Capítulo 14
"La enfermería"
Se escucharon varios gritos de alarma que surgían de entre la multitud de alumnos de tercer año que formaban un corro alrededor de la escena. Contemplaron con horror como el gran hipogrifo graznaba de una forma desafiante y ronca, avanzando peligrosamente rápido hacia el reducido grupo de slytherins que hasta hace un segundo acosaba a James Evans.
Aquellos mismos slytherins estaban tan aterrados de aquella criatura que no dudaron en dejar de lado su dignidad, y salieron corriendo hacia el resto de compañeros con la esperanza de ponerse a salvo. Todos, excepto Pansy Parkinson. La chica se había quedado blanca como la tiza, con los ojos enormes y totalmente petrificada.
A Harry le dio la impresión de que si no hacía nada, seguramente el hipogrifo la despellejaría allí mismo. Buckbeak tenía una mirada salvaje que nunca creyó que fuera capaz de poseer, teniendo en cuenta lo tranquilo que había sido desde el momento en que lo conoció. No entendía qué había hecho enfurecer de aquella manera al gran animal. Tenía el pico abierto amenazadoramente, y las plumas de su cuello completamente hinchadas dándole una apariencia mucho más intimidatoria.
Harry dio un paso hacia el hipogrifo, tratando de detenerlo.
- ¡Buckbeak! – gritó, haciéndose incluso daño en la garganta al no estar acostumbrado a alzar tanto la voz, pero si no lo hacía, aquel animal no podría escucharle con la cantidad de gruñidos que estaba emitiendo, y la de gritos que lanzaban los demás alumnos.
Reconociendo su propio nombre, y con gran sorpresa para Harry, el hipogrifo se detuvo en seco y le miró. Todavía parecía terriblemente enojado, y mantenía su gran pico abierto para poder obtener mayores bocanadas de aire. El gryffindor pudo notar incluso el estrés del animal, el cual clavaba sus garras contra la húmeda tierra para mantenerse firme en el sitio, posiblemente en contra de su voluntad.
- Por favor… - dijo Harry intentando sonar calmado – No le hagas daño. – Sabía que el animal no podía entenderle de ninguna de las maneras, pero de algún modo, pensó que al decir aquellas palabras podría tranquilizar a Buckbeak. El hipogrifo le siguió mirando fijamente, apelmazando lentamente sus plumas y parando de gruñir. Harry se sintió aliviado al haber podido detenerlo a tiempo. – Eso es… - le susurró.
Harry fue consciente de una extraña y repentina sensación de sosiego, que le permitió incluso sentir su propio corazón en su pecho y su entrecortada respiración. Todavía percibía su propia magia revolverse dentro de él, ansiosa, mientras que sus músculos hacían terribles esfuerzos para soportar aquel poder que amenazaba con liberarse.
Miró a alrededor suyo, notando que todo estaba preocupantemente tranquilo con respecto al griterío anterior, y se puso nervioso al comprobar que todo el mundo le miraba. Al joven gryffindor empezaron a sudarle las palmas de las manos. Aquella atención por parte de los alumnos solo conseguía que su nerviosismo aumentase, y a pesar del frío invernal de aquel bosque, Harry notaba el ambiente demasiado saturado a su alrededor.
- ¡Estúpido pollo asqueroso! – escuchó como alguien gritaba, no muy lejos de él, parando de golpe su línea de pensamientos.
Harry vio con horror como Pansy, después de lanzar aquel chillido agudo, sacaba su varita y apuntaba a Buckbeak con ella.
- ¡Bombarda! – exclamó Parkinson.
Todo ocurrió tan rápido que Harry apenas tuvo tiempo de reaccionar, y lo único que pudo hacer fue levantar su brazo en aquella dirección como si tratase de evitarlo. Su mente le informó al instante qué hechizo era el que Pansy estaba lanzando, y las consecuencias que tendría sobre el majestuoso animal si le llegaba a impactar de lleno. Su corazón dio un doloroso vuelco mientras latía desbocadamente, y todos sus músculos se tensaron a la vez. La punta de la varita de la chica empezó a brillar, y Harry sabía que ya no podía hacer nada por tratar de detenerla.
Pero no podía dejar que algo le ocurriera a Buckbeak.
Su propia magia se agitó nerviosa por sus venas, recorriendo casi la totalidad de su cuerpo a una velocidad pasmosa. Era un calambre extraño el que sentía, como si bajo su piel estuviera pasando una corriente eléctrica que no le producía dolor alguno. Aquella extraña energía le hizo contener su propia respiración, que le impidió emitir algún sonido de alarma para alertar a los presentes. No podía ni siquiera apartar su vista de la varita de Pansy. Era como si su propio cuerpo quisiera detener el ataque, a pesar de que no era capaz de realizar ningún hechizo sin su varita. No había forma de controlar esa sensación de poder mágico.
Estaba aterrado. No sabía ni cómo ni por qué le estaba sucediendo esto ahora, pero a pesar de lo volátil que era su magia accidental y del miedo que siempre le había tenido, por primera vez en tantos años, no trató de retenerla.
