Fuente:

Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)

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Mi noche se llena de sueños inquietantes. La cara de la chica pelirroja se entremezcla con imágenes sangrientas de los anteriores Juegos del Hambre, con mi madre retraída e inalcanzable, y con Prim escuálida y aterrorizada. Me despierto gritándole a mi padre que corra, justo antes de que la mina estalle en un millón de mortíferas chispas de luz. En el momento que abro los ojos, me doy cuenta que no estoy en la habitación de mi casa en La Veta y me siento aprisionada. Lucho como para tratar de zafar de mis ataduras cuando un voz de hombre comienza a consolarme. En ese momento me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor. No estoy en mi casa, estoy en el Capitolio y el que me restringe es Peeta.

- ¡Sh! Mi amor, es sólo una pesadilla. No es real- siento que me susurra dulcemente.

Todavía no puedo salir del estado de semiconsciencia, pero recuerdo no haber tenido una pesadilla tan desagradable desde el día de la cosecha. Lo más llamativo es que en las pocas noches que he dormido junto a Peeta, nunca había tenido la tradicional pesadilla que tengo sobre mi padre y la explosión de la mina. Evidentemente reconocer a la chica pelirroja y la idea de haberse convertido en avox ha despertado el peor de mis miedos. Pero de apoco, el calor del cuerpo de Peeta y las caricias me van trayendo nuevamente a la realidad.

El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantado. Me duele la cabeza y me parece que me he mordido el interior de la mejilla por la noche; lo compruebo con la lengua y noto el sabor a sangre. Peeta me mira con cara desorientada.

- ¿Qué pasó?

- No me siento bien. Además me mordí el labio y tengo sangre en la boca.

- ¿Es por la chica avox?

- Si, no pensé que me alteraría tanto. La verada es que me hace sentir culpable, como si hubiera sido yo la que lo hizo.

- Katniss, ellos nos manipulan, hay que estar muy alertas. Tenemos que decidir qué estrategia vamos a jugar.

- ¿A qué te refieres?

- Evidentemente Haymitch, Effie y probablemente Portia y Cinna saben que algo pasa entre nosotros. Pero, ¿qué vamos a hacer frente a los otros tributos?

- Creo que sacar a la luz nuestra relación sería mostrar una debilidad. ¿Qué pasaría si te mataran? ¿Si me mataran?

- No vamos a poder salir los dos de la arena, algunos de los dos va a morir, Katniss. Y si pudiera elegir, sería más que justo que la que vuelva a casa seas tú. Prim ya te lo pidió y por más que Gale las ayude no sería lo mismo sin ti. En cambio, mis padres tienen a mis hermanos para reemplazarte.

- ¿Estás consciente de lo que estás diciendo? ¿No te preguntaste alguna vez qué es lo que yo pienso? ¿Cómo me sentiría yo?

- Katniss, la ecuación es simple: es uno o ninguno. Creo que elegir poner todas las energía en ti es lo más racional. Tienes muchas más chances, porque hace años que sobrevives.

- Peeta, la verdad es que no quiero pensar en eso, por ahora. Tenemos un par de días. Sé que es racional lo que dices, pero no me quiero ni imaginar en qué forma saldría de la arena sin ti. Sabes que uno de mis peores miedos es convertirme en mi madre.

- No eres tu madre, además estaría Gale …

- ¡Estás loco! ¿ Qué me quieres insinuar? ¿Que me console con él?- le digo mientras trato de zafarme de su abrao. Me estoy poniendo furiosa- Mira Peeta, nunca hemos peleado y no me gusta la idea. Necesito que me dejes pensar uno o dos días. Realmente, venir a los Juegos del Hambre no estaba en mis planes …

El abrazo de Peeta se afloja. Está claro que él tampoco está muy tranquilo y hasta ahora estábamos llevando la tensión bastante bien. Pero no sé cuanto más pueda durar la aparente calma que nos rodea. Salgo de la cama poco a poco y me meto en la ducha, donde pulso botones al azar en el panel de control y termino dando saltitos para soportar los chorros alternos de agua helada y agua abrasadora que me atacan. Después me cae una avalancha de espuma con olor a limón que al final tengo que rasparme del cuerpo con un cepillo de cerdas duras. En fin, al menos me ha puesto la circulación en marcha. En medio de semejante tormenta de agua, siento que Peeta entra a la ducha, me abraza y apoya su mentón sobre mi cabeza..

- Los siento. Yo tampoco quiero pelear. No dejo de pensar qué podemos hacer para que todo esto salga lo mejor posible- me dice con voz calma.

- Yo también lo siento, no debí tratarte así. Veamos que pasa hoy en el desayuno. Hablemos con Haymitch para ver qué nos recomienda- contesto con cara de cachorro.

Nos quedamos abrazados mientras los chorros de agua nos siguen atacando. Ni Peeta ni yo tenemos energía para movernos, para hacer absolutamente nada. Sólo consolarnos del lúgubre destino que nos espera. Mucho peor del que habíamos planeado hace un mes en el lago. Luego de unos minutos, me doy vuelta sobre mi eje y quedo enfrentada a Peeta. Lo miro a los ojos, es la primera vez que lo miro desde anoche. También tiene la mirada cansado. Sus hermosos ojos azules no pueden esconder la tristeza. Nuestros labios se juntan en un beso reconfortante, tranquilo, como tratando de devolvernos la confianza de que somos un equipo y que podremos encontrar una solución.

