Capítulo 14
No me digas que me quieres
El despertar era siempre dulce, puesto que al abrir los ojos ella se encontraba entre sus brazos. Milly, su Milly, su preciosa esposa. Gold se incorporó un poco, dibujando las ondas de su oscuro cabello con los dedos. Era tan suave. Sonrió, a veces ni siquiera podía creerse que estuvieran casados. Nunca se había sentido tan dichoso.
–Mmm... ¿Cariño?
Milly abrió sus verdes ojos, trazando otra sonrisa divertida, mientras se giraba hacia él; el pelo se le escurrió por sus senos desnudos y él no pudo más que apartarlo, antes de acariciarlos. Su esposa enarcó una ceja.
–¿Otra vez?
–Necesito un buen recuerdo que llevarme.
–Oh, mi fuerte y valiente soldado...
Y ella comenzó a besarle y a acariciarle y ambos perdieron el sentido entre los fluidos movimientos de aquella íntima danza que les dejó exhaustos y con sus cuerpos entrelazados. Gold mantenía la cabeza sobre el pecho de su esposa, que le estaba peinando el largo cabello castaño con los dedos, algo que a él le resultaba de lo más relajante.
–Lo voy a echar de menos.
–Ya crecerá –repuso él, antes de añadir en un susurro–: ¿Crees que me irá bien?
–Por supuesto –su esposa le sonrió con tanto orgullo que Gold volvió a sentirse completamente feliz, sin dudas que le atormentaran–. No eres tu padre, cariño. No eres un cobarde, sino un valiente. Mi valiente soldado. Y eso es lo único que importa, mi amor, que eres un valiente.
–Valiente... No... soy...
En el presente, tirado en el suelo de su tienda, Gold era presa de aquella profunda inconsciencia en la que le había sumido Killian Jones y no pudo escuchar el estruendoso tono de su teléfono móvil. Mucho menos pudo ver el nombre que parpadeaba en la pantalla del aparato: BELLE.
Como no podían probar nada hasta el lunes, cuando podrían hablar con el profesor Singer en el colegio, Belle decidió que podían dedicar el fin de semana a pasárselo bien. Ella, desde luego, lo tenía muy claro. Emma había sido una heroína, había salvado a una chica y se había enfrentado a una bestia, pero, sobre todo, había estado con Jefferson durante todo el baile y se lo tenía que contar todo. Por eso, la obligó a salir a pasear por Storybrooke, mientras la interrogaba sobre el chico.
–Venga, Emma, cuéntame qué pasó –insistió por milésima vez, mientras se dirigían a Granny's para visitar a Ruby. Su amiga se dedicó a poner los ojos en blanco, muy hastiada–. ¡Oh, venga ya! ¿Pero tú te crees que yo soy tonta? He visto como os mirabais en el parque y ayer en el baile...
–Eres una cotilla sin remedio.
–Soy una romántica empedernida, es distinto.
–Bueno, las dos cosas entonces –repuso Emma, aunque Belle notó que su fachada de tía dura se estaba resquebrajando poco a poco para dar lugar a una sonrisa tímida. Al final, debió de ceder, pues le miró con aire cómplice–. Vale, pero quedará entre nosotras, ¿eh? Nada de cotilleos, ¡ni de comentarios cursis!
–Seré buena, lo prometo.
Emma se detuvo, ya sonriendo ampliadamente. Sin embargo, no pudo pronunciar palabra pues, en cuanto abrió la boca, alguien se la cubrió con una mano esbelta, pero fuerte, con los dedos decorados con anillos. Para sorpresa de Belle, un hombre guapísimo de pelo negro y ojos verdes, acalló a Emma, mientras, con los dedos de la otra mano, presionaba algún punto en el cuello. La chica cayó al suelo como un fardo, a los pies de aquel hombre que, no obstante, parecía concentrado en ella.
–¡Emma! –exclamó Belle, sintiéndose ridícula, pues no sabía qué hacer. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué había atacado a su amiga? Bueno, eso lo intuía: para ir a por ella. Por eso, empezó a caminar hacia atrás lentamente, sin despegar la mirada de esos ojos verdes teñidos de maldad. Sacó su teléfono móvil del bolso, pulsando la marcación rápida para pedir ayuda a Rumpel.
–¿Estás llamando a tu profesor de química, preciosa? –el hombre avanzó hacia ella, también con lentitud; la estaba conduciendo hacia un callejón, Bello lo sabía, pero tampoco sabía cómo evitarlo: si echaba a correr, la seguiría y atraparía... ¿O no? Estaba replanteándose aquello, mientras insistía en la llamada a Rumpel, cuando el hombre se echó a reír–. Gold no te va a coger, Isabelle. Tu querido profesor está un poco... indispuesto.
–¿Qué le has hecho? –la rabia empezó a hacer mella en ella.
–De momento, nada. Pero planeo romperle el corazón.
Aquel maldito matón la estaba amenazando. Pues no se iba a dejar achantar, ni hablar, no era de las que se rendían y mucho menos con listillos que creían tener poder sobre ella. Por eso, guardó el teléfono en su bolso, antes de echar a correr hacia el matón. Había visto ese movimiento muchas veces, puesto que Gaston y su padre solían ver los partidos de fútbol americano en casa y la obligaban a acompañarlos. Sin embargo, no lo había hecho nunca, aunque el factor sorpresa fue clave y logró sorprender al matón.
