Advertencia: Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.


Capítulo 14: Distorsión.

No era la primera, ni la última vez que se encontrarían. Los representantes de todas y cada una de las naciones "invitadas" habían, desde muy temprano en la mañana, alistado los últimos detalles para no demorar en tomar su vuelo al edificio de juntas en Estados Unidos. La gran mayoría de ellos sospechaba que todo sería un reverendo desastre, como siempre. Los más optimista, al menos les animaba el pensar que saldrían ilesos de cualquier encontrón en el salón.

Alfred había llegado de los primeros. No sólo porque sería una tontería el no hacerlo, en vista de la cercanía de su hogar, sino que una vez más: era "la" anfitriona de la junta.

Alistó el pizarrón negro, y la caja de tizas recién comprada, en caso de que así lo fuese a requerir algún representante. Y como no estaba de sobra un poco más de sofisticación, instaló en perfecta posición, y junto a una computadora portátil, un proyector en el centro de la mesa de reuniones, apuntando a una pantalla blanca que pendía del techo. De seguro alguien que hubiese preparado con anterioridad alguna muestra o presentación haría uso de ella.

¿Faltaba algo más? Ya estaban dispuestos las sillas, platos, tazas limpias, cucharitas. Al momento de servir el té, o lo que fuera que los ayudantes hubiesen acordado, lo traerían. Estaban los vasos, las jarras con agua helada reservadas en el refrigerador... Al parecer, todo estaba en orden...

Pasó algunas fracciones de hora mirando por la ventana, caminando de un lado a otro, haciéndose tronar los dedos, girando en su propio lugar y tarareando desganado... y por fin: voces...

Brother~... ¿Ya estás aquí?— era la tierna y reconocible voz de Matthew.

— Hemos llegado demasiado temprano— reclamó Kumajirou — Has de ser, sino el único, uno de los primeros...

— Sí, Kumajirou. Pero nos aseguraremos de... ¡MAPLE-!

¿Qué había sucedido? De pronto no habló, y a cambio, se escuchó un porrazo de brutales dimensiones, y a Matthew gritando desesperado.

— ¡Me las pagarás todas juntas...!

Era Hugo*...

Alfred salió a pasos rápidos del salón, viendo como a pocos metros de la puerta de acceso, el aterrado Kumajirou observaba con sus ojos abiertos desmesuradamente, y el pobre canadiense era contorsionado hasta casi el colapso de sus brazos por el furioso representante de Cuba.

— ¡Socorro! ¡Socorro!— imploraba Matthew entre gimoteos y desesperados intentos por zafarse de su captor.

— ¡Grita, grita! ¡Dudo que alguien quiera ayudarte!

— ¡Oye! ¡Sácale las manos de encima!— protestó "la" estadounidense, aproximándose al dúo, y comenzando a tirar de los brazos del cubano — ¡... Matthew no te ha hecho nada...!

— ¿Matt...?— desconcertado, y cesando de inmediato de imponer fuerzas, Hugo reconoció a su amigo norteamericano, hecho un atado de sollozos reprimidos y jadeos en el suelo. Se levantó rápidamente, y tomándolo no muy cariñosamente por la ropa, lo hizo ponerse de pie.

— Mapple...

— ¡Disculpa! ¡Disculpa...!— repetía el centroamericano, sacudiendo las ropas del canadiense y arreglando la desordenada tenida formal — ¡Perdón, chico! ¡En serio, discúlpame...!

— ¡¿Qué te has creído para tratar así a mi hermano, commie*? ¡¿Qué te hizo él?

— ¿"Commie"...?— Hugo arqueó una ceja, y pronto, la otra, frunciendo el entrecejo. Enrojeció toda su tostada piel, y apretó los dientes con enojo. Pese a no estar enterado del drástico cambio en su rival, bastó con una sola palabra para reconocerlo de inmediato: — Tú...

— ¿E-eh...?— Alfred palideció — Holy Shit...

— Todo éste tiempo...— comenzó él, apretando los puños y aminorando la distancia en un firme e intimidante paso —... todo éste maldito tiempo a tu sombra...

— H-Hugo...

— Esperando el momento indicado...— el cubano hizo tronar la fila de cinco dedos de una de sus toscas manos, presionando con la contraria. Un brillo malicioso se desprendía de los ojos oscuros — Para darte tu merecido...

— Por favor... no estarás pensando en...— Matthew trató de detenerle por el brazo, de no ser porque una espesa y ardiente aura roja significó no solo la razón para sus pesadillas de ahí a la semana siguiente, sino una especie de quemadura en su mano, que le hizo retroceder de inmediato, esperando aterrado lo peor.

Y por su parte, Alfred sentía un nudo en su garganta... ¡Qué nudo! ¡Toda una madeja, enredada, grande, tanto que no respiraba! Trató de articular algo, abriendo apenas la boca, pero sin poder emitir siquiera una muestra de aliento o sonido... Hugo tomó a Alfred por el cuello de la blusa clara y almidonada, apenas y acercándolo unos peligrosos centímetros

Matthew apoyó nuevamente, ésta vez desde una distancia segura:

— H-Hugo... considéralo... no se vería bien que golpearas a una mujer...

— T-ti-ti-tiene razón...— apremió Alfred, apenas con un hilito de voz.

— Ahora que lo dices... no, no... No se vería bien...— y la soltó. Le miró cargando su semblante de asco, y entró al salón en busca de su silla.

Era uno de los primeros en llegar. Y qué raro que lo hubiera hecho. No se le había visto por ahí en reuniones anteriores...

— Entremos, Alfred.

— No-no-no-no-no... No quiero entrar— "la" estadounidense reposó su espalda en la pared, pálida, respirando agitada.

— ¿Por qué no?

— ¿No viste cómo me agarró? ¡Si no es porque me defiendes, te juro que...!

— Es inofensivo— susurró el canadiense, acariciando la frente de su consanguínea — Y agradable...

— Entra tú entonces— desafió "ella", apenas en un hilo de voz — No me voy a exponer a algo así, y tú tampoco deberías...

— Sólo me tacleó. Siempre lo hace...— Matthew sonrió nerviosamente — Pero no es porque no le agrade...

— ¿Algún saludo secreto?

— No, no... Pero sobran las explicaciones...

El canadiense ingresó a la habitación, y acercó su silla, dispuesta en el extremo de la mesa más cercano a la puerta, hacia donde el cubano había tomado su lugar, ocupando una silla que, al ver que en ninguna parte estuviese graficada su bandera, tomó de los alrededores alguna desocupada.

— Hola, Hugo...

— ...

— ¿Hugo?— Matthew tomó asiento a su lado, y Kumajirou subió a su regazo. Una extraña aura azulada rodeaba al centroamericano. — Hugo ¿Te sientes mal?

— Todo éste tiempo...— dijo él por lo bajo, medio sollozando — ... te confundí con UNA MUJER...

— ¿Eh? H-hey, esto es...

— ¿Cómo pude ser tan... tonto? Confundiéndote siempre con ese desgraciado consumista, cuando la diferencia era tan OBVIA... ¡Matthew, dime por qué...!

— ¡Tranquilo! Es algo reciente...

— ¡Pero no puedo ser tan tonto...!

— No, no. En realidad es hombre, pero... de pronto un día amaneció así— explicó nerviosamente el canadiense, sin ponerse a rebuscar términos o formas para justificar tan extraño cambio — Ni siquiera yo entiendo por qué...

— Es decir que... ¿Le pasó lo mismo que a Iván?

— ¿Sabías lo del Señor Braginski, y no de mi hermano?

— Las noticias de gringolandia no me importan. Pero ahora que me lo dices... sí: es lo mismo que le ocurrió a Braginski, y que hace unas semanas me comentó...— tragó espesamente su saliva — Cuando lo vi un día, casi no lo creí...

— Te entiendo— suspiró él — Me pasó algo parecido cuando vi a Alfred en éste estado...

— ¡Pero entonces jamás podré manifestarle cuánto lo odio...!— sollozó de nuevo el cubano — ¡No puedo gritarle, golpear o amenazar a UNA MUJER...! ¡Pero quiero hacerlo...!

— Contrólate, Hugo— aconsejó el representante norteamericano, tocando la espalda de su amigo del nuevo mundo — Ya te acostumbrarás...

— ¡No! ¡No me imagino guardando tanto odio y no poder expresarlo! ¡No puedo...! ¡Necesito desquitarme, pero no con una mujer...!

Y mientras seguía con sus recién adquiridos líos existenciales, más representantes se acercaban. Y no precisamente en son de paz, como Alfred esperaba en aquel entonces en que más temeroso y agitado se hallaba.

— ¡No sabes de lo que hablas, Bonnefoy! ¡Estás, como siempre, divagando!

— ¡Baja el tono, cejotas! ¡Quand on me cherche, on me trouve! (Cuando me buscas, me encuentras) ¡Y no estoy precisamente de humor como para aceptar críticas tuyas, y menos en tu estado!

— ¡Y lo dices, siendo tú que empezaste con la discusión!

— ¡Si tú no rebatieras con tanto esmero y con tan poco seso lo que digo, nos evitaríamos estos roces, et non en venir aux mains (y no llegaríamos a las manos)!

— ¡Eres tú el poco-seso, cara de rana!— rebatió venenoso Arthur, adelantándose muchos pasos a su rival, no fijándose que la rudeza de su balanceo al caminar hacía ondear con poca femineidad la falda del vestido que llevaba ese día — ¡Si al menos supieras de lo que hablas, no nos enfrascaríamos en éstas discusiones sin sentido!

— ¡Admite que estoy en lo cierto! ¡Que la tortuga y el caracol son el mismo animal!

— ¡Que no, idiota! ¡Es imposible que eso sea cierto!— "la" británica se detuvo en seco, alzando su puño con semblante amenazador, hasta que éste quedara cerca de la cara de "la" francesa.

— ¡Claro que sí! ¡La tortuga tiene caparazón!

— Sí ¿Y qué?

— Que el caracol también lo tiene.

— Sí ¿Y qué?

— Que ambos se encierran en su caparazón.

— ¿Y?

— Y el caracol es un animalito de cuerpo curvo, lento y baboso ¡Como un reptil pequeño! Además ¿No se dice "Lento como una tortuga" y "Lento como un caracol"? ¡Yo apruebo lo que afirmo! Además, que al igual que el caracol, la tortuga se arrastra...

— No exactamente.

— ¡¿Por qué dices que no?— "la" francesa se alteró de súbito — ¡Es evidente! ¡Todos sabemos que el caracol se pasea con la casa a cuestas! ¡Y la ha construido él mismo!

— ¡Pero el caracol tiene parentesco con la babosa, que es un caracol sin casa! ¡Y la babosa con la tortuga no tiene nada que ver, por lo tanto, tampoco con el caracol! ¡¿Ya ves que no tienes razón?

— ¡Entonces explícame, zoólogo! ¡¿Qué diferencias tienen una tortuga y un caracol?

— ¡Pues... muchas! ¡No te niego que tienen parecidos, pero al tener diferencias, los hace ser distintos!

— ¡Pues dime las que encuentres!— Arthur quedó un rato callado, bastante tiempo, a lo que Francis añadió — ¡Ah! ¡¿Lo ves? ¡Lo haces solo para llevarme la contraria, porque siempre has tenido muy mala fe, y te gusta pelear conmigo! ¡No me dices diferencias, porque no las encuentras!

