¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen; nada más. (:
CAPÍTULO XIII. Universo en negativo.
Mira y recuerda. Considera este cielo;
mira profundamente en este aire translúcido.
Lo ilimitado, el fin de la plegaria.
Habla ahora, y habla dentro de la bóveda sagrada.
¿Qué oyes? ¿Qué responde el cielo?
Los cielos están ocupados, este no es tu hogar.
Travelogue for Exiles, de Karl Jay Shapiro.
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Kenny se despertó sintiéndose desorientado y sin saber dónde se encontraba. Enseguida tomó contacto con la realidad y se sintió asustado creyendo que había dormido varias horas cuando únicamente lo había hecho unos minutos. Los dígitos del reloj de cabecera marcaban la una de la madrugada en su fulgor rojizo. Parecía haber un cambio en la noche con respecto al mundo en que se había quedado dormido hará ni siquiera una hora.
La tormenta había desaparecido.
Entre curioso y extrañado, miró hacia la ventana. Esta tenía las cortinas corridas, por lo que pudo observar a través de los cristales, repletos de perlas de gotitas de agua, las nubes separarse poco a poco y dejar entrever por los claros a la pequeña luna blanquecina. Mientras, las estrellas comenzaron a vislumbrarse tras el vendaval. Las luces de las farolas emitían un poderoso brillo dorado que recordaban a estáticas esferas de energía fantasmales. Como acompañante de la noche, el canto de los grillos sonaba vivo y penetrante. De vez en cuando se escuchaba el estridente eco del rugir del motor de algún vehículo que pasaba acelerando la calle y hacía saltar ráfagas de agua de lluvia estancada sobre el asfalto.
Rodó sus ojos y los detuvo en el joven que le abrazaba cual chiquillo a su peluche favorito. Stan dormía profundamente como una criatura en estado de hibernación. Su rostro, en ese estado, era todavía más sereno y apacible si cabe. Stan dormía con una mejilla pegada a su hombro, y con la boca levemente entreabierta; todavía pervivían en él rasgos de niño pequeño. Mientras dormía, el cuerpo de Stanley apenas mostraba movimiento alguno. A veces, sus labios se movían levemente, como si estuviera hablando en el mundo de los sueños. Stan solía hablar estando dormido; era algo que había descubierto Kenny hacía tiempo atrás.
A continuación, dejó de contemplar a su compañero hecho amante y alzó sus ojos en dirección al techo de la habitación. De fondo captaba el respirar suave del durmiente, equiparable a un pequeño fuelle. Recordó con claridad las sensaciones que había compartido con Stan, comenzando a ser plenamente consciente de ellas. Tan solo con rememorarlas se sentía desconcertado. A Kenny le costaba creer que Stan le había correspondido, pero así había ocurrido: un hecho real cosido al telar del mundo real. En cambio, Kenny no se sentía bien. Había tenido un buen orgasmo aun sintiéndose incoherente y extraño durante el tiempo que duró el acto sexual, por lo que ahora algo le impedía sentirse a gusto con la nueva dirección que estaba tomando su vida. Llevó a cabo una profunda respiración y dejó salir el aire sobrante poco a poco, buscando la forma de alejar de sí aquella tensión que comenzaba a enturbiarle de manera tan negativa. ¿Por qué no se sentía pletórico? Por fin Stanley le correspondía de la manera que siempre anheló. Entonces, ¿qué había de esa sensación agria que se extendía, cual pérfido veneno, por su conciencia?
De pronto, escuchó el coche de los Marsh aproximarse y ser aparcado en el garaje. El rugido del motor consiguió que su amigo despertara de un respingo. Éste, en acto reflejo, nada más hubo escuchado la venida de sus padres hablando entre ellos mientras cruzaban el rellano de la casa y abrir la puerta principal se levantó cual resorte de la cama y comenzó a vestirse apresuradamente. Kenny lo imitó; lo menos que quería era que los señores Marsh los pillaran de esa guisa e intuyó que esta idea estaba pasando igualmente por la cabeza de Stanley. Kenny se sentía tan, tan avergonzado, y tan extraño de sí mismo después de lo que había vivido que le era imposible formular alguna palabra. Aún estaba pegajoso e incómodo a causa del sexo, pero evitó que eso lo incomodara mientras terminaba de vestirse a toda prisa. La cálida mano de Stan, sin avisar, lo asió por un brazo, suavemente, tomándolo desprevenido. Era una caricia. Kenny llevó la mirada a su querido amigo y vio que este le sonreía. Las luces de las farolas hacían que su ojo azul no vendado brillase cual mineral. La habitación, apenas iluminada, vestía de penumbra; una penumbra que desentrañaba secretos como los de aquellas mujeres en un escondrijo de brujas antes de ser devoradas por las antorchas de una furiosa muchedumbre cristiana.
—No hace falta que bajes ahora, Kenny —dijo Stan empleando tono suave—. Si quieres puedes tomar una ducha primero mientras yo estoy abajo con mis padres. Yo ya me ducharé luego, después de que por fin cenemos algo. Apuesto a que sigues tan hambriento como yo.
Se dio cuenta de que Stanley se le había quedado mirando fijamente después de hablarle, por lo que Kenny hizo descender sus ojos índigos a modo de chiquillo pequeño que quiere ocultar, sin resultado, una evidencia. Una gigante pesadez parecía oprimir el confundido corazón de Kenny. Stan volvió a sonreírle: sus hoyuelos en las mejillas volvieron a quedar remarcados y Kenny olvidó hasta su nombre. De improviso, Stan envolvió los brazos alrededor de su cintura, lo atrajo más de cerca y se le acercó al rostro para besarle. Cuando se apartaron, Kenny le envió una débil sonrisa tatuada en sus labios.
Stan se separó un poco y recogió la camiseta del suelo para ponérsela. Luego volvió a hablarle:
—Cuando termines de ducharte, coge la ropa que quieras de mi armario y vístete. Te espero abajo.
Una vez estando Kenny solo procedió a desvestirse, en esta ocasión sin prisas, y dejó su ropa ordenadamente sobre la silla a ruedas que estaba pegada a un escritorio repleto de libros de texto y hojas garabateadas con apuntes. Kenny resopló frustrado cuando recordó que tendría dentro de un par de horas el examen de Lenguaje y Literatura. ¡No había estudiado! Mierda. Luego sintió que le daba igual; no iba a ir a la universidad ni nada parecido si no tenía siquiera dónde caerse muerto así que, si suspendía, ya tendría oportunidad de aprobar más adelante.
Mientras terminaba de desvestirse escuchaba las voces de los señores Marsh y la de Stan en el piso de abajo manteniendo una conversación. También percibió algún que otro ladrido de Sparky. Kenny podía oír la frecuencia más aguda de sus voces pero no entendía lo que decían. Se aproximó a la puerta que daba al pequeño cuarto de baño anexo, empujó la puerta suavemente y echó un vistazo al interior hasta dar con el interruptor con el que encender la luz. Una vez hecho esto, su atención quedó puesta en una pequeña caja de cartón vacía situada sobre el lavabo. La decoración publicitaria del exterior de la cajita de cartón dejaba claro que había contenido una bombilla en su interior. Posiblemente, mientras Stan y su familia cambiaba las bombillas rotas por unas nuevas, se habían olvidado recoger la caja de la bombilla que habían puesto en aquel baño.