Aquella energía llegó hasta la palma de su mano extendida hacia la chica y el hipogrifo. Notó como ese extraño poder brotaba a través de sus dedos, aunque no había nada visible que pudiera demostrar lo que estaba sintiendo en aquel momento. Sabía que algo tuvo que haber hecho, porque sorprendentemente el hechizo Bombarda que había lanzado la chica a bocajarro sobre el hipogrifo acabó explotando en un punto mucho más alejado del animal. Era como si hubiese sido desviado hasta allí a propósito.
El calambre de su brazo y de su cuerpo desapareció de golpe, dejándole con una fatigosa sensación en todos sus músculos. Aquel extraño poder solamente había durado un mísero segundo, pero habían dejado al gryffindor totalmente exhausto. Harry respiró trabajosamente bajo su bufanda, sin ser capaz de apartar la vista del lugar donde había reventado el hechizo de Parkinson.
Curiosamente, el resto de alumnos de gryffindor y de slytherin no parecían mirarle a él, sino a la chica y al hipogrifo. Supuso que nadie se había dado cuenta de lo que acababa de suceder delante de sus propios ojos, y que aún estaban demasiado conmocionados por la extrema acción de Pansy sobre el animal como para presarle la más mínima atención en Harry.
Buckbeak volvió a mirar a la chica con unos grandes ojos llenos de ira, tras recuperarse de la ensordecedora explosión. Se alzó sobre sus dos patas traseras de caballo, relinchando y rugiendo hacia la joven, mientras agitaba peligrosamente cerca de ella sus enormes garras de águila. Harry sabía que por mucho que le gritase, no iba a ser capaz de detener esta vez al hipogrifo. Parecía ser capaz incluso de arrancarle la cabeza de un zarpazo a Pansy, quien había vuelto a quedarse de piedra. Seguramente, no se imaginaba que iba a fallar su hechizo a tan corta distancia.
Maldiciendo por lo bajo, Harry hizo lo único que podía hacer para brindarle la inmerecida ayuda que necesitaba la chica en aquel momento. Se acercó hacia ella rápidamente aprovechando la corta distancia entre ambos, y le propinó un empujón que la arrojó contra el suelo.
Menos mal que lo hizo justo a tiempo, porque al segundo instante notó como unas garras se incrustaban en sus hombros y lo derribaban con apabullante fuerza. Sintió como su túnica y su propia carne se desgarraba, y perdió la vista momentáneamente al impactar su cabeza contra el suelo.
Apenas fue consciente de los gritos de horror de los gryffindors y de los slytherins. El cielo azul que momentáneamente vislumbró el joven gryffindor después de recuperar su visión, quedó obstruido por la gigantesca cabeza de águila que se acercaba con un gran pico abierto hacia su dirección. Buckbeak se detuvo justo a tiempo, lanzándole a Harry un cálido aliento sobre su rostro y parando de graznar casi al instante.
Puede que fuera el dolor indescriptible de sus hombros, del cansancio que le inundó después de haber usado su magia sin que nadie fuera consciente de ello, o por lo rápido que le latió el corazón al encontrarse bajo la oscura figura de un hipogrifo furioso. Quizás es que se había olvidado de cómo se respiraba.
Pero todo eso ya no importaba, pues lo que sí que era cierto, es que justo en aquel preciso instante, "James Evans" se había desmayado.
Poppy Pompfrey se consideraba como una mujer seria, firme, con un carácter fuerte y difícil de impresionar. Durante muchos años había estado trabajando como enfermera de Hogwarts, curando multitud de hechizos mal realizados, heridas de quidditch, simples resfriados y aparatosas malformaciones mágicas. Tarde o temprano, todos los estudiantes acababan llegando a su enfermería, y tratados con el mismo respeto y formalidad como si se tratasen de un adulto.
Para Poppy, todos aquellos años de experiencia le sirvieron para inmunizar su asombro con la cantidad de inverosímiles situaciones de riesgos con las que se topaba diariamente, y se preguntaba constantemente por qué solamente estaba ella de enfermera al cargo de tal cantidad de gente imprudente y despreocupada.
Debía reconocer que era bastante buena en su trabajo. Tenía una gran devoción por él, estaba soltera, y prácticamente vivía en el castillo durante todo el año. Además, nunca tenía tiempo para aburrirse de lo que hacía, al fin y al cabo, no había nada de lo que no acabase enterándose, y conocía tal cantidad de secretos sobre alumnos y profesores que las revistas de cotilleo parecerían simples diarios de adolescentes.
Los amores y desamores de los alumnos ocasionaban demasiados problemas en su ajetreado trabajo. La gente no podía ni imaginarse la cantidad de filtros de amor que había tenido que curar, o la de maldiciones que una chica despechada podía ser capaz de realizar sobre el objeto de su odio. En opinión de la enfermera, el quidditch sería un mejor deporte si eliminasen a las bludgers asesinas, y consideraba que las clases de pociones deberían de estar prohibidas para los alumnos de primer año por la cantidad de calderos que explotaban sin motivo aparente (o por la ineptitud de los alumnos, según Snape).
