Recuerden que Inuyasha no me pertenece solo adapto la historia ^^

Capítulo 13

Varias horas después, Kagome seguía buscando otro alfiler. Se había puesto el vestido azul, pero la modestia exigía que tapara el escote con un delantal de lino, sujetándoselo en los hombros con unos alfileres. Milagrosamente, había conseguido rescatar de la pila de ropa destroza da un modesto delantal que sólo tenía un desgarrón, pero ya había empezado a sospechar que su diminuto acerico había seguido el mismo camino que sus horquillas. Sólo esperaba que algunos de los alfileres se hubiesen caído al suelo para poder colocarse el vestido.

Se puso sobre sus manos y rodillas y recorrió la alfombra esperan do hallar otro alfiler donde había encontrado el primero. Pero, incluso descalza, no pudo notar más que el tacto sedoso de la alfombra, y final mente, decidió abandonar la búsqueda.

Muy disgustada, se sentó y cruzó los brazos sobre el pecho. Estaba hecha un desastre. El cabello le caía libre sobre la espalda. Y el vestido azul parecía sacado del mercado de ropa usada de Londres. Sin zapatos ni medias, no tenía mucho mejor aspecto que los huérfanos que llegaban al Hogar. La señora Bluefield se habría horrorizado. La mujer siempre se enorgullecía del aspecto de sus maestros. Probablemente se habría revuel to en su tumba al ver a su empleada favorita vestida de esa manera.

—Ah, veo que te has puesto cómoda.

Kagome levantó la cabeza y lanzó una mirada de odio a Inuyasha. Él sonrió y entró en el camarote. La joven ni siquiera hizo el amago de ponerse en pie.

—¿Qué has hecho con mis alfileres? —exigió saber, ocultando a duras penas la furia de su voz.

—¿Para qué los necesitas? —preguntó con tono irónico mientras paseaba su mirada por el pecho de Kagome. Aunque sujetaba discreta mente el delantal, estaba claro para qué los necesitaba.

—No tengo por qué darte razones para pedir la devolución de mi propiedad. Sólo quiero mi acerico. Si tienes que nadar para recuperarlo, hazlo. —Lo miró, y sus ojos turquesa se oscurecieron de rabia. No sabía cómo lo había conseguido Inuyasha, pero, desde el secuestro, le costaba conservar la ropa puesta: sus vestidos se caían, se rompían o se corta ban. Había llegado al límite de su resistencia. Si no le daba un miserable alfiler, estaba convencida de que sería capaz de golpearlo.

—Haré un trato contigo. —Se acercó a ella y cruzó los brazos—. Te daré mil alfileres de oro si tú me das el segundo verso o la prueba de que existe. —La joven entornó los ojos y dejó que la ira la invadiera. No esta ba dispuesta a darle el colgante, no después de haber demostrado ser un canalla. Sólo se dignaría a ayudarlo cambio de su libertad—. ¿Aceptas mi oferta... muchacha? —Añadió la última palabra en tono burlón. Ella cerró los ojos. Era la única forma de no abofetearlo. Los abrió de nuevo, pero sólo para mirar por los ojos de buey con aire beligerante—. Kagome. —Como si hablara con una niña, se inclinó y la miró a los ojos—. ¿Qué te parecería si te quito el único alfiler que te queda hasta que me des lo que quiero?

Ella se llevó instintivamente ambas manos al hombro que tenía el alfiler. El delantal cayó por un lado dejando al descubierto una tentado ra cantidad de piel antes de que Kagome se pusiera en pie a toda prisa y retrocediera hasta dar con la estantería. Entonces, la mano de la joven se encontró con un pesado león chino de porcelana, y amenazó con lan zárselo a Inuyasha.

—No te llevarás éste. Juro que moriré antes que permitirlo! —excla mó.

—Ah, cuánto dramatismo. Qué gran pérdida para el teatro. Hubieras sido una buena actriz.

Ella dio un paso adelante y, sorprendiendo a ambos, le lanzó el león. Falló. Pero el estrépito bastó para que varios marineros nerviosos corrieran de un lado a otro del alcázar buscando el origen del ruido.

—¿Es necesario que alarmes a todo el barco? —preguntó Inuyasha cuando se calmaron las pisadas sobre sus cabezas.