Kenny gruñó, molestándose consigo mismo. Por su culpa había producido aquel estropicio con las bombillas. Pensó, por consiguiente, en el tiempo que aguantaría Stan sin que comenzara a preguntarle acerca de lo ocurrido durante la tormenta de truenos. No tendría por qué explicarle nada si no podía hacerlo. Había prometido a Bradley que nunca diría nada sobre ellos ni involucraría a nadie, que ya bastante involucrada estaba su familia.
Abrió el agua de la ducha, y la llevó hacia el extremo opuesto, donde se marcaba la temperatura más fría. Así pues, primero cerró la puerta del baño e, inmediatamente, se metió en la ducha, cerrando con cuidado la mampara de cristal. Dejó caer los párpados y concentró sus sentidos en la agradable sensación de sus músculos al relajarse bajo el chorro lluvioso de agua helada. No tardó en dejarse llevar completamente por dicha sensación. En la parte inferior de su cuerpo todavía percibía la sensación que tenía después de practicar sexo: una agradable languidez recorrerlo como un hormigueo, mil patitas de hormigas caminando sin orden tras haber recibido una dosis eléctrica de energía descontrolada. Su cabello albino quedó oscurecido varios tonos, un rubio ceniza muy claro, y se adhirió a la plena grazia rafaelesca de la curvatura que servía de nexo entre cuello y hombros. Pensó que debería ir cuanto antes a cortarse aquel terrible pelo indomable aunque volviera a crecerle desmesuradamente en cuestión de horas.
Se examinó la piel y sintió el mismo desconcierto que siempre lo abordaba al ver que carecía de lunares, pecas, manchas, granitos, moratones o rozaduras. Nada, vacío, desértico: en su piel no había motivo que entorpeciera la tersura simétrica que la caracterizaba. Esta, en cambio, envolvía unos músculos magros sin un gramo de grasa en toda su extensión. Ni siquiera le salía vello en los brazos, pecho, piernas o axilas, como tampoco le había salido nunca la fina e irisada capa juvenil de barba a pesar de tener ya diecisiete años; en la vida no había tenido que afeitarse pues no le salía barba. Aparte del cabello, solo poseía los transparentes encajes blanquecinos de las pestañas, las invisibles cejas y el escaso vello descolorido de la entrepierna. Puso después atención en sus manos y estudió sus uñas, las cuales apenas crecían y, si se las mordía, en pocos minutos las volvería tener igual que siempre. Pasó la lengua por el filo de sus dientes teniendo la boca cerrada. Sus perfectas piezas de marfil estaban métricamente alineadas en su recta y bien predispuesta colocación. Observó también las palmas de sus manos, en ellas comprobó, como tantas otras veces, que solo poseía las líneas dactilares principales: las líneas de anillo que enmarcaban los nudillos de sus diez huesudos dedos, la línea de la vida y la línea del corazón. Nada más. Kenny carecía de huellas dactilares. Las yemas de sus dedos eran inusualmente lisas como las de los ladrones que se las pulen con líquidos químicos para que estas no los delatasen. En las plantas de sus pies ocurría más de lo mismo.
Kenny no enfermaba; ni siquiera sabía lo que era una gripe, una varicela, un empacho o el implacable dolor de una muela picada. Le era ajeno un desprevenido bostezo, un estornudo, un típico dolor de cabeza o el efecto de una resaca. Realmente le era horrible no poder sentir nada de esos estímulos tan propiamente humanos y daba la razón que le frustraba mucho no poseerlos. Kenny se sentía cual fría e inanimada estatua que decora abandonados parques de ciudad y que todo el mundo pasa por delante e ignora. Kenny era el anatema de la Belleza: equilibrado y aterradoramente perfecto, así era él. No se sentía a gusto con su cuerpo como tampoco de las miradas de asombro que recibía de los demás hacia su físico, que parecía ser lo único que despertaba atención en él. Y eso le molestaba. De ahí a sus constantes intentos de ocultarse con capas y capas de pesada ropa desde temprana edad. Francamente, a Kenny le hubiera gustado sentirse más… más humano. Pero los humanos poseen cuerpos débiles, muy, muy delebles y frágiles como láminas de fino cristal. El suyo no era así ni de lejos. Muy a pesar de todos los golpes y heridas que Kenny se hiciera, la zona afectada solo se enrojecía un poco y se regeneraba sin dejar rastro de cicatriz o cualquier otro tipo de moratón. Todo quedaba regenerado y curado al cabo de minutos, y lo más eufemísticamente pasmoso de todo radicaba en otra afirmación que había descubierto en el decurso de su existencia:
No podía morir.
No sabía científicamente cómo, pero así era. Kenny no dudó en que Madre tenía mucho que ver en eso. Por otra parte, Bradley Biggle era consciente de la habilidad de Kenny. Incluso, le había revelado aquella misma noche que nada más Kenny alcanzara la madurez, ya no necesitaría de Carol para renacer; como un ave fénix sería capaz de renacer por sí mismo. Para entonces, el coste de energía tendría que ser enorme y... peligroso, dedujo Kenny para sí. ¿Cuántas tormentas harían falta entonces para reparar un coste tan alto como el de renacer tras la muerte por sí mismo? Estaba demasiado claro que su cuerpo respondía a otros patrones ajenos a los humanos.
Pensar en todo ello lo inquietaba profundamente.
No era un humano pero se parecía mucho a uno. Aun así, él era… otra cosa. ¿Pero el qué?
La respuesta le era desconocida.
Echó jabón líquido en la palma de su mano, acercó la nariz y aspiró el agradable aroma. Olía a Stan. Se enjabonó bien todo el cuerpo. Limpió con especial cuidado el sexo y el ano. También se lavó el pelo. Quiso lavarse los dientes pero recordó que su cepillo estaba lejos de allí. Justamente a un puñado de casas más abajo. En la casa de los Tucker. Al igual que el resto de sus cosas que, en el fondo, no eran demasiadas: varias piezas de ropa, algunos libros y cuadernos de clase, otro par de zapatillas, algunos discos que hubo añadido a la cuantísima colección de Craig, su cepillo de dientes y…
La cajita de música.
El corazón le dio un estremecedor vuelco.
"¿Dónde estará? ¿Seguirá estando en el escritorio de Craig? Seguro que sí. Cálmate. Aunque ya no estéis juntos, él la cuidará hasta que decidas ir a por ella. Sólo él sabe lo importante que es para ti esa cajita."
Kenny le había contado a Craig que la había encontrado tirada siendo niño en la corona forestal de Longs Peak… pero era mentira. Sintió que aquella caja tenía que ver, de una manera u otra, con Madre y no quería que Craig se viera involucrado ni lo más mínimo. ¿Y por qué lo creía así? Por la forma en que la cajita había llegado a parar a sus manos.
