SOMBRAS Y CORAZAS

Capítulo 14: La serpiente y la comadreja

"Si eres feliz, escóndete.

No se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos.

No se puede pasear una felicidad como la tuya por un mundo de desgraciados"

Alejandro Casona

Ginny desvió los ojos, tratando de evitar esos ojos de serpiente que eran unos verdaderos témpanos de hielo. Le hubiera gustado ponerse de pie, recuperar su varita y marcharse, pero el dolor de su pierna le impidió moverse.

-¡Ginevra Weasley! –dijo Draco con frialdad.

Ella volvió a desviar los ojos, tratando de evitar una mirada acusadora.

-¡Mírame! –gritó Draco-. ¿Qué hacías en mis terrenos?

-No sabía que eran de tu propiedad –dijo la pelirroja débilmente-. Ni siquiera sé cómo llegué a esta casa.

-¡Mis elfos te encontraron! -exclamó Draco-. Sobra decirte que no eres bienvenida en mi casa.

Ginny clavó sus ojos en él, ni que diera de brincos por quedarse allí.

-Amo, la chica se ha roto una pierna, lo mejor será que guarde reposo unos días –comentó Claudius, el elfo.

-¡No en mi casa! –sentenció Draco.

-Me iré en cuanto pueda- aseguró la pelirroja.

-Ahora mismo –dio Draco con voz firme.

-Señor, la chica está muy débil –dijo Hensen.

-No me importa.

Draco giró su silla de ruedas y dio media vuelta dispuesto a marcharse. La pelirroja se percató de que todo el tiempo que Draco había estado hablando, él había estado sentado en esa silla de ruedas.

-¡Espera! –dijo Ginny-. ¿Qué te ha ocurrido? ¿Por qué usas esa silla? ¿Acaso no puedes caminar?

Draco se detuvo en seco antes de abandonar la habitación. ¿Cómo demonios había podido ser tan descuidado? ¿Cómo había permitido que Ginny Weasley lo viera en esa silla de ruedas? ¿Por qué no salió de la habitación en cuanto ella despertó? Ahora ella sabía que él vivía en esa casa sin poder caminar, condenado de por vida a una silla de ruedas. Ahora, Ginny Weasley sabía que el gran Draco Malfoy no era más que un inválido inservible.

-Draco Malfoy ¿no puedes caminar? –volvió a preguntó Ginny, sorprendida, sin poder creer lo que sus ojos estaban viendo.

-¡Que te importa! –exclamó Draco, saliendo de la habitación.

Draco azotó la puerta al salir, en cuanto estuvo en el pasillo, muy lejos de la mirada de Ginny, apretó los puños con coraje hasta hacerse daño. ¿En qué diablos estaban pensando esos estúpidos elfos domésticos cuando metieron a Ginny Weasley a su casa? ¿Qué iba a hacer ahora que esa pobretona sabía su secreto? ¿Cómo iba a ordenarle que se marchara? Si ella abandonaba la mansión, sólo sería cuestión de esperar un par de horas para que todo el mundo mágico supiera de su condición.

¡No! ¡Él no podía permitir eso! Preferiría estar muerto antes que recibir la lastima de los demás.


Ginny se dejó caer sobre la almohada, la pierna le dolía mucho, al grado que se preguntó si volvería a caminar.

-Le daré un poco de Esencia de Murtlap –dijo un elfo doméstico-, eso le ayudará con el dolor.

Ginny asintió, dándole las gracias.

Deiters abandonó la habitación para ir a buscar la poción. Apenas cerró la puerta, se encontró con su amo, quien seguía afuera con el rostro hundido entre las manos.

-¿Amo? ¿Qué ocurre? –preguntó el elfo.

Draco levantó la cara y le dedicó una mirada furiosa.

-¿Alguien más sabe que ella está aquí? –preguntó Draco.

-No señor, nadie nos vio cuando la trajimos. Estaba totalmente sola en el bosque. Revisamos los alrededores y solamente encontramos una vieja casa de campaña, su varita y una escoba muy gastada. Nada más.

Draco frunció el entrecejo meditando la situación.

-¿Puedo hacer algo por usted, señor? –preguntó Deiters-, ¿Quiere que lo lleve a su recámara para que se acueste y descanse un poco?

-¡No quiero nada! –gritó Draco.

El elfo retrocedió un par de pasos atrás, de todas las veces que había visto enojado a su amo, ésta se llevaba las palmas.

-Voy por un poco de esencia de Murtlap –dijo Deiters deseando salir de ahí lo antes posible-, la chica tiene mucho dolor.

-¡Deiters! –llamó Draco.

-¿Si, señor?

-¡Quiero que la envenenes! –dijo Draco con voz clara y firme.

Al elfo le tembló el labio inferior. Nunca antes su amo le había dado una orden así. Jamás le había pedido que matara a alguien. Era un amargado con muy mal carácter, pero no un asesino.

-¿Escuchaste? –dijo Draco.

-Pero, señor…

-Ella no puede salir viva de esta casa. ¡Ella no puede irse para contarle a todo el mundo mi secreto!

Draco dio media vuelta, comenzando a desplazarse lentamente en su silla de ruedas. No tenía otra opción. Nadie en el mundo debía saber de su condición actual.

Cuando Deiters regresó a la habitación de Ginny con la esencia de Murtlap, los otros dos elfos habían desaparecido. La pelirroja se había puesto de pie y cojeaba, intentando salir de esa habitación.