—No te acerques —susurró ella con furia—. ¡No dejaré que te lle ves este alfiler!

Él dio otro paso adelante, y aquella vez Kagome le tiró varias copas de vino con dragones grabados. El tintineo del cristal debió de aclarar les a los marineros lo que estaba pasando en el camarote de Inuyasha, por que con cada copa que se rompía, las risas iban ganando en estridencia.

—¡Aléjate!, ¿me oyes? —le advirtió.

—Pequeña bruja, no dejaré…

La joven lanzó otra copa. Y otra más. Él se movía hábilmente cada vez que una de ellas estaba a punto de dar en el blanco y, a pesar de todo, siguió acercándose. Kagome se quedó antes de tiempo sin objetos que arrojar. Lanzó la última copa y se dio la vuelta para echar a correr. Inuyasha la apresó justo cuando ella hacía una mueca de dolor.

—¿Qué pasa? —preguntó al ver que Kagome se mordía el labio inferior.

—El pie —respondió la joven con una mueca, cada vez más páli da—. Me... me duele.

El dolor le subía hasta la pantorrilla. Cojeó una vez más antes de que el pirata la cogiera en brazos y la llevase a la cama.

Olvidada la discusión por un instante, Inuyasha le levantó la falda, le miró la planta del pie y le sacó un pequeño fragmento de cristal, arran cándole un gemido a Kagome. La sangre le caía por el talón, y él detuvo la hemorragia con la mano.

—Esto es lo que pasa cuando coges una rabieta —la regañó preo cupado, colocándole el pie con delicadeza sobre la colcha. Fue a por un pañuelo y le vendó con cuidado la herida. Cuando hubo terminado, se enderezó y se miró la mano; tenía la palma manchada de sangre.

Ella tampoco pudo evitar mirarla. Era la segunda vez que se man chaba las manos de sangre por ella en un mismo día.

—Lo siento —susurró cuando Inuyasha la miró por fin. No sabía bien por qué se disculpaba, pero las palabras surgieron solas.

—¿Quieres otro alfiler, Kagome? —De repente, su expresión se endureció. Ella apretó la mandíbula y se aferró al frente suelto del ves tido. Era cierto que Inuyasha la había ayudado, pero no estaba dispuesta a vender su alma al diablo por un solo acto amable—. ¿Quieres ese alfiler? —repitió, inflexible.

—Sí —dijo con firmeza.

—Entonces bésame la mano.

Lo miró, aturdida. No podía creerse lo que le pedía.

—Inuyasha... —empezó a decir, pero él la interrumpió rápidamente. Acercó la mano a la cara de Kagome y le ofreció el dorso, de modo que sus labios sólo tocaran los nudillos limpios.

—Hazlo Kagome, concédeme la redención —susurró él, con una nota de apremio que la joven no había oído antes.

Lo contempló sin saber qué hacer. Le estaba pidiendo una locura, pero peor era el razonamientoque había detrás. La joven estaba segura de que intentaba obligarla a aprobar lo que había hecho aquella maña na, como si le inquietase que lo censurase. Kagome nunca aprobaría el asesinato, pero al mirar en lo más profundo de los ojos masculinos, algo le dijo que él necesitaba aquel gesto.

Impelida por algo superior a su voluntad, cogió su mano y le dio un beso muy suave. Sus labios notaron que la piel de Inuyasha era cálida y áspera a la vez, y la sensación resultaba tan placentera que casi deseó alargarla. Pero el beso terminó rápidamente. Él dejó caer la mano, y, como si hubiese sido absuelto, sus ojos perdieron aquella oscura mira da. Se acercó al escritorio y le buscó otro alfiler. Lo soltó en la colcha y se dirigió al aguamanil para lavarse. Se comportaba como si el beso y lasrazones detrás del mismo no hubiesen existido. Ella lo observó con asombro, pero no se quedó inmóvil mucho tiempo. Cogió el alfiler, se arregló el vestido y bajó de la cama.

—Será mejor que te quedes ahí —le advirtió Inuyasha mientras se quitaba la camisa y la tiraba sobre el sofá de patas de delfín.

—¿Por qué? —preguntó Kagome, nerviosa, mientras él se quitaba las botas.

