Música: "The last Agni Kai", BSO de Avatar: The Last Airbender y "Goodbye" de Apparat.
Tercera parte
- Tormenta -
"Cuidado, porque no tengo miedo y eso me hace poderoso."
- 14 -
Kallian no volvió.
Lo que fuera que creyera, su idea del fin, los cuadros funestos que la ansiedad la obligó a pintar, nada podía medirse con la realidad. Creer que la había perdido no era lo mismo que saberlo; saberlo no era, ni un poco, lo mismo que sentirlo.
Anora aguardó. Sus palabras estaban destinadas a perderse en la memoria. Ella tendría que aparecer un día, con el disfraz de una sirvienta, actuando como si nada hubiese sucedido. Todo debía volver a la normalidad por el bien de ambas. La joven elfa contaría los rumores de la ciudad (y haría correr otros), se quejaría de un matrimonio forzado y ofrecería cortarle la cabeza a quien fuera en nombre de la gloria de las canciones, sonriendo una de sus sonrisas ladeadas que decían más de lo que con palabras era capaz de expresar. No sería perfecto, hacía años que no lo era, pero volvería a suceder, ella estaría allí de nuevo.
Nada sucedió como lo deseaba. Cuando la ausencia de Kallian Tabris comenzó a alimentarse de la soledad de Anora, se materializó tanto que pudo decir exactamente dónde no estaba, en dónde tendría que hallarse parada con los brazos cruzados; en cuál ventana iría a encaramarse, balanceando los pies en el vacío nocturno; a qué hora de la madrugada la despertaría sacudiendo su hombro mientras el rey dormía al otro lado de la cama.
A veces, Anora salía de un sueño intranquilo con la sensación de que alguien la vigilaba, de una presencia tan cercana que había distinguido el olor del cuero o del humo. Abría los ojos, esperando encontrar un par de monedas de plata brillando en la oscuridad: aquellos ojos élficos, enormes y redondos, observándola dormir.
Nada -nada, nada- de aquello sucedió. Entonces, Anora comenzó a buscar en la cara de cada persona en palacio, fantaseando con distinguirla entre la multitud y saber de esa forma, con tan solo una mirada, que todo estaba bien incluso cuando parecía no estarlo en absoluto y que su amistad iba más allá de tenerse cerca. En el salón del trono siguió la llamada de las facciones Tabris, pero se trataba únicamente de la pelirroja, la auxiliar del anciano que acudía a las ocasionales audiencias concedidas a los líderes de la elfería.
El tiempo sólo permitió paz al ofrecer desvanecerla en su mente. Anora luchó, negándose a la posibilidad de dejar ir a la única amiga verdadera que había tenido, el baluarte primordial en su lucha contra la soledad. Pero un día, simplemente, no pudo mirar aquellos sitios en los que hacía falta. Odió las ventanas y los rincones; odió el jardín de la primera vez; odió saber que ella estaba fuera, en la elfería, y no tenía la consideración de acudir al palacio y despedirse como era apropiado (pensar lo otro, dar lugar a la idea de que ella no estuviera más allá fuera, le encogía el corazón y formaba un nudo en su estómago). Se ahogó en desesperación. No pocas veces, Erlina hubo de espantarle la idea de salir a tocar una puerta a la vez hasta hallarla. Luego, el horror: ni siquiera podía decir dónde vivía con exactitud.
Denerim, el tiempo y el cansancio terminaron por engullir a Kallian, a tiempo para evitar que los múltiples y prolíficos odios de Anora la contaminaran también.
Ella no volvió. Lentamente, la lógica imperó, convenciéndola de que su vida ya era lo bastante complicada con un heredero que no llegaba, y una constante amenaza sobre su corona (y su vida en consecuencia), como para permitir que Tabris se convirtiera en un lastre más. Había sido su decisión desaparecer, a fin de cuentas. Si lo pensaba con más cuidado, si debía rebuscar por una razón satisfactoria para obligarse a renunciar, se entregaba a la certeza de que la muchacha habría terminado cometiendo un grave error bajo las narices de una solapadora reina, quien no había sabido poner fin a una amistad por el bien de Ferelden. Era lo mejor. Era ese bien mayor ante el cual ya había sacrificado su libertad y a Leonard Cousland con ella. Perderlo a él habría tenido que ser suficiente. Anora salvaba su dignidad en público, mas en los momentos de soledad, lloraba la muerte de su felicidad con rabia.