Salimos de la ducha y luego de secarnos, encontramos unas cremas hidratantes que usamos para untarnos. Parecemos chicos, probando los olores y viendo quién hace más cosquillas a quien. Por un rato, nos refugiamos en nuestro mundo y no dejamos que nuestros miedos nos invadan.

- Hasta que no le confiese a Portia de que duermo acá voy a tener que volver a mi habitación a buscar mi ropa. Más vale que me vaya ahora. ¿Tienes otra bata por ahí?

Mientras le alcanzo una de las batas que está colgada cerca de la puerta, le doy un piquito y me dedico a verlo partir. Encuentro un traje que me han dejado delante del armario: pantalones negros ajustados, una túnica de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Me recojo el pelo en una trenza. Es la primera vez, desde la mañana de la cosecha, que me parezco a mí misma: nada de peinados y ropa elegantes, nada de capas en llamas, sólo yo, con el aspecto que tendría si fuera al bosque. Eso me calma.

Haymitch no nos había dado una hora exacta para desayunar y nadie me había llamado, pero tengo tanta hambre que me dirijo al comedor esperando encontrar comida. Lo que encuentro no me decepciona: aunque la mesa principal está vacía, en una larga mesa de un lateral hay al menos veinte platos. Un joven, un avox, espera instrucciones junto al banquete. Cuando le pregunto si puedo servirme yo misma, asiente. Me preparo un plato con huevos, salchichas, pasteles cubiertos de confitura de naranja y rodajas de melón morado claro. Mientras me atiborro, observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato de cereales calientes cubiertos de estofado de ternera. Finalmente, lleno uno de los platos con panecillos y me siento en la mesa, donde me dedico a cortarlos en trocitos y mojarlos en el chocolate caliente, como había hecho Peeta en el tren.

Empiezo a pensar en mi madre y Prim; ya estarán levantadas. Mi madre preparará el desayuno de gachas y Prim ordeñará su cabra antes de irse al colegio. Hace tan sólo dos mañanas, yo estaba en casa. ¿Dos? Sí, sólo dos. Ahora la casa me parece vacía, incluso desde tan lejos. ¿Qué dijeron anoche sobre mi fogoso debut en los juegos? ¿Les dio esperanzas o se asustaron más al ver la realidad de aquellos veinticuatro tributos juntos, sabiendo que sólo uno podría sobrevivir?

Haymitch y Peeta entran en el comedor y me dan los buenos días, para después pasar a llenarse los platos. Peeta lleva exactamente la misma ropa que yo; quiero preguntarle a Cinna por qué nos visten como gemelos, tengo miedo de que éste juego nos estalle en la cara cuando empiece la competición; seguro que lo saben. Entonces recuerdo que Haymitch me dijo que hiciera todo lo que me ordenasen los estilistas. De haber sido otra persona y no Cinna, habría sentido la tentación de no hacerle caso, pero después del triunfo de anoche no tengo mucho que criticar.

El entrenamiento me pone nerviosa. Hay tres días para que todos los tributos practiquen juntos. La última tarde tendremos la oportunidad de actuar en privado delante de los Vigilantes de los juegos. La idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me revuelve las tripas; empiezo a darle vueltas al panecillo que acabo de coger de la cesta, pero se me ha quitado el apetito. Después de comerse varios platos de estofado, Haymitch suspira, satisfecho, saca una petaca del bolsillo, le da un buen trago y apoya los codos en la mesa.

-Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, si queréis, podéis entrenaros por separado. Decididlo ahora.

-¿Por qué íbamos a querer hacerlo por separado? -pregunto.

-Supón que tienes una habilidad secreta que no quieres que conozcan los demás.

-No tengo ninguna -dice Peeta, en respuesta a mi mirada-. Y ya sé cuál es la tuya, ¿no? Me he comido más de una de tus ardillas- dice como haciéndose el tonto.

-Puedes entrenarnos juntos -le digo a Haymitch. Peeta asiente.

-De acuerdo, pues dadme alguna idea de lo que sabéis hacer.

-Yo no sé hacer nada -responde Peeta-, a no ser que cuente el saber hacer pan.

-Lo siento, pero no cuenta. Katniss, ya sé que eres buena con el cuchillo.

-La verdad es que no, pero sé cazar. Con arco y flechas.

-¿Y se te da bien? -pregunta Haymitch. Tengo que pensármelo. Llevo cuatro años encargándome de poner comida en la mesa, lo que no es moco de pavo. No soy tan buena como mi padre, pero él tenía más práctica. Apunto mejor que Gale, pero yo tengo más práctica; él es un genio de las trampas.

-No se me da mal -respondo.

-Es excelente -dice Peeta-. Mi padre le compra las ardillas y siempre comenta que la flecha nunca agujerea el cuerpo, siempre le da en un ojo. Igual con los conejos que le vende a la carnicera, y hasta es capaz de cazar ciervos.

Le hecho una mirada a Peeta porque no puedo tirarle un cuchillo. Esta evaluación de mis habilidades me pilla completamente desprevenida. No necesito que me alabe frente a Haymitch, más cuando no hemos decidido todavía nuestra estrategia.