No podría ni enumerar la de veces que había tenido que destransformar a los alumnos, a los cuales no se les ocurría una cosa mejor que hacer que experimentar sus hechizos sobre ellos mismos. Y cómo olvidar a los pobres incautos que confiaban demasiado en el profesor de Defensas contra las Artes Oscuras, Gilderoy Lockhart, para curarles alguna pequeña herida. Aquel hombre le daba más trabajo del que trataba de quitarle, y por muy nobles que fuesen sus intenciones, Poppy prefería que se ocupase de sus clases y le dejase a ella hacer su trabajo de enfermera.
Pero a pesar de todas aquellas experiencias vividas por Pompfrey, jamás habría podido mantener la compostura ante la imagen del profesor Hagrid llevando entre sus brazos a un alumno ensangrentado e inconsciente. Nada más vio como el semigigante cruzaba las enormes puertas de su enfermería, Poppy se llevó las manos a la cabeza.
- ¡Por Merlín bendito, Hagrid! ¡Qué demonios ha pasado ahora! – gritó alterada, corriendo hacia el semigigante mientras éste se acercaba temeroso hacia ella.
- Ha…Ha sido un accidente. Lo juro. – dijo entrecortadamente el profesor, mientras llevaba entre sus grandes brazos con todo el cuidado del mundo el cuerpo del joven gryffindor, según pudo adivinar la enfermera por la bufada de vivos colores que llevaba puesta. Pompfrey ignoró al semigigante, tan alterada por la cantidad de sangre que había en la ropa del chico que apenas podía controlar su propia voz angustiada.
- ¡No hay tiempo que perder! ¡Sígueme! – le ordenó, mientras se dirigía a toda prisa a una de las tantas camillas que poseía la enfermería.
Hagrid llevó al muchacho a la pequeña cama de sábanas blancas, las cuales quedaron manchadas al instante de aquel color rojizo. Aquella visión alteró más al profesor de Criaturas Mágicas.
- Y-yo… yo nunca q-quise que ocurriera esto… - tartamudeó el semigigante, llevándose sus grandes manos manchadas de sangre a la cabeza. – Todo ocurrió tan deprisa… y yo en ese momento no estaba allí… ¡pude haberlo evitado! – se auto castigó.
- ¡Tranquilízate, Hagrid! – exclamó la enfermera, cerrando las cortinas del pequeño habitáculo. – No conseguimos nada si ahora te pones a llorar, así que contrólate.
- S-si…
- Mientras le hago un chequeo, ve contándome lo que sepas. Necesito saber qué ha pasado.
Pompfrey sacó su varita y fue cortando mágicamente los restos de la túnica del gryffindor, la cual estaba rasgada por los hombros. Además, también le quitó la parte de arriba de su uniforme y la bufanda ensangrentada de su cuello. Era la primera vez que aquel alumno llegaba a su enfermería, se dijo. No conocía ni siquiera su nombre, ni tampoco reconocía aquel rostro tan delgado.
- P-pues… Yo estaba buscando comida para Buckbeak…
- ¿Buckbeak? – preguntó rápidamente la enfermera.
- Sí, mi pequeño hipogrifo. Le dejé con el joven Draco Malfoy y con el pequeño James Evans… - dijo mirando hacia el pequeño gryffindor, y proporcionándole a la enfermera el nombre que desconocía de aquel alumno – Ambos se habían ido a dar un vuelo con Buckbeak. El resto de mis alumnos llegaron al poco tiempo, y los dejé esperando en el bosque mientras yo buscaba la comida para mi pequeño Buck, como ya he dicho… - explicó, tratando de calmar sus nervios – Cuando volví…
El semigigante no fue capaz de continuar.
- Estas heridas… - dijo Poppy, apuntando a las graves magulladuras ensangrentadas con su varita – Tienen toda la pinta de haber sido hechas por un animal. Parecen como garras… ¿Fue el hipogrifo?
- … P-puede…
- Por Merlín, Hagrid. – suspiró la enfermera – Debes dejar de llevar unas criaturas tan peligrosas. ¡Mira lo que pasa por no hacer caso de las normas!
- ¡Buckbeak es un hipogrifo bueno! Algo tuvo que suceder para que atacase a un alumno. – se justificó.
Hagrid empezó a dar vueltas por el pequeño habitáculo, completamente alterado por la situación. La enfermera no le dio mayor importancia al inexperto profesor, y siguió examinando al joven alumno que yacía inconsciente en la camilla. Detuvo la hemorragia con un simple Episkey, y se deshizo de los restos de sangre que obstaculizaban su visión de las heridas.
