Advertencias: Un poquito de Yaoi, un japonés malhumorado... en realidad no hay ninguna advertencia importante n.n


Japón

¡Que comience la fiesta!

Bufé, y salí corriendo antes de que cualquiera pudiera dar conmigo. Incluido Italia, que por más que era un buen amigo, seguramente se concentraría más en Alemania que en mí. No lo culpaba. Yo tampoco era la mejor compañía para las fiestas.

Comencé a calcular mis posibilidades de encontrar un buen lugar dónde quedarme sin que me molestaran.

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Finalmente, llegué al pasillo, dónde apoyé el trasero sobre el suelo y la espalda en la pared. Si alguien prestaba atención, me localizaría fácilmente, pero como cada uno estaba preocupado por sus asuntos, nadie repararía en mí.

Saqué mi consola portátil de debajo de mi abrigo, y comencé a jugar, dado que no había nada más interesante para hacer.

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A lo largo de la noche, fui echando vistazos a mí alrededor, viendo las naciones que iban de un lado para otro. Sonreí. Pobres estúpidos. Quemándose la cabeza por nimiedades, cuando podrían relajarse y dedicar el tiempo que pasaban en una fiesta para cualquier otra actividad de ocio.

Aunque… ¿la fiesta no era algo que se hacía en tiempo de ocio?

Suspiré, y sentí ganas de arrojar la consola por la ventana cuando perdí en el Mario Bros. Ni modo, empezaría nuevamente.

Malditas tortugas.

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Mis ojos apuntaban a la pantalla, aunque no estaba observando exactamente lo que había allí. Suspiré.

Había visto una combinación de los colores rojo, azul y blanco. Y eso me llevó a pensar en cierta nación.

Fruncí el ceño. ¿¡Por qué tenía que ser justo él!? Había demasiados países con esos colores en sus banderas. Pero no, tenía que ponerme a pensar justamente en Estados Unidos.

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China fue la primer nación en encontrarme. Me preguntó "amablemente" que hacía. Y la verdad, no tenía demasiado humor para hablarle (mucho menos si usaba el apodo "mocoso"). Y para completarlo, la consola se me había quedado sin batería.

— ¿Te vas a quedar aquí toda la noche? —preguntó él.

—No hay nada mejor que hacer—contesté, encogiéndome de hombros.

—Eres un aburrido—se burló. Eso me molestó. Decidí tocar asuntos sentimentales para hacerlo rabiar un poco.

—Al menos tú tienes algo con Rusia—fingí desinterés al decir eso, pero creo que no pude disimular una pequeña sonrisa triunfante. Su rostro cambió de expresión al instante, de una sonrisa burlona a una mueca de furia.

Comenzamos a discutir, hasta que alguien abrió la puerta del baño de mujeres, y vimos que Rusia salía de allí con cara de póker. Nos miró a ambos, y si bien me sorprendió eso, había visto cosas peores.

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China se fue, dejándome en paz. Tal vez perseguiría al ruso.

Pensé en la posibilidad de subir a mi habitación para cargar mi consola. Y leer un manga mientras comía dango. O tan sólo ir a dormir.

Pero se me ocurrió alzar la vista, y vi a Estados Unidos parado en medio del pasillo, completamente desorientado. Tragué saliva. Al menos no había reparado en mí.

¿Verdad?

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Clavé la mirada en el suelo, aparentando indiferencia. Tal vez así Estados Unidos pasaría de mí. Además, se notaba a leguas que estaba borracho. Si bien mi estrategia no era la mejor, tal vez funcionaría…

Pero al parecer no era mi día. El estadounidense le dio un trago a su bebida y se acercó a mí, aparentando sobriedad, cuando en realidad destilaba ebriedad. Se sentó a mi lado, y yo me puse nervioso y alerta al mismo tiempo. Arrugué la nariz al percibir el aroma a alcohol.

Intenté ahuyentarlo como pude, tratándolo hostilmente. Pero al parecer no tenía ganas de irse.

—Deja de tomar—exigí, viendo lo mal que estaba. Terminaría peor en cualquier momento. Y si bien lo odiaba, puede que me pesara un poco en la conciencia dejarlo solo y extremadamente borracho.