Kallian no volvió. Un día, la reina no reunió fuerza suficiente para continuar asida a los recuerdos e impedir que se desvanecieran. No obstante, allí donde ella había estado (donde tendría que estar), hubo siempre un vacío.
Dejarlo morir habría dolido menos. No fue lo mismo creerlo ni esperarlo ni saberlo, que sentirlo.
—¿Recuerdas cómo era tu hogar?
Neria lo recordaba. La elfería de Denerim era un lugar sucio y gris junto a un mar sin color. A su memoria acudieron de inmediato las ratas dentro del orfanato, corriendo entre sus pies en las habitaciones oscuras, tan grandes como los gatos que debían ahuyentarlas. El olor acre de las calles, la pulgas y otras pestes, la suciedad. Vivir como vivían las ratas mismas fue lo que pudo llamar normalidad durante los primeros once años de su vida. No habría podido saber que lo normal era beber agua sin aquél sabor peculiar, o que estaba bien comer más de una vez al día. No pudo saber que el mundo era más que muros altos y grises, proyectando ominosas sombras, hasta que lo comparó con las maravillas del camino a lago Calenhad, con todo lo que observó mientras el carromato avanzaba con un reconfortante vaivén hacia su siguiente prisión.
Fuera, predominaba el verde, el aire olía diferente, brillaba el sol con más intensidad. Se bebía agua de manantiales cristalinos y se comía abundante si uno conocía ciertos rudimentos sobre la caza. Estar lejos de la elfería fue como haber muerto y acudido al dichoso abrazo del Hacedor. La lluvia en el camino lavó todos sus miedos y los recuerdos dolorosos. Aquello era vida más que mera supervivencia. Numerosas fueron las ocasiones en que sopesó la idea de echarse a correr a través del bosque para no regresar jamás, creyendo que la naturaleza tendría que reconocerla como a una hija perdida hacía años. Habría tenido que morir en el intento, al menos. El Círculo y la magia colocaron grilletes a sus sueños, mas nunca olvidó el sabor de la fugaz pero gloriosa dosis de libertad.
El gris regresó, con sus muros inexpugnables y cadenas invisibles. Ya no solo era elfa y huérfana: el estigma de la magia era incluso peor. No se vivía mal dentro de la torre; tres comidas, un techo, conocimiento y la manera de controlar aquella maldición. No obstante, Neria odiaba la Capilla, el Círculo y la magia. Sin duda, había aprendido a dominarla como pocos, pero había sido magia lo que empeoró un ligero incidente con fuego en el orfanato; era magia la razón de su encierro. La magia le había arrebatado alegrías tanto como la herencia en su sangre o la pobreza.
Últimamente, Neria había vuelto a soñar con fuego.
—No, era muy joven cuando los templarios me trajeron a la torre. —Desvió su mirada del libro y colocó la pluma sobre el tintero. Parpadeó, observando al aprendiz con suspicacia—. Nunca hablas de tu hogar.
—Este es mi hogar —replicó Theodore. Los espejuelos resbalaron hasta la punta de su nariz cuando elevó la cara de su lectura.
Amell había cambiado mucho durante el último par de años. Había intercambiado inocencia por orgullo. No obstante, esa resignación disfrazada de comodidad todavía lo ocultaba casi a la perfección.
—Este no es hogar de nadie. Aquí no hay libertad.
—No lo es para ti —Amell alzó los hombros y la miró por encima de sus gafas—. Obviamente. Y, querida mía, la libertad es un estado de la mente.
Neria se sentía enferma cada vez que Theodore argüía aquello. Hubo de esforzarse por no responder y no darle vida a la vieja desavenencia entre ambos.
—Eres noble... —aventuró, en su lugar, inclinándose un poco sobre la mesa—. Tu familia, es decir. —Lo sabía por Anders, el único de sus amigos lo bastante mayor como para recordar el ingreso del joven humano. Nadie hablaba mucho al respecto—. Preguntaste por mi hogar, debe haber una razón.
