Perdón II

Kanon había desgranado su historia como nunca antes había sido capaz de hacerlo. La amenazante posibilidad de perder a Marin, a quién más cercano se había sentido durante los últimos meses y la presencia de la cual le empezaba a resultarle vital para seguir respirando un presente necesario, hizo que se rindiera a las demandas de su angustiada alma.

Todas las palabras que durante años habían sido enmudecidas en lo más hondo de su ser fueron tomando voz. Una a una. Frase a frase. Capítulo a capítulo.

Marin escuchó paciente. Se dejó embargar por la tristeza que destilaba cada página de la historia que Kanon iba desmenuzando, con fiereza a momentos, en otros con una cadencia irritantemente lenta. Le había pedido confianza en un último intento de encontrar una razón que le impidiera alejarse de él. Y contra todas sus firmes suposiciones, Kanon había cedido. Finalmente, aquel libro cerrado y lleno de polvo que siempre había sido Kanon se estaba abriendo, pasando las páginas de un pasado cargado de odio, resentimiento, rebeldía...y un intenso sentimiento de culpabilidad. No articuló palabra durante todo el tiempo que la grave voz de Kanon llenaba las paredes de ese frío salón. Simplemente le observaba con profunda atención, absorbiendo cada palabra, luchando para otorgarles una comprensión que nunca se habían permitido conocer.

Kanon había soltado el lastre de su pasado luchando para controlar unas emociones que no iban a transformar su rostro más allá de un ceño fruncido y cierta acuosidad en su mirada, intensificando su verde, sin permitir que se inundara.

Pero Marin no era tan fuerte. El relato que acababa de escuchar había calado profundo en su alma, arrojando luz a todos los puntos oscuros que siempre habían rodeado a Kanon. Su propia mirada había sucumbido al dolor que le habían transferido esas palabras rebosantes de sentimiento. Y anhelantes de un perdón que no tenían la valentía de reclamar.

Lo único que fue capaz de hacer fue acercarse a esa alma agotada de tantas batallas libradas al servicio del odio, a esa alma que había empezado a ocupar su corazón, y rodearle con sus brazos, fundiéndose en un abrazo que Kanon respondió, estrechándolo más. Exhalando, por primera vez en años, liberación.

- Deberías ir a verle...

Ésas fueron las palabras de Marin contra su oído mientras las lágrimas rodaban libres por sus suaves mejillas, enterrándose en su hombro.

- No puedo...

- Claro que puedes.- Había replicado ella con ternura, separándose de su abrazo, acariciando el contraído rostro de Kanon, buscando su esquiva mirada.- Es tu padre...

- No puedo esperar que me perdone...

- Kanon, ya no te queda nada más para perder...ahora únicamente puedes ganar...date la oportunidad de intentarlo al menos...

Ve a verle...

Las palabras de Marin susurradas a su oído mientras se amarraba a su cuello con toda la tristeza del mundo inundando su pequeño ser no habían parado de reverberar en su mente.

Había conducido poco más de una hora y media. La pequeña ciudad donde había vivido los primeros dieciocho años de su vida estaba separada de Atenas por unos cien kilómetros, tejidos en su mayoría por carreteras secundarias, plagadas de sinuosas curvas.

En contra de sus primeras suposiciones, no le había costado encontrar esa calle que había sido escenario de sus primeras caídas en bicicleta, testigo de sus infantiles y todavía inocentes riñas con Saga, amparo de sus primeros juegos de labios cobijados por las fieles sombras de la noche. Diez años hacía que no pisaba esa calle, pero las casas unifamiliares que la colindaban le recibieron con el mismo rostro de antaño. Nada aparentemente había cambiado. Y esa imagen que se presentaba inmutable le contrajo las entrañas.

Él había cambiado. Todas las personas que habitaban esos hogares habían irremediablemente avanzado con el tiempo. Pero que el escenario fuera idéntico al que había pisado por última vez le hacía creer que la función que allí se representaba seguía siendo la misma. Y ésa era una función que no deseaba volver a presenciar. Mucho menos, representar.

