13
Prestando ayuda
Pasaron un par de días antes que los hermanos pudieran moverse sin experimentar un dolor digno del averno, más que dispuestos a prolongar la estancia para evitar cargar de nuevo con Rocknight a cuestas. Sin embargo, pronto descubrieron que tendrían que buscar algún modo de despertar al dormilón, pues apareció en el horizonte la señal que les indicaba un nuevo destino al cabo de una semana.
— ¿Pueblo Lavender? —repitió Flowar, mirando a Eve con los ojos muy abiertos por la curiosidad.
— Así es. Percibí las ondas de psiquis al despertarme… aunque son muy débiles —suspiró, pasando su severa mirada de Flowar a Moonghost varias veces—. No sé de quién se trate, está muy lejos, así que no me pregunten.
— Es cierto que está algo lejos —Dyfir revisaba con cierta preocupación su Pokenav, pasando los mapas en busca de alguna guía que les ayudara a acortar el camino, sin hallar nada. Tendrían que pasar primero por ciudad Vermilion y Cerulean.
Mewtwo había accedido a entrar al Centro Pokémon apenas ese día, sólo para tomar el desayuno y escuchar la noticia de boca de Eve. Estaba satisfecho de saber que pronto volverían al camino, no se sentía muy a gusto en ese lugar.
— Podríamos utilizar la teletransportación si está en sus posibilidades; nos ayudará a cortar camino y recuperar el tiempo perdido —Eve pegó un respingo ante la sugerencia, sus labios se tensaron y los pelos de le pusieron de punta; él ni siquiera reparó en su reacción—. Lamentablemente, carezco de esa habilidad, desconozco si alguno de ustedes sepa ejecutarla y sea capaz de llevarnos a todos.
Moonghost y Dyfir intercambiaron miradas nerviosas. Se les había pasado por alto decirle a Mewtwo que Eve tenía una tremenda fobia a la teletransportación y que, por eso mismo, se vieron obligados a pasar por Ciudad Viridian en primer lugar.
— Si gustan de saber mi opinión, yo prefiero caminar; la teletransportación me deja un desagradable cosquilleo en la nuca que no se quita fácil.
A sus espaldas, una voz masculina interrumpió la conversación; grave pero con dulzura en su tono, sonaba extremadamente adormilada. Voltearon al tiro, descubriendo que Rocknight había despertado y los miraba fijamente con unos grandes ojos plateados. Moonghost y Flowar estallaron de felicidad, corriendo a darle la bienvenida postergada durante días, mientras Eve suspiraba muy aliviada con disimulo.
Los preparativos para retomar el viaje iniciaron luego de desayunar. Dyfir se apresuró para reabastecer suministros y comprar algunas medicinas que le hacían falta, Eve la apremiaba y la pobre joven tenía el cabello hecho jirones por correr estresada de un lado a otro, todo por evitar que Rocknight tuviera tiempo de volver a caer dormido.
Afortunadamente, lograron tener todo preparado antes del mediodía, partiendo cuando la mañana todavía era bastante fresca. Dyfir pedaleó con mucha energía, dejando que su cabello volara libremente con la brisa que acariciaba su rostro, muy contenta por su necia insistencia de no abandonar la bicicleta. Sólo lucía preocupada porque Rocknight ocupaba la rejilla trasera, temiendo que cayera dormido repentinamente y la aplastara.
— No te vayas a dormir otra vez, Rocknight. O le despachurrarás la bicicleta a la pobre Dyfir —dijo Moonghost exteriorizando el temor de la joven, sonriendo con picardía y levitando a la par de ella.
— ¿No piensas que un sueño de más de de mil años es suficiente? —la pereza en la voz de Rocknight había desaparecido, revelando a alguien exquisitamente sereno y jovial.
Dyfir se sentía bajo un hechizo estando cerca, la apariencia y gestos del hermano de roca eran adorables, pero su forma de hablar lo hacía ver respetable también. Era una combinación que, curiosamente, le parecía un deleite.
—Es difícil confiar en ti cuando se trata de dormir, cariño —señaló Flowar, guiñándole el ojo con picardía y afecto.