Kenny había comprado la cajita en uno de los tantos puestos que había en el mercadillo que se celebraba en South Park anualmente y que reunía a vendedores y curiosos de pueblos colindantes. Un día, Kenny había acompañado a Karen para ir a uno de esos mercadillos multitudinarios. Estuvieron montándose en algunas atracciones de feria, se divirtieron mucho, comieron helado de chicle, su preferido, y pasearon mientras veían las cosas que se vendían en los diferentes puestos. Con algo de suerte encontrarían algo interesante y barato. Kenny echó un vistazo a uno de estos puestos y, sus ojos, casi como si algo invisible los dirigiese, se enfocaron en esa cajita de madera azulada muy inusual. Tenía un color pálido y a primera vista se veía que era muy vieja y no estaba bien conservada. Apostó que llevaba mucho tiempo puesta a la venta. La habían apartado hacia un sitio en donde menos llamara la atención, como un chiquillo solitario apartado por una clase de niños bulliciosos. Esa idea hizo que sintiera el deseo de comprarla de manera muy intensa. Tanto, que no podía apartar siquiera la vista de ella. Se acercó mejor al puesto, entre leves empujones con otros compradores, hipnotizado cual serpiente ante los acordes arabescos de un oboe. Logró hacer hueco entre la multitud que rodeaba al puesto y pudo ver mejor aquella cajita de música tan ansiada. La tomó, la sostuvo entre sus manos y la sensación que sintió con sólo tocarla fue indescriptible.
Era como si la cajita le hubiera pertenecido siempre. Tanto, que no pudo evitar hacer temblar levemente el suelo que pisaba bajo un golpe de energía nervioso. A veces le costaba canalizar esa carga de energía que almacenaba su joven cuerpo. Conteniéndose para que el suelo dejara de temblar en reflejo de su nerviosismo, la examinó y dio en la parte trasera a la palanca del hilo musical. Le dio varias vueltas y, manteniendo la respiración, la abrió muy despacio, como quien abre el tesoro desenterrado de un barco pirata. Entonces la melodía surgió desde dentro de la cajita y Kenny quedó impactado.
Una mano ajena cerró de pronto la tapa de la cajita de un golpe y el hilo musical enmudeció en un abortado silencio. Kenny alzó su mirada hacia la persona que había hecho eso. Frente a él, se encontraba la que parecía ser la vendedora de aquel puesto.
Esta era una mujer que aparentaba tener treinta años. Hermosa; de rostro simétrico. A Kenny le llamó bastante la atención. Posiblemente todos los hombres que merodeaban por aquel puesto no estaban interesados en las cosas que vendía, baratijas sin valor, sino más bien en ella. Destacaba la fricción de sus finos labios, encendidos como el interior de una granada, los ojos ocultos tras unas gafas de sol. El pelo lo llevaba suelto y éste era largo, muy largo, kilométrico como el de una muñeca, extremadamente liso y negro, equiparable a un cieno de petróleo.
—Te esperaba —le dijo en voz baja la vendedora después de haber estado un rato observándole como queriendo recomponerse ante asombro de verle.
Kenny frunció el ceño.
—¿Disculpe?, ¿acaso nos conocemos?
—Lleva esta caja contigo y cuídala. No la pierdas por nada del mundo, ¿me has entendido? Ahora quiero que te marches de aquí y, por el bien de los dos, no me dirijas ni una sola palabra —inquirió severamente en otro susurro.
Dicho esto, la mujer se apartó, casi como si huyera de él, y siguió atendiendo a otros clientes. No volvió a mirarle siquiera. Parecía que estaba ignorándolo premeditadamente. Kenny salió del puesto sintiéndose consternado, se aproximó hasta Karen quien había estado contemplando la escena a una prudente distancia.
—¿Qué ha pasado, Kenny?
—No lo sé —dijo todavía atolondrado—. La verdad que no lo sé. Ni siquiera dejó que le pagara la cajita.
—¡Por Dios, Kenny! —Karen miró el objeto, rodeó los ojos y carcajeó divertida—. Nadie pagaría ni un dólar por una cajita de música tan hecha polvo. Seguro que le hiciste un favor a la vendedora por deshacerse de algo tan inservible como eso.
Kenny se llevó enseguida a Karen del mercadillo tal y como le había pedido aquella extraña mujer. A la noche siguiente, Kenny huyó de casa tras haber discutido con su borracho padre, recibiendo aquel puñetazo de su parte, y finalmente acabar amparado entre los brazos de Craig.
Durante los días siguientes, la obstinada melodía que nacía de la cajita relampagueaba constante sus sentimientos cada vez que la escuchaba. Al cabo de varios días viviendo en secreto en la habitación de Craig, a sabiendas de los amplios conocimientos de éste para con la música, Kenny decidió enseñarle la cajita. Fue escuchar los primeros acordes y Craig ya sabía qué canción era. El joven le aclaró a Kenny que la versión musical de la cajita no era otra sino Fly me to the Moon de Frank Sinatra. Entonces Craig le puso la melodía original. Kenny se sintió terriblemente consternado, pero feliz al escuchar la letra que hasta aquel momento desconocía. Incluso se le puso los pelos de punta. Cuando Craig levantó la aguja del reproductor de vinilos, se acercó y se sentó a su lado, en la cama. Craig volvió a darle rosca a la cajita de música y la abrió para escuchar la melodía de nuevo. Kenny se dio cuenta de que Craig había cerrado los ojos y esgrimía una casi imperceptible sonrisa mientras ponía sus sentidos en aquella tintineante versión. Parecía estar disfrutando del sonido.
—¿Y bien?; ¿qué te parece? —le preguntó Kenny con curiosidad.
—Es… es de color índigo —respondió Craig con los ojos aún cerrados.
Kenny no tardó demasiado en darse cuenta de que se refería al color de la melodía. Habían pasado días desde que Craig le había confesado costosamente que era sinéstesico.
—¿Qué jodido color es ese?
—Es un añil profundo y oscuro pero a la vez es también muy brillante —le reveló Craig bajo un significado que prácticamente nadie comprendería—. Es mi color preferido porque es el más agradable de escuchar para mí.
Craig quedó como si reflexionara durante un lapsus de tiempo, después abrió sus almendrados ojos de ébano, elevó la cajita despacio y dejó que Kenny se contemplara en el espejo agrietado que había en el interior mientras el hilo musical proseguía. Kenny, en el reflejo del espejo, se topó con el magnético azul sideral que nacía de sus orbes.
—¿Así suena esta canción?
Craig lo observaba con taciturno deleite, quien poco después ladeó la cabeza y miró hacia otro lado, asintiendo.
—En su mayor parte. Me resultaría difícil explicártelo ya que no todas las notas y armónicos suenan de la misma manera, ni en intensidad ni en timbre. Pero, sí —recalcó—, se podría decir que sí. Me resulta bastante extraño. Nunca me había ocurrido antes con nada parecido. Es como… como si esta melodía se centrara en destacar el sonido índigo sobre todo lo demás. Y, créeme, mantener una nota sin contaminarse por las demás es algo muy, muy difícil y poco frecuente.
—Así que eso quiere decir que mi cajita ha sido creada para que un tipo la hostia de raro y sexy como tú la escuche—dijo picaronamente mientras reptaba sobre Craig y lo besaba una y otra vez en la boca, en la mandíbula, en el cuello y en cada resquicio de piel que estuviera al alcance de sus ávidos labios.