Hizo un pequeño carraspeo de desaprobación al observar con mayor detenimiento el pálido cuerpo de Evans. No conocía nada de aquel chico, pero lo que pudo ver a simple vista es que era extremadamente delgado. Puede que fuese de segundo curso, debido a lo pequeño que parecía en aquella cama. En cuanto se despertase, iba a tener una charla muy seria con Evans sobre su dieta, y a advertirle de que debía comer más sano.
Revisó por todo el pecho del chico, además de sus brazos. No parecía tener ninguna herida más sangrando en aquel momento a parte de la de los zarpazos en ambos hombros, pero había algo que no le gustaba nada en absoluto. Había algunas líneas delgadas que resaltaban en aquella pálida piel. Eran cicatrices, algunas pequeñas, y otras demasiado grandes para su agrado. El chico debía de haberse caído en una caja llena de cuchillos para poder explicar tal cantidad de marcas. Se preguntó si tendría más por otras partes del cuerpo, y sobre todo, cómo habían podido llegar a parar allí.
Levantó su vista hacia el rostro del chico, quien permanecía dormido todavía. A pesar de lo joven que debía de ser, aquel rostro emitía cansancio por todas partes. Bajo sus ojos tenía ojeras, y aquel despeinado pelo negro se pegaba a su frente como si hubiese estado sudando hasta hace nada. ¿Puede que aquellas heridas se hubiesen empezado a infectar? Debía de curarle deprisa.
Todavía afectada por la sangre que había perdido el joven adolescente, y viendo lo vulnerable que parecía sobre la camilla, no pudo evitar sentir cierta lástima por él. Se inclinó hacia su rostro, y con la dulzura de una madre le apartó el flequillo de la frente.
Se le escapó un fuerte grito de asombro, y rápidamente volvió a dejar el flequillo donde estaba.
- ¿Poppy? – escuchó cómo le preguntaba el semigigante, el cual se había parado en el sitio y le miraba con curiosidad.
La enfermera respiraba agitadamente, y todo el color de su rostro había desaparecido por completo. Se quedó durante varios segundos de pie, inmóvil, tratando de calmarse y de no ponerse a gritar allí mismo.
Cuando consideró que ya se había recuperado del susto inicial, miró al profesor a los ojos fijamente, con una expresión totalmente rígida.
- Hagrid… llama a Albus. – le pidió.
- ¿Qué? P-pero Poppy… ¿Vas a contarle lo ocurrido? Ya te he dicho que Buckbeak…
- Hagrid. – le interrumpió cortantemente - Haz el favor de llamar al director. Esto no tiene nada que ver contigo. Corre y llámale. Debe de estar todavía en el gran comedor.
Algo confundido, y todavía en contra de su voluntad, el semigigante se dio media vuelta para ir en busca del director de Hogwarts. Antes de que pudiera cruzar las cortinas, la enfermera le volvió a llamar.
- Y Hagrid. Procura que solamente venga Albus. No quiero que nadie más le acompañe. ¿Queda claro?
- …Si. – contestó de vuelta Hagrid, antes de marcharse de allí.
Pompfrey sabía que debía atender a aquel joven… pero su mente parecía estar todavía en shock. Miró de nuevo al gryffindor que yacía inconsciente en la camilla, y volvió a apartarle el flequillo con más cuidado que antes, como si temiera lo que fuera a encontrarse allí debajo.
No, no se lo había imaginado. Aquel chico tenía una peculiar cicatriz en forma de rayo en la frente, la misma que tantas veces había visto en el salvador del mundo mágico en los periódicos.
Pompfrey hizo un pequeño y sencillo hechizo sobre aquel alumno. Esperó con impaciencia unos breves segundos, hasta que unas letras brillantes aparecieron delante de ella, danzando en el aire con elegancia.
"James Evans", podía leerse claramente.
Ese era su nombre, era cierto. Pero si uno se fijaba con atención, podía darse cuenta de que algo no andaba bien. Normalmente con aquel hechizo se podía conocer los dos apellidos… el del padre y el de la madre. En aquel momento solo le revelaba uno de ellos, lo cual era muy extraño, y tremendamente sospechoso.
Le tapó de nuevo la frente, y dejó escapar un largo suspiro.
Se fue corriendo hacia su despacho para reunir las pociones que necesitaba, sin olvidarse de que aún tenía a un paciente por atender con urgencia. Cogió varios frascos de diversa utilidad: uno que contenía una poción para la sangre perdida del joven, otra para las posibles infecciones que debían de estar provocando aquellas profundas heridas, una más para el dolor, otra poción para dormir en cuanto se tomase las anteriores, y por último un ungüento para los zarpazos. Regresó al lecho del joven gryffindor, justo a tiempo para ver como éste se movía ligeramente sobre la cama y emitía pequeños quejidos de dolor. Se estaba despertando.
- Shh, tranquilo. Ya estoy aquí… - le dijo Poppy con voz calmada, colocando las pociones en una mesita cercana.
- ¿…D-donde…? – intentó hablar el pelinegro, su voz apenas siendo un suspiro.
- Estás en la enfermería. Hagrid te trajo aquí.