El corazón se le había desbocado antes de tomar la salida que le conduciría a la urbanización dónde habían crecido sus odios y rencores. Y no parecía que fuera a ralentizarse en absoluto.

El cenicero del coche estaba desbordado de colillas que había ido consumiendo, una tras otra, durante el trayecto. Con una marcha sospechosamente lenta, se había acercado a la que había sido su casa, presidida por un pequeño jardín custodiado por la misma verja de siempre. Resguardada por un cercano bosque que había sido regado por sus lágrimas de culpa cuando su alma aún era demasiado tierna para comprender nada.

El coche se detuvo a una distancia prudencial. Suficiente para vislumbrar las luces que iluminaban unas estancias que no sabía si sería capaz de reconocer. Los faros se apagaron, y uno de los pocos cigarrillos que aún quedaban en el paquete de tabaco fue atacado con urgencia.

Su propia respiración se estaba haciendo angustiosa, y los violentos latidos de su corazón le golpeaban el pecho con fuerza. El nerviosismo que recorría cada célula de su cuerpo había entumecido sus dedos, haciendo casi imposible la simple tarea de prender el mechero. Lo intentó una vez...dos veces...tres...Imposible. Un gruñido de desesperación escapó de sus labios sellados alrededor de ese cigarrillo expectante. Sus ojos se cerraron, y su nariz inspiró todo el aire que pudo para luego soltarlo lentamente, luchando para calmar el torrente de emociones que estaban haciendo mella en él. Con otro intento desesperado, sus pulgar chasqueó el mechero, consiguiendo una llama que se apresuró a usar antes que desapareciera barrida por su agitada respiración.

El humo el envolvió en el halo de su propio vicio, difuminándole por momentos la visión de unos ventanales que sus ojos no se atrevían a descubrir. Unos ventanales que translucían la visión de dos figuras que se movían en lo que sabía que era la cocina. Sus propios latidos le resultaban insoportables, pero no iban a suavizarse por mucho que esperara el momento adecuado. Porqué ese momento nunca iba a llegar.

Respirando hondamente, repetidas veces, buscó un valor que no sabía si encontraría y salió del coche. La decisión inicial que guiaba sus pasos se fue perdiendo a medida que se acercaba a esa casa de aspecto casi inmutable, si no fuera por la apariencia de un jardín que él recordaba siempre yermo y que ahora rebosaba de color y vida.

Su estómago se había contraído con fuerza. Un odiado temblor se había apoderado de sus dedos, que estremecían el cigarrillo agonizante entre ellos. Una última y larga calada antes de lanzar la colilla lejos de él y avanzar los pocos metros que le separaban de la puerta principal. Su respiración se había vuelto completamente incontrolable, y su corazón vibraba en todo su cuerpo.

Un repentino terror intentó nublarle las intenciones, recordándole que ni siquiera había pensado en qué decir, insistiéndole en abandonar el lugar antes que fuera demasiado tarde.

Sacudió su cabeza enérgicamente como si ese simple gesto fuera capaz de borrar esos pensamientos que se negaban a abandonar su rencor.

Ya no te queda nada más que perder...date la oportunidad de intentarlo...

Las palabras de Marin acudieron de nuevo a su mente, salvadoras de su determinación, y sin otorgarles más tiempo a las dudas, el tembloroso dedo presionó el timbre.


En la gran cocina de una casa unifamiliar, una bella mujer preparaba la cena de los viernes. Las obligaciones del trabajo habían desaparecido, amparadas por la libertad que les otorgaba el fin de semana hasta que el lunes se presentara, impecable, al cabo de dos días. El hombre la ayudaba a su lado, descorchando una botella de vino y llenando dos copas que les acompañarían en el esperado momento de compartir una merecida cena, donde charlarían de trivialidades, olvidando el trabajo que los tenía ocupados durante la semana. Después se quedarían en el sofá, mirando una película carente de interés, mientras apurarían la botella de vino tinto que les había bañado la cena. Seguramente él se dormiría, y ella aprovecharía ese instante de rendición al cansancio para llenarse la vista de los exquisitos contornos de ese rostro que ni dormido parecía olvidar la pesadumbre que le acompañaba desde hacía demasiados años.