-Señorita, no se levante –dijo Deiters-, no debe apoyar, le hará mal si camina ahorita.

-¿Crees que no escuche a tu amo? –dijo Ginny con mirada mordaz-. ¡Te ordenó que me envenenaras!

Deiters desvió los ojos. Ginny hubiera jurado que se sonrojó.

-El señor dice muchas cosas cuando está enojado, pero es incapaz de lastimarla –dijo Deiters.

-No puedo creerte –dijo Ginny débilmente, intentando dar pasos hacia la puerta.

-Por favor –dijo el elfo, sosteniéndola-. Usted está muy débil, tiene que descansar.

-Pero si me quedo él me matará –dijo Ginny dejando escapar un par de lágrimas y claudicando en su intento de escapar.

El elfo la retuvo y la ayudó a regresar a la cama.

-Nadie de nosotros dejará que la lastime –aseguró el elfo.

Claudius apareció en la entrada de la habitación con una bandeja llena de comida.

-¡Su cena está lista! –anunció el elfo alegremente.

Ginny lo miró con total desconfianza.

-Preparé verduras al vapor con pechuga asada.

La pelirroja sintió que se le hacía agua la boca. Era de madrugada, pero ella se moría de hambre. Sin embargo, tuvo que recordarse a sí misma las palabras que había escuchado de Draco. Sólo así tuvo la fuerza suficiente para rechazar los alimentos, porque si los aceptaba, aquella sería su última cena.

Hensen apareció en la habitación, pero él traía jugo de calabaza y caramelos de café con leche.

-Lo siento –dijo Ginny-, les agradezco sus atenciones, pero no puedo aceptar nada.

Deiters le dirigió una mirada compasiva, entendía perfectamente bien sus miedos.

-Nosotros no vamos a lastimarla –dijo Hensen.

-Nadie de nosotros va a envenenarla –dijo Deiters, acercando un trozo de comida a su boca y dando el primer bocado.

El elfo probó un pequeño bocado de cada alimento que habían llevado, sólo así pudo demostrarle a la desconfiada pelirroja que la comida estaba limpia.

La pecosa les dio las gracias y comió hasta quedar satisfecha. Finalmente, cansada y adolorida, se dejó caer sobre la cama, perdiéndose en un profundo sueño.


Hermione extendió la receta a su paciente y se despidió de él. Cerró la puerta del consultorio y consultó su reloj, faltaban veinte minutos para su siguiente consulta. Abrió la carpeta del expediente para empezar a checar los antecedentes de su paciente, pero a mitad de su lectura, la lechuza de Harry la interrumpió, dando un par de golpes en su ventana.

La castaña se levantó a abrir el cristal, la lechuza entró volando y fue a posarse encima de su expediente. Hermione le ordenó que se levantara de allí. La lechuza dejó caer una caja con chocolates y después fue a posarse en otro rincón del consultorio.

Hermione sonrió al contemplar los chocolates. No traía ninguna tarjeta, pero aquello no era necesario. A pesar de estar casados, Harry no había dejado de tener detalles con ella.

La chica abrió la caja y se llevó un par de chocolates a la boca, estaban deliciosos. Volvió a hojear el expediente, apuntando en un pergamino limpio los antecedentes más importantes de su paciente… A los pocos minutos, Hermione sintió que sus manos comenzaban a hincharse al grado que no pudo sostener por más tiempo el bolígrafo y lo dejó caer al suelo. Sus brazos y sus piernas estaban hinchados y mucho más gordos. Y no solamente eso, su ropa estaba tres veces más grande de lo normal. La castaña se puso de pie y caminó torpemente para verse en un espejo que tenía en su consultorio. Quiso irse de espaldas cuando se vio a sí misma, convertida en una mujer mucho más robusta que la dama gorda del retrato de la Torre de Gryffindor. En lugar de su peso acostumbrado, parecía que pesaba cincuenta kilos más.

El efecto de los chocolates duró cinco minutos. Los suficientes para que Hermione lanzará todo tipo de maldiciones por haber probado el último invento de los hermanos Weasley. Cuando su cuerpo volvió a su tamaño normal, Hermione tomó un pergamino y escribió un howler:

¡Harry James Potter, te juro que esta noche vas a dormir con Crookshanks!

Ató el howler a la lechuza de Harry y la despidió inmediatamente.


-¡Te ordené que te deshicieras de ella! –gritó Draco a Deiters.

-Lo siento, señor –dijo el elfo-. No puedo hacer eso.

-Amo, tenga un poco de piedad –intervinó Claudius.

-¿Y quién ha tenido piedad conmigo? –exclamó Draco furioso-. ¡Hasta mis elfos me desobedecen! ¿Cuántas veces les advertí que no dejaran entrar a nadie? Cientos de veces les dije que nadie podía verme así. ¡Son unos insensatos! ¿Una pordiosera fue suficiente para que rompieran todas mis reglas?

-No podíamos dejarla morir en el bosque–dijo Hensen.

-Tampoco podemos envenenarla –dijo Deiters.

-¿Y entonces? ¿Qué vamos a hacer con ella? –gritó Draco perdiendo la paciencia, si es que alguna vez en su vida la había tenido-. ¿Vamos a dejar que se vaya para que mañana todo el mundo sepa que yo no puedo caminar? ¿Le lanzo un Imperius para que no abra la boca?

