XIV

Para bien y para mal

Al margen de las maquinaciones del Ministerio, Draco y Hermione se sentían a gusto juntos, aunque la gullotina de la enfermedad que compartían pendiera sobre ellos como un constante mal augurio. Por decisión mutua, acordaron no tener ningún tipo de relaciones sexuales, ni por muy buenos que fueran los motivos para eso. No querían agravar la situación más de lo que ya era.

Draco se encargaba de hacer la vida de Hermione más llevadera, sacándola a pasear por el centro de Londres. Cada vez que ella encontraba algo divertido, él la llevaba a ese lugar y pagaba de su bolsillo los gastos. Mientras ella se llevaba un helado a la boca y esperaba en fila para subirse a una montaña rusa, Draco pensó en cómo había usado el dinero en el pasado su familia para hacer la vida de muchas personas de lo más insoportable y comparó con el destino que le daba ahora… hacer feliz a una persona, sobre todo, si se trataba de una mujer que le había hecho conocer el amor y la felicidad.

Y pensar que me llevaba mal con ella.

Era la primera vez que estaba enamorado de alguien… y era la primera vez que temía perder algo, en este caso, a una persona. Sabía lo que se trataba de multiplicarse dentro del cuerpo de Hermione y dentro de él mismo. Pero, ahora que tenía algo que defender, iba a poner toda su felicidad para que su novia no sucumbiera a la enfermedad que atenazaba su vida. Y la única forma en que ella fuera feliz era que Hermione lo viera feliz también. Por lo mismo, decidió acompañarla a la montaña rusa.

—¿Vas a subirte también? —preguntó ella, radiante como el sol.

—Tú qué crees.

Ella lo abrazó en medio de toda la gente, sin ningún tipo de vergüenza. Cuando llegó el turno de ellos, Draco pagó para dos y esperaron a que el circuito del carrito llegara a su fin. Mientras daba vueltas en espiral, en rizos y en todas las formas imaginables, Draco miró a Hermione y ella sola retrocedió a la pared, dejándose aprisionar por él. En un latigazo de pasión, él la beso, con lengua y todo, atropelladamente, como si quisieran fundirse allí mismo el uno con el otro. Mientras Draco manoseaba el cabello castaño de ella, Hermione se separó violentamente de él, negando con la cabeza y con una cara de lo más pálida.

—No.

Él la abrazó cariñosamente, diciéndole con el cuerpo que sentía haber sido tan impetuoso. Ella lo entendió fuerte y claro y se conformaron con tomarse de la mano. Sin embargo, el momento de pasión hizo que el tiempo se contrajera y el carrito ya estaba delante de ellos. Al ser los primeros de la fila, se sentaron en los asientos del frente. Hermione le enseñó a colocarse el dispositivo de seguridad para que no se cayera. Draco aprendió rápido. Una sirena sonó y el acelerón se sintió como si todos los órganos de sus cuerpos se pegaran a sus espinas dorsales. Cuando sobrevino la primera vuelta, Hermione lanzó un alarido y Draco... también pero por motivos distintos. El violento cambio de dirección hizo que el rubio sintiera vértigo y se aferrara a la barandilla, tratando de contener la sensación y divertirse, como lo hacía su novia tan bien. En una curva muy vertiginosa, en donde quedaron de cabeza, Draco le halló la diversión al asunto. Era como volar sobre una escoba mientras jugaba al Quidditch, por lo que se acostumbró rápido. Gritaba y vociferaba, aullaba y se divertía como muy pocas veces en su vida. A su lado, Hermione alzaba las manos y con una senda sonrisa, lanzaba carcajadas. Fue en ese momento en que él se emocionó. Todo se volvió más lento. Nunca había hecho tan feliz a alguien como a ella. Entendió cómo las cosas más simples pueden desatar un vendaval de buenos recuerdos y emociones que no se podían comparar con ninguna otra cosa.