—No quiero—se quejó, obstinado.

— ¡Si sigues así, vas a vomitarme encima! —me excusé, y en parte, era verdad. Se me revolvió el estómago al imaginarme eso.

—Si tanto te molesta, vete.

—Yo estaba aquí primero—me defendí—El que tiene que irse eres tú—aunque en fondo no quería que se fuera.

—A Japón le gusta pelear~—canturreó, haciendo caso omiso a mis quejas. Apoyó la cabeza en mi hombro, y yo no pude hacer más que soltar un gruñido de hastío, y sonrojarme levemente— ¿Sabes qué faltaría? —preguntó luego de un rato.

— ¿Qué? —pregunté, un poco curioso.

—Colegialas—debí haberlo imaginado. Sonrió como pervertido, y creo que me sonrojé más.

—Comienza a asustarme ese fetiche tuyo—recordé las veces que lo había dicho, y eso me asustó un poco. ¿¡Porqué mierda no era capaz de apartarlo así como si nada y dejarlo solo y en la miseria!?

—Pero no cualquier colegiala—continuó, consiguiendo otra botella—Chicas japonesas.

— ¿Porqué japonesas? —me extrañé.

—Porque son de Japón—"No me digas" pensé para mis adentros.

— ¿Y?

—Me gusta todo lo japonés—contesté, guiñando un ojo. Intentaba hacerse el galán, y más bien pareció un estúpido borracho desesperado—Y ya que tú no te disfrazarías de eso, debería conformarme con ver a alguna chica sexy de tu misma nacionalidad vestida así. A menos que… A menos que tú quieras vestirte con una falda corta, medias a la rodilla, y una camisa desprendida…

— ¿¡Por quién mierda me estás tomando!? ¿¡Una prostituta!? —me alteré. Eso que decía era una falta de respeto. Y algo sumamente vergonzoso. ¡Que se disfrazara él!

La imagen mental me perturbó mucho. Aunque tenía cierto tinte sensual…

—Eh, eh—él me sacó de mis pensamientos pervertidos y vergonzosos—Que yo dije que no te creía capaz. No te pongas celoso, por más que estando enojado te veas lin…do—un cosquilleo me invadió ante ese cumplido. Yo no era muy fácil de soportar estando enojado, y si a pesar de eso incluso le parecía lindo…—…Con las cejas inclinadas hacia abajo y los ojos entrecerrados.

— ¿Hace falta ser tan detallista? —lo corté, ya que me ponía nervioso que diera tantos detalles.

—Y me gustan tus ojos—continuó, ignorándome—Son rojos, como el uniforme…—Bueno, no esperaba que le gustaran por sí solos. Aunque eso arruinó todo un poco. Me hubiera gustado que le agradaran así como eran, y no porque eran del mismo color que el del uniforme de un maldito equipo deportivo.

—Termina con esto—dije—estás borracho.

—Pero no me gustan tus ojos porque tengan el mismo color que sus uniformes—continuó, observándome con sus ojos rojos, y no pude evitar estremecerme—sino que me gusta el uniforme de ellos porque tienen el mismo color de tus ojos—Dejó la cerveza a un lado y me abrazó.

Cerré los ojos, intentando evitar pensar en lo agradable que se sentía eso.

— ¡Suéltame! —chillé.

Él volvió a ignorarme, y se apoyó encima de mí, haciendo difícil que me escapara. Es decir, apoyó todo su peso encima de mi cuerpo.

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Intenté apartar al estadounidense de encima de mí. Fallé. Pero volví a intentarlo un par de veces, sin rendirme. Aún así, siguió sin moverse ni un centímetro.

—Quítate—siseé luego de un par de quejas.

—Pero estoy cómodo—suspiró—Eressss cómodooo.

Sus ojos comenzaron a cerrarse. Podía sentir su cálido aliento chocar contra mi cuello. Y me daba asco el deje a alcohol que poseía. Si había algo peor que tener un borracho dormido encima, era tener a Estados Unidos borracho y dormido encima de mí. Sobre todo por la cantidad de emociones que me generaba ése imbécil.

