Esta vez capítulo doble, ya que considero, he llegado a la mitad del desarrollo de esta historia :)


Thorin escuchó el sonido del rastrillo cerrándose lentamente a sus espaldas. Las gentes aglomeradas en las calles los observaban entre saludos respetuosos, risas y miradas de respeto, aunque también muchas otras de desconfianza y desdén. La compañía recorrió las callejuelas de la ciudad en medio de mercados, hospedajes, tabernas y pequeñas casitas pintorescas, donde los ojos curiosos se asomaban por las ventanas sumándose a la muchedumbre que se había echado a las calles para recibir al príncipe de Erebor.

Avanzaron con lentitud por toda la vía en caos hacia el castillo y por cada paso que daba el pony, Thorin sentía que una libra de plomo se sumaba al peso sobre sus hombros. Estaba nervioso, ansioso… el rey seguramente ya estaría informado de lo que estaba sucediendo en las calles de su reino y cuando la compañía arribara al castillo, Thrór estaría justo a la espera de una audiencia para informarse de las razones del tan inesperado retorno.

El Enano observó al Elfo que cabalgaba a su lado. Se preguntó cuál era el rol que su padre le había encomendado en lo que fuera que estuviera tramando… Legolas sintió la mirada de Thorin encima y se la devolvió, tan honesta y galante que no fue causa de otra cosa más que irritación para el Enano.

Subieron y continuaron subiendo por la abarrotada calzada hasta que arribaron finalmente a la ciudadela. Dos líneas de guerreros Enanos custodiaban ambos lados de la vía de acceso a la montaña. Cabalgaron lentamente por la senda bajo la imponente entrada al castillo, entre las duras miradas de los caballeros apostados como estatuas al borde del camino. Fue llegando a la pequeña plaza al pie de las colosales puertas de piedra que la compañía desmontó. Los mozos de cuadras tomaron las riendas de todas las monturas y uno de los caballeros de la guardia real de su abuelo hizo su aproximación - Bienvenido a Erebor, príncipe Thorin. – exclamó hincando la rodilla. – Y bienvenido sea el príncipe Legolas de Mirkwood a las tierras de los Enanos – al levantarse, el caballero les cedió el paso, exclamando – el rey Thrór les espera en el Salón del Trono para celebrar la audiencia.

Las puertas finalmente se abrieron en un ensordecedor estruendo que hizo temblar la tierra a su alrededor y el impresionante interior de la montaña transformada en castillo se desplegó ante los ojos de todos los presentes. Miles de niveles hasta donde alcanzaba la vista, todos conectando con otras miles de cuevas que iban a dar a pasajes recónditos de aquella infinita mole de piedra. El eco de los pasos retumbó tanto como si quienes pisaban los majestuosos suelos de la morada del rey Thrór fueran aquellos temibles gigantes que otrora caminaron sobre el mundo y de los que hoy no se hablaba de ellos más que en las historias fantásticas.

Tuvieron que avanzar un extenso tramo hasta que finalmente el enorme estrado coronado con el trono del rey se hizo visible a la vista. Thorin divisó a su abuelo envuelto en túnicas de seda y piedras preciosas, con la corona de oro ceñida a la frente y la Piedra del Arca sobre su cabeza. Thráin de pie al lado derecho de su padre. Y nadie más.
Thorin tragó saliva. No estaba seguro si eso era una buena señal o no, pero mantuvo en mente la empresa que debía llevar a cabo, sea de lo que sea que se tratase. Cuando llegaron frente al Rey Bajo la Montaña, la compañía de 101 miembros dobló la rodilla en reverencia, y se mantuvieron así hasta que Thrór les indicó que tenían permiso de levantarse.

- Bienvenido a Erebor, príncipe Legolas. – exclamó el rey desde las alturas, con el eco de la montaña haciendo que su voz retumbara como un imponente trueno – Mi reino le recibe con los brazos abiertos, a usted y su gente, como tantas veces lo ha hecho con el ilustre rey Thranduil, que ya nos ha honorado con su visita hace semanas atrás.

