Título: BELLUM

Autora: Clumsykitty

Fandom: MCU, AU (universo alterno)

Parejas: Thorki, Stony principalmente.

Derechos: Nah, Marvel como siempre se lleva todo.

Advertencias: algunos nombres han sido alterados por locuras de la autora, otros nombres son retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Por si alguien se lo pregunta, esta historia se halla inspirada en esa hermosa como tormentosa saga llamada Juego de Tronos (los libros) del gordito más temido, George R.R. Martin. Ojo, basada no igual.

Bellum. Guerra (latín).

Gracias por leerme.


Trece. Batalla en el Ocaso.


Las tierras del Clan Zartulian eran las más alejadas de todas, cercanas a los Hielos Perpetuos y lo más alto de la cadena montañosa oriental del Norte. A pesar de ser el verano, el frío pedía a sus visitantes el uso de capas gruesas con capucha peluda con guantes y botas para la nieve. El sol salía por un costado más sus rayos no eran lo suficientemente cálidos para deshacerse de los abrigos. Anthony miró la muñequera de piel que Dwen le obsequiara antes de partir, cuando estaba hablando con su hermano Aldair sobre aquel viaje ordenado por la Reina Stark. El Príncipe Heredero le había dado palabras de aliento aunque desconocía la causa de tal decisión, animándole con que antes de terminar el otoño volverían a estar juntos. Con su abrazo caluroso, fuerte y un beso en su frente se despidió de la fortaleza, acompañado de Petya quien se rehusó a dejarle solo en aquella travesía, siempre dispuesto a servirle tan sigiloso como atento.

Después de lo sucedido en los Pantanos del Oeste, no habían quedado muchos Zartulian en aquellas frías tierras. Todos eran parientes lejanos de su padre, Haruld, pero le habían recibido de buen grado y algo de sorpresa pues era Malle quien solía visitarles. No se negó a sus preguntas y charlas alrededor de un fuego cálido dentro del fuerte que era la sede del Clan, entre paredes llenas de armas pesadas pertenecientes a antepasados, banderines de piel bordada y antorchas en sus nichos trayendo más calor a las habitaciones de piedra dura y casi negra. Le ayudaron a preparar la ofrenda de raíces secas con hojas previamente perfumadas que se quemarían frente al Memorial de Haruld Stark, una estela de roca maciza con inscripciones talladas recordando sus glorias como su vida llena de honor y aprecio de todos aquellos que le conocieron, colocada en lo alto de un mirador que veía hacia el Bosque Sagrado no muy lejos de ahí.

Fue inevitable pensar en las duras palabras de su madre cuando prendió el fuego y quemó la ofrenda, recitando las oraciones a Gaia y sus hijos. Tenía ganas de gritar de rabia, de llorar de tristeza. No sabía exactamente cómo sentirse al respecto. Su padre siempre había sido un hombre que admirar, su héroe personal cuya Claymore, Amanecer, contemplaba cada que estaba sentado en su regazo mientras el antiguo Rey del Norte la afilaba con paciencia, sentando a la sombra del Árbol Padre que dejaba caer sus hojas alrededor como una alfombra. Recordaba perfectamente todas sus lecciones ahora que podía darle sentido a sus palabras, escuchando en su interior la voz profunda de Haruld, su risa como su gruesa mano despeinando sus cabellos antes de consentirle con un trozo de pan de frutas que Anthony adoraba pero que la reina no le dejaba comer por ser demasiado dulce para un niño pequeño como él.

¿Estaría decepcionado de él? ¿Había traicionado el nombre de su padre con sus encuentros con Steven Roggers? Trató de imaginarse una vez más frente al Árbol Padre donde Haruld estaría afilando su mandoble, diciéndole todo lo que había sucedido, incluyendo cómo se había sentido cuando los labios del Rey del Sur se habían sellado sobre los suyos, jamás le mentiría; pero no hubo respuesta en aquel escenario imaginario, solamente la mirada sabia y tranquila del rey sobre su persona, sin reclamos o decepciones. ¿Qué significaba aquello? El Príncipe Stark abrió sus ojos mirando el Memorial que acarició con una mano enguantada. Solo deseaba que todos pudieran vivir en paz, no más peleas innecesarias, malentendidos ni tampoco inocentes heridos ya fuese por la hoja de la espada o las palabras que igual cortaban el alma.