Craig carcajeó con naturalidad ante tal ocurrencia, con sus manos frenando el ataque demoledor de besos para poder hablar. Sus rostros estaban separados por pocos milímetros. Él sobre Craig.
—Lo dudo mucho, Kenneth. Supongo que es pura casualidad que tu horrible cajita de niña suene así de bien.
Vuelta al presente y a su cruda realidad. El jabón siguió discurriendo por su piel hasta ser engullido por el sumidero de la ducha. Kenny frunció la cara intensamente, como cuando estaba confuso y quería gritar a pleno pulmón. No alcanzó decir nada pero el grito resonó adentro, con atronadora fuerza. La temblorosa respiración y las lágrimas que llenaban sus ojos le anunciaban un dolor palpable y claro. Su respiración reverberó entre las baldosas blancas. Si cada persona tuviera que pagar un dólar por permitirse llorar entre las cuatro paredes del baño, a día de hoy no habría bancos suficientes en este mundo para guardar semejante cantidad de dinero recaudado.
"Últimamente lloro demasiado", pensó sacudiéndose un poco el cuello. "¡Para! ¡Deja de llorar, joder! ¡Ya no eres un maldito crío!"
Al cerrar los ojos, la imagen de Craig escuchando la melodía de la cajita, sentados en la cama, frente a él, acudió a su mente. Kenny se nubló de repente. La ansiedad le había infectado de pies a cabeza mientras que la felicidad que había hallado junto a Stan se rompía en mil cristales punzantes y todos sus miedos salían a la luz hiriéndole con emponzoñadas espinas que le hacían desear la muerte. Una muerte que nunca llegaría.
"Tú no lloras por la cajita, admítelo. Lloras por Craig", sentenció para sí duramente. "Has sido incapaz de darle lo que te pedía. Algo tan sencillo como la comprensión, la confianza. Él quería estar contigo; él te quería de verdad. Y tú has hecho esto, has sido incapaz de olvidar el pasado. Como un idiota impertinente has seguido empecinándote en mirar hacia atrás queriendo revivir el tiempo."
Apretó una mano contra su boca, con fuerza, cabizbajo, y se permitió llorar en silencio. Con el melodioso sonido de las gotas de agua dulce intercediendo por él.
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Craig frenó el vehículo frente a la casa de los Broflovski. Se despidieron sin intercambiar demasiadas palabras. Finalmente, Kyle salió del interior del coche y cerró la puerta tras de sí. Llevaba entre las manos la camiseta de botones mojada y la sudadera añil de Craig puesta. Craig lo observó llegar hasta la puerta de entrada, con los brazos cruzados abrazándose a sí mismo a causa de la molesta humedad que había enfriado el aire tras la tormenta. Antes de desaparecer tras la puerta, Kyle se volvió, extendió una leve sonrisa en el rostro, una sencilla, hermosa y natural, de agradecimiento, y levantó la mano, sin sacudirla, para decirle adiós desde lejos.
En ese momento, Craig pernoctó cómo un floreciente cariño nacía dentro de él, con el nombre de aquel singular muchacho tatuado. No entendía cómo, en el ínfimo plazo de horas, sentía un nivel de cariño tan significativo por Kyle.
El viejo Chrysler de su padre Thomas surcaba por entre las cortinas de aire de la U.S. Route 34 de Colorado después de dejar la Carretera Local 7 de Lily Mountain en donde se asentaba próximo South Park. El irregular cuerpo de asfalto lo alejaba más y más. Con las manos aferradas al volante, no sabía exactamente adónde se dirigía ni por qué había escogido ir en dirección norte. Se había dejado llevar por el instinto. La ventanilla anexa a su asiento estaba abierta; por ella entraba un aire frígido que enfriaba e insensibilizaba su rostro. Las ráfagas entraban y movían su corto cabello negro como azabache. Con todo ello, le llegó el aroma a tierra mojada y el perfume particular de un bosque de coníferas. La sensación del frío arañando su cara le resultó agradable. No echó de menos su sudadera añil que el llamativo pecoso seguramente aún llevaría puesta. Craig estaba escapando de todo, pero sobre todo de sí mismo. Necesitaba tiempo para pensar. Y qué mejor lugar para la reflexión que un coche en movimiento hacia ninguna parte. Una fuerza invisible en su interior gritaba con telúrica fuerza, para que se alejara, que huyera por breve espacio de tiempo de sus problemas, de huir de cualquier pensamiento que lo llevasen a Kenny. Lo quería fuera de él lo más pronto posible. Quería arrancarse el dolor a tiras como si se arrancara la piel. Quería extirpar el amor cual cirujano que empleando una incisión precisa corta la zona cancerosa.
Una señal poco llamativa le indicó que se estaba introduciendo en el pueblo de Estes Park. El encharcado asfalto le demostró que por allí también había alcanzado los estragos de la tormenta. Las colinas, teñidas en azul marino a causa de la noctámbula luz de la noche, se definían en trazados ondulantes formando mareas de cerros y fértiles valles de pajosa hierba alta. Al suroeste quedaban visibles, en eterna firmeza de permanencia, las Rocosas, ataviadas con su inextinguible manto de nieve. En dirección noroeste se erigía un bosque alpino por el que la carretera entraba y salía y, según se inclinaba el terreno y superar los dos mil metros de altitud, este bosque desaparecía y la tierra ascendía desnuda; un manto de rocas pedregoso y seco. Aquella ascensión piramidal de rocas conformaba la montaña Longs Peak, cuya cúspide besaba el cielo a cuatro kilómetros de altura. En dirección este, escondido entre las llanuras, apartado apenas unos kilómetros del pequeño pueblo de Estes Park, se encontraba el famoso Stanley Hotel. Craig lo pudo avistar desde lejos. No resultaba tan lóbrego como sí lo era su historia. Las luces doradas de pergamino atravesaban muchas de las ventanas anexadas a los muros de ladrillo del hotel encalado en blanca pintura. Frente a la fachada, una hilera completa de vehículos y autobuses estaban aparcados en un configurado orden. Estaba a reventar de personas.
El Stanley Hotel era famoso en todo Colorado porque se decía que en él habitaban fantasmas. Allí se grabó el film "El Resplandor", basado en un libro de Stephen King en la época que era un buen escritor. Dicho film llevó a la fama las excentricidades psicótico-esquizoides que tan recurrentes eran en las interpretaciones de Jack Nicholson a lo largo de su carrera. En cualquier caso, un considerable número de turistas —sobre todo freaks, curiosos y amantes de lo paranormal— venía desde cualquier punto del país para dormir en aquel hotel de estilo neocolonial con la esperanza de toparse con una sábana transparente y flotante paseándose por los tétricos pasillos. Craig se había quedado más de una vez allí con sus amigos... salvo Tweek, quien nunca pisó aquel lugar ni aunque le fuera la vida en ello. En las veces que estuvo allí, Craig nunca presenció nada extraño. Sólo fue capaz de conseguir cochinas borracheras quinceañeras a base de cerveza de marca blanca y destornilladores hechos de vodka barato rebajado con refresco de limón y mucho hielo.
