Capítulo 13

A la mañana siguiente, Serena fue a la oficina con una sobria falda negra, un top verde muy ceñido y unas pulseras de madera en el brazo derecho. Darien la vio entrar con la barbilla muy alta, los hombros rectos y sin rastro de sentimientos en el rostro.

—Buenos días, Serena.

—Hola —Serena dio la vuelta a su mesa para dejar el bolso y suavizó un poco el gesto—. ¿Qué tal está tu hermano después del agotador día de ayer?

—Bien. Mi madre está en casa con él y hoy van a pasar el día buscando algún internado para el año que viene —Darien vaciló, pero se acercó a ella—. Serena, en cuanto a lo de ayer…

—No hace falta hablar de ello —Serena agarró la primera carpeta que vio en la mesa—. Fue maravilloso, pero los dos sabemos que no tiene porvenir. Ahora he venido a trabajar y lo haré hasta que termine el contrato. Será mejor que nos centremos en eso.

Lo último que quería Darien en ese momento era darle la razón, pero tuvo la sensación de que, si intentaba discutir, ella no le haría caso. Además, tampoco sabía del todo lo que quería decir. Sólo sabía que haber hecho el amor había complicado más las cosas entre ellos, pero que tampoco quería que su intimidad terminara así. Asintió con la cabeza y se fue a su despacho.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

Serena levantó la mirada del ordenador y se quedó pasmada al ver a sus padres.

Darien debió de haber oído el saludo de Serena, porque salió de su despacho y se quedó al lado de la mesa de ella. Esa muestra de apoyo, pese a la tensa relación entre ellos, hizo que Serena comprendiera que nunca podría desterrarlo de su corazón.

—Estábamos en Sidney y hemos pensado que podríamos pasar por aquí —replicó su madre poco convincentemente.

Serena jugueteó con las pulseras. Su madre miró ese gesto y se quedó boquiabierta antes de mirar hacia otro lado con expresión de disgusto. Efectivamente, las pulseras eran un poco vulgares, pero su madre habría mirado hacia otro lado por cualquier cosa que hubiera hecho su hija y que la hubiera molestado. Serena se dio cuenta de eso como no lo había hecho antes y fue casi un alivio. Hasta que su madre se volvió hacia Darien con una expresión completamente distinta en la cara.

—En realidad, nuestra visita a la oficina tiene un doble motivo. Naturalmente, queríamos comprobar que Serena no estaba causándote ningún… que estaba contenta y asentada en el trabajo.

El padre de Serena se aclaró la garganta con un gesto de descontento y se acercó a la mesa de Serena pero se paró como si no supiera qué hacer.

—Estoy seguro de que estás haciéndolo muy bien, cariño. Siempre lo has hecho.

A Serena se le ablandó un poco el corazón.

—Bueno, ya está bien de los avances de Serena —soltó su madre.

¿Por qué no se habría dado cuenta nunca de que no había nada debajo de la superficie de su madre? Serena siempre había estado más cerca de su padre, había ido a la misma universidad que él y había intentado agradarlo con las notas. Él nunca había sido arisco, aunque tampoco había sido claramente cariñoso.

—Mamá, dijiste que había dos motivos. ¿Cuál es el otro?

Ikuko dio un paso adelante y Serena pudo ver detenidamente el complicado peinado que llevaba.

—Nos han invitado a una gala por todo lo alto —su madre se dirigió a Darien—. Vamos a una cena con el gobernador del Estado y como cada uno de nosotros puede invitar a otra persona, hemos venido a invitarte, Darien —Ikuko se volvió hacia su hija como si se hubiera dado cuenta de la metedura de pata—. A ti también, Serena.

—Desgraciadamente, Serena y yo tenemos que rehusar la invitación —Darien lo dijo entre unos dientes tan apretados que parecía que iban a romperse—. No obstante, me gustaría invitarlos a un acontecimiento mío que va a celebrarse… dentro de una hora. Estará mi familia y me gustaría que la conocieran.