-¡Yo no voy a rebelar tu secreto! –dijo Ginny apareciendo en ese momento, se había puesto de pie al escuchar los gritos de Draco y había logrado caminar apoyada del palo de su destartalada escoba.

-¡Nadie te ha llamado aquí! –dijo Draco con total desdén al verla.

Ginny hizo caso omiso de Draco y fue a sentarse en un confortable sillón de la estancia. Casi toda la casa estaba en penumbras y era difícil para ella adaptarse a tanta oscuridad, sin embargo, le dirigió una mirada a Draco, que lejos de demostrar miedo reflejaba determinación.

-Me dejarían hablar un momento a solas con él –dijo Ginny a los tres elfos.

-¡No! –dijo Draco inmediatamente-. ¡Tú y yo no tenemos nada de qué hablar!

-Es necesario –insistió Ginny.

Los elfos vacilaron, a ninguno de los tres les había pasado desapercibido que su amo y esa misteriosa mujer pelirroja se conocían desde hace mucho tiempo, y aunque el odio entre ellos era evidente, los elfos sabían de sobra que su amo necesitaba hablar con alguien de su misma especie, y que no fuera su viejo sanador Mosby.

-¡Vámonos! –dijo Claudius. Los otros dos elfos asintieron y lo siguieron, dejando a Ginny y a Draco solos.

-¿Por qué ordenaste matarme? –preguntó Ginny.

-¿Te parece poco? ¿Te internaste en mi bosque sin permiso? Lograste que mis elfos te trajeran a mi mansión para curarte, sin mencionar que te dieron techo y comida. ¡Haces que ellos me desobedezcan! Y por si eso no fuera suficiente, estoy seguro de que en cuanto puedas caminar y pongas un pie a fuera de mi propiedad, correrás a decirle a todo el mundo que me has visto.

-¿Y qué tiene de malo que diga que te he visto?

Draco la miró como si Ginny padeciera de alguna enfermedad mental peligrosa.

-¿Acaso no ves en qué condiciones me encuentro?

-Únicamente advierto que no puedes caminar y no creo que eso tenga algo de malo.

-¡Soy un inválido, Ginevra Weasley! ¡Llevo tres años sin poder caminar!

-¿Qué te paso?

-¡Eso no es asunto tuyo!

-Sí, tienes razón, no es asunto mío. Por lo tanto, tienes mi palabra de que, si me dejas salir, nadie más va a saberlo. Tú podrás seguir viviendo aquí, tan tranquilo como siempre. Nadie por mi boca sabrá de tu secreto.

-No puedo confiar en ti.

-Tendrás que hacerlo porque tengo un hijo que me necesita –dijo Ginny, mirándolo a los ojos.

Draco abrió los ojos enormemente, jamás se imaginó aquello.

-Sí, Draco Malfoy, tengo un hijo –repitió Ginny, fijando sus ojos en él-. Es un bebé, tiene poco más de un mes.

-¿Cuándo te casaste? –preguntó Draco con curiosidad. Diario leía los periódicos y las revistas para estar al tanto del mundo mágico y jamás había leído alguna noticia relacionada con Ginevra Weasley.

-¡No me he casado!

-Ahora resulta que los Weasley aparte de vivir en la pobreza extrema carecen de todo tipo de honor familiar –dijo Draco con desdén-. ¿Tienes un bastardo?

Ginny lo acribilló con la mirada.

-¿Quién es el padre de tu hijo? –dijo Draco, ignorando la mirada de Ginny.

-Es Harry Potter –dijo la pelirroja.

-¿Potter? –exclamó la serpiente con frialdad.

-Sí, mi bebé es hijo suyo.

-¿Crees que soy imbécil o qué? –exclamó Draco-. ¿Qué hace Potter en la portada del Quisquilloso con Hermione Granger? Si ese hijo fuera de él, el engreído no estaría posando en revistas estúpidas, abrazando y besando a una sangre sucia.

-Es de él –repitió Ginny bastante molesta.

-¿Y así quieres que te deje ir? –dijo Draco-. A leguas se ve que eres una mentirosa. Si Potter tuviera un hijo contigo, no se hubiera casado con Granger.

Ginny hizo un gesto que reflejaba incomodidad. Hasta Draco Malfoy viviendo aislado de todo el mundo, sabía que Potter y Granger estaban recién casados.

-¿Y dónde está tu hijo? –preguntó Draco.

Ginny sintió una punzada en el pecho al recordar que lo había dejado en el Cuartel General de Aurores.

-Se lo dejé a Harry, él lo está cuidando.

Draco negó con la cabeza.

-Ningún bebé ha entrado a casa de los Potter –dijo Draco con total convicción.

Ginny dejó caer la mandíbula. El rubio platinado disfrutó de su cara de angustia.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Ginny débilmente, sin poder creer que Harry hubiera sido capaz de darle la espalda a su bebé.

-Tengo mis contactos con el mundo exterior –dijo Draco tranquilamente.

Ginny se dejó caer aún más sobre el asiento. Si el bebé no estaba con Harry, entonces dónde estaba.

-Tengo que irme, Malfoy –dijo Ginny-. Te juro que a nadie más le diré que estás aquí, si quieres lanzarme un Imperius para asegurarte de que no hablaré, puedes hacerlo. Me da igual tu situación. Lo único que me importa es recuperar a mi bebé.

-¿Ahora vas a convertirte en una madre abnegada? –dijo Draco con crueldad.