-¿Qué haces? -le pregunto, suspicaz.

-¿Y qué haces tú? Si quieres que Haymitch te ayude, tiene que saber de lo que eres capaz. No te subestimes.

-¿Y tú qué? -pregunto, a la defensiva; por algún motivo, su comentario me sienta mal-. Te he visto en el mercado, puedes levantar sacos de harina de cuarenta y cinco kilos. Díselo. Sí que sabes hacer algo- no quiero agregar que le he enseñado a usar el arco y la flecha para no comprometerlo y no develar cuántas veces hemos quebrantado la ley traspasando la alambrada.

-Sí, y seguro que el estadio estará lleno de sacos de harina para que se los lance a la gente. No es como que a uno se le dé bien manejar armas, ya lo sabes- su voz denota que está alterado.

-Se le da bien la lucha libre -le digo a Haymitch-. Quedó el segundo en la competición del colegio del año pasado, por detrás de su hermano.

-¿Y de qué sirve eso? ¿Cuántas veces has visto matar a alguien así? -pregunta Peeta, disgustado.

-Siempre está el combate cuerpo a cuerpo. Sólo necesitas hacerte con un cuchillo y, al menos, tendrás una oportunidad. Si me atrapan, ¡estoy muerta!-Noto que empiezo a subir el tono.

-¡Pero no lo harán! Estarás viviendo en lo alto de un árbol, alimentándote de ardillas crudas y disparando flechas a la gente. ¿Sabes qué me dijo mi madre cuando vino a despedirse, como si quisiera darme ánimos? Me dijo que quizá el Distrito 12 tuviese por fin un ganador este año. Entonces me di cuenta de que no se refería a mí. ¡Se refería a ti! -estalla Peeta.

-Vamos, se refería a ti -digo, quitándole importancia con un gesto de la mano.

-Dijo: «Esa chica sí que es una superviviente». Esa chica.

Eso me detiene en seco. ¿De verdad le dijo su madre eso sobre mí? ¿Me valoraba más que a su hijo? Veo el dolor en los ojos de Peeta y sé que no me miente.

De repente, me encuentro detrás de la panadería, y siento la tripa vacía y el frío de la lluvia bajándome por la espalda; cuando vuelvo a hablar, parece que tengo once años:

-Pero sólo porque alguien me ayudó.

Los ojos de Peeta se clavan en el panecillo que tengo en la mano. Sin embargo, se encoge de hombros.

-La gente te ayudará en el estadio. Estarán deseando patrocinarte.

-Igual que a ti.

-No lo entiende -dice Peeta, dirigiéndose a Haymitch y poniendo los ojos en blanco-. No entiende el efecto que ejerce en los demás.

Acaricia los nudos de la madera de la mesa y se niega a mirarme. ¿Qué narices quiere decir? ¿Que la gente me ayuda? ¡Cuando me moría de hambre no me ayudó nadie! Nadie salvo él. Las cosas cambiaron una vez tuve algo con lo que comerciar; soy buena negociando..., ¿o no? ¿Qué efecto ejerzo en la gente? ¿Creen que soy débil y necesitada? ¿Está insinuando que consigo buenos tratos porque le doy pena a la gente? Intento analizar si es cierto. Quizás algunos de los comerciantes fuesen algo generosos en los trueques, pero siempre lo había atribuido a su larga relación con mi padre. Además, mis presas son de primera calidad. ¡No le doy pena a nadie! Miro con rabia el cabo de un minuto, Haymitch interviene.

-Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Katniss, no podemos garantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durante tu sesión privada con los Vigilantes, enséñales lo que sabes hacer. Hasta entonces, mantente lejos de los arcos. ¿Se te dan bien las trampas?

-Sé unas cuantas básicas -mascullo

-Eso puede ser importante para la comida -dice Haymitch-. Y, Peeta, ella tiene razón: no subestimes el valor de la fuerza en el campo de batalla. A menudo la fuerza física le da la ventaja definitiva a un jugador. En el Centro de Entrenamiento tendrán pesas, pero no les muestres a los demás tributos lo que eres capaz de levantar. El plan será igual para los dos: id a los entrenamientos en grupo; pasad algún tiempo aprendiendo algo que no sepáis; tirad lanzas, utilizad mazas o aprended a hacer buenos nudos. Sin embargo, guardaos lo que mejor se os dé para las sesiones privadas. ¿Está claro? -Peeta y yo asentimos-. Una última cosa. En público, quiero que estéis juntos en todo momento. -Los dos empezamos a protestar, y Haymitch golpea la mesa con la palma de la mano-. ¡En todo momento! ¡Fin de la discusión! ¡Acordasteis hacer lo que yo dijera! Estaréis juntos y seréis amables el uno con el otro pero no de la forma en que lo hacen por la noche o cuando se meten en la habitación de Katniss. Quiero que, por ahora, se muestren como amigos. Nada más. Ahora, salid de aquí. Reuníos con Effie en el ascensor a las diez para el entrenamiento.

Me muerdo el labio y vuelvo de mal humor a mi habitación, asegurándome de que Peeta pueda oír que cierro de un portazo. Me siento en la cama, odiando a Haymitch, odiando a Peeta, odiándome a mí misma por mencionar aquel día lejano bajo la lluvia.