Darien se dio cuenta de que Ikuko parecía entre la espalda y la pared.

—No se preocupen por el tiempo —siguió Darien—. Sólo durará una hora y podrán volver al hotel coa tiempo de sobra para prepararos para la cena.

—Claro. Eres muy amable, pero ¿estés seguro de que no puedes encontrar la forma de ir a la cena con nosotros? —Ikuko no consiguió disimular su decepción.

—Completamente seguro —contestó él mientras se preguntaba si se habría vuelto loco—, pero eso no significa que tenga que renunciar al placer de vuestra compañía —dijo, decidiéndose a tutearlos por fin.

Serena dejó escapar un sonido gutural y Darien la miró.

—¿Tú me acompañarás? —la vio revolver unos papeles en la mesa y deseó que lo mirara—. No estás obligada…

Por fin, ella lo miró a los ojos. Luego, miró fugazmente a su madre y volvió a mirarlo.

—Iré —dijo ella mientras se encogía de hombros como si le diera igual—. Al fin y al cabo, es horario laboral.

—Entonces, agarra el bolso. Cerraremos y acompañaremos a tus padres para que tomen un taxi que los lleve al sitio de reunión.

Donde Serena y sus padres pasarían una hora con la madre y el hermano de Darien. ¿Estaba haciéndolo por eso? Seguramente. Hacía mucho tiempo que los padres de Serena no veían una verdadera familia. Quizá les diera una pista de lo que significaba eso. Además, su padre había estado distinto, como si realmente quisiera verla. Ya era tarde para rechazar la invitación. Darien ya estaba fuera de control y se comportaba impetuosamente. Algo le bullía por dentro. No sabía qué era, pero le vendría bien dar salida a toda esa tensión.

Una vez fuera, Serena se estremeció cuando Darien paró un taxi, abrió la puerta y esperó a que los padres de Serena se montaran. Dio la dirección y una cantidad de dinero generosa al taxista y volvió a cerrar la puerta.

—Vamos por mi coche —le dijo a Serena—. Puedo dejarte una chaqueta.

—He aceptado ir por mis padres, pero ¿a dónde vamos?

—A mi campo de fútbol en el parque. Seguramente pienses que estoy loco.

—Efectivamente.

Ella no volvió a hablar. Se montó en el coche y se puso la chaqueta que él le dio. Darien se sintió más tenso. Quería ser como esa chaqueta reconfortante en la vida de Serena. Quería ser todo para ella.

Cuando llegaron al parque, él sacó la bolsa de deportes del asiento trasero y se la colgó al hombro. Se volvió para mirar a Serena y lo notó: primero, el viento jugó con el pelo de ella y deseó que ese pelo estuviera sobre su almohada, como había estado hacía poco. Luego, el amor por ella lo sacudió con tal fuerza que casi lo tumbó.

Había sido un idiota, había estado ciego. Sin embargo, la ceguera le había desaparecido y sabía que la amaba, sabía que cada segundo que había pasado en sus brazos mientras hacían el amor había sido para convencerla, para darle todo ese amor, aunque él mismo no lo supiera entonces. Quiso decirle cosas que cambiaran su vida. Quiso decirle que era amor para siempre, quiso decirle que se casara con él.

¿Cómo podría decirle esas cosas? Su ex novia no había vacilado en decirle que las cosas entre ellos se habían estropeado por el compromiso que él tenía con su familia. Él quería a Serena como nunca había querido a Beryl. Sin embargo, Serena era muy distinta a Beryl y quería a su familia.

—Allí están mis padres, tu madre y Zafiro.

Serena señaló hacia un cobertizo con tejado metálico y soportes de madera. Darien miró hacia donde señalaba Serena.

—No suelen venir a mis entrenamientos, pero después de lo de ayer, supongo que todos queremos formar una piña.

