Capítulo 14:
Cuando llegaron al loft, allí seguían Alexis y Martha sentadas en el sofá. Las dos estaban más tranquilas y esperaban pacientes noticias de Richard. Al oír el timbre, Alexis corrió a abrir, al ver a su padre se lanzó a sus brazos.
-Papá, ¿estás bien?, ¿Dónde estabas?, nos tenías muy preocupadas – preguntó ansiosa.
-Sí, estoy bien, no me di cuenta de la hora que era, siento haberos asustado – dijo mientras abrazaba a su hija y miraba a su madre.
-Me alegro tanto de que estés bien, hijo – le dijo su madre entre suspiros.
-Siento haberme marchado de esa manera, sin darte una oportunidad para explicarte.
-Yo también siento no habértelo contado todo antes, pero fue pasando el tiempo, y aunque nunca he podido olvidar que pasó, me acostumbré a mantener esa mentira y me acomodé a ello.
-Bueno, pues ya va siendo hora de que me lo expliques todo, necesito entender porque me mentiste.
-Fue por tu bien, hijo, o al menos eso pensaba.
-Bueno, yo mejor me voy – dijo Kate, viendo que llegaba el momento de las confidencias – además tengo que trabajar.
-No por favor – le dijo Rick – quédate, quiero que tú también oigas mi historia.
-Bueno, a ver si puedo, voy a llamar para pedir permiso.
Kate, habló con el capitán, el cual se alegró mucho al saber que Castle estaba bien, y le dio el resto del día libre,
Se sentaron los tres en el sofá, Castle entre su hija y Kate.
-Bueno, pues allá vamos.
Y Martha se sentó en un sillón frente a ellos, como si estuviera frente a un tribunal que iba a juzgarla.
-Yo nací y viví en San Francisco, quise ser actriz desde pequeña. A mis padres no les hacía mucha ilusión que su única hija se dedicara a esto, pero yo insistí y al final me salí con la mía. Empecé a estudiar arte dramático, canto y baile y la verdad no se me daba mal, cuando acabé los estudios, empecé a presentarme a todas las audiciones y casting que surgían. Me empezaron a dar pequeños papeles, fue entonces cuando me cambié de nombre.
-¿No te llamas Martha Rodgers? – le preguntó su hijo con asombro
-Si hijo, Martha Rodgers es mi verdadero nombre, mis padres se llamaban Richard y Elizabeth, pero uno de los agentes que me contrató, pensó que debería cambiar mi nombre por uno más sonoro, y decidió que debería llamarme Lilly Perkins. Con estos trabajos, fui adquiriendo experiencia, y me podía ir manteniendo. Fue en ese tiempo cuando mis padres murieron en aquel accidente de coche – no pudo evitar que se le volvieran a llenar los ojos de lágrimas.
-¡Ay abuela que triste, entonces te quedaste sola! – intervino Alexis con pesadumbre – ¿tu sabías que tus abuelos murieron en un accidente? – le preguntó a su padre.
-Sí, eso sí lo sabía – contestó su padre serio.
-Al poco de morir mis padres – siguió contando – yo seguía trabajando en donde podía y me ofrecieron uno de los papeles protagonista en una obra de teatro. Tuve bastante éxito y fue a raíz de ese papel que conocí a tu padre.
-¿Cómo se llama? – preguntó Richard
-Alexander… Alexander William Carrington III
-Vaya – dijo Richard con ironía – así que también hay un Alexander William Carrington I y un Alexander William Carrington II.
-Tu abuelo y tu bisabuelo.
-Parece que perdí la oportunidad de llamarme Alexander William Carrington IV – cada vez que repetía el largo nombre lo hacía con cierto retintín en la voz.
-No podía llamarte así, solo usé el Alexander de segundo nombre como recuerdo, a pesar de que tu padre me destrozó la vida, es el hombre al que más he querido nunca.
-¿Cómo os conocisteis? – le preguntó su hijo.