Mientras ellos iniciaban una entretenida conversación repleta de anécdotas de Rocknight cayendo dormido como tronco en los momentos menos apropiados, Eve prefería mantener la distancia al frente del grupo, con la mirada fija en el camino. Mewtwo la observaba manteniendo una distancia prudencial, comenzaba a intrigarle que fuera tan reservada y apartada cuando todos sus hermanos parecían tan unidos, le resultaba extraño.
— ¿Qué te pasa, calabaza? —le susurró alguien al oído.
La voz le era totalmente extraña e insidiosa, tan desagradablemente cerca y carrasposa que activó sus alarmas; sus ojos brillaron con intensidad cuando giró y extendió su brazo para atacar. Quedó patidifuso al ver que una masa negra y deforme se apartaba de inmediato, con ojos y bocas de lo más extrañas desperdigadas en aquel cuerpo gelatinoso. El gesto en su rostro debió ser espectacular, porque todos empezaron a reír, incluso aquel amasijo de rostros incompletos; la única que no hacía coro era Eve.
— No te alteres. Es sólo el imbécil de Moonghost —dijo, reprobando con la mirada a los diez pares de ojos que se la devolvían. A Mewtwo le costaba creer que eso fuera cierto aunque el fantasma no estuviera a la vista.
— ¡Eres una amargada! —bufó con sus varias bocas. La masa se revolvió como si estuviera en una batidora, estirándose hasta obtener una forma más coherente y convertirse de vuelta en el parlanchín de Moonghost—. Deberías buscarte un marido para que te relajes un poco.
El comentario la enojó tanto que le heló la sangre y varias chispas de plasma saltaron de su cuerpo. La mirada asesina que le dirigió podría intimidar a cualquiera sin importar su delicada contextura, parecía que en cualquier momento saltaría para molerlo a golpes. Sin embargo, prefirió respirar profundamente y no hacerle caso, dándose la media vuelta para continuar con su camino, momento que Moonghost aprovechó para sacarle la lengua groseramente.
— Pensé que ya conocía cuán extraño eras, pero pareces ingeniártelas para desvanecer tus límites y sorprenderme —dijo Mewtwo con desdén. La broma no le había agradado, mucho menos el desubicado comentario hacia su hermana.
— Oh, no me digas eso, ya te había contado que puedo cambiar de forma. Sólo no te había mostrado lo bien que se me da —contestó entre risas.
Continuaron la marcha por un par de horas al menos, hasta que Dyfir se quejó de que le dolían las piernas, deteniéndose así a un lado del camino, bajo la acogedora sombra que ofrecían unos frondosos árboles, explayándose sobre el fresco manto de pasto.
Dyfir retozaba con una sonrisa de oreja a oreja, agradecida del frescor que le brindaba la vegetación, protegiéndola del inclemente sol del mediodía. Hablaba con Flowar, quien comenzó a comparar la comodidad de su lecho de grama con las esponjosas alas de nube de un Altaria, mientras Moonghost intentaba explicarle que era mejor no prestarle atención a sus extrañas analogías. Mewtwo y Rocknight escuchaban la conversación en silencio, recostándose contra el tronco de un árbol aledaño.
Eve se mantuvo apartada, prefiriendo aprovechar la oportunidad para entregarse a la meditación por un instante, cerrando los ojos para permitirle a su mente descansar.
Buscaba encontrar en el mar de sus pensamientos alguna clave que la ayudase a recuperar el tiempo perdido, hallar el modo de convencer al resto de que no podían seguir tomándose aquello como una excursión recreativa, que su viaje no era un juego. Sintió que la semilla de la angustia comenzaba a germinar en su interior, estremeciendo violentamente su cuerpo, dejándola sin aliento.
Se apresuró a recuperar la calma con cierto desespero. Su ansiedad e impaciencia era provocada por un mal presentimiento que la acosaba desde hace varios días. Tiempo era lo que menos le sobraba, habría consecuencias si no se apresuraba en cumplir con aquella parte de su misión, estaría en serios problemas.
Unos arbustos cercanos a ella comenzaron a sacudirse, sacándola bruscamente de sus divagaciones; se puso de pie de un salto, preparada para defenderse en caso de tratarse de algún pokémon que estuviera buscando una presa.