Él había arrojado a la familia de Serena en medio de esa piña. Todo le daba vueltas en la cabeza. Hasta que un compañero de su equipo lo llamó para que entrara en el campo.

—Tengo que irme —le dijo a Serena con cierta aspereza por el desconcierto que lo dominaba—. Mi madre te cuidará.

Él quería quedarse con Serena y soltar sus sentimientos en ese momento, pero el compañero de equipo volvió a llamarlo y Darien corrió hacia el campo.

A Serena le pareció que Darien jugaba al fútbol como un loco, que corría por todo el campo y que trataba al balón como a un enemigo al que había que aniquilar. Además, lo amaba. Amaba todo de él. Incluso su obsesión por un juego que consistía en chocar con sus contrincantes para ver si podía tumbarlos a la vez que intentaba que no lo tumbaran a él. Vio cómo corría hasta el otro extremo del campo detrás de un jugador que ella había pensado que era de su equipo.

—Creía que el fútbol no era agresivo.

—Es un espanto. Mira, ha empezado a llover.

Esas fueron las primeras palabras que decía su madre desde antes que empezara el partido. Después de conocer a la familia de Darien, se había quedado en silencio, como demasiado patidifusa para decir algo coherente.

—Vaya, vaya… —Zafiro sonrió y pasó un brazo por los hombros de su madre—. Me parece que vamos a tener un poco de baño y de juramentos.

Las delicadas cejas de la madre de Serena se elevaron hacia el pelo recién peinado.

—¿Cómo dices?

Zafiro se limitó a sonreír y a mirar hacia el campo, donde Darien y sus compañeros parecían haberse transformado en adoradores del barro. Serena contuvo una exclamación cuando Darien se lanzó sobre un charco para cortar el balón.

—Está loco. Va ha hacerse daño.

—Desde luego, hoy parece un poco alterado —Gea miró a Serena con curiosidad.

—Mmm… —El padre de Serena inclinó la cabeza hacia su hija con un gesto de inseguridad—. He entrado en la página web de tu agencia y he leído tus criterios para la contratación de personal.

—¿De verdad? —Serena no quiso parecer impresionada, pero lo pareció—. ¿Por qué?

—Para que cuando te felicitara por tu éxito profesional, me creyeras si te decía que estoy orgulloso de ti —los ojos te brillaron con lo que pudo ser un asomo de emoción—. Te echo de menos en la universidad. No es lo mismo desde que no estás. En cuanto a ese Black…, bueno, a tu madre le gustaba, pero a mí, no. Nunca me gustó, pero creí que tú lo querías —bajó la voz hasta que casi fue un susurro—. Soy un hombre débil, Serena. No puedo largarme, no valgo para…

—No te preocupes —Serena lo agarró de la muñeca.

—Podría visitarte, si quieres. Tengo previstos varios viajes a Sidney durante el curso universitario.

—Me encantaría —Serena tragó saliva por la emoción y siguió la mirada de censura de su padre hacia su madre—. Somos lo que somos, papá. Vamos a intentar mirar hacia delante y no hacia atrás.

Su padre asintió con la cabeza y miró hacia el campo, donde el partido había terminado, la lluvia había cesado y unos directivos de empresas se retiraban llenos de barro, agotados y magullados.

—¿Lo amas, Sere? —le preguntó su padre.

Ella le dio un beso en la mejilla.

—No podría salir bien, pero sí, lo amo. Me parece que no puedo evitarlo.

Darien, desde lejos, observó la conversación entre Serena y su padre, las cabezas inclinadas y el beso de Serena. Su madre parecía enfadada, pero eso no parecía importar a nadie salvo a la propia Ikuko. Darien chorreaba barro mientras se acercaba para dirigirse hacia los padres de Serena.

—Espero que lo hayáis pasado bien con Serena y gracias por haber aprovechado la ocasión de conocer a mi familia. Os presentaría a mis compañeros de equipo, que son colegas de trabajo, pero todos están deseando llegar a casa. Aquí hay vestuario, pero no ducha.

