Tenía muchísimas expectativas en este capítulo desde el principio de la historia y no me ha quedado ni parecido a como lo quería. Pero me he retrasado ya demasiado dándole vueltas y vueltas y ya no podía posponerlo más.
Oficialmente odio este capítulo, pero aquí está.
La Virgen del Lago
Es mañana el mundo parecía un poco más bello y esplendente. No estaba segura de por qué, pero tal vez la partida del duque tuviera algo que ver con ello. Por supuesto, no podía haberse marchado y ya, tenía que arrastrar consigo una emotiva y lacrimógena escena frente a las puertas del castillo, ante el carruaje con el escudo de armas de los Lupin. La cabeza de lobo de plata en campo de sable y un cantón de jefe de plata sobre el que se alzaba una luna negra.
Hermione, que guardaba cierta distancia de la algarabía, se quedó admirando la simpleza del blasón familiar. Terriblemente escueto para tratarse del escudo de un duque, y más aún el de una familia tal larga como lo era en Vigarde el legado de los Lupin. Había escuchado, sin recordar bien dónde, que este había sido modificado en honor al duque, concediéndole una mención especial a este aun a expensas de su ascendencia, después de la Campaña de las Llanuras de Bálbein. Una batalla demasiado vieja incluso para ella.
-Bueno, Hermione. Aquí nos despedimos- la sacó Remus de sus pensamientos.
La cazadora no respondió, ligeramente sobresaltada por la repentina cercanía del hombre a su lado. Era algo a lo que no estaba acostumbrada. Por supuesto no lo demostró de ninguna forma, pero tenía la impresión de que aun así se había percatado.
-Espero que tengas suerte con la caza del lobo. Eres buena en lo que haces. Muy buena. Y te has labrado un buen nombre aún a pesar de tu edad. ¿Cuántos son? ¿27? ¿28?
-¿Lo dudabas aún a sabiendas de quién fue mi maestra?
-En ningún momento. Ya vi ese brillo especial en ti la última vez que nos vimos. Aunque ha nevado mucho desde entonces- hizo una breve pausa en espera de una respuesta que sabía que no llegaría-. Me alegro de haberte visto, Eris. Aunque mi olfato me dice que tú no.
-Espero que tengas un buen viaje de regreso- con una medio sonrisa hizo una pausa dramática-, Remus.
Lupin sonrió.
Hermione se mostró especialmente radiante el resto de la mañana y buena parte de la tarde, sin parecer notar siquiera que la luna llena se hallaba tan próxima que ya no hacía casi falta el encender una antorcha cuando andabas en la noche. Ginny, por el contrario, mostró más bien una apariencia pesarosa ese tiempo, volviendo a enfrascarse en su lectura al pie de la fuente con Norberto danzando de acá para allá con alegría. Muy lejos la una de la otra.
Se suponía que iba a ser una pelea justa.
El hombre salió volando por encima de su hombro. Notó el movimiento a su espalda y, aunque pareciera imposible, reaccionó a tiempo para detener el nuevo puñetazo. Se le acercaba a la vez otro por la derecha. Con una patada en el tobillo desequilibró por completo al primero. Esquivó el fuerte brazo del otro. De un salto clavó la rodilla en la nariz de uno y girando en el aire cayó con fuerza sobre el que quedaba, con el codo por delante. Los cuatro fanfarrones yacían sobre el suelo cuando se alzó finalmente la firme y autoritaria voz llamando al orden. Los hombres se estremecieron, aunque era difícil determinar de si se debía al miedo que les inspiraba el poder del barón si era por el dolor que les atravesaba ahora el cuerpo.
-¿Esta va a ser ahora la costumbre aquí?- preguntó Ron, aunque no era fácil adivinar si lo decía con jocosidad o con molestia.
-No, señor- intervino alguien a quien Hermione no se había molestado siquiera en preguntar el nombre-, es esta una pelea con toda la justicia que se le pudierais dar. Sólo bebíamos y comentábamos las gracias de aquí la señora. Y los bravos esus pues se empecinaron en demostrar que con ella pudieran. Y la dama accedió. Accedió ella. Nadie aquí la atacó sin justicia. ¿No sus cierto, señora?
-Tienen razón, Ronald- no era propio dirigirse a él sin el respeto apropiado delante del pueblo-. Apostaron a que cada uno podría derribarme. Visto está que no era el caso. Creo que he ganado ese puñado de monedas.