—¿Crees que extraño mi vida entre la aristocracia de Kirkwall? —Theodore rio entre dientes.
—Tu intelecto podría ponerse en duda si la respuesta es un no.
Estaba esforzándose en esa sonrisilla de apatía, pero uno podía entrever que algo le dolía detrás. Albergó un sentimiento de pena por su amigo y decidió que si él no lo deseaba, no tocaría la inconfesable susceptibilidad. Suspiró, cogió la pluma y retomó sus notas, el par de ojos azules a veces sobre el libro y otras sobre la balanza.
—¿Cómo está? —Luego de un rato, la pregunta la pilló sumergida en los cálculos de cantidades para su próxima poción. Sin querer, empujó un poco la balanza con la mano. Reaccionó tan rápido como pudo para evitar que todo cayera al suelo.
—¿Por qué no lo visitas?
—No me ha parecido adecuado.
Las lentes redondas atraparon la luz de la lámpara de aceite sobre el escritorio. Neria no pudo leer sus ojos. Si en realidad le importaba algo sobre Anders, y su pregunta no había sido una especie de convención social cumplida, Amell no permitió que su lenguaje corporal lo delatara.
—Anders no te odia.
—No fue eso lo que pregunté.
—Su cuerpo se recuperará —informó, tanteando la escasa reacción de sus facciones—. Su mente...
—Nunca estuvo muy bien en ese aspecto, ¿no es así? —Una sonrisa mordaz, afilada en sus bordes como una daga, dictaminó el fin de Anders como tema de conversación.
—No creo que sea el único a quien el encierro está afectando —murmuró sin dejar de mirarlo y sin lograr suprimir su expresión intranquila.
—Por mi no debes preocuparte, Neria —replicó Theodore al retirarse las gafas. Su sonrisa había perdido fuerza. Volvía a mirarla como una cosa frágil (o preciosa) a la que había que aproximarse con suma precaución. Neria no sabía si eso la enternecía más de lo que la enfadaba—. Me gustaría que tampoco tuvieras que preocuparte por Anders.
Surana soltó el aire por la nariz, muy despacio, antes de alcanzar una de las manos de Theodore sobre los libros y los pergaminos.
—Si no puedo preocuparme por ti o por Anders, no tengo ninguna razón para permanecer en este sitio.
La primera carta llegó con la misma partida de comercio a cargo de la correspondencia entre los líderes de las elferías. No era más que un diminuto papel maltratado que reposaba, actualmente, sobre la palma de su mano mientras ella lo inspeccionaba con cautela, como si el mismo Nelaros fuese a salir de entre las líneas de repente, dispuesto a arrancarle una carcajada. Kallian siempre había detestado las risas estrepitosas y desconfiaba de quienes las reían; ciertamente, una parte de ella detestaba al elfo de Pináculo por haberla orillado a reír hasta perder la respiración por naderías durante su estancia en Denerim, cuando los acontecimientos exigían solemnidad. Eso era... indigno y ridículo, había perdido a Anora, no era tiempo para reír.
No obstante, allí, en la comisura de su boca y en el estómago, el cosquilleo de una sonrisa (y peor, mucho peor, una fugaz risita) pugnaba contra la rigidez de sus facciones. Apretó los labios porque cualquier indicio de alegría que el mensaje de Nelaros le provocara, sería interpretado como el azoramiento de una chica enamorada. No había tenido mente para tales tonterías durante la adolescencia, mucho menos la tendría actualmente.
—Ah, un admirador. —Con una malévola sonrisa, Soris le arrebató el papelito para desenrollarlo. Lo sostuvo en lo alto y leyó unas cuantas líneas antes de que ella lo cogiera de nuevo. Se quedó cruzado de brazos, preparando una salva de ironías para celebrar la ocasión. Aquello no resultaba la mitad de molesto que la mirada del hahren. Kallian se sopló el flequillo que le caía sobre los ojos y golpeó a su primo en la cabeza con una vitela sobre la mesa de Valendrian—. Ouch. —Entre risas, Soris se frotó la zona—. No lo tendrías si te conociera el carácter del demonio, prima.
