Capítulo 14: La batalla que duró diez años
Más antorchas frías y flotantes se prendieron, mostrando un poco más de la estancia. En un trono en el fondo se hayaba la figura de un hombre bastante grande, pero no tanto como contra el que habían luchado en la isla anterior, encorvado hacia delante y con el pelo ensortijado y revuelto, cano y con aspecto sucio, de no haberse lavado en mucho tiempo.
A su derecha había el chico que había cantado con Kurai aquella noche en el bar, con el rostro pétreo aunque ligeramente transtornado, y a su izquierda estaba Zoro, totalmente sereno.
El rubio perdió los nervios al verle. Su corazón comenzó a latir más rápido, mucho más que cuando había estado a punto de morir ahogado. Mucho más que cuando se dio cuenta de que Kurai no iba con ellos.
- Kurai... - murmuró Luffy a su lado, con el ceño fruncido, sin entender demasiado los acontecimientos.
- ¿Nos ha traicionado? - preguntó Watanuki. Sus ojos, que habían podido ver los fríos espíritus que la protegían constantemente desde que la conoció se habían dispersado, y parecía que no se atrevían a rodearla como antes.
- No. No noto maldad en ella. - musitó Doumeki, que aunque no podía ver lo mismo que Watanuki, tenía una especie de sexto sentido para ello.
- En los locos no existe maldad. Sólo locura. - sentenció Sanji, adentrándose decididamente en la habitación, dispuesto a comenzar a pelear cuanto antes.
- ¿Estás diciendo que estoy loca? - preguntó Kurai, con una exagerada sonrisa que deformaba su rostro. - Bueno, puede que no te estés equivocando.
Sanji comenzó a correr, pasando de largo a la gótica, que se dio la vuelta siguiéndole con la mirada, con esa extraña sonrisa, decidido a concentrarse en su único y real objetivo: Zoro. A medida que se acercaba a él, la distancia extrañamente parecía mayor, y el peliverde, con el rostro impasible y con los globos de sus ojos negros y la pupila blanca, llevó sus manos hacia sus katanas nuevas: oxidadas y dentadas.
Por detrás, Doumeki cubrió sus espaldas cuando vio a Kokugan moverse hacia Sanji, disparando una flecha de luz que esquivo por pocos milímetros.
Luffy entró también en la estancia, echando su mano hacia atrás, dispuesto a propinarle un fuerte puñetazo al jefe de todo aquello, pero Kurai se interpuso en medio de la trayectoria, desviándola después de convertirse en montones de murciélagos.
- ¡¡Kurai!! - gritó ofuscado e incrédulo de que hiciera aquello. - ¡¡¿Qué se supone que estás haciendo?!!
La bandada de murciélagos se acercó revoloteando hasta Luffy, que se protegió como pudo con los brazos sobre su cabeza, mientras escuchaba las pequeñas vocecitas que todas juntas formaban la distorsionada voz de la chica.
- Nunca supisteis quien soy. Os limitásteis a ayudarme porque no os quedaba otra opción para poder salir de esta isla, y no os disteis cuenta de vuestro error. - una risa fría y carente de emociones hizo eco en toda la sala, resonando hasta en el último rincón, y entonces Luffy abrió mucho más los ojos, echando a correr hacia adelante, con Kurai aún encima de él. Llegó hasta la inmóvil figura del viejo vampiro, que hasta el momento no se había movido ni había dicho nada, y estirando la pierna hacia atrás gritó:
- ¡¡GOMU GOMU NO... STAMP!! - la pierna atravesó la cortina de murciélagos, y dio de lleno en la entrepierna del hombre. Tanto los del grupo de Luffy como Kokugan se encogieron, llevándose las manos inconscientemente a la delicada zona en la que le había pegado, pero tal como se imaginó, él no reaccionó.
Y como si se tratara de una ilusión, su cuerpo se deshizo como la arena.
- ¡Gyaa! ¡¿Y ahora dónde demonios está ese monstruo?! - chilló Watanuki, refugiado detrás de Doumeki al no tener ninguna habilidad servible para aquellas ocasiones.
- Vaya, ¿quién sabe dónde estará? - preguntó divertida Kurai, alejándose de él y elevándose hacia la oscuridad del techo.