El barón tuvo que reprimir la necesidad de pinzarse el puente de la nariz con desesperación, no era lo propio, mientras la mujer se hacía con su premio ante las quejas de algunos. Las apuestas movían siempre los ánimos de mucha gente y en esta Hermione le había hecho perder dinero a mucha gente.
-¿Apuestas clandestinas, Hermione?- dijo cuando ya nadie podía escucharles.
-En un principio no iba a tratarse de una apuesta. Son tus gentes las que le tienen ganas a malgastar su dinero.
-Y como los tuyos le tienen tanto apego al dinero…
Hermione alzó una ceja, aunque de alguna forma dejó ver que no se había molestado por el comentario. Tan generalizado.
-Mis ingresos no son fijos. Nunca está de más procurarse un poco más- respondió con una sonrisa muy leve-. Nunca sabes cuándo puede llegar una mala racha.
-Bueno, si resolvemos el problema que tan inconvenientemente nos ocupa sabes que las puertas de nuestro castillo estarán siempre dispuestas a cobijarte en las malas rachas.
Sin poder evitarlo, por un momento, unas vagas ideas de toda su historia con Ginny acabando en una escena terriblemente dramática y trayendo consigo escenas de órdenes de persecución expedidas contra ella se dieron una vuelta por su cabeza. Las desterró con facilidad en cambio.
-¿No le harás tal proposición a cada cual que te resuelva un problema?
Ron rio sonoramente, más animado ya, pasando la mano por su brazo.
-Sólo si son mujeres guapas.
-¡Vaya, eres todo un galán!- ironizó ella.
-Aprovecha mientras puedas. Una vez que tenga esposa ya no podré invitar a las damas con tal dilección.
-A menos tu sentido del honor te empuja a ser cortés y respetuoso con tu desposada.
-Mi madre siempre me hizo prometer que sería un marido consecuente algún día. Esa palabra tendía a hacerme temblar en mi niñez- bromeó, aunque Hermione notó el tono nostálgico en su voz.
-Por suerte eso no será algo que me preocupe. Pero el matrimonio forma parte de la vida del noble.
-Suerte de tus orígenes humildes entonces.
Hermione sonrió, como efecto secundario de la partida del duque.
-No es que no me entretenga esta conversación banal, Ron, pero no creo que hayas venido a buscarme al otro lado de la ciudad sólo para ello.
-Tienes razón. Y preferiría no haberme enterado de tu forma de pasar el tiempo- bromeó, pero al instante siguiente tomó su actitud de barón-. Verás, Hermione, me gustaría que guardaras las apariencias con el conde de Montalvo.
-Con el duque de Lapuntu no hubo problema alguno.
-El duque es mi tío. Los Malfoy, por el contrario… Digamos simplemente que no necesitan saber del lobo.
Hermione se mordió el labio, mirando al suelo unos instantes, debatiendo si debía o no expresar la pregunta que, aunque no llevara mucho tiempo rondándole la cabeza, sí la molestaba especialmente desde que se la había formulado. Y ella era una persona curiosa por naturaleza.
-¿Si no confiáis en ellos por qué se comprometió a tu hermana con su heredero?
Ron se revolvió incómodo, sujetándose el brazo de nuevo.
-Mi padre fue quien pactó tal cosa. La verdad es que ni yo mismo estoy muy seguro ahora de por qué lo hizo. Pero sus motivos tendría. Montalvo es un territorio adyacente a Hápeto, y siempre se han mostrado… molestos por la enorme importancia económica de estas tierras para el reino, cuando se trata de una simple baronía.
-La familia Malfoy es muy respetada en Vigarde, pero incluso a mí han llegado las malas habladurías que acompañan parte de su herencia familiar.
-Sí. Y parte de esa herencia cultiva muchas rencillas con los Aell de Vellach. Pero tal cosa trajo consecuencias durante del Oscurantismo. Cuando el reino debía mantenerse más unido que nunca. Creo que mi padre intentó liberar un poco de esa tensión uniendo las familias.
-Suena razonable. Y tu hermana sería condesa.
-No me gustan los Malfoy, Hermione. Y sé que romper ese enlace no demostró el respeto adecuado al criterio de mi padre. Pero quiero a mi hermana. Más que a nada de entre todo lo que tengo. Y su dicha me importa.
-Un matrimonio concertado nunca va entusiasmar a los esponsales.