—Hay cristales rotos por todo el camarote, señorita Higurashi, y no pienso despertar a Shippo para que lo limpie. Lo puede hacer mañana.

La joven miró hacia los ojos de buey. Era tarde. La noche había caído en algún momento entre su búsqueda del alfiler y el fin de la pelea, y seguía sin tener camarote propio.

—Inuyasha, insisto en que debería contar con mi propio... —Su voz vaciló. Como si ella no estuviese allí, su captor se preparaba para acos tarse, lo que para él significaba despojarse sin modestia alguna de todas sus prendas de vestir. Y aquella vez no intentó proteger la delicada sen sibilidad de Kagome dejándose puestos los pantalones. Sin prestarle aten ción, dejó que la negra tela empezase a bajar por las caderas. Justo cuan do estaba a punto de descubrir los últimos centímetros del dragón de su espalda, ella se volvió. Su mirada buscaba desesperadamente una forma de huir, y, aunque era un esfuerzo inútil, no pudo evitar acercarse a la puerta para ver si estaba cerrada.

—Buenas noches, señorita Higurashi.

Oyó que Inuyasha se reía entre dientes y se metía bajo las sábanas de su decadente cama. Cuando apagó las velas de la lámpara de un soplo, ambos quedaron sumidos en la oscuridad.

El cuerpo de Kagome se tensó por completo. Estaba sola con aquel hombre desnudo, y el suelo del camarote estaba cubierto de cristales. Como la aterraba la idea de volver a cortarse, no sabía si sería capaz de hacer los movimientos necesarios para llegar hasta la silla de caoba, sin una luz que la guiase. A ciegas, tropezó con las botas de Inuyasha y se golpeó con su escritorio. Se agarró a una de las patas de león para no caer y se acomodó agradecida en la silla. Ni siquiera quería hablar, por miedo a que sus palabras lo sacaran de la cama.

—¿Cómoda, señorita Higurashi?

—Mucho, gracias.

—Podrías tener tu propio camarote esta misma noche si dijeras las palabras que deseo.

Nunca había estado tan cerca de rendirse y confesar, pero, para regresar a su camarote en aquel momento, Inuyasha tendría que encen der de nuevo la lámpara, y la sola idea de verlo desnudo resultaba más aterradora que quedarse donde estaba.

—No te daré nada en absoluto hasta recuperar la libertad —susu rró.

—Ya veo. —Los listones de la cama crujieron cuando Inuyasha se puso de lado—. Sospecho que esa silla te resultará bastante incómoda tras la segunda o tercera noche.

—La silla me servirá.

—Pero no tan bien como la cama.

—La cama está... ocupada.

—Estoy más que dispuesto a compartirla.

—No —repuso la joven con voz ahogada—, ¡gracias!

—De acuerdo —respondió él entre risas—. Hasta mañana.

La preocupación hizo que Kagome frunciese el ceño. No había pen sado en aquello. Inuyasha saldría de la cama bajo la brillante luz del día, y, aunque había tardado tan sólo unos segundos en quitarse la ropa, sólo Dios sabía lo que tardaría en ponérsela. Entre gruñidos de derrota, cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó en ellos la cabeza para descan sar antes de la siguiente batalla.

Inuyasha despertó en cuanto oyó la llamada en la puerta. Como un gato que puede ver en la oscuridad, recogió sus pantalones, se levantó y se los puso sin vacilar. Esquivó los fragmentos de cristal que relucían a la luz de las estrellas queentraba por los ojos de buey y llegó hasta la puerta antes de que volvieran a llamar.

—¿Qué pasa? —preguntó al ver a Myoga en el umbral con un farol.

—Tenemos un problema —respondió el capitán con expresión somnolienta—. Shippo me acaba de informar de que uno de nuestros contenedores de agua tiene una fuga. No tenemos suficiente para llegar a San Juan.

Inuyasha parecía molesto.

—¿Es eso lo que te tiene en pie a horas tan intempestivas? No es ninguna tragedia. Pararemos en el siguiente puerto y...

—Por eso vengo a hablar contigo. El siguiente puerto es la isla de Grand Talimen.

Inuyasha guardó silencio hasta que comprendió lo que sucedía.