Thorin notó que Legolas estuvo a punto de contestar, pero Thrór le robó, pudo apostar que a propósito, la palabra – Estoy seguro que tenemos muchos asuntos que discutir, pero sería un pésimo anfitrión si no les permitiera descansar, alimentarse y estirar las piernas luego de semejante viaje. La audiencia se reanuda hasta mañana; y yo mientras tanto, no deseo otra cosa más que celebrar una reunión familiar con mi nieto. – puntualizó. Sin más, el rey se levantó del trono y de nuevo todos se hincaron de rodilla ante su figura. Thrór hizo un ademán con la mano y tres caballeros se acercaron a la compañía. – Serán escoltados a sus aposentos donde les esperan todo tipo de comodidades y recreaciones capaces de ser concebidas, especialmente alimentos frescos, buena bebida y baños calientes.

A Thorin le pareció que Legolas quiso protestar, pero el hermoso rostro del Elfo se suavizó de nuevo y con una reverencia agradeció por las atenciones, no sin antes de marcharse añadir – Esperaré nuestra audiencia con impaciencia, Alteza, aunque estoy seguro que el príncipe Thorin por sí mismo tiene mucho que anunciar. – Los Elfos entonces se retiraron de la vista del rey, y esta se clavó directamente en Thorin. - Puedo apostar que sí. – dijo con sus ojos escudriñando al joven príncipe con una expresión deliberadamente sospechosa.

Así, los tres Enanos iniciaron su viaje hacia la cámara privada del rey. Las gentes en el castillo les reverenciaban al pasar y evitaban hacer contacto con los ojos, no obstante, Thorin estaba seguro que en cuanto ellos se perdieran en los recodos, comenzarían los chismes y cuchicheos del servicio completo y no pasaría de aquel mismo día cuando las numerosas teorías anduvieran de boca en boca a lo largo, ancho y alto del reino.

Al llegar a las Estancias Reales, los tres se encaminaron directamente a la sala privada de audiencias y cuando las puertas se abrieron, las sillas de la enorme mesa de piedra estaban ya ocupas por los seis miembros del Consejo del Rey, a excepción de los tres primeros asientos al frente que eran los que les correspondían.
El príncipe volvió a tragar saliva. ¿Qué estaba sucediendo? ¿El rey sabía más de lo que Thorin creía? Era casi seguro que sí… pero, ¿sobre qué? ¿Sobre la carta que Thranduil había escrito o sobre la visita prolongada de Thorin al reino de los Elfos? La incertidumbre le retorció las entrañas, pero no tenía más opción que continuar en base a la poca información que poseía.

Cuando estuvieron en sus lugares, el rey tomó la palabra.

- Has traído a mi reino una jauría de bestias amaestradas por Thranduil – inquirió atravesándolo con la mirada – Ahora necesito escuchar con detalle lo que ha sucedido, para que te hayas atrevido a regresar a Erebor sin la compañía con la que saliste. – Entonces dirigiéndose al Consejero de Rumores, un Enano con una barriga de dos y ojos venenosos, Thrór exclamó – recuérdame que cuando vuelvan, que alguien se encargue de cortarles la cabeza a todos y cada uno del puñado de imbéciles que dejó al heredero de Erebor en manos de una manada de hechiceros del bosque, cuando la obligación principal era velar por su protección. – El consejero asintió con la cabeza esbozando una pequeña sonrisilla taimada. Luego el rey se dirigió de nuevo a Thorin – No quiero comenzar a hacer mis conjeturas, Thorin, así que será mejor que aclares toda esta locura que te has atrevido a perpetrar, y si lo haces bien, las consecuencias que caerán sobre ti no serán tan duras como te las mereces.

Thorin clavó sus ojos en los del rey y suspiró. Finalmente había llegado su turno de hablar.

Narró el encuentro con la compañía de Thranduil en el Paso de Imladris y de cómo el Elfo le solicitó entregar una carta urgente al rey de Erebor. Notó que mientras desarrollaba su relato, el Consejero de Rumores se inclinaba sobre el rey para murmurar algo a su oreja, Thorin hizo caso omiso y continuó; pensaba que al momento de sacar la carta del abrigo, todos los agujeros argumentales se correrían de la atención de Thrór, y por fortuna, fue eso lo que precisamente sucedió. La mirada del rey siguió el trayecto de la carta hasta la mesa e inmediatamente sus dedos regordetes la recogieron, rompieron el Sello Real y la desdoblaron.