Mientras tanto, Sanji llegó hasta Zoro y nada más hacerlo, dio una pirueta en el aire para aterrizar dándole una patada en el hombro. Zoro no se movió al recibirla, ni tampoco emitió ningún sonido de dolor. Simplemente alzó la vista, oscurecida todavía más por su pañuelo negro en la cabeza, y con un rápido movimiento, le pegó con la katana, desgarrando la pernera de su pantalón. No le llegó a cortar la pierna gracias a que el filo estaba herrumbroso.
- Menuda mierda de katanas que usas ahora, espadachín gilipollas. - le dijo con una sonrisa ladeada, tratando de provocarle para hacerle hablar. - Tan podridas como tu maldita cabeza verde. - giró sobre sí mismo, pegándole una fuerte patada en el cuello, que recibió sin inmutarse.
En ese momento a Sanji se le encogió el estómago. No había detenido ninguna de sus dos patadas, y como antes, ahora le estaba volviendo a atacar con sus katanas, saltando para esquivarlo por pocos centímetros, pero rasgando un poco la manga de su chaqueta. Volvió al ataque, colocándose con las manos en el suelo, asestándole una coz en el estómago, y como las veces anteriores, no hizo nada para evitarla.
"Mierda..." un sudor frío recorrió su espalda al comprobar sus sospechas: Zoro no iba a esquivar nada, ahora estaba en modo autómatico, y tal como haría un zombi, seguiría recibiendo todos los golpes que le propinara sin apartarse, hasta que uno de los dos cayera.
- ¡Doumeki! - gritó en aquel momento, recibiendo la atención del arquero, que se estaba ocupando de que nadie interfiriera en las batallas de los demás y manteniendo alejada a Kurai de Luffy, que había comenzado a tener una "charla" con el otro guardián del vampiro. - ¡Intenta darle a Zoro!
El chico no dijo nada, apuntando directamente al pecho del espadachín, pero cuando disparó, Zoro lanzó una ráfaga de aire con la katana de su derecha, echando montones de fragmentos pequeños y puntiagudos con en el Sanjûroku Pondo Hou, consiguiendo desviar la trayectoria de la flecha de luz que se fue hasta el techo y desapareció, e hiriendo al mismo tiempo con montones de pequeños cortes a Sanji por encontrarse tan cerca.
- Joder... - se tapó las heridas de los brazos con sus manos, mirando consternado a su antiguo nakama, incapaz de esquivar sus ataques pero evitando de una letal manera los que de verdad podían hacerle daño, o mejor dicho devolverle a la realidad. - Maldito chupa sangre, quiere que nos terminemos matando.
En aquel momento, Luffy y Kokugan estaban teniendo una rápida pelea cuerpo a cuerpo. Luffy era el que más atacaba, usando aparte de sus puños y piernas, si la ocasión se lo permitía, cabezazos o empujaba con sus hombros. Sin embargo, Kokugan tenía un gran dominio de su cuerpo, y aunque no sabía pelear tan bien como el chico de goma, esquivaba con facilidad sus ataques y aprovechaba a introducir sus palmas abiertas en sus puntos desprotegidos, dándole pequeñas palmadas que despedían un humo negruzco y hacían quejarse audiblemente a Luffy.
- Me suenas... - dijo el capitán, esquivando por los pelos un nuevo ataque y lanzando su cabeza en su dirección, pero como si fuera un fantasma, desapareció unos instantes de su vista para aparecer después a su derecha, muy cerca de él. - ¿Tú no cantabas con Kurai en el bar de su padre?
- Ahí va, no pensaba que fueras capaz de recordarme. - exclamó sonriente él, y esta vez le asestó un puñetazo en el estómago al de goma, que se quedó inmóvil unos segundos, expulsando el espeso humo negro por su boca. - Me alegra que lo hagas, aunque no me siento digno de tal honor. - siguió sonriendo, esquivando la silbante flecha que le lanzó Doumeki desde la distancia.
- ¿Qué... es esto...? - Luffy comenzaba a ver borroso. Su cuerpo se estaba helando por momentos, y cuando observó sus manos, apenas eran visibles por culpa de la maldición.
- Lo siento. Pero estoy obligado a hacerlo. - alzó su pierna, dispuesto a pegarle una patada dirigida a su estómago, pero entonces notó el peso y el freno de unas manos. - ¿Pero qué...?