¡Menuda broma! ¡Peeta y yo fingiendo ser amigos! Ensalzamos las habilidades del otro, insistimos en que no se subestime... Debe de ser una broma, porque en algún momento tendremos que abandonar la farsa y aceptar que somos adversarios a muerte. Oigo en mi cabeza la voz de Peeta: «No entiende el efecto que ejerce en los demás». No es la primera vez que me lo dice y, a veces, creo que tiene razón. Son casi las diez. Me cepillo los dientes y me peino de nuevo. Los nervios por encontrarme con los demás tributos bloquean temporalmente el enfado, aunque ahora noto que aumenta mi ansiedad. Cuando me reúno con Effie y Peeta en el ascensor, noto que me estoy mordiendo las uñas y paro de inmediato.

Las salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, y después las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y pistas de obstáculos. Todavía no son las diez, pero somos los últimos en llegar. Los otros tributos están reunidos en un círculo muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puede leer el número de su distrito. Mientras alguien me pone el número doce en la espalda, hago una evaluación rápida: Peeta y yo somos la única pareja que va vestida de la misma forma.

En cuanto nos unimos al círculo, la entrenadora jefe, una mujer alta y atlética llamada Atala, da un paso adelante y nos empieza a explicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros técnicas de lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo. Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compañero.

Cuando Atala empieza a leer la lista de habilidades, no puedo evitar fijarme en los demás chicos. Es la primera vez que estamos reunidos en tierra firme y con ropa normal. Se me cae el alma a los pies: casi todos los chicos, y al menos la mitad de las chicas, son más grandes que yo, aunque muchos han pasado hambre. Se les nota en los huesos, en la piel, en la mirada vacía. Puede que yo sea más bajita de nacimiento, pero, en general, el ingenio de mi familia me da una ventaja en el estadio. Me pongo derecha y sé que, aunque esté delgada, soy fuerte; la carne y las plantas del bosque, junto con el ejercicio necesario para conseguirlas, me han proporcionado un cuerpo más sano que los que veo a mi alrededor.

Las excepciones son los chicos de los distritos más ricos, los voluntarios, a los que alimentan y entrenan toda la vida para este momento. Los tributos del 1, 2 y 4 suelen tener ese aspecto. En teoría, va contra las reglas entrenar a los tributos antes de llegar al Capitolio, cosa que sucede todos los años. En el Distrito 12 los llamamos tributos profesionales o sólo profesionales, y casi siempre son los que ganan.

La ligera ventaja que tenía al entrar en el Centro de Entrenamiento, mi fogoso debut de anoche, parece desvanecerse ante mis competidores. Los otros tributos nos tenían celos, pero no porque fuésemos asombrosos, sino porque lo eran nuestros estilistas. Ahora no veo nada más que desprecio en las caras de los tributos profesionales. Cualquiera de ellos pesa de veinte a cuarenta kilos más que yo, y proyectan arrogancia y brutalidad. Cuando Atala nos deja marchar, van directos a las armas de aspecto más mortífero del gimnasio y las manejan con soltura.

Estoy pensando que es una suerte que se me dé bien correr, cuando Peeta me da un apretón de mano.

-¿Por dónde te gustaría empezar? -me pregunta, serio.

Echo un vistazo a los tributos profesionales, que presumen de su habilidad en un claro intento de intimidar a los demás. Después a los otros, los desnutridos y los incompetentes, que reciben sus primeras clases de cuchillo o hacha sin dejar de temblar.

-¿Y si atamos unos cuantos nudos?

-Buena idea -contesta Peeta.

Nos acercamos a un puesto vacío. El entrenador parece encantado de tener alumnos; da la impresión de que la clase de hacer nudos no está teniendo mucho éxito. Cuando ve que sé algo sobre trampas, nos enseña una sencilla y magnífica que dejaría a un competidor humano colgado de un árbol por la pierna. Nos concentramos en ella durante una hora hasta que los dos dominamos la técnica y pasamos al puesto de camuflaje. Peeta parece disfrutar de verdad con él y se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugos de bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. El entrenador que dirige el puesto está entusiasmado con su trabajo.

- Te está quedando muy bien eso.

-Yo hago los pasteles ¿recuerdas?-me dice Peeta.

- Cierto- le contesto mientras observo al chico del Distrito 2, que acababa de atravesar el corazón de un muñeco con una lanza a trece metros de distancia.

Empiezo a mirar con un ojo más crítico el diseño del brazo de Peeta: el dibujo, que alterna luz y sombras, recuerda a la luz del sol atravesando las hojas de los bosques.

-Es encantador, aunque no sé si podrás glasear a alguien hasta la muerte- le digo en tono de broma.

-No te lo creas tanto. Nunca se sabe qué te puedes encontrar en el campo de batalla. ¿Y si es una tarta gigante...? -empieza a decir Peeta.

-¿Y si seguimos? -lo interrumpo.

Los tres días siguientes nos dedicamos a visitar con mucha tranquilidad los puestos. Aprendemos algunas cosas útiles, desde hacer fuego hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios. A pesar de la orden de Haymitch de parecer mediocres, Peeta sobresale en el combate cuerpo a cuerpo y yo arraso sin despeinarme en la prueba de plantas comestibles. Eso sí, nos mantenemos bien lejos de los arcos y las pesas, porque queremos reservarlo para las sesiones privadas.

