo con indiferencia—. Ya no hay trato, Delacroix. Llevo años buscando ese cuadro y no pienso desprenderme de él. Por nadie.
Bella juntó las manos y se las llevó a la barbilla con la mirada extraviada. La traición de Edward anestesió cualquier otra emoción, hasta el punto que la presión del rifle contra las costillas le pareció insignificante.
—Así que la has utilizado igual que tu padre utilizó a mi hermana —dijo entre dientes Delacroix.
El tiempo se detuvo. Un denso silencio se adueñó de la oscura habitación y Bella tuvo la sensación de estar bajo el agua mientras esperaba la contestación de Edward.
—Sí, la he utilizado —dijo él finalmente, frunciendo el ceño con un gesto distante, indiferente.
En aquel instante Bella no pudo concebir haber besado aquellos sensuales labios ni haberse derretido en éxtasis entre aquellos poderosos brazos. Sus palabras la golpearon como un martillo, convenciéndola de que todo había sido un sueño.
—La he utilizado para vengarme de ti —continuó Edward, desdeñoso, al tiempo que daba un paso hacia ellos—. Sólo quería poseer aquello que le fue negado a mi padre. Ha sido una pura y simple venganza.
Bella oyó su propio gemido de dolor, pero súbitamente fue consciente de que ya no sentía el rifle en su costado. Y luego todo sucedió precipitadamente: una serie de acciones en cadena aparentemente aisladas. Vio el brillo del metal, un errático movimiento de Phillippe a su lado, su rugido de rabia al apuntar a Edward.
Y entonces creyó que se le desgarraba el corazón al percibir a cámara lenta cómo Edward se abalanzaba sobre él con el brazo estirado para desviar el rifle. Un ruido distinto a cualquier otro. Un ruido demasiado nítido como para no ser real. Y finalmente, Edward cayendo al suelo con una mancha escarlata en el pecho. Sobre el corazón.
N.A: Ya estamos muy cerca del final, espero que les este gustando.