Los rasgos de ese hombre, casi agotando la década de los cincuenta, seguían imprimiendo sobre su tez los trazos de una imponente belleza que había lucido en su juventud. El paso del tiempo había plateado unos cabellos que aún poseían un tímido tinte añil. Un añil que sus dos hijos habían heredado, cada uno con una distinta intensidad que apenas los diferenciaba. La cabellera que había exhibido en sus años menos maduros se había ido acortando con el tiempo, y ahora apenas le rozaba los hombros. Unas finas gafas, necesarias desde hacía pocos años, le difuminaban una triste mirada azul que se había vuelto a apagar desde hacía unos meses.

Esa noche, mientras la mujer de largos cabellos negros y profunda mirada violeta acababa de preparar un sabroso plato de carne al horno, él se había quedado hipnotizado observando un coche aparcado en las cercanías de su casa. Un coche que no pertenecía al vecindario, y la presencia del cual le resultaba un tanto extraña.

- ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando con tanta insistencia?- Había preguntado ella, antes de abrir el horno para dar la vuelta a la carne que ricamente se estaba asando sobre un lecho de tiernas patatas y verduras.

- Ese coche...- Contestó él, sosteniendo en su mano el descorchador con el tapón incrustado en él, aguardando ser separado para volver a sellar la botella medio vacía.- No es de por aquí...

- Puede que algún vecino se haya comprado uno nuevo.- Replicó ella con aire distraído, secándose sus manos en el delantal que resguardaba sus ropas, acercándose a él para observar dicho objeto de repentino estudio.

- No...no es nuevo...la matrícula tiene al menos un par de años de antigüedad...

- Ay, no sé, quizás algún vecino tiene visita esta noche.

- Creo que lo he visto antes...el día que...el día que Saga murió. Ese coche estaba aparcado frente al hospital...

Un profundo suspiro condescendiente salió de los labios de esa paciente mujer, que con delicadeza apartó un mechón de cabello gris que estaba posado maliciosamente sobre los cristales de esas gafas custodiantes de su apagada mirada.

- Aspros...no puedes seguir así. ¿Por qué no vas a verle?

- ¿Cómo pretendes que vaya a verle, Pandora?- Un atisbo de impotencia vistió la mirada de ese hombre tantas veces derrotado.- Intenté acercarme a él...Por dios, sabes que lo intenté. El día que Saga murió lo intenté, ¿y él que hizo? Lo mismo que ha hecho siempre. Diez años hacía que no le tenía delante...Cuando le vi allí creí que había alguna posibilidad, deseé creer que había cambiado...pero no fue así...No quiere saber nada de nosotros...Nunca ha querido saber nada de mí. Y yo nunca he sabido acercarme a él.

- Siempre has estado cerca de él.

- Pero no de la manera que él hubiera necesitado...Saga era más fácil de llevar, tú lo sabes bien. Saga era cercano, afable...él siempre te apreció. Pero Kanon...su rebeldía siempre me ha resultado inexpugnable. Si hubiera sido un buen padre hubiera sabido qué hacer para acercarme a él... Pero fracasé.

- No digas éso...

- Pandora...fracasé.

Un tierno beso fue depositado en la mejilla de Aspros, acompañado de una suave carícia a sus cabellos que murió en su nuca. Pandora se separó de él y volvió a sus tareas. Aspros observó por un segundo más ese coche antes de liberar el tapón del sacacorchos y sellar la botella. Con aire meditabundo tomó la copa en su mano y bebió un pequeño sorbo, recordando sin querer el sabor amargo del vino que regó su segunda boda.

Aspros siemrpe había sido un hombre incapaz de mostrar sus emociones. Más aún después del día que prometía ser el mejor de su vida, y que acabó por arrebatarle la única persona que había sido capaz de suavizarle el corazón en sus años de juventud, dejándole completamente quebrado por dentro y con la responsabilidad de subir a dos hijos en la más absoluta soledad.