La enfermera podía ver como el chico parecía totalmente ido e incapaz de mantener sus ojos abiertos por mucho tiempo. Era como si no fuera consciente del lugar en donde se encontraba, a pesar de que ella se lo acababa de decir. Tampoco parecía reconocer a la persona que le hablaba, pero era normal; nunca habían tenido ocasión de conocerse, ya que aquel joven nunca había pasado por su enfermería. El gryffindor dejó escapar otro quejido de dolor cuando intentó incorporarse, debido a las grandes heridas de sus hombros. Pompfrey le sujetó con cuidado de no tocar la piel rasgada, impidiendo que se moviese y empeorase su estado.
- ¿Recuerdas algo de lo sucedido? – le preguntó con una voz muy baja.
- … N-no… - admitió el joven, quebrándosele la voz.
Apiadándose de él, Pompfrey le acercó con rapidez la poción para mitigar el dolor.
- Toma. Te sentirás mejor. – le aseguró, llevándole el frasco a los labios.
Esperó pacientemente a que el gryffindor se bebiera esa y otras dos más: la poción para las posibles infecciones y la que le haría recuperar la sangre que había perdido.
Pompfrey esperó a su lado, dejándole tiempo para que recobrase la consciencia del todo. El color volvió a las mejillas del joven, y la enfermera aprovechó los efectos de la poción contra el dolor para empezar a aplicarle la crema curativa sobre las heridas.
- … ¿Usted es… Madame Pompfrey? – preguntó entonces el pelinegro, con una voz no muy segura y todavía sonando como si soportase un gran dolor. Era obvio que conocía su nombre, era la única enfermera que trabajaba en Hogwarts.
La mujer no le contestó al momento, y podía notar los músculos del chico tensarse bajo sus manos. Puede que la poción estuviese tardando más de la cuenta en hacer efecto.
- Así es. Estás en mi enfermería. Hagrid me contó que un hipogrifo te atacó. – le explicó lentamente, manteniendo su voz muy tranquila a pesar de lo nerviosa que ella misma se sentía.
- F-fue un accidente.
- ¿Le provocó usted? – le preguntó ella, intentando distraerle a él y a ella misma ya de paso.
- No…
Viendo el trabajo que le costaba al joven hablar, la enfermera decidió que lo mejor era dejar las preguntas para más tarde, cuando estuviese más calmada.
- Voy a dejarte descansar. – le dijo, mientras terminaba con las heridas – Te daré una poción para dormir, descansarás un poco y luego podrás volver a tu torre de gryffindor. ¿De acuerdo? – le explicó.
El joven no parecía muy convencido, y se removió incómodo en la camilla. Ahora que se fijaba Pompfrey, ella no era la única que se sentía incómoda con toda aquella situación. "Evans" no era capaz de mirarle tan siquiera a la cara, y mantenía su rostro girado hacia un lado para que la enfermera tampoco pudiese verle. Quizás se sintiera algo avergonzado, ya que estaba de cintura para arriba totalmente desnudo. Intentando tener al menos un gesto amable con él, Poppy le cubrió con unas sábanas limpias a golpe de varita, y cuando ya estaba cubierto hasta el cuello, le acercó la última poción.
- Bébetela. – le pidió.
Al principio parecía querer resistirse, manteniendo sus labios firmemente sellados y la vista hacia abajo. Pero viendo que la enfermera no se iba a mover de su lado hasta que no se la tomase, accedió tímidamente a bebérsela. A los pocos segundos, todo su cuerpo se relajó sobre la cama. Pompfrey pudo vislumbrar unos brillantes ojos verdes tras aquellas finas gafas, antes de que se cerraran con pesadez por culpa de los efectos de la poción. Dando un pequeño suspiro, el joven se quedó totalmente dormido frente a ella.
La enfermera le miró largamente, con el frasco de la poción vacío en su mano, y con su varita en la otra sujetándola débilmente. Le fue incapaz de apartarse de su lado, sin poder dejar de mirar aquel escuálido rostro que dormía apaciblemente en la camilla. Al poco tiempo, escuchó como alguien apartaba las cortinas y entraba en el habitáculo, cerrándolas de nuevo.
- ¿Poppy? – escuchó una voz cansada, apenas pudiendo reconocer a su risueño director – Hagrid me ha dicho que me necesitabas… Al verle lleno de sangre me he temido lo peor...
- Albus. ¿Tú sabías algo de esto? – le preguntó ella, sin dejar de mirar al chico. Intentó seguir el ritmo de la respiración de aquel joven, observando el ligero vaivén de su pecho bajo aquellas sábanas, y tratando de utilizar aquella imagen como medio para tranquilizarse.
- No sé exactamente a qué te refieres. – le escuchó decir al hombre, con el mismo tono de cansancio.
- ¿Sabes quién es… este alumno?
Entre ambos, se hizo un breve silencio. La enfermería estaba desierta, por lo que no había ningún otro sonido para distraerse más que las tímidas pisadas del director mientras se acercaba más a la cama.