Pensó en Tweek. El médico había pedido que lo dejaran descansar hasta el día siguiente. Craig se prometió que iría a verlo y le haría compañía. También pensó en Bradley Biggle. Aún desconcertado, Craig creía tácitamente que aquel muchacho de doble cara había tenido mucho que ver con la interrupción del ataque esquizofrénico de su mejor amigo. Asimismo, Craig entendía que había algo en ese snob que realmente conectaba con Kenny en mil y una formas. Algo que era totalmente consciente desde hacía mucho tiempo atrás. Y Bradley sabía que él lo sabía, incluso, disfrutaba con ello; se lo había dado a entender abiertamente en la cafetería de los Tweak.
Pasó de largo el hotel paranormal y Estes Park. Avanzó su camino sin rumbo hacia el norte, por Fall River Road. Después de seis kilómetros sin rastro de evidencia humana, llegó a una pequeña gasolinera de veinticuatro horas. Paró en ella e hizo que le llenaran el depósito de gasolina. Habían varios coches estacionados cerca. En el otro extremo de la carretera que conectaba con la gasolinera había una amplia cuneta de tierra. Allí se alojaba un vehículo con las luces de contacto encendidas. En torno a él habían unos chavales que bebían alcohol y bailaban un estridente tema de electronic body music. EBM. De todos ellos destacaba una chica: llevaba media cabeza rapada al cero mientras que en la otra mitad crecía un largo cabello negro decorado con mechones verdes. La chica parecía estar sumida al efecto de alguna droga, posiblemente MDA. Metilendioxianfetamina. Su cuerpo se sacudía nerviosamente cedida por el ritmo cacofónico al estar narcotizada; la mirada entornada, extasiada como en un orgasmo infinito; ella se dejaba ahogar en el mar placentero del éxtasis químico y de pupilas dilatadas.
Craig entró sin más en la cafetería. El ambiente en sí y su composición respiraban cierto toque de los años cincuenta. Allí estaban dispersos varios clientes en el interior. Unos camioneros descansando de su jornada; dos góticos imbuidos en una conversación aburrida mientras bebían café y miraban con recelo a los extravagantes jóvenes cyber que estaban fuera; una mujer hablando exasperada, casi llorando, con su amiga acompañante; y, por último, un anciano con pintas de vagabundo durmiendo en el asiento de una esquina. Era la una y cuarto de la mañana; la noche para todos ellos iba a ser eterna. Una bella señora de rasgos amerindios, de sonrisa deslumbrante y de tono de voz acogedor, le atendió tras la barra. Craig pidió un café y, mientras éste se preparaba, paseó por la tienda anexada a la cafetería. Paseó por el entramado que flanqueaban las estanterías. Golosinas y chocolatinas envueltas en plásticos brillantes de colores, cajas de galletas y dulces, Cheesy Poofs, neveras con bebidas y comidas preparadas, herramientas, juguetes, viejos peluches de Chimpokomon, películas —la gran mayoría porno—, discos compactos de música comercial ya desfasada y el orondo dependiente observándole fijamente tras la caja.
Se acercó a la sección de periódicos, mapas y revistas. Fue pasando la vista por los titulares y se sintió profundamente asqueado. En ningún titular halló una buena noticia. Era como si el mundo se hubiera ido a la deriva de la maldad y el descontrol inminente. De repente vio algo llamativo entre la lapidaria enclave de noticias impresas; envuelto en un celofán que abrazaba los retazos de luz artificial, brillaba un mapa celeste. Al ser aquella zona un lugar de pronunciada altitud, era ideal para la observación de las estrellas. De entre los demás mapas de carretera, Craig quedó congelado, mirando inquietamente el mapa celeste plegado y envuelto y sintió el primer ramalazo de nostalgia. Cuando era niño su querida abuela materna le había regalado un telescopio y un mapa celeste unos meses antes de fallecer por un coágulo agravado en su cerebro. Craig lo había pegado como póster en su habitación y, empleando chinchetas, apuntaba los lugares del firmamento que había sido capaz de hallar empleando el telescopio. Con el tiempo, Craig aprendió a moverse por las estrellas a través de coordenadas, llegó a aprenderse de memoria las constelaciones como también supo orientarse utilizándolas hasta tener la capacidad de encontrarlas sin esfuerzo en el manto de la noche. A veces, en sus reflexiones inocentes de niño pequeño, no comprendía como el Universo, siendo tan enorme, apenas hiciese ruido, mientras que un planeta tan pequeño e insignificante como la Tierra fuese, en cambio, tan escandaloso. El mapa celeste, en pocos días, había quedado anegado de chinchetas. Cuando murió su abuela, la única persona de su familia que hasta entonces lo comprendía y no lo trataba diferente por su condición de sinéstesico, dejó de buscar estrellas, puso los pies en la tierra y probó el cruel sabor de la realidad; de lo efímero e insignificante que podía ser la vida de cualquier persona. El nombre de su abuela se convirtió en tabú, cualquier recuerdo de ella también había sido vedado en el círculo familiar. Tras su muerte, nadie volvió a mencionarla en sus conversaciones. La tumba sólo se convirtió en una losa de mármol la cual se decoraba mensualmente con flores. Él no comprendió nunca estas reacciones. Y, si Craig mencionaba alguna anécdota agradable acerca de ella a sus padres, le rehuían como si trajera a la vida algo que debía quedar en el pasado, en los pensamientos. Craig tiró a la basura el mapa celeste con sus chinchetas aún puestas y guardó el telescopio en el desván para que el polvo se adueñara de él. ¿Para qué conocer estrellas lejanas si nunca sería capaz de conocer mínimanente el extraño mundo que pisaba? El mundo maravilloso se desplomó de pronto sobre su propio peso y el universo se convirtió en una imagen en negativo, en donde los colores reales eran los complementarios.
Su abuela murió, él endureció sus sentimientos con acero, construyó un muro alrededor y las ilusiones cándidas de su niñez murieron con ella.
Fue entonces, después de pasada la década, cuando los sentimientos de un Craig-niño que habían dormido por muchos años dentro de él despertaron súbitamente. Sin pensarlo por más tiempo, Craig pagó los seis dólares del mapa celeste y el coste de la gasolina. El café ya estaba esperándolo en el mostrador de la cafetería.
Se sentó en una de las butacas y bebió un sorbo mientras cogía el móvil que guardaba en el bolsillo. Vio una decena de llamadas perdidas de casa de sus padres y otros tantos mensajes instantáneos enviados por su hermana Ruby. No paraba de preguntarle en dónde demonios estaba. Con otro simple mensaje, Craig le respondió que estaba bien y que dormiría fuera de casa. A esas alturas, unos chillidos color lima provenientes de su madre nada más regresar al hogar no tendrían efecto alguno sobre él; de hecho, ni los tuvieron en el pasado, ni los tenían en el presente, ni los tendrían tampoco en el devenir futuro.
Una vez sentado de nuevo al volante, se quedó en silencio reflexionando en la noche. Los cyber seguían bailando descontrolados y riendo delirantes a lo lejos. Encendió el motor. ¿Adónde puñetas iba a ir? Lo único que deseaba era largarse para siempre de South Park. Tenía cuarenta dólares y ocho centavos en la cartera. No podía permitirse ir demasiado lejos.