—Ya veo —dijo con lentitud.

—¿Debemos parar allí?

—¿Tenemos alternativa?

—La decisión es tuya —respondió Myoga tras una pausa—. Es tu cabeza la que quieren, no la mía. Estoy más que dispuesto a intentar esperar hasta St. Kitts.

—Si se tratara tan sólo de nosotros, no importaría —comentó Inuyasha sacudiendo la cabeza—, pero tenemos dos mujeres a bordo. No podemos arriesgar sus vidas quedándonos sin agua. Echaré un vistazo al mapa y buscaré otra ruta. —Se volvió y fue a por su camisa.

A solas, Myoga parecía reacio a mirar hacia la cama. Pero, cuando lo hizo, descubrió consternado que estaba vacía. Como si deseara asegu rarse, sostuvo en alto el farol y dejó que la luz iluminara la estancia.

—¿Acaso crees que la he tirado por la borda? —preguntó Inuyasha con una sonrisa rápida cuando regresó a la puerta.

—Claro que no —refunfuñó Myoga bajando el farol—. Pero ¿dónde está?

Inuyasha señaló con la cabeza el oscuro rincón donde se encontraba el escritorio. Kagome estaba apoyada sobre él, con la cabeza descansando delicadamente en sus antebrazos.

Al verla, Myoga estuvo a punto de soltar una carcajada, y al notar el ceño fruncido de su amigo, casi no pudo aguantarse.

—¿Estás listo? —gruñó Inuyasha en tono brusco.

—Por supuesto —respondió Myoga entre toses, tras echar un último vistazo a la figura dormida de Kagome

—Te veré en el castillo de proa dentro de un minuto.

El capitán asintió con fingida solemnidad, se rió entre dientes y salió del camarote.

De nuevo a oscuras, Inuyasha se volvió hacia Kagome. La luminiscen te penumbra de la luna se derramaba sobre ella como si se tratase de polvo de hada y lograba que su figura pareciese casi etérea. Respiraba con suavidad, profundamente, con el ritmo pagano del sueño, e Inuyasha se sentía atraído, como un niño ante la oscuridad del bosque con la esperanza de encontrar magia.

Se acercó al escritorio y se inclinó sobre ella. Sin despertarla, la cogió con cuidado entre sus brazos y la llevó a la cama.

—Esto empieza a convertirse en una costumbre—mur muró antes de colocarla sobre el colchón. En respuesta a su voz, ella se agitó, se puso de lado y se agarró a la colcha. Inuyasha se inclinó, le apar tó con extraña ternura un rizo de la cara y la besó con suavidad en los labios.

El beso fue breve y casto, pero no dejó de sorprenderlo. Parecía haberlo hecho contra su voluntad, y, peor aún, contra su sentido común. Se le endurecieron los rasgos y adoptó una expresión pensativa. Se levantó y la miró durante largo rato, sin importarle que estuviese oscu ro y la cubrieran las sombras.

—¿Qué clase de mujer eres, Kagome Higurashi? —susurró. Como si no le gustase la respuesta, respiró hondo y se pasó una mano nerviosa por la mandíbula. Salió del camarote, casi aliviado de alejarse.

En la oscuridad, Kagome abrió los ojos brevemente y vio la sombra que se alejaba. Oyó el golpe de la puerta al cerrarse y, de nuevo, acudió a la llamada del sueño, que la reclamaba inclemente.

Soñó de nuevo con Inuyasha, pero esta vez los detalles le robaron el aliento. Vio el largo cabello negro azotado por el viento, y un pequeño aro de plata que reflejaba cruelmente el cálido sol del Caribe. Vio dien tes blancos que brillaban en una sonrisa fugaz, y un rostro cuyos rasgos eran tan bellos como duros.

Soñó que él era el dragón.

Por su expresión, estaba claro que no confiaba en las personas; que no confiaba en ella. Pero eso no impidió que Kagome se imaginase cómo sería tocarlo, acariciarlo, sentirlo junto a ella. En su sueño, la joven bus caba desesperadamente lo que sabía que nunca lograría en la vida real. Quería todos sus detalles físicos, y los que no podía o no se permitía imaginar también aparecían, porque, como si los sueños tuviesen un sexto sentido, sabía sin lugar a dudas que todo lo que surgía de su ima ginación era real y tan tangible que casi podía tocarlo.