-Te lo contaré como ocurrió. Como te dije era una de las protagonistas de aquella obra de teatro, junto con otras cuatro chicas. Cuando conocí a tu padre yo no sabía quién era. Él fue un día al teatro con unos amigos y al terminar la función entraron a los camerinos a conocer a las actrices porque según ellos habían quedado muy impresionados por nuestra actuación. Estuvimos hablando y nos invitaron a cenar. Fuimos todas y formamos un grupo muy agradable. Yo desde el principio me sentí atraída por Alex, era tan guapo – rememoró Martha con nostalgia – alto, con los cabellos castaños y esos increíbles ojos azules que has heredado. Empezamos a hablar y a hablar. Él solo me contó que había acabado sus primeros años de universidad y que aunque quería seguir estudiando no se decidía, y mientras, trabajaba como administrativo en una empresa, a partir de ahí nos vimos con frecuencia, empezamos a salir y al cabo de un tiempo tuvimos relaciones. La verdad es que a pesar de tener ya 21 años era bastante inocente. Tu padre fue mi primer hombre Richard, y si las cosas hubieran salido como debían, yo seguiría casada con él porque fue mi primer amor y el gran amor de mi vida. Nos cuidamos, pero aun así, me quedé embarazada. En esos momentos un hijo no formaba parte de mis planes – dijo mirando a Richard – pero al enterarme que venías en camino, me alegré, quería a tu padre, y aunque siempre había pensado que mi carrera de actriz era lo primero, el día que descubrí que estaba embarazada cambiaron mis prioridades.
Martha seguía estando muy nerviosa y tenía la boca seca. Miró a su público, su hijo, su nieta y su nuera la miraban atentamente. Se dirigió a Alexis.
-Cariño, ¿podrías traerme un poco de agua?, se me seca la garganta.
-Claro que si abuela – dijo Alexis que se levantó enseguida para cumplir el encargo.
Después de beber un poco, Martha siguió hablando.
-Ese día por la tarde, y como cada día, tu padre vino a buscarme al teatro. Después de ir a cenar le dije que tenía que decirle algo muy importante. Le conté lo del embarazo. Él tampoco tenía planeado tener un hijo tan pronto, pero te juro Richard, que se alegró, al menos eso creí yo. Empezó a hacer planes, comentó que hablaría con su padre, que él nos ayudaría, y que con su trabajo podríamos mantenernos. Yo le pregunté, que pasaría con sus estudios y él dijo que podrían esperar unos años. Como ya te he dicho, aún no sabía quién era, para mí solo era Alex, Alex Carrington, ignorante de mí, no tenía ni idea de quien era esa familia. Nos despedimos esa noche, él dijo que iría a su casa a hablar con su padre y que ya me contaría cuando volviera. No volví a verlo hasta el otro día que estuvo en el teatro.
-¿No apareció nunca más? – preguntó Kate curiosa sin poder evitar intervenir – ¿no supiste nada de él, no lo buscaste?
-No, al día siguiente quien vino al teatro fue un abogado, Travis Foster el abogado de la familia Carrington – dijo Martha mientras se estremecía – era el hombre más siniestro que he conocido nunca. Me dijo que Alex le había dicho a su padre que tenía un grave problema, o sea yo, bueno, nosotros – dijo mirando a su hijo – y que no sabía cómo deshacerse de él, que estaba segurísimo de que me había quedado embarazada a posta para pescarlo, por su gran fortuna, imagínate mi cara cuando me enteré de lo de la gran fortuna…
-Pero, ¿quién narices es ese tal Alexander no sé cuántos III? – interrumpió Richard ofuscado.
-Como te dije Alexander William Carrington III, único heredero de los viñedos y las Bodegas Carrington en el Valle de Napa, multimillonario, un niño bien de la alta sociedad californiana – rió amargamente – y yo que creía que era un simple oficinista, mira con quien me fui a meter – suspiró Martha.
-¿Qué pasó luego? – preguntó Richard ya con bastante interés.
-Ese señor Foster, me dio un cheque con muchos ceros, alegando que era lo único que conseguiría de la familia Carrington y una dirección, la de una especie de clínica donde un supuesto doctor practicaba abortos. Me dijo que Alex no quería saber nada de nosotros, y que lo mejor era deshacerse del problema.
-El problema era yo, ¿no?, ¿Y tú que hiciste? – preguntó su hijo con amargura.