Se le escapó un bufido de indignación al descubrir que sólo se trataba de un niño humano que luchaba por abrirse paso entre las ramas apretadas, buscando algo con cierta desesperación. Saltó también a la vista una pequeña criatura redonda, con un espiral dibujado en su blanco estómago y enormes ojos negros, mirando a Eve con la boca entreabierta.
— ¿Ania? —balbuceó el pequeño renacuajo, que era conocido por los humanos como Poliwag, admirando con sus ojos abiertos como platos a la pokémon albina aunque ésta se la devolviera con frialdad.
— ¿Eres tú, Eevee? —balbuceó el niño dibujando una sonrisa esperanzadora al descubrir la presencia de Eve.
— Ni lo uno, ni lo otro —respondió a regañadientes, dándoles la espalda para dejarlos ocuparse de sus propios asuntos. Aquella comparación tan ofensiva le revolvía el estómago, no decía nada más sólo porque se trataba de un par de críos.
El niño estaba claramente asombrado, incluso algo asustado, de tropezarse con un pokémon capaz de hablar. A pesar de la sorpresa, lejos de armar un escándalo, se quedó clavado en el sitio con un par de enormes lágrimas corriendo por sus mejillas.
Balbuceó palabras que apenas se entendían, lamentándose de que sus intentos fueran inútiles, que no encontraría a quien buscaba, diciendo que seguramente ya estaría lejos de su alcance, cayendo de rodillas en el suelo totalmente abatido y entregado a la derrota. El Poliwag parecía tener más carácter que su entrenador, acercándose para animarlo e instándolo a no abandonar a la susodicha Ania.
— No entiende nada de lo que dices. Lo sabes, ¿cierto? —Eve no soportaba ser testigo de aquella escena, más por verla como una muestra de debilidad que una interacción conmovedora entre dos niños angustiados, frunciendo el ceño con cierto reproche.
Justo en ese momento, Dyfir llegó corriendo y se detuvo a su lado; el llanto del niño se podía escuchar claramente hasta el lugar donde se encontraba descansando. Ella, a diferencia de Eve, se vio inmediatamente conmovida por las lágrimas del pequeño, lanzándole una mirada llena de reprobación a Eve al creer que ella era la culpable de tal cosa.
— Casi me siento ofendida porque piensas que sería capaz de perder mi tiempo mortificando niños —espetó Eve de mala gana, no se sentía ni remotamente intimidada por los ojos café de la joven—. Además, fue él quien me ofendió al confundirme con un Eevee. ¡Háyase visto! No me parezco en nada a esos zorros.
— ¡Eres increíble! —Dyfir no podía creer su cinismo y falta de tacto. Se volvió hacia el niño, acariciándole la cabeza para tranquilizarlo mientras decía tiernamente: — ¿Te puedo ayudar en algo, pequeño? ¿Qué sucedió? ¿Esa pokémon mala y fea te hizo llorar?
— ¡Debes estar bromeando! —bufó Eve profundamente indignada ante el descaro de la entrenadora en atribuirle toda la culpa de lo sucedido.
El pequeño niño respingó ante semejante alza de voz, quedando atolondrado por medio segundo antes de romper a llorar de nuevo, con mayor fuerza incluso que al principio. Eve se jaló las orejas hacia abajo, en un intento desesperado por acallar los bramidos del niño en vano, pues le seguía taladrando los tímpanos.
— ¡Detén ese chillido insoportable antes que lo haga yo!
Dyfir se apresuró cuando vio que chispas de plasma comenzaban a saltar del pelaje de Eve, susurrándole palabras de ánimo al oído y ofreciéndole una barra de chocolate a cambio de que parara de llorar. El niño se vio tentado fácilmente ante la oferta, calmándose y dejándose llevar por la joven de largos cabellos blancos.
Sentó al niño en el lugar que había ocupado hasta hace poco, dejándolo solo un rato mientras hurgaba en su mochila. El pequeño, viéndose rodeado de pokémon que jamás había visto en ningún libro ilustrado que su madre solía regalarle, se sintió como si estuviera en un sueño.