Ella era la cazadora.

Era una tarea imposible. El dragón tenía a Inuyasha tan controlado que no podía distinguir al uno del otro. Pero Kagome estaba decidida a salvarlo. La bestia lo tenía atrapado por el cuello, y, si la joven no se deshacía de aquel monstruo furioso, Inuyasha acabaría destruido. Cogió su espada y apuntó al lomo del dragón. Pero cada vez que atacaba, la bestia desaparecía.

Buscó por todas partes, pero no estaba. Su sueño cambió, y apare ció Inuyasha. En su aturdimiento, Kagome no sabía cómo distinguirlo del dragón. Se apartó guiada por el instinto, pero él la alcanzó. Sus brazos la rodearon como acero templado, y, aunque ella se debatió, no había escapatoria. Era suya.

La besó y Kagome sintió una marea de lava ardiente recorriendo sus venas. Luchó con valentía, pero su cuerpo la traicionaba, negándose a abandonar sus brazos. Deseaba que la liberase, pero, algo desconocido, que nunca hubiera imaginado sentir, la retenía. Su presencia la rodeaba al igual que el viento antes de la tormenta. Su tacto, su cercanía, su aroma hacían que los nervios se le tensasen como cuerdas de violín a punto de romperse. Contra su voluntad, su cuerpo respondía de formas que ella ignoraba que fuesen posibles. La promesa de placer creció hasta que fue imposible negarla. Finalmente, cuando la mano cálida y fuerte de Inuyasha le quemó el pecho, no pudo soportarlo más. Gritó su nom bre, y él se fundió con ella en un único y dulce gemido que la dejó sin aliento. La liberación de Kagome llegó con una fuerza exquisita y se des pertó casi llorando. El dragón había ganado.

Asustada, la joven se sentó de golpe en la cama entre sollozos. En los primeros segundos no podía entender lo que le había pasado. Nunca antes había tenido un sueño tan vivido como para hacer que todo su cuerpo participase contra su voluntad. Consternada, sintió algo húmedo entre los muslos. Nerviosa y desorientada, miró hacia abajo. Su mano retorcía la sábana, y el aroma masculino de su captor estaba por todas partes. De algún modo, alguien la había llevado a la cama mientras dormía. El camarote estaba vacío, pero la almohada que había junto a ella todavía estaba caliente. Inuyasha no llevaba fuera mucho tiempo.

Nerviosa, se miró el vestido y se ajustó el delantal. Le temblaban las manos, así que le resultó difícil colocar los alfileres. ¿Había dormido junto a él? ¿La habría tocado durante la noche? ¿Era aquélla la razón del sueño?

Se puso pálida y volvió a pensar en el sueño. Conforme se calmaba, aumentaba su nerviosismo. ¿Cuál era su problema? ¿Cómo era posible que su cuerpo reaccionase con semejante fuerza por el simple hecho de soñar con Inuyasha? Al pensar en ello de nuevo, empezó a notar que se ruborizaba. No estaba muy segura de qué le había pasado, pero se ale graba de estar sola.

Alguien llamó a la puerta, y Kagome saltó de la cama. Se pasó los dedos por el cabello enredado y dijo con timidez:

—Adelante.

Shippo asomó la cabeza por la puerta, con Kirara colgada de él como un collar. Sorprendida, la joven constató que había estado tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera había oído los delatores ara ñazos de la pierna falsa por el pasillo.

—Traigo su desayuno, señorita. —Shippo la observó con cautela, como si hubiese escuchado la pelea entre Inuyasha y ella la noche ante rior. Con una punzada de vergüenza, la joven le echó un vistazo a la esquina donde estaban el león de cerámica roto y los fragmentos de las copas de cristal. Él también lo miró, y se puso más nervioso aún. Tratando de calmarse, el muchacho dejó la pesada bandeja de plata en el escritorio en el que se había quedado dormida. Kirara, al notar el nerviosismo de su amo, dejó escapar un agudo chillido.