— ¡No te las digo porque estoy harto de siempre discutir estupideces contigo!

— ¡No es una estupidez, es que a ti no te gusta perder! Veamos...

— Mira, para que te convenzas de una vez...— bufó "la" inglesa, al borde del colapso nervioso — ¿Has visto si la tortuga tiene cuernos?

— Nunca me he fijado— respondió Francis.

— Y el caracol los tiene ¿Lo ves? ¡Esa es una diferencia!

— ¡Pero el caracol solo los saca cuando está alerta, o asustado! ¡¿Qué pasa si con la tortuga es igual? ¡Habré ganado yo entonces, porque la tortuga sería un caracol que no siempre saca sus cuernos! Además, y otra cosa en común, es que ambos comen lechuga. Y ya sabes el refrán de "Dime lo que comes y te diré quién eres"— se jactó con una especie de risa, aunque iracunda — ¡Y ambos son comestibles!

— ¡Pero se preparan de distinto modo!

— ¡Eres el menos apto para rebatirme cosas de cocina! Y además, hasta donde he visto, se respetan mutuamente porque no se comen entre ellos, al igual que los lobos, y esto sólo puede deberse a que sean de la misma especie...

— Especie de tarado...— gruñó Arthur, retomando su caminata, zapateando furiosamente y ambas manos empuñadas con tanta fuerza como sus dientes se apretaban entre sí.

— ¡No quieres admitir las evidencias!— Francis le siguió, en condiciones de humor muy similares a las de su rival — ¡La babosa ha de tener su casa escondida, y eso la haría un caracol también, a la vez que también sería una tortuga!

— Pero el caracol no es un reptil, es un MOLUSCO, un MOLUSCO GASTERÓPODO, es decir que se mueve gracias a que tiene una especie de "pie" carnoso con el que puede arrastrarse...

— Pero el molusco es un animal blando, y que usa una casita que lleva a cuestas para encerrarse, tal y como hacen la tortuga y a escondidas la babosa. ¡Todos son el mismo animal!

— ¡Ya me estoy cansando de escuchar tus tonterías! ¡Años discutiendo idioteces, pero ninguna más absurda que ésta!— vociferó la "mujer" de coletas, deteniéndose en seco delante de su rival, muy cerca de ella, intimidándola con la mirada. La cercanía solo lograba a acalorar aún más el ya muy tenso ambiente formado en el pasillo de conexión con la sala de reuniones.

— ¡Y yo estoy harto de que me estés llevando la contraria por simples antojos tuyos! ¡Eres de lo peor!

— ¡Tú eres de lo peor! ¡No aprenderás nunca a debatir como se debe!

— ¡Estás cada día más loco, y quién sabe si tus rituales y creencias raras tengan que ver en ello! ¡Ya me cansé de pasar rabietas contigo! ¡MUJERZUELA HISTÉRICA~!

— ¡MUJERZUELA HISTÉRICA~!

"Ambas" se separaron. "La" inglesa volteó bruscamente, golpeando con sus coletas a "la" francesa .Y "ella", en venganza, haló ambas hebras de cabello sin ningún remordimiento. Estuvo a punto de iniciar, quizás, un nuevo encontrón, de no ser porque a los pocos metros, y acompañado con Gilbert, Ludwig se adelantó a detenerlos.

— ¡¿No es muy temprano para que estén discutiendo? ¡Muévanse al salón, será mejor...!— rugió "la" alemana, provocando una especie de huída de gran velocidad de parte de "ambas" rivales, en busca de un sitio más seguro.

Ya entrados los que estaban en la mansión, más calmados, esperaban a los demás, mientras hojeaban los documentos que habían traído para la junta. Casi diez minutos, y gran parte del tropel de representantes asiáticos se dirigían al encuentro de los demás.

— ¡Ana~! ¡No puedo creer que por fin esté aquí! ¡Qué emoción!— celebraba el representante tailandés, quien luego de entrar en contacto con sus hermanos a causa de la reunión familiar planificada, había también decidido asistir a la junta de representantes.

Em gái (hermana) ¿Las reuniones en éste país, cómo son?

— Hahn, te agradecería no me trataras como a una chica-aru...— reclamó Yao — Son... algo violentas...

— Esperable de los americanos— gruñó la vietnamita, que desde que supo tendría que asistir a aquél país tras acordarlo con sus hermanos, no dejaba de buscar oportunidades para descargar su rencor.

— Mira, para que se pasen más rápido, es bueno sentarse al lado de quien te cae bien, porque cuando las cosas se tornan tensas, puedes distraerte sin problemas... ¡Yo, por ejemplo, siempre me siento con Kiku!

— Una pregunta, Hahn... ¿Por qué trajiste un remo?— curioso, el hongkonés interrumpió.

— ¿Eh?... ¡Ah!... Olvidé dejarlo en casa... casi todo el día voy con mi remo en la mano, y me cuesta demasiado soltarlo. De hecho, se siente raro cuando no lo tengo...

— Igual que Iván, con su tubería-aru...— acotó "la" china. Hahn picó las costillas de su consanguínea — ¿Qué?

— ¿Vendrá Ông (Señor) Iván?

— Supongo que sí. Es raro que falte-aru...

— ¡Decidido! ¡Me sentaré cerca de él!— declaró ella, con sus ojos brillando de emoción.

— "Ella" querrás decir...

— ¿"Ella"? ¡Oh, mejor aún! Tendremos aún más cosas en común para tratar, después de tanto tiempo que no lo he visto...

— Cuídate de él... es peligroso...— sugirió "la" japonesa.

Entraron a la sala en fila, todos detrás de Yao. Hicieron una reverencia general a los demás presentes y buscaron sus sillas. Los dos asiáticos nuevos en el ambiente se decepcionaron, al no encontrar las suyas.

Phi Sâw (hermana), ¿Buscamos una silla, ana~?

— Claro, anh em (hermano) — la vietnamita y el tailandés se aproximaron hacia una pared, donde reposaban desocupadas una serie de sillas sin decorar con banderas, como las dispuestas a la mesa. El representante de Tailandia, sonriente y carismático, miró con detenimiento a la "dueña" de casa:

— ¿Puedo?— preguntó, enseñándole la silla.

— ¡Of course, man!— respondió Alfred, mostrando su dedo pulgar en alto. Señal diferente recibió de la asiática, quien con cara de pocos amigos, sólo se limitó a mirarle, para luego, tomar la silla. Arqueó una ceja, en señal de esperar una respuesta — ¡Yes, lady!

Cam on (gracias)— volteó llevando el mueble hasta donde divisó al representante cubano, también conocido de ella. Se acercó, depositando la silla lo bastante cerca, viendo con agrado que estaban muy cerca de la silla con la bandera rusa

— ¡Hola, Hugo!

— ¡Hahn! ¡Chica, cuánto tiempo!— el centroamericano se levantó, y pretendió abrazar estrechamente, como estaba acostumbrado, a su amiga de la Guerra Fría — ¡Ven, chica...!

— ¡No-no-no-no-no!— protestó ella, enrojeciendo — ¡Recuerda: "Ley del Metro cuadrado"...!

— Disculpa, chica. La costumbre— avergonzado, el cubano le ofreció poner su silla junto a él — Venga, chica, siéntese acá al ladito mío.

— Gracias.

— Oye, ahora que escucho eso del "Metro cuadrado"... ¿Y Hyung?— preguntó Im Yong a Yao, por lo bajo.

— Dijo que vendría-aru. Pero se negó a venir con nosotros. Supongo no estará muy lejos-aru...

— (Veamos. Ya llegaron muchos asiáticos, somos tres americanos, tres europeos, y un ermitaño sin nación... ¡Aún es demasiado!)— Alfred sacó cuentas mentales. Ya la hora de citación estaba a pocos minutos de caducar, y más de la mitad, mucho más, todavía no llegaba...

Otro tropel, más grande que el anterior, ingresó a la sala haciendo gran festejo: Cinco nórdicos, su pequeño familiar pseudo-inglés, y el par de hermanos de los Países Bajos y Bélgica.

Tino cantaba junto a Peter uno de sus más predilectos temas infantiles, mientras Berwald les miraba, no sabían si furioso o indiferente, y Soren acompañaba con aplausos. Vidharr y Einar, apartándose a un lado, parecían querer separarse del grupo e ir en busca de sus asientos.

Körö körö kirkkoon,
papin muorin penkkiin
mustalla ruunalla,
valkealla varsalla
peltojen ylitse,
aitojen alitse,
kilikello kaulassa
punaisessa nauhassa
pom, pom, pom.*

— ¡Peter, cada vez dominas más el finés!— comentó sorprendido el danés, desordenando los cabellos de su "sobrino".

— ¡Mi madre me ha estado enseñando muy bien!— acotó Peter, haciendo que Tino se estremeciera.

— Peter, por favor, no me digas "mamá" ¿Si?

— ¿Y por qué no?

— ¿Y p'r qu' no? Si 'res mi esp'sa...

— ¡Berwald, que no! ¡Soy hombre!— protestó en una risa Tino, llevándose a su favor una pequeña intervención de Hanatamago. El sueco negó con la cabeza, como desistiendo, y tomó con fuerza la mano del finlandés. — Eh... por favor... mi mano...

— ¿Qu'?

— ¡Mi mano!

— S'st'ngo tu m'no...— hizo algo más de fuerza — P'rque er's mi ESP'SA.

— Berwald...— la voz de Tino se cortó en un gemido que albergaba susto y conmoción. El danés se sonrió malicioso.

— Qué hermoso dúo. No conocía ese lado tuyo Svensk (sueco), pero creo que estás espantando al pobrecito Tino...

— No te metas en sus asuntos de matrimonio— reprochó Vidharr, tomando asiento en la silla decorada con la bandera de Noruega, con el islandés a su lado.

— ¡Vidharr...! ¡No te lo creas, no somos...!

— Si'ntate 'n mis pi'rnas...— ordenó en su inusual y poco convincente tono cariñoso, tomando asiento en la silla correspondiente a la reservada para él, y señalando sus muslos con palmaditas.

— ¿Qué?

— Si'ntate 'n mis pi'rnas, esp'sa...— Berwald jaló un poco el brazo de Tino. éste comenzó a tratar de negarse e imponer fuerzas, pero pronto, y una vez que hubieron entendido los demás acompañantes, animaron con la conocida cancioncita que muchas veces el mismo Tino solía cantar:

Yks kaks kolme,
istu isän plveen,
äiti sanoi: älä istu,
isä sanoi: istu vaan,
näin sitä istutaan!*

— ¡Si, ya estamos todos sentados!— apoyó Soren, llevándose también las risas de Peter. Tino ya estaba, contra su voluntad, acomodado en las piernas de Berwald y rojo como un tomate.

— (Esto es embarazoso...)

— Son escandalosos— gruñó bajo Johan, sentado en la silla que le correspondía como representante de Holanda. Alice estaba junto a él.

— Son una familia feliz— replicó ella, sonriendo enternecida — El pequeño es bonito...

— ¿De qué país será?

— No me lo preguntes...— la belga calló un momento. Detuvo fijamente su mirada en los ojos de su hermano, enrojecidos y medio llorosos — Johan...