El recorrido del carrito terminó y ambos salieron del lugar con sonrisas pintadas en sus caras. Draco nunca la había pasado tan bien y Hermione hace tiempo que no sentía ese tipo de cosas. Tal vez, no fuera necesario tener que pensar en la enfermedad que tenía. Sólo si eran felices, con el tiempo, la dolencia iba a desaparecer y dejar de amenazar sus vidas.

—Eres bueno —dijo ella, dándole un beso fugaz en los labios de Draco.

—Yo pensaba antes que era uno de los malos.

—Todos tenemos algo de bondad en nuestros corazones —afirmó ella, menguando un poco su sonrisa—. Y lamento no haberlo tenido en cuenta cuando te veíamos hacer todas esas cosas que no nos gustaban. Oye Draco. —Hermione tuvo una repentina idea—. ¿Por qué no te reconcilias con Harry? Después de todo, no puedes ser bueno sólo conmigo.

—Sería muy difícil.

—¿Dije yo que iba a ser fácil? —Ella le tomó la mano y lo llevó en dirección a su casa—. Harry está muy dolido con todo lo que le hiciste pero, lo conozco mejor que nadie y sé que va a comprender y te va a perdonar, tarde o temprano. Él es demasiado noble como para odiarte por siempre.

Draco suspiró.

—Sí, puede que tengas razón. Está bien, lo intentaré.

—¡Ese es mi chico!

La casa de Hermione estaba a unas tres cuadras de donde se encontraban actualmente, lo que hacía innecesaria la aparición para llegar más rápido. Esto le dio que pensar a Draco: el mundo mágico giraba a gran velocidad, lo que impedía saborear los detalles que daban sentido a la vida. Era como sin se hiciera girar una vasija decorada primorosamente a una velocidad vertiginosa. Los detalles que hacían a la pieza una obra maestra se mostraban como borrones sin importancia, haciendo que la vasija sea como una más. El mundo era igual: giraba a tal velocidad que las cosas más nimias, las que justamente le dan el toque de sabor justo, son imperceptibles y la mayoría de las personas ve sólo lo que hace evidente aquel espiralado mundo. Draco creyó firmemente que era tiempo que las cosas giraran más lento para él, disfrutar de las cosas simples y no omitirlas por su escaso tamaño moral en un planeta en donde lo más importante es lo más grande.

Draco veía plazas llenas de flores, de árboles colmados de frutos, de personas que charlaban amistosamente, de parejas que se amaban dulcemente y de multitud de detalles que se habría perdido de haber usado la aparición. Los árboles también adornaban las calles y las casas con sus patios verdes y multicolores eran un espectáculo digno de verse. Después de cinco o siete minutos de caminata, ambos llegaron a la casa de la castaña y Hermione tocó tres veces la puerta. Después de unos segundos, una mujer muy parecida a Hermione salió a ver quienes eran.

—¿Te gustaría conocer a mis padres?

—Claro —dijo Draco, olvidándose que eran muggles, olvidando el desprecio por los sangre impura.

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La Oficina de Servicios a los Enjuiciados estaba en silencio cuando un grupo de Inefables entró sigilosamente por la puerta. Sabían que el señor Wilson se encontraba en su despacho por una llamada que había hecho un infiltrado dentro de la misma oficina. Camuflados por un encantamiento desilusionador, los magos más misteriosos del Ministerio se deslizaban más que caminar por los pasillos que los dirigían poco a poco a su objetivo. Uno de ellos llevaba una poción tóxica que no dejaba rastros en el cuerpo de quien lo ingiriera, cortesía del Departamento de Investigación Mágica. Algún que otro empleado pasaba despreocupadamente por los pasillos, sin reparar en cosas extrañas, como la puerta entreabierta de la entrada a la oficina.

El acceso al despacho del señor Wilson fue un quebradero de cabeza. No podían abrir la puerta de buenas a primeras porque Wilson se daría cuenta que algo no iba bien e iba a llamar a seguridad. Después de todo, la operación de los inefables que esperaban al otro lado de la puerta era lisa y llanamente clandestina, completamente ilegal. Los potenciales asesinos esperaron a que un empleado entrara al despacho del Director y aprovechar las circunstancias para entrar. Pronto, la decisión rindió frutos.