Si me hubieran dejado entrar mi espada, ése tipo de cosas no pasarían.

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Finalmente, pude deshacerme del cuerpo que tenía encima. Lo aparté, y quedó semi-inconsciente sobre el frío suelo del pasillo. Porque dudaba que tuviera consciencia alguna a ésas alturas.

Me puse de pie, observándolo. Daba algo de lástima.

Unos pocos minutos atrás de eso, me hubiera reído de él. Pero al tenerlo enfrente, el corazón se me ablandó un poco. Suspiré, e intenté levantarlo. Me esforcé para lograr arrastrarlo fuera del pasillo.

No sin insultarlo por todo el camino, claro. Pesaba demasiado. Además, otras naciones que se cruzaban con nosotros dejaban salir comentarios como "Pobrecito" o "Jajaja, ¡mira cómo está el muy imbécil!".

Cuando llegamos afuera, lo vi temblar ligeramente. Me alarmé, y lo dejé sentado sobre una banca. Me pregunté si tendría frío.

Aunque cualquier interrogante se disipó cuando vi que tosía y expulsaba (por decirlo de una forma no muy asquerosa) todo el contenido de alcohol (Y también comida) que tenía en su cuerpo.

— ¿Estás bien? — le pregunté.

— Sí…— musitó débilmente. Se limpió la boca con la manga del saco.

Al instante, volvió a vomitar. Fruncí el ceño. Era peor que un bebé.

— ¿Ya está, o todavía tienes más para largar? —pregunté burlonamente. Él negó con la cabeza, manteniendo los ojos cerrados, y vomitó por tercera vez.

—Es la última…—murmuró, apenas mirando los lugares del saco que había manchado.

Intentando reprimir el asco, le quité el saco, dejándolo sólo con la camisa de seda roja que llevaba.

—Si vas a vomitar—le advertí—Apunta al costado. No quiero andar por ahí contigo con una camisa vomitada.

No sé si entendió, pero yo me apresuré a ir a las cocinas, para conseguir un poco de té. Demoró un poco, pero al final lo conseguí.

Lo vi dormido, despatarrado, sobre el banco en el cuál lo había dejado. Al parecer no se había vomitado encima… pero sí había usado la camisa a modo de toalla. Hice una mueca, y lo arrastré hasta dónde había un árbol, dejándolo sobre el césped. Estaría más cómodo que en un duro banco de piedra. Además, ya me daba asco la zona en la que estaba anteriormente.

Dudando, miré su camisa. Finalmente me armé de valor, y se la quité junto con la corbata negra. Intenté no fijarme demasiado en su pecho desnudo, y dejé la prenda de ropa tirada por ahí. Luego fui nuevamente hacia adentro, y volví rápidamente a buscar un vaso de agua fría.

Volví a llegar, y no lo pensé dos veces: Podría haberle dado el agua para que la bebiera, pero preferí arrojársela en la cara. Por idiota.

Abrió los ojos rápidamente. Aún así, le costó reaccionar.

— ¿Tomas té en una fiesta? —se rió.

—Es para ti—contesté. Su sonrisa se borró al instante.

— ¿Porqué?

—No sé si te enteraste, pero vomitaste—al parecer no lo recordaba demasiado, pero por la cara que puso, me di cuenta que se percató.

—Bebe esto—le dije, preguntándome mentalmente porqué tenía que cuidarlo tanto—Al menos terminarás de… "expulsar" lo que queda.

Bebió de a poco, acomodándose contra un árbol. Se veía realmente destrozado. Tenía los ojos entrecerrados, los labios resecos, y sus ademanes eran demasiado torpes.

Y llegó el momento de hacer la pregunta del millón.

— ¿Porqué estoy sin camisa? —soltó finalmente. Yo aparté la mirada, porque no me sentía capaz de mirarlo a la cara después de haberlo casi desnudado.

—Dije que te habías vomitado, imbécil—contesté, esperando que entendiera que lo había hecho porque daba asco si tenía la ropa sucia, y no porque quería verlo sin camisa. Si bien la vista… no era tan desagradable como un pensaría después de que todos lo llamaban "Gordo".

