Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-samao, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Personajes: Rusia, El General Winter, México, Belarus, Ucrania, España, Inglaterra, Francia entre otros.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic contiene YAOI, UA (Universo Alterno), humor, Lemon, mpreg, fantasía y lo que se me vaya ocurriendo, kesesesese.
Originalmente este era un fic en conjunto con Hatake Saori del anime Naruto, pero ya que Saori no ha dado señales de vida, y no sé como continuarlo con Naruto he decidido adaptarlo a Hetalia.
A partir del capítulo 12, es 100% mi idea.
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El jardín de la noche
Capítulo 15.- La familia alquimista
—Kabul, hemos regresado —Itzamma sintió que la sangre se le helaba y una gran furia se apoderaba de él; ahí, en la entrada de la tienda se encontraba un hombre joven de piel de cobre, usaba ropas de colores vivos.
—Tú…
Itzamma se levantó de golpe para encarar al recién llegado que era un par de centímetros más alto y unos años mayor que él.
—Hace tiempo que no nos vemos, ¿y es así como me saludas, mocoso? —dijo el hombre cruzándose de brazos y sonriendo con arrogancia. Itzamma entrecerró los ojos y chasqueo la lengua pero no respondió la provocación.
De pronto Kabul y los suyos se sintieron incómodos; esos dos habían creado una atmosfera demasiado pesada, tanto que los mongoles podían imaginar las auras oscuras de ambos y los rayos que salían de sus ojos.
—¿Se conocen? —preguntó Kabul para tratar de romper la tensión. Los dos contrincantes rompieron el contacto visual para posar su atención en el Kan de Merkit.
—Somos primos —respondieron al mismo tiempo antes de volver a su competencia de miradas. Los mogoles dieron un largo suspiro.
Kabul contempló a su amigo y al hombre que conoció pocos meses atrás; dándose cuenta del enorme parecido que ambos tenían; los dos de piel morena, aunque Itzamma era un poco más clara (gracias a la herencia de su madre Antonio), sus ojos también era de una tonalidad diferentes, pero la nariz, la forma del cabello e incluso algunos gestos eran casi idénticos.
—Inti* ¿Qué haces aquí? —dijo Itzamma molesto. Su primo tenía la facilidad de ponerlo de ese modo con su sola presencia.
—Vine con Awki* —respondió secamente, tomando asiento al lado de un mongol quien le tendió un cuenco con leche fermentada que Inti aceptó gustoso.
Nuevamente otro ambiente incómodo. Fue tal la situación que, uno a uno, los mongoles fueron dejando la tienda hasta que sólo quedó Kabul entre los dos primos.
En la yurta* de Ixchel, las cosas eran muy diferentes. La milenaria mujer acababa de reencontrarse con su hermano, Ankuwillka; él era muy parecido a ella, aunque más alto y fornido; tenía un tatuaje alquímico en la mejilla derecha.
—Vaya hermana, no pensé encontrarte tan rápido —dijo Ankuwillka abrazando a Ixchel con cariño, —Los dioses han querido acortarme el camino y se los agradezco —la alquimista lo miró sin comprender, pero no pudo preguntarle pues su hermano observaba a Iván con detenimiento.
—Él es el príncipe Iván, está viajando conmigo y con Itzamma —habló Ixchel. —Príncipe, él es mi hermano mellizo, Ankuwillka, un alquimista al igual que yo.
—Es un placer, alteza —dijo el hombre haciendo una leve inclinación para presentar sus respetos. Iván lo imitó, pero no pronuncio palabra; el recién llegado le intimidaba un poco.
Ankuwillka e Ixchel habían sido entregados por sus padres a un hombre que creían era la reencarnación de un dios; pero resultó ser un alquimista que había atravesado el mar para descubrir más secretos del mundo. Tomó a los dos mellizos como alumnos y les enseñó todo lo que sabía.