Él lo conoce, se dijo Kallian, una tenue hilaridad abriéndose paso entre la molestia. Su primer encuentro había terminado con él descalabrado e inconsciente sobre el suelo, después de todo. Estaba bastante segura de que Nelaros sabía con qué clase de persona estaba tratando.
—¿Puedo preguntar...?
—En realidad, preferiría que no. —Kallian interrumpió al anciano; no estaba de humor para escuchar la usual prédica de Valendrian sobre el matrimonio. Era de una miserable carta, ellos estaban exagerando y volviéndolo incómodo—. Mis disculpas, hahren. Te lo agradezco.
Se despidió con una inclinación de cabeza y salió de la oscura y fresca choza al ardiente sol de mediodía. Detrás de ella, Soris cerró la puerta. En su mano, la joven elfa apretaba la misiva. Los días que transcurrieron luego del incidente en palacio los dominaban la tristeza y un vacío que persistía; no obstante, entre la decepción y el enfado que recordaba haber sufrido, brillaban los cabellos rubios de Nelaros y una sonrisa amable que no le tenía la misma lástima que, por ejemplo, Kylon.
Al trasponer las puertas del distrito mercantil, la voz de Soris la arrancó de sus irritadas cavilaciones.
—No puedes culparnos por estar emocionados, Leah.
—Cállate, Soris.
—Los días que el metomentodo, como lo llamas, anduvo por aquí —Soris señaló el mercado con un movimiento circular de su dedo índice—, estuviste bastante bien, si piensas en lo que pasó con la reina.
El ceño fruncido de Kallian se profundizó otro poco.
—No es un insoportable, como tú.
—Vaya, te has cabreado —rio él—. En cualquier caso, es emocionante. Todos los chicos de la elfería te dan esa mirada de horror. ¿Has escuchado las historias? Andraste, tienen imaginación.
—¿Qué te hace pensar que es su imaginación?
—Por favor, no.
El gesto horrorizado de su primo fue una pequeña victoria. Un segundo después recordó al elfo del que hablaba Soris y regresó el mal humor. Sus pésimas elecciones en compañeros de cama la atormentarían una eternidad.
—Tú comenzaste.
—Y me estoy arrepintiendo como no tienes idea.
Kallian lanzó un suspiro y se retiró el cabello de la nuca, sosteniéndolo en lo alto de su cabeza mientras una ráfaga de viento aliviaba el calor; era demasiado tarde en el año para esa temperatura y a Kallian no le gustaba en lo absoluto el calor. El bullicio del mercado la obligó a hablar con voz más potente.
—Nelaros es... un amigo.
—Eso es todo lo que quería escuchar —replicó Soris. Su sonrisilla había perdido todo rastro de burla.
—No significa que me casaré con él.
—No lo sabemos. —Alzó los hombros—. Prima —agregó con un tono jovial muy fingido—, ¿no sería mejor casarte con un amigo a hacerlo con un completo desconocido?
Lo miró un segundo más, Soris tenía una expresión demasiado seria. Kallian se mordisqueó el labio, dubitativa. Hacía varios meses, él había estado a nada de ceder a la presión de Valendrian. Su primo se estaba dando por vencido.
—No es una responsabilidad únicamente tuya —agregó él, adivinando lo que pensaba por su expresión—. Tarde o temprano, todos caeremos... Eh, bueno, tal vez Shianni no lo haga, pero ella siempre fue muy... Shianni. Demasiado increíble, demasiado para este horrible lugar.
Ella coincidió con un movimiento de cabeza. Supuso que si los motivos que daban a Adaia para enorgullecerse eran escasos, siempre podía mirar a Shianni y suspirar tranquila. Su madre, lo que fue, lo que deseó, no era polvo que el viento había barrido. Vivía en el coraje y los ideales de una soñadora pelirroja, ganaba fuerza y terreno al tiempo cada vez que Shianni aceptaba salir de la cama a la hora más inaudita para prestar su ayuda a quien lo necesitaba.
Si estuviera viva, Adaia lloraría lágrimas de alegría gracias a Shianni. Y si tal cosa estaba fuera del alcance de los otros dos elfos que había criado, lo menos que ellos podían hacer era intentar dar tranquilidad a Cyrion.
