Y en los albores de la tempestad vuelvo a vosotros... y os hago entrega de una nueva actualización (Gandal ft. Zeta)
Que ya estoy aquí otra vez y que, tranquilos, que las subidas a partir de ahora serán más seguidas (puede que se deba al hecho de que tengo el siguiente fic a medias y puede que no espere hasta navidades para comenzar a subirle... "noticias frescas, noticias breves")
Enjoy!
Mallorca
A Clarice le costó acostumbrarse a los horarios de su nueva vida. Todas las comidas en España se realizaban mucho más tarde que en Estados Unidos. Durante las primeras semanas Hannibal no tuvo inconveniente en ceder ante Clarice y continuar con su horario americano; pero tras medio mes en la isla, pensó que había llegado el momento de ir introduciendo a Clarice en las costumbres españolas. Comenzó retrasando poco a poco las horas de las comidas, sin prisas, para que Clarice se habituara sin problemas. Un mes más tarde, la chica disfrutaba enormemente cenando a la luz de la luna pasadas las diez de la noche.
Su vida en Mallorca, como Gabriella Dyers, era perfecta; sin preocupaciones, sin obligaciones. Tan solo tenía que sentarse y disfrutar de ver pasar día tras día. Las escapadas por la isla eran cada vez más numerosas y Hannibal tuvo deseos de confesarla su último crimen cuando pasaron con el Bentley cerca del acantilado por el que "cayó" Jimena. Después pensó que sería mejor que Clarice desconociera ese dato; no estaba seguro de cómo caería la noticia
El verano llegaba a su fin y los numerosos veraneantes fueron dejando, poco a poco, la isla. Cada día, Clarice veía, desde una de las terrazas del piso superior, como las casas cercanas iban quedando deshabitadas hasta el verano siguiente; hasta que estuvieron solos en aquella zona del pueblo. Las temperaturas eran aun altas, pero cada vez había más días nublados y lluviosos. Los árboles habían comenzado a cambiar su tonalidad y de pronto, la isla parecía otra.
Burdeos
Dominique entró con paso triunfal en la mansión y caminó por la galería con paso arrogante y la cabeza bien alta. Tras él, un más que cansado Ivan, trataba de llevar el mismo ritmo que su colega; cuando a mitad del pasillo cayó en la cuenta de la ventaja que le sacaba, apresuró su paso para entrar con él al gran salón. Las buenas noticias que llegaban debían ser entregadas por las dos personas que lo habían hecho posible.
—¿Y bien? —preguntó Adrien cuando por fin vio a los dos hombres. En su mano izquierda, firmemente sujeto, un vaso de whisky amenazó con verterse sobre la alfombra. Cuando Natalya escuchó la voz de su hermano, se giró y salió corriendo al encuentro de su joven amante.
—¡Ivan, mi amor! —exclamó al caer entre sus brazos. Adrien observó la escena asqueado.
—Me gustaría recordarte, querida hermana, que estás casada. No creo que a Pierre le entusiasmara conocer tu escarceo con este imberbe.
—Déjame, Adrien —respondió besando la cara del chico—. Pierre es un viejo aburrido que solo me quiere para exhibirme ante sus amigos.
—Él se encarga de los paseos y los lujos y yo —dijo Ivan azotando suavemente el trasero de Natalya—, de la carne.
—Procuraré recordar eso —se giró hacia el tercer hombre y encaró las cejas—. Dime, Dominique, te veo muy emocionado.
—Están localizados, señor —anunció Dominique sonriendo.
—Después de casi dos meses, creo que debería decir que ya era hora —respondió Adrien sin inmutarse. Dominique frunció el ceño y carraspeó.
—Disculpe, señor, ¿ha estado alguna vez en Mallorca? —preguntó juntando las manos en la espalda.
—No, no ha estado —respondió Natalya sin dejar de abrazar al joven—. Adrien no ha salido de Francia en su vida.
—Natalya ... —el hombre mandó un primer aviso a su hermana quién respondió con una arrogante carcajada.
—Debería de saber, señor —continuó Dominique—, que Mallorca no es como su jardín. Sin unas coordenadas concretas, encontrar a una persona es un tanto complicado.
—Bueno, ya está —respondió Adrien alzando las manos a modo de derrota—. Contad.
—El cabrón tiene una casa bonita —se adelantó Ivan. Antes de que Adrien pudiera dejar en evidencia al chico, Dominique tomó las riendas de la conversación.