—Inuyasha dice que esta mañana puede subir a cubierta e ir donde desee, señorita —le informó Shippo por encima del estrépito. Distraída, la joven se limitó a asentir con la cabeza—. ¿Va todo bien, señorita? —Las agradables facciones del muchacho se nublaron de preocupación.

Kagome notó que el rubor cubría sus mejillas. Era imposible que él supiese lo que le había ocurrido mientras dormía, pero, de algún modo, le daba la impresión de que sí lo sabía. De hecho, tal y como se sentía en aquellos momentos, estaba segura de que todo el mundo lo sabía, incluido el canalla que era propietario de aquel maldito barco.

—Estoy perfectamente, Shippo. No te preocupes por mí. ¿Cómo está Kaede? —Deseosa de verlo salir, lo acompañó hasta la puerta.

—No creo que esté de buen humor, pero usted misma podrá com probar cómo se encuentra si sube a cubierta hoy, señorita. La señora Lindstrom está tomando el aire en el alcázar.

—¡Eso es maravilloso! Estoy deseando salir.

—¿Cuándo desea que le prepare el baño, señorita?

—¿El baño? —Le echó un vistazo a su vestido azul, arrugado sin remedio. En aquellos momentos sí que parecía una huérfana. Ni siquiera sabía si un baño serviría de algo, pero por lo menos la ayudaría a despejarse.

—Supongo que podrías hacerlo ahora, si no es mucha molestia.

—Al contrario, señorita.

—Gracias, Shippo. —De repente le sonrió, y la cara del muchacho se iluminó por completo.

Kirara dejó de chillar, y, cuando su amo se acercó a la puerta arrastrando los pies, su paso era mucho más ligero.

—¡Kagome, Dios mío, qué te ha hecho ese canalla! ¿Estás bien, que rida?... ¡Querida! Santo cielo, ¿dónde están tus zapatos? —Kaede avan zó hacia la joven con una expresión entre preocupada y escandalizada. Cuando llegó junto a ella, extendió los brazos y le dio un abrazo que casi consiguió ahogarla—. ¡Ese pirata malnacido! ¡Ese canalla saqueador! ¿Te ha quitado él los zapatos?

—Sí —respondió la joven tras recuperar el aliento al separarse de la enérgica mujer—. Pero, por lo demás, estoy bien. No debes preocupar te por mí. Eres tú quien me tenía preocupada.

—¡Oh, querida niña! Quítatelo de la cabeza. Para mí no es más que una prolongación del viaje. He tenido todas las comodidades, salvo por el hecho de estar encerrada en mi camarote. —Al decir aquello, lanzó una mirada dolida y amarga a Myoga. El capitán no levantó la vista de la bitácora—. Pero tú, querida —siguió, volviéndose de nuevo hacia su joven amiga con sus brillantes ojos azules llenos de preocupación—, estás hecha un desastre. Espero de corazón que ese malvado no se haya comportado de forma... bueno... de forma impropia.

Kagome estuvo a punto de reírse. Decir que el comportamiento de Inuyasha había sido inapropiado era decir poco, sobre todo al pensar en cómo le había arrancado y destrozado la ropa. Sin embargo, intentó tranquilizar a la viuda.

—Inuyasha y yo hemos tenido nuestros desencuentros, lo reconoz co, pero no me ha causado ningún daño.

—Gracias a Dios. Estaba muerta de preocupación. Incluso tuve que utilizar las sales de mi asistente. Menos mal que la dejamos en St. George's, porque esa chica se pasa la vida desmayándose, y este viaje la habría matado.

Kagome sonrió y cogió la mano de la viuda. Estaba temblando, así que se la apretó. Kaede era muy fuerte, pero ya no era ninguna jovencita, y no cabía duda de que aquella experiencia la afectaba. En aquel preciso momento, se prometió que haría todo lo que estuviese en su mano por devolverla a su hogar.

—No te preocupes, Kaede —dijo en voz baja—. Tómatelo como una aventura y seguro que dentro de nada estás en casa contándoles a todos tus maravillosos amigos tu viaje en un barco pirata.

—Esto sería toda una aventura si tú no estuvieras metida en un lío tan terrible —repuso la viuda, sacudiendo la cabeza con convicción—. Al fin y al cabo, yo soy una anciana. ¿Qué podrían hacerme? Pero tú, Kagome... podrías sufrir mucho. Estoy desquiciada de preocupación, crée me, esto no es una aventura, ni mucho menos.