Darien le lanzó un beso con la mano a su madre y ella lo agarró del brazo antes de que se alejara.

—¿Qué estás haciendo, Darien?

—Estoy empezando a darme cuenta de algunas cosas de las que debería haberme dado cuenta hace mucho tiempo, mamá —se volvió hacia Serena con decisión—. ¿Estás preparada para que nos marchemos?

Ella asintió con la cabeza y se despidió precipitadamente de sus padres, de Gea y de Zafiro.

¿Lo amaría Serena como él la amaba? El corazón le abrasaba por saber la respuesta a la vez que la temía. Si no lo hacía…

Darien se cambió de ropa y fueron a casa de ella en silencio. Cuando llegaron, Serena se bajó rápidamente del coche y fue hasta la puerta. Darien la siguió.

—No te despidas todavía.

Darien cerró los puños en un esfuerzo por no agarrarla. Antes tenían que hablar. Tenía que decirle lo que había comprendido en el campo de fútbol, con la esperanza de que ella lo correspondiera.

—¿Por qué? ¿Qué podemos decirnos que no hayamos dicho ya?

Ella se volvió para mirarlo. Tenía los ojos sombríos por todo lo que había pasado entre ellos. Serena abrió la puerta del apartamento. Antes de que ella pudiera evitado, Darien la empujó dentro y también entró. La gata los miró desde el sofá.

—Nos hemos olvidado de tener cuidado con ella, a pesar de la nota que hay en la puerta —comentó Darien con una sonrisa cautelosa.

—Los olvidos son mi especialidad.

El tono fue despreocupado, pero él captó un fondo amargo y quiso decirle que no fuera tan severa consigo misma. Darien también captó la calidez acogedora de su casa y quiso formar parte de esa calidez. ¿Era posible? ¿Se lo plantearía ella siquiera?

—Serena —Darien la miró a los ojos cansados—, me equivoqué al creerme lo que me dijo Beryl hace cinco años. Ahora me doy cuenta de que no la amé.

¿Amor? Ni siquiera había sabido el significado de esa palabra hasta que Serena irrumpió en su vida y en su corazón con un bloc y un lápiz en la mano.

—¿Qué te dijo Beryl que no debiste haberte creído?

—Que no podía tener una familia y a ella a la vez. Que daba todo a mi familia y no quedaba suficiente para ella.

Había notas pegadas por orden en la nevera que le recordaban a Serena lo que tenía que hacer. En la encimara había dos tazas de cerámica. Al verlas, Darien deseó beber café con ella en dos tazas iguales todas las mañanas durante el resto de su vida.

—Me creí lo que me dijo Beryl. Creí que no podía ofrecer nada a una mujer, que amar a alguien y ocuparme de mi familia era incompatible porque yo no podía dejarlos a un lado para centrarme en la mujer de mi vida. Sin embargo, Beryl estaba equivocada.

Serena resopló levemente.

—Después de veros el día que desapareció Zafiro, comprendí lo unidos que estáis. Estoy segura de que Beryl tenía razón. ¿Cómo va a encajar alguien en esa piña?

—Tú ya has encajado. Ayudaste a organizar mi fiesta de cumpleaños, viste el partido de hockey de Zafiro y has aguantado bajo la llovía un partido de entrenamiento mío. Estabas cuando Zafiro desapareció. Ya has demostrado que puedes ser parte de mi familia.

Serena había ido acoplándose a su vida y él había sido tan tonto que no se había enterado, o había estado demasiado asustado. Darien tomó aire y la miró fijamente para esperar su reacción.

—Te quiero, Serena llenas mi corazón y quiero casarme contigo, que permanezcas en mi vida como mi mujer, como mi amante y como parte de mi familia.