-Rompí el cheque en mil pedazos y se lo arrojé a la cara, gritándole que jamás abortaría, que me daba igual que Alex no nos quisiera, pero que nunca me practicaría un aborto. Aquel hombre se acercó a mí, y me acorraló contra la pared, me metió la mano por debajo de la falda y empezó a tocarme, diciendo que era muy bonita y que entendía porque Alex se había encaprichado de mí, que debía de ser muy buena en la cama. Me echaba su fétido aliento y mientras seguía sobándome, me decía que a él también le podía dedicar un ratito. Por un momento pensé que iba a violarme allí mismo, no sé de donde saqué fuerzas, pero le di una patada en la entrepierna que le hizo apartarse de mí. Se empezó a reír diciendo que le encantaban las gatitas salvajes como yo, y me amenazó.
-¿Qué te dijo? – preguntó Richard emocionado por el relato de su madre.
-Me dijo que si me quería quedar con el bastardo, que ese era mi problema, pero que si algún día se llegara a enterar que me había acercado a los Carrington para reclamarles algo o hablarles de ti, me buscaría y me encontraría, que te llevaría de mi lado y se desharía de ti, y que se cobraría la patada que acababa de darle. Después de eso me grito que desapareciera y eso hice. Gracias a Dios, nunca le conté a Alex que mi verdadero nombre no era Lilly Perkins, no sé porque no lo hice, era mi nombre artístico, me gustaba y todo el mundo me decía Lilly. Volví a usar mi verdadero nombre y con los ahorros que tenía me quité de en medio, ni siquiera me despedí de mis compañeros del teatro, sencillamente, desaparecí.
Después de escuchar las emotivas palabras de Martha, estaban todos emocionados. Richard se levantó del sofá y arrodillándose delante de su madre, le tomó las manos.
-Gracias mamá, gracias por todo lo que hiciste por mí, por quererme tener y por cuidarme, y siento haberme portado anoche como un auténtico cretino, siento haberte dicho esas cosas horribles, lo siento. ¡Te quiero! – y se incorporó para abrazarla.
-No tienes por qué disculparte, querido – dijo Martha entre lágrimas y correspondiendo al abrazo – tenías todo la razón del mundo al enfadarte, debí contarte todo esto mucho antes… yo también te quiero. Eres mi mayor orgullo.
-Abuela – intervino Alexis mientras se sonaba la nariz – me siento súper orgullosa de ti, eres la mejor, pero ¿Qué pasó después?, ¿Dónde fuiste cuando desapareciste?
-Bueno, ya que estamos seguiré contándoos la historia de mi vida. Anda hijo vuelve a sentarte, que tenemos para un rato, sé que siempre te has preguntado porque íbamos de un lado para otro – dijo ya mucho más tranquila después del momento de reconciliación y demostración de cariño de su hijo – ahora sabrás por qué.
Y durante un gran rato, Martha les contó que en San Francisco cogió un autobús para Las Vegas, que gracias a que era muy delgada pudo ocultar su embarazo y estuvo trabajando de crupier en un casino hasta que se le empezó a notar la tripa y el dueño la echó. Buscando otro trabajo, le llegó una carta de Travis Foster, advirtiéndole que no le perdía la pista y que sabía dónde estaba y que esperaba que cumpliera su promesa.
-Eso me asustó bastante y me decidió a dejar Las Vegas y marchar a otra ciudad, no sabía dónde ir, ya estaba bastante avanzado el embarazo y no quería viajar muy lejos. Me volví a California, a Los Ángeles, pensé que en un lugar tan grande no me encontrarían, tonta de mí, ese maldito abogado me estuvo amenazando durante años.
-¿Es por eso que nunca estábamos mucho tiempo en el mismo sitio? – preguntó Richard – ¿Por qué nos estábamos escondiendo de mi padre?
-No sé realmente si de tu padre o de su abogado, pero cada cierto tiempo me enviaba un mensaje, donde me demostraba que sabía perfectamente donde estábamos, a que colegio ibas, con quien nos veíamos, debía tener un investigador a sueldo fijo o algo así. Lo único que yo sé es que viví aterrada durante años.
-Vaya, no tenía ni idea – comentó Richard afligido – debiste pasarlo muy mal.
-Si y no, si, porque siempre me sentía observada y perseguida y no, porque conocí gente estupenda que me ayudó mucho.
