Capítulo 13 – Unas cuantas manchas

–…O ser más fuerte, para llevar tú las riendas.

Esta última frase resuena en los oídos Akane, todavía paralizada. Que si quiere… si quiere…

- ¿Estás… enfadada conmigo?

- Sí – responde Ranko, dejando a la morena paralizada. – Estoy muy enfadada. Sobre todo después de la escena que montaste en el vestidor… ¡Ahora te dejas besar! ¡Muy bonito!

- Yo… lo siento, Ranko. – Baja la vista. – Ya sé que debería haberme resistido, pero no sé qué me ha pasado. Yo… yo… me acabo de levantar. – La mira de reojo. – Apenas he abierto los ojos, lo he visto ahí, mirándome.

- Hmph – resopla la pelirroja, cruzándose de brazos. – Esa respuesta no sirve. Tú misma le prometiste que no se lo pondrías nada fácil, y sin embargo, ahí estabas hace un segundo, entregándote en bandeja.

- De verdad que lo siento, Ranko – murmura Akane.

- No tienes que disculparte conmigo – le espeta. – Eres tú quien tiene que perdonarse a sí misma.

Entonces Akane lo entiende. Ranko está enfadada, "pero por lo poco que me respeto a mí misma" completa en su pensamiento. "Si le hubiera empujado, si sólo hubiera apartado la cara…, él no me habría besado". Aprieta los puños, maldiciendo su poca fuerza de voluntad.

- Está bien, Ranko. Tienes razón. Seré yo quien le haga caer a mis pies – jura.

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- ¿Shampoo?

Ranma ya ha cruzado la puerta, y se acerca cauteloso al bulto sobre la cama.

- ¿Shampoo? – repite, como si estuviera llamando a su perrita de compañía.

- A…iren…

- Ya vale, Shampoo – el joven agarra una esquina de la manta - ¡levanta! – ordena al tiempo que estira de la manta que cubre a su amante. Ésta chilla y se aovilla, tratando de esconderse de la vista. Pero es demasiado tarde. Ranma ha visto su piel cubierta de enormes ronchas enrojecidas e hinchadas.

- Noooo… - musita la joven con voz rota, casi un sollozo.

- ¿Qué… te ha… pasado? – Inquiere el moreno, aún conmocionado.

- No, no – se rebate ella. – Tú tapar mi otra vez.

En respuesta, el señor de la casa deja caer de nuevo la manta sobre ella. La joven empieza a sollozar y temblar, y cuando Ranma cierra la puerta a sus espaldas, comienza a llorar bajito. Él suspira, odiando que justamente se haya tenido que poner enferma ahora. "No puedo echarla, no así, en ese estado de ánimo que tiene". Maldice en voz baja. Chiyo, que aún sigue en el pasillo, se sobresalta al oírlo, pero antes de que la niña pueda decir nada, su señor se aleja de allí a grandes zancadas.

- Llama a Cologne; ella se encargará de todo – ordena por encima del hombro antes de desaparecer en una vuelta del corredor.

"No voy a ser yo quien la cuide" piensa para sí "Voy a emplear mi tiempo en algo mejor" Sonríe, pensando en qué va a hacer exactamente.

Por fin, llega al recodo que lo llevará directo hacia la habitación de su amada. Lo gira, para ver a su amada Akane cogida del brazo de Ryouga, con Ranko al otro lado. Se para, conmocionado. "¿Cómo que ahora está con él?" La oye reír, creyendo que ese sonido proviene del propio Cielo.

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Akane ríe del chiste de Ryouga. "No me había dado cuenta de que fuera tan gracioso".

- Y dime, Akane, ¿para cuándo te apetece celebrar la boda? – Ryouga usa un tono despreocupado, pero aún así la morena se pone totalmente rígida.

- Bueno, si te refieres a una boda contigo, creo que no puedo esperar – le suelta con tono frío y una sonrisa deslumbrante. Ahora es Ryouga quien se pone rígido, enrojeciendo.

Ranko suelta una risita, viendo el humor de Akane, eso es lo más suave que puede decir.

- ¿Es eso una declaración? – pregunta Ryouga con tono serio, mirando sus pies fijamente.

La morena sólo puede entreabrir los labios por la sorpresa. "¿A eso ha llevado mi sarcasmo?"

- No – declama una voz detrás de ellos. El trío se da la vuelta, para descubrir a un furioso Ranma. – Eso no es una declaración – recalca. – No permito que lo sea.

De un tirón, se lleva a Akane, agarrada del brazo. Los otros dos hermanos no tienen tiempo a reaccionar antes de que hayan desaparecido de la vista.

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- ¡Suéltame! – ordena Akane. - ¡No tienes derecho a cogerme así!

- Tengo el derecho de hacer lo que me plazca – dice, más bien gruñe, sin mirarla.

Por el tono de su voz, está muy enfadado. Akane se calla, por una vez en su vida. Se deja llevar hasta una habitación, empapelada en azul y madera. La lanza sobre la cama, sin contemplaciones. La joven trata de incorporarse, pero él se coloca sobre ella, con una rodilla sobre su pierna y cada mano de las de él a cada lado de su cuerpo. Inclina su cara hasta quedar a apenas dos centímetros de la de la joven morena. Ella hace una mueca, incómoda, tratando de no respirar demasiado profundo ni demasiado rápido. "¿Qué quieres?" piensa, pero no puede pronunciar palabra. Entreabre los labios, tratando de preguntárselo, pero su voz muere antes de alcanzar el exterior. En respuesta, su prometido se abalanza sobre ella, ansioso, pero justo antes de que llegue siquiera a rozarla, vuelve la cara hacia un lado, para notar cómo sus labios se presionan contra su mejilla.