-Lo sé. Pero lo que veía en sus ojos cuando hablaban de su matrimonio no fue falta de entusiasmo. Era autentico pavor. Simplemente sentí que no podía hacerle aquello. Y tal vez me equivocara. Pero por ahora siento que no ha sido así.
-Descuide, mi señor- bromeó ella palmeándole el brazo a propósito- seré una simple invitada. Una dama de las cortes de Lurgia. Hija de la prima de vuestra madre, hija de un simple caballero, terrateniente de una pequeña parcela apenas mencionable. Nada grande. ¿Tapadera suficiente?
La cara de Ron se contorsionó de dolor y de evidencias homicidas.
Ginny se mostró esquiva esos días siguientes, no es que evitara la compañía, simplemente le era indiferente. Se limitaba a errar como una simple sombra que avanzaba con la pendiente del sol, con un rumbo fijo pero que ni a ella misma le importaba hacia dónde la llevara. Lo cierto es que para Hermione era, en cierta forma, un respiro no tener a la molesta niña correteando a su alrededor, especialmente desde que las peticiones sobre participar en la caza del lobo habían sido sustituidas por la búsqueda de otro tipo de aventuras. Hermione nunca había evitado el verse envuelta en este tipo de aventuras, pero el desgraciado de Harry había conseguido que, en esta ocasión, no pudiera evitar desarrollar un cierto sentido de culpa que no dejaba de repiquetear en lo más profundo de su memoria. Aunque este era lo sufrientemente bajo como para poder ignorarlo convenientemente, después se empeñaba en notar un ligero resquemor de culpa.
Esta vez, por el contrario, el extraño comportamiento de la muchacha podía ser explicado con facilidad. Viendo la cercana llegada de los condes de Montalvo. Lo cual explicaba perfectamente que el día que dicho suceso estaba destinado a acontecer la baronesa no abandonara siquiera sus aposentos hasta que su presencia no fue verdaderamente requerida.
Por ello, cuando para la cena los invitados todavía un habían aparecido, el rostro de la chica pareció iluminarse.
Hermione supo, cuando la baronesa cerró la puerta con fuerza a su espalda sujetando todavía su muñeca con la otra mano, que Ginny creía que había conseguido sorprenderla. No tenía motivo alguno para decirle que había escuchado crujir la madera de la puerta antes incluso de que esta empezara a moverse, cuando la niña apareció desde el otro lado para atraerla a su interior. A cualquier otra persona, por supuesto, se lo habría dicho.
-¡Hace una noche perfecta!- fue lo primero que dijo Ginny.
Hermione alzó una ceja sardónica.
-Lleva lloviendo todo el día.
-Por eso. El aire huele diferente cuando llueve.
-Si tú lo dices…
La dama le echó los brazos por los hombros, con un beso demasiado efusivo. Hermione no pudo evitar la tensión que se extendió por su cuerpo, pero Ginny no pareció darse cuenta de ello.
-¡Subamos a lo alto del torreón!
-¿Me escuchaste cuándo te dije que llevaba todo el día lloviendo?
Pero no le contestó, le agarró la mano y tiró de ella, sacándola de la habitación y arrastrándola por todo el castillo, escaleras arriba sin detenerse ante las quejas de la mujer. Que no fueron tantas tampoco, ya que era fácil ver que no iban a servir de nada.
-¿Ves? Es una noche perfecta.
Hermione miró al cielo, que ocultaba la luna bajo una capota espesa de nubes cenicientas, sin permitir vista alguna de la belleza de la noche. Por lo menos en algo sí tenía razón. El aire olía a lluvia. La muchacha se apoyó sobre las almenas, disfrutando de la vista de águila que ofrecía lo alto de la torre.
-Sí que te tiene contenta la ausencia del conde- comentó la cazadora.
Recibió un golpe en el hombro por respuesta.
-¿Cómo has sabido lo del conde?
-Siempre he sido muy buena descubriendo misterios- bromeó con una sonrisa.
Ginny suspiró.
-Su hijo siempre me ha mirado con avidez. Y el conde Malfoy con una pretensión tal que creyera que su familia tiene tanto más valor que los Aell de Vellach que no mereciéramos ni disfrutar de su presencia. Y la manera en la que codician estas tierras no hace más que acrecentar mi disgusto.
