Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : )

N/A2: En agosto no habrá actualizaciones del fic así que intentaré actualizar otra vez más antes de irme de vacaciones y después tendréis que esperaros hasta Septiembre me temo :(


14. SANSA

A pesar de que se había prometido a sí misma no volver a provocarle, Sansa Stark había desatado la furia de su marido y lo había pagado muy caro. Los días habían transcurrido terriblemente tediosos desde la última discusión, sin poder salir de sus aposentos.

Inspiró hondo y se dio la vuelta en la cama, con los ojos irritados de tanto llorar. Adoptó una posición fetal y permaneció inmóvil sobre el colchón.

Su esposo había insistido en que ser Moss no era de fiar, pero no podía creerle. Su caballero de brillante armadura era todo modales y educación, nada que ver con el esperpento de Clegane. ¿Cómo iba a estar utilizándola? Eric le había asegurado que la amaba. Los besos eran reales y sus atenciones también. ¿Acaso era todo fingido? Sansa se negaba a aceptarlo. Ser Moss le había prometido la libertad, pero Sansa había sido tan estúpida que se había metido en la jaula ella sola.

Mi caballero… Sansa contuvo las pocas lágrimas que le quedaban a duras penas. Había llorado tanto los últimos días que sus ojos se habían secado. ¿La estaría esperando? Era algo que Sansa no dejaba de preguntarse una y otra vez. Seguro que visita nuestro lugar secreto todos los días con la esperanza de verme aparecer. Se mordió un labio tembloroso, tapándose mejor con las sábanas.

Estaba harta de su cautiverio. Sandor Clegane había cumplido su palabra: no la había dejado ver la luz del Sol más que a través de la ventana. Los primeros días la joven había llorado suplicándole que le permitiera salir para ver una última vez a su apuesto caballero y poder explicárselo todo, pero el Perro se había negado sin dar su brazo a torcer. Sin embargo, conforme el tiempo de cautiverio aumentaba, la paciencia de la joven Stark decrecía. Cada noche transcurrida le hacía ponerse más y más nerviosa. Tenía que hablar con Eric. Necesitaba explicárselo todo, por lo que su desesperación le hizo intentar escapar varias veces sin éxito alguno. Al principio lo intentó con las criadas que la atendían durante el día. En más de una ocasión logró salir corriendo por la puerta, pero su torpeza natural le impedía llegar demasiado lejos. Además, las doncellas pronto intuían sus intenciones y la atrapaban mucho antes de que ella intentase nada. También trató de engañarlas para que la dejasen sola en sus aposentos, pero cuando lo hacían siempre cerraban la puerta con llave para que no pudiera escaparse.

Por esa misma razón cada día que transcurría sin poder ver a su amado le hacía preguntarse una y otra vez si de verdad la estaría esperando y cuánto tiempo estaría dispuesto a hacerlo. Seguro que sabe que estoy cautiva. Pronto vendrá a rescatarme. Pero los días seguían sucediéndose sin ninguna noticia de ser Moss.

Al final, su desesperación la llevó a intentar escaparse del propio Clegane. Sólo se reunía con ella a la hora de dormir. Ni siquiera se dignaba a aparecer durante las cenas. Sansa era consciente de que le había dicho cosas horribles que realmente no pensaba, pero él era el único que se interponía entre ella y su hermoso caballero norteño. Era el único impedimento que tenía para ser feliz. La ira y la rabia que había sentido durante la última discusión la habían hecho perder los nervios y dedicarle palabras más duras de lo que había pretendido. A pesar de su mal genio no es peor que Joffrey. El Perro no me castiga con golpes. Ni siquiera después de todo lo que le dije.

Y sin embargo intentó escapar de él en varias ocasiones. La joven aprovechaba las noches que llegaba borracho para intentar salir por la puerta en el momento que él entraba en los aposentos, pero ni siquiera estando ebrio tenía posibilidad alguna contra él. "¡Dejadme salir!", gritaba. Pero su esposo la sujetaba fuertemente por el codo mientras ella forcejeaba y pataleaba como una niña pequeña, intentando librarse de su agarre. Una noche llegó a golpearle el torso con los puños cerrados, pero el Perro apenas se inmutó.