No lo tiró al suelo, pero sí le hizo trastabillar, lo que le dio la oportunidad de echar a correr para huir de él. Le preocupaba Emma, claro, pero supuso que estaría mejor alejada de aquel capullo, así que se alejó de ella. Seguramente se despertaría enseguida, encontrándose perfectamente... o, quizás, Jefferson o August acudirían a su rescate, que para eso eran sus guardianes, guardaespaldas o lo que fueran. Dios, esperaba que se encontrara perfectamente.
Vio la vieja biblioteca al final de la calle. Eso era buena señal. Granny's estaba cerca, Granny's llena de gente, puede que incluso se encontrara Graham. Ahí estaría a salvo. No le haría nada ahí, no delante de tanta gente. Sí, definitivamente era un buen plan.
Sin embargo, en cuanto alcanzó la biblioteca, alguien tiró de ella. Antes de que Belle pudiera reaccionar, la habían estampado contra la mugrienta pared del edificio. El golpe le cortó la respiración, pero no tanto como el hombre que tenía delante: encorvado, calvo, con aspecto de rata. La sujetaba con mucha fuerza de los brazos, reteniéndola contra el muro. Pero sólo la agarraba de los brazos, por suerte sus piernas estaban libres y, por tanto, pudo asestarle un rodillazo en la entrepierna.
El hombre, pálido, cayó al suelo y comenzó a retorcerse de dolor.
Belle, por su parte, retomó la carrera hacia Granny's, pero no había dado ni dos pasos, cuando alguien le cortó el paso. Estuvo a punto de chocar contra un hombre, pero se detuvo a tiempo y pudo ver la sardónica y brillante sonrisa del matón de ojos verdes.
–Vaya, vaya, eres una luchadora, ¿eh, pequeña Isabelle?
Isabelle. Otra vez la había llamado así. Le puso los pelos de punta. Sólo había una persona en el mundo que utilizara su nombre completo: su padre. No... No podía ser, no podía tener algo que ver en todo eso... ¿verdad? ¡Era ridículo! Aunque aquel hombre también sabía lo suyo con Rumpel y nadie más lo sabía. No entendía nada, tenía demasiadas teorías, pero sólo una certeza: no iba a escapar de él.
–No te preocupes, preciosa, todo acabará pronto.
El autobús le dejó en la entrada a Storybrooke y se bajó trabajosamente. No se acostumbraba a la cojera, aunque tampoco le importaba mucho. Habían pasado once meses desde que dejó la ciudad para ingresar en el ejército, pero ni siquiera había llegado a salir del campamento militar, pues todo se había torcido: la posibilidad de una guerra auténtica, de luchar y seguramente morir estaba ahí; habría podido con eso, pero Milly le había comunicado que estaba embarazada y eso lo había cambiado todo.
Se había criado con un padre ausente, alguien tan cobarde que dejó tirada a su propia familia y Gold no iba a repetir sus pasos. Prefería ser un cobarde que abandonar a su propio hijo, no, eso no lo haría nunca. Jamás. Por eso se había herido a sí mismo, se había destrozado el pie para no tener que luchar nunca y poder criar a su hijo.
Cuando llegó a su casa, todavía con el uniforme puesto y el pelo rapado, lo hizo con la mayor de las sonrisas, esperando reencontrarse con su familia. Pero, entonces, Milly abrió la puerta y se encontró con una mujer a la que le costó reconocer. No porque se hubiera cambiado el peinado, que no, ni porque estuviera desmejorada, que tampoco, sino por la forma en la que le miró.
–Oh, ya estás aquí...
–Hola, mi amor.
Gold le rodeó la cintura con los brazos, besándola apasionadamente como muestra de su más sincero amor, pero ella no le devolvió el gesto, se quedó tiesa como una tabla. Después, volvió a mirarle con desprecio, antes de salir de casa, murmurando que tenía que hacer recados. Le alivió que no le repitiera los reproches de las últimas semanas –que si era un cobarde, que alguien tenía que luchar por el país y ese alguien era él, que iba a tener que vivir con el estigma de estar casada con un cobarde–, ya que a él sólo le interesaba una cosa.
Subió al piso de arriba, a la habitación del bebé, que tenía las paredes decoradas con el paisaje imposible y hermoso que describía J. M. Barrie en Peter Pan, el de la isla de Nuncajamás. Ahí, en su cunita, había un bebé que, nada más verle, alargó sus pequeñas manos hacia él, curvando sus diminutos labios en una sonrisa.
Gold lo cogió y observó como el bebé encajaba en sus brazos como si fuera una parte de él, lo que le hizo ser más consciente que nunca de lo que significaba ser padre, de que era padre.
–Ya estoy en casa, pequeño. Y nadie me separará de ti, nadie, te lo prometo, mi pequeño Neil.