La cazadora no sabía lo que era aquello, pero podía imaginárselo. Siempre había disfrutado de su libertad y a la vez había vivido toda su vida bajo el credo de su sacrificada profesión, sintiéndose libre y frustrada por momentos, pero siempre con la capacidad de trazar el rumbo que quisiera llevar en su vida, más allá de los deberes morales y las normas de la sociedad.
-No debe ser fácil.
-Ya- rio la muchacha-. Para una cazadora cuya vida puede peligrar en cualquier momento.
-Lo digo en serio. Hago lo que siento que debo hacer, pero sentir que hay una parte de tu vida de la cual no tienes control alguno. No es lo peor que te pudiera pasar, pero no es agradable.
-Sí. Y más cuando esa parte modificará toda tu vida. Hápeto puede ser un pueblo viejo, con sus costumbres viejas. Anodino y molesto. Pero me gusta. Si tengo que pasar toda mi vida atrapada en un solo sitio, me gustaría tanto que fuera este- calló un instante, mirando al infinito, perdiendo algo de ese entusiasmo apabullante-. Pero no será así. Al menos tampoco será en Montalvo.
Apoyaron ambas los antebrazos en las almenas. Un tono ceniciento se extendía eclipsando el ocaso, y tras el manto de espesos nubarrones unos rayos naranjas y morados dibujaban tenues líneas, apenas distinguibles, entre sus jirones.
-Volverá a llover- comentó Hermione al cabo para desviar el tema.
Chocó su hombro con el de la chica, arrancando una sonrisa de su gesto apesadumbrado, quien le devolvió el golpe con más ánimo.
-Me encanta la lluvia.
-Sí. Hasta que tienes que dormir a la intemperie en plena estación de lluvias.
-Aburrida- rio Ginny.
-Me gustas más así- las mejillas de la muchacha se tornaron carmesí, y Hermione se preguntó cuándo se acostumbraría a sus atenciones-. Sonriendo. Eres una persona demasiado alegre para mostrar indolencia cuando pareces decaída.
Besó sus labios. Con paciencia y con ternura. Y algo de vergüenza. Pero Hermione se dejó hacer, simplemente deleitándose en la satisfacción de la baronesa, conteniéndose a rehuirla como su conciencia le decía. Sus brazos le apresaron el cuello, obligándola a inclinarse sobre ella. Las primeras gotas de lluvia cayeron con delicadeza, desordenadamente y sin prisas, casi de forma desinteresada. Pero en menos que de lo que tarda un suspiro sus ropas se calaron por completo. Sintió como la sonrisa de Ginny tomaba forma sobre su boca. La chica dio un paso atrás, resbalando con las losas empapadas, trastabillando y aferrándose a la cazadora, perdiendo el equilibrio por completo.
Mientras caían y Hermione colocaba las manos para evitar tanto el que la pelirroja se llevara un golpe muy fuerte como el caerle encima por completo, pensaba en lo patosa que era la dama y en lo recurrente que el estrellarse contra el suelo se estaba volviendo para ellas. Bochornoso para alguien con sus actitudes, pero tampoco le importaba.
-Estoy empezando a hartarme de las caídas.
Los brazos volvieron a su cuello, acercándola. Ginny rio y ella la siguió. Mirándose a los ojos.
-A mí me gusta. Así no tienes excusa para alejarte de mí.
Un relincho sonó en la distancia, acompañado del traqueteo propio de las ruedas de un pesado carruaje y el sonido de los cascos sobre piedra y lodo. Hermione observó cómo la niña se ponía pálida. Muy pálida. Sus manos le apretaron los hombros y la empujaron hacia un lado. Apresurándose a incorporarse y correr hasta el borde del muro. Mirando hacia abajo.
Muy blanca.
-Oh, no.
Hermione suspiró.
Por supuesto, Ginny no bajó a darles la bienvenida a los condes, en su improvisada cena, excusándose con el cansancio que la tarde había cernido sobre ella. Una sarta de bobadas si le preguntabas a Hermione, y estaba segura, por el gesto de arrogancia que se dibujó en la cara del señor de Montalvo, que su opinión era la misma. Los Malfoy tenían todos el mismo perfil afilado y el mismo semblante remarcado. El pelo rubio satinado y los hombros demasiado estrechos para ser hombres de porte. Y la misma actitud petulante tan propia de la nobleza.