Craig exhaló un leve carcajeo de desidia. Enamorarse había sido una de las mayores estupideces que había cometido en toda su vida. "¡Sabías perfectamente que ese chico albino no te convenía y aún así cediste!", se decía duramente. "¿Dónde quedó el Craig que era capaz de soportar este mundo de mierda?".
Únicamente, tras el paso de McCormick por su vida, había vuelto una cosa de su antigua rutina: su soledad. Pero esta soledad recién devuelta se estaba volviendo contra él de la manera más cruel. Se estaba dando cuenta de todo lo que no había podido hacer en su vida y de lo que la vida no había hecho por él. Pensó que tal vez su función en la vida consistía simplemente en dejar los caminos a medias. La frustración lo embriagó de resentimiento. Y era en esos momentos, parado en una gasolinera, cuando comenzó a ser consciente de la forma en que había escogido encaminar su vida.
O puede que tal vez no.
Quizá el hecho de haberse enamorado de Kenny no había salido de un hecho fortuito, sino en básica premeditación que había estado macerando al cabo del tiempo...
En South Park llovía muy a menudo. Al igual que en los pueblillos aislados de Escocia, de cada tres días, llovía dos. Y, normalmente, en uno nevaba o se desataba una brutal tormenta. Ante esta desafortunada sucesión de inclemencias climatológicas, el colegio del pueblo había construido un gimnasio para cobijar a los niños y así pudieran ellos practicar deportes en la hora de educación física. Lo construyeron en el mismo patio del recinto empleando unas dimensiones discretas. El interior del gimnasio se describía espacioso: una cancha de superficie pulida, como las de baloncesto, rodeada por una gradería de escalones grandes y una lengua de escaleras descendentes que conectaban con la entrada. La techumbre era a dos aguan en la que, para su edificación, se habían empleado materiales plásticos y hierros resistentes. Con lo cual, el gimnasio por dentro era una auténtica fuente de ecos que resonaban sólidamente y se expandían bajo idéntica fuerza por el aire, como una gran ola que crece y se enrosca furiosamente antes de chocar y morir contra las rocas de una costa.
Craig, desde niño, odiaba aquel gimnasio. Era una máquina de tortura para él. Imaginaos un lugar repleto de chavales ruidosos, golpeando balones contra un suelo duro y resbaladizo, con las zapatillas resbalando y chirriando sobre éste, el profesor vociferando para que hicieran tal serie de también ruidosos ejercicios. Gritos, saltos, golpes, más y más ruido… demasiado ruido estancado, rebotando contra un tejado que elevaba aún más la intensidad de todo residuo sonoro. Si para una persona normal pudiera resultar incómodo, sería más que insufrible para un chaval que había nacido con un sistema auditivo sumamente frágil y refinado que, por una alteración neurológica congénita, se había desarrollado también en el campo de la visión, viendo vibraciones sonoras de colores. Sinestesia audiovisual.
—¿Dónde se ha metido tu primo, Marsh? —había preguntado el profesor de Educación Física a Stan. Momento en que sólo eran chiquillos de tercer grado y Craig, por su incontrolable conducta, se había visto obligado a repetir curso.
—Está fuera, profesor. Craig no quiere entrar —respondió el pequeño Stanley, de ocho años, con la típica voz enfática de un niño lleno de energía.
Un Craig de casi nueve años, efectivamente, estaba fuera pegado contra la pared exterior, cobijándose de la lluvia bajo el alero metalizado del gimnasio, justamente alejado de la puerta de entrada. Él no iba a entrar. No quería entrar en esa máquina de ruido que era para él aquel edificio. Escuchó las pisadas duras del profesor chocar contra la escalinata y salir por la entrada. El profesor se acercó a paso decidido y lo miró con total molestia.
—¿Quién demonios te crees que eres, eh? ¿Piensas que puedes hacer lo que se te viene en gana y ya está? ¡Pues conmigo la llevas claro, chaval! —lo tomó del brazo sin emplear fuerza y tiró de él para que entrara en el gimnasio—. ¡En mi clase harás lo que yo te diga y punto! ¡Vamos, entra ya de una buena vez y compórtate como una persona civilizada!
Craig comenzó a tirar intensamente para zafarse de la mano que lo retenía cuando atravesó el umbral y el ruido del interior que escapaba como un embudo por allí pegó duro en su visión. Como el aroma de un perfume fuerte que llega de un ramalazo al sentido del olfato, produciendo mareos y ganas de vomitar. Craig se tensó como un gato y empezó a tirar hacia atrás, huyendo de aquel eco infernal de voces, ruidos y colores estridentes. Las sienes le palpitaban anunciando la pronta llegada de la migraña que se estaba formando tras sus párpados. Los demás niños seguían jugando al baloncesto sin darse cuenta de lo que ocurría.
Craig pudo atisbar entre los forcejeos con el profesor a Stan, jugando divertido al baloncesto con los demás niños. Había pasado la pelota a Kyle que encestó sin problema con un triple. Los niños del equipo se abrazaron juntos para celebrarlo. Chillaban de alegría, en tonos amarillos y naranjas, con cánticos. Kyle y Stan se habían abrazado mientras saltaban rodeados por sus compañeros de equipo que también saltaban y fastidiaban con cortes de manga al grupo contrario liderado por Cartman.
¡El dulce, bueno y simpático de Stanley Marsh querido por todos!
Stanley Marsh, que se parecía físicamente él, era a su vez lo que Craig no podía ser.
Craig odiaba ser, de los dos, la cara oculta de la luna: el problemático, el conflictivo, el asocial, el frío, el incomprendido, el que todo el mundo apartaba de lado con cierto temor. Las comparaciones siempre fueron odiosas para Craig y él las sufrió en su propia piel cuando la gente lo comparaba con Stan desde que tenía uso de razón para denigrarle, para hacerle daño. ¿Por qué enfocaba su odio a Stan? En el fondo, Stan no tenía la culpa. Éste siempre le había demostrado un incondicional afecto. Eran los demás, los mayores y los niños, los que hicieron que lo odiase.
Pero nadie comprendía nada. Desde la muerte de su abuela nadie se esforzó por comprenderlo; ni siquiera sus padres. Ellos actuaron como si su sinestesia no existiese. Nadie fuera de su familia nunca se preguntó por qué se comportaba mal, el porqué de su rebeldía, de su personalidad conflictiva. Craig aprendió con el tiempo que a la gente no le importaba quién era sino lo que aparentaba ser.
—¡Vamos, entra ya! ¡Ya podrías ser como tu primo, maldita sea, es más pequeño que tú y no se comporta de esta manera! —seguía empujándole el profesor más enfadado que antes.
—¡No! —gritó sin importarle el doloroso eco rojizo que vendría después—. ¡Suéltame, joder! ¡No quiero entrar!
La escena festiva de la cancha calló abruptamente y los niños contemplaron con pasmoso asombro la escena. Sintió los ojos clarísimos de Stan desde abajo, clavados en él. Craig sintió que se miraba a sí mismo desde los ojos de su primo. Forzado por la mano de su profesor, Craig tuvo que bajar una a una las escaleras hasta alcanzar la cancha. Muchos de los chiquillos comenzaron a reírse y a mofarse de él. El eco de coloridas voces aglomeradas hizo que se retorciera de dolor a causa de la migraña. Craig creyó que se desmayaría y se desplomaría contra el suelo del dolor. Vio a Tweek por el rabillo del ojo, observándolo triste y con ojos compasivos. Era el único que no se mofaba de su situación. En vez de eso, parecía entristecerse por su suerte.