-Si para mí no es la felicidad, no importa. Mientras aquellos que atesoro en mi corazón sean felices, con eso me basta –murmuró a la estela, apretando una sonrisa.

El fuego consumió su ofrenda y se retiró, bajando por el camino tallado a paso lento hasta llegar a las faldas de aquella montaña con Petya esperándole, afilando una daga muy pequeña y ligera. El chico se puso de pie de inmediato, jalando las riendas de los dos caballos.

-Alteza, ¿está hecho?

-Hemos terminado con la ofrenda, solamente resta esperar por las órdenes de la fortaleza y dirigir a los Lobos de Hierro por este lado norte.

-Oh, de acuerdo.

-¿Deseabas algo, Petya?

-Bueno sí –éste sonrió tímido, señalando hacia otra montaña ligeramente más alta- Quería subir a su cima, en los Archipiélagos del Este no hay montañas como éstas, ni vistas así.

Anthony observó el camino que ambos pudieran seguir, algo dificultoso más no imposible. Torció una sonrisa, encogiéndose de hombros.

-¿Por qué no?

Fueron a pie con los caballos tras ellos, subiendo por una colina primero y después dejando los frisones junto a unas rocas con pasto abundante que comieran mientras comenzaron su ascenso en vertical hacia la cima de aquella montaña llena de enredaderas, musgo crecido y rocas filosas que sobresalían, algunas cubiertas de hielo. El joven Stark estaba a punto de arrepentirse de semejante escalada sin más herramientas que sus manos y pies pero una vez que alcanzaron la mitad de aquel ascenso, el camino fue más generoso con ellos, teniendo descansos sobre bordes seguros y caminando en tramos lisos antes de volver a trepar. Petya parecía encantado con aquello, olvidando cansancios conforme la cima fue cada vez más cercana, animando a su señor a continuar. Por fin tocaron la punta, que tenía un tramo llano donde se tumbaron a descansar buscando recuperar aire perdido entre risas de satisfacción.

-Hacía tiempo que no escalaba montañas así –confesó el príncipe.

-¿De verdad? ¿Cuánto tiempo?

El castaño parpadeó, mirando las gruesas y grisáceas nubes del firmamento.

-Desde que mi padre murió –respondió Anthony, jalando aire antes de volver su rostro hacia Petya a quien empujó con un puño por su hombro- Pero todo indica que tú has nacido para esto, ¿quién te enseñó? ¿Tus padres?

-Oh, no, mi señor –el chico le sonrió de vuelta- Mis padres murieron cuando yo era muy muy pequeño. Apenas si los recuerdo.

-Lo siento.

-No hay problema, su ausencia no es lo que me lastimó sino la manera en que partieron de esta vida.

-¿Qué quieres decir?

Petya apretó sus labios, haciendo gestos en el aire con sus manos.

-Los asesinaron, por una tontería más que por otra razón valiosa.

El Príncipe Stark le escuchó atento. Petya había nacido en la Isla de los Llantos, nombrada así por los árboles cuyas ramas colgantes emitían ese sonido cuando la brisa marina los mecía. Ahí se tenía el culto a la Trinidad, la más fuerte de todas las creencias en el Archipiélago Este. El Dios de los Tres rostros, la Vida, el Caos y la Muerte. Pero existía en esa misma isla un culto más antiguo aparentemente, que se decía la Fe Verdadera. Ellos alegaban que el Dios de los Tres Rostros originalmente había tenido un halo de oro sobre su cabeza, que le daba templanza a su mirada de los tres tiempos –pasado, presente y futuro-, sosteniendo entre sus múltiples brazos a su hijo unigénito. La vida mortal había llamado la atención de ese hijo, abandonando los protectores brazos para saltar lejos y jamás volver. El Dios de los Tres Rostros entonces se arrancó su halo, enviándolo al mundo para que le trajera de regreso a su hijo, pero al hacerlo se quedó ciego porque ya no hubo luz para sus ojos.