La reciente esposa del hijo del conde no había acudido con ellos, como tampoco lo había hecho la matriarca de la familia, pero se aseguraron reiterativamente de que su nombre y posición salieran a relucir en la conversación. Astoria Greengrass aec Paméride Una dama de muy alta cuna, la segunda hija de los duques de Pamérine, familia lejana de los reyes de Vigarde y algo más cercana de los soberanos de Coar.
Los Greengrass, que ella recordara, no tenían un pasado oscurecido, pero no le gustaba demasiado Paméride. Era una ciudad demasiado industrializada y frívola. Y en cuyas calles se ocultaban más de un secreto que ruborizaría a las doncellas y desmejoraría a las buenas gentes.
-Hermione Granger de Lurgia, mi señor- fue la respuesta que ofreció cuando el barón la presentó como una prima muy lejana y de proceder más bien humilde.
Debía tener un linaje bajo para que el desconocimiento de su nombre pasara por algo casual, menospreciable incluso, pero seguía siendo una dama, parte de la nobleza y como tal debía tener un apellido.
-El condenado tiempo casi no nos deja llegar. Y el maldito cochero no sabía hacer que los caballos no resbalaran en el lodo ni las ruedas se hundieran en el fango. Esas bestias no sirven para nada- se quejaba Lucius Malfoy.
-Pronto empezará la temporada de lluvias. No se puede viajar en condiciones por estas tierras en esta época. Una pena desafortunada- se limitaba a seguirle el juego Ron, pero Hermione sabía que no era de su agrado.
Por suerte, su despreciable posición la mantenía bastante apartada de la conversación, casi pasando inadvertida en medio de la charle de gente notoriamente mucho más importante que ella, a la que Harry como gran héroe reconocido y varón, sí estaba claramente inadvertida salvo por la mirada de interés que le dedicaba de cuando en cuando el ex prometido de Ginny. Draco Malfoy.
Por suerte, su despreciable posición también le permitió abandonar la sala pronto.
La luna entraba por la ventana, y Hermione estaba últimamente tan harta de pasarse las noches observándola a través de un cristal, como si su mirada tratara de para su avance en un intento desesperado. El vino estaba servido, una vez más, pero en esa cena no lo había probado. Ginny, al otro lado de la mesa, enfurruñada en su silla intentando parecer menos de lo que era, no lo había tocado tampoco.
El hijo del conde se había mantenido sobrio e impávido cada vez que ponía su atención en la dama, como si demostrara que el rechazo no debiera perjudicar a nadie que no fuera la propia Ginny. Pero Hermione tenía mucha experiencia en observar el despecho y el odio humano y, como bien le había dicho la baronesa, había algo en la forma de mirar de los Malfoy que no le gustaba nada.
Y ahora Draco Malfoy, nuevamente, no apartaba los ojos de la muchacha. Y una sonrisa sardónica no abandonaba sus labios. Hermione sentía, por momentos, deseos involuntarios de intentar borrársela de un puñetazo con el dorso tachonado de plata de su guante. Pero seguía vistiendo las galas de la dama Granger.
-¿Te encuentras bien, amigo?- escuchó preguntar a Harry.
Ron parecía esa noche más pálido de lo normal. Hermione se había dado cuenta esos días, de la creciente debilidad del barón, quien se apretaba el brazo un poco más cada día. Hubiera pensado en el lobo, pero el sudor frío que le bajaba por la nuca le decía que estaba pasando un mal rato con su herida. El arañazo de un muerto era una herida sucia. Era normal.
-Claro. ¿Te acurdas del golpe del otro día?- disimuló con intención.- Sólo me está haciendo pasar un mal rato. Creo que voy a dejar la caza por un tiempo.
-Oh, señor Ronald- comentó por casualidad Lucius, mirando por encima del borde de su bastón-, yo a su edad podía comerme el mundo. Espero que no esté perdiendo con tanta premura su vitalidad. Sería una auténtica desgracia.
-Todos recibimos un par de golpes en la vida. ¿Qué emoción tendría esta si no?
-Nuestro barón es un hombre muy vital- defendió Harry-. ¿Cuántas veces no teníamos el ánimo para recorrer las calles por las noches tras toda una tarde de campaña? Los caminos hacia la batalla son siempre tediosos y prolongados, pero siempre buscábamos algo para no volvernos locos de aburrimiento.