La sala entera se sumió en un silencio expectante, mientras los ojos azules se deslizaban por cada letra de la pulcra caligrafía. Los minutos pasaron como horas y la espera resultó tormentosa, o al menos lo fue para Thorin. Intentaba descifrar la expresión de su abuelo, pero no era más que seño fruncido y leve movimiento de labios, al tiempo que hacía su lectura. Su pierna empezó a moverse inquieta bajo la mesa. "¿Por qué se toma tanto tiempo? Si no es más que medio pergamino el que tiene en las manos…"
Pero entonces, finalmente sus ojos se despegaron del papel que sostenía en las manos y se clavaron en Thorin un largo momento. El rostro del rey permaneció impasible, y el príncipe sintió como su corazón se comprimía dentro de su pecho y su garganta se cerraba al punto de imposibilitarle la respiración.

"¿Qué es lo que has dicho, Thranduil?... ¿Qué has hecho?..."

La voz del rey se hizo escuchar de nuevo.

- Dragones. – anunció arrojando la carta a la mesa – El sabio rey Thranduil habla de dragones. – el tono y su semblante entero cambiaron completamente; una mueca burlona se dibujó bajo las largas barbas de plata - ¡Dragones! – repitió soltando la primera carcajada, dándoles la pauta a los demás miembros del consejo a unirse a la mofa, que rieron escandalosamente hasta atragantarse – Si te dijera cuantas veces Thranduil y yo hemos discutido el asunto de los dragones, tú también estarías riendo ahora mismo – señaló volviéndose a Thorin – El rey brujo no superará nunca el hecho de que vivimos en tiempos de paz, que los dragones se extinguieron hace miles de años y que el Anillo Único abandonó la Tierra Media junto con todos los horrores que otrora la corrompieron. El buen rey comunica que sus fuentes hablan de un dragón que viene en dirección al Este, muy probablemente a Erebor, imagínate. – dijo recogiendo de nuevo la carta y arrojándosela a Thráin - ¿Su opción más inmediata? Sí, apostar todo un ejército de Elfos en mi valle, listos para actuar ante esta posibilidad más que remota, imposible. ¿No les parece conveniente? – exclamó soltando otra ruidosa carcajada.

Thorin clavó su vista en la carta sobre la mesa. No estaba seguro de qué esperaba encontrar en ese pedazo de pergamino, pero de súbito todas sus preocupaciones se deslizaron de su cuerpo como gotas de agua… No había nada ahí que supusiera un problema del que debiera ocuparse… ¿verdad? Su abuelo y el resto del consejo seguían deliberando sobre el asunto de los dragones, aunque más que deliberar, mofándose por completo de la idea. Thorin se preguntó si aquello era prudente… ¿Por qué tomar a la ligera una advertencia de tales magnitudes? No dudaba del buen juicio de su abuelo, pero tampoco dudaba del de Thranduil… había estado en su castillo cuando se encerraba en la sala de audiencias por horas, y había sido testigo de cómo algo ocupó por completo sus pensamientos y su atención los últimos días que estuvieron juntos… De repente le embargó una sensación de miedo auténtico… Un dragón podría estar en camino hacia Erebor y el rey no hacía más que soltar carcajadas ante la idea. Pero de nuevo prestó atención a todos los presentes. Todos y cada uno de ellos han servido al rey de Erebor desde que tomara responsabilidad de la corona, y sus decisiones y acciones habían llevado al reino a una de sus etapas más prosperas y florecientes de la historia, así que, ¿Por qué dudar ahora de ellos?... ¿Tal vez porque eso significaría dudar de la palabra de Thranduil?... ¿Porque sería admitir que le había mentido?... ¿De que había comenzado a actuar en busca de algo que él desconocía? No. No de nuevo. No quería volver a desconfiar después de todo lo que habían pasado. No podía. Pero aún así…

El rey volvió a escucharse por encima de los demás, llamando la atención de Thorin.

- Nos tomaremos un receso. El tema de los dragones de Thranduil queda zanjado, ya nos ha hecho perder el tiempo en el pasado, no cometeremos el mismo error ahora. No habrá ningún ejército élfico en las puertas de mi castillo, si se atreve a hacer lo contrario, entonces no nos dejará otra opción más que responder con la misma moneda. Las cuentas del reino las revisaremos mañana. – finalizó y el Consejo empezó a recoger todos los pergaminos y botes de tinta, abandonando la sala gradualmente. Thorin también se levantó, pero Thrór le detuvo – No hemos terminado, Thorin. – exclamó ordenándole al príncipe que tomara su asiento de nuevo, y así lo hizo en medio de miradas desconcertadas, preso de la misma ansiedad inicial.