Un Auror ingresaba al despacho de Wilson y uno de los inefables aprovechó la ocasión y se escurrió por el resquicio que había entre la puerta y el umbral. El inefable se paró en una esquina de la oficina y escuchó la conversación entre aquel Auror y Wilson. Para sorpresa del invisible escucha, el Auror no era otro que Harry Potter, quien le entregaba unas carpetas con informes al señor Wilson. El inefable no les dio importancia porque Potter no dio más detalles acerca de los informes al Director y se retiró de allí con la misma intempestividad con que llegó. Era el momento.

Viendo que Wilson tenía algo de sed, el inefable tomó una botella de vino de elfo mientras el Director miraba para otro lado y le agregó la pócima letal, no sin antes beber algo de la bebida para que no se notara el cambio en el nivel del líquido. Así de escrupulosos eran aquellos magos. Dejó la botella de vino en el mismo lugar donde estaba, dejando clara lo detallistas que eran aquellos magos. Después, se retiró a un rincón, en donde esperó a que el Director tomara precisamente esa botella.

—No me haría mal un vaso de vino de elfo —dijo en voz alta el señor Wilson y tomó la botella que el mismo inefable había manipulado. Tomó un vaso de moderadas proporciones y vertió parte del contenido en éste y tomó a ratos, mientras ordenaba los informes de Harry y los depositaba en una caja fuerte con sensores de ocultamiento para evitar que alguien se acercara a la preciada caja. Dejó el vaso en el escritorio y luego, se llevó las manos al cuello, como si estuviera siendo sofocado por alguien. Precisamente, esa poción estaba destinar a bloquear el conducto respiratorio y matar al sujeto pot asfixia. Así disfrazaban cualquier evidencia que indicara que fue envenenado. Además, los componentes del "estrangulador" como llamaban a la poción los encargados de investigación se vaporizaban cuando desempeñaban su función, sin dejar huellas del paso del veneno. Eso fue precisamente lo que le pasó al señor Wilson.

Después que su cuerpo dejó de moverse, el inefable tomó una cuerda y la maniobró de tal manera que se pudiera meter un lazo en el cuello del señor Wilson y colgarlo de una de las ventanas, previamente cerradas, para simular que se había suicidado. Además, dejó una nota mecanografiada, supuestamente escrita por Wilson con los motivos de su suicidio. Después, usó su varita para deshacer los sensores de ocultamiento y con otro encantamiento, abrió la puerta de la caja fuerte, sacó los documentos de Potter y los examinó.

Dio un grito de horror.

Eran un montón de pruebas que inculpaban al Ministro de la Magia de una conspiración para desacreditar a Potter en relación con quién había derrotado al Innombrable. También se dio cuenta que Draco Malfoy era algo así como un chivo expiatorio para hacer ver a la gente que el Ministerio era competente y borrar de un plumazo el supuesto mito que Harry Potter había derrotado al Innombrable. Porque eso era equivalente a decir que el Ministerio no era capaz de resolver una crisis y los magos pedirían, no, exigirían la salida de Scrimgeour.

Habría destruído las pruebas si no hubiera sido testigo de excepción del extraordinario poder de Harry Potter, su capacidad de sobrevivir a los peligros más extremos y su aún más prodigiosa capacidad para amar, lo que lo llevó al final a la victoria sobre Voldemort. Sabía que había asesinado a Wilson por mandato del mismo ministro pero sin saber que su superior estaba involucrado en algo tan grave. Dudó de sus propósitos pero, si no hacía lo que le mandaban, sería condenado por no cumplir con un mandato ministerial. Decidió dejar las cosas como estaban, de todas formas, no podía hacer nada para remediar la situación. Cogió los informes, dejó todo como estaba y abrió la puerta mientras nadie viera. Y, así, los inefables lograron su primer objetivo: sacar del medio a Wilson. Y además, tenían las pruebas en contra de Scrimgeour, vitales para la audiencia preliminar que iba a ser en dos semanas. Con las evidencias en su poder, Granger no podía hacer nada y sería condenada por injurias y calumnias en contra del Ministro. Todo tenía que caer por su mismo peso, decía el jefe de los inefables.