-Es un pequeño, me necesita, jamás pensé en abandonarlo definitivamente.

-¿Quién es el verdadero padre de tu hijo? –preguntó Draco.

-Eso no es asunto tuyo.

-Así no podemos avanzar –dijo Draco-, tienes que ser honesta, comadreja.

-¿Estás hablando de honestidad? Pues empieza contigo mismo –dijo Ginny mordazmente-. ¿Qué te paso? ¿Por qué no puedes caminar? ¿Te atacó un licántropo?

-¿De dónde sacas esa estupidez? -exclamó Draco-. Un licántropo jamás hubiera podido conmigo.

-¿Entonces fue un mago? ¿Te lanzaron una maldición?

-¡Ya basta, comadreja!

-¿Es eso?

Draco le lanzó una mirada que le advertía que no dijera una sola palabra más, pero Ginny había terminado de armar las piezas del rompecabezas.

-¿Immobile crura? –preguntó Ginny.

-¡Cállate! –gritó la serpiente.

-Alguien te ha lanzado la maldición Immobile Crura y por eso no puedes caminar.

Draco le dirigió una mirada gélida. Ginny supo que esa era la mirada más dura y fría que él le había lanzado hasta entonces, y no tuvo ninguna duda de que estaba en lo cierto.

-¿Quién fue? –preguntó Ginny

-Te lo advierto, Ginevra Weasley, guarda silencio o jamás volverás a ver a tu hijo.

-Seguramente estoy en un error –dijo Ginny, deteniéndose a pensarlo-, en el mundo mágico siempre se pensó que esa maldición no tenía contrahechizo, pero lo tiene. Hace unos meses, Hermione Granger descubrió una poción que hizo que el ministro Kingsley volviera a caminar.

-¡Esa poción no sirve para nada! –gritó Malfoy.

-Entonces, ¿estoy en lo cierto? ¿Se trata de la maldición Immobile Crura? ¿Por eso dices que la poción de Granger no sirve? ¿Acaso ya la bebiste?

-Sí.

-Pero Kingsley puede caminar –objetó Ginny-, la poción fue un éxito con él.

-Seguramente Rodolphus Lestrange no sabe nada de maldiciones –dijo Draco-, o quizás la sangre sucia no es tan buena sanadora como todo el mundo piensa.

Ginny se soltó a reír, alguien compartía su odio por Hermione.

-Quizás Granger solamente sea un ratón de biblioteca –dijo Ginny-, pero si yo fuera tú, ya hubiera ido a verla a San Mungo. Créeme, la conozco desde hace muchos años, toda su vida ha estudiado para ser sanadora. La odio, pero tengo que admitir que ella sabe muchas cosas, desde magia antigua hasta medicina muggle… No perderías nada si sacaras una cita con ella.

-¡Jamás! –dijo Draco mirando a Ginny con furia contenida.

Sin lugar a dudas, la pelirroja estaba loca. La serpiente se estremeció al imaginar la escena, un aristócrata de sangre limpia como él, yendo a San Mungo para ver a una sangre sucia, hija de unos miserables muggles. Seguramente Granger se reiría de él al verlo en semejantes condiciones. Estaba seguro de que ella no movería un solo dedo para ayudarlo. A lo mejor era capaz hasta de matarlo con alguna poción, sólo para vengarse de todas las humillaciones que él le había hecho pasar en Hogwarts. Sin mencionar que ahora estaba casada con Potter, y seguramente el Cararajada jamás permitiría que su esposa tuviera un paciente como él. Y encima de todo, no quería salir de su casa para que todo el mundo descubriera su discapacidad. Él no podía permitir las burlas de la gente.

-¡Malfoy! –exclamó Ginny-. Te estoy hablando. ¿Por qué no consultas a Granger?

-Jamás pondré un pie en San Mungo.

-No se trata de ir a San Mungo, puedes hacer que ella venga aquí.

-¿Una sangre sucia en mi casa?

-Sí –dijo Ginny con total convicción-. Así nadie sabría de tu invalidez.

-Comadreja, yo puedo llamar a Granger o al sanador que se me dé la gana, tengo dinero de sobra para pagarles. El sanador Mosby ha venido muchas veces a verme, pero lo único cierto, Ginevra Weasley, es que no hay ningún remedio para la maldición Immobile Crura.

Por primera vez, Ginny vio a Draco muy cansado. Los ojos del chico se cerraron, pero Ginny podía advertir su frustración.

-Como tú quieras, Draco Malfoy –dijo Ginny antes de retirarse a descansar, el dolor en la pierna había regresado-. Eres libre de consultar a quien tú quieras, pero si yo fuera tú, por mucho que odie a Granger, la consultaría a ella. Finalmente, ya no tienes nada que perder. Recuerda que vida sólo hay una. No puedo creer que primero estén tus prejuicios antes que tu salud… Si no estás dispuesto a hacer a un lado tu orgullo, puedes seguir atado a esa maldita silla de ruedas por el resto de tus días.

Ginny se puso de pie y agarró nuevamente el palo de la escoba para apoyarse. Draco la escuchó salir con pasos débiles y cortos. Hensen, el elfo, entró en ese momento.

-Señor, ¿se le ofrece algo? ¿Quiere que sirva la cena?

-No –dijo Malfoy-, no quiero nada. Retírate inmediatamente.