La puerta se cerró tras el último Enano y en la sala no quedaron más que Thrór, Thráin y Thorin. El príncipe le sostuvo la mirada al rey en espera de que comenzara a hablar, no obstante, Thrór se levantó de su asiento y se limitó a caminar en círculos alrededor de la mesa. Thorin no se movió y clavó su vista en una de las tantas grietas que tenía la antigua superficie de piedra, pero el tiempo pasó y Thrór no hacía más que andar, mientras Thráin mantenía su vista en los pergaminos de cuentas, como si Thorin no estuviera ahí. El príncipe trató de llamar la atención de su padre con miradas, pero se dio cuenta de que era deliberadamente ignorado.

- ¿Sucede algo? – se atrevió a inquirir, cuidando de que su voz no sonara desesperada.

- Háblame sobre tu encuentro con Thranduil en… ¿Dónde era? – exclamó Thrór deteniéndose justo detrás del príncipe.

- El Paso de Imladris. – contestó con voz seca.

- Imladris, claro. Rivendell, si mi memoria no me falla.

Otra pausa. Thrór reanudó su marcha y Thorin se retorció en la silla. ¿Qué clase de juego era ese? Thrór buscaba algo, eso era seguro, y a partir de aquí, Thorin supo que debía ser extremadamente cuidadoso con lo que dijera.

Pero entonces, por primera vez desde que Thorin llegara a Erebor, Thráin habló.

- El recorrido de la compañía de mercaderes con la que saliste no incluía Rivendell.

Thorin sintió que se le nubló la vista, que su garganta se comprimió más buscando asfixiarlo… pero tragó saliva y contestó – Sí, lo sé. Se presentaron inconvenientes con la ruta y tuvimos que|

- Fue cambiado días antes de la partida. – interrumpió con la vista pegada en los pergaminos – Después de la parada en Mirkwood, avanzarían directamente por el este del Anduin hasta entrar en las tierras de los Hombres, donde culminaría la ruta. No visitarían más tierras élficas, a excepción del reino de los bosques.

Thorin guardó silencio, clavando la vista desesperadamente sobre su padre, pero este se reusó a devolverla. Cambio de recorrido. ¿Cómo demonios no lo supo? ¿Cómo era posible que hubiera errado en la información de su propia ruta?... Entonces reparó: Nadie le comunicó nada al respecto, ningún miembro de la compañía. El rey podría estar engañándole, y estaba decidido a pensar que sí, porque de lo contrario, significaría que todo estaba arruinado e inevitablemente expuesto.

"Piensa bien…"– He dicho todo lo que ha pasado, justo como ha sido… - exclamó dirigiéndose a Thrór, quien interrumpió de inmediato dispuesto a no permitir que Thorin se concentrara demasiado en buscar una salida – Thranduil solicita audiencia privada conmigo y anuncia que quiere a Thorin de Erebor en su reino, yo me reúso y el trato se cancela, a pesar de que le propuse una contraoferta que estoy seguro hizo que Durin se retorciera las barbas bajo su tumba… sin embargo, resulta que el rey Elfo no aceptaría nada más que no fueras tú. Ahora, de tu parte llega a mis manos una carta en su representación hablando, de nuevo, como lo ha hecho muchas veces en el pasado, sobre dragones. – Thrór se detuvo frente a Thorin posando sus enormes manos en la mesa e inclinándose hacia adelante. Thorin observó su nariz enrojecida, su mandíbula apretada, sus airados ojos azules, acusadores, directos sobre él.

- Casi me huele a farsa. – exclamó en susurros.

- No entiendo…

- Sé reconocer ojos hambrientos de interés cuando los veo. – continuó - ¿Toda esa basura de pupilaje? Pudo haberme engañado en un inicio, Thorin, pero mis años en la corona me han obligado a mantenerme siempre un paso delante de todo lo que represente un peligro potencial para mi reino. Y Thranduil siempre lo ha sido. – Thrór se tomó una pausa. Thorin no estaba del todo seguro hasta donde quería llegar el rey, así que guardó silencio.

- Thranduil quiere Erebor, y pretende conseguirlo por medio de ti.

