Rebelde

Arthur no supo nunca qué hizo para merecer tal martirio. Merlín, su joya más rara, era también la más difícil. Al principio, él fue cortés y sumiso, como las joyas se suponía que debían ser.

Freya, Sefa y Daegal siempre estaban a su lado, como piezas de un rompecabezas, como fieles cachorros encariñados a su amo. Dónde quiera que Merlín iba, los tres chicos también iban. A diferencia de Isolde, Gwen y Vivian, que parecían regirse en sus propias actividades y reglas.

Pero Merlín era diferente, yendo a dónde Arthur menos se lo esperaba, en los momentos más inesperados.

Estuvo presente en el juicio de un hechicero, observando con la mandíbula apretada a su lado en la almena. Su rostro inexpresivo cuando la madre clamó a Arthur que era igual a su padre, un tirano, y amenazó con tomar lo que más apreciaba, para después desaparecer en medio de una ventisca.

Merlín cambió en ese instante, dando la vuelta para irse, su furia como presagio de tormenta.

El primer comentario vino cuando hablaba con su consejero, Agravaine, sobre el patrullaje en los pueblos aledaños en busca de la hechicera. Esa noche, las joyas descansaban en la sala de estar, mientras Merlín, como una estatua, había estado en la butaca a un lado de la chimenea leyendo un libro de procedencia dudosa.

—¿Culparas a una mujer que habló con el sufrimiento de perder a su único hijo?

Su voz fue regulada, ni siquiera le miró. Arthur frunció el ceño.

—¿Disculpa?

—Ella estaba sufriendo —Merlín repitió, sus ojos yendo a él—. Mataste a su hijo y ella solo quería justicia.

—¿Es justicia amenazar al rey?

—Lo es para ella —Terció la joya—. ¿Sabes acaso quién era ella, al menos?

—Sí —Arthur respondió, sintiendo enojo pero desconcierto—. Una hechicera peligrosa que ha amenazado mi vida. Dos cosas que están prohibidas en este reino.

Merlín pareció triste ante sus palabras, una tristeza profunda que no pudo comprender.

—Ni siquiera te molestaste en preguntar su nombre, ¿cierto? —Dijo—. Es Mary Collins y, con su hijo, atendía la panadería del pueblo. Perdió a su esposo durante La Purga, luchó para tu padre con fidelidad y murió a su servicio. Su hijo tenía apenas dos años cuando sucedió. Era lo único que le quedaba.

El zafiro se levantó de la butaca y caminó hacia la puerta de la sala, dónde se encontraban los demás. Antes de abrirla, se quedó quieto frente a ella.

—Siempre hay una historia, mi rey, detrás de cada rostro que ves. Tú, más que nadie, debes saber que lo que se ve a simple vista no es todo. Nunca juzgar a un libro por su cubierta.

Luego se marchó.

Arthur meditó sus palabras por un momento, preguntándose cómo era que Merlín sabía todo eso de la hechicera y cómo, para ser alguien tan joven, parecía ser tan sabio. Agravaine dejó ir una sonrisa divertida por la confusión de su rey.

—¿No entendiste lo que hizo, verdad alteza? —Dijo con sorna—. Él te ha desafiado. Pero lo ha hecho de una forma tan sutil que no te has dado cuenta. Me temo que tienes una joya rebelde, mi señor.

Arthur comprendió, desde ese día en que Agravaine pareció disfrutar del espectáculo, que Merlín apenas estaba comenzando.

También, por un microsegundo, entendió que él iba a poner todo su mundo de cabeza.