— ¿Si?

— ¿Qué te pasó?

— ¿Ah? ¿Por qué preguntas?— el holandés desvió la vista.

— Mírame cuando te hablo...

— No, no, Alice.

— ¡Mírame!— sonaba irritada. Sin ánimos ni el coraje suficiente para contrariarla, trató de fijar las pupilas en las de su consanguínea... ella abrió la boca, sin decir nada, y frunció el entrecejo — Estuviste fumando...

— Lo necesitaba...

— ¡¿Qué pasó con lo de abstenerse a la hierba por una semana, hermano?— el neerlandés siseó, ofendido, exigiéndole silencio.

— No lo digas tan fuerte. No tienen por qué enterarse...

— ¡Imperdonable!

En el pasillo, llegaba otro tropel, ésta vez también europeo: Feliciano, Lovino, Antonio, Roderich, Elizaveta (quienes iban disimulando no querer mirarse, aunque coincidentemente sus sillas se hallasen juntas a la mesa), Heracles y Sadiq, quienes iban, como era de esperarse, pendientes de buscar a Kiku en la sala de reuniones, adelantándose en una ardiente y constante competencia por llegar primero una vez que la divisaron...

— ¡Buongiorno! (Buenos días) — gritó Feliciano, agitando su mano muy en alto y mirando a todos los presentes en el salón. Todos le devolvieron el saludo, algunos más animados que otros.

Gunaydin (Buenos días)— saludó en general el turco, porque pese a estar en incómodo roce con el griego, no olvidaba sus modales por nada del mundo.

Los demás, inclusive Antonio, saludaron con menos escándalo, algunos bastante fríos y distantes, y tomaron sus lugares.

— ¡West, West! ¡Mira!— llamó el prusiano, picando el brazo de "la" alemana con insistencia — ¡Míralos!

— ¿Qué debo ver?

— ¡Al condenado señorito! ¡Míralo!

— ¡¿Qué?

— ¡¿No se supone ellos estaban separados?— preguntó como quien no quiere creerlo, señalando a la pareja de "pecadores".

— ¿Ellos? Sí ¿Por qué?

— ¡Míralos!

— ¡Déjalos ser felices! ¡No te atormentes, bruder!

— ¡Pero...!

— ¡Ya! ¡Déjalos!— regañó entre dientes, sin dar verdadera importancia al drama interno de su hermano.

— ¡Pero ellos están separados~!— Gilbert golpeó su frente contra el tablón de la mesa — ¡Lo odio~! ¡Señorito de porquería...!

— ¿Lo oyes reclamar, Roderich?— susurró confidente la húngara, al oído de su ex-marido — ¿Tú crees que él...?

— Trata de no pensar demasiado en eso...— aconsejó el austriaco — Mientras más lo pienses, más grandes son las posibilidades que pase. "Ley de atracción", recuérdalo.

— Entendido.

— Finge indiferencia...

— Sí...— asintió ella, volviéndose hacia adelante, donde tenía la agradable visión de Tino hecho un atado de sonrojos y reprimendas por lo bajo, sentado en las piernas de Berwald. Sonrió con amplitud. Sería fácil pretender no estar al tanto de la presencia de su ex-marido, con tan deliciosamente tierna escena deleitándola toda la reunión.

Por otra parte, y a pocos metros de Kiku, se sentía una atmósfera especialmente tensa. Aún más que al haber estado discutiendo Francis y Arthur en el pasillo. Heracles y Sadiq seguían tratando de detener al otro en el pequeño e irrelevante acto de saludo...

— Por favor, caballeros... no sigan...— suplicó "la" japonesa, pálida por el miedo.

— ¡Vete a tu lugar, pulgoso! ¡Yo llegué primero!

— Quiero saludar a Kiku.

— ¡Yo también! ¡Lárgate!

— Lárgate tú...

— Caballeros, se los imploro. No peleen en público...

— ¡Apártate, Heracles!— el turco logró dar un certero codazo en el costado del griego, ganándose algo más de espacio. Tomó la mano de "la" japonesa, y besó el dorso con galanura — Un placer de encontrarnos nuevamente, Señorita Honda— subió la vista. A través de la máscara, Kiku vio con horror los ojos lascivos y seductores, que le dejaron helado.

Sadiq se apartó, anotándose mentalmente un punto a favor en su conquista. Heracles susurró algunos insultos en su idioma natal, dirigidos al turco. Recuperando su compostura, acortó distancia con su "amiga".

— Es el destino el que nos quiere juntos, Kiku. Compartir lugar y horario es algo que no se da todos los días...

— Señor Heracles, es porque nos citaron a ambos a una reu...— quedó perplejo. Hubiese deseado que todos sus parientes asiáticos hubiesen visto, con el desagrado y las intenciones de ayudarlo de preferencia, como el griego había invadido su espacio personal. Había besado su mejilla. Kiku quedó aún más helado de lo que estaba.

— Te ves preciosa hoy...— susurró él, dedicándole una especie de somnolienta pero seductora sonrisa, para luego alejarse, con desagrado, a su lugar junto a Sadiq.

— Kiku ¿Quiénes son ellos? ¿Amigos tuyos...?— preguntó Lee, que poco y nada había alcanzado a ver y escuchar — ¿Kiku?— escuchó a "la" japonesa soltar un gemido angustioso — ¿Qué ocurre?

— ¡Qué perturbador...!— sollozó "ella", para luego ocultar rostro pálido entre sus brazos, apoyándolos a su vez en el tablón de la mesa — ¡No puede estarme pasando esto...!

— ¿Qué?— el hongkonés acercó un poco más su silla a su "hermana".

— ¡No me entenderías, Lee! ¡Es horrible...!— Kiku sujetó a su hermano por los hombros, clavando los ojos llorosos en los de él, y diciendo completamente afligido — ¡Imagínate! ¡Ponte en mi lugar! ¡Supón que dos de tus amigos, muy, muy cercanos, que se la pasan peleándose por tu compañía, de repente se peleen por seducirte...! ¡Es tan perturbador! ¡Imagínate, Lee...!— su voz se quebró horriblemente dolida, mientras seguía remeciendo al menor — ¡Que se peleen por ti! ¡Que te traten con segundas intenciones...! ¡QUE TE QUEDEN VIENDO CON CARA DE TENER HAMBRE~~!

— Kiku, me lastimas los hombros...

Por el pasillo, casi en silencio, se acercaba el último grupo de representantes. Entre ellos, algunos también muy nuevos en el tema de las reuniones, provenientes tanto de la parte más recóndita e ignorada de Europa, y muchos también de Asia menor y la parte Norte del lejano oriente...

Dentro de los más destacados, los medio hermanos Vash y Larissa, los tres representantes bálticos, los tres hermanos eslavos orientales, y por supuesto, el polaco.

— ¡Tipo, como que nos hemos tardado mucho! ¡Debemos de ser los últimos!

— Pero no estamos tan atrasados, Feliks...

— ¡Tienes razón Liet! ¡Y además, sin todo el tiempo que me tomé en arreglar a tu jefecita para la junta no me sentiría tan realizado al verla!

— ¡"JEFE"! ¡"JEFE~"!— protestó "la" rusa, casi escondiéndose entre la abatida multitud.

— ¡Acostúmbrate!— regañó el polaco, para luego, tornar su semblante a uno jactancioso, y quizás hasta conmovido — Sin intención de halagarte, Iván... ¡Te ves hermosa!

— ¡Yekaterina, por favor, cállalo! ¡No lo soporto...!

Entraron todos en fila. Saludaron en sus respectivos dialectos, buscando luego sus lugares en el salón. Vash y Lilly, para desgracia del suizo, se sentaban junto a Roderich.

— Buenas tardes, Señor Zwingli— regañó el austriaco, llevándose un desdeñoso gesto por parte de Vash.

— Igual a usted, Eldestein...— tomó asiento, sin mirarlo.

— Buenas tardes, Señor Roderich— dijo la liechtensteiniana haciendo una educada reverencia levantando un poco el vestido.

— Muy buenas tardes, señorita Larissa ¿Como está usted?— prosiguió con simpatía Roderich, sonriéndole cariñoso.

— Muy bien, gracias. ¿Y usted...?

— ¡Lilly! Ya has fraternizado demasiado con él. Toma asiento— indicó Vash, incomodado, señalando la silla junto a él.

— Sí, hermano.

Avanzaron hacia el final del salón, donde sus puestos habían sido ubicados, varios de los representantes recién llegados. Todos veían pasar con asombro a "la" rusa, convertida en una especie de muñeca viviente, tierna y llamativa. Llevaba una especie de abrigo largo de particular rosa pastel, entallado a la cintura, ajustado con botones en cruz. Tenía bordes peludos color blanco en las mangas y el cuello. Sobre su cabeza, un simpático sombrerito del mismo material que los bordes del abrigo, con dos pompones colgando a un lado. Eran perfecto complemento los guantes de cuero café, muy claros, y las botas de taco aguja que había sido forzado a calzarse...

No parecía "la" misma rusa a la que muchos estaban acostumbrados...

— ¡Oh~! ¡Qué linda~!— soltó en un agudo y fanatizado chillido "la" china, no pudiendo evitar extender su brazo y alcanzar a tocar el abrigo y los bordes de las mangas.

— ¡Me encanta~!— la taiwanesa apremió, juntando sus manos y brillándole los ojos con una refulgencia cegadora.

— Se ve como una muñequita de porcelana— acotó Lilly, enternecida con lo que veía — Es hermosa...

— ¿Ves lo que provocas?— susurró Iván a su pariente eslavo — ¡Eres un mal primo!

— Soy un buen ganador— se defendió Feliks — ¿No te gusta jugar con fuego? Tipo, no te quejes si te quemas...

— ¡Buena ropa, russkie! ¡¿Te ha vestido Barbie?— comentó Alfred en una risa burlesca.

— Peor: la versión supuestamente masculina de ella...

— ¡Qué pesado!— rió el eslavo occidental — Agradece que te he puesto bonita.

A regañadientes, "la" rusa tomó asiento. Dejó un nuevo implemento al lado de la silla que le correspondía, ésta vez en vez de un grifo de metal, se trataba de una pala. Hizo un esfuerzo para levantar la cara, disimulando la vergüenza, para saludar a la vietnamita y el cubano.

— ¡Tanto tiempo, chico! ¡Acércate un poquitico más!— ofreció Hugo, para luego palmotearle cariñosamente la espalda. Iván le sonrió, devolviendo el saludo.

— ¿Cómo has estado?— preguntó Hahn.

— Bien, gracias por preguntar... ¿Qué cuentan?

— ¡Ah~, no mucho en realidad!— suspiró el centroamericano — Hace poco fui a un festival de jazz en La Habana ¡La música increíble, y las mujeres preciosas, como siempre!

— Yo hace poco fui al Festival Internacional de la Industria en Hanoi— comentó la vietnamita — Exhibían maquinarias para el corte del metal...

— ¡Qué interesante! Pues en Moscú...

— Oigan, oigan, oigan...— interrumpiendo a Iván, Alfred llamó la atención de los tres que conversaban tan amenamente — No se irán a sentar ustedes tres juntos... ¿O sí?

— No veo por qué no— respondió "la" rusa, encogiéndose de hombros. Pareció no percibir el miedo de "la" estadounidense.