Mewtwo y los hermanos observaban al niño con cierta curiosidad, especialmente cuando Eve se acercó también con la cara roja por el disgusto, preguntándose qué había sucedido, ya que ellos sólo habían logrado escuchar el llanto a la distancia.
Dyfir regresó pronto, entregándole al niño una barra de chocolate que devoró gustoso, aunque las lágrimas sólo se detuvieron luego de otro par de barras de la deliciosa golosina.
— ¿De dónde sacas tantas cosas? Jamás te veo comprarlas y mucho menos que nos des. ¡Yo también quiero un chocolate! —le reprochó Moonghost cuando el niño rasgaba el envoltorio de la sexta barra.
— ¿Te sientes mejor? ¿Puedes contarme qué te sucedió? —volvió a preguntar Dyfir con ternura, haciendo caso omiso al reclamo del fantasma mientras le daba un manotón para evitar que metiera sus narices en la mochila.
— Es que… es que… —balbuceó el niño, parecía que sólo recordarlo le producía una profunda tristeza— ¡Robaron a mí Eevee! —la barra de chocolate se resbaló de sus manos, cubriéndose el rostro en un vano intento por ocultar muy avergonzado sus lágrimas.
Moonghost fue el primero en reaccionar con un chillido dramático, tan absurdo que tuvieron que mandarlo a callar, sabían que nunca se tomaba nada en serio.
— ¡Eso es terrible! ¿Cómo sucedió? —balbuceó Dyfir con voz quebrada, sacando un pañuelo para secarle las lágrimas.
El niño, que expresó llamarse Fabián, les explicó que encontraba entrenando a temprano en la mañana junto a su Eevee y su Poliwag en un campo cercano, cuando un par de sujetos extraños aparecieron de la nada y lo atacaron para quitarle a su preciada compañera.
— Estaba muy asustado, no pude escapar, el Scizor que tenían me daba mucho miedo —el cuerpo de Fabián se estremeció ante su mención—. Era un Scizor de colores inusuales. Aunque mi Eevee también tiene un pelaje diferente, jamás había visto algo como eso, resultaba intimidante.
Fabián agregó que se negó a entregar a su preciado Eevee e intentó huir, pero algo impidió que lo hiciera, quedó inmovilizado con un desagradable cosquilleo recorriendo su cuerpo de arriba abajo; lo mismo le sucedió a su rechoncho Poliwag. Fue entonces cuando tomaron a su Eevee y huyeron, no sin antes rociarlos con el polvo paralizador de un Vileplume.
— ¿Utilizaron algún otro pokémon, Fabián? —Dyfir parecía dudar del relato, pues Mewtwo le indicó discretamente que el niño fue apresado por un Psíquico, sin embargo, sólo hablaba de un Scizor y un Vileplume como atacantes.
— No, ninguno más, sólo los que ya mencioné —respondió con firmeza.
— Por favor, Fabián dice la verdad, ¡deben creerle! —saltó el renacuajo repentinamente al notar el intercambio de miradas entre los viajeros—. El bicho fue quien utilizó el Psíquico, sus ojos brillaron y su cuerpo también ¡Fue él! ¡Lo vi con mis propios ojos!
— Lo que dicen es completamente inverosímil —sentenció Mewtwo tajantemente, poniéndose de pie e intimidando con su tamaño y mirada a los dos pequeños—. Un Scizor es incapaz de utilizar cualquier ataque clasificado como psíquico, su psiquis carece de las características que le permiten ejecutarlos, es imposible que sea cierto lo que dicen.
— Te equivocas.
La repentina intervención de Eve dejó perplejos a todos, especialmente porque se ponía de lado del niño que la ofendió comparándola con un zorro, ella que nunca le daba la razón a nadie. Mewtwo parecía el más consternado, pues aquel era un hecho irrefutable, esa especie no podía utilizar ataques psíquicos y punto, que lo contradijera era incluso indignante.
— ¿Qué dijiste?