—No te preocupes por mí, te lo ruego. Puedo cuidar de mí misma. He sido una digna rival de Inuyasha. —Era evidente que exageraba. Estaba delante de la viuda y no tenía ropa interior ni zapatos, pero no podía soportar ver los asustados ojos de Kaede. Sobre todo cuando ella era la razón de su miedo.

De repente, la amable viuda esbozó una sonrisa secreta. Miró de reojo al capitán para ver si las miraba, y susurró:

—Oh, ¡pero fuiste muy valiente cuando te ató a ese poste! ¡Y mira que inventarte esa historia sobre tu prometido! Me dieron ganas de aplaudir. Estuviste brillante. Igualita que yo con tu edad, aunque esté mal que lo diga.

Kagome esbozó una sonrisa irónica. Su reciente amiga no podía saber que su historia se asemejaba bastante a la verdad. Pero, después de todo lo sucedido en el Hogar antes de su partida, estaba segura de que Houyo nunca la seguiría. Estaba demasiado dolido y era demasiado egoísta.

—Pero, por desgracia, era una historia ficticia, así que debemos ela borar un plan de huida —señaló la joven, acercándose más—. He esta do pensando, Kaede. Tenemos casi un mes para diseñar un plan, y creo que, cuando atraquemos en San Juan, debería...

Al oír una tos, las dos mujeres se volvieron y encontraron al capitán a su lado, con cara de enfado. Kaede dudaba que hubiese tenido tiem po de oír toda su conversación, pero parecía haber escuchado lo sufi ciente para poner fin a sus susurros.

—Ha llegado la hora de que la señora Lindstrom regrese a su cama rote —afirmó Corbeil al tiempo que agarraba a la viuda para acompa ñarla.

—Capitán, esto no es necesario —empezó a decir Kagome—. ¿Qué problema hay en que tomemos un poco el aire y charlemos?

—Yo he dado la orden, Kagome. No puedo dejar que susurréis como ladronas.

La joven se volvió rápidamente y vio que Inuyasha estaba a su lado. Su presencia resultaba abrumadora. Como habían llegado a aguas más cálidas, sólo llevaba botas, unos pantalones claros y una camisa blanca. A la luz del sol, el pelo le brillaba casi tanto como el pendiente, y el color de sus ojos era aún más verde que el océano que los rodeaba.

Su presencia le recordó con asombrosa claridad el sueño, y, antes de poder evitarlo, se ruborizó. Aturdida, apartó la vista, pero con ello sólo logró enfadarlo más.

—Señorita Higurashi para usted, señor —contestó con voz gélida—. Y no creo que seamos nosotras las que merezcamos el calificativo de ladronas.

Él le dedicó una sonrisa irónica y le hizo un gesto con la cabeza a Myoga, que agarró con más fuerza el brazo de Kaede.

—¡Espera! —suplicó Kaede—. ¿Qué tiene de malo que nos vea mos?

—No tiene nada de malo, pequeña —explicó Inuyasha—. Pero la regla número tres de este barco dicta que los prisioneros no deben susu rrar entre ellos, y, en el caso de que se les descubra haciéndolo, se les separará de inmediato.

—¿Qué? —La joven se volvió para enfrentarse a él, pero Myoga ya se alejaba con Kaede. Cuando los dos desaparecieron por la escalerilla, Kagome estuvo a punto de soltar una maldición—. Tus reglas pueden irse al infierno —exclamó.

—Pero si ya lo han hecho, señorita Higurashi —se rió él—. ¿Es que no te has dado cuenta?

Ella lo miró con desprecio y se acercó a la barandilla. Tenía la espe ranza de que la dejase en paz, pero no tuvo tanta suerte.

—Llegaremos al puerto de Grand Talimen dentro de tres días —le anunció poniéndose a su lado. Kagome notaba que la estaba mirando, y procuró mantener la calma fijando la vista en el horizonte turquesa.

—Creía que pararíamos en San Juan.

—Ha habido un cambio de itinerario. Uno de nuestros contenedo res de agua tiene una fuga y no quiero arriesgarme.