–Estate quieta, niña. –gruñía, con la voz pastosa por el vino.

Pero Sansa seguía resistiéndose hasta que su marido la rodeaba con los brazos y la inmovilizaba contra él, bufando por su desobediencia. Clegane la apretaba con fuerza, aspirando el aroma de su cabello con tanta ansia que Sansa llegó a pensar que volvería a tomarla una de esas noches de borrachera. Ya no me llama "pajarito". La joven terminaba llorando desconsolada dejándose arrastrar hasta la cama, donde acababa hecha un ovillo sin dejar de derramar lágrimas.

No obstante, Sansa no dejó de intentarlo. Si no podía escaparse cuando entraba en la habitación, tendría que hacerlo mientras dormía profundamente. La joven se había sentido aliviada al ver que ya no la rodeaba con un brazo, tal y como solía hacer todas las noches, por lo que pensó que tal vez eso le daría alguna oportunidad. Pero al parecer el sueño de Clegane siempre era ligero. La primera vez que Sansa intentó levantarse, su esposo despertó enseguida y la atrapó antes de que pudiera llegar muy lejos. A partir de ese momento, el Perro se buscó un cordón para cerrar la puerta con llave y colgársela del cuello. Al parecer, quería demostrar lo que le había dicho la noche de la discusión: "Eres mía y de nadie más." Sin embargo, la joven dama se negaba a aceptar eso. Estás casada con él, niña. Le reprendió la voz de su septa. Le perteneces, igual que él te pertenece a ti.

Los días transcurrieron y Sansa acabó dándose por vencida. Se resignó. Era inútil. Había intentado escapar de todas las formas posibles y no le había servido de nada. Había estado tentada a pedirle perdón a su marido por todas las cosas horribles que le dijo durante la discusión, pero tenía demasiado orgullo y sospechaba que seguiría sin dejarla salir de todas formas, así que nunca lo hizo. ¿Hasta cuándo me tendrá aquí encerrada? Era la pregunta que nunca dejaba de hacerse: "¿Hasta cuándo?" Pero cada vez que se la formulaba, el Perro nunca le contestaba. Si ya era poco hablador, después de la última cena que compartieron juntos no había vuelto a dirigirle la palabra. ¿Tan enfadado estaba? Sansa dudaba que alguien como él pudiera tener sentimientos, pero al parecer la joven había sido la única persona que había conseguido hacerle daño de verdad.

Sin saber muy bien cómo, la niña Stark acabó sintiéndose culpable. Una dama jamás habría dicho todo aquello. Había sido cruel y cada día que transcurría se sentía más miserable. Las ganas de ver a su caballero fueron remitiendo con el tiempo, pues su mente no dejaba de recordar la escena tan tensa que vivieron hace varias semanas. "¡sois un monstruo! ¡Estaríais mejor muerto!" Sansa se estremeció. "Ninguna mujer en su sano juicio querría casarse con vos y mucho menos se dejaría tocar por esas manos manchadas de sangre. Sois repulsivo." Ni siquiera después de todo aquello Sandor Clegane había osado golpearla. Su mal genio había derivado a un comportamiento apático e indiferente. Ya no me llama "pajarito". No lograba comprender por qué, pero ese hecho le entristecía. No soy suya y nunca lo seré.

Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, siguiendo su rutina diaria. Se pasaba las mañanas admirando la belleza del paisaje desde el otro lado del cristal, viendo el recorrido que hacían las aves al surcar el cielo. Ya no me llama "pajarito". Frunció el ceño y agitó la cabeza, intentando olvidarse de ese detalle. Ya no me llama "pajarito".

–Pajarito.