El elfo obedeció. Draco miró nuevamente el fuego de la chimenea y sus ojos se perdieron en el baile de las flamantes llamas.

"Fuego, exactamente igual que aquella noche"

"¡Maldita sea! De entre todos los sanadores del mundo, ¿por qué precisamente Hermione Granger?"


Hermione miró a Arabela Figg. Su brazo se había fracturado esa tarde, mientras intentaba plantar un par de árboles en su jardín.

-Intenté extender el brazo –pidió Hermione examinándola con seriedad. La señora Figg obedeció haciendo una mueca de dolor.

Hermione tomó su varita y le lanzó un hechizo para acomodar el brazo en su lugar.

-Intenté moverlo nuevamente –pidió Hermione. Esta vez la señora Figg pudo hacerlo un poco mejor, pero aún sentía dolor.

La castaña aplicó un nuevo hechizo y el brazo de la señora Figg quedo en perfectas condiciones.

-Increíble –dijo la señora Figg-, ya no me duele.

Hermione sonrió, viendo cómo la señora Figg flexionaba y extendía su brazo sin el mayor problema.

-Muchas gracias –dijo Arabela Figg.

-De nada –dijo Hermione con una nueva sonrisa.

La señora Figg abrió su enorme bolso y sacó un pequeño pastel que había horneado en su casa en la mañana. Con humildad, se lo ofreció a Hermione como agradecimiento.

La chica sonrió encantada, aceptó el recipiente con el pastel y le dio las gracias. La señora Figg se despidió dándole un beso en la mejilla.

Un par de minutos después, cuando Hermione recogía todas sus cosas para marcharse a casa, Harry llamó a la puerta. Hermione sonrió al escucharlo y le indicó que podía pasar.

-¿Puedes explicarme lo del howler? –preguntó Harry, cerrando la puerta tras de sí.

Ella frunció el entrecejo.

-No fue divertido, Potter –dijo Hermione-. ¡Me veía horrible!

-Tú jamás podrías verte horrible – dijo el ojiverde con una sonrisa.

Ella negó con la cabeza, a pesar de que él le estaba dedicando su sonrisa favorita, no iba a perdonarlo tan fácilmente.

-Apuesto a que me veía exactamente igual que tu tía Maggie cuando la inflaste –replicó Hermione.

Harry rio divertido.

-Dudo que alguien sea vea tan bien como tú –dijo Harry-, aún sin ropa, eres hermosa.

-¡Harry!

Él le guiñó un ojo. Hermione le dio la espalda haciendo un puchero.

-¿Me perdonas? –dijo Harry acercándose a ella para abrazarla-. Fue una broma inocente.

Ella negó con la cabeza.

-¡No! –dijo ella, resistiéndose-. Ya te dije que está noche vas a dormir con Crookshanks.

-¿Y también será a Crookshanks a quien invité a cenar a tu restaurante favorito?

Hermione levantó la cabeza con aire caprichoso, fingiendo no haber oído la última frase.

-Aún no me has dicho qué piensas ordenar para el postre –dijo Harry dándole un beso en la sien.

-Esta noche omitiremos el postre –dijo la castaña-. La señora Figg me ha traído un pastel.

-¿Arabella Figg?

-Sí, vino a consulta. Se rompió su brazo.

-Seguramente, Dudley Dursley la atropelló nuevamente.

-¿Por qué siempre piensas mal de tu primo? –exclamó Hermione, dejándose envolver en el abrazo de Harry-. Se rompió el brazo mientras intentaba sembrar un par de árboles en su jardín.

-¡Pobrecita!

-No fue nada grave.

-Aun así, no pienso comer ese pastel –dijo Harry sacando a colación los recuerdos de su infancia.

-Harry, el pastel huele delicioso –objetó Hermione.

Harry sonrió y la besó en los labios. Hermione se separó al cabo de un par de besos, tomó su bolso y escombró su escritorio rápidamente, mientras Harry miraba con curiosidad el estante de las pociones.

-Estoy lista para salir a cenar –informó Hermione.

-¿Qué pasaría si hiciéramos una poción con lágrimas de fénix y sangre de unicornio? –preguntó Harry, observando los ingredientes de las pociones.

-No tengo la menor idea –admitió Hermione riendo. En ese momento estaba totalmente hechizada con los ojos verdes de Harry, y no tenía el menor deseo de ponerse a pensar en los efectos curativos de las pociones.


Draco entró imperiosamente a la habitación donde Ginny descansaba, a pesar de la silla de ruedas, podía desplazarse con rapidez y era muy hábil en algunos movimientos. Eran las tres de la mañana, pero Draco jamás había respetado el sueño de los demás y no tuvo ningún reparo en quitarle las cobijas a Ginny para que despertara.

-¡Ginevra Weasley, abre los ojos!

La pelirroja tembló de frío y abrió los ojos lentamente, volviéndolos a cerrar en cuanto la luz de la lámpara le dio en la cara.

-¡Despierta! –ordenó Draco.

Ginny parpadeó perezosamente.

-¿Qué es lo que quieres? –preguntó la pelirroja.

-Quiero saber qué tan grande es tu odio hacia Hermione Granger.

Ginny puso los ojos en blanco.

-¿Por qué quieres saber eso? –preguntó Ginny, incorporándose.

-Conmigo no finjas –dijo Draco-. Tú estás enamorada de Potter y serías capaz de hacer cualquier cosa con tal de separarlo de la sangre sucia.