En un movimiento rápido, Craig, que se había convertido en un animalillo salvaje e indefenso, propinó una patada en una de las pantorrillas de profesor. En acto reflejo el profesor lo soltó pegando un alarido y sin darle tiempo a que reaccionase, Craig corrió subiendo escaleras a toda prisa y saliendo como alma que llevaba el diablo hacia la salida.
—¡Craig! —escuchó gritar tras él. Pero no se paró a mirar. Sonaba igual que su propia voz. Puede que una voz más aniñada, con otro acento y más enfatizada—. ¡Espérame, Craig!
La lluvia caía sobre la tierra en forma de copiosas y gordas gotas. En su fuga hacia ninguna parte, Craig resbaló y cayó de bruces contra el mojado suelo de asfalto del patio. Una acogedora mano caliente trató de ayudarlo a levantarse, Craig miró hacia arriba y sus ojos castaños oscuros dieron con la bondad del mirar diáfano del pequeño Stanley. La lluvia caía sobre ellos y Craig sintió que ellos eran sólo dos jodidas gotas de agua más para los superficiales ojos de aquel mundo.
"¿Por qué no puedo jugar como él, divertirme como él y como todos los demás?", se preguntaba mientras se contemplaban a los ojos. "¿Por qué he tenido que ser yo el que sufra con esta carga?"
Profundamente dolido por no poder ser un niño normal, Craig se deshizo bruscamente de la afable mano de su primo.
—¡Apártate de mí! ¡No me toques! —Sus lágrimas se camuflaron con el agua de lluvia.
Los ojillos de Stan se ablandaron.
—Craig, yo… Yo sólo quiero ayudarte. Eres importante para mí.
La migraña apenas le dejaba pensar. Craig se levantó del suelo sin ayuda de nadie y en arrebato, empujó violentamente a Stan contra el suelo.
—¡Yo no quiero que me ayudes! —Con la ira creciendo en su pecho, Craig gritó—: ¡Te odio! ¿Me has escuchado bien, imbécil? ¡Te odio!
El niño tirado en el suelo lo miró incapaz de comprender lo que ocurría. Craig se marchó sin mirar atrás ni una sola vez. Salió por una de las portezuelas que dejaba el conserje abierta sin querer durante las horas lectivas de clase en sus venidas y llegadas. El colegio estaba edificado en la parte alta del pueblo. Craig no bajó por la calle por temor a que algún adulto lo viera fuera de clase; en cambio, bajó por un sendero de tierra embarrado a causa de la lluvia y que llevaba hasta las contadas casas que conformaba aquel pueblo de colores. Llegó a un muro de piedra con abundante vegetación. Se asomó y vio desde allí el desértico parque infantil del pueblo. Craig llegó hasta él y buscó cobijo en uno de los tres tubos lúdicos, grandes y superpuestos, dos abajo y uno arriba, que se encontraban en la zona de juegos para que los niños se escondieran en ellos. Se resguardó en el más alto. La lluvia seguía percutiendo fuera mientras que la luz del mediodía se tornaba nocturna a causa de los nubarrones. Craig temblaba de frío y de dolor. La migraña persistía pero el silencioso parque consiguió que sus sentidos retomaran poco a poco el cauce de la normalidad.
Estando solo, rompió a llorar, se quitó el chullo añil empapado y se tapó el rostro con ambas manos, como si quisiera atragantarse con su dolor y ocultarse del mundo que tanto detestaba. Se recostó contra la curvatura del tubo. Permaneció así durante minutos, luego, casi anestesiado de cansancio, su respiración comenzó a relajarse hasta que el llanto finalmente huyó de su cuerpo. Sus manos quedaron reposadas en su regazo. No supo muy bien cuánto tiempo permaneció quieto, adormilado y en silencio, dejándose llevar por el sonido de la lluvia. Cuando abrió los ojos vio un niño flaco como un palillo, desnutrido y más bajito que él analizándolo muy de cerca con la mirada; a pocos centímetros de su cara.
Craig se topó con un rostro prácticamente cubierto por la capucha de un anorak naranja. Sólo fue capaz de atisbar a la perfección dos iris color índigo endiabladamente intensos y brillantes. Supo enseguida de quién se trataba: era Kenneth Stuart, el hijo mediano de los McCormick, de siete años de edad. Prácticamente dos años más pequeño que él. Kenny era el chiquillo pobre que siempre andaba jugando con Stan, Cartman y Kyle. Sobre todo con Stan. Craig se sentó y se apartó un poco, poniendo un margen de separación entre ellos. Luego bajó la cabeza en acto fugaz para deshacerse de la humedad de su rostro a causa de las lágrimas. Craig se sintió terriblemente avergonzado. ¿Desde cuándo estaba ese niño allí observándolo? ¿Lo habría visto llorar? ¿Cómo es que no lo había oído llegar? Cuando se desembarazó de cualquier evidencia de que había estado llorando, Craig volvió a conectar sus ojos con aquel mirar tan peculiar.
—¿Mphmf pmfhfmpfmf? —dijo la voz de dibujo animado de aquel niño, sin cambiar de postura. Craig apenas le pudo entender al estar hablando dentro de su gruesa y pesada capucha que le tapaba la boca.
—¿…Qué has dicho?
—Mph phf mphmf pmfhmpfmf.
Craig se quedó en silencio sin lograr entenderlo. El chiquillo sí que pareció comprender su mutismo, por lo que resopló molesto y, de un sólo gesto, se echó para atrás la capucha anaranjada y dejar así al descubierto su rostro y su alborotada pelambrera plateada. Luego rebuscó en uno de sus bolsillos y le extendió un pequeño paquete colorido y redondo envuelto en plástico.
—Te estoy preguntando que si quieres un caramelo.
Craig quedó tan ahogado de la conmoción que le provocó ver por primera vez el rostro de Kenny que no le prestó atención a sus palabras. Jamás creyó que aquel niño pudiera ser tan… tan extrañamente hermoso. Era como un ángel caído del cielo a pesar de su delgadez a causa de la dura pobreza en la que vivía. Pelo rubísimo como los rayos del sol, piel lechosa, sin rastro alguno de melanina, brillante, de mejillas sonrosadas como la cáscara de los melocotones, tenía los ojos algo separados y oblicuos, curiosamente grandes en comparación a los de una persona normal, pero que hacían juego en su cara de dibujo animado. ¡Y esos dientecillos de leche tan chiquitos como brillantes perlas!
Lo estuvo mirando fruto del paroxismo por tendidos segundos, hipnotizado y cautivado hasta en lo más profundo de su alma. Se olvidó incluso del dolor, de la sinestesia, de la migraña y de sí mismo.
En respuesta Kenny carcajeó coqueto y levantó media ceja, dejando entrever osada picardía en su actitud a pesar de su cortísima edad:
—Oye, no me mires como si quisieras darme por culo.