- ¡¡Ahora, Doumeki!! ¡¡Ni se te ocurra fallar!! - chilló Watanuki, sujeto a sus piernas, impidiéndole moverse, y el arquero lanzó otra de sus flechas, impactando en el pecho del chico e incrustándose en él.
- Vosotros... - murmuró Luffy, sonriente, alzando la vista hacia su enemigo inmóvil, que expulsó una gran cantidad de humo por su boca. - Gomu gomu no... - echó una de sus manos hacia atrás, retorciéndola en el aire... - ¡¡Rifle!! - y la estrelló en su estómago, lanzándolo contra la pared de más al fondo, rompiéndola y cayendo los escombros sobre el cuerpo del inconsciente chico.
- Uno menos. - Watanuki alzó el pulgar, y Luffy hizo lo mismo, con una de sus típicas sonrisas.
La fría risa del vampiro comenzó a resonar en toda la estancia, deteniendo por unos momentos el intento de pelea que estaba manteniendo Sanji, tratando de herir lo menos posible al espadachín por miedo a que las cosas terminaran demasiado mal.
- Por más que acabéis con "uno", tengo cientos a mi disposición, pandilla de moscosos. - la voz del hombre sonaba chirriante, cascada, y rebotó contra las paredes varias veces.
De repente, de la arena en la que se había convertido el falso vampiro, comenzó a brotar el verdadero. Mostró sus afilados y amarillentos dientes con una sonrisa macabra, y Luffy se quedó unos segundos contemplándole con el ceño fruncido.
- Cuánto tiempo, Sombrero de Paja. Tus forcejeos para escapar de mi la última vez que nos vimos fueron realmente una delicia. - exclamó con lascivia, relamiéndose los labios.
Luffy tuvo un escalofrío que le sacudió por completo, y con cara de no entender, dijo:
- Ossan, deja de decir cosas de mal gusto. Además no te conozco.
- Sí que me conoces. En la última isla en la que estuvistéis: el vampiro que os aprisionó a todos y casi os mata.
- Tú no eres ese hombre.
- ¡Sí lo soy! - saltó furioso el viejo. - ¡Pero divididí mi alma en dos partes! En aquella isla visteis mi verdadero aspecto, y este de aquí es el del antiguo rey de esta isla. Me apoderé de su cuerpo y así manipulé a placer todo lo que ocurría en ambas islas desde mi castillo. Pero cuando destruisteis Rojiletto, me asenté totalmente en este cuerpo, esperando a que llegarais para acabar con vosotros.
En el ambiente reinó un apabullante silencio durante unos segundos, salvo por los golpes y gritos de Sanji y Zoro, que seguían luchando.
- No creo que hiciera falta que nos lo contaras. - Doumeki se acercó hasta ellos, y Watanuki se refugió rápidamente detrás de él.
- Es cierto, no os importa. Y ahora veréis de lo que soy capaz, aún estando atrapado en este putrefacto cuerpo.
- Eso lo ha dicho usted... - musitó Watanuki, asomando la cabeza por encima del hombro del arquero. - Nosotros no hemos mencionado nada de su aspecto u olor...
El hombre dejó escapar un sonoro grito, que sonó como un aullido, haciendo que una ráfaga de viento de no se sabe donde les empujara hacia atrás. Doumeki pudo escuchar en su oído como su compañero susurraba "¡Lo siento, lo siento, lo siento!".
Luffy se protegió con los brazos, con su sombrero volando agarrado del cordel a su cuello. Con los ojos entrecerrados vio que la pared que había golpeado y en la que reposaba Kokugan comenzaba a venirse abajo, y de las grietas comenzaron a entrar decenas de hombres y mujeres del pueblo, con sus maldiciones en su máximo auge, avanzando como zombis, tal como habían hecho antes de entrar en aquel extraño y retorcido castillo.
Un aleteo frotó su piel, y vio recortado contra la luz del exterior la silueta de la bandada de murciélagos volando rápidamente hacia el viejo. El viento dejó de soplar en ese momento, y Kurai apareció de nuevo, agachada en frente del viejo vampiro.
- Kurai, ¿con que al final te has decidido a unirte? Fue una buena idea contarte lo que esos chicos le hicieron a tu querida amiga para acabarte de convencer.
Los tres chicos se quedaron inmóviles, viendo la escena. Doumeki había tensado el arco y no dejaba de apuntar al rey, mientras que Luffy estaba intentando entender si Kurai realmente les habría dado la espalda. Ella sabía que no le hicieron nada a Yume, pero era posible que se fiara de lo que decía aquel hombre.