—Entonces, ¿cuando nos abastezcamos de agua, iremos rumbo a San Juan o nos dirigiremos directamente a tu paraíso satánico? —pre guntó Kagome con el ceño fruncido.

Él echó la cabeza hacia atrás y rió en voz alta. Luego, la miró, y antes de poder detenerlo, Inuyasha acarició su mejilla con el dorso de su mano.

—Qué astuta eres.

Intimidada por la ruda y, a la vez, cálida caricia, dio un paso atrás. Aquella mano hacía que salieran a la superficie todas las inquietantes sensaciones de su sueño; sensaciones que estaban mejor en su subcons ciente, como ella bien sabía. Al recordar de nuevo su reacción de la noche anterior, sintió que se estremecía. Pero se recuperó rápidamente, porque tenía nuevos problemas de los que preocuparse.

Había pensado huir del barco cuando llegaran a San Juan y buscar ayuda para rescatar a Kaede, creyendo que tardarían varios días en llegar a puerto, lo que le daba tiempo para pensar en la forma de escapar y coor dinar sus planes. Pero Grand Talimen se encontraba a tan sólo tres días de distancia. Apenas tenía tiempo para elaborar un plan de huida.

Frustrada, tamborileó con los dedos en la barandilla del barco. Su expresión debía de reflejar sus pensamientos, porque Inuyasha, preguntó:

—¿Pensando en la huida, mi amor?

El rubor de la joven la delató. Enfadada, apartó la mano de la baran dilla y empezó a alejarse de cubierta, pero, antes de llegar a la escaleri lla, las palabras de su captor la frenaron.

—No me has pedido permiso para retirarte. —Furiosa, se puso rígi da, se dio la vuelta y con su mirada lo desafió a detenerla—. Kagome, debes saber que la segunda regla de este barco es que todos los prisio neros deben obedecerme. Si abandonas la cubierta sin mi permiso, te prometo que no volverás a ver a la viuda hasta que lleguemos a Mirage.

Aquella amenaza la hizo detenerse. Necesitaba la ayuda de Kaede para encontrar la forma de escapar cuando llegasen a Grand Talimen. No podía permitirse el aislamiento. No a tres días de llegar a puerto.

Apretó la mandíbula, pasó junto a él y se dirigió a la sección de popa de la cubierta del alcázar. Aunque no pudiera irse, sí que podía fingir que Inuyasha no existía. Con su altura y su imponente presencia, resultaba difícil ignorarlo, sin embargo, hizo lo que pudo hasta que sintió que un brazo le rodeaba la cintura.

—¿Kagome? —susurro junto a su pelo.

—¿Qué quieres, tirano licencioso? —respondió mientras una som bra oscurecía sus bellos ojos.

Sus palabras le hicieron sonreír.

—¿Quieres que te diga cuál es la primera regla?

Ella lo miró. En realidad no quería saber nada de sus estúpidas reglas, pero, como estaba bajo su control hasta llegar a Grand Talimen, tendría que aprenderlas sin más remedio. Asintió con la cabeza, de mala gana.

—La primera regla —le explicó con voz ronca— es que todos los prisioneros del barco me pertenecen a mí... y sólo a mí.

Levantó el cabello de Kagome y, como si sus labios fuesen un hierro candente, le dio un feroz beso en la nuca. Todavía tenía el pelo húme do del baño, e Inuyasha parecía especialmente cautivado por la forma en que los delicados rizos se le pegaban al nacimiento del cabello. La joven cerró los ojos, incapaz de soportar lo que el pirata estaba haciendo. El beso no hizo más que recordarle el misterioso sueño, y tembló al pen sar en el poder que aquel hombre tenía sobre ella.

Le pareció una eternidad, pero, finalmente, Inuyasha soltó su cabello y la dejó apartarse. Deseosa de alejarse, le suplicó con los ojos que la dejara marchar. El pirata asintió con la cabeza de mala gana, dándole permiso, y ella voló por la escalerilla como si tuviese alas. De repente, Grand Talimen parecía demasiado lejos.

No sé a ustedes pero a mi se me antojo ese beso! xD Muchas gracias por su rew a Rubi-chan espero que te siga gustando la historia ;) Besos y Abrazos ^^

Dark_yuki