— ¿Y por qué te tomas la molestia de acompañarme? —preguntó nuevamente, bebiendo más té. No supe exactamente qué decir. Eran varios factores los que me habían decidido. Me dio lástima. Pesaría en mi consciencia el dejarlo solo. No quería que nadie lo viera así. Es decir, podrían aprovecharse de él. Además, sólo yo debería tener el derecho a verlo alcoholizado y completamente torpe y ridículo. Podría pasar más tiempo con él. Al final, me decidí por la primera opción, la más fácil de decir.

—Porque seré un hijo de puta, pero me dabas lástima.

Creo que quiso decir algo. Pero el té hizo efecto.

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Estados Unidos miraba el suelo atónito. Respiré hondo por la boca, y pasé su brazo por encima de mi hombro, y así caminé con él a rastras hasta el hotel.

Pregunté cuál era su habitación, pero no la recordaba. Estúpido ebrio. Bueno, dudaba que sobrio también recordara un número, aunque fuera de tres cifras.

Al menos tenía la llave, que gracias al cielo llevaba el número de habitación escrito.

Llegamos después de mucho esfuerzo, mientras mi espalda pedía a gritos clemencia. El americano quiso ir directo a la cama a tirarse, pero lo agarré de la nuca y lo metí al baño.

— ¿Qué haces? —preguntó.

—Lavarte. Estás sucio—expliqué, arrugando la nariz para no intentar babearme con la visión de su, sorprendentemente, bien formada espalda.

—Me quiero lavar los dientes—protestó. Pero al final se lo permití.

Además, sería mejor que tuviera limpia la boca. Era desagradable besar a una persona que…

¿¡Por qué ahora pensaba en besarlo!?

Intenté mantener la compostura, y le bajé el pantalón. Mejor meterlo bajo la ducha, que le diera sueño, y así se acabaría todo… y yo podría quedarme tranquilo.

Él apenas pareció inmutarse de mis manos sobre sus caderas. Se enjuagó rápidamente, y se quitó los zapatos y demás. Al menos colaboraba. Pero luego se llevó las manos a la ropa interior… y me di cuenta que malinterpretó mi mensaje.

Bueno, siendo sinceros, le empecé a quitar la ropa, así que no estaba tan mal que malpensara.

— ¿Qué estás haciendo? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—… ¿No es obvio? —inquirió él. Sí, era obvio, pero no era lo que mi autocontrol necesitaba en ese preciso momento.

—Te voy a duchar, imbécil—solté—Puedes dejarte la ropa interior puesta.

Y rogué porque así fuera.

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Llevé un pequeño asiento a la ducha (agradecí que el hotel que Alemania había elegido presentaba todo tipo de comodidades para ayudar a un borracho a recomponerse), ya que dudaba que el americano pudiera resistir parado. ¿Y sí se me caía encima? Yo no quería arruinarme el esmoquin. Me había costado caro. Y con ese dinero, podría haber comprado dango y hentai.

Intenté regular el agua, y Estados Unidos comenzó a gritar que estaba fría. Bueno, ¡el mecanismo era distinto al que tenía en mi casa! Aunque sí, algunas gotitas me salpicaban, y me daba cuenta que estaba bastante fría.

Además, él estaba temblando, encogido en posición fetal, con los dientes castañeándole y abrazándose a sí mismo sobre el pequeño banco. Me apresuré a intentar poner agua caliente, y conseguí girar otra palanca, convencido de que lograría subir un poco la temperatura del agua.

Técnicamente, lo logré. Era agua caliente.

Pero se transformó rápidamente en agua hirviendo, al punto que hasta a mí me quemaba.

—¡Apágalo, apágalo! —chilló a pelo pulmón el estadounidense. Intenté arreglarlo rápidamente, y lo logré al poco rato.

Él normalizó la respiración, frotándose la piel, que debía arderle bastante.

—Perdón—mascullé por lo bajo, aunque no había sido mi culpa el que la ducha fuera inentendible. Sólo digamos que me dio un poco de lástima que sufriera. Él comenzó a relajarse, aunque luego hizo una pregunta que me descolocó.