- ¡Kurai, no le escuches! ¡Tú sabes lo que...!
- Silencio. - ordenó ella, lanzándole una mirada fulminante por el rabillo del ojo. Doumeki bajó de nuevo el arco y Watanuki exclamó con sorpresa. El capitán les interrogó con la mirada a sus compañeros, pero estos no le dijeron nada.
Mientras tanto, Sanji seguía tratando de esquivar los golpes de Zoro, mientras este seguía recibiéndolos. Al final, el rubio decidió que tal vez podría convencerlo de otra manera. ¿Tal vez hablándole? No era mala idea, pero tampoco estaba convencido de que llegara a funcionar.
- Escucha, cactus andante, deja de hacerte la víctima. - soltó de repente, esquivando otro mandoble de una espada que ya sólo quedaba la mitad. - Tú has sufrido, pero no eres el único, ¿me oyes? Hiciste que me enamorara de ti escuchándote cada noche gemir mi nombre, eres un cansino. Te juro que terminaré por amordazarte si te vuelvo a escuchar llamarme así cuando volvamos, ¿me has oído, espadachín imbécil? ¡¿Quieres contestarme?!
Pero Zoro seguía inmune a todo lo que le dijera. Unas horas antes, mientras el grupo de Luffy se acercaba al castillo, el viejo vampiro los había reunido en el salón del trono para hablarles...
- Escuchadme, se acercan los piratas de la banda de sombrero de paja, y vienen a "eliminarnos". - dijo la última palabra aguantándose la risa, totalmente excéptico de que algo así llegara a sucederle. - Así que voy a reforzar mi alcance sobre vosotros, para asegurarme que no tendré ningún traidor entre nosotros. Venga acercaos...
Ahora mismo, Zoro estaba totalmente anulado, era simplemente una máquina que pelearía hasta que su cuerpo se volviera inservible. No importaba contra quien luchara, ni tampoco importaba la protección del nombre falso que le dio Kokugan. Había sido él mismo el que había deseado dejar de sufrir al ver a Sanji, y dejó que penetrara hasta lo más profundo de su ser para hacerle olvidar lo que sentía. Aquel amor que no creyó ser correspondido nunca.
- ¡¡Zoro, deja de hacerte el imbécil!! ¡¡Te he dicho que te quiero, y siento muchísimo haberte engañado!! - Sanji gritaba con desesperación esas palabras, empezando a estar demasiado cansado para evitar los sablazos del peliverde contra él. Sus ojos se habían llenado de lágrimas de frustración y rabia, además de la vergüenza de estar chillando semejantes cosas, aunque nadie les prestara atención. Y lo que más le dolió era que precisamente, ni siquiera al que debía escuchar esas palabras no le llegaban.
Le alcanzó la ráfaga ametralladora de residuos metálicos en el brazo, incrustándosele en el izquierdo y parte del pecho y abdómen. Estaba casi seguro que por el estado de esas espadas, las heridas se le infectarían casi de inmediato, si es que no estaban ya infectadas, y que lo más probable era que moriría. Ni Chopper ni nadie podrían curarlo. Pero, ¿qué importaba eso cuando no podía estar junto a Zoro nunca más? Se dejó caer de rodillas, y cerró los ojos, esperando el último impacto, que acabaría con su vida.
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Kurai se puso lentamente en pie, frente a lo que había sido su antiguo rey.
- Sí, fue una buena idea. - asintió la chica, con una sonrisa helada en sus labios. - Gracias a tu información me acerqué a ellos, les vigilé sin levantar sospecha, y finalmente los conduje hasta aquí. - hizo una pausa, en la que miró de reojo a los tres chicos. - ¿Pero sabes una cosa, coi de vell? Siempre está bien escuchar todas las versiones.
De un movimiento tan rápido que creyeron que había aparecido de la nada, clavó un cuchillo en el estómago del vampiro, que retorció su rostro en una horrible mueca.
- Kurai... - susurró sorprendido Luffy. Entonces nunca había dejado de estar con ellos y había usado esa estrategia para acercarse a él, ¿no?
- Ugh... - la gótica cayó de rodillas al suelo, sujetándose el vientre con los ojos desorbitados. Al darse ligeramente la vuelta al caer al suelo, los chicos pudieron ver como un charco de sangre se iba expandiendo en el suelo. - Pero... si yo...