Ambos hermanos comenzaron a hablar para ponerse al día; de vez en cuando le contaban a Iván algunas historias de su juventud y sus muchos problemas para llegar a comprender los misterios del mundo.
—¡Tekoli! / ¡Paya!* —los aludidos dieron un pesado suspiro. Evidentemente, sus nietos ya se habían encontrado.
Itzamma e Inti entraron a la yurta violentamente; se les veía agitados y sudorosos.
—¡¿Qué hace él aquí?! —ambos primos se señalaron él uno al otro. Los dos alquimistas mayores volvieron a suspirar pesadamente, definitivamente sus nietos nunca cambiarían.
….
Ya era de noche cuando los primos dejaron de discutir. Iván e Itzamma se encontraban dando un paseo por los alrededores, pues el joven alquimista quería mantenerse lo más lejos posible de Inti.
—¿Por qué Itzamma odia a su primo? —preguntó Iván de repente, pues el moreno se la había pasado refunfuñando en un idioma que el joven príncipe no comprendía.
Itzamma infló las mejillas, se dejó caer en la hierba y soltó todo el aire contenido en sus pulmones.
—Inti es mayor que yo… siempre se burla de mí porque él logró crear su propia piedra filosofal y el elixir de la larga vida mucho antes que yo —Iván se sorprendió, no creía que existiera otra persona a parte de Ixchel que hubiera sido capaz de tal proeza; aunque, recordó al hombre que decía ser el mellizo de la alquimista, lo que significaba que tenía la misma edad que ella.
Iván posó su atención en Itzamma, ¿Cuántos secretos ocultaba su familia y él mismo?
—Pero claro, él me lleva cien años, es normal que lo lograra, digo, si no el pendejo ya estaría muerto—Iván casi se atraganta con su propia saliva, ¡¿cien años?! La intriga comenzó a carcomer al joven príncipe.
—¿Cuántos años tiene Itzamma? —el moreno parpadeo confundido, obviamente no se esperaba esa pregunta, aun así respondió:
—Estoy por cumplir los treinta —dijo sonrojado. Itzamma no se veía mayor a los diecisiete, un año mayor que Iván quien lo miraba incrédulo. El joven alquimista comenzó a reír por la expresión de su amigo. —Descubrí mi leyenda personal cuando tenía dieciocho, a diferencia del tarado de Inti que lo hizo a los veinte –y aun así el muy pendejo se cree mejor que yo–. Mi padre lo hizo a los veinticinco, pero de eso hace más de quietos años y pues… —no supo como terminar la frase, especialmente por la mirada de asombro de Iván que lo hacía sentir un tanto avergonzado.
—¿Antonio es como ustedes? —el alquimista negó con la cabeza.
Aunque Cintéotl le había dado a beber del elixir de la vida (rompiendo las reglas de los alquimistas), no era tanto el tiempo transcurrido, apenas unos cien años.
—¿Itzamma vivirá eternamente? —por alguna razón, Iván sintió una punzada en el corazón. No había podido evitar imaginar envejecer mientras su amigo seguía aparentando la misma edad de cuando lo conoció; pero no era el único que pensaba algo así, Itzamma también y la sola idea de perderlo… le aterraba.
—Tampoco te paces —dijo el alquimista tratando de alejar el escozor de sus ojos. —Claro que no viviré para siempre, nada es eterno —se cruzo de brazos y adoptó una pose seria. —Como mi abuelo siempre dice: todo debe tener un principio y un final, esa es la ley inquebrantable.
Los alquimistas que descubrieron los secretos del mundo, tenían vidas extremadamente largas, pero incluso ellos debían morir en algún momento.
Itzamma contempló el paisaje nocturno, bañado con la precaria luz de la luna menguante y de las estrellas; sonrió, de pronto una ráfaga de alegra le recorría las venas.
—¡Vamos a montar! —dijo con entusiasmo. —No has cabalgado si no te has subido a un caballo mongol.