Aquel culto proclamaba que los pecados de Gaia eran los culpables de las heridas de la Trinidad, pero que reestablecerían la Fe Verdadera con sacrificios de sangre, por eso les llamaron los Adoradores de la Sangre cuyo fanatismo los llevó a tal extremo que un día atacaron a todos aquellos que no eran parte de su culto, en un asesinato masivo que cobró la vida de los padres de Petya, completamente ajenos a tal fe porque de hecho ellos no profesaban ninguna creencia. Fueron destajados por las espadas gruesas de varios dientes de ese culto, con su pequeño hijo siendo testigo de tal carnicería escondido debajo de las tablas de madera que formaban el suelo de su humilde casona junto a una ribera adjunta al puerto, escondite que no abandonó sino hasta que el aroma de putrefacción de sus padres fue más fuerte que su luto por ellos, saliendo de ahí para no regresar nunca más.

-¿La Orden de la Moneda no hizo nada al respecto? –preguntó impactado el castaño.

-Sí, los ejecutó en la Isla de los Silencios. A todos. Pero el daño estaba hecho.

-No sabes en verdad, cuánto lo siento, Petya. Son memorias amargas.

-No fui el único huérfano, hicimos una pandilla de ladrones y salimos adelante –el muchacho hizo caras- Hasta que un día conocí al mejor Lobo de Hierro.

-Vamos…

-No hay mejor guerrero que mi señor.

-Que va. Te puedo dar una lista de varias Claymore que me superan.

-¡Los cuervos!

Anthony miró hacia donde Petya señaló al ponerse de pie de un salto, una enorme bandada de cuervos se aproximaba a ellos a gran velocidad, sentándose a tiempo para ver como todos esos cuervos formaban dos grandes y emplumadas alas que aterrizaron detrás de ellos, sobre unas rocas con la figura de Loki examinando de arriba abajo al chico que abrió sus ojos, luego haciendo una reverencia al recordarle como los modales que ya había aprendido en la fortaleza.

-Gaia vive en usted, milord.

-Gaia está contigo, Petya la Araña.

-¿Todo está bien, señor Loki?

-En orden, pequeño.

-¿Está completamente seguro?

-Petya –llamó el Príncipe Stark rodando sus ojos, levantándose al fin para hacer su propia reverencia- No sentimos honrados con tu presencia.

-Es extraño ver a dos visitantes al Clan Zartulian descansando sobre la cima fría de una montaña nublada.

-Fue cosa mía –el adolescente se sonrojó- Yo convencí al príncipe de trepar hasta acá.

-No dije que fuese prohibido.

-Oh…

-Loki, mi señor, Petya aún no sabe de tus bromas.

Aquél sonrió apenas, señalando el camino por donde habían escalado. –Necesito hablar a solas con Anthony, ¿podrías esperarle en las faldas de las montañas? No tardaremos.

-Como ordenes, milord.

El hechicero esperó hasta que el muchacho estuviera a mitad de descenso, bajando de las rocas de un salto y caminar hacia el joven Stark que le miró entre preocupado y ansioso.

-¿Qué sucede?

-Nada grave –bufó el ojiverde mirándole- Además de todos los problemas en los que te has metido a pesar de mis consejos de no hacerlo.

-La herida ya es dolorosa, mi señor. Por favor, ten piedad de mí.

-Bien sabes que a mí no puedes ocultarme lo que hay en tu corazón, no importa con cuanto esfuerzo trates de disfrazarlo con otros sentimientos.

Anthony respiró hondo. –Pero no sé qué me sucede, no podría mentir de algo sobre lo cual no tengo idea.

-¿Por qué le has permitido al Impostor besarte?

-… no lo sé, ¿confusión? –Loki le dedicó una mirada- No puedo darle un nombre, y soy sincero. Tan solo estamos cerca y es como si toda mi vida siempre hubiera tenido una ausencia que solo él puede llenar sin que pueda detener o aplacar tales pensamientos, lo he intentado en verdad, porque sé lo que significa en mi vida tales inclinaciones, comenzando por ti.

-¿Entonces tu amor por mí se ha desvanecido?

-No –respondió con firmeza el castaño mirándole- Jamás.