Sansa se volvió sobresaltada cuando escuchó su voz. Le vio allí de pie, mirándola con su característico semblante serio. La joven se envolvió mejor en la bata, ocultando su cuerpo instintivamente. ¿Qué hacía allí? Era el primer día que se reunía con ella por la mañana. ¿Acaso la había perdonado ya? Frunció el ceño. No, estaba demasiado serio. Sansa esperó con el corazón encogido, presintiendo que su visita no era algo casual. Guardó silencio hasta que el Perro habló de nuevo.

–Pajarito, yo… –se notaba que estaba nervioso, algo no andaba bien. –Acaban de llegar noticias, pensé que como tu marido, aunque sólo en nombre, debía decírtelo. –resopló antes de volver a armarse de valor para hablar. –Tu hermano y tu madre han sido asesinados en una boda que habían organizado los Frey. Traición. Al parecer ellos estaban compinchados con los jodidos leones. Lo siento mucho, pajarito.

Sansa tardó varios segundos en reaccionar, intentando procesar la información que acababa de recibir. Parpadeó varias veces seguidas mientras hacía un esfuerzo por mantener la compostura. ¿Madre y Robb...? Sin embargo, antes de seguir el discurso de sus pensamientos ya le costaba respirar. Se llevó una mano a los labios mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

–¡Estáis mintiendo! –dio un pisotón al suelo, llena de impotencia. ¿Cómo podía ser tan cruel? Sin embargo, una parte de ella sospechaba que estaba siendo sincero. "No soy ningún mentiroso, pajarito."– ¡Estáis mintiendo! ¡Estáis mintiendo!

Sansa empujó el respaldo de una silla y la tiró al suelo, provocando un estruendo que sonó por toda la estancia. Sandor bajó la cara y la miró entre los mechones de su pelo.

–Ojalá lo estuviera haciendo, pajarito. El propio rey quería llevarte a la sala del trono y contártelo ante todos. Pensé que lo preferirías de este modo. Después de todo es tu familia y necesitas intimidad. Lo siento mucho, de verdad. –el Perro parecía haberse apiadado de ella y avanzó hasta su lado, moviendo su mano para depositarla sobre su hombro.

Sin embargo, cuando la joven descubrió sus intenciones le rechazó de un manotazo.

–¡No me toquéis! –gritó, sin dejar de llorar. Reculó hasta una esquina de los aposentos y permaneció en el rincón, inmóvil. Al cabo de unos instantes se sentó en el suelo, encogida en posición fetal mientras se abrazaba las rodillas y escondía el rostro de su atenta mirada.

¿Cómo era posible? Hasta donde tenía entendido su hermano Robb iba ganando la guerra. ¿Qué les había pasado? "Traición." Pero, ¿por qué? Siguió sollozando desconsolada, sin atreverse a levantar la vista para comprobar si su marido seguía allí con ella o si se había marchado ya. Notaba una opresión en el pecho. Le costaba respirar. Sansa no era capaz de comprender qué era aquello tan horrible que había hecho en otra vida para merecer aquel castigo de los dioses. ¿Es que no va a terminar nunca?

–D-Dejadme salir… –pidió, sin levantar la vista hacia Clegane–. Me habéis t-tenido encerrada durante s-semanas. Quiero ir a ver a mi caballero. –suplicó.

El silencio que reinó la habitación le hizo plantearse si realmente estaba sola. Sin embargo, al cabo de unos instantes escuchó el ruido chirriante de la puerta. Cuando elevó la mirada descubrió que estaba abierta y no había ni rastro de su marido. Tragó saliva y se puso en pie con rapidez. Alcanzó el primer vestido que encontró en uno de sus baúles y se cambió todo lo deprisa que pudo, anudándose mal los lazos. Tenía la vista nublada debido al velo de lágrimas que se formaba en sus retinas. Sansa Stark estaba tan afectada que lo último en lo que pensó fue en arreglarse el pelo.