Holy Shit...

— ¿Por qué, chico? ¿Te molesta? ¿Eh?

— En lo absoluto...— mintió "ella", desajustando el cuello de su camisa y tragando su espesa saliva. Estaba todo reunido el "Imperio del Mal", sentados acechándole desde aquel lugar en la mesa. Y quizás qué cosas hablarían, o qué planes malvados idearían en su contra. Podrían llegar a conspirar contra él mientras se daba vuelta para borrar la pizarra, o tal vez...

¡No! Imposible. Serían unos salvajes en su interior, pero de ahí a llegar a ese extremo, solo creía capaz a Iván... y a Hugo... y quizás a Hahn... ¡Admitámoslo! Eran un trío peligroso...


Ya entrados en calor para iniciar la junta, luego de que todos los ánimos y las ganas de hablar se fuesen apaciguando, Alfred designó al azar a una persona para que pasara una rápida vista al salón. Arthur fue "la" "afortunada"...

— Empieza...

— Veamos... ¡¿Portugal?

— ¡Presente!

— ¡¿España?

— ¡Aquí!

— Inglaterra, Francia... ¡¿Alemania?

— Presente.

— ¡¿Italia?

— ¡Aquí!— respondió Feliciano. Lovino también levantó su mano, pero no dijo nada.

— ¡¿Austria?

— Presente.

— ¡¿Hungría?

— ¡Aquí!

— Alfred va a ser demasiado largo si paso toda la lista...— protestó Arthur, apartando la hoja — ¿No sería mejor preguntar quienes faltan?

— No. Así es el sistema— "la" británica bufó — Pero si quieres, puedes acortar "agrupando" a los distintos países...

— Veamos... ¡¿Bélgica y Holanda?

— ¡Presentes!— respondieron los dos aludidos.

— ¡¿Los cinco nórdicos?

— ¡Sei~s!— protestó Peter, dando una especie de patada al tablón de la mesa por debajo.

— Bueno: ¿Están?

— ¡Si~!— respondió Soren.

— ¡¿Suiza y Liechtenstein?

— Presentes— respondió Vash.

— ¡¿Repúblicas de Checa, Eslovenia, Eslovaquia...?

— ¡Falta el representante de Eslovenia!— avisó la eslovaca. Arthur anotó.

— ¡¿Todos los de la península de los Balcanes?

— ¡Todos, menos Macedonia y Serbia!— avisó el búlgaro. Arthur volvió a anotar.

— Eh... ¡Ah, son demasiados...!— protestó entre dientes — ¡¿Unión Soviética?

— ¡NO NOS LLAMES ASÍ~!— protestaron catorce de los quince representantes presentes, y que alguna vez en la historia habían conformado a la enorme nación.

— Llámanos a todos, uno por uno— acotó el estonio, ajustándose las gafas con gesto ofendido.

— ¡Es demasiado largo...! A ver... ¡¿EX- Unión Soviética?— llamó, recalcando el prefijo añadido con tal de ahorrarse a su desgastada garganta los quince países.

— No estamos todos...— acotó Yekaterina, levantando tímidamente la mano — Falta la representante de Kazajistán...

— ¿La casa de quién?— preguntó Alfred, levantándose de su asiento y ladeando la cabeza estupefacto.

— KA-ZA-JIS-TÁN— silabearon los que lograron acordarse del nombre de la nación.

— Continuemos... a ver... ¿Oceanía?

— Están en la sala de al lado.

— ¿América Latina?

— También... menos Hugo— corrigió Antonio, señalando al representante de su ex-colonia, que levantó la mano al sentirse aludido.

— ¿África?

— En otra sala también, creo... luego les pediré la lista a ellos— dijo Alfred.

— Eh... ¡Ah, los de Asia son muchos...!

— Estamos casi todos los representantes de Asia y Eurasia-aru, sólo descuenta a Nepal, India, Camboya, Malasia y Tíbet...¡Ah! también Irak y Pakistán...— se adelantó a responder "la" china — Agrega al listado a tres nuevos-aru...

— ¿Tres?— Alfred miró a todos lados — Solo veo dos caras nuevas... ¿Es que acaso falta que llegue...?

— Yo— oyeron desde la puerta de acceso, luego de que éstas se abrieran casi de súbito. Todos quedaron perplejos, mirando al recién llegado joven, que vestido con un hambok completamente rojo, de chaquetilla más oscura, y con el cabello ordenado en una trenza que se extendía hasta la mitad de la espalda. Él avanzó por el costado de la sala de reuniones, luego de detenerse a hacer una reverencia de saludo a todos los presentes.

— ¡Hyu~ng!— Im Yong se levantó de su silla, levantando los brazos y aplaudiendo — ¡Llegaste!

— Disculpa... ¿Cuál es tu nombre?— preguntó Alfred, acercándose al asiático vestido de rojo.

— Mi nombre es Hyung Soo. Soy el representante de la República Popular Democrática de Corea, o como prefieren llamarle ustedes: Corea del Norte...

Todo fue silencio...

Alfred sintió que su corazón dejó de latir. Pero aún peor, estuvo a punto de desmayarse, luego de que Hyung, siendo bienvenido cálidamente por su familia oriental, fuese recibido en el rincón de los "rojos" por un entusiasmado cubano, que le hizo señas para que acercara su silla hacia donde ellos estaban.

— U-un momento...— llamó "la" estadounidense — No irán a...

— ¿Por qué tiembla tanto, señorita?— interrumpió preocupado Toris, que también sentado muy cerca de la pesadilla de "la" americana, se levantó a servirle como apoyo en caso de que entre tantos tambaleos fuera a perder el equilibrio.

— Por nada, por nada... empecemos con la reunión...

— ¡Esperen, yo tengo una protesta!— vociferó cierto albino de ojos bermejos, levantando su mano a la vez que se ponía en pie — ¡No me nombraron en la lista!

— ¿Te salté...?— Arthur revisó la hoja escrita. Había marcado los nombres de los representantes que habían dado señal de presencia, y también de lo que había visto y se había reservado a llamar. — No te encuentro...

— ¡Soy el representante de Prusia!— aclaró, señalándose a sí mismo con una mano sobre el pecho.

— Me temo que no estás aquí...

— ¡Me olvidaron! ¡Anótame como presente...!

— No empieces, por favor, dumm (tonto) — reprochó el austriaco, llevándose una mano a la frente y masajeando sus sienes.

— ¡Estoy en mi derecho! ¡Anóteme, fräulien (señorita)!— ordenó Gilbert, chasqueando sus dedos y señalando el listado en manos de Arthur.

— ¡No lo anote!— protestó Roderich.

— ¡Anóteme!

— ¡No le haga caso!

— ¡Es por igualdad!

— ¡Es una tontería! ¡Ignórelo!

— ¡Basta!— Arthur tiró lejos la hoja y el lápiz con que había corroborado la lista — ¡No estoy para juegos! ¡Que empiece la reunión!

— ¡No puede dejarlo así! ¡También faltó que me nombraran!— dijo desde una esquina, totalmente marginada, una mujer tapada por sus ropas y dejando solo los ojos al descubierto. Traía consigo una pancarta, escrito en un dialecto del Medio Oriente.

— ¿Quién eres tú?— preguntó Ludwig, en condiciones de humor no muy diferentes a las del austriaco.

— ¡Soy la representante de Kurdistán*!— dijo ella, orgullosa, levantando su pancarta. Sadiq golpeó su frente con la mano.

— ¡Te dije que debías quedarte en casa!

— ¡Nunca! ¡No me callarán! ¡No me callarán!— la mujer comenzó a caminar en círculos, levantando cada vez más la pancarta y mostrándolas en la cara de todos cuando se les acercaba — ¡Kurdistán todavía existe! ¡No me callarán!

— ¡Que vayas a casa, dije!— el turco se levantó, tomándola entre sus brazos y caminando con ella fuera del salón.

— ¡No! ¡No~! ¡Exijo mis derechos! ¡Somos nación! ¡Los kurdos aún existimos...!

— Sí, sí, linda...— el turco le dejó de pie en el pasillo, sosteniéndola por los hombros — Ve a casa, duerme un rato, y cuando llegue hablaremos detenidamente ¿Si?

— ¡No! ¡Déjame entrar!— la mujer trató de aventar la pancarta hacia el interior. Sadiq volvió a afirmarla, y llamó a uno de los guardias del sector — ¡Asegúrense llegue a Estambul sana y salva!

— Claro, señor...— los hombres la sujetaron firmemente por los brazos, y por poco y fueron arrastrándola por el pasillo hacia el exterior.

— ¡Van a ver! ¡Van a ver quién soy! ¡VAN A ARREPENTIRSE~~!

El turco volvió a entrar al salón. Todos miraban atónitos.

— Dispénsenla. Es una loquilla rebelde...— explicó, sonriéndose.


La reunión, aunque sin grandes disturbios, no fue del todo normal como podría haberse esperado. Todo rastro de realidad estaba en exceso distorsionado...

— ¡No entiendo por qué siempre te pones en mi contra! — regañó Alfred, luego de haber llenado la pizarra de bocetos y esquemas acerca de cómo podría evitarse el derretimiento de los polos, y por ende, la muerte de ositos polares (por supuesto, algo ideado en conjunto a Matthew y Kumajirou). Aún con todas las explicaciones, ejemplos y demás reflexiones, se había llevado una rotunda negativa por parte de "la" británica.

— ¡No te hagas el tonto! ¡Tú deberías saber por qué! ¡Idiota!— escupió venenoso Arthur, cruzado de brazos y con la espalda apoyada en la pared.

— ¡Bueno, sé bien que me tienes un enorme rencor...! ¡Pero admite que es una buena idea y cede un poco! ¡Hazlo por los osos polares!

— ¡Que no! ¡No me gustan tus ideas! ¡No cuentes conmigo, soñador!— Arthur dio media vuelta, con el entrecejo fruncido. Soltó un gruñido. Alfred se le acercó por la espalda, y tocó su hombro incitándole a que se volteara por un mínimo de respeto a su persona.

— Oye ¿Por qué estás tan negativo hoy...?

— ¡Nadie entiende lo que me pasa!— rugió potentemente, haciendo que Alfred apartara la mano de su hombro con un solo golpe — ¡En especial TÚ...!

— ¡Oye, oye! Tranquilo...— regañó "la" estadounidense — ¿Qué te pasa?

— ¡¿Quieres saber qué me pasa? ¡Te diré lo que me pasa!— "la" inglesa comenzó a enumerar con sus dedos todas y cada una de las cosas que vociferaba — ¡Me duele todo el cuerpo, estuve enfermo y creo que aún lo estoy, me molesta ese cara de rana con sus discusiones absurdas, me obliga mi ama de casa a ponerme éste vestido, llevo más de cinco días sangrando sin morir...! ¡Y TENGO FRIZZ!— señaló ambas coletas, en verdad más voluminosas que lo normal.

— ¡Quéjate todo lo que quieras, vulgar delincuente!— le gritó de pronto Francis — ¡Pero si vas a seguir haciéndolo con ese tono y por cosas tan estúpidas, mejor vete! ¡Me empiezas a dar dolor de cabeza!

— ¡No te metas, campesino!