La consciencia se abrió paso poco a poco en su mente, como rayos de sol rompiendo la oscuridad, lo que provocó que Emma se incorporara, como impulsada por un resorte. ¿Qué narices le había ocurrido? ¿Y dónde demonios se había metido Belle? Un momento, ¿alguien la había dejado inconsciente en plena calle? No entendía nada, pero tuvo claro una cosa: su amiga estaba en peligro, sólo así se explicaba que no estuviera junto a ella.
Levantándose, cogió su teléfono móvil y marcó el número de Jefferson, que no tardó en responderle:
–Qué rápido me echas de menos...
–¡No es eso! –exclamó, nerviosa, mirando en derredor, pues por primera vez en su vida no sabía qué hacer–. Algo ha ocurrido. No sé muy bien el qué, pero... Creo que Belle está en peligro. Alguien me ha tocado algo en el cuello y me ha dejado KO y ahora me he despertado y... ¡No sé dónde está Belle, Jefferson! ¡No sé qué hacer!
–Vale, vale, cálmate –le pidió y Emma escuchó ruidos que no supo identificar, tenía que estar moviéndose–. ¿Dónde estás?
Tras que ella le respondiera, Jefferson le prometió que llegaría enseguida y así fue, se reunió con ella enseguida. Llevaba una chupa negra, el pelo revuelto y las mejillas ligeramente sonrojadas de haber corrido.
–Si Belle estuviera en peligro y tuviera que huir, ¿dónde crees que iría? –le preguntó.
–A mi casa –respondió sin vacilar, aunque luego comprendió un hecho–: Pero está lejos y... –reparó en la antigua biblioteca, que sobresalía entre los edificios. La señaló con un gesto, emocionándose–. ¡Granny's está ahí cerca! Yo iría ahí, hay gente, gente que nos conoce como la abuela de Ruby –miró a Jefferson, buscando su confirmación–. Es buena idea, ¿no?
–Estupenda. Vamos, a lo mejor está ahí.
Emma notó que el propio Jefferson no terminaba de creerse sus palabras, de hecho ella tampoco lo hacía: si Belle hubiera llegado a Granny's, poniéndose a salvo, habría avisado a Graham o a cualquiera y habría ido a buscarla. No, a Belle le había ocurrido algo, pero, quizás, pudiera averiguar el qué y ayudarla. Al menos, era lo que se decía porque no estaba dispuesta a parar, no podía quedarse sentada, mientras su amiga estaba en manos de algún desgraciado...
–Mira, Emma.
Jefferson se agachó para coger un teléfono móvil, el de Belle. Lo encontraron tirado en el suelo, junto a aquella estrecha calle tan poco transitada al lado de la vieja biblioteca. El chico se puso a examinar las últimas llamadas, lo que le hizo fruncir el ceño:
–¿Por qué habrá llamado tantas veces al profesor Gold?
–Oh, Dios...
Emma comprendió todo y se sintió estúpida. Belle había estado un tiempo más alegre de lo habitual, un poco rara quizás y Ruby se había empeñado que había un chico. Como siempre, su amiga había tenido razón, aunque nunca se les habría ocurrido que "el chico" era todo un hombre... su profesor de química, el señor Gold.
La puerta de la casa se abrió y se cerró con lentitud, lo que no impidió que un chirrido brotara de los goznes. Después, escuchó los pasos que intentaban ser sigilosos, pero que delataban el estado de embriaguez de Milly. Gold, entonces, encendió la luz del recibidor y vio a su mujer: el pelo negro suelto y despeinado, el lápiz de labios corrido, la bonita ropa arrugada... y aquel espantoso olor a humo y humanidad.
–Vas a despertar a Neil –le susurró, sin utilizar el tono de reproche que, muchas veces, intentaba teñir sus palabras. Dio varios pasos vacilantes hacia ella, pues no había cogido el bastón, lo que pareció divertirla–. Anda, vamos, cariño, que te echo una mano...
–¿No me vas a echar tu pie? Ah, no, que eres un tullido –Milly soltó una risita.
–Vamos a la cama, mañana...
–¿Mañana qué? –le preguntó ella de malas maneras; se quitó los zapatos de tacón, dejándolos en el suelo, mientras le miraba con auténtico odio–. Mañana, mi querido esposo –esas tres palabras sonaron de lo más insultantes, debido al tono que empleó, lo que hizo que el corazón de Gold se rompiera un poquito más–, tú seguirás siendo un maldito cobarde. ¡Un medio hombre!
–¡Basta ya! –exclamó él, dolido–. ¡No soy nada de eso! ¡Volví para criar a mi hijo! Y menos mal que lo hice...
–¿Insinúas que soy una mala madre?
Llevaban años de discusiones, de reproches y, en su caso, de silencios permisivos. Milly podía creerlo, pero él no era idiota, sabía todo lo que ella hacía, mas nunca le decía nada, siempre la trataba con el mismo cariño que antes porque la quería. Sin embargo, su paciencia empezaba a verse socavada por el continuo dolor que sentía. Ya no era que el desprecio que Milly le demostraba le matara, que lo hacía, era escuchar las preguntas de Neil con su voz de niño, su dolor de niño.