Su libertad estaba ahí, sólo tenía que atravesar la puerta e ir a buscar a Moss. Si el Perro no me hubiera encerrado, probablemente hubiera escapado y habría podido reunirme con mi familia., se dijo esperanzada. Tal vez hubiéramos podido ayudar a Robb. Apretó los dientes y salió de los aposentos a toda prisa, arremangándose el vestido sin dejar de llorar.

Llegó al bosque de Dioses a trompicones, con la respiración demasiado agitada y los ojos irritados. Su rostro níveo mostraba un aspecto congestionado cuando encontró a su amado caballero.

–¡Mi señora! –la estrechó entre sus brazos y enredó una mano en su cabello rojizo, ahora enmarañado–. ¿Qué os sucede? ¿Dónde habéis estado todo este tiempo?

Permanecieron ambos de pie durante un largo rato, abrazados y sin apenas moverse. Eric le acariciaba la espalda con suavidad, intentando calmarla.

–Mi bella dama… –susurró, cerca de su oído–. Venga, contadme qué os ha sucedido. ¿Qué os tiene tan alterada?

Sansa se separó un poco de él para limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, notando el corazón más roto que nunca. Han asesinado a la única familia que me quedaba… Intentó decirlo en voz alta, pero se le quebró la voz en varias ocasiones hasta que por fin logró explicárselo todo: desde su cautiverio hasta la desgracia que le había ocurrido.

–M-Me lo acaba de contar e-el Perro –sollozó, ocultando sus labios tras una mano temblorosa–. D-Dice que han sido los Frey, una casa que juró lealtad a los Tully.

Siguió hipando en sus brazos, desconsolada. Agradecía poder estar en su presencia y sentirse reconfortada por alguien tan valeroso como él, aunque en esos momentos no sirviera de mucho.

–No puede ser, lady Sansa –insiste, visiblemente apesadumbrado–. Tiene que haber un error. Seguro que es una artimaña de ese sabueso estúpido que tenéis por esposo.

Sansa negó con la cabeza. "Un perro morirá por ti, pero jamás te mentirá. Y te mirará directamente a la cara."

–No. Estoy segura que es cierto –repitió, sintiéndose cada vez más hundida–. F-Fue e-en una boda. Los Frey traicionaron a mi familia.

Sansa se preguntaba una y otra vez por qué hicieron tal cosa. Qué fue lo que les llevó a rebelarse contra la causa de su hermano. Eran los únicos familiares que me quedaban. Los únicos que vendrían a rescatarme. Y ya no están. Se abrazó mejor a él y lloró en su hombro mientras ser Moss le acariciaba el pelo con dulzura.

–Cuánto lo lamento, hermosa mía –le dio un beso en la sien–. De verdad. No os imagináis cuánto lo siento. Una joven dama como vos tan sola… –negó con la cabeza–. No puedo creer que lord Bolton traicionase también a Robb. No puedo creerlo…

El corazón de Sansa se detuvo en seco. ¿Lord Bolton? Se quedó muy quieta en sus brazos y dejó de llorar, desconcertada.

–¿Q-Quién? –preguntó, separándose ligeramente de él. Había algo que le producía desconfianza.

Moss alzó las cejas y parpadeó varias veces seguidas, tan confundido como ella.

–Roose Bolton, otro vasallo de Robb –aclaró, retirándole las lágrimas de las mejillas con los pulgares–. Me habéis dicho que traicionaron a vuestra familia en una boda que organizaban los Frey.

La joven se alejó unos pasos de él, procurando no ser demasiado brusca. No sabía quién era ese tal Roose Bolton. El Perro no lo había mencionado en ningún momento y ella tampoco. ¿Cómo podía ser que Eric lo nombrara ahora si se acababa de enterar de lo sucedido? "Le he visto hablando con Lord Tywin. No es trigo limpio, pajarito. Le he visto esta misma mañana. Hablaban en los pasillos de la fortaleza, el viejo león y ese gilipollas al que tú llamas ser Moss. Traman algo, oí el apellido "Stark" en la conversación. Los Lannister están detrás de todo esto, buscan un motivo para anular el matrimonio que Joffrey concertó en un impulso de niño malcriado. Un escalofrío recorrió su espalda. "Un perro morirá por ti, pero jamás te mentirá. Y te mirará directamente a la cara." ¿Sería cierto? ¿Sería todo una mentira? Las palabras dulces, sus atenciones, sus besos… ¿había sido todo fingido? ¿Por qué?