Loki se quedó callado unos segundos, levantando una mano para acariciar la mejilla del príncipe con suavidad.

-Pero no es la misma clase de amor que está naciendo en tu espíritu por el Impostor.

-¿Es amor? No puede ser.

-¿Por qué? ¿Porque son enemigos?

-Sí. Porque él tratará de atacar mi hogar, separarme de ti. La Estrella de Cinco Puntas que habrá de arrancarme del Norte.

-El problema con el futuro es que no es preciso, ni definitivo. Hay una bruma rodeándote, Anthony, y en ella se esconde la muerte.

-No le temo.

-Lobezno necio, deberías. A veces, un poco de oscuridad atrae la luz más brillante.

-Justo ahora tengo pocas cosas claras, sin mentir ni temer puedo afirmar que mi cariño hacia tu persona sigue vigente con la misma fuerza de antes… tan solo es que…

-Ahórrame esas palabras –le cortó el Hijo del Hielo mirándole fijamente, cerca de él- Ya lo sé, y si de sinceridad hablamos en estos momentos, no le haré la vida agradable al Rey del Sur. Lo que desea no le será tan fácil de obtener, y antes de que salgas con tu retahíla de Lobo de Hierro ambos sabemos que no tienes mucha voluntad en ello. Él te ha conquistado de una manera…

-Loki, por favor.

-A menos que renuncie a la Estrella de Cinco Puntas, yo no daré consentimiento alguno para que él pueda estar contigo.

-Dices muchas cosas en esa frase, mi señor –Anthony tomó aire- Más solo quiero preguntar de una. ¿Tú atacaste los navíos de la Orden de la Moneda?

Loki miró al frente, el paisaje semi nublado con picos de árboles sobresaliendo y un viento frío meciendo sus cabellos y capa. El Príncipe Stark bajó su mirada asustada, no necesitaba que le respondiera, con su expresión acompañada de ese silencio rabioso estaba más que claro. Era como en el incendio de la Isla de los Silencios y el castaño no tenía cómo reclamar su derecho a defender lo que era su tierra, su hogar, su familia. Pero la agresión estaba escalando, ya no estaba muy seguro si tal ofensiva era necesaria. Una vez más, no estaba seguro de aquello porque con sus ofensas relacionadas con el Rey del Sur, había caído muy bajo. Anthony se quejó cuando recibió un fuerte coscorrón de parte del hechicero.

-¡¿Por qué?!

-Por tonto.

Con esas palabras, el ojiverde sacó de su capa un pequeño bulto envuelto en una tela negra que puso con calma sobre la mano del joven Stark, acariciando su dorso unos momentos.

-Gaia siempre escucha a sus hijos, sobre todo cuando hablan desde el corazón, esa ancla por la que están unida a ella. Has pedido una respuesta y aquí está.

Frunciendo su ceño, el príncipe desenvolvió aquel obsequio, casi a punto de tirarlo de sus manos que temblaron ante lo que veía con ojos bien abiertos. Era un trozo de un fresco pan de frutas. Loki ladeó su rostro, examinando su expresión antes de hablar.

-La respuesta es "No, no lo has hecho."

-Loki… -el joven Stark le abrazó con fuerza. El ojiverde bien podía ser el hielo inclemente que castigaba de la misma forma en que se convertí en un rayo de sol que aliviaba sus penas.

-¿Qué sucede?

-Nada… todo está mejor ahora –Anthony se separó con una sonrisa, envolviendo de vuelta aquel trozo de frutas que acarició- Gracias, milord.

-Petya espera, te veré después, he prometido a Rack ayudarle.

-Envía mis más humildes saludos a los Señores del Bosque.

Tras una marea de plumas negras, el hechicero desapareció de la cima, dejando al príncipe descender hasta la falda de la montaña. Petya esperaba ansioso, ayudándole a bajar los últimos tramos y recibiendo en recompensa un trozo de pan de frutas que comió más que gustoso sin preguntar de dónde había provenido. Regresaron al fuerte entre charlas superficiales, el chico quedándose con los caballos a los que cepilló y dio de comer mientras que Anthony decidió darse un buen baño luego de aquel esfuerzo de subir a la montaña. Se quedó prácticamente dormido en la gruesa tina dentro de los baños termales hasta que el adolescente entró corriendo a despertarle con el rostro pálido.