- ¿Qué quieres? – logra preguntar esta vez.

- Grrr – el joven sólo gruñe. Levanta una mano para sujetar la barbilla de la mujer que tiene debajo y besarla, pero ella aprieta los labios. - ¿Me dejarás? – deja la palabra en el aire.

- No. – Lo empuja, desequilibrándolo, ya que sólo apoya una mano. Gracias a eso, logra escurrirse hacia un lado, pero él aún mantiene la rodilla sobre sus piernas. - ¿Me dejarás tú a mí? – Repite con un sonsonete burlón. Sentada en la cama, con él atrapándole las piernas, no está nada cómoda.

En el rostro masculino aparece una calculada y malévola sonrisa.

- No.

- ¿De verdad? – Los labios femeninos se curvan en una sonrisa no menos malévola, pero mucho más seductora. Sus dedos se acercan a la mandíbula del joven moreno, sujetándola suavemente, rozándola solamente. Acerca las caras de ambos, y pasa la boca entreabierta sobre la piel, cosquilleando cada poro al paso de su cálido aliento. – Ahora, ¿me puedes dejar… pasar?

De inmediato, Ranma se levanta, liberándola. Akane, ni corta ni perezosa, da un salto y en el mismo movimiento sale por la puerta, soltando una risita maliciosa, cosa que devuelve al señor de la casa a lo que acaba de hacer, dándose cuenta de que esta batalla la ha ganado ella. "Pero no las siguientes" se jura a sí mismo.

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La anciana Cologne suspira, mirando a la amante de su señor.

- Nieta – empieza, en el idioma natal de ambas; - ¿qué te ha pasado?

- No lo sé, abuelita – la voz de Shampoo suena quejumbrosa. – Esta mañana me desperté así.

- Piensa, Shampoo, ¿qué hiciste ayer?

- ¿Ayer? – la joven exótica hace esfuerzos por recordarlo. – Pues… ayer… hice lo de todos los días, me levanté, y, bueno, ya sabes que pasé contigo todo el día.

- Sí, hija – la corta impaciente Cologne, - pero, ¿qué hiciste después?

- Después… Iba a ir a ver a Ranma, pero… ¡me encontré un pastel! – se le ilumina la cara. – Un pastel de frutas, abuela. Estaba delicioso. Me lo comí todo entero, pero era pequeñito – agrega avergonzada.

Una mirada aguda aparece en el rostro de la sabia anciana. Coloca las manos en las caderas, para dar la vuelta y salir de la habitación, dejando a Shampoo con la boca abierta. Un momento después vuelve con una palangana llena de agua y unos cuantos retales de tela.

- Esto servirá, nieta – dice mientras echa unas hierbas machacadas en el agua. – Ya está.

A continuación, empapa uno de los trozos de tela en el agua con hierbas, para coger un brazo de la joven y frotarlo con ella. Atónita, la amante del señor ve cómo las manchas se aclaran, pasando del rojo intenso de hace un momento a un rosa más claro.

- ¡Abuela! – Eleva unos ojos sorprendidos hacia ésta, que la observa con una sonrisa satisfecha.

- No sería nada más que alguna planta – explica – que produce sarpullidos. Si te frotas durante una semana con esto, desaparecerá completamente, y tu piel volverá a estar completamente sana.

De inmediato, comienza a frotar cada centímetro de la piel de su nieta con la mezcla de agua y hierbas, hasta que ya no está hinchada, sino sólo rosada por el frote.

- ¡Voy a contarle a Ranma! – exclama alegre la joven exótica.

Pegando saltos de felicidad, Shampoo busca a Ranma. Oye su voz a la vuelta del pasillo, usando un tono amenazante. Se para en seco; nunca lo había oído hablar así.

- No creas que vas a evitarme tan fácilmente – hace una pausa. – Ya sabes que nuestra boda está concertada, y en cuanto Shampoo mejore, la echaré de aquí y nos casaremos.

Ante esta última declaración, la joven comienza a ahogarse. En su pecho, su corazón se esfuerza por latir, sin mucho éxito. Con los ojos anegados en lágrimas y temblorosa, se deja resbalar por la pared hasta tocar el suelo. "Sólo… sólo una diversión… para él" Ahora sabe que realmente se te puede romper el corazón, pues ella siente un cuchillo clavándose en lo profundo de su alma, un dolor tan grande que llega a ser físico. Llorar. Es la única posibilidad que pasa por su mente.

- ¡Shampoo!

Entreabre los ojos para ver a una compungida Akane, quien le tiende la mano. Mano que golpea con la suya, rechazándola. De golpe, se levanta y echa a correr escaleras arriba, hasta llegar a su habitación. Llorando a moco tendido, se lanza sobre la cama. Cologne, que aún estaba preparando las hierbas y el agua para los lavados, se acerca sorprendida.

- ¿Qué sucede, nieta?

Entre sollozos y lágrimas, Shampoo logra contarle lo que ha oído en el pasillo.

- Me… me prometiste que ese amor habría acabado, abuela – le dice llorosa.

- Debería haber sido así, cariño – responde abrazándola. – No comprendo qué pasó; todo había salido bien.

Ya cálmate. Reharemos el hechizo y ya está, mi niña. Sólo quiero que tú seas feliz.

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- Seguro que lo ha oído todo, Ranma.

- ¿Y qué? – se gira para mirarla. Extrañamente, su cara dibuja un gesto de pena. – Dime, ¿acaso te cae bien?

- No, no me cae nada bien. – Se cruza de brazos. – Pero no puedo dejar de sentir lástima por ella: creo que te amaba de verdad.