–Y-Yo… Y-Yo no he mencionado a… a R-Roose Bolton… –dijo, retrocediendo varios pasos más.

Si de verdad Sandor tenía razón… No. Una parte de ella no quería creerle, pero sospechaba que así era. ¿Cómo había estado tan ciega? Por los Dioses. Seguía siendo la niña estúpida de siempre. "¿Crees que yo elegí la boda? ¿Acaso crees que quería a una niña tonta como tú por esposa?" Sansa contuvo de nuevo las ganas de llorar, notándose un nudo en la garganta.

–Claro que sí, bella dama –Moss avanzó hacia ella, acortando las distancias. Sansa retrocedió más, asustada–. Lo habéis hecho hace un momento. ¿Ya no os acordáis? Es normal, estáis muy afectada.

–N-No… N-No os acerquéis más, por favor –le tembló la voz. ¿Y el Perro? Quería estar con él. Le necesitaba. Tenía miedo–. Por favor. Estáis mintiendo. P-Por favor…

El rostro de Eric Moss se endureció, tensando los músculos de la mandíbula mientras apretaba los dientes. Sansa se estremeció.

–¿Sabéis, lady Stark? Cuando me enteré de todo el asunto de acabar con la tiranía de vuestro hermano y me ofrecieron quedarme en la Fortaleza Roja para ser el contacto entre los Lannister y los norteños, decidí sacar tajada. Había oído hablar de vos; la hermosa hija de Catelyn Tully y Eddard Stark. ¿Sabíais que sois la siguiente en la línea de sucesión tras la muerte del Joven Lobo? Apuesto a que no os habíais parado a pensar en eso. Sois la llave del Norte, lady Stark. Y ahora el Norte pertenece a Sandor Clegane. –Sansa abrió mucho los ojos, con el corazón desbocado dentro del pecho. Se mordió el labio inferior, que le temblaba violentamente. El Perro tenía razón… Todo este tiempo. Había seguido intentando protegerme y le dije cosas horribles para apartarle de mi lado. Moss avanzó más hacia ella, acortando las distancias que les separaban–. Los hombres hablan mucho de vos, lady Stark, y todos coinciden en que debajo de esa belleza no hay nada provechoso. En cuanto vi lo estúpida que erais decidí conquistaros. Fue tan fácil ganarme vuestro aprecio… Y con unas cuantas sonrisas pude llegar hasta vuestro corazón. Tal y como cantan los bardos, ¿verdad?

Sansa no daba crédito a lo que estaba escuchando. Empezó a derramar lágrimas, consciente de que cada vez que sucedía una desgracia ocurría algo peor que lo superaba.

–C-Creía que me amabais de verdad… –dijo, dejando de recular para quedarse inmóvil, paralizada. Había sufrido demasiada tensión en muy poco tiempo. No podía más.

Moss rio de manera sarcástica.

–¿Quién iba a amar a alguien tan inútil? –Sansa tuvo que apoyarse contra el tronco de un árbol mientras su caballero seguía avanzando hacia ella–. Lo único que amaba de vos eran vuestros derechos de sucesión. Pero para eso tenía que morir vuestro hermano primogénito, ¿verdad? –sonrió con malicia. La joven sintió un escalofrío, consciente de sus palabras. Él también era un traidor: estaba aliado con los Frey y ese tal Bolton. Dejó escapar un sollozo, sintiendo que le iban a fallar las piernas en cualquier momento. ¿Y el Perro? ¿Dónde está Sandor? Le echaste de tu lado a patadas, niña estúpida. Su septa la regañó de nuevo. El único hombre que te ha tratado lo mejor que ha sabido y le has apartado aprovechándote de sus puntos débiles. ¿Quién de los dos es el monstruo, niña?–. Oh. Y también vuestro marido. Pensé que os pondríais de mi parte cuando os sugerí acabar con él, pero al parecer mis esfuerzos por conquistaros no sirvieron para convenceros. Jamás pensé que quisierais a esa bestia con vida.