- Claro que sí – le contestó el hombre, y ella se giró para mirarle a los ojos. Dumbledore se erguía solemnemente frente a la cama, con una mirada indescifrable sobre el chico. – Él es James Evans.
- Albus… - protestó la enfermera, sin saber muy bien qué decirle.
El director sacó su varita, y lanzó un hechizo para insonorizar el pequeño espacio por si alguien pasaba por allí, sorprendiendo ligeramente a la enfermera. Con un paso lento, se dirigió hacia uno de los costados de la cama, justo al otro lado de donde se encontraba Pompfrey.
- ¿Cómo se encuentra? – le preguntó, desconcertando momentáneamente a la mujer.
- Está bien. – le aseguró – Ya le he tratado las heridas, y ahora descansa gracias a una poción para dormir…
El director recorrió con la mirada el rostro del chico mientras se acariciaba lánguidamente su barba plateada.
- Albus… He descubierto algo en este chico que me preocupa. – le dijo la enfermera, viendo que el hombre no parecía querer empezar a hablar.
- ¿Y qué es lo que has descubierto? – preguntó el director, fingiendo curiosidad.
Tratando de ignorar su propio nerviosismo, Pompfrey apartó el flequillo de la frente de "Evans". Miró de nuevo al director a los ojos, pero éste no cambió ni una pizca su actitud ante la imagen.
- ¿No se te hace tremendamente conocida esta cicatriz, Albus? – le preguntó ella, notando como su voz temblaba.
- Claro que sí. – contestó con toda la tranquilidad del mundo.
- ¡Entonces…! – exclamó ella, olvidándose de que a su lado estaba el chico durmiendo y perdiendo toda su seriedad - ¡Mis sospechas son ciertas! Este niño de aquí, - dijo, señalando al joven gryffindor - ¡es Harry Potter!
- No. – le contestó secamente el director.
- ¿No? ¿Cómo que no? – le preguntó la enfermera totalmente alterada, y algo confusa.
El director pareció pensar momentáneamente su respuesta.
- Tiene la cicatriz, pero éste joven es "James Evans". – le aseguró.
- ¡Pero esa cicatriz-! – volvió a empezar ella, apretando su varita.
- Poppy. – le interrumpió Dumbledore, haciendo que la enfermera cerrase su boca de golpe y la convirtiese en una fina línea blanca, debido al esfuerzo de intentar no decir nada más – Si, es la cicatriz que el Señor Tenebroso dejó en este joven cuando era un bebe.
- ¡Entonces este muchacho es Harry Potter! – repitió, cada vez más convencida.
- No. Como ya he dicho antes, este chico de aquí se llama "James Evans". No puedes confundirlo, Poppy.
Pompfrey alzó sus manos hacia el cielo, desesperada.
- Déjame que te lo explique. – le dijo entonces el director, justo a tiempo para que ella no se pusiera a gritar de nuevo.
- … Sí, por favor. Pero no te vayas por las ramas como sueles hacer… - le advirtió, tratando de calmarse.
El director inclinó su cabeza en su dirección, como si aceptase aquellas condiciones. Conjuró una silla con su varita, y se sentó en ésta con aire derrotado.
- Todo empezó aquella trágica noche… - comenzó explicándole, y sorprendiendo a la mujer al haber accedido tan fácilmente a contárselo – Tú también podrás recordarla. Fue el día en el que el Señor Tenebroso atacó la mansión Potter. – Pompfrey palideció un poco ante el recuerdo, pero le dejó proseguir – Aquel día, Harry Potter quedó huérfano, y a la espera de poder encontrar un hogar donde pudiera estar a salvo y protegido de las posibles represalias de los seguidores del innombrable.
- Y el ministerio le adoptó y se encargó de su educación. Todo eso ya lo sé, Albus. – dijo ella, algo ofuscada.
- No.
- ¿No qué?
- Eso no fue lo que realmente pasó ese día. – Poppy le miró, totalmente confundida – Como iba diciendo, Harry necesitaba un hogar. Todos empezamos a intentar decidir cuál sería el mejor sitio para que pudiese vivir y crecer, y sinceramente… no todas eran buenas ideas. El Ministerio de Magia parecía querer hacer todo lo posible para llevarse a Harry con ellos, y yo trataba por todos los medios convencerles de que no podían hacer algo así. De que si hacían eso, estarían poniendo la vida del joven en peligro, y le estarían negando poder tener una vida normal. – el director hijo una pausa de varios segundos, antes de continuar con un tono de voz más misterioso y reservado - Pero sin que nos diéramos cuenta… varias personas "raptaron" a Harry Potter bajo nuestras propias narices. Lo hicieron tan hábilmente que, para cuando nos percatamos de la ausencia de Potter, fue imposible seguir su rastro. Evidentemente, yo me di cuenta de lo que había ocurrido, o al menos lo pude deducir. Pero no hice nada al respecto.