Ginny sonrió con malicia.

-Tú lo has dicho, Draco Malfoy, soy capaz de hacer cualquier cosa, pero en estos momentos, no puedo ayudarte, necesito recuperar a mi bebé.

-Tú hijo está bien –dijo Draco-, tus padres están cuidando de él.

Ginny asintió, sintiendo un enorme alivio.

-¿Quién es tu contacto?

-Ese no es asunto tuyo –dijo Draco-, pero la información es de primera mano.

La pelirroja tuvo que creerle, no tenía más opción.

-¿Estás dispuesta a colaborar conmigo? –preguntó Draco, sacando una bolsa repleta de galeones y ofreciéndosela a Ginny.

-¿Colaborar en qué? -preguntó la pelirroja fingiendo un aire inocente.

-Quiero volver a caminar y si Hermione Granger es la única carta que puedo jugar, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa.

-¿Quieres una sanadora de cabecera? –preguntó Ginny mordazmente.

-¿Quieres separar a Potter de Granger? –preguntó Draco, levantando las cejas.

Ginny sonrió con malicia.

-¿Qué tengo que hacer? –preguntó la pelirroja.

-No podrás hacerlo sola –dijo Draco-, nuestro cómplice viene en camino.

-¿Cómplice?

-Levántate y tomemos una copa –dijo Draco-. Tenemos muchas cosas de que hablar.

Ginny asintió, sin poder creer que Draco Malfoy hubiera mordido el anzuelo tan rápido. Sin lugar a dudas, tres años de invalidez lo tenían desesperado y dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de volver a caminar. Si hubiera tenido con quién apostar, hubiera apostado a que Draco Malfoy tenía los ojos puestos en Hermione Granger desde que ella curó al Ministro de Magia.


-¿Separar a Potter y a Granger? –preguntó Zabini por milésima vez.

-Ya lo escuchaste –dijo Draco Malfoy con fastidio.

-Draco Malfoy, tú plan es terriblemente arriesgado –repuso Zabini-. Te juro que no solamente vas a terminar inválido el resto de tus días, sino que además vas a terminar en Azkaban.

-Si haces bien tu trabajo, nadie va a descubrirnos –dijo Ginny Weasley.

Zabini le lanzó una mirada a Draco que le hizo saber que no podía creer cómo había llegado a involucrarse con ella.

-¿Vas a ayudarme si o no? –preguntó Draco.

-Siempre te he ayudado –repuso Zabini-, el día que te lanzaron esa maldición, fui yo quien te levantó y te escondió del resto de los magos, fui yo quien te ayudó a llegar a casa sin ser visto, hemos mantenido nuestra amistad a lo largo de estos tres años, y de alguna manera, siempre me he preocupado por tu salud.

-¿Y? –preguntó Ginny alisándose el cabello con fastidio.

-Lo que ustedes me piden, es imposible. Es el plan más descabellado y tonto que he escuchado.

-¿Por qué imposible? –exclamó Draco.

-¡Estás hablando de la esposa del Jefe del Cuartel General de Aurores! ¿Crees que Potter se va a cruzar de brazos?

Draco le lanzó una mirada indicándole que aquello no le importaba.

-Ella es sanadora, atiende una docena de pacientes al día en San Mungo –exclamó Zabini, intentando que Draco razonará-. ¿Por qué no vas y pides simplemente una cita con ella? Nos evitaríamos tantos problemas.

-¡Jamás! Nadie debe verme como un inválido.

-¿Y si tramito una consulta a domicilio? Conozco al jefe del hospital.

-¿Y dónde quedo yo? –preguntó Ginny-. Yo también tengo que salir ganando. Alguien tiene que guardar el secreto de Malfoy.

Zabini la miró como si se tratará de una loca.

-Draco Malfoy, te lo suplico –dijo Zabini-, no me involucres en esto. Además, ni siquiera estamos seguros de que Granger conozca algún remedio para tu mal.

La serpiente sacó una bolsa repleta de galeones. Zabini quiso ignorar tan generoso ofrecimiento, pero Draco conocía perfectamente bien su punto débil y no dudo, en sacar dos bolsas más.

-Te daré el doble si haces bien tu trabajo –dijo Draco Malfoy, viendo la vacilación de Zabini.

-Está bien –dijo Zabini, rindiéndose al fin-. ¿Por dónde empezamos?

Ginny y Draco intercambiaron una mirada. Quizás las cosas iban a ser mucho más sencillas de lo que habían imaginado.


Harry y Hermione llegaron a casa de Ron y Luna. Los anfitriones los invitaron a pasar a una estancia atiborrada de cosas para bebé, desde una cuna donde el pequeño dormía tranquilamente, hasta carriola, sonajas y juguetes.

Harry llevaba entre sus brazos un par de cajas y bolsas de regalo. Ron le indicó un rincón dónde colocarlas.

-Para nuestro sobrino –dijo Hermione a Luna.

-Gracias –dijo la feliz madre.

Luna abrió la primera bolsa, contenía una preciosa cobija blanca con una snitch bordada en cada esquina, una chambrita azul, un gorro y unos zapatos del mismo color.

-Hermione, ¿tú los hiciste?

La castaña asintió.

-Muchas gracias –dijo Luna, dándole un abrazo a su amiga.

-De nada.

-¡Abre este regalo! –dijo Harry a Ron mientras le extendía una enorme caja de madera.