— ¡Me meto si quiero! ¡Soy parte de la reunión, y no tengo por qué estar escuchando tus divagaciones de neurótica!

— ¡Entonces eres tú el que debería irse, franchute! ¡Si no estás dispuesto a soportarme, la puerta es ancha!— "la" inglesa se volteó hacia su "enemiga" de siglos, encarándola muy de cerca tal y como en su discusión anterior.

— ¡No me voy! ¡Tú deberías callarte!

— ¡No me callo! ¡Tú deberías irte!

— ¡Cállate!

— ¡Vete!

— ¡Ya paren los dos!— ordenó "la" alemana con voz autoritaria. Ninguno de los dos hizo caso.

— ¡No eres más que un cretino, odioso y tarado!— le gritó Arthur a Francis, poniéndose de puntillas y acercándose aún más, imponente, intimidante.

— ¡Y tú un vulgar conservador, histérico y poco seso!

— ¡Habló de poco seso el más intelectual!— recalcó "la" inglesa entre un grito y risa burlesca.

— ¡Y habla de inteligencia quien no tiene idea de zoología!

— ¡El que no sabe nada eres tú, burro!

— ¡No me insultes!— amenazó "la" francesa, acercándose también a su "enemiga", e imitando su gesto de fiereza.

— ¡No te insulto! ¡Te desenmascaro, TORTUGA!

— ¡CARACOL!

— ¡Fuera de mi salón!— ordenó Alfred, señalando la puerta verdaderamente molesta. Costaba sacarlo de sus casillas, pero por fin y casi por vez primera, lo habían conseguido...

Sin intenciones de hacer verdadero caso, Arthur y Francis caminaron en dirección a la salida como si lo hicieran por cuenta propia, empujándose, insultándose y tirándose de los cabellos. Una vez idos, la paz volvió a reinar en el salón, solo escuchándose algunos gritos lejanos desde el pasillo.

— Continuemos, será mejor-aru...— suspiró "la" china. Volteó hacia el tailandés, que se hallaba cabizbajo y aparentemente no tan agradado, pese a que sonreía — ¿Te sucede algo?

— Es que... bueno... en mi país es muy mal visto que dos personas peleen en público. Aquí la gente parece ser muy violenta-ana~...

— Es normal aquí. No te preocupes-aru, te aseguro no lo hacen en serio-aru— consoló "la" china, acariciando el hombro del tailandés.

— Pasemos a otra cosa, será mejor— sugirió Roderich — El asunto de los osos polares, eso sí, no quedará en el aire.

— Anota, Eduard— dijo por lo bajo el letón, viendo que su hermano se hallaba distraído viendo a su "jefa" con un gesto evidentemente enternecido. El estonio reaccionó.

— ¡Claro, claro...!— sus dedos teclearon ágilmente — ¿Siguiente punto?

— Por obvios motivos, el tema del calentamiento global quedará para el final— dijo Vash — Quiero escuchar algo acerca de sus situaciones económicas, después de todo, soy quien está a cargo de la caja de juntas y llevo el conteo de quienes pagan sus cuotas y quienes no...

— Yo hace poco deposité los tres meses de atraso que tenía, Señor Zwingli— dijo el danés — En conjunto, quisiera que luego usted y yo hiciéramos un par de proyectos para cotizar inversiones, y así ver la posibilidad de doblar la cantidad que hay en la caja en poco tiempo, y por un pequeño esfuerzo...

— ¡¿Doblar la cantidad?— El suizo quedó boquiabierto — ¡¿C-cómo harás eso?

— Confíe en Soren, señor Zwingli— sugirió el finlandés, quien aún sentado sobre las piernas de su "marido", parecía algo más a gusto a pesar de la vergüenza — Es un muy buen negociante, y puede hacer mucho...

— ¡Así es!— Soren carcajeó jactancioso — Y quería proponerles que si para fin de año los fondos son suficientes, se podría costear alguna especie de paseo o actividad de recreación para todos los representantes, con el consentimiento de nuestros superiores...

— ¡Me gusta como piensa!— apoyó Feliciano, entusiasmándose con la idea de una divertida y novedosa experiencia.

— ¿Algo así como vacaciones?— preguntó Hyung, tras pedir la palabra.

— Como quieran llamarle. No solo servirá para relajarnos de las estresantes reuniones que a menudo tenemos, sino que también para estrechar lazos. Me explico: al ser un contexto social distinto, podríamos conocer nuevas facetas, compartir experiencias, y...

— ¡Lo apoyo! ¡Me gusta, me gusta!— interrumpió Hugo, aplaudiendo estrepitosamente. A su lado, Hahn sonreía ampliamente.

— Muy buena idea.

— Entonces hablaremos luego de negocios— concluyó Vash, con el mismo gesto serio de siempre — Ahora mismo, haré recuerdo de quienes son los que deben apresurarse en pagar...


¡Momento de receso!

Ya entradas algunas horas de acuerdos resueltos como inconclusos, "la" estadounidense dio la libertad de caminar por el edificio, con la condición de que dentro de una hora todos estarían de vuelta en el salón para continuar con la reunión,

Algunos habían aprovechado el impulso para almorzar.

Cabía destacar en ésta actividad a toda la familia proveniente de Asia, que habían armado casi un picnic dentro de la sala mientras esperaban. Yao había llevado consigo una pequeña estufa, como acostumbraba a hacerlo, para calentar o preparar algunas cosas que en casa no había alistado. Muchos de los miembros de la rama oriental más extrema llevaban en prácticos envases herméticos algo de comida preparada, agua caliente en termos, servilletas, palillos, pequeños manteles que ponían sobre la mesa para acomodar allí sus platos.

— ¿Alguien quiere decir algo antes de empezar a comer-ana~?— preguntó sonriente el tailandés, con las manos juntas en disposición de iniciar alguna especie de oración o brindis.

— ¡Esperen! — interrumpió el surcoreano. Hizo señas hacia el otro extremo de la mesa — ¡Hyu~ng! ¡Ha~hn! ¡Vengan aquí-daze~!

— ¿Uh?— la vietnamita se volteó en su asiento — Es mi familia. Hyung, creo que nos están invitando con ellos.

— Pues ve, Hahn.

— ¡Vamos los dos! Será fabuloso, y podremos hablar aún más acerca de nuestra reunión familiar...

— Me sentiré incómodo— afirmó él, cruzándose de brazos y encogiendo los hombros.

— Es la oportunidad de compartir...— insistió ella. El norcoreano enrojeció un poco. Disimulado, se medio sonrió

— Creo... que por ahora los dejo— dijo Hyung al cubano y "la" rusa — Con su permiso— ambos asiáticos antes sentados en el "rincón rojo" se levantaron de sus asientos, y llevaron con ellos sus sillas en dirección a donde todos los demás se habían reunido.

— Si me disculpas tú también, chico, me iré afuera a fumar un cigarrito...— dijo Hugo, mostrando el habano ya dispuesto entre sus dedos. Se levantó, y caminó hacia la puerta de salida diciéndole — Si me buscas, estaré en la entrada del edificio.

Yao, MeiMei e Im Yong celebraron la venida de sus dos parientes más lejanos.

— ¡Vengan! Les hemos reservado especialmente unas tazas para el té después del almuerzo— invitó la taiwanesa.

— Yo he traído GoHand* que he preparado ésta mañana para todos— dijo Kiku, sacando de la pequeña maleta que traía consigo una cajita envuelta en tela lisa de color blanco — Los he hecho especiales según nuestros gustos...

— ¡Qué considerado!— exclamó MeiMei — Yo he hecho Min Pao*— sacó una cajita rosa pálido, decorada ricamente con diseños de flores y otras figuras en tonos más oscuros. Así, todos los demás sacaron lo que habían traído para comer: bocadillos para compartir, platos fuertes individuales típicos de cada nación.

— ¡Esto es casi un festín-ana~!— celebró el tailandés, sobándose las manos — ¿Quién da el inicio?

— ¿Y si todos lo hacemos?— sugirió el hongkonés.

— Entonces no esperemos más: ¡Zhù hao wèi kou! (Buen provecho)—

Zhù hao wèi kou— respondieron Lee y MeiMei.

Doozo (sírvanse)— dijo Kiku, señalando con la palma extendida lo preparado — Itadakimasu (me serviré)— añadió con una sonrisa, haciendo una especie de reverencia antes de tomar sus palillos.

Manh-i deuseyo (Buen provecho)— dijeron a coro ambos coreanos , a lo que Hyung dio un pequeño respingo de sorpresa. Im Yong se rió un poco.

An ngon mieng (Buen provecho)— deseó la vietnamita, imitando el gesto de Kiku y reverenciando la mesa levemente.

— ¡Thi ca kin! (A comer) — rió el tailandés, iniciando por fin el almuerzo.

— ¿Quieres algunos bocadillos, Vanya?— ofreció Yekaterina, tocando cuidadosamente el hombro de su "consanguínea".

— No te ofendas, Yekaterina... pero no tengo hambre. Gracias...— respondió "la" mujer rusa, cabizbaja.

— ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo ?— la ucraniana tocó con la palma de la mano la frente de su "hermana" — No pareces enfermo...

— Lo único que me enferma es ésta ropa...— se quejó en un pesado suspiro, mientras desdeñoso repasaba los coquetos adornos del atuendo con la mirada — ¡Ni siquiera me gusta el rosa!

— No te vez mal, Vanya. Y te sientan bien las prendas entalladas— halagó ella , ordenando algunos mechones de cabello tras las orejas de "la" eslava — Te ves muy linda...

— Kolkolkolkol...

— ¡V-Vanya...!— la mayor convulsionó en un violento temblor, alejándose — ¡N... no te... enojes...!

— Mataré a Feliks. Lo voy a matar, y cuando esté muerto: volveré a matarlo... lo moleré como quien muele ajo en un mortero, con una piedra o algo así...— susurraba para sí mismo Iván, llenando casi la totalidad de la sala con un aura espesa, oscura, que enfrió todo el habitáculo.

— ¡Tranquilo...! ¡V-Vanya... ya pasará...!

— No podría ser peor. Ese es mi único consuelo...

— ¿Por... qué dices eso?— preguntó Yekaterina.

— Porque no me entra su ropa. Con eso descarto el usar vergonzosos sweaters, faldas cortas y esas cosas que a él le gusta ponerse cuando está en casa... de hecho, lo único que me entró de su guardarropa fue éste abrigo, que ni siquiera es suyo, sino que es una especie de reliquia, o algo así...

— Pues... si con eso te sientes mejor...— la ucraniana sonrió — ¿Quieres que me quede aquí contigo?

— Si gustas, claro...— respondió Iván — Oye... ¿Y Natasha?

— Creo que Toris la ha invitado a dar una vuelta afuera...— "la" rusa sonrió cansina, bufando desganada:

— Es tan terco... yo se lo advertí.

— ¿Eh? ¿Te refieres a...?— la ucraniana sonrió levemente — Vanya...

— Yo le dije. Le dije que no le siguiera insistiendo. Le hace mal llevarse tantas negativas, y más encima con lo sensible que se pone a veces... no me extrañaría llegue aquí muy triste, como otras veces...

— Es parte del amor el sufrir por quien se quiere...

— Pero no de esa forma. Es destructivo para él.