Saga lo había hecho todo fácil. En éso tenía razón. Era su más fiel compañía siempre que él se encontraba en casa. Era tierno, cariñoso, curioso, cercano, bueno...Kanon, en cambio, desde muy temprana edad había sido difícil. Su infantil mirada siempre había estado teñida de distancia y frialdad. Sus acciones se fueron oscureciendo con el paso de los años, y su actitud rebelde y esquiva no propiciaba ningún tipo de acercamiento por parte de nadie.

Aspros únicamente se sentía con fuerzas de acercarse a él en los momentos que Morfeo se lo llevaba a sus dominios. Era entonces cuando Aspros entraba en su habitación y se sentaba a su lado, observándole dormir. A veces se pasaba la noche entera velando esa pequeña alma que sólo dormida dejaba traspasar alguna migaja del dolor que le recorría las venas. Y era entonces cuando él se dejaba llevar por su ahogada ternura y le acariciaba la frente, apartando los pícaros mechones azules que jugaban a esconder sus párpados cerrados, luchando para que sus dedos no imprimieran demasiada fuerza y rompieran ese hechizo que tan poco duraba. Incluso en algunas ocasiones se rendía a la necesidad de besar su tierna mejilla antes de desaparecer de la habitación, cerrando la puerta y borrando toda evidencia que pudiera delatar su presencia.

Aspros siempre había tenido un ojo sobre Kanon, aunque él no lo hubiera ni imaginado nunca. Cuando decidió irse de casa, Aspros no reparó en gastar todo el dinero que fuera necesario para poner oídos y ojos dónde los suyos ya no podían llegar. No dudó en hacer uso de su fortuna para tapar así su inaptitud a la hora de lidiar con unas emociones que nunca supo canalizar.

Kanon se había ido a Atenas, se había aliado con las sombras y había sucumbido a un mundo de desorden y vicio que alarmaba profundamente a Aspros. Temía...siempre temía por su seguridad y bienestar, y se ocupaba de comprar el silencio de algunas ratas de ciudad que le daban todo tipo de información a cambio de suculentas sumas de dinero. Así descubrió las ansias que le nacieron de seguir con su lucha contra Saga. Así supo que el mundo de las drogas se había posado seductor en su camino, y que él lo había aceptado para hacerse con el dinero necesario con el que saciar su despecho. Y allí Aspros no dudó. Si Kanon había decidido comerciar con la vida de la gente no podía impedirlo, pero podía ayudarle al tiempo que impedía que más personas se infectaran con ese vicio. No al menos debido a sus manos.

Un hombre extranjero había empezado a trabajar recientemente en su empresa, y un día fue reclamado al despacho. Una gran cantidad de dinero fue puesta sobre la mesa. La condición para recibirla, prometer no hacer preguntas. Nunca. Sólo obedecer. Ése hombre fue enviado a Atenas con órdenes de presentarse a Kanon como un cliente potencial y comprarle toda la droga que vendía por las esquinas. Toda la que pudiera conseguir. Toda la que le otorgaría el dinero suficiente para pagarse su carrera de piloto.

Mientras el dinero quemaba en las manos de Kanon, que se apresuró a invertirlo en su malsana apuesta contra todos, eran las propias manos de Aspros las que vertían la droga en el retrete de su casa, viendo como era engullida por las aguas y llevada de vuelta a las mismas alcantarillas de donde había emergido.

Para sorpresa e inmensa satisfacción de Aspros, lo que creyó que sería otra rebeldía sin futuro resultó ser un atisbo de esperanza. Kanon había sido cautivado por el mundo de la aviación. Al igual que Saga, se había convertido en un piloto excelente. Envidiado y admirado a partes iguales. Y Aspros no cabía en sí de gozo al ver cómo sus dos hijos se habían convertido en respetables hombres al servicio del que había sido su propio sueño de juventud. Guardaba celosamente todas las revistas del gremio de aviación que Saga le facilitaba siempre que sus nombres salían publicados en ellas. Y se enorgullecía sin medida cada vez que releía el artículo que relataba la desfachatez de ese joven piloto de una compañía de bajo coste que se había atrevido a desafiar a las autoridads aeroportuarias. Y que había recibido el apoyo incondicional de todos sus compañeros de gremio a consecuencia de un escrito anónimo que otro piloto publicó en su defensa. Una defensa que salió de lo más profundo del corazón de su hermano Saga.

