Capitulo 14

Silencio. Oscuridad.

Miró a su alrededor intentando encontrar algún indicio del lugar en el que se hallaba.

¿Eso era la muerte?

Había caído al vacío, sin duda. Había visto la aterrorizada cara de Inuyasha alejarse de ella al igual que el puente. Cada vez más lejos, inalcanzable a su mano. Después un estallido de luz a su alrededor y luego, la nada. Completo silencio y oscuridad.

¿Acaso mentían esos que conseguían regresar del más allá y aseguraban ver una luz al final de un túnel, e incluso haber visto a sus antepasados?

Allí no había el menor atisbo de luz, ni de túnel y menos, algún miembro de su familia que viniera a recibirla con los brazos abiertos.

Como deseaba poder ver de nuevo el rostro de su padre o el de su difunta abuela materna. Sus calidas sonrisas y sus afectuosos abrazos cuando las cosas no salían como se habían planeado. "No te rindas, pequeña Kagome, la próxima vez saldrá mejor". Esa frase de su padre para darle ánimos la recordaría para siempre.

Ya no habría próxima vez, para hacer las cosas mejor.

También había escuchado que cuando vas a morir, en ese último instante de existencia, tu vida entera pasa ante tus ojos como si fuera una película. En su caso debería haber sido un cortometraje pero ni eso había ocurrido. Todo era falso. Todo eran invenciones de unos pocos.

Estúpidos programas de espiritismo que llenan la cabeza a incautos teleespectadores, como ella que se había visto casi todos, con estúpidas ideas sobre la muerte y que hay después de ella. Ahora sabía la respuesta pues lo estaba viviendo en primera persona.

Nada de nada. Cero. El vacío completo.

- Algún consejo Kikyo- se dijo con irónica.

Después de todo, su encarnación debía saber mucho sobre el tema. Toda una experta al haber muerto dos veces. Seguro que ella había llegado al tan cacareado paraíso, al jardín de Buda o dondequiera que iban las sacerdotisas cuando morían.

¿Habría un lugar especial para las mikos?

¿Acaso ella no se merecía ir al cielo?

¿Sería esta oscuridad, su infierno personal?

Desde luego no era el Edén, ni el limbo que se pintaba en la Biblia o el Coran o en cualquier otro texto religioso que había estudiado en la escuela. Así que podría ser perfectamente el infierno. Pero no parecía el lugar aterrador que describía Dante y allí no había ningún diablo con el que hacer tratos, poniendo a prueba su alma.

No había sido tan mala como para merecerse una eternidad de soledad en la más adyecta oscuridad.

Intentó rememorar algún acto tan impío como para abrirle directamente las puertas del averno, pero por más que escudriñaba su memoria, no hallaba rastro de ninguna acción tan atroz. Cierto que había acabado con decenas de youkais con sus flechas, pero todos y cada uno se había buscado ese final por sus malas acciones.

¿Era un castigo de Belcebú, Lucifer o como quiera que se llamara el jefazo del infierno por haber acabado con sus congéneres?

Seguro que Miroku, tan versado en esos temas, podría haberla puesto al corriente de algunas cosas, pero como ahora estaba dentro podía conocerlos de primera mano. Y tenía toda la eternidad para averiguar los detalles más insignificantes.

Tuvo una infancia normal, como la de otro niño cualquiera, aunque a todos les parecía fascinante que viviera en un templo, como si se le fuera a pegar algo de la santidad de aquel lugar sagrado. Su mundo siempre fueron su familia y sus amigos. No había sido una niña mala, quizás algo traviesa, pero siempre intentó dar lo mejor de si misma y ayudar a los demás en todo lo que pudiera. Estudiosa sin llegar a ser catalogada de empollona. Amiga de sus amigos, aunque de vez en cuando tenía que reconocer que tenía algo de mal genio, podía haberse portado un poco mejor con Hojo y no darle largas o simplemente darle plantón cada vez que le pedía una cita,.pero no podía ser del todo sincera con él. La cara que hubiera puesto el pobre si le hubiera dicho que no podía salir con él por que estaba enamorada como una idiota de un medio-demonio que había conocido 500 años atrás en el tiempo cuando cruzó un pozo mágico que tenía en el templo. De seguro Hojo le compraría un boleto para el psiquiátrico más cercano.