Un paseo por los alrededores sería una buena forma de distraer a Iván y de paso que Itzamma se olvidara del terrible dolor que se había apoderado de su corazón.
Ixchel, su hermano y el nieto de éste, se encontraban en la yurta de la alquimista; ella acaba de terminar de relatarle la razón por la que viajaban con el príncipe y a donde se dirigían. Ankuwillka escuchó en silencio lo que su melliza le decía, a diferencia de Inti que interrumpía cada vez que algo le cruzaba por la mente. Después, fue Ankuwillka quien le dijo lo que había escuchado sobre las tierras natales de Iván.
Sacha, el hermano mayor de Iván y príncipe heredero había sido traicionado por un miembro de su familia y actualmente se encontraba languideciendo en los calabozos de su padre… o muerto.
—Ese país está completamente devastado —dijo Inti cruzándose de brazos. —El levantamiento que el príncipe heredero encabezo, fue tan devastador que la mayoría de la gente murió y la otra escapó.
Ixchel cerró los ojos conteniendo una mueca de dolor, maldiciéndose a sí misma por ignorar los llamados de auxilio de esa gente que el viento le traía.
—Inti, déjanos —el aludido asintió con la cabeza y salió de la tienda, molestar a su primo le parecía buena ida.
Cuando quedaron solos, Ankuwillka besó la frente de su melliza.
—Se acerca la hora en que el maestro deba dejarnos —esas palabras fueron para Ixchel como una daga en su corazón —, por eso es que te buscaba, él quiere que estemos a su lado cuando sea la hora.
—¿Dónde? —preguntó Ixchel tratando de contener el llanto.
—En casa, dentro de diez lunas —dijo Ankuwillka —. Por alguna razón pensó que Itzamma no querría ir si fuese antes.
Ixchel sonrió con una mezcla de cariño y tristeza, su maestro siempre tuvo a Itzamma como su favorito; desde que nació le cumplía todos y cada uno de sus caprichos, sin importar que tan pequeño o grande fuese.
La alquimista se dirigió al exterior de la yurta; puso sus manos a la altura del pecho, cerró los ojos, el viento acudió a ella. Ixchel dijo unas palabras en su idioma y regresó con su hermano*.
Iván e Itzamma acababan de regresar de su cabalgata; si bien a penas era media noche, el joven alquimista se encontraba exhausto, tantas noches de desvelo y el largo viaje comenzaba a pasarle la factura, pero al moreno no le importaba llevar hasta el punto de desfallecer, sí con eso lograba hacer feliz a su querido príncipe.
Iván dio un pequeño bostezo, tenía sueño y comenzaba a costarle mucho mantener los ojos abiertos.
La imagen de un somnoliento Iván le causó ternura a Itzamma, tuvo el impulso de cargarlo, pero no se atrevió.
—Iván, si quieres te puedo llevar de regreso para que duermas. Yo me encargaré de entregar los caballos a Kabul —Iván denegó la propuesta, por alguna razón que no comprendía, deseaba estar al lado de Itzamma el mayor tiempo posible.
El alquimista sonrió; con la excusa del frío clima nocturno, se acercó a Iván para abrazarlo, para darle calor. Itzamma estaba nervioso, su corazón latía con fuerza y las palpitaciones aumentaban a medida que se acercaba a su amigo; pasó saliva y contuvo el aliento.
—Aquí estaban —Inti se había acercado por detrás, ocasionando que la pareja diera un respingo.
—Hijo de la… —Itzamma se contuvo, no quería decir malas palabras frente a Iván; dio un largo suspiro y contó hasta un millón para calmarse. —Inti… ¿Qué se te ofrece? —preguntó con un severo tic en el ojo izquierdo.
—Los viejos necesitaban privacidad —dijo el mayor cruzándose de brazos. En otras palabras lo habían corrido, pensó Itzamma —, además me estaba aburriendo —agregó con aires de superioridad, aunque obviamente su primo no le creyó.