—No te preocupes. Si él quiere tomar sus iniciativas con Natasha, tarde o temprano podría conseguirlo, o bien entender que no podrá ser— Yekaterina se movió un poco en su silla, haciendo que inevitablemente sus pechos sonaran — ¡Es tan romántico! Como me gustaría conocer a alguien que me tratara con tanto cariño, tanto respeto y consideración como lo hace Toris con nuestra hermanita menor. Es el sueño de toda mujer el encontrar un hombre así de dedicado...

— A Natasha parece fastidiarle. Aprecia sus regalos y todo, pero no comparte sus intenciones. Que pena que no todo sentimiento por bien intencionado que sea, no sea mutuo...— dijo "la" rusa, casi susurrando. No queriendo inquietar a su hermana mayor, dedicó una de sus más enormes y bien fingidas sonrisas — Qué lejos y qué bajo se tiene que caer para buscar la felicidad...

— No me parece que estés hablando así mientras te sonríes, Vanya...— acotó la ucraniana, poniendo uno de sus brazos en torno a su "hermana", y atrayéndola un poco hacia ella — Estás extraño últimamente...

— Me siento extraño, la verdad...

— Y no parece ser obra de su extraña transformación. A lo que me refiero, es... bueno, tengo la ligera sensación de que te estás preocupando mucho por Toris éste último tiempo...

— Son es impresión tuyas, sestra— dijo rápidamente, sin poder evitar enrojecer un poco — Siempre he sido así con mis subordinados.

— Pero estás más apegado a él, al parecer...

— Siento mucha confianza con él, y me da la seguridad de compartir algunas cosas que con otros no me atrevería, o me sentiría incómodo... quizás por eso me le he acercado tanto el último tiempo...— confesó Iván, tratando de disimular su nerviosismo. Miró de reojo el canastillo de mimbre traído por Yekaterina, tapado por un muy coqueto y elaborado pañuelo bordado, tapando los bocadillos antes ofrecidos — ¿Tendrán hambre Eduard y Raivis?

— Les diré que vengan. Están con Feliks, así que también le ofreceré— ella se levantó del asiento, nuevamente con velocidad e impulso suficiente como para que resonara ese tan característico sonido emitido por su busto. Cruzó los brazos, roja como nunca, pretendiendo avanzar por el salón sin llamar demasiado la atención. No más de lo que ya lo hacía.

— Así que como les iba diciendo, el otro día vi unos súper lindos trajes en una tienda de alta costura, y ni te digo lo maravillado que me dejaron sus precios, y eso que no estaban en descuento. Los encontré ideales, así que pasé a ver y me dejé unos reservados para cuando tenga dinero a mano...

— ¡Khlopchykiv (Muchachos)! He traído unos bocadillos hechos ésta mañana, y quería saber si quieren comer algunos...

— ¡Ah, Katiusha! siempre eres tan dulce.

— Nos encantaría, Señorita Braginskaya— agradeció el estonio, dirigiéndole una mirada a Raivis — ¿Vamos?

— ¡Claro! ya me está dando hambre...— comentó el letón. Caminaron tras Yekaterina, hasta llegar al sector donde anteriormente había hablado con Iván. "Ella" les hizo una seña de bienvenida, ofreciendo los asientos contiguos al suyo.

Feliks caminó detrás de ella, y para extrañeza de todos, le rodeó el cuello con los brazos a su pariente eslavo.

— ¿A tí qué te dio?— preguntó Iván, sonriéndose atónito.

— Pareces una muñequita con lo bien que te he arreglado. O sea ¿No soy un gran artista?— "la" rusa se estremeció.

— No se ve nada mal— afirmó Raivis, llevado por su impulso de natural sinceridad — Es una mujer muy bonita.

— ¡Raivis...!— Iván estuvo a punto de protestar. Consideró incorrecto hacerlo, después de tan conmovedor cumplido, por incómodo que fuera. Titubeó un intento de respuesta, poniéndose cada vez más rojo.— G... g... gra...cias...

— Por nada.

— Traje Syrok v shokolade* para todos. Los preparé ésta mañana— Yekaterina destapó el canastillo. A todos les brillaron los ojos — ¡Pryyemnoho apetytu (Buen provecho)!— El canastillo se vació hasta un poco más de la mitad, cuando todos los invitados tomaron uno de los dulces.

— ¡Están muy sabrosos!— felicitó Eduard, tomando la mano de la ucraniana y besándola en el dorso — ¡Es usted una gran cocinera!

— ¡Me gustan!— apremió Raivis.

— Katiusha, luego te pediré la receta ¿Sí, linda?

— ¡Claro, Feliks! Cuando gustes— Yekaterina mordió uno de los bocadillos, saboreando su propia obra de arte.

Por otra parte, "la" americana disfrutaba de un hotdog que mandó a pedir a uno de los "chaperones" del edificio, sumado a una coca-cola bien helada. Sorbía y masticaba rápidamente, a veces se atragantaba, o escurrían los condimentos y la bebida hasta su barbilla. Por acelerado que fuese su almuerzo, era relajante saborearlo.

Pero no con un cubano mirándolo con odio desde la pared de en frente, soltando las espesas bocanadas de humo provenientes de su habano. A Alfred se le secó la garganta por los nervios... pretendió ignorarlo, comiendo más a prisa, atragantándose más veces, mirando por la ventana, pero sorprendiéndose con el reflejo de su enemigo centroamericano.

— ¿No deberías estar en la reunión de países latinos, en la sala del piso de abajo?— dijo "ella", sin poder soportar más sus nervios.

— Eso se llama discriminar.

— Es segregación justificada— se defendió — Hay asuntos que atendemos solo nosotros, y...

— Pero separas a América Latina del resto de los representantes. También somos parte del mundo, y parte MUY importante— retó Hugo.

— Lo sé, no te niego eso. Pero...

— Me tienes miedo.

— ¿Miedo?— Alfred soltó su característica carcajada — ¿De qué tendría que temerte? Puedo controlar las acciones de tu país con solo un bloqueo momentáneo. Y no es que quiera llegar a tanto...

— No me temes a mí. Temes a lo que puedo llegar a hacer contigo.

— Estás diciendo lo mismo, por si no te has dado cuenta.

— No es lo mismo. Porque es distinta la inseguridad que yo te produzco, a la que te produce por ejemplo Iván ¿O no, chico?— Hugo tiró su habano casi consumido en su totalidad. La misma caída hizo que la colilla se apagara — Tú le tienes miedo a Iván. Y tú tienes miedo de lo que puedo llegar a hacer con un poco de su ayuda...

— ¿Es una amenaza, commie?

— No. No lo es.

— Porque ni tú ni ese... ex-comunista me asustan. Sí se que podrían conspirar contra mi si quisieran, pero yo...

— ¿Quién habló de conspiraciones?— rió el cubano.

— ¡Ah, basta! Sabía que algo malo se traían sentándose todos ustedes juntos en el salón...— "ella" volteó, ya habiendo acabado su almuerzo, para regresar al salón. Hugo la siguió de cerca — ¿Me persigues, o coincidentemente vamos al mismo lugar?

— Qué pregunta tan obvia— el centroamericano se le acercó, tocando su hombro y dejando a "la" norteamericana helada.

— ¡N-no me toques...!

— Fuera de tema señorita, pero déjeme hacerle saber que aún puedo llegar a Miami nadando si quiero. Váyase con cuidado— guiñó su ojo malicioso, y continuó su camino.


Ya casi acabada la hora de almuerzo, y luego de que Alfred recuperara por fin la cordura y el aliento, se dispuso a volver al salón. La gran mayoría había disfrutado una reponedora comida, habían recuperado los ánimos y saciado sus ganas de hablar amenamente.

Quien no se había logrado desenganchar tan fácil de la conversación, y para extrañeza de muchos, fue Hyung.

— Tu país parece ser muy interesante, hermano... ¿Podemos ir a verte algún día?— preguntó MeiMei, verdaderamente cautivada con lo que Hyung les relataba.

— Eso creo. Arreglen alguna clase de reservación, o avísenme con tiempo. Quizás esté tratando de captar su atención solo con las cosas interesantes, y he olvidado relatarles los detalles menos agradables de mi patria. Pero es mejor que lo juzguen ustedes mismos...

— ¿Y tú nos visitarás de vez en cuando?— preguntó Lee.

— Quizás lo haga. No prometo demasiado...

— Cambiando de tema... ¿En qué quedaremos con la reunión familiar?— dijo Hahn.

— ¡Yo ofrezco mi casa-aru! Es lo bastante espaciosa para cobijarnos a todos, tiene muchos cuartos ya preparados, y una cocina que rinde mucho-aru. Además de todos los recuerdos: fotografías, algunos juegos que he conservado a salvo...

— Y es casi un punto central para todos nosotros-daze~— agregó el surcoreano.

— ¡Qué bien! Me programaré para comenzar los preparativos del viaje para ese día, y llevaré mucha comida-ana~.

— Kiku debe llevar películas y animés ¿Si~?

— Claro, MeiMei— "la" japonesa sonrió. Miró en dirección a la puerta — Ahí viene Alfred-san...

— Parece muy pálido-aru...

— Parece asustado— acotó el hongkonés, arreglando su silla.

— ¿Y de qué lo estaría?— preguntó Im Ying. Dirigió una mirada maliciosa a Hyung — ¿Tú y tus amigos le han estado metiendo miedo, acaso?

— Quién sabe...— Hahn se sonrió de forma soberbia — Quizás sí se ha asustado. Algo raro proviniendo del "héroe".

— Ilusos americanos. No pueden hacer nada aunque lo quieran— el norcoreano sonrió de la manera menos linda y adorable posible — Tenemos bombas...

— ¡B-bombas...!— Alfred, que no estaba demasiado lejos, dio un respingo al escuchar al asiático. Pretendió seguir caminando, de no ser porque nuevamente entró en estado de shock. Hahn soltó una carcajada, y al pasar con su silla junto a "la" americana, le dio una especie de palmada en la espalda.

— ¡Avance! Tiene una junta que dirigir.

— Y-ya voy...— Alfred caminó rápido, evitando toparse con la "Junta del Mal" completamente reunida, resguardada en la seguridad de la parte delantera del salón, o algo similar...

— Ya parece que la hora de descanso acabó— comentó Eduard — ¿Vamos, Raivis?

— Ja (sí) — respondió el letón, tomando su silla y caminando hacia la verdadera posición en que ésta debía estar — Oye... ¿Y Toris?

— ¡Cierto! Debería haber llegado ya...— el estonio miró a todos lados, en busca de su hermano mayor — No es costumbre suya la de retrasarse...

— Y tampoco está Natasha...— Yekaterina buscó por todas partes a su hermana menor. Iván soltó un suspiro, y luego, dijo sonriendo.

— Se habrán perdido de vuelta al edificio, quizás.

— Quizás qué le hizo esa loca a Liet por el camino. Juro que la mataré si llega con sus dedos rotos, como la otra vez...— protestó Feliks por lo bajo, frunciendo el entrecejo.

— No especulemos negativamente. Quizás su "cita" se ha alargado más de lo esperado, simplemente— defendió Eduard, llevándose una risita cómplice por parte del menor de los bálticos.

— Que no se atrasen demasiado nada más...