–Se ha puesto enfermo –le informó con frialdad, enarcando una ceja porque no, aquello no iba a quedarse en el olvido–. He tenido que llevarlo a urgencias, ¿sabes? Lo han mandado a casa, sólo era una gastroenteritis, pero lo ha pasado mal –clavó su mirada en la de ella–. Sobre todo cuando quería que su madre le leyera un cuento, pero, oh, sorpresa, su madre no estaba en casa. ¿Dónde estabas?
–Yo...
–Estabas con él, ¿verdad? –preguntó con toda la crueldad que era capaz de albergar su corazón, que no era poca. Como ella permaneció en silencio, él añadió–: Puedo oler la peste de los tugurios a los que vais, ¡el olor de su tabaco!
–Killian es mil veces más hombre que tú.
–Es un matón que se vende al mejor postor...
–Una profesión a la que no podrías dedicarte. ¡Killian te da mil vueltas!
Milly había alzado tanto la voz que debió de despertar a Neil, puesto que en seguida oyeron ruidos en el piso de arriba. Ella ni siquiera hizo el ademán de moverse, por lo que Gold se dirigió hacia la escalera, escupiendo:
–Ya voy yo. Seré cojo, pero al menos me tengo en pie.
La chica era dura de pelar. Killian no lo había imaginado cuando le encargaron todo aquello, había creído que sería otra niña bien sin carácter, pero, no, Isabelle French era una luchadora. No dejó de revolverse durante todo el camino. Una vez en su piso, tuvo que encerrarla en aquel dormitorio vacío en el que apenas entraba, pues los recuerdos le resultaban demasiado dolorosos.
–¡Suéltame! –exigió a través de la puerta cerrada, mientras la golpeaba con todas sus fuerzas–. ¡Déjame en paz, maldito bastardo! ¡Matón! ¡Capullo! ¡Que me sueltes!
–Mucho me temo que vas a tener que esperar un poco, querida –repuso él, acariciando el pomo de la puerta con aire distraído–. Tu padre me ha pedido que te haga olvidar a tu querido profesor, también que te saque del pueblo. Ha buscado un internado muy bonito para ti. Pero, tranquila, sólo será hasta que seas mayor de edad y, entonces, te case con ese socio rico suyo: ¿Gastón?
En realidad, sabía que torturar a aquella chica no estaba bien, ella era inocencia. Pero sus ansias de venganza hacia Gold era superiores a él. Sólo al pensar que podría devolverle el dolor que le causó, hizo que su vida tuviera sentido de nuevo.
La chica no respondió, aunque alguien llamó a la puerta de su apartamento. Le sorprendió, no solía recibir visitas. Al otro lado de la puerta, se encontró con una mujer de pelo corto y sonrisa cruel.
–¿Killian Jones? –preguntó ella.
–Soy yo. ¿Y usted...?
–Regina Mills, creo que tenemos algunos asuntos que tratar –su sonrisa se ensanchó, mientras daba un paso al frente–. Vamos, déjeme pasar, que traigo algo que le va a gustar –Killian la siguió mirando con desconfianza, por algún motivo no terminaba de fiarse de aquella mujer. Ella debió de notarlo, pues le miró con desdén, antes de añadir en un susurro–: Tenía entendido que quería vengarse del señor Gold, pero quizás estoy equivocada...
–Pase.
La mujer sonrió victoriosa y entró hasta el salón donde se acomodó, como si fuera su casa y no la de él. Killian la observó, seguía sin fiarse de ella, pero la idea de vengarse de Gold era demasiado poderosa como para hacer caso a sus primeros instintos.
–Tengo entendido que Gold le arrebató a la mujer que amaba –recordar aquello seguía siendo doloroso, así que únicamente asintió con un gesto, entrecerrando los ojos. Regina enarcó una ceja con elegancia, pareciendo muy satisfecha de sí misma–. ¿Y no cree, señor Jones, que arrebatarle a la mujer que él ama no sería una venganza adecuada y poética?
–No voy a matar a la señorita French. Trabajo para su padre –le informó, cruzando los brazos sobre el pecho, mientras se apoyaba en el quicio de la puerta–. Ese hombre es poderoso y yo no soy idiota.
–Oh, señor Jones, no hace falta ser tan drástico.
–¿Entonces?
–¿En qué se basa nuestra personalidad? ¿Y el amor que sentimos? –Killian resopló, no estaba para andarse con debates filosóficos. Regina curvó sus labios, pintados con carmín; nunca había visto a alguien de apariencia tan cruel y eso que se movía en círculos poco recomendables–. En recuerdos, todo se cimienta en nuestros recuerdos. Si a una persona le borras sus recuerdos, deja de ser esa persona. ¿Comprende por dónde voy?
Killian consideró aquel plan. Era brillante. No existía otra palabra para describirlo. Por un lado, lograría que Isabelle se olvidara de Gold y que, incluso, aceptara de buen grado al pretendiente que le había buscado su padre, algo que el señor French sabría recompensarle; por otro, sometería a Gold a la peor de las torturas: tener a la chica que quería muy cerca, pero al mismo tiempo tan lejos que sería inalcanzable para él. Eso tenía que doler todavía más que verla muerta, pues sería una herida sangrante que se abriría cada vez que la viera.