—Sí, como sea, ¿Por qué no vas a ver si las pirámides siguen en su lugar? —habló Itzamma con sorna. Tomó la mano de Iván y las riendas de ambos caballos para alejarse del mayor.
Inti sonrió, molestar a Itzamma era muy divertido y mucho más fácil ahora que ése noble estaba con él. Quizás podría quitarse el aburrimiento que le causaba esas tierras que a sus ojos eran estériles, sin colores, tan diferente al lugar donde había nacido.
…
Iván abrió los ojos. Ya era de día, se daba cuenta por la luz que se colaba entre las pieles que cubrían la entrada para protegerlo. Se incorporó quedando sentado, observó su alrededor; largas cortinas colgaban del techo por si alguien entraba y los rayos de sol iluminaban el interior de la yurta. Sonrió al recordar a Itzamma colocándolas mientras cantaba en aquel extraño idioma que hablaba con su familia.
—Iván —el aludido se sobresaltó. —Lo siento, creo que te he despertado —dijo Itzamma sonriendo —, he traído el desayuno, ¿tienes hambre?
—Da, gracias.
Los dos comenzaron a comer; Itzamma le contaba sobre las tribus mongolas y sus diferentes costumbres. Le relató historias de su infancia junto a Kabul y los demás, como aprendió a mondar, cazar y pelear como un mongol.
—Itzamma, ¿estás ahí? —era una voz de mujer, angelical, cargada de ternura. El aludido sonrió de forma muy diferente a como solía hacerlo e Iván sintió que le estrujaban el corazón.
—Burte —dijo Itzamma con el tono que usaría un enamorado. —Adelante, puedes pasar.
Una mujer mongola entro a la yurta; era muy hermosa. Itzamma se acercó a ella y la abrazó con cariño; una nueva punzada atravesó el pecho de Iván cuando la recién llegada y el alquimista se sonrieron.
—Iván, quiero presentarte a una amiga de la infancia, su nombre es Burte y es la hermana menor de Kabul.
La mujer le sonrió a Iván e hizo una leve inclinación a modo de saludo; el príncipe sólo le dedicó su típica sonrisa infantil, esa con la que ocultaba sus sentimientos.
—Disculpa por no haber venido antes a verte Itzamma —dijo Burte e Iván no comprendió pues él no hablaba su mismo idioma.
—No te preocupes. ¿Quieres un poco de té? —ella declinó la oferta, se le notaba muy nerviosa y el príncipe se dio cuenta, pero no así el alquimista.
—Yo… quería hablarte de algo, pero…. —Burte miró a Iván de reojo y se sonrojó. —Será en otro momento, adiós —dijo y salió corriendo de la tienda.
Itzamma parpadeo un par de veces confundido.
—Burte ha cambiado mucho —comentó el alquimista rascándose la mejilla. —Antes era muy directa y nada femenina… ahora es todo lo contrario.
—¿A Itzamma le gusta ésa chica? —la pregunta lo tomó por sorpresa ocasionando un grave sonrojo. Otra herida más en el corazón de Iván.
—Bueno… fue mi amor de infancia —nuevamente aquel molesto dolor. —Kabul y los demás decían que cuando fuésemos grandes, escogeríamos mujeres de piernas fuertes*. Burte siempre me gustó por eso, pero… ahora estoy enamorado de otra persona —el dolor comenzaba a hacerse insoportable, aunque Itzamma no parecía darse cuenta de cuánto daño causaba sus palabras en Iván —…. Aunque… esa persona ya le entregó su corazón a alguien más —el alquimista sonrió con tristeza. —Pero no me importa, mientras el viento me traiga su voz y ésta me diga que es feliz, yo también lo seré.
Iván se quedó callado, el dolor era tanto que creía que en cualquier momento el corazón se le detendría.
—Aunque a veces me gustaría ser egoísta y secuestrar a esa persona, llevármela a algún lugar donde nadie pueda encontrarnos, pero… —Itzamma cerró los ojos para tratar de contener el llanto, su voz comenzó a quebrarse —no podría soportar que me odiara por separarle, por eso... me conformo con permanecer a su lado y ayudarle en todo lo que me sea posible.