El pelirrojo obedeció, y sus ojos se encontraron con un equipo de entrenamiento de Quidditch profesional.

-¡Wow! –exclamó Ron emocionado.

Hermione rio al recordar la pequeña discusión que había tenido con Harry cuando él insistió en comprarle ese regalo a un bebé que todavía no podía ni sostener la cabeza. Él había ganado argumentando que los campeones empezaban a entrenarse desde muy temprana edad.

-Creo que ese regalo está dirigido al papá –dijo Luna riendo, viendo a los dos hombres sacar los bates como un par de niños pequeños.

Hermione estuvo totalmente de acuerdo con ella.

El bebé comenzó a llorar, Luna se puso de pie, se acercó a la cuna donde estaba su hijo, lo tomó entre sus brazos y comenzó a arrullarlo, sin embargo, el bebé tenía otras necesidades y no guardó silencio hasta que le cambiaron el pañal y le dieron de comer.

Minutos más tarde, Harry quiso cargar al bebé, Luna aceptó encantada y se lo dio, mientras que Ron seguía contemplando el nuevo equipo de Quidditch.

-Ron, ¿no crees que debemos decirles de una vez? –dijo Luna.

-¿Qué cosa, querida? -contestó el pelirrojo, sin apartar sus ojos de una quaffle.

-Lo que platicamos anoche –dijo Luna, perdiendo la paciencia y a punto de lanzarle una bludger.

-Oh, sí, por supuesto –dijo Ron, reaccionando-. Harry y Hermione queremos que ustedes sean los padrinos de nuestro bebé.

Harry y Hermione sonrieron al mismo tiempo, con un simple intercambio de miradas, ambos dijeron que sí inmediatamente.

-¡Perfecto! –dijo Ron sonriendo.

-¿Y cómo se va a llamar nuestro ahijado? –preguntó Harry.

-Hugo Ronald Weasley –dijo Ron

-¡Pobrecito! –dijo Hermione, disimulando una sonrisa-. ¿No te parece mejor nada más Hugo Weasley?

-No –dijo Ron, frunciendo el entrecejo.

-Ni hablar –dijo Hermione-. Me niego a ponerle "Ronald".

-Merece llevar mi nombre -exclamó Ron-. ¿No ves que es idéntico a mí?

El inquieto bebé comenzó a estirarse y a querer tocar la cara de Harry con sus pequeñas manitas. Sin lugar a dudas, sus lentes le llamaban la atención.

-¿Qué es eso? –preguntó Hermione, observando que en el cuello del bebé había un extraño objeto plateado.

-Su amuleto de protección –dijo Luna tranquilamente.

Harry rio, sabiendo que su esposa no creía en nada de esas cosas. El bebé feliz apretó el puño del ojiverde.

-¿Te gustaría cargarlo, Herm? –preguntó Luna al cabo de varios minutos.

Hermione asintió dibujando una sonrisa, Harry le extendió a su futuro ahijado, dejándolo con cuidado entre sus brazos.

Harry observó a Hermione en silencio, se veía preciosa con sus rizos recogidos, su vestido de encaje blanco y un bebé en los brazos… Siempre había estado seguro de su amor por ella, pero en ese instante, supo con toda certeza, por qué la había escogido como la futura madre de sus hijos.

Él nunca había tenido una familia, pero siempre había soñado con una, aunque de pequeño la única familia que conoció fueron los Dursley, siempre advirtió el gran vínculo que unía a Petunia y a Vernon, y percibió el cariño que le tenían a Duddley. También tenía el ejemplo de sus padres, los dos se habían casado muy jóvenes y enamorados, y estaba más que seguro, que los dos fueron muy felices el poco tiempo que duró su matrimonio. Y ahora, al verse casado con Hermione, soñaba con su propia familia: Hermione, él y un bebé, producto del amor que se tenían.


Harry y Hermione regresaron a Grimmauld Place, los dos se sentaron en la mesa de la terraza para descansar un rato y tomar una cerveza de mantequilla fría.

-¿Te confieso algo? –dijo Harry, viendo a Hermione acomodarse distraídamente sus rizos.

-Sí.

-Cuando te vi cargando al bebé de Ron y Luna, deseé que ese bebé fuera nuestro.

-Lamento decirte que Hugo ya tiene a sus padres, y que nosotros solamente seremos sus padrinos.

-Te veías tan hermosa y maternal con ese bebé en los brazos –continuó Harry, comenzando acariciar sus rizos, impidiendo que ella los peinará.

Ella rio, jamás se había considerado maternal, nunca tuvo un hermano menor a quien cuidar, ni siquiera primos o sobrinos pequeños.

-¿Sabes una cosa? –dijo Harry, besándola cariñoso en los hombros.

-¿Qué es?

-Quiero tener un hijo.

Hermione se separó inmediatamente mirándolo como si fuera un peligro. No había considerado seriamente la idea de ser madre tan pronto.

-¿Hablas en serio?

-Por supuesto que sí, nada me gustaría más en el mundo que tener un hijo contigo. ¿No crees que sería maravilloso? ¿Tener un ser que nos pertenezca a ambos por igual? ¿Alguien a quien amar y cuidar toda la vida?

Hermione sonrió. La idea le gustaba.

-Por supuesto que sería maravilloso, pero…

-¿Qué?

-Apenas tenemos un mes de casados.

-¿Y tenemos que esperar más tiempo?