–¿Y cómo planea hacerlo?
–Oh, eso es muy sencillo.
–¡No puedes hacer esto! –suplicó Gold a su esposa con voz estrangulada, pues el miedo atenazaba su estómago–. Milly, por favor...
–Dios, deja de suplicar, ¿quieres?
Milly estaba recogiendo su ropa apresuradamente para meterla en una maleta. Todavía desprendía aquel olor a alcohol y tabaco. Había vuelto a salir por ahí con ese matón de tres al cuarto, lo que rompía el corazón a Gold, aunque no tanto como la idea de perderla para siempre. La quería demasiado como para poder vivir sin ella.
–No te vayas.
Ella se detuvo. Depositó un vestido sobre la maleta, sin ni siquiera doblarlo, para mirarle fijamente a los ojos. Le seguía pareciendo tan hermosa como el primer día, con aquel pelo tan oscuro y la mirada de un verde intenso; había marcas del paso del tiempo, también de los excesos que estaba cometiendo, incluso los dientes le amarilleaban ligeramente por fumar tanto.
–Hace tiempo que me fui –reconoció con suavidad.
–Podríamos intentarlo de nuevo. Yo... Yo haría lo que fuera. No quiero que te vayas, no quiero perderte...
–Estoy enamorada de Killian –le interrumpió, zanjando la cuestión.
–Y yo te quiero a ti. Te quiero, Milly, te quiero mucho.
Ella cerró la maleta, pero la dejó sobre la cama para volverse hacia él. En su rostro había desdén, animadversión, incluso repelús, algo que le hirió, pero, por algún motivo, seguía queriéndola, seguía amándola a pesar de todo. ¿No podía comprenderlo? ¿No podía darle otra oportunidad?
–No me digas que me quieres.
–Pero es la verdad. Te quiero. Te quiero, Milly...
–¡Tú nunca me has querido! Si me hubieras querido, me habrías sacado de este pueblo de mierda –alzó la voz, haciendo aspavientos para enfatizar todavía más la rabia que había contenido y a la que estaba dando rienda suelta–. ¡Si me hubieras querido, no me habrías avergonzado! ¡Habrías luchado!
–¡Y estaría muerto!
–¡Mejor muerto que cobarde!
–¡No soy un cobarde! –bramó Gold, perdiendo los nervios también–. Cobarde es tu querido Killian, que se dedica a pegar palizas a pobres diablos que no tienen oportunidad. Cobarde eres tú, refugiándote entre sus brazos sin pensar en la realidad, excusándote en lo que sea para no asumir que eres la responsable de todo. ¡Tú y sólo tú has destrozado nuestra familia! ¿Acaso piensas en Neil? ¿Acaso te preocupa? ¡No! ¡Tú sólo quieres retozar con tu matón! ¡Bien! ¡Vete! ¡Márchate con él! Pero Neil se queda conmigo.
–Neil es mi hijo.
–Y él mío también. Es más mío que tuyo. Yo le cuido, yo estoy con él, yo pienso él. ¿Qué va a pensar tu matón del niño? ¿Lo va a acoger en su casa? ¿Va a ejercer de padre de él?
Supo que sus preguntas la desarmaron, no había pensado en eso, sólo quería irse con su matón a viajar por ahí y vivir las aventuras que no podría experimentar quedándose sólo en casa. Sin embargo, en vez de acusar el golpe, reaccionó de una forma que Gold no esperaba: le dio un empujón, tirándolo al suelo, y salió corriendo.
Cuando él logró incorporarse, vio como Milly sacaba a Neil de casa en brazos y lo metía en el coche. La maldijo. ¿Qué narices le ocurría a esa mujer? Pues si creía que le iba a arrebatar a su hijo, iba apañada. Nadie le iba a quitar a Neil, jamás, era lo más importante de su vida y no pensaba renunciar a él. Apoyándose tanto en la cama como en el bastón, logró ponerse en pie. Después, bajó a la calle y se montó en su propio coche para seguirlos.
Al llegar a la carretera que salía de Storybrooke, vio algo que le heló la sangre. No, no podía ser. Imposible.
Pero sí lo era, era realidad.
Casi en los lindes de la ciudad, tirado en los terrenos que había al lado de la carretera, se encontraba el coche de su esposa volcado. El lugar estaba cubierto de miles de esquirlas de cristal, el vehículo estaba deforme y los asientos... los asientos estaban teñidos de sangre, una imagen que se grabó en su mente a fuego; sobretodo la de su hijo, su pequeño Neil, a varios metros del coche, que debía haber salido volando en pleno accidente, ya que su mujer no llevaba el asiento especial para los niños.
Al acercarse a aquel espantoso escenario, ni siquiera buscó a su esposa, sencillamente se dejó caer al lado de su hijo y se dedicó a llorar como nunca lo había hecho en su vida.
Y fue en ese preciso instante, cuando los recuerdos de su vida anterior regresaron a caudales.
–¡Señor Gold, señor Gold! ¿Se encuentra bien?