Serena contuvo un habló con tanta intensidad que se le dibujaron unas arrugas en la cara que ella no había visto nunca. Serena quiso alisárselas, quiso abrazarlo y no soltarlo nunca más. Quiso aceptar todo lo que le había dicho él, pero no podían estar juntos, independientemente de lo que él dijera.

—No puedo; yo no…

—¿No me amas? —Darien apretó los labios y se acercó más a ella—. No me lo creo. Te conozco; te amo y creo que tú me amas. Lo percibí en cada roce, en cada momento cuando fuimos a mi casa e hicimos el amor. ¿Vas a decirme que me equivoqué?

Serena no podía negarlo, pero tenía que hacerle ver la realidad. Él podría pensar que la amaba en ese momento, pero cuando se diera cuenta de todas las repercusiones de su lesión en su vida, cambiaría de idea. No podría mantener su compromiso con ella. Serena se soltó las manos, hizo un gesto con el brazo que abarcó toda la casa y señaló las notas pegadas en la nevera.

—¿Cómo vas a querer vivir con esto? Míralo bien, Darien. Verás que es mucho más de lo que te habías imaginado.

Él pareció no entender y ella lo agarró del brazo y lo llevó al cuarto de baño. Abrió la puerta de par en par y le señaló las estanterías que cubrían una pared. Estaban casi llenas de blocs etiquetados y fechados.

—Mis blocs tienen glosarios y recurro a ellos —hizo un gesto de rabia contra las estanterías—. A veces tengo que venir aquí para saber lo que he hecho o lo que he dicho; dónde he estado o dónde tengo que ir.

—No importa…

Darien se contuvo, la abrazó y dejó escapar un sollozo áspero y doliente sobre su pelo. A él le daba igual. Ella le rodeó la cintura con los brazos, apoyó la cabeza en su pecho y oyó los latidos del corazón que serían parte de ella para siempre.

Aun así, aquello era imposible. Se separó un poco y lo miró a los ojos. Rebosaban amor.

—Sí importa, Darien. ¿Cómo no iba a importar?

—De acuerdo, importa, ¡pero no como tú dices! —Darien se separó bruscamente y se quedó pegado a las estanterías—. ¿No lo entiendes? Tienes todo mi corazón; lo tendrás siempre. Puedes entrar en el círculo de mi familia y quedarte ahí conmigo.

—Pero…

—Tú eres quien retrocede —Darien lo dijo como si fuera una revelación—. He estado tan absorto con luchar contra mis propios temores que no se me había ocurrido que hubieras levantado tus propias barreras, pero lo has hecho.

—No son barreras, Darien —Serena se acordó de todo lo que había tenido que soportar para rehacer su vida después del accidente—. Son muros impenetrables.

Él la miró con los puños cerrados y sin intención de disimular su rabia.

—Te escudas en tu memoria para no comprometerte conmigo, con nosotros. Lo haces siempre. Por eso no quieres trabajar en ningún sitio durante más de unas semanas. No es porque temas que la gente se dé cuenta y eso complique las cosas. No te importa equivocarte. Es porque crees que, cuando se den cuenta, te rechazarán.

—¡De acuerdo! ¡Lo reconozco! —Serena le lanzó las palabras como dardos—. Reconozco que no me quedo mucho tiempo en ningún sitio. Me asusta que la gente a mí alrededor se dé cuenta de que no soy como los demás y no me acepte. Me asusta porque es verdad. Soy distinta. Soy menos. No soy suficientemente válida —Serena intentó contener sus emociones. No quería llorar delante de él—. Si me entregara a ti, si aceptara quedarme y amarte para siempre, me repudiarías; como hicieron mi madre y Diamante.

—Escúchame —Darien la estrechó contra su pecho. Ella forcejeó, pero él la retuvo hasta que Serena cedió con un lamento en el que se mezclaban el dolor y las partes de su vida que ella había rehecho pero que seguían siendo muy frágiles.

—Yo no soy como ellos —Darien se lo susurró al oído.