Harry había hablado en un tono risueño, pero Hermione, conociéndole como le conocía, pudo notar el tono tenso de su voz. A él tampoco le gustaban los Malfoy, eso era algo evidente, pero su sentido del honor, su respeto y cordialidad le obligaban a actuar de forma diplomática. Si ella no se hubiera visto atrapada en el papel de la dulce doncella hacía tiempo que habría echo mutis por el foro, manteniéndose tan lejos como pudiera hasta que los condes se hubieran vuelto por donde habían venido.
Su instinto de cazadora, por el contrario, le decía que había algo sobre los condes que debía atender.
El ladrido de Norberto la había alertado de la partida de la muchacha. Pensó en ignorar el hecho varias veces, pero su mente curiosa y algo que la arrastraba siempre que se trataba de la baronesa la obligó a levantarse y decidirse a darse una vuelta.
Llevaba fuera del castillo todo el día. Era la víspera del plenilunio, y la luna tenía ya la suficiente fuerza como para comenzar a incitar a la víctima. Desde hacía ya un par de noches el neolicántropo debía de haber comenzado a tomar un comportamiento extraño, pero fuera cual quiera que este fuese, esta noche debía ser especialmente notable. Su intención había sido llevar sus cómodas ropas de cazadora, pero en ese momento era la dama Hermione Granger, y se vio a sí misma atrapada en el vestido menos sofisticado que pudo encontrar en el armario de la baronesa mientras daba vueltas por la villa, habiéndose cruzado con Draco y su lascivia al salir por las puertas del castillo.
Afortunadamente, era lo suficientemente tarde como para que, en esta ocasión, nadie observara sus vestimentas en su partida.
-Hola, Salamanquesa- saludó a su yegua mientras comenzaba a ensillarla.
Tomó las riendas del soporte por último, y en un momento concreto su vista quedó cautiva en un semental mosqueado que descansaba en uno de los cubículos con tranquilidad.
-¿Qué raro?- habló para sí.- Juraría que ese caballo pertenecía al duque.
Buscó sus aperos de montura, pero en ellos no estaba impreso el escudo de Lapuntu. Alzó una ceja intrigada, para decidir finalmente dejar correr el asunto. Debía hacer algo esa noche como cazadora. Algo más.
Pero primero sentía interés en comprobar a dónde se dirigía la baronesa.
Cuando se vio a sí misma siguiendo la senda que llevaba al bosque y hacia el lago privado de la muchacha no se asombró de que aquello no la sorprendiera. En cambio puso los ojos en blanco ante la predictibilidad de la que hacía gala la dama.
Una vez más le dio la bienvenida el ladrido de Norberto. El rhodesian ridgeback que tan fiel era a su dueña y el cual había desarrollado un gran apego por la cazadora. Se incorporó con rapidez para presipitarse a saludar a la mujer en lo que esta descendía de Salamanquesa, inmóvil a la vera de la hermosa yegua isabelina. Nunca antes había estado en ese claro de noche. Y parecía haber escogido el momento perfecto para hacerlo. Con la luna semi llena iluminando la oscuridad con exquisito cuidado, tiñendo las florecillas salvajes que salpicaban el suelo de un color plata apagado y profundo. La niña no estaba ahí. No estaba a la vista por ninguna parte, pero las ondulaciones salvajes que quebraban la quietud de la superficie del agua en una zona demasiado revuelta para el mecer tranquilo que llevaba la delicada corriente de esa parte del río le decían que bajo ella danzaba su cuerpo en las profundidades.
Rascó la cabeza del perro como saludo, para que dejara de montar escándalo para cuando Ginny emergiera de nuevo. Miró las ropas tiradas sobre los guijarros de la orilla, al lado de la gran roca sobre la que habían hecho el amor hacía demasiado tiempo atrás según su percepción. Sacudió esa idea de su cabeza, a pesar de no poder borrar la sonrisa inconsciente que se dibujó en sus labios.
Cuando el cuerpo de Ginny apareció procuró guardar silencio. Y la dama no la escuchó, así que siguió nadando despreocupadamente. Hermione la observó un rato, hasta que se incorporó sobre la cima de la roca, sentándose con la vista puesta en la superficie del lago. La piel de la dama era tal y como debía ser, pálida como la nieve, brillando con matices argénteos. Su melena de fuego caía empapada sobre su espalda, pegada de forma exquisita, dejando escurrir las gruesas gotas de agua. Era una noche perfecta, en tal calma que las hojas de los árboles estaban tan quietas como si estuvieran pintadas en los cuadros naturalistas de Tanem Capisso. Así que no existía brisa que enfriara su cuerpo desnudo, para deleite de la cazadora.