— ¿No vas a enjabonarme? —cuestionó, con los ojos cerrados. Agradecí eso, porque me sonrojé un poco.

—No—respondí al instante, antes de que las imágenes mentales invadieran mi cabeza. Decidí cambiar de tema—Pero no creo que vuelvas a usar esa camisa y ese pantalón.

—No me importa—dijo él. Niño malcriado—Y quiero que me enjabones—niño doblemente malcriado.

Me negué, y le tendí el jabón para que se enjabonara él solito. Lo vio con una expresión de extrañeza, como si no supiera qué hacer con él, y yo comencé a exasperarme.

— ¿Acaso no sabes enjabonarte? —él negó con la cabeza—¿Es una puta broma?

—No es eso—murmuró—Estoy cansado.

Rodé los ojos, e intentando mantener la mente en blanco, deslicé rápidamente el jabón por su espalda, parte del torso, brazos y cara.

—Te faltaron las piernas…—comenzó él, pero yo lo corté.

— ¡Te las enjabonas tú! —gruñí. Él suspiró, y terminó el trabajo solito.

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Le sequé el cabello rápidamente con una tolla, y luego el resto del cuerpo. Eso sí, yo no iba a quitarle la ropa interior. Le arrojé una bata.

—Quítate la ropa interior y ponte eso—ordené, y comencé a buscar un cargador. Lo encontré, y al instante enchufé la consola. Tal vez podría quedarme jugando con ella mientras esperaba a que se durmiera.

Él se acostó en la cama, aunque al cabo de un rato me llamó.

—Quiero colegialas—murmuró el muy imbécil, con una sonrisa boba en la cara. No pude evitar sonrojarme, recordando la cantidad de veces que había dicho eso y por qué lo decía—Te ves lindo sonrojado—continuó.

Tuvimos una pequeña charla (en la que me dijo que lo que había dicho borracho iba en serio, y eso no hizo más que acelerar bastante mi ritmo cardíaco).

— ¿Porqué me cuidas? —preguntó luego de un rato de silencio. Iba a responder sólo una parte, que era por lástima, pero él agregó algo más—No me trago eso de que es por lástima.

No encontré sentido en responder eso con algo que él no iría a creer.

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Pero claro, él siguió insistiendo, queriendo una respuesta. Me negué a dársela, claro. Era demasiado vergonzoso.

—Dime porqué. Y te dejaré en paz—dijo.

No respondí, porque me daba vergüenza. Aunque hubiera sido bueno que se callara y me dejara en paz.

Luego comenzó a pedirme que me acercara a él. Me negué, por más que decía que debía contarme algo importante.

—Pero es que es un secreto—insistió, haciendo un puchero.

—Deja de ser tan infantil—dije entre dientes, preguntándome cuánto tardaría mi consola en encender.

—Entonces no te lo digo—se calló, obstinado. Por fin silencio.

Aunque la curiosidad me venció en cuestión de un rato.

— ¿Qué es? —quise saber, acercándome a él. Estados Unidos se aproximó a mi oído, y me susurró:

—Me gustas.

Tuve que ahogar el impulso de emitir sonido alguno, y me alejé lentamente de él. Dio media vuelta, y se acostó a dormir. Yo volví al sofá en el cuál estaba sentado, y tomé mi consola, mientras intentaba concentrarme en algo que no fuera el cosquilleo en la panza que me generó eso, o las ganas de soltar un "Tú también me gustas" salvaje.

Al final, no pude hacer eso. Cuando vi que se había dormido, recogí mis cosas y me fui rápidamente a mi habitación.

No sé si estaba listo para hablar con él después de eso.


Japón le ganó a Hungría -3- Así que seguiremos sin un capítulo femenino... por el momento~.

Espero que les haya gustado (: Muchas gracias a todos los que leen y comentan. Con respecto al próximo capítulo, la votación será Inglaterra vs Romano. (Dos de los personajes 2P! más queridos xD Veamos que sucederá). ¡Hasta el próximo domingo!