Los Vigilantes aparecen nada más comenzar el primer día. Son unos veinte hombres y mujeres vestidos con túnicas de color morado intenso. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces dan vueltas para observarnos y tomar notas, y otras veces comen del interminable banquete que han preparado para ellos, sin hacernos caso. Sin embargo, parecen no quitarnos los ojos de encima a los tributos del Distrito 12. A veces levanto la cabeza y veo a uno de ellos mirándome. También hablan con los entrenadores durante nuestras comidas y los vemos a todos reunidos cuando volvemos.

Tomamos el desayuno y la cena en nuestra planta, pero a mediodía comemos los veinticuatro en el comedor del gimnasio. Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada uno se sirve lo que quiere. Los tributos profesionales tienden a reunirse en torno a una mesa, haciendo mucho ruido, como si desearan demostrar su superioridad, que no tienen miedo de nadie y que a los demás nos consideran insignificantes. Casi todos los demás tributos se sientan solos, como ovejas perdidas. Nadie nos dice nada; Peeta y yo comemos juntos. No es fácil encontrar un tema: hablar de casa resulta doloroso; hablar del presente es insoportable. Un día Peeta vacía nuestra cesta del pan y comenta que han procurado incluir panes de todos los distritos, además del refinado pan del Capitolio. La barra con forma de pez y teñida de verde con algas es del Distrito 4; el rollo con forma de media luna y semillas, del Distrito 11. Por algún motivo, aunque estén hechos de lo mismo, me parecen mucho más apetitosos que las feas galletas fritas que solemos tomar en casa.

-Y eso es todo -dice Peeta, volviendo a meter el pan en la cesta.

-Tú sí que sabes.

-Sólo de pan. Vale, ríete- me dice dando vuelta los ojos.

La orden de Haymitch de que parezcamos amigos nos está desgastando a los dos. Primero, porque tenemos que contener el impulso de tocarnos o consolarnos. Pero lo peor es que se hace inminente la finalidad del entrenamiento y el hecho de que, si o si, uno de los dos no volverá a casa. No discutimos nuestra propia estrategia y eso está levantado una barrera entre nosotros. Sin embargo, seguimos aprovechando el poco tiempo que nos queda juntos. Hablamos mucho. Todo vuelve a una relativa normalidad cuando nos refugiamos en mi habitación.

-¿Te he contado ya que una vez me persiguió un oso?- le digo.

-No, pero suena fascinante.

- Fue cuando reté como una idiota a un oso negro por el derecho a quedarme con una colmena.

Peeta se ríe y me hace preguntas en el momento preciso; esto se le da mucho mejor que a mí.

El segundo día, mientras estamos intentando el tiro de lanza, me susurra:

-Creo que tenemos una sombra.

Lanzo y veo que no se me da demasiado mal, siempre que no esté muy lejos; entonces localizo a la niña del Distrito 11 detrás de nosotros, observándonos. Es la de doce años, la que me recordaba tanto a Prim por su estatura. De cerca aparenta sólo diez; sus ojos son oscuros y brillantes, su piel es de un marrón sedoso y está ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos junto a los costados, como si estuviese lista para salir volando ante cualquier sonido. Es imposible mirarla y no pensar en un pá otra lanza mientras Peeta tira.

-Creo que se llama Rue -me dice en voz baja.

Me muerdo el labio. Rue, la armaga, una pequeña flor amarilla que crece en la Pradera. Rue..., Prim... Ninguna pasa de los treinta kilos, ni empapadas de agua.

-¿Qué podemos hacer? -le pregunto, en un tono más duro de lo que pretendo.

-Nada, sólo hablar.

Ahora que sé que está aquí, me resulta difícil no hacer caso de la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; como a mí, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería. Acierta siempre con la honda, aunque ¿de qué sirve una honda contra un chico de cien kilos con una espada?

De vuelta en la planta del Distrito 12, Haymitch y Effie nos acribillan a preguntas durante el desayuno y la cena sobre todo lo ocurrido a lo largo del día: qué hemos hecho, quién nos ha observado, cómo son los demás tributos. Cinna y Portia no están por aquí, así que no hay nadie que aporte algo de cordura a las comidas; tampoco es que Haymitch y Effie sigan peleándose, sino todo lo contrario: parecen haber hecho pina y estar decididos a prepararnos como sea. Están llenos de interminables instrucciones sobre qué deberíamos hacer y qué no durante los entrenamientos. Peeta tiene más paciencia; yo estoy harta y me vuelvo maleducada. Cuando por fin escapamos a la cama la segunda noche, Peeta masculla:

-Alguien debería darle una copa a Haymitch.- Dejo escapar un ruido que está a medio camino entre un bufido y una carcajada.