—Cómo bien sospecharon, Lecter acudió en busca de la chica a Washington. Después de eso —miró a su compañero y este agachó la cabeza—, casi perdemos el rastro del doctor en el aeropuerto —Adrien movió con indiferencia los hielos dentro del vaso sin apartar su cansada mirada del hombre—; pensamos que viajarían juntos y eso nos distrajo.
—Dimos aviso a nuestro contacto aquí en Europa y envió a un par de hombres a vigilar los aeropuertos de París y de Barcelona —soltó una pueril carcajada y agarrando a Natalya por la cintura se lamió los labios—. ¿Saben que pasaron un día entero metidos en una habitación de hotel?
—Ivan, me es indiferente que se pasaran sus horas libres follando —respondió Adrien con total pasividad—. Lo que me interesa es saber su localización exacta.
—Eso lo tenemos, señor —respondió Dominique acercando un papel al hombre. Adrien leyó con atención los datos apuntados y se guardó la nota en el bolsillo del pantalón.
—¿Sabes Ivan? Quizás no haya sido tan malo que hayas sacado ese tema del doctor y su joven juguete —los otros tres le miraron con atención mientras se encendía un cigarro—. Es posible que hayamos encontrado la debilidad del doctor Hannibal Lecter.
—¿Esa chica? —preguntó Natalya sorprendida—. No es más que una niña, Adrien.
—Natalya, ¿tú has visto a esa "niña"? Te aseguro que podría ser la debilidad de cualquier hombre —respondió Ivan con descaro. Ella le miró indignada e hizo ademán de abofetearle. Su hermano la llamó la atención antes de que hiciera nada.
—Tal vez podríamos hacer sufrir un poco a Lecter antes de matarlo. De la misma manera que jugó con padre...
—¡Y esa pequeña zorra será nuestra diversión! —exclamó Natalya emocionada. Su hermano asintió con los ojos cerrados.
—Parece que el inepto de tu jovencito nos hizo un favor al joder nuestro plan de matar a Clarice Starling. Si hubiera estado muerta, no habríamos conseguido a Lecter. Esto está saliendo mucho mejor de lo que jamás hubiera pensado.
—¿Cuales son sus órdenes, señor? —preguntó Dominique.
—Vamos a preparar todo lo necesario para hacer un viajecito a Mallorca —respondió tras dar un sorbo a su bebida—. Tendremos que dar a esa parejita el primer aviso.
—¿Algún muerto? —Ivan estaba ansioso por recibir una orden directa y trataba de buscar las mejores ideas; aunque no tuviera suerte en ello.
—No quiero a nadie muerto por ahora, ¿entendido? Si vosotros o alguno de vuestros hombres termina con ellos, me ocuparé de que no vuelva a ver la luz del sol.
—Sí, señor —respondió Dominique hundiendo sus manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Hannibal Lecter es nuestro, Adrien —recordó Natalya acercándo se a su hermano—. Nuestra venganza es con él. ¿Qué tiene de malo que los chicos se diviertan un poco con la pequeña zorra?
—Bueno —pensó—, tal vez podamos permitir que sean ellos los encargados de entretenerse con ella —alzó un dedo en señal de aviso—; pero cómo y cuándo nosotros digamos, ¿entendido? No quiero que ninguno de los dos muera en Mallorca antes de tiempo. No sin mi señal.
—Solo un aviso, señor.
—¡Tú, semental! —dijo Adrien señalando a Ivan. Este levanto la cabeza y dedicó una mirada de arrogancia al hombre—. ¿Te ha quedado claro? ¿Has oído bien todo lo que hemos dicho?
—Ningún muerto —Adrien avanzó hacia él tomando un cortaplumas de la mesa.
—Como se te ocurra joderla otra vez —dijo mostrando el objeto de oro—; me ocuparé de que mi hermana se quede sin su consolador, ¿me has entendido? —bajó el cortaplumas a la entrepierna del chico y este asintió tragando saliva.
—Captado, señor.
—Buen chico —sonrió Adrien dando unos pequeños golpecitos en la mejilla de Ivan. Este retiró la cabeza y el hombre soltó una sonora carcajada—. Bien, Dominique. Habla con "El Galo" y di que prepare su mejor "juguete".
—¿El mejor, señor? Creí que solo quería dar un aviso.