Itzamma se levantó, pidió disculpas a Iván y salió de la yurta, pues no quería que el príncipe lo viese llorar.
Por primera vez, Iván se sintió realmente solo, algo se había roto dentro de él, algo que no sabía el porqué, pero si la razón.
—Itzamma… —algunas lágrimas escaparon de sus violáceos ojos.
Dolor.
Confusión.
Soledad.
Tantos sentimientos arremolinándose en su pecho; ni siquiera el saber que de la muerte de su madre le había causado tanto sufrimiento.
Itzamma no estaba en mejores condiciones. Sentía dificultad para respirar y ese molesto picor en los ojos.
—Abuelo, desearía que estuvieras aquí —dijo Itzamma y suspiró con tristeza —, necesito tanto de tus consejos.
Es viento sopló, meciendo los cabellos del alquimista, como si hubiese respondido a sus ruegos.
—¡Dioses! Creo que mi destino es vivir solo. Tal vez debería hacerle caso a Lao y hacerme monje —otro suspiro. El moreno comenzaba a desesperarse; faltaba poco para que el plazo con Dai, lo que significaba separarse de Iván.
—¡Al diablo!, si lo voy a perder de todas maneras, al menos que valga la pena.
Bendito sean sus cambios bruscos de humor. Itzamma entró nuevamente a la yurta, dispuesto a confesarle sus sentimientos a Iván, pero sus intenciones se congelaron, al verlo llorar.
—Iván…
El joven príncipe lo observó detenidamente, con las mejillas mojadas y los ojos vidriosos, era una visión tan tierna que Itzamma no pudo contenerse, se acercó a él y sin permitirle reaccionar, lo besó en los labios.
Iván abrió los ojos, sorprendido por la acción de su amigo, pero no se separó, al contrario, se aferró a las ropas de Itzamma como si su vida dependiera de ello.
—Nimitstlasojtla —dijo Itzamma rosando los labios de Iván. —YA lyublyu tebya —le dijo esta vez en su idioma y el joven príncipe no pudo evitar ser esta vez él quien iniciara el beso.
—YA takzhe.
Continuará…
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Inti: es el nombre en quechua del Sol, considerado como un dios en la mitología inca.
Awki: Abuelo en quechua.
¡Tekoli!: Tío abuelo en náhuatl.
¡Paya!: Abuela en quechua (quería poner tía abuela pero no encontré la traducción).
Yurta: La yurta (ger en idioma mongol1 ) es una tienda de campaña utilizada por los nómadas en las estepas de Asia Central. Distintos pueblos han usado este tipo de vivienda desde la Edad Media.
En la Edad Media, la vida nómada de los mongoles obligó a que tuvieran una vivienda para sus constantes desplazamientos. Esta tienda de campaña estaba protegida por una gruesa cubierta, era fácil de transportar y óptima para soportar los intensos cambios climáticos de Mongolia.
La visita a una yurta implicaba un riguroso ritual protocolario. Se podía ejecutar a una persona por el solo hecho de entrar en la yurta de un mandatario sin haber anunciado previamente su visita.
Su influencia en la cultura de Asia Central se ve reflejada en el diseño del escudo de Kazajistán y la Bandera de Kirguistán.
La alquimista se dirigió al exterior de la yurta; puso sus manos a la altura del pecho, cerró los ojos, el viento acudió a ella. Ixchel dijo unas palabras en su idioma y regresó con su hermano: Si leyeron el "Alquimista" de Paulo Coelho entenderán a que me refiero.
Kabul y los demás decían que cuando fuésemos grandes, escogeríamos mujeres de piernas fuertes: Lo tomé de la película "Mongol" donde el padre del protagonista le dice que busque una esposa de piernas fuertes porque eran las que mejor complacían a sus esposos.