Notó que le estaban zarandeando y, cuando abrió los ojos, vio a dos de sus alumnos inclinados sobre él: Emma Spencer, la elegida, y Jefferson Hatter, el sombrerero. Se incorporó torpemente, notando el dolor sordo que revelaba, sin lugar a dudas, que Jones le había dado unos cuantos golpes de más cuando ya estaba inconsciente.
–He estado mejor, señorita Spencer, pero me recuperaré –aseguró.
–Pues me alegro –asintió ella, estaba nerviosa, al igual que su amigo. Gold se preguntó qué les ocurría, pero Emma no tardó en darle una respuesta–. Creemos que algo le ha ocurrido a Belle. De hecho, creemos que alguien se la ha llevado y... Bueno, ella intentó contactar con usted, le llamó, pero... Estaba KO, así que...
Entonces, recordó las últimas palabras que le había dedicado Jones: "Despídete de Isabelle French, Gold, porque esta fotografía será lo último que veas de ella."
El corazón se le detuvo.
No, no iba a perder a Belle, a ella no. Era la persona a la que más había amado nunca, la única persona que merecía la pena, la única importante junto a Neil, su Neil que había fallecido hacía un par de años ya. Había perdido a Bae, a Neil, dos veces. No iba a permitir que Bella, su Bella, corriera la misma suerte.
Por eso, apartó a los dos jóvenes que lo contemplaban de hito en hito para rebuscar entre los armarios de la tienda. Al final, encontró una bola del mundo completamente blanca que estaba rematada por una aguja metálica. Lo más adecuado, desde luego, hubiera sido sangre de la propia Belle, pero dada su extraordinaria conexión que desafiaba a las leyes de la lógica, la física y la magia, consideró que su propia sangre bastaría. Colocó la yema de un dedo sobre la agua y unas manchas rojizas aparecieron sobre la bola, cambiando rápidamente como la tinta sobre el agua, hasta que formaron un mapa que Gold entendió enseguida.
–Nunca hubiera pensado que eras tan sentimental, Killian –susurró. Pues según le indicaba el hechizo, Jones había llevado a Belle a la carretera por la cual se salía de Storybrooke, la misma donde Milly y Neil se habían matado en un maldito accidente de coche.
–¿Qué ha sido eso? –inquirió la señorita Spencer.
–Magia.
Gold ni siquiera los esperó, salió de la tienda disparado, casi sin ser consciente de la cojera, pues el miedo le proporcionaba una energía fuera de lo común. Los dos jóvenes le siguieron hasta el coche, colándose en la parte de atrás.
–Pensé que ya no hacía magia –insistió la chica.
–Querida –repuso él, en cuanto arrancó el coche y se dirigió hacia aquel maldito lugar que tantos malos recuerdos le traía–, hubo una época en que era la máxima autoridad en el tema. El Señor Oscuro, me llamaban. Puede que ya no lo sea, pero sigo teniendo mis trucos si la ocasión lo requiere. Y esta es una de esas ocasiones.
Había dejado de ser El Señor Oscuro mucho tiempo atrás, en otra vida, cuando le llamaban Rumpelstiltskin y había sido porque Bella había roto la maldición que suponía poseer semejante título. Cuando ella le besó por primera vez, la echó del palacio y su vida, pero luego la había creído muerta y se había dado cuenta de cuán imbécil había sido. Por eso, cuando la rescató de las manos de la reina malvada, se abandonó a su beso de amor verdadero y dejó de ser El Señor Oscuro, aunque todavía seguía siendo un mago bastante diestro.
El resto del trayecto, que no fue demasiado largo, transcurrió en silencio, mientras la tensión aumentaba. Seguramente los dos adolescentes no entendían qué estaba ocurriendo, pero debían de notar que no era nada bueno.
–¿Por qué ese hombre ha secuestrado a Belle? –preguntó la chica.
–¿Y quién es?
–¿Por qué? Para hacerme daño, supongo –respondió, apretando los labios, pensar en Killian Jones le enervaba–. ¿Cómo ha llegado hasta Belle? No lo sé, quizás su padre ha tenido algo que ver... O la reina... o los dos, quién sabe –teorizó para sí mismo, pues no dejaba de preguntarse cómo había terminado Jones con fotografías de los dos en una actitud claramente cariñosa–. Y respecto a quién es... Bueno, seguramente hayáis oído hablar de él. En cierto libro le llamaban Capitán Garfio.
–¿El Capitán Garfio? ¿Ese tío tan guapo? –se extrañó la señorita Spencer y, a su lado, el sombrero frunció el ceño, como si no le hubiera hecho demasiada gracia oír aquello–. ¡Venga ya! ¡Pero si es un malo de chiste!
–Ojalá lo fuera.
Llegaron a la dichosa carretera, a la misma donde todo había comenzado, donde Jones le esperaba. Estaba reclinado en su coche, con los brazos cruzados sobre el pecho, impaciente. Tenía a amordazada y atada a una especie de carrito; éste era uno de los que se utilizaban para mover cargas pesadas: plano, con un gran asa para poder manejarlo, donde había colocado las manos de Belle, esposando sus muñecas a dicha asa.
–Qué rápido has sido, Gold...
–¡Suéltala! –le interrumpió el aludido, notando como el temor atenazaba su estómago–. Esto es entre tú y yo, Jones, ¡déjala en paz!