- ¿Qué?... ¡¿Qué?! – inquirió sintiendo de súbito la sangre hirviéndole la cabeza.

- ¿Has hecho algo que merezca ser de mi conocimiento? ¿Este viaje ha constituido algo más para ti que la simple aventura de siempre?

- ¿Estás… estás acusándome? – preguntó levantándose lentamente del asiento, con la vista nublada, pero esta vez llena de furia - ¿estás acusándome de traición?

- Dímelo tú. – contestó fulminándolo con la mirada – No me creo esta farsa de los dragones ni por un segundo, y tú regresando a Erebor con una compañía de Elfos no constituye ninguna clase de soporte a tus argumentos. ¿Qué es lo que hace el príncipe de Mirkwood en mi castillo, Thorin? ¿Es parte de alguna clase de plan?

- ¿Plan? ¿Qué plan? Lo único que hice fue traer una carta que consideré merecía de tú atención|

- ¡¿Acaso ahora tomas órdenes ciegas del hechicero?! ¡Ni siquiera sabías lo que esa carta contenía! y si lo que dices es verdad, ¿cómo pudiste ser tan estúpido y abandonar a tu propia gente para embarcarte en un viaje de semanas rodeado nada más que por enemigos?

- ¿Enemigos? – contestó apretando los dientes - No sabía que recibías a tus enemigos con tanta cortesía…

De súbito, en un arrebato de ira, el rey lo tomó del cuello de las ropas y lo obligó a acercarse más hasta que sus narices casi se tocaron. Thorin lo observó con desconcierto, con auténtica impresión; jamás había sido tratado por su abuelo de aquella manera… incluso Thráin levantó la vista de sus pergaminos, pero de nuevo, no hizo nada.

- Me dices la verdad ahora mismo, Thorin… - murmuró con la cara enrojecida – o no habrán más privilegios para ti.

Thorin no se atrevió a apartar la vista de los ojos de su abuelo, pero pudo sentir la mirada de Thráin justo encima de él. Hubiera deseado poder ver la cara de su padre, ver su expresión, si aquello que estaba sucediendo había sido consentido por él o no tenía otra opción más que seguir las palabras del rey. Sea como sea, Thráin no podría hacer nada.

Y sea lo que sea que su abuelo se estuviera imaginando, no podría ser peor de lo que en realidad pasó, así que ya no tenía nada más que perder.

- He dicho… - comenzó con voz grave, asegurándose de pronunciar limpiamente cada una de sus palabras – toda la verdad de lo que ha sucedido. No tengo más nada que declarar al respecto. Haga conmigo lo que crea conveniente, Alteza.

Thrór fue liberando cada uno de sus dedos entumecidos que aprisionaban el jubón de su nieto, sin apartar la mirada de aquellos ojos tan distintos a como los recordaba. – Fuera de mi vista. Ahora. – ordenó, sentándose de nuevo en la silla. Thorin hizo una leve reverencia y abandonó la sala a grandes zancadas.


Thorin avanzó por los largos pasillos del castillo hacia sus aposentos. Había mucho movimiento aunque no más de lo habitual, y todos se inclinaban en reverencia ante su presencia, como también era lo habitual. A pesar de que mantenía su perfil reservado y sombrío, sentía la desesperación de su corazón chocando contra su pecho, escuchaba su propia respiración en sus oídos, profunda, asustada. Entre todas las cosas, jamás imaginó que su abuelo reaccionaría con tal brutalidad ante su llegada, y de las consecuencias de las que hablaba, Thorin solo les rezaba a los dioses porque se mantuvieran en meras palabras. El rey de Erebor tenía los suficientes recursos como para convertir algo como eso en un acontecimiento bélico sin precedentes, algo que sería difícil de mantener incluso para el reino de los Enanos, quienes eran los responsables de la mayor parte del abastecimiento de armas en las tierras de los Hombres e incluso de los Elfos.