El vampiro sonrió, dando unos pasos hacia atrás y extrayendo el cuchillo, sin derramar ni una sola gota de sangre.
- ¿Tú qué, Kurai? - preguntó con burla. - ¿Que eres inmortal? ¿Recuerdas quién te dio esa maldición, niña fantasma? - rió con fuerza. - Además, ¿de verdad querías herir el cuerpo de tu anciano abuelo?
Abrió los ojos hasta casi salírsele de sus órbitas, y semi incorporándose chilló:
- ¡¡CÁLLATE!! ¡¡TÚ NO SABES NADA!! - pero después de eso se retorció otra vez, quedándose sin fuerzas tirada en el suelo.
- ¡Kurai! - Watanuki se lanzó hacia ella, sin importarle la presencia del vampiro tan próxima a ellos, y quitándose la chaqueta de su uniforme de instituto, lo presionó contra la herida para detener la hemorragia, levantando con suavidad su espalda y apoyándola contra su pecho.
Doumeki volvió a alzar su arco, apuntando al centro del corazón de aquel viejo detestable, pero Luffy comenzó a avanzar hacia él, con paso lento pero decidido.
- Ya me has hartado, viejo asqueroso. - murmuró. - Has herido a todos mis nakamas, les has maldecido, enfrentado entre nosotros, y nos has encerrado en una isla maldita. - se detuvo unos segundos, alzando su mirada hacia el hombre que tenía frente a él. - Encima mataste a Yume, después de torturarla. Has hecho que Ace y que Zoro sean de los tuyos. Y también engañaste a Kurai, que fue la que más sufrió por tu culpa. - llevó un brazo hacia atrás, retorciéndolo al mismo tiempo. - ¡¡TE VOY A PATEAR HASTA QUE DEJES DE EXISTIR!!
Doumeki disparó, y su flecha se unió al puño de Luffy, golpeando a la vez en el pecho del hombre, que recibió el impacto sin darle tiempo a apartarse. Dejó escapar un gutural gemido de dolor, y al instante siguiente se convirtió en un charco de una sustancia negra entre líquida y gaseosa en el suelo.
- ¡¿Qué ha hecho?! - preguntó alarmado Watanuki. Kurai, respirando con dificultad era la única que lo sabía.
- Ese es su poder... De esta forma se ha ido introduciendo en los cuerpos de otras personas para poseerles o maldecirles... La isla entera esta llena de su... forma gaseosa... Por eso los que vienen de fuera acaban involucrados también a pesar del tiempo que ha pasado...
Luffy siguió el charco, que se iba moviendo rápidamente hacia el boquete que había hecho entre los zombis y él, con los aldeanos intentando entrar todavía pero sin éxito... porque Kokugan se había levantado y les había detenido.
- ¡Oye, tú! ¡El viejo raro va hacia tí! - le alertó el chico de goma.
El chico se dio la vuelta, con los ojos entrecerrados y visiblemente cansado, y al ver la mancha dirigirse a él apretó los dientes con fuerza, dejando de luchar por un momento.
- Mierda... - echó a correr hacia uno de los lados, pero el charco trepó por su pierna, derribándolo, y en poco tiempo, envolviéndolo.
- ¡¡Yami!! - chilló Kurai, retorciéndose en los brazos de Watanuki, que le dirigió una mirada sobrecogida por el dolor que había en su voz. - No... a él también no... - sollozó, con una gruesas lágrimas brotando de sus ojos.
El chico se revolvió en el suelo, gritando de dolor, mientras aquella sustancia negra se introducía por completo en su interior. Doumeki disparó varias veces, pero sirvió de poco, ya que a pesar de darle, él era ahora el cúmulo de toda la maldad y las maldiciones de la isla.
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En el último momento, el filo de la espada se había desprendido y caído antes de alcanzarle. Sanji escuchó el ruido del metal quebrándose al chocar contra el suelo, y volvió a abrir los ojos. Si no había muerto era porque no le había llegado el momento. Debía seguir luchando, por más que fuera una batalla inútil.