La noche anterior, después de la cena, habíamos caído rendidos en la cama. Un poco por el estrés del entrenamiento y un poco por el cansancio emocional de no poder definir nuestra propia estrategia. Estamos tensos y siento una distancia entre los dos. Realmente extraño como estábamos hace unos días. Por la mañana, mientras me vestía, procuré encontrar un conjunto de ropa interior de encaje naranja. Ahora estoy sentada en la cama sacándome las calzas y túnica de entrenamiento mientras Peeta está apoyado en la ventana mirando a la ciudad toda iluminada. Cuando se da vuelta para mirarme, su mandíbula se cae. Veo como se va acercando de a poco y me mira como si fuera una presa.

- ¿Por qué no te sientas sobre la cama?- le digo sugestivamente

Sus ojos se ensanchan y parece que su mirada emanara chispas mientras obedientemente se sienta sobre la cama.

- No voy a dejar que me toques hasta que yo no te diga. ¿ Entiendes?

Peeta cabecea. Yo me acerco y me inclino para besar sus labios. Deslizo mi lengua a lo largo de la entrada de su boca hasta que a abre y nuestras lenguas se enredan. Siento que sus manos comienza a recorrer mi espalda, entonces me separo.

- ¡Qué dije! No toques- increpo en tono juguetón.

Peeta retrae su mano. Sigo besando su mandíbula mientras extiendo mi mano hasta tocar el bode de su túnica. A medida que la voy levantando y expongo su abdomen voy colocando besos sobre su piel. Arrodillada delante de él, rozo mi mano contra su erección antes de tomar el elástico de sus calzas. Aflojo la cintura para poder pasarla por sus caderas y en el camino me inclino para besarlo sobre sus boxer.

- Katniss- él silba y yo me rio.

De un tirón saco las calzas en el momento que Peeta levanta sus caderas. Las enrollo por sus piernas y quedan enredadas alrededor de sus tobillo. Un gemido de protesta sale de mi boca por el mal cálculo.

- Debería haber quitado tus zapatos primero.

Peeta rie en silencio mientras le saco los cordones a los borceguíes, se los saco junto a los calcetines y termino de extraer sus calzas, dejándolo sólo en su ropa interior.

Avanzo lentamente sobre su regazo para quedar sentada a horcajadas sobre su cintura y comienzo a mecerme contra él al tiempo que reclamo sus labios nuevamente. Esta vez, Peeta no intenta tocarme mientras lo beso a lo largo de su mandíbula hasta su oreja.

- Fueron muy días muy duros y, realmente te extraño- le susurró antes de moverme de su regazo- le digo mientras me coloco de pie entre sus piernas.

- Te pusiste mi color favorito- murmura.

Él comienza a mover sus manos desde mis hombros hacia abajo a cada lado, rozando suavemente las curvas de mis pechos antes de colocar sus manos en ni cintura. Se inclina hacia adelante y presiona sus labios en mi abdomen. Yo paso mis manos por su pelo, mientras él se aleja un poco y murmura.

- Eres tan hermosa- me rio y sacudo la cabeza.

- Tú me haces sentir así- le contesto.

- Tú no me crees, verdad? Quiero que tu veas lo que yo veo- me dice mientras se levanta y aplasta su boca con la mía.

Peeta me abraza apretadamente contra su cuerpo agarrando firmemente mis glúteos. Ahora toma mi mano y me guía hacia el espejo de cuerpo entero que está al lado del aparador y me gira hasta quedar enfrentada al espejo mientras él se queda de pie detrás mío. Peeta aparte un mechón de pelo de mi hombro y comienza a besar mi cuello.

- Tú vas a ver en el espejo cómo voy a hacerte venir entre mis brazos- dice mientras coloca toda la parte trasera contra la parte anterior del suyo. Puedo sentir su erección contra mis glúteos y comienzo a frotarme sobre él.

- Atrevida- me susurra mientras desliza sus manos sobre mis pechos- Me gustan tus pechos. - Son un poco pequeños.

- Son perfectos para mí.

Peeta mueve sus manos sobre mi espalda y desabrocha mi sostén, sacándolo por mis brazos para luego tomar en cada mano a mis pechos. Frota sus pulgares sobre mis pezones antes de darles un pellizco

- Definitivamente perfectos- ronronea

Su mano derecha se mueve hacia abajo por mi abdomen y comienza a rozar levemente mi clítoris. Yo me meneo contra su mano, tratando de aumentar la presión.

- Me gusta cómo estás mojada para mí- Peeta separa su mano y un gemido de protesta sale por mi boca- Shhh. Es hora de que esto se vaya.

Mueve su mano a lo largo de los bordes de mis bragas y lo ayudo a bajarlas por mis caderas y deshacerme de ellas. Peeta me coloca contra él otra vez, su mano izquierda encuentra primero mi pecho derecho y luego el izquierdo mientras que con su mano derecha palmea la coyuntura entre mis piernas. Vuelvo a utilizar su mano para estimularme mientras sus dedos se deslizan entre mis labios. Él comienza a rodear deliciosamente mi pequeño manojo de nervios. Me estimua, y cuando siento que estoy cerca del climaz, deja de tocarme. Sigue con ese proceso un par d eveces más.

- Peeta, por favor- jadeo.

En ese momento, Peeta mueve una silla que está al lado del aparador y la coloca frente a mí. Luego se quita sus bóxer. Da un paso detrás de mí y vuelve a colocar sus manos en mi cintura. Despacio, va moviendo a los largo de mis lados en busca de mis pechos. Sigue con sus manos hasta mis hombros y luego acaricia mis brazos.