Hermione negó con la cabeza, recordando que cuando Ginny salió con su domingo siete, ella deseó por sobre todas cosas, ser la madre de los hijos de Harry.

-Yo creo que sería increíble tener una niña con tu cabello, tus labios y tu sonrisa –dijo Harry.

-También tiene que tener algo tuyo –dijo ella, siguiéndole el juego-. ¿Qué tal tus ojos?

-Suena muy bien –dijo Harry, dándole un beso en el cuello-. Aunque también me encantaría tener un hijo varón.

-Apuesto a que sería idéntico a ti.

-¿Impulsivo, desobediente y necio?

-Me refería a inteligente, guapo y valiente –dijo ella riendo.

-Muy bien –dijo Harry comenzando a besar el borde de su clavícula-. ¿Qué te parece si le escribimos a la cigüeña en este momento?

Ella hundió sus manos en los cabellos negros de Harry, revolviéndolos, mientras sus labios se unían a él en un intercambio mucho más profundo.


El mago terminó de hacer su rutina de ejercicios, a pesar de que era más de media noche, tenía que entrenarse duramente, pues muy pronto serían los mundiales de Quidditch. Sonrió al imaginarse levantando la copa del torneo después de ganar el gran campeonato. Nada le gustaría más que ver a su equipo ganar el mundial.

Un par de golpes se escucharon en la puerta. El mago sorprendido miró el reloj. ¿Quién podría estar tocando a la una de la mañana?

-¿Quién es? –preguntó el mago, asomándose a través de la ventana.

No vio a nadie, sin embargo, los golpes se volvieron a escuchar con más insistencia. Sin más remedio, el mago abrió la puerta.

¡Grave error! Pues en cuanto abrió, dos maleantes vestidos de negro y con las caras tapadas con máscaras del mismo color, entraron a su casa.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren aquí? –exclamó el mago.

Nadie le respondió, en vez de eso, uno de ellos lo golpeó en la cabeza, haciéndolo caer al suelo.

-¡Suéltenme! –gritó el mago, sintiendo un par de brazos aprisionar los suyos, impidiendo cualquier clase de movimiento para defenderse.

-¡Crucio! –escuchó murmurar.

Al instante, el mago se revolcó en el piso, sintiendo una tortura espantosa mientras escuchaba un par de risas a sus espaldas.

-¡Basta, por favor!

No lo obedecieron, al contrario, lo golpearon y lo torturaron hasta dejarlo totalmente inconsciente.


Harry se despertó bañado en sudor. Prendió la luz de la lámpara y tardó unos segundos en darse cuenta de que todo estaba bien. Solamente se había tratado de una pesadilla. Hermione dormía tranquilamente a su lado. Afortunadamente, no la había despertado con el grito que dio al ver cómo golpeaban sin piedad a ese pobre infeliz.

Harry hundió la cabeza en la almohada intentando apartar ese sueño, pero no lo conseguía.

No lograba identificar la casa donde había sido el ataque, pero lo que más le inquietaba, era que no lograba identificar quién había sido el mago al que habían atacado. Solamente había visto los contornos y las sombras, jamás pudo ver la cara de aquel hombre. Se preguntó si de alguna forma, lo conocía, o si por alguna extraña razón, conocía a aquellos dos maleantes que iban encapuchados.

Se levantó de la cama y bajó a la cocina a buscar un vaso con agua, pues se sentía deshidratado. Grande fue su sorpresa cuando al llegar a la cocina, encontró a Kreacher, dormido en un tapete enfrente del horno.

-¡Kreacher! –dijo Harry sacudiéndolo-. ¿Qué haces aquí?

El elfo se incorporó de un salto.

-Lo siento, amo –dijo Kreacher-, no podía irme a dormir hasta que esa elfina se retirara primero. Creo que el sueño me venció.

-¿De qué hablas? –preguntó Harry.

-De esa elfina loca que usted contrató –dijo Kreacher -. ¡No me gusta! ¡Me da desconfianza!

Harry miró al elfo con recelo.

-¡Basta, Kreacher! ¡Es más de la una de la mañana! Es muy tarde como para ponernos a discutir por Milly. Ella es una buena chica y se quedará con nosotros.

-Pero, señor…

-Es mi última palabra –dijo Harry con determinación-. No voy a volver a discutir este asunto contigo. ¿Entendido?

-Amo, debería observarla…

-Kreacher, vete a dormir –dijo Harry, mientras tomaba un vaso y se servía un poco de agua.

El elfo no tuvo más remedio que obedecer, Harry bebió dos vasos antes de regresar a su cama. Se recostó al lado de Hermione y la abrazó, intentando conciliar el sueño.

¿Quién era ese hombre? ¿Por qué no pudo ver su cara?

"Sólo fue una pesadilla" –pensó para sí-. "Nada de eso ha pasado realmente".


Quiero disculparme por el lenguaje que usa Draco para referirse a sí mismo, también quiero aclarar que no tengo nada en contra de las personas con capacidades diferentes, al contrario, son personas que merecen todo mi respeto y admiración, pero si utilizó este lenguaje es para dar una perspectiva de la depresión que vive Draco, nada más, jamás he querido ofender o hacer menos a alguien.

Sé que Ginny es un personaje muy fuerte en los libros, y nada que ver con la mujer que aquí describo, pero por favor, no se enojen, creo que en un fanfic se puede jugar un poco con los personajes.