Se agachó, recogiendo el trozo de metal, y lo clavó en el muslo del espadachín, que dejó escapar un grito de dolor, mientras retrocedía. Eso le sorprendió, ya que ninguna patada había podido con él, pero el corte sí parecía haberle afectado. Entonces lo volvió a ver: ese extraño humo que salía de su boca y su herida; y al lanzarle una mirada furiosa, pudo comprobar que sus ojos ya no eran tan oscuros.
- Encontré tu punto débil, ¿eh? - exclamó, con una sonrisa confiada, poniéndose en pie, en pose de combate otra vez. Zoro lanzó lo que le quedaba de empuñadura, arrancándose el pedazo de hierro en su pierna, y sujetó la katana de sus dientes con su mano libre. - Ahora no pienso rendirme.
- Cómo... quieras... cocinero estúpido...
El corazón de Sanji se encogió ligeramente de la impresión, y se quedó unos segundos inmóvil. Casi hubiera querido abalanzarse sobre él para abrazarle y besarle, sólo por el simple hecho de llamarle como siempre solía hacer. Pero simplemente sonrió, apoyándose en sus manos y dándole una fuerte patada a la katana de su mano derecha, haciendo que saltara por lo aires.
Zoro retrocedió, tirándose hacia donde la espada había caído mientras se protegía con la otra, pero Sanji le hizo tropezar con sus largas piernas y llegó antes que él, apuntándole directamente a la cara con el peliverde a sus pies.
- Ríndete.
En aquel momento, algo en Zoro se removió, provocándole un gran dolor. Esa escena... Kuina...
- ¡¡Aghhhh!! - de su boca salió a borbotones una espesa sustancia negra, ya no era sólo el humo negro. También sus ojos derramaron lágrimas negras, mientras se retorcía con terribles arcadas.
- ¡Zoro! - Sanji dejó caer la espada y sujetó los hombros del espadachín, colocándolo de costado, golpeando suavemente su espalda para que siguiera expulsando todo lo que pudiera de aquella sustancia.
Por la mente de Zoro comenzó a penetrar la luz. Había sido como estar dormido, durante mucho tiempo, tanto que le había parecido una eternidad. La imagen que seguía en su mente era Kuina, sujetando su katana blanca, amenzando con rajarle si hacía el mínimo movimiento. Pero no era ella, y aunque en su corazón sentía un pinchazo de tristeza y nostalgia, se sentía terriblemente aliviado. La persona que sujetaba la espada era alguien a quien quería ver, alguien con el que no podía vivir sin él. Al que había echado tanto en falta como Kuina, y, mientras aquella luz se volvía dorada, se dió cuenta de que a él le había echado más en falta que a ninguna otra persona nunca antes.
- Sa... Sanji... - masculló, escupiendo más de aquella sustancia. No podía ver nada en aquel momento, ni tampoco oír nada. Tampoco estaba seguro de si sentía algo. Pero estaba cansado de aquella oscuridad a la que se había dejado someter. Ese no era él, Roronoa Zoro no se iba a rendir nunca ante nadie. Aquel dichoso hombre dejaría de controlarle.
Sanji, mientras tanto, miraba angustiado como Zoro se retorcía en el suelo, sujeto sólo por sus hombros. Zoro arañaba el suelo, gritando y escupiendo, y podría jurar que lo hacía con rabia, hasta que arañó sus propios brazos, hiriéndose y comenzando a brotar sangre negra de él. Le sujetó de las manos para que dejara de hacerse daño, apoyando su espalda contra su pecho, notando sus músculos tensarse, expulsando cada vez menos líquido, limitándose a ser un ligero humo negruzco, y por fin notó como su cuerpo se relajaba y se dejaba caer sobre él, apresurándose a sujetarlo mejor entre sus brazos, dándole la vuelta y llevando una mano a su mejilla.
- Zoro... - le llamó, un poco temeroso. Su respiración era agitada, estaba pálido y sudoroso, pero al abrir lentamente los párpados, vió sus intensos y conocidos ojos negros, esbozando automáticamente una sonrisa de alivio, mientras alzaba lentamente su mano hacia él, tocándole la mejilla también.
- Lo conseguiste... - susurró sin aliento. - Esta vez me has ganado...
- ¡I-imbécil! - gritó, notando como sus ojos se llenaban de lágrimas, e inevitablemente, caían sobre el rostro de Zoro. - ¡Eso... no importa ahora, estúpido! - su voz se quebró, al tiempo que se encogía sobre Zoro, y juntaba su frente con la de él. - Joder... lo que me has hecho sufrir, cabrón... - susurró, chupándose los mocos, y haciendo sus lloros un poco más audibles. - Te quiero, idiota...