Avanzó con extremo sigilo, mientras Norberto la observaba con la cabeza inclinada con curiosidad. Trepó al pedrusco sin alertar a la baronesa y cuando la envolvió entre sus brazos la notó sobresaltarse de forma violenta. Hermione sonrió con malicia y regodeo.
-Por los dioses, Hermione. No vuelvas a hacer eso- reprochó Ginny girando la cabeza para mirarla.
-Mira a quién no le importa ahora estar desnuda- se burló.
Pero la muchacha se relajó en su abrazo, recargando su espalda sobre el pecho de la mujer y se quedó así un tiempo, tan solo respirando tranquilamente, mirando al cielo y sus estrellas, y ese gran astro brillante con su mal augurio. En su ceño fruncido pudo ver el tinte preocupado que la embargaba por último. Hermione sonrió con dulzura, sin poder evitarlo. Era algo que le provocaba la niña últimamente.
-¿Estas nerviosa?
-¿Por estar así contigo? No. Creía que me estabas evitando.
-No te he estado evitando. Los últimos días antes de la luna llena son los más importantes. Es bastante más fácil notar su influjo sobre los licántropos. Tan sólo he estado ocupada- cambió de tema-. Me refería a que es la víspera del plenilunio.
Ginny se estremeció. Cuando habló habían pasado ya varios minutos.
-Desearía que se tratara de una de esas lunas rojas que dan miedo y auguran mal presagio. Como en los libros- susurró con un dejo de melancolía, empequeñecida en el abrazo de la mujer-. Pero no. Es blanca, pura y brillante y te mira iluminando la noche. Desearía tener un motivo para odiarla o… temerla.
Hermione la apretó más contra sí, con la camisa ya completamente empapada. Ginny recostó la cabeza en su hombro, cerrando sus ojos cerúleos mientras se dejaba envolver por la presencia reconfortante de la cazadora. Llevaba semanas buscando estar así de nuevo con la mujer, pero esta parecía demasiado centrada en su trabajo y en evadirla. Así que se dejó llevar. Disfrutando mientras durara.
-Las cosas que más debieras temer son aquellas que a simple vista no evocan temor. Son las que pueden sorprenderte.
-¿Tienes siempre una respuesta enigmática para todo?- sonrió.
Hermione rio animada.
-Eso intento.
Ginny se mordió los labios, mirando todavía al objeto de su temor y tristeza.
-¿Por qué parece afectarte tanto?- preguntó Hermione intrigada.
-Mañana, no importa quién sea, morirá alguien. ¿Cómo podría estar tranquila?
Hermione estuvo tentada a soltar una risotada sardónica o un resoplido satírico, pero prefirió no molestar a la niña, temiendo poder empeorar su malestar o peor, tornarlo a molestia orgullosa. Esa que tan bien sabía que poseía. Siempre moría alguien, a cada instante, en todas partes. Y muchas de esas personas lo hacían de forma cruel y dolorosa, o agonizante, o deshonrosa. O algo todavía peor. Pero para ella matar a una bestia no traía consigo ninguna consecuencia. Debía hacerse. Simplemente eso. Y si no moría el lobo lo seguirían haciendo otros, siendo consecuentes, no existía mejor opción.
Hápeto retornaría a su aburrida calma pueblerina, todo lo pequeña y pacífica que podría esperarse de un pueblo de leñadores, vinicultores y maestros cerveceros.
-Deja de preocuparte por ello, Ginny- espetó con cierta dureza e impersonalidad-. Debe hacerse y no puede evitarse. Y mientras más te alejes de ello más fácil será. No tienes más opción.
-Eso es cruel.
-Como lo es la vida.
La niña cerró los ojos, dolida, y Hermione no podía evitarlo ni entenderlo, pero podía razonarlo. Acarició su mejilla, reconfortante. Trazó con las puntas de sus dedos las pecas de su rostro, notando como se relajaba el gesto de la muchacha, abandonando la idea de la luna y el lobo. Hermione comenzaba a hartarse de ello. Sujetó su mentón, sorprendida con la naturalidad con la que la doncella se dejaba llevar por ella a pesar de su desnudez, y cuando la besó lo hizo con suavidad y delicadeza, con una caricia caliente sobre los labios fríos y mojados. Los ojos azules, apagados en la oscuridad, se abrieron para observarla con intimidad.