—Y así es, Dominique; pero, ¿no crees que un aviso queda más elegante cuando se da en condiciones? No es lo mismo recibir una noticia en un simple y vulgar sobre blanco que recibirla dentro de un paquete de vistosos colores y un lazo enorme, ¿a que no?
—El mejor de sus "juguetes", señor —sonrió
—Después del susto y antes de que se hayan repuesto; entraréis.
—Entendido —respondió Dominique girando sobre sus talones y encaminándose al pasillo—. ¡Ivan! —el chico siguió a su compañero en silencio.
—¡Dominique! —gritó Adrien cuando ambos llegaban a la mitad de la galería—. ¡Los quiero a los dos vivos!
Mallorca
Clarice sonrió al notar cómo el colchón se hundía bajo el peso de Hannibal. Enterró su cara bajo la almohada y esperó con impaciencia a que él tratara de despertarla. A Hannibal le volvía loco aquel juego; ella lo sabía y se lo ofrecía cada vez que se presentaba la ocasión. El doctor avanzaba por el colchón despacio, como un depredador al acecho de su presa; a cada centímetro que avanzaba, Clarice se ponía más nerviosa y crecían sus deseos de tenerle junto a ella. Suspiró pesadamente para hacerle creer que seguía dormida y esperó a que él diera el siguiente paso.
—¿Duerme mi guerrera? —ronroneó destapando el cuerpo de Clarice—. Mmm, Bonita sorpresa —susurró al descubrir bajo la sábana el cuerpo desnudo de su joven amante.
Clarice se mordió el labio inferior para evitar poner al descubierto su tapadera . Hannibal comenzó a ascender a gatas hacia ella; depositando pequeños besos a lo largo de sus piernas
—Es una pena que estés dormida —susurró contra su piel—, hace un día maravilloso y, es posible, que sea el último para poder disfrutar de la piscina —los besos del doctor la estaban matando y comenzó a notar un suave cosquilleo por todo el cuerpo. Cambió de posición quedando de lado y Hannibal aprovechó para tumbarla boca arriba; ya no podía disimular más—. ¡Oh, vaya! —susurró en tono fingido—. Estabas despierta y me has engañado.
—Me has despertado —mintió ella estirándose. Alargó los brazos reclamando lo que era suyo y con una sonrisa, Hannibal terminó su recorrido hasta llegar a ella.
—Buenos días, Clarice —sonrió contra sus labios. Clarice se las había apañado para enredar sus piernas en el cuerpo de Hannibal sujetándolo con fuerza.
—Buenos días, doctor —respondió colgándose de su cuello para profundizar el beso—. ¿Hace tan buen día como dices?
—Creía haberte oído decir que estabas dormida —susurró echando todo el peso de su cuerpo sobre ella—. Eres una tramposa.
—No lo soy... —ronroneó sensualmente contra su cuello.
—¿Sabes lo que las pasa a las tramposas? —Clarice negó en silencio y Hannibal se lanzó hacia su cuello para succionarlo con pasión—. Esa es tu marca de tramposa —sonrió.
—¿Mi letra escarlata? —Hannibal se separó de ella y la miró con una ceja alzada.
—¿Letra escarlata, Clarice? ¿Hay algo que yo no sepa? —la chica echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reírse ante la atenta mirada del doctor—. ¿Además de tramposa has sido una chica mala? ¿Uhm? —Hannibal ya conocía demasiado bien los puntos débiles de Clarice y no dudó en atacarlos. La chica chilló entre carcajadas cuando el doctor llevó los dedos a su costado. Amaba su risa con una intensidad tan profunda que cuando ella se enfadaba, creía perder una parte importante de su felicidad.
—¡Hannibal! ¡Para! —gritó tratando de coger las manos del doctor.
—No hasta que no me digas si has sido una chica mala —respondió él en tono sugerente.
—Por favor... por favor... —suplicó entre risas. Hannibal cesó en su labor y Clarice fue calmándose. Cuando su respiración volvió a la normalidad, se abrazó al cuello del doctor y le miró con ternura—. Jamás sería una chica mala con otro, Hannibal —dijo acercándole a ella—. Te quiero.
—No uses nunca el jamás; no sabes qué pasará mañana —Clarice le miró ofendida.
—¿Cómo que no use el jamás? Hago uso de él porque sé que pasará mañana, y pasado, y al otro, y dentro de un mes... y dentro de diez años.