- Kat, abre un poco tus piernas y recuéstate un poco sobre la silla- me dice mietra toma mis manos y las apoya en el respaldo de la silla.

Siento como roza la punta de su erección a lo largo de mis labios buscando estimularme para luego penetrarme con un movimiento suave. Yo suspiró satisfecha y cierro mis ojos mientrs me reclino sobre él.

- Kat, quiero que tu mires. Mantén tus ojos abiertos.

Cuando abro los ojos y encuentro su mirada en el espejo. Él comienza a moverse dentro mío.

- Kat, ahora quiero que te toques.

Sin dudarlo, sigo sus instrucciones y comienzo a frotar mi clítoris al tiempo que Peeta aumenta el ritmo de sus movimientos. Puedo vernos a los dos en el espejo y no pasa mucho tiempo antes de que comience a sentir los espasmos de un orgasmo. Peeta sigue moviéndose durante unos momentos más antes unirse. Sus manos se aprietan alrededor de mi vientre y me sostienen. Estoy agradecida, porque no confío en mi equilibrio en éste momento. Cuando parece que se ha recuperado, me toma por debajo de las rodillas, me alza y me lleva a la cama. Peeta se acuesta a mi lado y me acomode para quedar en la posición que siempre usamos para dormir.

- Ahora has visto un poco de lo que yo veo.

- Es verdas, te ves hermoso- le digo un poco en broma- Te amo, Peeta.

- Yo también te amo.

Me despierto unas horas más tarde en los brazos de Peeta, que está frotándome la espalda y murmurando.

- Katniss, despierta. Estás bien. Estás soñando.

Cuando mi respiración se normaliza, beso su clavícula y paso mis manos por su pecho. Me tranquiliza sentirlo tan cerca mio.

-¿ Quieres hablar de los que soñaste?- pregunta.

- No.

- ¿ Estás segura?- insiste levantando mi barbilla para porder mirarme a los ojos.

- Sí. Solamente fue un sueño- le contesto esquivando sus ojos. Había soñado con mi padre.

Me recuesto contra él como tratando de quitarme los recuerdos del sueño en mi memoria. Peeta sigue frotando mi espalda. Él me hace tan bien. Luego de un rato, ninguno de los dos parece capaz de volver a dormirse. Entonces muevo mis manos entre nuestros cuerpos y comienzo a acariciar su pene mientras le doy suaves besos en su pecho. Lo sigo frotando al tiempo que comienzo un camino de besos por su abdomen, sus caderas, sus muslos, acercándome a su ingle. Levanto la cabeza y alza la vista para encontrar a Peeta mirándome fijamente. La tenue luz de la luna que entra por la ventana me permite ver el calor emanan sus ojos. Bajo mi cabeza y tomó la punta de su pene en mi boca, girando la lengua alrededor de la cabeza. Peeta gime mi nombre. Quito mi su boca y comienzo a besar todo el largo de su erección mientras masajeo sus testículos. Con toda mi lengua, vuelvo el camino hacia la punta hasta poder saborearlo.

Sonrío pícaramente mientras muevo mi mano entre mis piernas para juntar un poco de mi propia humedad. Con la mano mojada, agarro la base de su erección y tomo el resto con mi boca. Comienzo a moverme lentamente mientras lo acaricio con mi lengua. Veo como Peeta se agarra de las sábanas y de mi su pelo.

- Katniss, detente- resopla.

Yo lo libero y alzo la vista perpleja.

- Estoy muy cerca- susurra.

- No me importa.

- Pero quiero estar dentro tuyo- protesta mientras me tira encima de él y coloca un beso contra mis labios- Quiero sentirle.

Peeta me derriba y me pone de espaldas. Con su mano comienza a acariciar mi entrepierna. Sus dedos se deslizan de arriba a abajo entre mis labios antes de decidir quedarse en mi clítoris. Él lo rodea mientras me besa a lo largo de mi mandíbula. Mueve un poco más sus dedos hasta insertar primero uno, luego otro, rizándolos mientras bombea de afuera hacia adentro haciéndome gemir. De repente los saca y separa mis piernas y se coloca entre ellas. Me penetra con una largo y profundo gemido.

- Te siento tan bien.

Es verdad, se siente tan bien dentro mío. Es lo único que puedo pensar. Muevo mis manos hasta colocarlas en sus glúteos animándolo a seguir moviéndose. Luego le abrazo la cintra con mis piernas para sostenerlo mejor. Puedo sentir que está cerca de su climax.

- Déjalo ir- le susurro y esto lo que necesitaba para colapsar sobre mí. Yo lo sostengo

- Tú no cavaste- gime cuando logra recuperar el aliento.

- etá bien- le digo besando sus labios suavemente.

Peeta sacude la cabeza y sale de dentro mío. Se mueve a mi lado de manera de quedar como en cuchara. Con su mano vuelve a moverse hasta mi entrepierna y usas sus dedos para rozar mis labios nuevamente. Estoy muy húmeda, excitada y Peeta aplica la cantidad justa de presión que necesito. No le toma mucho tiempo hacerme colapsar en sus brazos. En esa posición, acurrucados el uno con el otro, nos encuentra el sueño nuevamente.