- ¡Qué! – exclamó la enfermera en cuanto el hombre le dejó hablar - ¿Dejaste que unas personas se llevasen a Harry Potter y no hiciste nada por impedirlo? ¡Por qué!
- Porque los "secuestradores" estaban ejecutando el mismo plan que yo tenía ideado para el pequeño Harry. Lo dejaron al cuidado de los parientes cercanos del joven, y le cambiaron el nombre para que nadie pudiese encontrarle ni reconocerle. Era un plan perfecto, Harry Potter jamás tendría que preocuparse por lo que había pasado, y podría vivir una vida normal y corriente. Pero había algo que no tuvieron en cuenta las personas que se lo llevaron aquella noche.
- ¿El qué?
- Que por mucho que lo intentasen, su cicatriz sería imborrable. Harry Potter, al ser un mago, y tarde o temprano regresaría al mundo del que trataban de protegerlo. – respondió el director, con cierta amargura.
- Entonces… ese niño… ¿es él? – preguntó de nuevo la enfermera, señalando al joven dormido que yacía en la camilla.
- …Sí. Pero como ya he dicho varias veces… Este niño es "James Evans". Y seguirá siendo así hasta que pueda recuperar su verdadero nombre. – le dijo a la mujer con voz cansada.
- ¿Y lo has sabido todo este tiempo y nunca has dicho nada?
- Yo no podía hacer nada, Poppy. No quería intervenir en lo más mínimo en su vida. Si lo hacía, le estaría negando un futuro tranquilo, donde jamás tendría que ser acosado por magos convenidos ni por brujas cotillas. Sería simplemente "James".
Poppy Pompfrey miró hacia el joven gryffindor, asimilando poco a poco las palabras del director.
- ¿Los demás profesores también lo saben? ¿He sido la última en enterarme de todo esto?
- No. Tú y yo somos los únicos… Bueno, en realidad hay otro profesor que lo sabe, pero no hay de qué preocuparse. Sabe mantener muy bien bajo llave este tipo de secretos… - le dijo, con aire de misterio.
- ¿Y hay algún motivo especial por el cual tengamos que mantenerlo en secreto? – quiso saber ella, ignorando esa tercera persona.
- … Poppy, ¿te has fijado en lo rápido que has sido capaz por ti misma de descubrir su identidad? – le habló con voz calmada, alisándose su túnica mientras permanecía sentado en la silla.
La enfermera asintió.
- James Evans lleva más de dos años viniendo a Hogwarts. Estoy totalmente convencido de que él conoce el significado de la cicatriz de su frente, por lo mucho que les gusta a los de El Profeta hablar sobre Harry Potter. Por lo que sé de este muchacho que se encuentra frente a nosotros, hasta ahora nunca ha mostrado su rostro en público, y ni siquiera come con el resto de alumnos para no tener que hacerlo. Esta es la primera vez que yo mismo puedo verle sin esa bufanda… - admitió el director - … Seguramente, tenga miedo de que la gente sepa quién es él, y de las consecuencias que traería si alguien le reconociera. Y debemos respetar su deseo de seguir permaneciendo en el anonimato. – explicó el hombre.
- … Entonces, ¿crees que no debería decirle a "Evans" que conozco su secreto? – preguntó dubitativa la enfermera.
- No creo que sea lo más apropiado.
La enfermera le miró, frunciendo ligeramente sus cejas.
- Es complicado, se que es difícil guardar un secreto así. – admitió el director. - Personalmente, desearía poder quedar una tarde con el joven Evans y poder hablar sobre este tema durante horas. Pero...
- ¿Pero?
- … Yo... Planeaba contarle toda la verdad a Evans cuando fuese más mayor y pudiera entenderme.
- ¿Entenderte? – la mujer le miró, confusa.
- Entender por qué ha estado durante tanto tiempo solo y sin nadie que le explicase la verdad sobre su cicatriz… Perdonarme por haberle ignorado durante años, aun sabiendo de que él era el Salvador del mundo Mágico, y que nadie se ha dignado en agradecerle lo que hizo por nosotros. – Albus miró a la enfermera a los ojos – Este joven perdió a sus padres y su verdadero nombre. Lo mínimo que se ha merecido siempre, es algo de consideración por nuestra parte. ¿Cómo crees que podrá reaccionar cuando le diga que sé por lo que está pasando pero no voy a mover un dedo para ayudarle? Me siento como la persona más horrible y despreciable de este castillo, por mantenerlo oculto y sin haber celebrado ni un solo día que después de tantos años aun esté todavía con vida, sano. Pero el chico no es feliz… y no está en mi mano poder remediarlo.
Dumbledore se levantó, con un rostro que reflejaba todos los años que llevaba a sus espaldas. Su larga túnica azul oscuro arrastraba por el suelo cuando se empezó a encaminar hacia la salida.