Craig en ese momento no entendió ni de lejos lo que podría significar dar por culo. Kenny rió divertido y con más ganas al ver la cara de incomprensión total de Craig. Cuando la transparente risa azulada del albino cesó, sintió que descendía del séptimo cielo. Aquel sonido celestial de la risa de aquel niño era como un antídoto para su migraña y su tristeza entera. Craig, sin poderlo evitar le sonrió débilmente; cedido totalmente a responder con una para entregársela a ese niño bendecido por los cielos.
Sin pedir permiso ni nada que se le pareciera, Kenny se sentó a su lado, prácticamente pegándose a él como una lapa a una roca. Una mano enguantada se alzó ante su cara con el caramelo de antes sujeto.
—Ten, cógelo. Es de naranja; mi preferido.
Craig aceptó el caramelo un tanto indeciso, sin decir nada, lo desenvolvió del envoltorio y se lo llevó a la boca. Era un caramelo extremadamente azucarado y, por ello, delicioso. Teniendo tan cerca a Kenny comprendió que el olor del chico era el mismo que el de aquel caramelo. Se preguntó si era normal y saludable oler a cosas dulces todo el tiempo.
—Gracias —dijo Craig al cabo de un rato.
Kenny le sonrió y dirigió su mirada hacia la oquedad circular del tubo, seguía cayendo un fuerte chaparrón. Éste calzaba unas botas de lluvia llenas de barro. Se describían viejas, muy desgastadas y eran unas tallas más grandes que los piececitos que protegían. Observó cómo Kenny se quitaba esas botas y dejaba al descubierto los piececitos que había adivinado Craig que Kenny tendría, éstos estaban abrigados con calcetines. Kenny dejó las botas de lluvia aparte. Craig advirtió un tomate en el calcetín del pie derecho de Kenny. A través de él se veía el pequeño dedito gordo moverse divertido, como si lo estuviera saludando. Kenny carcajeó y Craig carcajeó con él.
—Quítate esas zapatillas llenas de barro y esa chaqueta mojada.
Craig le hizo caso y lo aparcó todo a un lado. Podría haberle pedido que fuera hasta la Patagonia saltando a la pata coja que hubiera ido sin pensárselo dos veces. Kenny sonrió satisfecho, se quitó el anorak y lo extendió sobre los dos. Era un anorak tan grande que los cubrió hasta quedar abrigados en su tela calentita. Poco a poco, con el calor de ambos sostenido en el anorak, Craig dejó de temblar de frío.
Era agradable lo poco hablador que era el curioso hijo de los McCormick. Era como si ellos dos sólo necesitaran la mirada para hablarse. De hecho, se estaban mirando sin decir ni una sola palabra. No logró describir con exactitud la forma con que Kenny lo miraba, pero era algo semejante a la curiosidad. Kenny encogió las piernas y éstas se ocultaron dentro del anorak. Craig hizo lo mismo; sin embargo, mitad de su pies en calcetines quedaron por fuera.
—Pues sí que eres alto, tío —le soltó Kenny con otro mar de límpida risa.
—Claro. Soy mayor que tú.
—Ya lo sé —le contestó según hacía rodar sus extravagantes ojos—. Tú estás repitiendo tercer grado con nosotros.
Kenny metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y se merendó un caramelo de naranja en un santiamén. Craig terminó con el suyo y, de repente, escuchó las hambrientas tripas de su acompañante. Craig gateó varios pasos hasta acercarse a su mochila, la abrió y sacó una bolsa, seguidamente regresó al lado de Kenny, quien lo seguía mirando con curiosidad. Craig se cobijó de nuevo a su lado, abrigado en su enorme anorak de naranja chillón. Seguidamente abrió la bolsita de plástico: tenía un zumo de uva y un sándwich de crema de cacahuete que le había preparado su madre para el recreo. Lo partió en dos y le tendió una mitad a Kenny.
Kenny sacudió la cabeza y apartó con sumo rechazo la de Craig que llevaba el trozo de sándwich.
—No quiero.
Craig sabía por qué negaba su petición. Él comprendía lo difícil que era ser un objeto de burla por parte de los demás. Sin decir nada, asió la mano de Kenny con su mano libre, tranquilamente y sin movimientos bruscos, y le dispuso la mitad del sándwich en la palma. La mano enguantada de Kenny que Craig sostenía era la mitad en tamaño que la suya. Craig deseó verle esas pequeñitas manos sin esos gruesos y feos guantes marrones. Odiaba el marrón: era un sonido triste y no pegaba en la imagen pura de aquel hermoso albino. En él debía poblar el naranja en contraste de su remanente azul luciferino. Luego Craig dejó de mirarle y se concentró en mordisquear su parte. Si seguía mirándolo así acabaría por desgastarlo.
Comieron en silencio y se bebieron el zumo entre los dos.
—¿Te has escapado de gimnasia? —le preguntó finalmente Kenny, hablándole bajito, y sin mirarle.
Sí, puede que la palabra exacta fuese "escapar", porque era eso lo que exactamente había hecho. Craig asintió con la cabeza. Recordó al instante que Kenny había estado en clase pero, en la hora de gimnasia, había desaparecido.
—¿Por qué?
—Porque le he dado una patada al profesor, Kenneth.
Kenny quedó en silencio, como estremecido por algo que había dicho. Luego, silbó. —Qué putada.
—Se podría decir que sí. ¿Y tú por qué te has escapado? —susurró Craig cambiando de tema.
—Porque no tengo el uniforme de gimnasia —le respondió con sinceridad—. Hoy no tengo ganas de que se rían de mí por...
Kenny no terminó la frase, callando de repente. Craig la pudo construir en su cabeza: "…por ser pobre."
Quedaron uno pegado al otro durante largo rato, escuchando juntos la unión del cielo con la tierra a través de las gotas de lluvia. El calor fue agradable y el cansancio emocional recayó en Craig quien no tardó en quedarse profundamente dormido y pudo sentir que Kenny también dormía. Llegó un momento en que sintió la cabecita hecha a bases de cabellos hechos luz del niño quedar apoyada sobre su hombro y una mano enguantada cobijarse en el calor de la suya. Algunos mechones blanquecinos hacían leves cosquillas contra su cuello por cada respiración emitida. Cuando despertó, la lluvia ya había mermado y los débiles rayos del sol estiraban, como largos brazos, por entre las parcas nubes, hasta tocar la tierra y calentarla. Las charcas reflejaban el arco iris que se había formado en el cielo. Los pajarillos cantaban.
Craig sintió frío. Kenny ya no estaba allí.
La carretera norte seguía solitaria a las dos de la mañana. El Chrysler bramaba con fuerza a pesar de su antigüedad. La carrocería estaba llena de abolladuras, la noche también. Entró en un túnel. La luces del mismo emitían rayos de luz dorados que parecían ser disparados por ametralladoras.
Imágenes de su niñez habían asaltado a Craig en la madrugada.
FIN CAPÍTULO XIII.
Dedico este capítulo a todos lo que son la cara oculta de la luna. ;)
Intentaré responder a los reviews y mensajes que me habéis dejado del cap. anterior esta misma tarde. Un abrazo :).
NOTA: Capítulo revisado y ligeramente modificado el día 22 de Abril de 2014.