—Me alegro que tengas todo tan decidido —respondió riendo. Clarice le apartó de encima y se sentó. Hannibal se quedó a cuatro patas frente a ella.
—¿Tú no lo tienes claro? —preguntó con cierto tono de miedo—. ¿No sabes cómo quieres verte en diez años?
—Quiero y me veo a tu lado, Clarice; pero prefiero vivir este momento que no soñando con lo que será el día de mañana.
—Creía que...
—¿No querría pasar el resto de mis días contigo? —avanzó en la misma postura hasta tener a Clarice bloqueada contra el cabecero de la cama y la besó—. ¿Qué hombre no desearía tenerte a su lado toda la vida?
Casi dos meses después de su fuga, la búsqueda de Clarice Starling se había extendido de punta a punta de los Estados Unidos y el FBI ya trabajaba en varias regiones de Canadá y América del Sur; las hipótesis de que la joven agente estuviera secuestra o, incluso, muerta, comenzaban a hacerse un hueco en los medios de comunicación. El coche patrulla fue encontrado cinco días después de que lo dejaran abandonado en una, casi, deshabitada urbanización de Annandale; el cadáver del agente Martin en el maletero y el confuso testimonio del agente Mitch hacían que el caso fuera cada vez más difícil de seguir. El veterano agente había relatado como alguien se había abalanzado sobre él y le había clavado algo en el cuello; no recordaba si el agresor era hombre o mujer. Los restos del narcótico hallados en el organismo del agente tampoco revelaron datos de interés; se trataba de un producto que podía encontrarse con facilidad en cualquier rincón del país; nada que no se pudiera adquirir con una receta falsa.
A pesar del tiempo transcurrido, aun no había salido a la luz el nombre del doctor Lecter como sospechoso; eso, unido a que el FBI había declarado no tener pruebas fehacientes de que Starling hubiera salido del continente americano, hacían respirar tranquilo a Hannibal. Los problemas podrían llegar cuando, agotadas todas las posibilidades dentro de los Estados Unidos, la oficina federal decidiera ceder el caso a la Interpol; si eso llegara a ocurrir, Hannibal sabía que el siguiente nombre en aparecer, tras el de Clarice, sería sin duda el suyo; pero para entonces, ambos podrían estar bien escondidos bajo nuevas identidades y cambios de aspecto. Él era un experto en camuflarse rápidamente si las cosas se ponían feas y Clarice sería una perfecta discípula a quién enseñar todos sus trucos; el tema de la ley no le tenía en absoluto preocupado. En cambio, saber que los hijos de Petras Kolnas podían estar tras su rastro, sí le hacía despertarse en mitad de la noche y mirar con recelo las sombras del dormitorio.
Aquella noche Hannibal se había despertado en torno a las dos; creía haber percibido un extraño ruido en la lejanía. Algo diferente al placentero y tranquilo murmullo de las olas chocando en el acantilado. Trató de no despertar a Clarice, que dormía profundamente a su lado, y salió de la cama casi de puntillas. Caminar por la casa al amparo de la noche era una de las cosas que más gustaba al doctor; escuchando tan solo el sonido de su respiración conforme avanzaba por los pasillos. Había aprendido a desplazarse por la villa sin necesidad de luz; sabía perfectamente en qué punto estaba colocado cada mueble y cada objeto decorativo. Bajó despacio las escaleras estirándose y bostezando y se dirigió a la cocina. Se sobresaltó cuando notó algo rozándole las piernas y dando un pequeño salto encendió la luz para descubrir al intruso.
—Veo que has decidido regresar —sonrió Hannibal mientras se agachaba para acariciar al cachorro de gato blanco que se acercaba a él ronroneando. El pequeño animal había aparecido dos semanas atrás en el porche delantero de la casa y desde entonces se paseaba a todas horas por el jardín, descansando a la sombra de los árboles y persiguiendo juguetonamente pequeños insectos—. ¿Cómo has conseguido entrar? —Hannibal acarició con suavidad la cabeza del cachorro y este se revolvió para mordisquearle los dedos, el doctor le cogió con una sola mano y le puso sobre la mesa—. Veremos si hay algo de comer para ti, ¿de acuerdo?