Al entrar en su habitación se sintió aliviado al comprobar que no había nadie del servicio en ese momento, por lo que atrancó la puerta y se tumbó en la cama. Enterró el rostro entre las pieles y se quedó ahí, tratando de no pensar en nada más de lo que había sucedido en la sala de audiencias. Entonces como si algo o alguien buscara reconfortarlo, recordó las palabras del rey Elfo:

"Elanor no morirá nunca, sin importar las adversidades que la acongojen allá donde vaya…"

Rebuscó en uno de los bolsillos de la túnica y sacó la hermosa flor dorada, tan viva y tan perfecta como si nunca hubiese salido de aquellos jardines de ensueño. Durante todo el viaje, Thorin había tenido cuidado en mantenerla a salvo dentro de su equipaje, pero se dio cuenta que nada podía dañar a aquella rosa, como si de hecho sus pétalos hubieran sido fabricados de oro macizo, no obstante, cada vez que rozaba sus dígitos por su superficie, no sentía nada más que una tierna suavidad y frescura, tan parecido a lo que sentía cuando tocaba la piel de la criatura Élfica por la que había dado todo, quizás incluso hasta su derecho a la corona. Pero observando la hermosa flor y recordando todos aquellos momentos que habían compartido, no fue capaz de sentir arrepentimiento alguno, esos habían sido los mejores días de su vida y si tendría que pagar por ellos entonces lo haría sin reproches, porque habían valido cualquier pena que ahora se presentara.

El toque de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Se tomó su tiempo para guardar a Elanor dentro de un hermoso cofre que mantenía sobre los estantes y luego se dirigió hacia la puerta a atender el llamado. Lo primero que vio fue una cascada de fuego sobre un hombro ancho cubierto de pieles oscuras.

"Oh no."

- Príncipe Thorin. – Saludó Elim con cortesía, inclinándose en reverencia – Fui notificado de la boca del rey que tenía permiso de presentarme ante usted y debo decir que la impaciencia estaba comenzando a tomar lo mejor de mí.

¿Thrór? ¿Su abuelo le había dado permiso para venir a verlo? ¿Por qué?

- Por favor. – contestó haciéndose a un lado de la puerta para cederle el paso - ¿Pasa algo?

Elim pareció un tanto desconcertado ante la pregunta – Pensé… bueno, abandonó Erebor durante semanas y le eché mucho de menos… sin embargo me parece que he venido en mal momento. – exclamó con el orgullo brillando en sus ojos de cobre - Si lo que desea es que me retire, eso es lo que haré.

Thorin lo observó. ¿Realmente era un buen momento para añadir más problemas a su situación actual? ¿Era este el momento para decirle a Elim que el compromiso se cancelaba? Aún cuando no deseaba otra cosa más que eso, definitivamente sería una locura hacerlo ahora que las relaciones con su abuelo pendían de un hilo… Thrór buscaba comprobar algo enviando a Elim a sus habitaciones, a lo mejor incluso a la espera de eso que Thorin quería hacer.

- No, no, - contestó entonces masajeando sus ojos – discúlpame por la rudeza, no he tenido mucho tiempo para descansar luego del viaje… pero por favor, acomódate donde te plazca.

La expresión de Elim se suavizó y buscó una de las tantas sillas arrastrándola junto a la cama y tomando asiento – Si se encuentra cansado, puedo ayudarle a relajar los músculos. – comentó sin ninguna clase de doble pretensión en su voz, proponía exactamente lo que decía y Thorin no tenía razones que valieran para negarse; oficialmente el Enano que tenía frente a él sería su compañero de toda la vida y si Elim deseaba tener sexo en ese mismo momento, Thorin no tendría por qué negarse, aunque sabía que el Enano era demasiado formal y cortés como para pedir algo así antes de la ceremonia.

- Sería un honor. – contestó fabricando una pequeña sonrisa. Buscó otra silla y la colocó enfrente de su prometido, sentándose de espaldas a él. Sintió las gruesas manos separando en dos su cabello y llevándolo hacia el frente, para dejar la espalda libre – Creo, con todo respeto, que para que pueda sentirse en casa, debería despojarse de las ropas de viaje. – susurró a sus oídos.

Thorin observó hacia abajo reparando que todavía llevaba las ropas con las que había salido de Mirkwood… sucias, considerablemente apestosas sin duda… las había olvidado por completo, incluso aunque durante todo el viaje no había deseado otra cosa más que darse un baño y ponerse ropa limpia. Mencionar el baño estaba fuera de cuestión en ese momento, así que le agradeció por recordárselo y comenzó a desvestirse. Al menos era seguro que el olor a sudor e intemperie no sería causa de molestia para el Enano que tenía enfrente. Se quedó simplemente con la camisa blanca de algodón y los pantalones oscuros, volvió a tomar asiento y Elim puso manos a la obra.