Aspros estaba orgulloso de cómo sus hijos se habían convertido en hombres. Con el tiempo y con la imprescindible ayuda de su segunda esposa, había conseguido dejar escapar sus emociones de vez en cuando, y había sido capaz de decírserlo a Saga. Decirle que eran su orgullo, y su mejor regalo en la vida. Pero una espina seguía clavada en las entrañas de su alma.

La imposibilidad de decírselo a Kanon.

Quería recuperarle...deseaba romper de una vez por todas las barreras que les separaban. Ansiaba decirle que nada de lo que había pasado en el fondo importaba. Necesitaba decirle que le perdonaba...que en realidad, él nunca había tenido la culpa de nada. Que simplemente había sido una vícitma más de las bromas del destino. Y le dolía profundamente no ser capaz de encontrar ni una mínima rendija por la que filtrarse hasta alcanzar a Kanon. El único hijo que le quedaba, y el que nunca había tenido.

Un tímido toque en el timbre les sobresaltó por completo, haciendo que Pandora se mirara a Aspros con desconcierto al tiempo que él regresaba abruptamente a la realidad, dejando sus pensamientos guardados de nuevo en los rincones mejor sellados de sus recuerdos.

- ¿Quién será a estas horas?- Preguntó ella, extrañada por recibir visitas en un momento como ése.

- No lo sé...voy a ver.- Contestó Aspros, quitándose las gafas y dejándolas descansar sobre el mármol de la cocina, al lado de su copa de vino sin apurar.


Su dedo había presionado el timbre, y su mente se había presentado juguetona, diciéndole que contara hasta diez y que se fuera si al agotar la cuenta nadie había acudido a abrir la puerta.

El corazón le latía con más rapidez de la que su cerebro iba contabilizando esos diez ridículos pedazos de coraje. Uno, dos, tres, cuatro...la respiración totalmente desacompasada hizo que la cuenta se volviera más veloz, para así llegar hasta diez lo más pronto posible y obtener la infantil excusa para irse, abandonando sus buenas intenciones y dejando la promesa hecha a Marin manchada por una última y tentadora traición. Ocho, nueve y diez. Se acabó. Nadie había acudido a su llamada. Había otorgado un tiempo prudencial que no había sido respetado, así que la decisión estaba tomada.

El miedo se había apresurado a tomarla por él.

Con prisas, sus pies retrocedieron un paso antes de girarse para emprender el camino de regreso al coche. El aire que atropelladamente consumía quemaba en su pecho, igual que las baldosas de piedra que formaban el camino que le conduciría a su huída. Quería llegar a su salvación a toda prisa, pero la distancia que le separaba de ella parecía expandirse cada vez más.

Cuatro pasos. Sólo cuatro pasos más y alcanzaría la verja que delimitaba la invisible línea que dividía su repudiado pasado de su deseado futuro.

Un leve chasquido le indicó que una puerta se había abierto, y no era la ansiada verja que sus manos aún no habían alcanzado.

Su estómago se contrajo hasta doler, y una voz masculina le paralizó en el tiempo. Estúpidamente se sintió derrotado, reprochándose para sí mismo no haber contado sólo hasta cinco.

Kanon...

Su mente le ordenaba casi a gritos que siguiera avanzando, que no hiciera caso de esa voz. Que no se girara. Pero sus músculos no eran capaces de obedecer ninguna orden. Se habían quedado entumecidos, cerrando sus puños a los costados de su cuerpo, guardando sus dedos con fuerza, dejando entrever el blanco de sus nudillos sometidos a una extrema tensión. Pese al aire otoñal que barría las calles, una gota de frío sudor resbaló por su sien.

El corazón amenazaba en quebrarse debido a la fuerza con la que bombeaba su sangre, pero no era el único. El corazón de Aspros latía al unísono, violentamente, mientras sus ojos hacían intentos desesperados de corroborar la presencia que tenía de espaldas frente a él. Con grandes esfuerzos avanzó unos pasos hasta detenerse a escasa distancia de su sueño hecho realidad.