-¿Qué hiciste en Los Ángeles abuela? – preguntó Alexis absolutamente fascinada por la historia.
-Allí estuve unos cuantos meses, tenía unos ahorros que me ayudaron a sobrevivir, porque ya no podía trabajar. Allí naciste hijo, y nos quedamos hasta que se me acabó el dinero y el maldito abogado volvió a darme un aviso. Tendrías unos cinco meses. Con lo me quedaba compré un billete lo más lejos posible de Los Ángeles. Nos fuimos a Nashville en Tennessee, viajamos durante varios días. Allí entre en un bar a comer algo, Rosie, unas de las camareras tuvo que verme tal cara de hambre y desesperación que se ofreció a ayudarme, me consiguió un empleo de camarera allí mismo y me dijo que conocía a alguien que te cuidaría mientras yo trabajaba. Al cerrar me llevó a su casa, donde vivía con su madre Maxine y su hija Amy.
-Me acuerdo de la abuela Maxine – intervino Richard sonriendo – me encantaba pelar guisantes con ella, ¿Qué le pasó?
-Estuvimos allí durante tres años. Maxine te adoraba, eras el único hombre de la casa. Luego ella enfermó y murió, Amy se casó y se fue a Seattle y nos quedamos solos Rosie, tu y yo. De nuevo volví a tener noticias del maldito abogado, creía que ya allí no me encontraría, pero de nuevo me equivoqué. Rosie conocía mi historia, y mis sueños de ser actriz, así que me habló de un primo lejano que tenía una compañía de teatro que hacía giras por todo el país, lo que me ayudaría a trabajar en lo que quería y además me proporcionaría cierta seguridad ya que iría cambiando constantemente de ciudad.
-¿La compañía de Roger? – preguntó Rick.
-La misma, fueron a Nashville y allí los conocí. Rosie les contó mi historia y ellos, porque Roger y Eddie ya estaban juntos, nos acogieron como parte de su familia. Rosie decidió irse a Seattle con su hija, que acababa de hacerla abuela, y nosotros nos dedicamos a recorrer el país, de una ciudad para otra.
-¿Cómo hiciste para que papá pudiera ir al colegio? – preguntó Alexis curiosa.
-Hacíamos giras por ciudades cercanas y en una de esas nos instalábamos y te matriculaba en el colegio, intentaba que no estuvieras en más de dos colegios durante un curso, pero sé que fue muy duro para ti hijo – continuó Martha – cuando no podías ir al colegio Roger o Eddie se ponían a estudiar contigo, nunca descuidamos tu educación.
-Lo sé – dijo Richard – la verdad es que no he salido tan mal dadas las circunstancias.
-Claro que no – le respondió su madre – creo que a partir de ahí, el resto ya lo conoces – concluyó Martha, bebiendo un sorbo de agua.
-Pero yo no – replicó Alexis curiosa – y quiero saberlo todo.
-Yo también – intervino Kate – Martha tu vida, a pesar de los malos momentos ha debido ser fascinante, me tienes totalmente alucinada.
-Tendréis que esperar a otro momento – contestó Martha – estoy agotada, y esa parte de la historia también la conoce Richard, así que muy bien puede contarla él.
-¡Dios mío! – exclamó Rick que todavía no había salido de su asombro – acabo de darme cuenta de que mi vida es como un culebrón.
-Bueno – dijo Alexis – esperaremos. Por cierto, ¿no tenéis hambre?, me crujen las tripas.
-Es que es muy tarde, llevamos horas hablando – dijo Richard – venga os invito a cenar.
-Id sin mí – dijo Martha – estoy agotada.
-De eso nada – contestó su hijo cariñoso – o vamos todos o no vamos ninguno. Si estás tan cansada encargamos comida, no vamos a dejarte sola.
-Muchas gracias, hijo, pero de verdad que no me importa.
-Pero a nosotros sí, ¿verdad papá?
-Claro que sí, ¿Qué preferís?
Y las tres respondieron a la vez.
-Italiano – dijo Alexis.
-Chino – dijo Kate.
-Tailandés – dijo Martha.
-Pediré un poco de cada, para que no os peleéis – dijo Castle con una sonrisa.
CONTINUARÁ…