El Enano acarició su espalda con cierta brusquedad, pero Thorin supo que era eso lo que precisamente necesitaba. Se dejó llevar por la atención que recibieron su cuello, sus hombros, su espalda completa. Elim hacía presión en los lugares precisos, logrando en efecto, que el príncipe consiguiera incluso hasta caer casi dormido. Pero fue el sentir los dedos ásperos sobre su piel desnuda la que lo puso alerta de nuevo - ¿Qué haces? – inquirió, haciendo que el Enano sacara la mano por debajo de su camisa – Discúlpeme, solo pensé que así su experiencia sería mucho más placentera. – contestó con desconcierto.

- Tal vez en otra ocasión… - dijo incorporándose de la silla, tratando de mantener un tono amable – me siento muchísimo mejor ahora, sin embargo, no podré reponerme por completo si no obtengo unas cuantas horas de sueño.

- Sí, por supuesto. – contestó Elim esbozando una sonrisa – Estoy feliz de que me haya permitido unos momentos. – se levantó y caminó unos palmos hasta invadir el espacio personal del príncipe. Se observaron a los ojos, dos pares tan distintos… Thorin notó los diferentes colores que bañaban las pupilas del Enano, pequeños rayos amarillos resquebrajaban los tonos carmesí y cobre del resto de la orbe, brillantes, como las chispas que emitía el acero siendo forjado al rojo vivo. Recordó al Elfo que había visto en Mirkwood y las palabras de Legolas al respecto…

"Elim, ¿Serás tú mi amuleto de la suerte con el que consiga librarme de todo este asunto?" se preguntó con zozobra, aunque deseando que fuera otro quien estuviera frente a él en ese instante.

- ¿Puedo…? – exclamó mientras sus ojos se deslizaban hasta posarse en los labios de Thorin.

Sabía que había hecho una promesa, pero también sabía que negarse a esto que era parte de sus obligaciones sería obsequiar muchas más razones para que desconfiaran de su palabra, no deseaba tener a alguien más a parte de Thrór tras sus pasos, dudando de su lealtad. Las cosas simplemente no habían salido como lo planeado, y el cumplimiento de aquella promesa tendría que esperar.

- No hay razones para la pregunta. – se limitó a decir, y el Enano, complacido por la respuesta, posó sus labios sobre los de Thorin, en un beso simple, insípido, uno que sabía a farsa… al menos lo fue para el príncipe, quien se limitó a mover sus labios para mantenerlos al ritmo. En lo que se sintió como una eternidad, el contacto terminó y el Enano se despidió con cortesía, deseándole un sueño tranquilo y prometiendo una visita cuando se sintiera más repuesto. Thorin no tuvo opción más que asentir y agradecer.

Cuando al fin se encontró solo, se tendió sobre el lecho de nuevo y cerró los ojos. El sueño se presentó por sí solo sin muchas complicaciones.


Se vistió con un jubón verde musgo y pantalones de cafés muy oscuros, con sus habituales botas de piel negra. Salió de sus estancias en dirección al Salón del Trono, caminando a su ritmo sobre los larguísimos pasillos del interior de la montaña, observando a las gentes yendo de aquí allá inmersas en sus propios asuntos. El recorrido después de todo, no fue tan largo como hubiera deseado, y se encontró frente a una de las tantas entradas a su destino. Los guardias abrieron las inmensas puertas de oro en un sonido abismal y fueron de nuevo cerradas a sus espaldas. Silencio. Demasiado silencio.

Caminó por el pasillo hasta que divisó el estrado y al príncipe Legolas de pie frente a él, pero ni Thrór ni Thráin estaban ahí. Legolas se inclinó con cortesía, aunque Thorin supo que estaba molesto por la deliberada grosería del rey de Erebor al presentarse tarde a la audiencia. Thorin sin nada que poder hacer al respecto, se quedó de pie al lado izquierdo del trono y esperó.

Pasaron unos cuantos minutos más antes de que se escuchara el eco de una de las puertas al abrirse y cerrarse, seguido de dos pares de pies acercándose. El rey entonces subió al estrado y se sentó en el imponente trono, con su hijo de pie a su lado derecho. No había nadie más excepto ellos cuatro… "¿Por qué?" se preguntaba Thorin inevitablemente nervioso.