—Creo que hace demasiado frío para él en la calle —la voz somnolienta de Clarice sonó desde el pasillo. Hannibal dejó un cuenco con leche sobre la mesa y se apoyó en la encimera mirando a Clarice. Su cobrizo pelo estaba ligeramente alborotado y caía sobre sus hombros desnudos. El camisón de seda negro apenas tapaba sus muslos y una de las finas tiras se había deslizado por el brazo dejándola el pecho sutilmente expuesto a la mirada del doctor.
—Ya lo hemos hablado...
—Es tan solo un cachorro, Hannibal, y va a llover —dijo la chica acercándose a él andando casi de puntillas para evitar el frío mármol del suelo. Se abrazó a la cintura del doctor y se movió ligeramente contra su cuerpo mientras le miraba con los ojos muy abiertos y suplicantes—. ¿No te da un poco de pena? —el doctor observó como el pequeño gato terminaba de lamer con ansia el contenido del cuenco sin dejar de gruñir.
—Esta noche, Clarice. Solo esta noche —la chica dio un salto de alegría y regaló un beso al doctor—; pero que se quede en la cocina —Clarice se giró indignada con el gato entre sus manos. El animal bostezó y acurrucándose en los brazos de la chica, se quedó dormido.
—¡Oh, vamos, Hannibal! —murmuró Clarice—. Mírale. Si es como un peluche, no puede hacer nada malo.
—Acostumbrarse a dormir en una cama y colarse cada noche en casa para hacerlo.
—En ese caso —respondió Clarice dando la espalda a Hannibal y saliendo de la cocina—; será mejor que busquemos un nombre, ¿no?
—Clariiice... —el doctor la siguió apagando las luces que la chica había ido encendido a su paso.
—¿Qué te parece "Hanni"? Es pequeño y escurridizo, como tú —sonrió la chica mostrando sus dientes. El doctor Lecter sabía que Clarice era la única persona en el mundo a quién su presencia no intimidaba y la única a la que él tenía cierto temor. Había logrado meterse en la mente de muchas personas, manipulando sin pudor alguno sus frágiles pensamientos y recuerdos; con ella lo había intentado en sus conversaciones de la mazmorra con poco éxito. Sí era cierto que sacó partes de su pasado que hicieron retumbar la memoria de Clarice; pero no pudo avanzar más. Ella era mucho más fuerte de lo que su suspicacia podía ofrecer. Por cada cosa que Clarice aprendía de Hannibal, este aprendía dos de ella. Eso le asustaba y, a la vez, le hacía sentirse regocijado y orgulloso; tenía con él alguien a su altura, alguien que no se amedrentaba ya con sus miradas salvajes, alguien capaz de hacer frente sin miedo a su personalidad más oscura...
Lecter estaba desarmado ante Clarice; eso era algo que había afrontado hacía mucho tiempo. Ella tenía la clave para dejar sin opciones al monstruo.
—No me sentiría demasiado cómodo sabiendo que un gato lleva mi nombre, sinceramente.
—Es un felino. Un pequeño león —matizó Clarice mirando intensamente a Hannibal.
—Hay nombres más apropiados para un animal que uno humano, ¿uhm? —Clarice inclinó a cabeza desde lo alto de la escalera.
—Sno Ball —dijo sin dejar de observar al doctor mientras ascendía los escalones—. De pequeña las comía con mi padre; eran pequeñas y blancas —recordó—; creo que sería el nombre ideal para él —sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia el dormitorio; Hannibal la seguía de cerca. Se había olvidado por completo del motivo que le había hecho salir de la cama. Cuando entró en la habitación vio a Clarice arrodillada frente a una de las butacas depositando con cuidado al pequeño cachorro—. No pensarías que dormiría con nosotros en la cama, ¿verdad? —dijo dedicándole al doctor una sonrisa llena de picardía.
Hannibal miró a la chica desde la puerta del dormitorio y con un paso suave y elegante, como si de un felino se tratase, caminó hacia ella. Contuvo el aliento cuando ella se puso en píe y quedó parada frente a él, esperando su llegada. Sin detenerse, se quitó la camiseta del pijama y la dejó caer al suelo.
—¿Por qué estabas en la cocina, mi amor? ¿Te ha despertado el gato? —preguntó ella en voz baja mientras acariciaba los brazos del doctor. Él miró al frente y sin soltar la mano de Clarice se dirigió a la terraza—. Hannibal...
