TROLOLOLOLOL
(
El Pegasus plateado)

–Ah, miren. Es Ginga.

Los apacibles komenses recibieron al regresante con pocos aspavientos, mínima atención y nada de sorpresa: después de todo, el robo de L-Draco tenía poca importancia, era asunto de los Hagane y, francamente, el aislamiento y falta de curiosidad había generado en los komenses una especie de indolencia respecto al resto del universo.

Como Ginga había salido al mundo exterior, naturalmente, estaba algo contaminado de esa detestable otredad. Ugh.

Al único que no parecía importarle mucho era a su mejor de los mejores amigos, Hyoma, que al enterarse del regreso de Ginga decidió vigilar los bosques circundantes por una extraña intuición... sin esperar siquiera a saludarlo, o que el consejo de aldeanos emitiera un veredicto respecto a si Ginga era un extranjero o no.

Así pues, Ginga volvió a macerarse en su depresión, en su casa (que Enata aseaba distraídamente para ocuparse en algo), sin más interlocutor que Hoikuto, el perro que hablaba pero no era tan sabio como Filú, el otro perro que hablaba. Afortunadamente, no era tan cobarde como Scooby Doo, que a todas luces habla; pero tampoco era ni la décima parte de lo interesante que era Snoopy, a pesar de que Snoopy no hable; ni la diezmilésima parte de lo adorable que era Doug, otro perro parlante de tantos.

Sin fijarse en las limitaciones de su amigo perruno, Ginga le expuso su situación e impresiones desapasionadamente. A Hoikuto no le agradaba la perspectiva de que Ginga hubiera regresado tan inmediatamente, en vez de luchar hasta la muerte para recuperar a L-Draco. Implicaba una nenitez tan increíble que haría necesario retirarle no sólo su ciudadanía komense, sino el protagónico en la serie y sus tarjetas de cliente frecuente.

Y la banda sobre su nariz.

–... y entonces llegué a la conclusión de que, si hay alguna posibilidad de volverme más fuerte, la respuesta debe estar aquí –finalizó Ginga. Enata bostezó. Hoikuto enarboló su expresión más circunspecta.

–Quizá haya forma de que lo logres, Ginga –carraspeó–. Cuenta la leyenda que en la montaña sagrada hay un pergamino sagrado de un yoluchador...

–¿Sagrado?

–No, legendario. Como te decía... probablemente encuentres ahí la respuesta que buscas.

La ventana se abrió de improviso, cuando sopló una misteriosa ráfaga de viento que parecía fluir directamente de la cima de la montaña hacia la sala-comedor de casa de Ginga. Ginga aceptó su destino de subir a la montaña tal cual dictaba el efecto melodramático barato y climáticamente imposible.

Tomando una capa, que no lo protegería de los elementos, Ginga partió rumbo a la montaña. Naturalmente, no llevaba nada de equipaje consigo. A Enata le pareció que era señal de que no debía acompañar a Ginga en ese peregrinaje específico, so pena de peleas con osos y mil tragedias más.

Fue tras tales acontecimientos que por fin, después de mucho caminar, Benkei, Kenta, Kyouya y Madoka llegaron a la aldea Koma, guiados por Hyoma.

Nubes oscuras cubrieron el cielo.

O bueno, no todo, sólo la parte donde estaba el sol. Aun así, la aldea quedó a oscuras, como si fuera de noche. Una voz imperiosa los increpó desde las alturas.

–¡Salgan de aquí!

Naturalmente, no hicieron caso de dicha indicación. Benkei les había informado que era de mala suerte obedecer voces místicas que vengan del cielo (aunque Kyouya no creía en esas supersticiones, no le daba la gana obedecer a nadie). Así pues, se apanicaron por largos diez segundos, hasta que Hyoma consideró dramáticamente apropiado intervenir.

–Déjalos en paz, Hoikuto.

Y así fue que Benkei, Kenta, Kyouya y Madoka conocieron a Hoikuto, el perro que hablaba, y todos fueron felices para siempre.

A la larga.

Se supone.

Por el momento, Hoikuto se limitó a informarles sobre la peregrinación de Ginga, a la cual no podían acompañarlo. Tercamente insistieron en intentarlo, sin siquiera amarrarse una tela vieja como capa de viaje.

–¡La Tierra Sagrada es zona VIP! ¡Ni siquiera los habitantes de esta aldea pueden entrar así nada más!

–Pero Hoikuto, no son malas personas –intercedió Hyoma blandamente.

–Ser buena persona no sirve de mucho.

–¡Pero ya llegamos hasta aquí! –clamó Kenta con determinación.

–Llegar a un lugar determinado no implica que puedas llegar a todas partes.


Ginga subió penosamente por la Montaña Sagrada. Estuvo a punto de morir varias veces, y es un milagro digno de mención que una persona de su edad, complexión y estado hubiera podido escalar una montaña de esa altura sin ayuda y sin más equipo que un yoyo súperpoderoso y su cosmos.

Pero el relato de dichas experiencias alargaría y añadiría un dramatismo innecesario en esta verdadera historia. Baste decir que Ginga subió hasta la cumbre de la Montaña Sagrada, entró en la cueva donde estaba el pergamino místico, y se dispuso a leerlo.

La letra era de su padre, y el mensaje, en resumidas cuentas, era que no se diera por vencido porque "¡Esfuerzo, amistad, victoria!". La falta de oxígeno hizo que Ginga alucinara que estaba teniendo una conversación real con su padre, y le impidió montar en santa y comprensible cólera por el hecho de que su padre y su perro parlante hubieran conspirado para enviarlo a una muerte casi segura, a cambio de un discurso motivacional barato que, para el caso, podrían haber escondido en la comodidad de su casa, o algún otro sitio igualmente conveniente.

Así pues, con posible daño cerebral y muscular, Ginga inició el descenso, rebosante de dicha.


Mi querido Enata,

Tarde o temprano, tu banda de alegres yoluchadores se separará. Y si se reúnen, volverán a separarse después. Tal es la naturaleza de los endebles lazos humanos. Si el solitario del grupo se convierte en el separatista del grupo, ya volverá. Si todos toman caminos separados, ya volverán. Pero bajo ningún motivo puedes dejar que el de las ideas shonenjumpescas ("¡Esfuerzo, amistad, victoria!") sea el desertor. Si lo intenta, persíguelo (o ayuda a sus compañeros a perseguirlo) hasta el fin del mundo y de regreso.

(A menos que quiera iniciar una "maravillosa" vida bajo del mar. Es un lugar terrible y los delfines se los comerán a todos, si tienen suerte).


Hoikuto estaba a mitad de otra perentoria negativa cuando vio que estaban frente a la puerta que conducía al camino que llevaba a la Montaña Sagrada. Benkei pasó por una especie de déjà-senti, pero no le dio la importancia debida. Hoikuto le dio más importancia de la necesaria al extraño giro de los acontecimientos, y determinó que, seguramente, eso indicaba que eran aptos para intentar abrir la puerta.

Naturalmente, debían intentar abrirla con sus yoblades. Era lo que indicaba la tradición. Pero Kyouya no creía en supercherías, así que le pidió a Benkei que embistiera la puerta.

La puerta se abrió. Hyoma estaba ligeramente atónito por el sacrilegio. Hoikuto lo atribuyó a un símil con el corte del nudo gorgiano, y observó a los extraños amigos de Ginga entrar al lugar sagrado.

No tardaron mucho en encontrar al iluminado Ginga, que había decidido deslizarse montaña abajo.

Y todos fueron felices para siempre.

Mucho después de ese día.