Y por otra parte, los seis nórdicos habían llegado de su recién acabado almuerzo en una cafetería cercana. Tras ellos, una muy complacida húngara, acompañada por su ex-marido.

— Señorita Héderváry, no sé cuál ha sido su intención al llevarse a ese lugar de comidas en vez de quedarnos aquí, como tenía previsto...

— Cambio de planes, Eldestein— respondió ella, fingiendo ser fría y distante en presencia de los demás.

— Pero lo que más llamó mi atención, es que no dejó de seguir a todos lados a la pareja que todo el rato observó durante la reunión...

— ¿De qué habla?

— Sabe a qué me refiero, Señorita— el austriaco sonrió con cierta malicia, mientras que una extraña sensación, mezcla de asco y nerviosismo, revolvió su estómago haciéndolo temblar — Eso se llamar fetichismo, y voyerismo.

— ¿Y bajo qué criterios me está acusando?— la húngara, viéndose descubierta, soltó una risita.

— Lo digo porque la conozco muy bien...— reprendió Roderich, poniéndose en actitud seria de pronto, aunque notoriamente fingida — Eso no se hace.

— No me trate como a una niña. Vamos a sentarnos, será mejor...

— Concuerdo.

— ¡Hace tanto que no comía algo diferente a las cosas que hago en casa!— comentó Soren, sentándose en su lugar.

— Consumen mucha sal— agregó Vidharr — Pero no me desagradó la bebida.

— A mí me cayó pesado al estómago— añadió Einar.

— Lo importante es que lo hemos disfrutado todos juntos— dijo Tino, adelantándose a tomar asiento en su silla, antes de llevarse cualquier indirecta o petición de parte de Berwald.

— C'mo una f'milia...

— ¡Exactamente!— apremió el danés

— ¿No se va a sentar en sus piernas, como antes?— se preguntó Elizaveta en voz alta, pero para sí misma.

— Eso es lo que usted desea, Héderváry— la húngara suspiró pesadamente.

— Qué fastidio...

— Así podrá poner más atención en la reunión, después de todo...— ella le dio una suave palmada en el hombro, mientras sonreía rendida.

— Guarde silencio...

— Como guste, Señorita. Como usted guste.

Entraron también, y más calmados en lo referente a su absurda discusión, Francis y Arthur. Aunque no estaban precisamente tranquilos...

— ¿Qué les pasa a ustedes?— preguntó Ludwig, terminando de limpiar el desastre de salsa y pasta que había dejado Feliciano en la mesa — Tienen cara de haber enfermado...

— En el pasillo están discutiendo...— dijo casi sin aliento "la" británica.

— Y parece ser muy serio...— añadió Francis, más pálido que nunca en su vida, y no solo a causa de su "primer mes".

— ¿Quienes?— interrumpió Iván, no logrando hacerse la idea de quién habría asustado tanto a ambas "señoritas".

— ¿Quienes crees? Tu hermana y su novio...— respondió Arthur, buscando refugio en la silla que tenía apartada en su rincón predilecto. Iván se levantó de la silla.

— Iré a ver...

— Vanya, ha de ser peligroso si vienen así de asustados— dijo Yekaterina, tomándole del brazo — Te aconsejo no lo hagas.

— Si Natasha viene en plan de pelea, te aseguro nadie más que yo podrá calmarla si así es necesario...— "la" rusa siguió avanzando hacia la entrada del salón. Escuchó los respectivos idiomas natales confundirse entre gritos desgarradores, e intervenciones con explicaciones que la menor de las eslavas desoía.

Leiskite man pasakyti jums, panele Natasha... (Déjeme explicarle, Señorita Natasha...)

— ¡Zatyknisia, idyjot! (¡Cállate, idiota!)— gritó ella con potente desdén, dejando a Toris estupefacto.

Tai buvo ne mano ketinima izeisti jus, prisiekiu (No era mi intención ofenderla, se lo juro)— se defendía el lituano, tratando de tomar a la bielorrusa del brazo, con tal de retenerla y ser escuchado. Ella forcejeaba y apartaba sus manos de las de él, avanzando por el largo del pasillo y golpeando sus tacones en el mármol con más furia que nunca antes.

— ¡Zrazumiejcie, što ja nie chacu viedac bolš pra vas! ¡Ja ciabie nienavidzu! (¡Entiende que no quiero saber más de tí! ¡Te odio!).

Maldauju, paklausyk manes (Se lo suplico, escúcheme)— pidió el castaño, nuevamente asiendo la mano de la muchacha entre las suyas, sosteniéndola fuertemente — Manau, kad jus neteisingai suprato mano pareiškimus. Tai nereiškia, kad staiga nesate svarbu man... tid kat... (Creo que malentendió mis declaraciones. No significa que de pronto usted no sea importante para mi... solo que...)

Y de pronto, Natasha logró zafar su mano del firme agarre, dando una muy fuerte bofetada en la mejilla derecha de su eterno pretendiente. Los ojos de ambos se llenaron de lágrimas.

— ¡Nie kazacie mnie znou u toje, što zastalosia ad zyccia! (¡No vuelvas a hablarme en lo que te queda de vida!)— rugió como último la joven, dándose media vuelta y avanzando hacia el salón. Desde la puerta, "la" rusa observaba sin poderlo asimilar. Al entrar, Natasha dio una especie de empujón a su "hermana", y las lágrimas bajaron osadas por las blancuzcas mejillas, ahora enrojecidas por el llanto. Iba cabizbaja, pretendiendo no ser vista, pero una vez que hubo llegado hasta Yekaterina, se abalanzó a llorar sobre su pecho.

— ¡Natasha...! ¿Qué ocurre?

— ¡Quiero irme a casa!— sollozó contra el cuerpo de la ucraniana, apretando con las manos empuñadas partes de la blusa a la que se había aferrado — ¡Quiero irme...!

— Tranquila, tranquila, no es momento...— la mayor la rodeó con sus brazos de forma protectora. Una especie de círculo se formó en torno a ambas eslavas orientales. Los que se habían acercado a ayudar, tendieron vasos de agua, ofrecieron pañuelos y parecían estar esperando el momento para preguntar. Y aquellos que habían sido llamados por la curiosidad, las bombardearon de preguntas.

— Querida ¿Qué ocurre?— preguntó Francis, tratando de apartar a Natasha de los brazos de su hermana y ofreciendo su hombro para llorar.

— ¡Déjenme sola...!

— Niña, no llores— le dijo Hugo, poniendo una mano sobre su hombro — Cuénteme lo que le pasó...

— ¡Oigan, oigan! ¡Déjenla respirar!— dijo Alice, comenzando a apartar a todos quienes consideraba de sobra en ese "círculo", abriéndose paso con los brazos. Afirmó las muñecas de la ucraniana, y comenzó a guiarla junto a Natasha fuera del salón — Vamos al baño. Le hará bien tomar algo de agua...

— ¡¿Qué esperan? ¡Muévanse, no estorben!— rugió Ludwig, apoyando a la belga y comenzando a limpiar el camino hacia fuera del salón, señalando los puestos y advirtiendo a quienes estaban todavía obstruyendo el paso.

— Alizée, mon ami ¿Irás tú con ella? ¿No quieres que las acompañe?

— Descuide, Bonnefoy, yo iré con ellas... ¡Johan!

— ¿Qué?

— Pásame unos cuanto dulces de los que tengo en mi cartera...— el holandés hurgó en el bolsito de su hermana, y le tendió un tubo con caramelos de colores, a medio consumir. Alice los recibió, y siguió caminando junto a Yekaterina y Natasha. En la puerta, Iván les detuvo.

— Yekaterina... ¿Estará bien?

— Claro, claro... sólo necesita calmarse un poco...

— Dime si necsitas algo.

— Te llamaré si es así— la ucraniana le sonrió, aunque evidentemente estaba perturbada.

Ya en el pasillo, al pasar cerca de donde Toris se había quedado, con la espalda apoyada en la pared, Natasha prácticamente brincó hacia él, rugiendo algo en su idioma natal mientras le tomaba por el cuello de la ropa, remeciéndolo con salvajismo. El lituano afirmó las manos de la bielorrusa, imponiendo un mínimo de fuerza para que le soltara. "La" rusa se adelantó a intervenir, viendo a ambas mujeres muy complicadas tratando de separarlos.

— Natasha, por favor...— Iván sujetó ambas manos, poniendo algo más de fuerza y logrando apartarlas de su subordinado.

— ¡En serio lo lamento, pero...!

— ¡Date por muerto, Laurinaitis...! ¡Para mí, ya estás muerto...!— sollozó, interrumpiendo al desesperado Toris. Una vez bajo control, siguieron avanzando por el pasillo hacia el baño. Iván y Toris quedaron en silencio, cabizbajos. Largo rato de quietud, antes que por fin el castaño suspiró con desgano.

— Mujeres...— tocó la mejilla, ardiente, marcada por la mano atrevida que antes le había golpeado — No las entiendo...— con un impulso, se irguió hasta quedar perfectamente en pie, aunque débil por la conmoción. Volteó a ver a su "jefa", con mirada lastimosa.

— Quizás no ahora... pero quiero que me digas exactamente lo que pasó— dijo secamente "ella", a lo que el báltico solo asintió con la cabeza. Prosiguió su camino, avanzando hacia su lugar en el salón con la vista baja, y cubriéndose la mejilla. Feliks acercó más su silla a la de su amigo, y una vez que él se hubo sentado, preguntó por lo bajo.

— No me digas que te golpeó...

— Peor que eso.

— ¡Lo sabía! Liet, esa arpía no te merece...

— Pero yo si me merecía esto— descubrió la marca roja en su cara — Al fin y al cabo, todo es mi culpa...

— ¡Y con justo criterio lo dices! Tipo, quién te manda a enamorarte de una loca que solo te hace daño. No sé bien qué demonios le has visto, o qué historia hay de fondo, quizás qué te hizo y tú sigues tan loco por ella. Tú lo que sufres es un serio caso de Síndrome de Helsinki...

— ¿Helsinki?— el lituano le miró confundido.

— ¡Así es! como la ciudad de Suecia...

— Perdón que interrumpa..— dijo Tino, llamando la atención de los dos dialogantes — Pero Helsinki queda en Finlandia...

— Y h'sta d'nde s', s' llama "S'ndrome d' Est'colmo"*— corrigió Berwald. El polaco volteó los ojos.

— Lo que sea. Pero a lo que voy Liet, tienes unos gustos bien raros, y hasta peligrosos...

— Lo sé...

— Supéralo. Ya veremos que hacemos para curarte...

— No es necesario, Feliks.

— ¿Qué quieres decir con eso? Liet, explícate...

— Pretendo dejarla tranquila para siempre— respondió, cerrando los ojos en vista de lo vergonzoso que sería si lo vieran lagrimear.

— ¿Perdón? O sea, creo que no te he escuchado bien...— incrédulo, el polaco acercó aún más su silla. El lituano replicó.

— Que la voy a dejar en paz para siempre. Decidí que... ya no sacaría nada persiguiéndola, y que no lo estaba haciendo porque en verdad la quisie-...— cortó su voz un sorpresivo y efusivo abrazo de su amigo de toda la vida.

— ¡Me alegra tanto escuchar eso!

— Pues a ella no le ha gustado nada... menos lo que le dije después...

— ¿Qué cosa? ¡Dime, dime! quiero imaginarme su cara...