-¡ALTEZA! ¡ALTEZA! ¡ALTEZAA!

-¡Petya! ¿Qué…? –agua cayó de la tina al despertar tan bruscamente- ¿Por qué tanto grito?

-¡Atacaron al Clan Laang! ¡Atacaron al Clan Whoberi!

-¿Cómo? ¿Ambos flancos?

-Los cuervos llegaron con los mensajes, mi señor, es horrible, fuego negro derrumbó las barracas vigías de los Laang. Muchos Lobos de Hierro han muerto.

-Por Gaia…

-Y los Cuatro Grandes están en Whoberi.

-Petya, rápido, mis ropas y mi armadura. Tenemos que irnos.

-Pero… la reina…

-¡No voy a dejarlos solos! –rugió el castaño, azotando un puño en el agua.

Ordenando al Clan Zartulian la vigilancia de aquella parte del Norte con mensajes al resto de las familias, el Príncipe Stark salió a toda prisa con Petya hacia los Páramos de los Ancestros en una de las cabalgatas más furiosas que pudiera hacer en su vida, tomando un camino secreto que nadie más conocía, enseñado por el propio Loki cuando él era un niño. Lamentó hacer al hechicero a un lado pero no podía exponerlo a un desastre mayor. Su ruta era una senda bajo tierra, por laberintos de grutas con gruesas raíces confundiendo al viajero no experto, así podía ahorrar tiempo y buscar a su hermano Aldair que si bien recordaba estaba con Rhodey y su familia, sería el más cercano para enfrentar a los Cuatro Grandes. Malle estaba en Drax, bastante cerca de los Laang. El problema estaba en que La Garra estaba descuidada, cosa que tenía que impedir. Bajaron todavía más por las grutas, los laberintos se volvieron por completo de roca oscura, teniendo que encender las antorchas previamente empacadas.

-Escúchame bien, Petya, toma ese camino a tu derecha, siempre toma el camino a la derecha. No te detengas por nada ni te distraigas, ¿entendido?

-¿Alteza?

-Debes ir con Lord Quill, dile que alcance a mi hermano en las fronteras de La Garra, no deben pasar más fuerzas del Sur o estaremos perdidos.

-¡Sí, mi señor! ¿A dónde irás?

-Con los Whoberi, los Cuatro Grandes son demasiado para Lady Gamora.

El chico alcanzó una mano de Anthony antes de que sus caballos se separaran.

-Por favor, milord, cuídese.

-Volveremos a vernos, Petya. Es una promesa. Ahora, vete, vete ya.

Petya asintió, tomado las riendas de su caballo que azuzó golpeando sus costados, emprendiendo una carrera saltando obstáculos de piedra con la antorcha a veces a punto de extinguir su fuego por lo rápido que iba sobre el frisón, con los ojos siempre atentos a las desviaciones del camino, siguiendo el tramo a la derecha como lo había ordenado el príncipe. Encontró cuevas tan oscuras como silenciosas que su respiración junto con la del caballo se escuchaban con eco por aquellas duras paredes pero no se permitió ceder al temor, tenía una misión de vida o muerte e iba a cumplirla, apretando sus riendas para continuar. Cabalgando de esa manera no pudo atinar al tiempo que empleó para salir. Habían salido de Zartulian en la tarde, para cuando vio una luz al final de un estrecho túnel húmedo se dio cuenta que era mediodía, con el corazón latiéndole a mil por hora al ver las tierras del Clan Quill frente a sus ojos al saltar de su agujero hacia una vereda apenas visible entre colinas.