— Lo que escuchaste —respondió Eve tajantemente. El gesto en el rostro de Mewtwo daba a entender que lo ofendía profundamente que le llevara la contraria cuando era claro que él tenía la razón. Sin embargo, el clon se percató de algo extraño en Eve, su cuerpo estaba tenso y la pupila de sus ojos apenas se podía ver de lo contraída que estaba, seguramente palidecería si eso pudiera suceder—. No te contradigo por diversión, conozco un precedente, son casos muy raros en verdad. De todos modos, tal peculiaridad no merece armar tanto alboroto, las habilidades psíquicas se limitan a lo más básico porque la psiquis sigue estando poco desarrollada.
Mewtwo no contestó, a pesar de que insistía en que lo dicho por Fabián era estrictamente imposible, lo intrigaba el aura extraña que envolvía a Eve; algo le sucedía y no podía determinar qué era.
Los hermanos restantes, por su parte, intercambiaron miradas bastante confundidos, ellos no sabían nada del supuesto precedente que Eve mencionaba y eran mayores que ella.
Dyfir no se percató de nada de esto, limitándose a suspirar con cierto alivio de saber que Fabián no era mentiroso. Ella ya había tomado una decisión y lo manifestó luego de darle al pequeño unas palmaditas amistosas en el hombro.
— ¡Encontraremos a esos ladrones y rescataremos a tu Eevee!
La decisión tomó por sorpresa al resto de los viajeros, especialmente a los hermanos, que sabían que aquello pondría de muy mal humor a Eve cuando estaba tan ansiosa por llegar a Lavender. Los hermanos, sin embargo, quedaron consternados al ver que Eve no decía nada al respecto.
— ¡P-pero eso sucedió en la mañana! —tartamudeó Fabián, azorado por el entusiasmo de Dyfir, incluso sonrojándose ligeramente—. Es imposible que los encuentren. Ya deben estar muy lejos de aquí.
— Eso es un punto muy importante, ciertamente, pero sigue teniendo solución. Así que no es necesario preocuparse demasiado —dijo Flowar con suave ternura, levantándose y sacudiéndose la tierra con delicadeza—. Hoy es tu día de suerte, pequeñito. Te has tropezado con los mejores rastreadores que encontrarás nunca; sin ánimos de presumir, claro.
La sonrisa llena de esperanza de Fabián fue borrada súbitamente por una explosión ocurrida muy cerca de ellos. Envueltos en humo negro y polvo, el grupo quedó enceguecido y asfixiado hasta que la brisa les dio aliento al dispersarlo todo. Cuando todavía se mantenían apresados en los residuos de humo, escucharon carcajadas y unas voces hicieron eco en el lugar.
— ¡Siento mucho informarles que no buscarán a nadie! ¡Ahora son propiedad del Equipo Rocket y vendrán con nosotros!
Cuatro siluetas se perfilaron entre el polvo, variando en tamaño y contextura, todas ejecutando movimientos absurdamente exagerados a la par que entonaban un lema que reconocieron al instante. Cuando el humo finalmente se disipó por completo, vieron al mismo grupo de malhechores que los perseguían desde Viridian finalizar su absurda coreografía de presentación.
— ¡Somos el Equipo Rocket! ¡Escuadrón élite Nº 45! ¡Nombres clave: R4, R3, R1 y, nuestro gran líder, R2!
— ¡No ellos de nuevo! —rezongó Dyfir con hastío.
— ¿Sabes qué es peor? Dicen que son el escuadrón élite número cuarenta y cinco. O sea, yo creo que merezco la intentona de ser esclavizado por el número uno como mínimo —señaló Moonghost utilizando una voz más grave. Nuevamente, nadie lo tomó en serio y prefirieron ignorar su comentario, aunque Mewtwo le dio la razón para sus adentros.
— Mil veces peor es que están obligándome a ir en contra de mis principios —añadió Flowar, poniéndose roja del disgusto que le causaba la posibilidad de verse empujada a luchar—. Es decir, admiro su gran determinación, no hay nada que los disuada de rendirse. Ojalá usaran tanto ímpetu para lograr objetivos más nobles.
El único que parecía preocupado por la presencia de los criminales era Fabián y su Poliwag, que corrieron a esconderse detrás de Dyfir, ahogando un grito de temor. El más afectado era el renacuajo, lamentándose sin parar de su mala suerte, balbuceando que no podía dejarse robar también o Fabián se quedaría solo.