–Tú la metiste en la ecuación al amarla.
–¡Ella no ha hecho nada!
–Cierto –asintió el matón, contemplándose las cutículas, como si de repente fueran muy interesantes–. Por eso, te voy a proponer un juego. Una amiga tuya, que te manda saludos por cierto, ha obligado a Belle a beberse algo. Una poción –le explicó, era evidente que estaba disfrutando de la situación–. Resulta que si Belle abandona Storybrooke perderá su memoria. No recordará quién es o quién eres tú, estará en blanco, la pobre –Gold, al escuchar aquello palideció y, también, apretó los puños, furioso, ¡maldita fuera la reina! ¿Por qué siempre tenía que inmiscuirse? ¿Por qué siempre intentaba herir a Belle? Por su parte, Jones soltó una risita–. Bueno, bueno, no te preocupes, Gold, que tienes una oportunidad de salvarla. Si lo haces, os dejaré en paz, lo prometo.
–¿Cuál?
Y los hechos se precipitaron. Jones empujó el carrito donde Belle estaba atada, mientras decía, volviéndose hacia él:
–Vamos, detenla.
Jones sonrió con petulancia, dispuesto a placarle como un jugador de rugby si intentaba correr hacia ella. Pero, oh, cuán idiota era. No necesitaba moverse para impedir que Belle atravesara aquella línea invisible que separaba Storybrooke del resto del mundo. Alargó un brazo, notando como la magia chisporroteaba a su alrededor, obedeciendo e impidiendo que Belle siguiera avanzando.
Le costó una barbaridad. Usar magia en aquel mundo no era como lo recordaba, antes con un simple chasquido podía cumplir cualquiera que fuera su voluntad. Ya no. No era tan sencillo. Por eso, avanzó hasta la chica casi renqueando, había gastado demasiada energía primero desacelerando el dichoso carrito y, después, deteniéndolo por completo. Logró llegar hasta a ella, liberarla y quitarle la mordaza que cubría sus labios. La chica no lo dudó ni un segundo: se tiró a sus brazos, aliviada.
–¡Sabía que aparecerías!
–Siempre.
Estaba tan aliviado por haberla salvado, que no pensó en nada más. La estrechó entre sus brazos, separándose después para observarla, comprobando que estaba bien.
De nuevo, los hechos se precipitaron.
Belle estaba sonriéndole, diciéndole que se encontraba perfectamente, cuando un estruendo rompió el silencio y, al mismo tiempo, una bala cruzaba el aire. Ésta impactó en Belle, en su hombro. No fue una herida mortal, pero sí fue suficiente para que cayera sobre él... que no estaba en su mejor momento. Además, todo aquello le había pillado desprevenido, por lo que no pudo evitar trastabillar, mientras la recogía.
Fue suficiente.
Cruzaron el límite de Storybrooke
Se dio cuenta demasiado tarde, cuando Belle se había desplomado entre sus brazos, rodeada de una luz violeta. No, no, no... No podía ser, no. Cayeron al suelo. El golpe no fue ni una décima parte de doloroso que el saber que Belle le había olvidado, que, al final, la había perdido.
–¿Por qué? –preguntó con un hilo de voz, acariciando los ondulados cabellos de Belle.
Jones avanzó hacia él. No parecía demasiado contento, pero sí que era evidente que se sentía más en paz. Todavía tenía la pistola en la mano, mientras miraba a la chica que seguía desplomada y sangrando.
–Tú me la arrebataste.
–¡Fue un accidente!
–Si no hubiera escapado de ti, no le habría ocurrido nada y estaríamos juntos –volvió a mirar a Belle, encogiéndose de hombros–. No podía permitirlo. No podías ser feliz con la mujer a la que amas, mientras yo la añoro todos los días. No podía permitirlo.
–¡Pero diste tu palabra!
–Sólo he hecho una promesa en toda mi vida. Y la acabo de cumplir.
La tumba se alzaba solitaria en un rincón del cementerio. A su lado se encontraba la del pequeño, la del niño, decorada con flores y juguetes, pero la de ella estaba vacía. Killian enterró sus manos vacías en los bolsillos de la chaqueta. Él no era de los que regalaban flores, ni su relación con ella era esa clase de relación
Aún podía recordar cómo todo se había ido a la mierda varios días atrás. Empezó con una llamada, la de aquel idiota que ella tenía por marido, Gold, profesor de química. No supo si era cortesía, regodeo o estupidez lo que le llevó a llamarle y a contarle lo del accidente, que ella estaba en el hospital siendo operada. En ese momento ni siquiera se lo replanteó, fue directo al hospital sólo para que le dijeran que su preciosa Milly no había sobrevivido a la operación. Había dolido tanto. Si el idiota de Gold se hubiera personado a su lado y le hubiera cortado la mano, no le habría dolido tanto.
–Te echo de menos –le susurró a la lápida, donde debajo de su nombre había una inscripción ridícula: "Amada esposa y madre". Ella no era una esposa, era su chica, ni más ni menos, pero Gold le había arrebatado hasta eso, maldito fuera–. Creo que no sé vivir sin ti. Me siento incompleto. Es... Es como si ese hombre hubiera cortado una parte de mí. Me siento... cojo. Manco.