"Aquí yace Kagome Higurashi, que se extravío en las arenas del tiempo"

Buena frase para su epitafio, cercana a la realidad.

"Kagome Higurashi, adolescente reencarnación"

No, esa no era una buena frase para grabar en una lápida, no estaría bien ser siempre recordada como la sombra de otra persona.

Un punzante dolor atravesó su cabeza, enraizándose en sus sienes queriendo hacerle estallar la cabeza, sin duda. Se llevó ambas manos a la altura de los ojos y comenzó a darse un masaje con la esperanza que aquel sufrimiento cesara o por lo menos se atenuara en cierta medida.

¿Había comenzado ya su tormento eterno?

Pequeños destellos de luz comenzaron a brillar a su alrededor, quizás producto de la incipiente jaqueca que le afectaba. Parpadeó un par de veces por si era un efecto óptico producido por el dolor, pero aquellas tintineantes luces no solo no desaparecieron sino que se unieron unas con otras formando una luminiscente figura. Incluso podía oír a alguien hablar. ¿Una mujer quizás?

La voz, que identificó como femenina, resonaba rodeándola por todas partes. Como si fluyera de aquella figura que tenía delante y que le daba la espalda impidiendo verle el rostro. Parecía como si se dirigiese a alguien más que no era ella. Dio un par de vueltas sobre si misma para comprobar que solo estaban ella y ese ser.

- ¿Me hablas a mi?- le dijo- ¿me oyes?

- Todo está bien, Kagome es hora que vuelvas- pareció contestar la figura apenas volviendo la cabeza.

Iba a contestar que no había donde volver, cuando escuchó otra voz. Más lejana y difusa que parecía contestar a las palabras de la voz femenina. Por un momento creyó alucinar y perder la poca sensatez que aún conservaba.

¡Inuyasha!

Eso era imposible, porque él estaba vivo o la última vez que lo vio así era. No podía estar muerto. No debía estarlo. Y sin embargo oía su voz en la lejanía, casi como si de susurros se tratase. Él estaba allí en algún sitio, junto a ella. No la había dejado sola. Era muy triste morir sola después de todo.

- No estás muerta, solo tomé tu cuerpo prestado- le dijo la figura leyendo sus pensamientos.

¿No estaba muerta?

¿Alguien había tomado su cuerpo prestado?

La puñalada de dolor en su cabeza se volvió tan intensa que cayó de rodillas y tuvo que morderse los labios para no gritar. Sentía que las fuerzas le abandonaban. Sus piernas se habían vuelto insoportablemente pesadas y no podía permanecer de pie. Si esto no era morir al menos seguro que se asemejaba.

- Kagome despierta…dime algo…mándame al suelo con uno de tus osuwaris, lo que sea pero abre los ojos y contéstame - oyó a Inuyasha.

¿Todo era un sueño?

Alzo los ojos y se encontró de frente al ser que había estado con ella, tendiéndole ahora la mano para que la tomara. Intentó mover uno de sus brazos pero lo encontró tan pesado como las piernas.

- No puedo, no soy capaz

- Solo abre los ojos y vuelve- terció la figura que empezaba a disolverse- ¿no te rendirás ahora, verdad?

¿Rendirse?

Jamás. Había hecho una promesa y la cumpliría.

Con un titánico esfuerzo subió la mano y tomó con fuerza la que se le ofrecía, mirando a la figura directamente a la cara. La momia, la sacerdotisa de la cueva estaba ante ella tomando su mano como si realmente estuviera allí.

Bueno si era un sueño todo era posible, ¿no?

- Ahora te dejo Kagome, ya te he causado suficiente dolor por ahora- le susurró comenzando a desvanecerse- tan solo duerme y sueña con cosas agradables- terminó rozándole el rostro con las manos.

La oscuridad comenzó a disiparse y un soñó de nuevo, pero esta vez con un joven medio- demonio de ojos tan brillantes como el sol y una larga cabellera, plateada como los rayos de luna en una noche clara.