— No vale la pena resistirse. Es sólo cuestión de tiempo para que sean propiedad del Equipo Rocket. Mejor entréguense en lugar de obligarnos a hacer las cosas por las malas —dijo el hombre con cara de Primeape, quien parecía ser el famoso R2, agarrando una pokebola de su cinturón.
El resto imitó a su capitán, lanzando las cápsulas al aire apenas escucharon la orden, liberando al majestuoso Arcanine, acompañado del robusto Lickitung, el elegante Espeon y el feroz Houndoom, todos prestos a atacar en cuanto sus entrenadores dieran instrucciones.
— ¿Alguien puede explicarme quiénes son esos tipos y qué problema tenemos con ellos? —preguntó Rocknight con mucha calma, observando con gran curiosidad mientras Dyfir sacaba su propia pokebola.
Cuando Moonghost iba a responderle con otra de sus ocurrencias, el regio can de fuego liberó un chorro de potentes llamas a la orden de su entrenador, siendo interceptado por un proyectil de energía fantasmal que Mewtwo disparó de entre sus manos. La Bola Sombra atravesó el Lanzallamas hasta llegar a las fauces del perro ígneo, estallando y dejándolo malherido a los pies de su entrenador.
— ¡Vamos, levántate! —espetó R2 dándole una patada al Arcanine.
El Espeon fue el siguiente en ejecutar un ataque, liberando un rayo multicolor del rubí en su frente, siendo Eve esta vez quien se interpuso en la trayectoria para detenerlo con una pantalla de energía psíquica que reflejó la luz. Detrás de ella, Moonghost se posicionó, disparando su propia esfera de energía espectral que dio de lleno en el rostro del zorro.
El Arcanine había logrado ponerse de pie, lanzándose hacia ellos a una velocidad vertiginosa, seguido detrás por un mar de llamas auspiciado por el Houndoom. Flowar pegó un gritito de pánico al notar que ella iba a recibir la embestida; Eve tuvo que correr lo más rápido que pudo para protegerla, justo cuando sintió la brisa que producía la Velocidad Extrema levantó otra barrera contra la cual el can estampó de lleno el hocico.
— Oye, Eve —Rocknight llamó la atención de su hermana dándole unos toquecitos en el hombro, luego de que ésta empujara al Arcanine con un poco de energía psíquica, poniendo su cola por delante señalando los puntos entre sus rocas—. Se me desgastaron un poco las junturas por el tiempo. Necesito un poco de ayuda.
Sin responderle nada, Eve tomó firmemente a Rocknight de los brazos, dando varias vueltas y lanzándolo tan alto que dejó boquiabiertos a Dyfir, Mewtwo y Fabián. Eso no bastó para mermar su concentración en la batalla, pues justo cuando terminaba de girar para encarar de nuevo a sus oponentes, extendió sus brazos y de sus manos surgió el mismo rayo multicolor que usara el Espeon un par de minutos antes, llevándose por el medio al Lickitung que pretendía aplastarlos con su robustez.
Detrás del pokémon lengua estaba el Espeon, dispuesto a responder a la agresión con su propio Psicorrayo hasta que un proyectil oscuro lo alcanzó, empujándolo con tanta fuerza que su entrenador tuvo que hacerse a un lado para evitar ser golpeado. Mewtwo era el autor de la potente Bola Sombra que dejó fuera de combate al zorro, sonriendo con crueldad de manera muy discreta cuando el líder del escuadrón posó sus ojos en él con sorpresa.
Moonghost, mientras tanto, correteaba al Houndoom entre risas, disfrutando de los chillidos del perro y las órdenes exasperadas de su entrenador. Aparentemente, el can cornudo recordaba lo sucedido en Viridian y le daba pavor enfrentarse al fantasma.
En el preciso instante en que el entrenador del Houndoom tomaba una inmensa roca para aventársela al fantasma, cegado por la desesperación que le causaba el trauma de su pokémon, Rocknight regresó de su viaje en las alturas.