- Espero que su estancia en mi castillo haya sido del todo placentera – dijo Thrór dirigiéndose al Elfo.

- Lo fue, Alteza. – se limitó a contestar.

- Si no le importa, quiero escuchar ahora lo que ha venido a decir, en representación del rey Thranduil, asumo.

- Eso es correcto. Hablo por el rey Thranduil y por toda mi gente cuando le pido al rey de Erebor que tome las precauciones necesarias para el mal que, consideramos, caerá sobre estas tierras muy pronto, me temo. El rey de Mirkwood a enviado un escrito sobre la presente situación, el cual espero, usted haya tenido la oportunidad de leer. – exclamó posando sus ojos en Thorin.

- Lo hice. – afirmó Thrór – pero vayamos al grano de una buena vez. ¿Qué es lo que ustedes quieren de mí?

- Que proteja a su gente. – contestó – Mi pueblo está dispuesto a brindar cualquier tipo de asistencia que|

- ¿Cómo cual? – interrumpió.

- La que necesitemos para defendernos. Estamos en la completa disposición de poner al mando del rey Thrór todo el ejército de Mirkwood, y unir fuerzas con nuestros mejores estrategas para buscar una salida viable a toda esta situación… - la expresión de mofa en el rostro del rey hizo que la voz de Legolas fuera apagándose. - ¿Hay algo que necesite ser aclarado, Alteza? – preguntó tratando de ocultar su ofensa.

- ¿Y cuándo tendré a mi disposición este ejército del que me hablas?

- Ahora mismo, solo necesita dar la orden.

- Ya he oído suficiente. – exclamó Thrór con los ojos llenos de rencor y sacudiendo las manos regordetas – Vamos a terminar con toda esta comedia. No permitiré que ningún ejército élfico pise mis tierras, y si así fuera, entonces sería porque la guerra ha sido finalmente declarada. Tú y yo sabemos las veces que hemos discutido este tema, porque para Thranduil las amenazas no cesan, aunque curiosamente la mayoría de ellas resultan ser falsas alarmas, ¡o cosas que sucederán cuando ni yo ni mis dos herederos estén vivos! – dijo soltando una risotada que se escuchó por todos los confines de la montaña – la inmortalidad del rey Thranduil está empezando a cobrar su precio y también lo hará contigo. Encárguense ustedes de las guerras que vendrán dentro de doscientos años, del dragón que pisará Erebor en la próxima era, a mi me importa un comino. Lo que no toleraré – continuó apretando los dientes - es que traten de engañarme… que usen a mi propia sangre para llevar a cabo sus planes viles…

- Alteza, esto es un hecho – se atrevió a interrumpir – por favor escuche mis palabras|

- ¡TÚ ESCUCHARÁS LAS MÍAS! – gritó con el rostro deformado de ira – Nuestras relaciones se acaban desde este preciso momento. Erebor y Mirkwood acaban con este cuento de países hermanos, nunca lo fuimos, no lo somos ahora, ni nunca lo seremos.

- ¡Esto es un error! – exclamó Legolas desesperado - ¡Está condenándose usted y a su propia gente!

- Lo que fue un error es haber abierto las puertas de mi castillo a una raza tan ponzoñosa y llena de avaricia como la vuestra. Tengo la sensación de que mi nieto tiene muchas anécdotas que contar al respecto que respaldan mis palabras, pero ha decidido traicionar a su propia sangre y volverse en contra de su gente, por proteger los intereses de quienes intentan apoderarse de toda riqueza que hay en mi reino.

Antes de que Thorin pudiera protestar, el rey dictó su última sentencia:

- Usted y los suyos abandonan mis tierras en este mismo instante, en calidad de enemigos - dijo dirigiéndose a Legolas - y Thorin de Erebor les acompañará. – El príncipe Enano llevó sus horrorizados ojos hasta su abuelo, suplicantes – No puedes hacerme esto… - susurró, observando en la mirada del rey ese brillo de demencia que desde hace un tiempo había comenzado a dominar su semblante.

- Thorin del Linaje de Durin es despojado de sus derechos a la corona y expulsado del reino de los Enanos hasta que la compañía de mercaderes retorne y yo pueda escuchar sus versiones de los hechos. En caso de que no coincidan con el relato del príncipe, o que la compañía de Enanos nunca regrese, estará condenado a vivir en el exilio hasta el último de sus días.