Serena notó el eco de esas palabras debajo de la palma de la mano, en el pecho de él. Esas palabras la envolvían y ella no podía rechazarlas. Él parecía dispuesto a que no lo hiciera. La abrazó con más fuerza todavía. Le acarició el pelo, pegó la mejilla a la de ella y tragó saliva.

—Te quiero. Te necesito. A ti, Serena; tal como eres. No eres menos; eres más; mucho más —Darien se apartó para mirarla a los ojos—. Te he dicho que quería casarme contigo. Lo digo en serio. Tu pérdida de memoria sólo hace que te quiera más. Es parte de ti, Serena, parte de todo lo que adoro de ti.

El corazón le echó a volar, pero Serena lo bajó otra vez a la tierra para que él comprendiera la realidad.

—Nunca cambiará, Darien. Durante el resto de mi vida, me levantaré de la cama para encontrarme con un bloc que tiene una nota que me recuerda todo lo que es importante —Serena contuvo el aliento, pero hizo un esfuerzo para seguir—. Me lavaré el pelo y luego no me acordaré de haberlo hecho. Pierdo la ropa porque la llevo a la lavandería y se me olvida recogerla. Las cosas se desvanecen por las rendijas de mi cerebro.

—Conseguiremos notas impermeables y bolígrafos con tinta imborrable —la miró con muchísima delicadeza—. Yo te recordaré lo de la lavandería. Además, me daría igual perder toda la ropa que tenemos. Me da igual que te olvides de las cosas. Te recordaré lo que pueda y lo demás, lo dejaremos de lado. Te quiero; eso es lo único que importa.

Por fin, la esperanza encontró un terreno fértil donde arraigar y floreció mientras ella subía las manos para abrazar al hombre que le había arrebatado el corazón y lo conservaría para siempre.

—Yo… te quiero. Si tú estás seguro de todo esto…

—Serena…

Darien la besó por todos lados. Se le empaparon los ojos con lágrimas y parpadeó para secarlos. La besó en la boca con pasión y voracidad.

—Serena. No voy a dejar que te escapes, ¿Lo has entendido?

Darien le pasó un dedo por debajo de las pestañas para que le brotaran las lágrimas y luego las besó.

—Voy a aprender todo sobre el estado de tu memoria —siguió él—, pero no por compasión. Lo haré porque quiero que tu vida sea feliz, cómoda y segura. Estoy decidido a ayudarte para que lo sea.

—¿Y tu familia? ¿Podrán aceptarme?

Darien la besó en la frente con una sonrisa.

—Ya te consideran maravillosa. Sé que te recibirán con los brazos abiertos.

¿Realmente podría formar parte de una familia que se amaba? ¿Podría tener una familia y un hombre a su lado?

—Darien, ¿está pasándome todo esto? ¿Es verdad?

Él tomó el bloc más reciente de la estantería, lo abrió y escribió un buen rato antes de volver a cerrarlo.

—Es verdad y, por si se te olvida, he dejado escrito que aceptas formar parte de mi familia. Cenarás los domingos en casa de mi madre. El año que viene, visitarás a Zafiro en el instituto. Habrá que entretenerlo cuando venga a casa. Lo haremos todo juntos, Serena. Dime que te casarás conmigo enseguida.

—Te adoro y quiero casarme contigo —el corazón se le salía del pecho, pero había otro asunto—. ¿Qué me dices de… tener hijos? No sé si podré ser una buena madre.

Él se rió. La abrazó con fuerza hasta que dejó de reírse y la miró a los ojos con todo el amor del mundo.

—Quiero tener hijos contigo. Nos apañaremos. Juntos.

Eran las palabras más dulces que Serena había oído, de acuerdo, Darien. Quiero casarme contigo.

—Enseguida —Darien lo dijo como una orden mientras la tomaba en brazos para ir al dormitorio de ella—. Cásate conmigo enseguida, pero hazme el amor en este instante.

Eso fue, exactamente, lo que ella hizo.