Ajeno al cansancio o el hambre, el chico llegó a la fortaleza de Lord Quill quien le escuchó con prontitud, atendiendo a la petición de Anthony sobre ir hacia La Garra. Los cuernos sonaron todos al mismo tiempo en un llamado para la guerra, frisones protegidos con sus armaduras igual que sus jinetes formaron una línea gruesa con los banderines ondeando al viento, saliendo de la fortaleza a toda carrera hacia el paso que unía el Norte con el Sur. El menor de los hijos de la Reina Malle no había fallado en sus suposiciones, pues Pete Quill vio a lo lejos las armaduras brillantes de la Legión de los Cielos cruzando los últimos pantanos de La Garra, liderados nada menos que por el Señor del Martillo. Los dos ejércitos comenzaron a desplegarse, los Sureños tratando de avanzar por entre los Páramos de los Ancestros y los Norteños impidiéndoles el paso. Cientos de Claymore se alzaron al cielo como agujas igual que escudos vinieron a su encuentro en un choque furioso entre jinetes.

-¡A la derecha! –ordenó con un rugido Dzor Odinson.

Su martillo fue liberado de su cadena comenzando a girar en el aire, golpeando a media docena de Lobos de Hierro que estorbaban el paso a su avanzada. El hueco le dejó cabalgar tierra adentro, ya pisando los Páramos de los Ancestros con un sol que comenzaba a inclinarse hacia el horizonte. Más guerreros del Norte formaron dos líneas que les cerraron el paso. Los escudos bailaron en el aire, llevándose consigo algunas Claymore mientras que el martillo levantó una marea de tierra y escombros que perturbaron a los frisones, perdiendo a sus jinetes ante un golpe de aquella arma que cortó más de un brazo o pierna con ese lado de hoja filosa, rompiendo huesos con el lado romo y pesado. El Gran Duque siguió adelante, abriendo paso a los suyos conforme se adentraba imparable por aquellos páramos. Lord Quill estaba demasiado ocupado con los caballeros del Sur para detenerle. Nuevos cuernos se dejaron escuchar, otros Lobos de Hierro llegando directamente del lado norte, el Clan Rhodrark que Aldair Stark comandaba.

Tanto el Príncipe Heredero como el Señor del Martillo intercambiaron una desafiante mirada en cuanto estuvieron lo suficientemente cerca para verse. Lobezna se irguió en el aire, resplandeciendo con los rayos de un sol vespertino, desafiando al martillo que ondeó a gran velocidad, buscándole. Hubo un segundo choque de caballos, siendo los frisones de los Rhodrark los que tumbaron a los corceles del Sur por ser animales fieros y entrenados para batallas así, lanzando coces como mordiendo a los caballeros cercanos. Aldair se agachó a tiempo, evadiendo el corte en arco del martillo cuya cadena su Claymore cortó, inutilizando ese truco. Dzor rugió, tomando su martillo de su mango para chocarlo contra el escudo del Príncipe Heredero que se rompió en dos por el fuerte impacto, correspondiendo con un corte limpio de su mandoble que descubrió un hombro del Señor del Martillo. Éste se miró su hombro con un corte profundo, asombrado por unos segundos antes de estamparle un golpe a un costado de Aldair.

Los dos combatientes se enfrascaron en una pelea igual, con sus caballos girando alrededor de un círculo que iba haciéndose cada vez más estrecho. Las armas se enredaron como sus brazos, intercambiando maldiciones por ambas partes en un forcejeo salvaje que sus caballos imitaron. El corcel del Gran Duque dio un brinco que lo enredó con la montura del frisón del Príncipe Heredero, mientras sus jinetes bloqueaban el arma contraria, usando dagas y puños como segundo apoyo sin percatarse de que iban alejándose del campo de batalla cuando sus animales empezaron a desesperarse al no poder zafarse, hiriéndose por los jaloneos y embestidas mutuas que se daban con tal de liberarse. Lord Rhodrark alcanzó a ver aquello, derribando a sus rivales del Sur para abrirse paso hacia su señor e ir en su auxilio porque la cabalgata de ambos caballos cobró una velocidad peligrosa, perdiéndose hacia lo que era el inicio del Bosque Sagrado.

-¡ALDAIR! ¡Maldita sea!