Zoro sintió como si su alma volara libre con esas palabras, como si su pecho se hinchara y fuera a salir volando con una fuerza mucho mayor a la que le podría haber dado aquel miserable vampiro.
- Yo también te quiero, atontado... - susurró, besando sus labios. Notó su cálido aliento hacer cosquillas en su piel, sus suaves y húmedos labios, un poco mordisqueados de los nervios que había pasado en aquellos últimos días y horas, su lengua, que penetró con tanta facilidad su boca y se acarició con la suya, sintiendo un placer y un calor desbordantes recorrer su cuerpo hasta la punta de sus pies. No quería separarse nunca de aquella boca, no quería volver a separarse de Sanji nunca más, y por la manera en que presionaba su cabeza con su mano para profundizar aún más el beso, le dio a entender que tampoco quería alejarse jamás de él.
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Luffy golpeó repetidamente el cuerpo de Yami, deforme en algunas partes, como a la mitad de sus brazos, parte de su frente, o en su cadera, donde una especie de burbuja de aglomerado negro sobresalía de manera peligrosa por debajo de su piel.
- Yami... - murmuró Kurai de nuevo, desde los brazos de Watanuki, totalmente desamparada. ¿Que no iba a terminar nunca aquello? ¿Siempre iba a quitarle las personas que más le importaban? No podía, no iba a permitírselo de nuevo.
- ¿Kurai? - la chica se alzó, ayudada con sus poderes del diablo, extrayendo su ocarina de sus ropas y llevándosela a los labios.
La sala se llenó de una suave melodia, que a medida que avanzaba hacia donde se encontraban Luffy y su amigo, se iba volviendo cada vez más agresiva, a la vez que un poco fúnebre.
- Puedes pudrirte en el infierno. Tú y el abuelo, no os quiero ver jamás. Pero no permitiré que te lleves a nadie más contigo. - se escucharon las susurrantes voces de las decenas de murciélagos que formaban la mitad inferior de su cuerpo decir, sin seguir la melodía que tocaban sus dedos.
Luffy volvió a golpear a Yami, sin haberse percatado de nada más, y entonces salió de su boca un poco de la sustancia negra, empapando el suelo durante unos instantes, y después evaporándose. Siguió atacando y golpeando, saliendo cada vez más, sin darle oportunidad de defenderse, aunque en realidad, casi parecía un muñeco sin vida, un saco de arena que se dejaba golpear. De la barbilla de Kurai gotearon gruesas lágrimas, observando la escena, mientras los murciélagos iban dejando un rastro en el suelo de la sangre que estaba perdiendo de la herida en su vientre.
Otra flecha impacto en el cuerpo de Yami, expulsando algo más de la sustancia, escuchándose el gutural gemido del viejo vampiro inundar la sala y rebotar en las frías paredes.
- ¡No! ¡No podéis matarme! - chilló él. - ¡Me llevaré a Kokugan conmigo si lo hacéis...!
Kurai bajó los brazos, dejando de tocar, y en ese momento fue cuando Luffy se dio cuenta de que había estado escuchando su ocarina sonar, mirándola un poco aturdido.
- Que te crees tú eso. - y envolvió su cuerpo convertida totalmente en murciélagos.
Por unos momentos no se supo qué era lo que estaba ocurriendo, sólo se escuchaban los agudos sonidos de los animales, y poco después, los desgarrados gritos del vampiro, seguidos de los de Yami. Y entonces se formó en humo la silueta del vampiro que habían visto en la anterior isla sobre ellos, gritando furiosamente, y desapareciendo de una vez por todas al ser alcanzada por el puño de Luffy y la flecha de Doumeki al mismo tiempo.
El silencio se apoderó de la habitación. Pareció que todo iba a cámara lenta: Luffy cayendo en el suelo después de haber saltado para atacarle por última vez, Doumeki bajando su arco, Kurai convirtiéndose de nuevo en persona, sujetando los hombros de Yami, que parecía inconsciente. Watanuki se dio la vuelta al escuchar los pasos de Zoro y Sanji acercarse hasta ellos, apoyándose el uno en el otro para caminar.
Finalmente, la pesadilla había terminado.
TSUZUKU