Sansa escondió el rostro entre las manos, sin poder dejar de llorar. Apoyó el hombro contra el tronco del árbol, buscando un punto que le sirviera de sujeción para no caer al suelo. Sandor… Sin embargo, pronto la sujetaron por el codo y tiraron de ella. La joven acabó de nuevo en brazos de Moss, sin poder ofrecer resistencia.

–Se suponía que tenías que ser mi esposa –su voz gélida rasgó el aire como un cuchillo afilado–. Mía. Pero vos preferisteis mantener con vida a ese perro sarnoso.

Sansa se apartó bruscamente de él, sacando fuerzas de donde no tenía.

–No es ningún perro –empezó a retroceder de nuevo, aterrorizada–. El único animal que hay aquí sois vos.

Y antes de que Moss pudiera reaccionar, Sansa echó a correr entre los árboles todo lo deprisa que sus piernas le permitieron. Necesitaba buscar ayuda. Tenía que encontrar a Sandor. El corazón se le había subido hasta la tráquea de lo asustada que estaba. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Todo el mundo tenía razón. Era la niña ilusa que seguía viviendo en una canción de caballeros y nobles damas.

–¡Volved aquí!

Sansa se giró un momento y descubrió que Moss le pisaba los talones. Vio algo metálico brillando por el rabillo del ojo. Tiene un puñal. No me va a dejar salir de este bosque. La angustia le atenazó el pecho, consciente de que el vestido no le dejaba correr bien. No me va a dejar llegar hasta Sandor porque sabe que le matará en cuanto le cuente que tenía razón, que estaba equivocada. Antes de que pudiera seguir el hilo de sus pensamientos, Moss logró alcanzarla sujetándola por el pelo. La joven gritó de dolor y se detuvo de inmediato, forcejeando para tratar de salvar su vida.

–¡Estaos quieta! –bramó su cabello y le asestó un guantazo de revés que la hizo caer al suelo. Sansa se llevó una mano a la mejilla dolorida, notando como la piel le palpitaba debido al golpe–. Será rápido, lady Stark. Os lo prometo.

Sansa se puso en pie rápidamente cuando vio el puñal en su mano derecha. Me va a matar. Tengo que dejar de llorar. Tengo que buscar a Sandor. Pero Clegane no estaba allí para ayudarla. Se limpió las lágrimas como pudo y trató de mantener la calma.

–P-Por favor, no lo hagáis –suplicó, aterrada–. Prometo no contar nada. M-Me portaré bien. D-De… De verdad. Seré buena.

Pero Moss volvió a reír, insolente. Caminó hacia ella y le asestó una puñalada que iba dirigida a su vientre. Sansa logró detener el arma con las manos a duras penas. Antes de darse cuenta de lo que acababa de hacer, la sangre goteaba sobre el suelo del bosque. El filo de la hoja le había traspasado la carne de las palmas, que palpitaba abierta por las heridas causadas. El hombre frunció el ceño, sorprendido porque alguien tan débil como ella hubiera detenido su arremetida. Sin embargo, Sansa aprovechó el momento de confusión para asestarle un rodillazo en la entrepierna, soltando por fin el puñal y echando a correr de nuevo.

Escuchó los gritos y maldiciones de quien apenas unos momentos antes había considerado su caballero, pero Sansa no se volvió para mirarle. Siguió huyendo desesperada, sabiendo que esta vez lograría escapar.