-No han sido sólo estos últimos días.
La cazadora alzó una ceja intrigada, sin la menor idea de a qué podía referirse con ella.
-Llevas acercándote y apartándote desde hace ya tiempo- después enrojeció-. Pensaba que después del otro día… ya no sería igual.
Soltó un suspiro cansado, observando a la niña que la miraba con profundidad a pesar de la vergüenza que parecía invadirla, como siempre que se atrevía a encararla.
-Voy a hacerte daño- dijo, y no era una advertencia, sino una simple afirmación.
-Lo harás de todas formas.
Su conciencia, hablando con la molesta voz de Harry, le recordó un par de cosas con reproche, pero era una cazadora, las convenciones sociales no llegaban a importarle realmente.
'Eres una sociópata moralista.'
Lo soy.
Sonrió.
-Hermione- la llamó, sorprendiéndola-. Ya no me importa nada.
El siguiente beso fue más profundo. Menos personal y más pasional. Ginny tenía las emociones a flor de piel. Hermione sabía lo que era eso, la ansiedad por repetir algo que en la juventud todavía no comprendes. Como cualquiera, recordaba su primera vez, y su ansia por la segunda. Y Ginny no era distinta de todas aquellas que le habían entregado su virtud, aun cuando su sintiera que no era así.
Al primer beso le siguió un segundo. Y un tercero. Y antes de darse cuenta siquiera sus manos bajaban por entre las gotas dulces que salpicaban la piel anacarada que refulgía bajo la mortífera pureza del albedo lunar. Haciendo cosquillas, causando temblores, perdiéndose todavía más allá de lo que habían llegado nunca. Las manos de la niña aferraron sus muñecas, ya por debajo de su bajo vientre, como si necesitara agarrarse a algo para no perderse, pero la sensación ya la había perdido por completo. Echó la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de la cazadora, rompiendo el contacto entre sus labios, con un gemido rasgado tan profundo que hubiera alertado a cualquiera si no se hubieran encontrado en mitad de la nada. Y el tiempo pasó tan rápido y tan lento a la vez que Ginny tardó en darse cuenta de cuándo había terminado. Tomando bocanadas tan amplias que, a pesar de tener la sensación de que no había aire suficiente, sentía que los pulmones le explotarían en cualquier momento. Y aún con el cosquilleo de lo que había pasado recorriendo lentamente su cuerpo, apagándose un poco más cada segundo, no estaba segura de lo que había ocurrido, con toda su inocencia de doncella a flor de piel.
Tardó en hablar, mientras la cazadora la alentaba abandonando delicados besos sobre los lunares de su hombro, tanto por la imposibilidad en la que su estado la sumía como por la vergüenza natural que la embargaba. Y algo del placer que la boca de la mujer todavía le causaba, aun cuando sus manos habían vuelto a subir y ahora envolvían su cintura.
De pronto, sólo una idea le rondaba la cabeza, con la confusión natural de una dama.
-Hermione- volvió a llamar, esta vez azorada-. Soy… sigo siendo… No has… entrado. Digo…
Hizo una pausa, tragó saliva y tomó aire, intentando buscar las palabras que le dieran menos pena. Debía preguntar aquello, estaba intrigada y, le gustara o no, era importante.
-No has tomado mi virtud. ¿Verdad?
Hermione la calló de un beso. Sonriendo con socarronería, pero asegurándose de que la muchacha no viera aquello.
-Para una dama la virtud es demasiado importante. No seré yo quien la tome.
Por un momento la baronesa pareció disconforme con su respuesta, mirándola con cierta molestia. Después volvió a apoyarse sobre ella.
-Querría preguntarte si será como la última vez y volverás a ignorarme. Querría pedirte que no fuera así. Pero ya nada de eso importará después de mañana. ¿Cierto?
Hermione suspiró.
-Cierto.
-Mañana terminará todo. Para bien o para mal.
Ginny volvió a contemplar la luna con el ceño fruncido. Tan completa que parecía ya llena.
En la víspera del plenilunio.
VSATGPFAN88, la parte de los fundadores forma parte de una historia original mía a la que le tengo bastante cariño, así que me alegro mucho de que te haya llamado lo atención. Gracias por los reviews.
En el próximo capítulo... el lobo.