Realizó una ágil voltereta cuando estaba por estrellarse contra el suelo, asegurándose de que su cola golpeara con mucha fuerza la tierra, haciendo que se sacudiera con tanta violencia que quienes no podían levitar perdieron el equilibrio.
Aquellos que apenas conocían al hermano dormilón, quedaron boquiabiertos al ver que las rocas que conformas su cola se separaban y duplicaban su longitud, revelando que estaban unidas por un fino cable hecho de acerco flexible. Sólo entonces, Rocknight sonrió con satisfacción y fijó sus fieros ojos de plata en los Rocket.
Eve y Moonghost sabían qué significaba aquella mirada. Se movieron rápidamente, aprovechando la conmoción que provocaba el terremoto para lanzar a los pokémon a los pies de sus entrenadores, amontonándolos a todos.
Apenas Rocknight plantó los pies sobre la tierra se lanzó como bala hacia los Rocket, girando sobre sí mismo y golpeándolos a todos con su cola cuando estuvieron dentro de su rango.
Salieron volando entre gritos de dolor y terror, aunque no tan alto como Rocknight pensó, hasta que un par de burbujas de energía aparecieron y estallaron repentinamente, dándoles el impulso que les hacía falta para perderse en el horizonte. Eve y Mewtwo intercambiaron miradas brevemente, sorprendidos ante su inesperada sincronización para ejecutar ataques similares con el mismo fin.
— ¡Bravo! ¡Muy bien hecho! —celebró Flowar con aplausos fervorosos.
Dyfir ayudó a Fabián a ponerse de pie, sintiendo curiosidad no tanto porque alguien que reprobaba la violencia celebrara la tunda que recibió el Equipo Rocket, sino por las rocas que encajaban de vuelta a su lugar en la cola de Rocknight. El hermano de ojos plateados se sentó en el suelo, muy concentrado en inspeccionar las junturas de su cola, suspirando con alivio.
— Pensé que les había caído un poco de óxido. Menos mal no fue así, sólo estaban necias por el tiempo en desuso.
— ¡Eso fue sorprendente! —comentó Dyfir, deslumbrada cuando un pequeño rayo de luz se reflejó en una juntura cuando Rocknight separó un par de rocas para revisar más a fondo.
— Es el Castigo Roca, mi ataque insignia —respondió distraídamente—. Lamento lo del Terremoto, espero no haberlos asustado, necesitaba un poco de fuerza bruta para desencajar las rocas— entonces posó su mirada en Eve—. Eso debió ser suficiente escarmiento para mermar sus ganas de molestarnos, al menos por un tiempo, mínimo les quedará todo el cuerpo adolorido entre eso y la caída.
Eve se limitó a asentir, tan absorta en sus pensamientos que preocupaba a Flowar, la única de sus hermanos que se angustiaba por verla más taciturna de lo usual. Entonces Moonghost, que no tenía ni casquivana idea de lo que ocurría con su hermana menor, dio un salto hacia Dyfir para susurrarle algo en el oído.
— ¡Cierto! ¡Todavía tenemos que ayudar a Fabián! —exclamó algo contrariada, había olvidado por completo el problema que aquejaba al pobre niño.
— Respecto a eso… —suspiró Rocknight con cierto pesar, sintiéndose algo apenado por lo que iba a decir, pero era el mayor de todos en ese momento y debía dar el ejemplo—. Lamento mucho lo que le ha sucedido al niño, pero tenemos el tiempo contado, no creo que sea conveniente que…
Se detuvo sólo cuando se tropezó con la frialdad de la mirada de Eve, consternado al no ser capaz de adivinar qué cruzaba por su mente a pesar de la claridad que éstos engalanaban.
— Si quieren tener alguna oportunidad de alcanzarlos, es mejor que Flowar se ponga manos a la obra de inmediato, no tenemos garantía de que los ladrones sigan en los alrededores —dijo, notándosele una extraña tensión en la voz, alejándose sin decir nada más.
Era difícil determinar quién estaba más sorprendido, si los viajeros ante la repentina aprobación de Eve para ayudar a buscar a un pokémon perdido, o Fabián junto a su renacuajo, que aún no salían del asombro de tener ante ellos criaturas tan poderosas y extrañas.