- Kanon...

Su voz volvió a acudir a sus labios, insistente. No había agresividad en ella. Ni dureza. Ni tan sólo gravedad. Únicamente era una inmensa emoción la que modulaba su tono. Una emoción que no pudo ser controlada. Una emoción que era imposible de ignorar.

El camino que delineaba la huída de Kanon se había esfumado por completo. No había marcha atrás. Había perdido contra su propio juego, y ahora no le quedaba otra opción que afrontar la realidad. No quedaba otra opción que darse la vuelta y encarar al hombre que tembloroso aguardaba por él.

Tratando de hallar un valor que no sabía dónde había perdido, Kanon se volteó. Lentamente. Con los puños aún apretados y la mirada clavada en el suelo. Por el rabillo del ojo apreció la figura de su padre, más baja de lo que la recordaba. Aún así, imponente.

No sabía qué hacer. Ninguno de los dos lo sabía. Kanon no tenía palabras con las que poder traspasar el nudo que le ahogaba la garganta. Aspros nunca había sabido encontrarlas. La mandíbula de Kanon se había cerrado con fuerza. Sus intentos de tragar ese nudo, cada vez más inútiles. Un torrente de emociones totalmente desconocidas habían comenzado a recorrer todo su cuerpo, y las lágrimas que tantas veces se había prometido no volver a derramar acudieron a sus ojos. Quería recordar el odio que siempre había profesado a su padre. Quería recordarse todos y cada uno de los motivos que esculpieron su torturada alma, pero no pudo. La presencia de su padre, cada vez más cercana, se presentaba abatida y desarmada. Agotada de tanta lucha. Deseosa de una ansiada tregua que ambos se merecían.

La mirada de Kanon, cada vez más anegada, se resistía a ser levantada. Con un gesto de desesperación, sus dedos intentaron borrar esa muestra de debilidad de su rostro, el cuál ladeó para evitar ser observado en pleno derrumbe, ocultándolo tras sus fieles mechones. Los pasos de Aspros cada vez avanzaban más, no sin cierta vacilación en cada palmo ganado a la distancia. Kanon había agachado la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, notando cómo las lágrimas seguían acudiendo sin compasión y empezaban a deslizarse por sus contraídas mejillas, acompañadas de una presión en su pecho que punzaba con cada trompicada respiración.

El tiempo parecía haberse detenido. El espacio que les rodeaba se estaba achicando peligrosamente.

Una profunda y dolorosa respiración. Un intento de abrir sus ojos completamente rendidos a las lágrimas, sin el valor de alzarse. La borrosa visión de unos zapatos a un escaso palmo de él. El contacto de una temblorosa mano sobre su hombro. La carícia de una voz que nunca antes había pronunciado su nombre con tanta deferencia y emoción.

- Kanon...

Otra tentativa de tomar aire, y con él, el coraje de alzar la mirada y encotrarse con unos ojos azules, tan desbordados como los suyos, delineados por mil emociones. Unos largos segundos de reconocimiento. Unos instantes que cobijaron todos sus recuerdos, todos sus enfrentamientos y la imperiosa sensación de necesitarse, siempre prisionera en la celda de sus respectivas culpas.

Unas miradas encontradas a través de los años que fulminaron todo el odio y rencor que durante lustros les habían separado.

Todo el valor que Kanon arrebató de cada célula de su cuerpo lo canalizó en pronunciar una única palabra. Una palabra que hacía demasiado tiempo que había estado olvidada en los rincones más oscuros de su dolor. Una simple palabra que derribó en un segundo todos los muros que durante veintiocho años de vida se había empeñado en construir.

- Papá...

La mano que temblorosa descansaba sobre su hombro no se resistió más y viajó hacia su nuca, tomándola con fuerza, atrayendo su rostro sobre el abatido cuerpo que le abrazó con fuerza, sin reparos y sin vergüenza. Como nunca antes había sido capaz de hacer.