- Solo te pido que no se lo cuentes a nadie, Poppy. Todavía el mundo no está preparado para saberlo. – se giró una última vez en dirección a la mujer – Pero eres libre de hablar con él, si ese es tu deseo. Yo esperaré pacientemente hasta que el joven "James Evans" no pueda mantener su silencio, y finalmente salga en busca de preguntas, las cuales gustosamente yo le contestaré. Algún día se cansará de estar en la sombra, y cuando alce su voz hacia la comunidad mágica, nadie podrá negarle lo que por derecho es suyo.
Madame Pompfrey vio la figura del director desaparecer a través de las cortinas, y un espantoso silencio se cernió sobre la enfermería. Se giró entonces hacia el joven gryffindor, una vez más, y contempló aquellos rasgos tan cansados que marcaban el rostro del chico. Se inclinó sobre él, y le acarició lentamente la cabeza.
- Gracias… - le susurró.
No supo decir cuánto tiempo estuvo durmiendo. Notaba las cálidas sábanas entre sus dedos, y un olor poco familiar a su alrededor. No podía oír los ronquidos de sus compañeros de cuarto, ni el del ulular de las aves que solían rondar por las ventanas de su torre. De lo único que era consciente era de su propia y calmada respiración, y unas pisadas contra el suelo de piedra que cada vez se hacían más cercanas.
Temiéndose que no estaba en los dormitorios de gryffindor como en un principio creyó, se obligó a sí mismo a abrir los ojos. No podía ver prácticamente nada, además de que no notaba el peso de sus finas monturas sobre su nariz. Alguien debía de habérselas quitado mientras él dormía. La única e insignificante luz de aquel lugar provenía de una vela que flotaba a uno de los lados de su cama, cerca de su cabecero. La pequeña llama que desprendía la diminuta vela iluminaba pobremente las cortinas que rodeaban su reducido habitáculo. Su luz anaranjada serpenteaba danzante sobre las sábanas, y producía sombras movedizas en el resto del lugar que se perdían en el gigantesco techo que apenas lograba distinguir.
Los pasos se hicieron más fuertes, indicándole que alguien estaba cerca y que posiblemente se dirigía en su dirección. Pero fuera quien fuese, pasó de largo por detrás de sus cortinas, y siguió su curso por aquel oscuro lugar.
¿Dónde se encontraba? Harry tuvo un vago recuerdo de una conversación con una mujer… Las imágenes fueron apareciendo en su cabeza conforme su mente se despejaba. Recordó a Buckbeak y su arranque de ira, a Pansy y su hechizo... Movió lentamente sus hombros, y los notó de una pieza, completamente curados, pero no quiso moverse más para no llamar la atención de quien hubiera pasado por delante de su habitáculo.
- ¿Todavía sigues aquí? – se oyó una voz no muy lejos.
Giró su cabeza en la dirección de aquella voz, que debía pertenecer a una mujer mayor, y aguardó en silencio a que ocurriera algo.
- Es mi hermano… - escuchó Harry nuevamente, pero aquella nueva voz provenía de un chico. Probablemente un alumno. Curiosamente, se le hacía bastante familiar aquella voz tan seria y carente de emoción alguna.
- Pero ya son más de las diez. Deberías ir a tu sala común a descansar.
¿Las diez? Pensó el gryffindor. Harry escuchó como alguien suspiraba, pero no supo cuál de las dos personas que estaban hablando lo había emitido.
- Sé que está preocupado, pero estando aquí no conseguirá solucionar nada.
- ¡Se supone que los profesores deberían impedir que esto sucediera! – escuchó gritar al chico, y el corazón de Harry se encogió ante aquella muestra de emociones. Fuera quien fuese, estaba terriblemente enfadado.
- ¡Haga el favor de bajar la voz! – le susurró a gritos la enfermera – No puedo dejar que esté aquí rondando, así que despídase de su hermano y márchese. Ya podrá visitarle por la mañana.
Harry escuchó de nuevo unos pasos que volvían a pasar frente a sus cortinas. Seguramente era el alumno, que se dirigía a la salida después de las palabras de la enfermera. El gryffindor permaneció completamente inmóvil, sin saber muy bien qué hacer. Quería levantarse, vestirse, y avisarle a Madame Pompfrey de que ya se encontraba mejor. Pero no quería que la mujer supiese que había estado espiando aquella conversación.
Sus planes, sin embargo, fueron interrumpidos cuando alguien corrió las cortinas de su habitáculo. Como él tenía la cabeza girada en aquella dirección, pudo ver la figura de una persona que seguramente le miraba fijamente. Él no podía distinguir quién era, ya que no tenía sus gafas, y el lugar estaba realmente oscuro.
- ¿Quién eres tú? – escuchó una voz, que reconoció como la del chico que hasta hace apenas unos segundos hablaba con la enfermera. Harry juraría de que conocía a esa persona de algo, pero no lo recordaba.
Conforme esa persona se acercaba a su cama, el gryffindor fue consciente de golpe de dos cosas: que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho… y de que no llevaba puesta su bufanda. Fuera quien fuese, le estaba viendo el rostro, y Harry no podía hacer nada por impedírselo.
Continuará…