–Yo no quería que esto sucediera. Ni mucho menos.
Se volvió para ver a ese maldito hombre. Al verlo, la furia ardía debajo de su piel, era un odio demasiado visceral, algo más poderoso que él, algo que desafiaba a la lógica, por lo que no podía impedirlo. Tenía buena planta, pero en su rostro se apreciaba el paso del tiempo, incluso peinaba canas en su lacio cabello castaño.
–Gold –escupió.
–Jones –él hizo lo mismo.
Se examinaron mutuamente, la tensión crecía y Killian recordó las películas del salvaje oeste que veía de pequeño. Aquella situación se parecía mucho: en cualquier momento, uno de los dos abriría fuego y abatiría al otro. Sin embargo, tuvo la sensación de que Gold no sería el primero en atacar, de hecho parecía más deprimido que otra cosa. Durante un momento, sólo durante un momento, sintió compasión por él, pero aquel odio tan salvaje seguía bullendo en su interior. Era superior a sus fuerzas.
–Está muerta por tu culpa –soltó, sintiéndose como un niño perdido.
–Fue un accidente.
Una parte de él, le decía que algo de razón tenía, pero la otra estaba tan devastada y sufría tanto que no pudo más que aferrarse a aquella idea. Era lo único que lo mantendría cuerdo, sino se abandonaría al dolor.
–Me llamó estando en el coche. Huía de ti. Querías quitarle a su hijo.
–Quería conservar a mi hijo, sí, pero no habría hecho nada malo contra ella –reconoció Gold, apoyando ambas manos en su elegante bastón–. No lo hice durante este tiempo y no lo habría hecho nunca. Yo la amaba de verdad, aún la amo.
–¡Tú no sabes lo que es el amor!
–¿Acaso tú lo sabes? No eres más que un ser despreciable, un matón de poca monta que se gana la vida haciendo daño a los demás –soltó Gold en tono gélido, fulminándole con la mirada. Eso le irritó, ¿quién era él para juzgarle? ¿Cómo osaba siquiera a hacerlo? Además, por si no tenía suficiente, añadió–: Las personas como tú no saben lo que es el amor. No se puede amar cuando lo más importante para uno es uno mismo.
–¡Cállate! –rugió. Quiso pegarle, destrozarle el rostro a puñetazo limpio, pero por algún motivo no se movió, se quedó ahí, quieto, deseando que pasara por lo mismo que estaba pasando él–. Escúchame lo que te digo. Aquí, delante de ella, delante de su tumba, te juro que me vengaré. Te destruiré. Algún día querrás de nuevo, encontrarás a alguien por quien sientas auténtico amor. Y ese día, te juro, que volveré y me vengaré. No dejaré que nadie te haga feliz, ¡jamás!
La chica estaba perdiendo sangre en brazos de Gold, pero Killian no creyó que fuera a morir. Había sabido lo que había hecho al disparar, sólo quería herirla para que cruzara el límite del pueblo. Sin embargo, había que curarle el rasguño. Pensó en llevarla él mismo al hospital, al fin y al cabo French era su jefe, pero ni siquiera lo intentó.
En su lugar, Gold había cogido a la joven en brazos y se dirigió hacia su coche, mientras los otros dos jóvenes lo contemplaban todo entre aterrados y compungidos. Semiinconsciente, la chica abrió un poco los ojos, clavando su mirada en Gold como buenamente podía.
–¡Belle! –exclamó el hombre con una mezcla de alivio y preocupación.
–¿Belle? ¿Quién es... Belle? ¿Quién es usted?
Había culminado su venganza, había cumplido su promesa y se encontraba vacío. Nada había mejorado, el dolor no se había extinguido, un fantasma mudo e invisible seguía acompañándole.
No había servido de nada.
Sí, sigo viva. En realidad, es que soy una persona horrible y he tardado más de lo habitual en subir el capítulo, aunque esta vez he tenido un motivo de peso llamado exámenes. Pero ya soy libre (como el sol cuando amanece, soy libre, como el mar). Bueno, dejando a Nino Bravo a un lado, he de decir que estamos ya en la recta final del fic, no sé cuántos capítulos quedan, pero sé exactamente lo que va a pasar (aunque eso me lo callo ;P) y espero ir publicando con más asiduidad ahora que llega el verano.
Y, como siempre, daros mil gracias por leerme y comentarme, hacéis de esto algo mucho más divertido =D Especiales gracias a los que me dejáis reviews como Caridee Von Ross (hoy has tenido más Hook, espero que te haya gustado ;) Aquí Hook no va a tener tema con Emma, pero es que como lo planteé antes de ver la segunda temporada, pues no podía ni imaginarlo y ahora tener a tres candidatos me parece mucho, aunque a lo mejor en el bosque encantado hay algo ;P) y Usio-Amamiya (ay, mujer, pobre Jefferson, que le estás deseando la muerte, jajaja. En el flashback Rumbelle sí que están juntos y casados ^^).
Proximamente: Capítulo 15 - August.
Nos vemos en el próximo capítulo =D