Me despierto justo antes de que amanezca. Mi cuerpo está enfrentado al de Peeta con las piernas enredadas. Puedo sentir su erección sobre mi muslo y no puedo evitar sonreir. Muevo un poco mis caderas para hacer lugar en la entrepierna y pasar mi mano y comenzar a tocarme. Con sólo la anticipación y unos roces estoy excitada. Con mi otra mano toco levemente la cara de Peeta para despertarlo. Sus ojos se abren, pero le toma unos momentos para darse cuenta lo que estoy haciendo. Él agarra mi otra mano y se la lleva a sus labios para chupar mis dedos. Posteriormente engancha su cadera sobre la mía y me penetra. Nos movemos juntos suavemente. No hay necesidad de apresurarse. Cuando siento que Peeta està cerca del climax, muevo mi mano entre nuestros cuerpos y comienzo nuevamente a frotarme el clítoris. Momentos después de mi orgasmo, el me sigue. Saciados, nos dormimos otra vez. Nos despertamos dos horas más tarde por los golpes que sentimos en la puerta.

- ¿ Ustedes están decentemente vestidos?- pregunta Haymitch a través de la puerta.

- ¿ Quieres tomar una ducha conmigo?- me pregunta Peeta

Yo asiento y nos dirigimos al cuarto de baño. Mientras nos duchamos, cada uno se dedica a lavar el cuerpo del otro, puedo ver los rasguños que le he dejado a lo largo de su espalda y se los besos. Peeta me hace notar que yo también tengo algunos y con el dedo me señala algunos chupones a lo largo del lado de mi cuello. Mientras me seco, los veo en el espejo y me doy cuenta que no voy a poder ocultarlos con nada.

- Por lo menos nadie va a poder ver tus rasguños- le digo a Peeta.

- No creo que seas la única que tenga evidencias de sus actividades nocturnas.

- ¿A qué te refieres?

- Creo que no somos los únicos tributos que duermen juntos. Creo que los profesionales también lo hacen- me dice mientras caminamos a desayunar.

El tercer día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora de la comida para nuestras sesiones privadas con los Vigilantes. Distrito a distrito, primero el chico y luego la chica. Como siempre, el Distrito 12 se queda para el final, así que esperamos en el comedor, sin saber bien qué hacer. Nadie regresa después de la sesión. Conforme se vacía la sala, la presión por parecer amigos se aligera y, cuando por fin llaman a Rue, nos quedamos solos. Permanecemos sentados, en silencio, hasta que llaman a Peeta y él se levanta.

-Recuerda lo que dijo Haymitch sobre tirar las pesas.

-Gracias, lo haré. Y tú... dispara bien.

Asiento con la cabeza. Después de quince minutos, me llaman. Me aliso el pelo, enderezo los hombros y entro en el gimnasio. Al instante, sé que tengo problemas, porque los Vigilantes llevan demasiado tiempo aquí dentro y ya han visto otras veintitrés demostraciones. Además, casi todos han bebido demasiado vino y quieren irse a casa de una vez.

No puedo hacer más que seguir con el plan: me dirijo al puesto de tiro con arco. ¡Ah, las armas! ¡Llevo días deseando ponerles las manos encima! Arcos hechos de madera, plástico, metal y materiales que ni siquiera sé nombrar. Flechas con plumas cortadas en líneas perfectamente uniformes. Escojo un arco, lo tenso y me echo al hombro el carcaj de flechas a juego. Hay un campo de tiro que me parece demasiado limitado, dianas estándar y siluetas humanas. Me dirijo al centro del gimnasio y escojo el primer objetivo: el muñeco de las prácticas de cuchillo. Sin embargo, cuando empiezo a tirar de la flecha, sé que algo va mal: la cuerda está más tensa que la de los arcos de casa y la flecha es más rígida. Me quedo a cinco centímetros de darle al muñeco y pierdo la poca atención que me había ganado. Durante un instante me siento humillada, pero después vuelvo a la diana, y disparo una y otra vez hasta que me acostumbro a las armas nuevas.

De vuelta al centro del gimnasio, me pongo en la posición inicial y le doy al muñeco justo en el corazón. Después corto la cuerda que sostiene el saco de arena para boxear. Sin detenerme, ruedo por el suelo, me levanto apoyada en una rodilla y disparo una flecha a una de las luces colgantes del alto techo del gimnasio, provocando una lluvia de chispas.

Ha sido una exhibición excelente. Me vuelvo hacia los Vigilantes y veo que algunos me dan su aprobación, pero que la mayoría sigue concentrada en un cerdo asado que acaba de llegar a la mesa.

De repente, me pongo furiosa, me quema la sangre el que, con mi vida en juego, ni siquiera tengan la decencia de prestarme atención, que me eclipse un cerdo muerto. Empieza a latirme el corazón muy deprisa, me arde la cara y, sin pensar, saco una flecha del carcaj y la envió directamente a la mesa de los Vigilantes. Oigo gritos de alarma y veo que la gente retrocede, pasmada; la flecha da en la manzana que tiene el cerdo en la boca y la clava en la pared que hay detrás. Todos me miran, incrédulos.

-Gracias por su tiempo -digo; después hago una breve reverencia y me dirijo a la salida sin esperar a que me den permiso.