—¿Escuchas algo extraño? —susurró mirando al firmamento. Clarice ladeó la cabeza y agudizó el oído. El viento soplaba suave entre las ramas de los árboles cercanos, el agua rompía varios metros por debajo de ellos, en la arena de la cala y un grillo cantaba en algún lugar del jardín; por lo demás, todo era normal.
—Hannibal, ¿te encuentras bien? —preguntó con suavidad. El doctor sacudió la cabeza, como saliendo de una especie de trance y suspirando soltó la mano de Clarice y caminó hasta el final de la terraza. Se apoyó en la piedra y contempló las lejanas luces de los pesqueros que flotaban, como pequeñas luciérnagas, en el mar. La mano de Clarice se deslizó por su espalda; él sabía que no estaba tratando de incitarle a nada, estaba consolándolo.
—Me pareció oír algo —confesó—; por eso me levanté de la cama.
—¿Algo como qué? —la curiosidad y el misterio con el que Hannibal estaba llevando el asunto terminaron por picar a Clarice. Apoyándose de la misma manera que él en el pequeño muro, esperó a que el doctor diera una respuesta convincente.
—No lo sé, Clarice. Solo que... era algo diferente. Algo que desentonaba aquí —ella le miró en silencio; no estaba satisfecha con aquello—. Un ruido metálico —dijo al fin Hannibal.
—Sabes que pasan muchos aviones por aquí, cielo —respondió ella tratando de dar solución a lo que fuera que perturbaba la tranquilidad del doctor—. Quizás uno pasó más bajo de lo normal y te despertó —Hannibal sabía que no era un avión lo que había oído; era consciente de qué era lo que le había sacado de la cama, pero no quería aceptarlo—. Ven, volvamos a la cama —dijo Clarice tirando de su mano.
No sabía cuánto tiempo disfrutarían de aquella tranquilidad; su sensor de alerta interno hacía días que había detectado un peligro inminente y lo de aquella noche no era más que otro aviso certero de que deberían ponerse en marcha pronto.
Clarice caminaba directa a la cama y él detuvo sus pasos tirando de su brazo hacia él; sabía que no había mucho tiempo. Sin mediar palabra se deshizo del camisón de la chica y comenzó a besarla con una furia desconocida hasta entonces para ella. Tras la sorpresa inicial, ella se dejó llevar por el entusiasmo de Hannibal y de igual manera que él había hecho con su camisón, le quitó el pantalón del pijama. Clarice comprendía que algo estaba cambiando en su perfecta vida; pero no se atrevió a realizar la pregunta concreta. Fuera lo que fuera, sabía que debía disfrutar de aquella noche, porque era posible que no tuviera otra como aquella en mucho tiempo. Ambos quisieron demostrar al otro que, por muy mal que se presentara el futuro, iban a estar juntos, luchando por recuperar la paz que aun no habían perdido.
Tras una intensa noche rindiéndose ante los placeres del otro, vieron despuntar el alba desde la cama. El cielo tenía un insólito tono rojizo y las nubes se repartían hechas jirones. Para Hannibal aquello no presagiaba nada bueno. Recordó cómo la niñera que había cuidado de Mischa y de él decía que el cielo rojo solo augura terribles sucesos. Las mañanas en las que su familia había sido obligada a huir al refugio de caza y en las que murieron sus padres y su hermana, el sol se había alzado ensangrentado ante sus infantiles ojos.
Clarice respiraba suavemente entre sus brazos y el cachorro ronroneaba en sueños tranquilos cuando Hannibal volvió a escuchar el metálico sonido de la noche pasada. Ahora, con total seguridad de que sus oídos no le traicionaban, se incorporó de golpe en la cama, despertando a Clarice, y se puse en pie.
—Hannibal... —la chica apenas podía tener los ojos abiertos; la luz del sol estaba muy baja aun y entraba de lleno en el dormitorio. Se llevó la mano a la cara y buscó un punto en el que estuviera a salvo de los rayos—. Hannibal, ¿qué ocurre?
—Vístete —ordenó mirando por la ventana antes de coger al somnoliento cachorro y salir del dormitorio.
—¡Hannibal! —Clarice saltó de la cama y corrió tras el doctor. Este bajaba las escaleras a gran velocidad en dirección al gran salón—. ¡Hannibal, para!
—¡Sube al dormitorio y vístete, Clarice! —gritó abriendo la puerta de la terraza. La chica entró a tiempo de ver cómo Hannibal se agachaba y dejaba en el suelo al animal—. Vamos, vete...