Los brazos de Aspros le rodearon con urgencia y firmeza, manteniéndolo apretado contra sí. Cerrando los ojos y dejando que las lágrimas hicieran lo que quisieran hacer.

Kanon se había encontrado atrapado contra su padre, con su propio rostro hundido en el hombro de ese hombre que se había rendido a sus sentimientos. Su cuerpo seguía esclavo de la inmovilidad, pero sus brazos cobraron vida propia, y se encontró rodeando el cuerpo que firmemente le amarraba a un abrazo que nunca hubiera imaginado más sincero, agarrándose a él con fuerza, y luchando en vano ahogar los sollozos que clamaban escapar de su garganta, pronunciando unas atropelladas palabras que empezaron a emerger sin orden ni sentido, arrojadas contra un hombro que le arropaba con compasión.

- Lo siento...lo siento papá...yo...perdóname...

Kanon se había rendido. Completamente. Sus brazos rodearon desbordados de necesidad la espalda que antaño había sido tan erguida y fuerte como la suya. Su rostro, enterrado en un hombro que se iba bañando con sus lágrimas. La voz, deformada por la liberación del dolor, incapaz de armar ningún inteligible sonido más.

- Kanon...hijo...no hay nada que perdonar...nada que perdonar...

El llanto se apoderó de Kanon. Igual como lo había hecho tantos años atrás, cuando el único testigo de él fue el bosque que guardaba el nacimiento de su insano sentimiento de culpa. Todo el odio incubado durante años, todo el rencor, toda la culpa asumida sin razón estaban escapando del alma que enfermizamente los había almacenado.

Aspros recibía contra su cuerpo toda esa liberación, resistiéndose a aflojar su abrazo, temiendo que si lo hacía ese momento se convirtiera en una ilusión.

En contra de sus autoimpuestas limitaciones, Aspros se rindió al placer acariciar sus largos cabellos, como sólo se había concedido hacer cuando Kanon era un niño dormido en su infantil habitación.

No supieron cuánto tiempo permanecieron así, perdonándose mutuamente. Regalándose un contacto que nunca se habían atrevido a compartir y que siempre había resultado tan necesario. Finalmente el llanto de Kanon se fue calmando, dejando paso a unas silenciosas lágrimas que se empeñaban en seguir acariciando su piel. Aspros se separó de él, y se permitió tomar su rostro entre sus manos. Se permitió perderse en el verde de esa mirada que ahora era la única en la que seguía viviendo su primer y gran amor en la vida, la madre de sus hijos. Su eternamente joven Sasha.

Una intensa mirada. Unas suaves carícias sobre un rostro que se había convertido en adulto lejos de él. Y un ruego cargado de esperanza.

- Kanon...no vuelvas a desaparecer nunca más...nunca más...es lo único que te pido...ya no soportaría perder más...

La mirada de Aspros seguía luciendo desbordada, pero por primera vez en su vida, las lágrimas no dolían. Por primera vez no era el dolor el que las hacía brotar.

Por primera vez eran de alegría.

En el umbral de la puerta, unas aún tersas mejillas estaban siendo secadas con la esquina del delantal que escudaba ese esbelto cuerpo femenino. Una sincera sonrisa adornaba sus labios. Su corazón por fin sonreía al poder observar el rostro de Aspros libre de dolor. Desde la distancia, les otorgó todo el tiempo necesario antes de interrumpir una escena que Aspros había soñado vivir desde el día en que ellos dos se casaron. La visita de Kanon había sido el mejor regalo que Aspros podría tener nunca, y no iba a permitir que fuera efímero.

Armándose de valor y aclarándose la emoción de su propia voz, agarró fuerzas para rasgar el silencio que se había adueñado del lugar.

- Muchachos...la cena está lista. No sería bueno dejarla enfriar...

Dicho ésto, desapareció de su vista, internándose de nuevo en la cocina. Kanon esbozó una negación con su rostro, pero el firme brazo de su padre le retuvo a su lado, instándole a que entrara en la que siempre había sido su casa. Y la que nunca había dejado de serlo.

- Pandora tiene razón. La carne al horno hay que comerla caliente.

Continuará