— Que estaba enamorado de otra persona...— respondió con voz quebrada. Hizo un esfuerzo por sonreír — Y que de ahora en adelante reiniciaría mi vida, y la dedicaría por completo a alguien más...

— ¡Ya veo!— el eslavo occidental se sonrió con cierta malicia — Ya se lo iba mereciendo... ¡Digo! no así como que fuera un castigo, pero... Liet, te mereces algo mejor, y si tu intención es renovarte y ser feliz, cuenta con todo mi apoyo.

— Gracias... es bueno saberlo.

— ¿Me contarás quién es?— preguntó él, con los ojos destellando de emoción.

— Puede que lo haga, o que te des cuenta tú solo...

— ¡Qué malo eres! ¡Tipo, me dejas con toda la intriga!— rió caprichosamente — ¿Me lo dices si te invito algo de té después de la junta?

— No lo sé...— Toris suspiró — Necesito tiempo para asimilarlo bien, y... bueno, para recuperarme un poco...

— Entiendo, entiendo... pero va lo del té ¿Sí?

— Como gustes...

— ¡Bueno, en vista de la conmoción, la reunión tendrá que esperar un poco, hasta que los representantes hayan vuelto al salón!— avisó Alfred, limpiando la pizarra — Mientras tanto, quisiera que hiciéramos un repaso de los temas que siguen...

— ¡Espera!— llamó Arthur, sacando desde un archivador algunas hojas escritas — El secretario de la junta de Países Latinos, en la sala de abajo envió el informe de lo que trataron...

— ¿Ya acabaron su reunión?— preguntó sorprendido Gilbert.

— Han de ser juntas menos primitivas que las que se forman entre nosotros— afirmó Roderich, llevándose una especie de apoyo de parte de Vash.

— Quizás sus relaciones son mucho más estables, y se limitan a las discusiones absurdas...

— ¡A ver qué dice!— "la" estadounidense le arrebató a su ex-tutor la hoja escrita, y trató de leer... — ¿Alguien aquí sabe español?

— ¡Yo!— respondieron Hugo y Antonio al unísono. Por temas de confianza, "la" anfitriona cedió el informe al español, que luego de aclarar su garganta, leyó con entusiasmo.

— "Los treinta y tres presos políticos Mapuches encerrados en la Mina San José, exigen mediante una aparentemente interminable huelga de hambre que respeten su derecho a adquirir en los locales de McDonald's su "Cuarto de Libra con Queso" a ochocientos cincuenta pesos chilenos a cualquier hora, y viajes pagados junto al Presidente de la República por toda Europa, camisetas firmadas por los mejores equipos de Inglaterra, un monumento al recién fallecido Pulpo Paul, y que Don Francisco..."*

— ¡¿Qué demonios? ¡¿Qué... clase de informe es ese?— El suizo golpeó su frente con la mano.

— Al parecer una extraña combinación de muchas noticias recientes...— señaló el canadiense.

— ¡¿Quién diablos es el secretario de la junta?

Mientras que en la sala donde se habían reunido los países latinos, ya los pocos que quedaban se estaban despidiendo. Martín y Manuel se habían quedado al último, porque habían sido seleccionados al azar para ordenar las sillas.

— Oye... ¿Le entregaste la hoja a Arthur?

— Si ¿Por qué preguntás?

— Na', que quería saber no ma'— respondió el chileno — ¿No se te pasó na'?

— No hasta donde sé... ¿Me creés boludo, acaso?

— Es que de repente erís' tan volao', weon...— Martín chasqueó la lengua ofendido.

— Por lo menos presto atención, y no me paso la reunión hablando boludeces...

— ¡Cállate, weon! Son para tu informe. Espero no más hallas tomado buenas notas de todo lo que dije...

— Con lo rápido que te ponés a hablar de repente, no sé que cosas debo anotar y qué no. Culpa tuya si el informe sale mal...

— ¿Mía? ¡Qué patuo'! Si vo' hací' las cosas a la rápida...

— ¡Ah, ya, ya! ¡Pará de alegar, boludo, y ponete a ordenar, que ya falta poco para irnos!

— ¿Y si dejamo' así no ma'?— preguntó Manuel, viendo ya todas las sillas correctamente posicionadas.

— Si ya está todo listo, claro que sí.

— No creo que tengamo' que barrer, sacudir...

— Eso lo hace la que limpia la casa...— el argentino tomó sus cosas, y luego, tronó sus dedos — Yo me voy.

— Yo también...

— ¡Cuídate, boludo! ¡Llegá bien a casa!

— ¡Chao, concha-tu-madre! ¡Hasta la otra!

Continuará...


*Usaré algunos nombres no oficiales en ésta historia.

Para Cuba: Hugo

Vietnam: Hahn Kim Trung;

Dinamarca: Soren;

Noruega: Vidharr;

Islandia: Einar;

Bélgica: Alice (Alicia, o Alizée, sólo Francis la llama por la versión gala de su nombre, y Antonio por la versión española)

Holanda: Johan.

*Commie: Expresión vulgar, en voz inglesa, para referirse a los comunistas.

*"Körö Kirkkoon": Canción infantil en finlandesa, traducida al español como "Cabalgando Rumbo a la Iglesia"

*"Yks kaks kolme, istu isän plveen": Canción infantil finalndesa, traducida como "Un dos tres, siéntate en las rodillas de papá"

*Kurdistán: Territorio situado las Sur de Transcaucasia, en el Oriente Medio, y que no cuenta con salida al mar. Actualmente, el territorio histórico (reclamado por la etnia de los kurdos) se halla dividido entre las naciones de Turquía, Armenia, Irak, Irán y Siria. Dentro del extenso periodo de tiempo en que su nación no ha sido reconocida como tal, encontrándose fragmentada y bajo dominios de diversas naciones, se han realizado muchos levantamientos guerrilleros, sobretodo contra Turquía.

*GoHand: Bocadillo japonés. Su nombre es un juego de palabras, que puede ser interpretado como "gohan" (arroz) y las palabras en inglés "go" (ir) y "hand" (mano). Es un bocadillo similar a una pequeña torta, hecha de arroz dorado y rellena con ingredientes como atún, lomo de buey, anguila o atún. Normalmente, se come con las manos.

*Min Pao: Bocadillo tradicional chino relleno con frijol colado, carne de cerdo o pollo, o una combinación de ambas, pudiendo ser dulce o salado. Sus ingredientes son harina, levadura, sal, agua, azúcar blanca, clara de huevo, leche en polvo, aceite o manteca; para el relleno: filete de pollo, canela china, azúcar, sal, sillao (salsa de soya), de salsa de ostión, salchichas chinas y huevos de codorniz cocidos.

*Syrok v shokolade: Dulce tradicional ruso, y países cercanos como Ucrania, Bielorrusia, y países bálticos. Es un pequeño trocito de masa dulce y fina de requesón, bañada en chocolate. También puede hacerse con manjar (dulce de leche), coco, mermelada, chocolate. Se vende en muchas tiendas, es barato (entre cinco y diez rublos) y consta de gran aceptación entre niños y adultos.

*Síndrome de Estocolmo: Es una reacción psíquica en que la víctima de un secuestro, o persona en situación similar, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado. En ocasiones, dichas personas secuestradas pueden terminar ayudando a sus captores a conseguir lo que quieren, con tal de evadir a la policía. Debe su nombre a un hecho sucedido en la ciudad de Estocolmo. En 1973 hubo un asalto en el banco "Kreditbanken", y los delincuentes debieron mantener como rehenes a algunas personas, entre ellas, una mujer que se resistió al rescate y a testificar en contra de los secuestradores. Otros dicen que la mujer fue captada por un fotógrafo en el momento en que se besaba con uno de los delincuentes. A lo que quise referirme en la historia, es la actitud que tiene Toris hacia Natasha, donde ella por más ruin y malvada que sea con él, el otro sostiene estar perdidamente enamorado de ella, y Feliks sospecha de alguna historia de tipo criminal como causante de éste afecto (quizás mi alusión sea incorrecta, pero... espero que no del todo) Algunos se refieren erróneamente a éste fenómeno de la psicología como "Síndrome de Helsinki".

*Hice una extraña mezcla de sucesos recientes en el informe de los países latinos, la mayoría referentes a Chile. El asunto de los treinta y tres mineros, ya rescatados de la Mina San José, y las muchas compensaciones que recibieron con viajes a Europa, camisetas firmadas por equipos de Inglaterra, y más. Sumado a eso, la huelga de hambre llevada a cabo por muchos miembros de la comunidad Mapuche en Chile, a modo de protesta. La famosa situación del chileno reclamando en McDonald's su "Cuarto de Libra con Queso" a las ocho de la mañana. Que en paz descanse el famoso Pulpo Paul, a quien al parecer algo comentaron de un monumento (cosas que salen en las noticias, quizás solo sea algo "random"), y para finalizar, una figura pública muy querida en el país, Don Francisco, quien ha dirigido la Teletón (campaña nacional para recaudar fondos para los discapacitados pertenecientes a la institución con el mismo nombre) por muchos años, entre los meses de Octubre y Noviembre.


LIEwww:
¡Muchísimas gracias por las felicitaciones, y me encanta saber que te haya gustado mi historia! ^o^.
Ne~, que Feliciano no es mi gran especialidad, pero me ha encantado escrbir su pequeño partido de football (porque me gusta verlo de vez en cando, aunque dudo ser una gran narradora deportiva XD), y destaco sus facetas como amante y cocinero.

Gilbert como acomplejado amoroso es casi un crimen, pero quién sino él se sorprendería por hallar a West en tal estado. En un caso así me hubiese quedado igual que Francis (admito que tengo una seria tendencia al voyerismo...). Y Feliks... ¡Qué mal primo! XD tendrá su capítulo dedicado en ésta historia (para ser franca, el quince ;^P). El triángulo amoroso es algo que se da en el mismo canon oficial de Hetalia, y del mismo modo: Natasha x Iván x Toris, y Toris x Natasha x Iván, pero éste dará un vuelco y traerá nuevas complicaciones. jejeje. Me gusta esto de contestar los reviews, para mi no es ningún drama hacerlo.

Y la promoción del nombre de Cuba ha sido porque me he aproblemado en encontrar su nombre más común en el fandom de Hetalia, y no quería entrar yo a decidir por alguno que hubiese investigado. Aunque sí, gracias por la página :^D.

Muchísimas gracias por tu comentario!


Les pido mil y un disculpas por la tardanza en las actualizaciones, y la respuesta a su reviews. Últimamente el colegio me absorbe de soremanera, y la verdad es que poco rato tenía para estar en el equipo. Tuve que hacer unos videos pra Inglés, estudiar mucho, leer... ¡Pero ya se está acabado el año! eso es bueno para mi, significa más tiempo para escribir :^D

Como siempre, espero les haya gustado el capítulo, que tendrá su continuación, aunque no precisamente de la mismísima reunión. Ya van a ver ;^D

Espero con muchas ansias sus reviews, donde podrán dejar cuanta crítica (constructivas, por supuesto), castigo, amenaza, premio, tomatazo, tarta de felicitaciones, sesión de tortura o castillos quieran XD

"Un fic con reviews, es un fic feliz"

Nos leemos: ¡Sayo! Nya~