—Hannibal, ¿por qué le haces eso? —el cachorro asustado se quedó bajo las piernas del doctor y este no tuvo más remedió que pegar una patada al suelo para que el animal huyera asustado—. ¡Hannibal! —el doctor observó cómo el gato corría hacía los límites de la villa y cerrando la puerta se enfrentó a la chica.
—No tenemos tiempo —musitó entre dientes agarrando la mano de Clarice y arrastrándola hacia el dormitorio.
—¡Para! Me haces daño —se quejó tratando de zafarse del fuerte brazo del doctor.
—No hay tiempo.
—¡¿Tiempo para qué?! —chilló golpeando la mano de Hannibal. Este se detuvo y poniendo las manos en las sienes de Clarice y la perforó con la mirada.
—Están muy cerca, amor. No tenemos tiempo —por primera vez en mucho tiempo, Clarice se sentía intimidada por el estado del doctor. Vio en sus ojos el mismo resplandor que mostraba en el vídeo del ataque a la enfermera que tantas veces había visto con intención de averiguar qué podía estar pasando por la cabeza de Lecter. Sintió pánico; no por estar con él, si no por lo que no sabía y solo podía intuir. Entonces comprendió que aquella feroz mirada no era la de un depredador atacando a su presa; era la de un animal salvaje queriendo escapar de un peligro.
—¿Quienes están cerca, Hannibal? —el la besó fuertemente y la llevó al dormitorio.
—Hay alguien que nos sigue desde hace tiempo —confesó abriendo el armario y buscando su ropa—. Unas semanas después de llegar de Estados Unidos noté que algo no iba bien; pero decidí no hacer caso, pues bien podría tratarse de un caso de neurosis al haber estado sometidos a tanta presión en tan poco tiempo.
—Pero había alguien... —concluyó Clarice abrochándose los pantalones que Hannibal había sacado para ella.
—Una noche, mientras cenábamos vi cómo un hombre nos observaba desde el rompeolas del muelle —relató abotonándose la camisa—. No miraba a nadie más, solo a nosotros; de la misma manera que un estudiante de medicina analiza visualmente una disección.
—¿Quién era? —Hannibal negó mientras alzaba los hombros y se dirigió a la terraza.
—Solo sé que está aquí —en el horizonte, flotando en el cielo, vio brillar algo bajo los rayos del sol. En la distancia no parecía más que una mota de polvo cayendo. Conforme sus ojos se habituaban a la potente luz solar, veía como el objeto se hacía más grande según se acercaba a la costa. Salió a la terraza y pudo escucharlo de manera clara; el sonido metálico de las hélices de un helicóptero acercándose a ellos. Se apresuró a entrar en el dormitorio y Clarice observó confusa sus movimientos.
—¿Estás bien? —preguntó acercándose a él por la espalda. El helicóptero ya era perfectamente visible para ambos y antes de que pudiera reaccionar, el cristal de la terraza estalló en mil pedazos ante sus ojos.
Hannibal se lanzó instintivamente sobre Clarice y ambos cayeron al suelo. A izquierda y derecha tan solo se escuchaba el sonido de los cristales rompiéndose a causa del impacto de balas.
—Hay que salir de aquí —dijo Hannibal aun sobre el cuerpo de Clarice. Fuera, el helicóptero permanecía suspendido a escasos metros del jardín, los árboles se movían fuertemente y el agua de la piscina salpicaba la hierba. Desde el punto de vista del piloto, ambos estaban ocultos por la cama. Los disparos comenzaron a acertar en paredes y muebles y al comprobar que la puerta estaba abierta, Clarice vio una vía de escape.
Voy a puntualizar unas cosas...
1º ¡Qué bonito es Mallorca! (quién no haya ido, que lo haga, que no se arrepentirá)
2º El tema del gato lo incluí porque, cuando estaba escribiendo este capítulo apareció por los alrededores de mi casa un gatito precioso que venía a que le diéramos de comer (Este es un pequeño homenaje a ti, Ñampazampa ;) )
3º El mero hecho de imaginarme a Lecter sólo con pantalón de pijama y a Starling sólo en camisón, me da un calor así por todo el cuerpo que no es normal. ¿A alguien más le ocurre esto? ... Malditos sean los Hopkins, las Moore y las Foster...¡Malditos ellos y su erotismo!
El "capi" 15 dentro de na ;)