Y lo haría.

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Si los padres de Hermione fueran prejuiciosos, Draco Malfoy hubiera sido echado a patadas de la casa. Sin embargo, al mostrarse agradable y simpático, ellos no dudaron en admitirlo en su casa como uno más de la familia. Hablaron sin tapujos de los problemas que los aquejaban, incluso de la enfermedad. Los padres de Hermione se asustaron pero, cuando Draco les conto lo que le había dicho su novia acerca de la felicidad y la enfermedad, se sintieron tranquilos.

—Con un hombre como tú, creo que será muy feliz —acotó la madre de Hermione, quien se había incorporado para coger el teléfono.

—Y pensar que era su peor enemigo —dijo Draco, sonriendo a causa de la gracia que le hacía mirar hacía atrás y ver cómo se peleaban el uno con la otra. Era chistoso, tanto que el rubio se dobló de la risa cuando se acordó de sus riñas con Hermione.

—Es una emergencia en el hospital —dijo de repentino la madre de Hermione—. Cariño, tenemos que ir. Surgió un paciente con una inflamación de encías y está sangrando de manera grave. — Ella se dirigió a su hija—. ¿Estás segura que puedes hacerle el almuerzo a tu novio?

—Por supuesto. —Y le dirigió una sonrisa de soslayo a Draco.

Después que los padres de Hermione se fueron, diciendo muchos adioses y "cuídense mucho", ella se precipitó a la cocina y se dispuso a preparar el almuerzo. Iba a ponerle especial cariño y esmero en lo que planeaba hacer y tomó los ingredientes para comenzar con su labor. Draco, que no hallaba nada que hacer, se entretuvo con las revistas de actualidad, que mostraban los problemas de paises remotos, sus conflictos, guerras y problemas económicos y políticos. Obviamente, eran revistas muggle porque las fotos no se movían. Al principio Draco lo encontró aburrido por ese justo motivo pero, con un poco más de paciencia, notó con agrado que era mejor que las fotos no se movieran. Así podía fijarse más en los detalles que en las revistas mágicas no se podían vislumbrar. Y siempre, al final de las revistas había algún tipo de juego como crucigramas, problemas de ingenio y demás juegos numéricos que, para su desilusión, ya estaban resueltos. La mente de Hermione era prodigiosa… y pensar que era un motivo para odiarla, uno de sus mayores defectos. Ahora que lo pensaba detenidamente y dadas las circunstancias, ahora abocaba sus pensamientos en otra dirección.

Un olor agradable manaba de la cocina. Hermione tarareaba una balada romántica mientras batía el guiso de papas con carne y verduras en la olla. Draco dejó las revistas en donde estaban y acudió a la cocina, conducido por aquel aroma a almuerzo.

—No seas impaciente. En dos minutos estará listo.

Draco no dijo nada. Volvio a la sala de estar y se sentó en uno de los sillones. Estaba acostumbrado a la velocidad con que Corky hacía el almuerzo y, por ende, todas las comidas del día. No conocía que alguien se demorara tanto en cocinar pero que le puisera tanto cariño a algo tan mundano como un almuerzo. Era algo desconocido para él, pero podía sentir la agradable sensación de estar esperando por algo que haría feliz a sus papilas gustativas. Ya se le estaba haciendo agua la boca cuando Hermione apareció con dos platos humeantes y los depositó sobre la mesa, llamando con una mano a Draco. No sabía porqué pero tenía la impresión que ese gesto se iba a repetir en un futuro cercano y en condiciones muy diferentes. El rubio se sentó y dio una buena olfateada a la comida. Se anticipaba exquisita.