Ni Dzor ni Aldair cedían, con sus armaduras ya maltrechas, heridas que sangraban profusamente. Los caballos subieron por una cuesta que torció hacia el camino que llevaba hacia otra colina más alta pero que conectaba ya con la punta de la cadena occidental de montañas nevadas pegadas al Bosque Sagrado. Árboles comenzaron a estorbar la frenética carrera de los caballos que al pelear por la dirección a seguir terminaron avanzando más adelante entre rocas y troncos caídos con sangre bañando sus cuerpos como de sus jinetes. Un tercer guerrero ya les alcanzaba a toda velocidad con su Claymore lista para lanzarla en el momento en que el Príncipe Heredero se separara lo suficiente del Gran Duque, para separar a los caballos a costa de la vida del corcel del Sureño, no existía otra manera, estaban ya demasiado atorados en sus amarres para otra solución porque estaban subiendo peligrosamente hacia uno de los barrancos.

El martillo cayó sobre un hombro de Aldair quien apenas si se pudo mover lo suficiente para que el daño no fuese fatal, gritando de rabia por el dolor antes de alzar su mandoble y hacer un corte a la mano atrevida. Los caballos torcieron a una vereda traicionera, más adelante ya no se veía camino, el paisaje se cortaba abruptamente. Un precipicio. Lord Rhodrark contuvo la respiración, pensando rápidamente. Silbó con fuerza, llamando al frisón del Príncipe Heredero quien pudo escuchar el llamado a pesar de su aprehensión, deteniéndose de golpe, enterrando sus cuatro patas en el suelo justo cuando Dzor pretendió herir una pierna de Aldair, cuya mano que sostenía a Lobezna alcanzó a cortarle un tobillo justo cuando otro mandoble pasó por en medio, rompiendo las hojas de armadura que protegían la pierna del Señor del Martillo, cortando la unión entre el cuerpo y la pata de su corcel. La cabeza de éste salió volando al haberse girando en ese momento.

Pero su cuerpo no reconoció al acto aquella pérdida, siguiendo por instinto la carrera ahora separado del frisón, siguiendo solo hacia el precipicio que al fin notó el Gran Duque sin poder hacer nada más que aferrarse a sus riendas cuando el animal decapitado resbaló por la orilla, cayendo a gran velocidad por ese barranco de mortales metros de altura con la punta de los árboles del Bosque Sagrado esperándole cual falanges ansiosas de enterrarse en sus cuerpos. Aldair jadeó, sosteniéndose un costado sangrante, escuchando el espantoso sonido de huesos romperse al contacto violento con rocas o puntas de gruesa madera, no supo decirlo. Lord Rhodrark llegó a su lado, rasgando su capa, vendando aquellas heridas más graves como las de su frisón, tomando sus riendas para llevarle de vuelta hacia los Páramos de los Ancestros.

El día moría en el horizonte con un cielo rojizo como aquel campo de batalla. Lord Quill sacaba su Claymore del último Sureño vivo, jadeando pesadamente viendo alrededor. Habían perdido a pocos, pero de todas maneras sus muertes eran dolorosas. Sus ojos buscaron ansiosos hacia el norte, corriendo al ver aparecer dos jinetes a paso tranquilo, llamando a Lobos de Hierro para escoltar y proteger al Príncipe Heredero cuya fortaleza todavía poseía suficiente energía.

-¡Aldair! –Pete le miró preocupado- Hay que atender esas heridas.

-¿Cómo fue que terminaste aquí? –preguntó el Príncipe Heredero.

-… el joven Petya vino a avisarme.

-¿Petya? –Aldair frunció su ceño- ¿Dónde está ahora?

-Fue con tu hermano, a Whoberi.

-¡¿Qué?! ¿Cómo llegó Anthony a Whoberi?

Lord Quill desconocía que el menor de los príncipes había sido enviado a Zartulian, cosa que su hermano mayor le aclaró, respirando agitado como confundido.

-Anthony… Pete, por favor, ve con él.

-Protegeré a tu hermano, tienes mi palabra. Rhodey, llévatelo ya.

-Alteza.

-¡LOBOS DE HIERRO! –llamó a gritos Pete- ¡AÚN NO DESCANSEN! ¡EL CLAN WHOBERI NOS NECESITA! ¡EL PRÍNCIPE ANTHONY NOS NECESITA! ¡AQUELLOS QUE PUEDEN SEGUIR PELEANDO TOMEN SUS CABALLOS!

-¡JAMÁS NOS RENDIREMOS! ¡JAMÁS NOS RENDIREMOS!