—Lo hice exclusivamente para ti.

—¿En serio?

—Normalmente hago fideos o arroz, cosas simples. Pero esta vez, quise hacer algo diferente, sólo por ti.

Draco se sintió infinitamente especial y agradecido.

Con la elegancia y educación de un mago de alta alcurnia, tomó la cuchara de una forma más bien extraña, como si no quisiera tener mucho contacto con el cubierto y llenó un plato de guiso para después llevárselo a la boca. Pasó un moento considerable masticando (o eso parecía) y haciendo gestos afirmativos con la cabeza. Cuando hubo terminado, sonrió.

—Tienes talento —le dijo. Hermione se sonrojó.

—No es gran cosa.

—Sí tienes razón. Un guiso no es una comida gourmet pero, está delicioso. No había probado algo como esto hace años, cuando mi madre me hacía las comidas porque el elfo doméstico no era de lo más habilidoso y no tenía el toque adecuado para hacer comida para niños.

—¿Y cuando eras niño… tenías el mismo carácter que tenías antes de saber que no eras tan malo?

—Lo tuve desde que tengo memoria.

—Debió de ser terrible.

—No lo era en aquellos tiempos. Recuerda que yo sólo era un niño e imitaba todo lo que hacían mis padres. Lo consideraba una diversión. Ahora, me arrepiento de haber seguido sus mismos derroteros.

—Una vez, Dumbledore le dijo a Harry: "no son tus habilidades las que definen lo que eres, sino tus decisiones". Si tú mismo decidiste estar en Slytherin, lo deseabas tan fervientemente que el sombrero no dudó ni un segundo en ponerte en esa casa. Pero puedes cambiarlo. Tu destino no está grabado en piedra. Tú mismo lo vas tallando de acuerdo a las decisiones que tomes. Eres lo que decides.

Draco se limitó a comer su guiso. Al parecer, estaba muy exquisito. Luego, comprendió su desfachatez.

—Perdón. —El rubió vaciló—. Tienes razón. No debería dejar que mi destino llegue a mí. Tengo que decidirlo yo mismo.

Hermione terminó de comer y llevó los platos de su novio y de ella al fregadero para lavarlos. En cierto sentido, ella era como un elfo doméstico pero con la que se podía conversar, reír, llorar, emocionarse, lo que uno se imaginara. Ni siquiera era su sirviente por la fuerza, sino por voluntad. Era justo lo que le faltaba en él pero que hallaba lentamente en Hermione. Decidió que algún día le iba a llevar el almuerzo a la cama, en plan romántico. Ella regresó de la cocina e hizo un además para que la siguiera.

Estaban en el dormitorio de ella. Estaba sentada sobre su cama viendo unos libros. Draco, curioso por el contenido de esos libros, se sentó a su lado y echó una mirada. Era un libro lilustrativo en el que se mostraban a dos personas —un hombre y una mujer— desnudas y haciendo unas poses raras, todas de corte sexual.

—¿Qué es eso?

—Es un libro muggle que ilustra todas las formas en que se puede hacer el amor —explicó Hermione, sonriendo—. Puedes ver que hay formas usuales y extrañas.

—¿Y porqué lo ves?

—Sólo curiosidad. —Hermione dejó el libro sobre la mesa y suspiró—.¿A quién quiero engañar? Me gustaría volver a hacer el amor contigo, Draco. De todas maneras, para bien o para mal, vamos a estar juntos igual. No me importa la enfermedad. Sólo quiero amarte y no deseo ninguna otra cosa más en este mundo. Me harás más feliz de lo que nunca imaginé.

Draco tenía la boca abierta.

—¿No te preocupa la enfermedad?

—En lo absoluto. El amor todo lo puede y, aquí, ahora, quiero demostrártelo.

Él pensó un poco. Luego, ella se sentó en sus brazos y sus frentes se juntaron. Él podía oler el clavel de su cabello recogido en un moño.

—Tomaré el riesgo.