—Lo estoy tomando como un insulto.
—No veo nada más, salvo que aún quieras escapar y unirte a los dalishanos. —Esgrimió una sonrisa que parecía retarla, pero ante el gesto en blanco de ella, Soris lanzó un suspiro, metiendo las manos en los bolsillos—. No es un mal destino para la gente normal. De cualquier modo, tu oportunidad estaba al lado de la la reina y yo... No estoy seguro de haber tenido uno.
Se mordió la mejilla interna con fuerza y apartó la vista. Anora era una herida que cicatrizaba muy lentamente, pero no estaba pensando en ella. Nunca se le había ocurrido que Soris tuviera deseos de algo diferente. Pero, por supuesto, Adaia no los había criado para conformarse; verse obligados a ello, causaba un malestar imposible de aplacar. Una continua y muy molesta picazón, ilocalizable e imposible de rascar.
—¿Tú, normal? —Se obligó a reír.
—Búrlate. Me lo merezco.
Lo contempló un momento antes de elevar su vista al cielo. Mediodía. Quedaban muchas cosas que hacer antes del atardecer.
Llegó a la torreón del sur cuando la última luz del día ya no iluminaba los patios y los jardines, rogando, como todos los días, que el cambio de guardia bastara para disimular su clandestina expedición. Trepó por el tejado, corrió una larga distancia por el adarve, saltó hacia el otro lado de la muralla e hizo el descenso casi sin fijarse. Conocía el Palacio Real de Denerim tan bien como conocía la elfería. Sabía —no, no sabía, conocía, había estado allí, se había percatado de ello mientras recorría la mole de piedra, madera y acero una y otra vez a lo largo de los años— que los edificios se habían construido según las irregularidades del terreno. En una colina amplia y más plana que el resto se alzaba el edificio principal: los pabellones de los dormitorios, un par de enormes salones, el gran comedor y la sala del trono. Por otro lado, empotrados en el relieve escarpado y de manera descendente, se habían levantado las distintas alas, la zona dedicada a los invitados, los jardines y miradores.
Kallian, concentrada en nada más que el sigilo, se fundía en los rincones oscuros de la noche que caía sobre el palacio real, abriéndose paso hasta Anora.
Cuando tomó la decisión que habría tenido que hacer años atrás, y optó por cortar, uno a uno, cada lazo que la unía a Anora Mac Tir, había sido consciente de que semejante empresa no ocurriría de la noche a la mañana. Del mismo modo en que su amistad se había hecho fuerte con los años, tendría que desmoronarse. No estaba siendo nada fácil. Por las noches, el deseo de correr y abrazarla la consumía hasta que el murmullo de la ciudad que despertaba despejaba su mente y la dejaba con la noticia de que había dormido en cortísimos intervalos a los que era imposible llamar sueño.
Los reproches llovían mientras se alistaba en la oscuridad.
¿Cómo había osado dejarla sola? ¿Qué había estado pensando? Qué irresponsable de su parte, Anora no podía estar sola. No podía quedar a merced de todos los conspiradores y los hipócritas, se recriminaba con la cara escondida entre las manos para sofocar un grito. Necesitaba que alguien le sonriera con sinceridad y se preocupara y estuviera dispuesta a interponerse entre ella y la muerte, no porque fuera la pieza faltante de un rompecabezas político, un engranaje fundamental en el reino (mentiras, estúpidas mentiras que se había contado a sí misma para no aceptar lo innegable, y actualmente eran un veneno que amargaba aquellos momentos en los cuales el ocio consentía a su mente libertad). Kallian no podía desaparecer de repente, para permitir que el mastuerzo de su esposo continuase saliéndose con la suya en cuanto a los placeres extramaritales mientras la culpaba de infertilidad. No podía dejarla para que los asquerosos señoritos que la odiaban terminaran de mutilar los sueños que una mujer admirable había concebido cuando niña.
Si no se ahogaba en remordimiento, probablemente estaba soñando despierta durante el día. La joven elfa fantaseaba que volvían a compartir las pocas alegrías que había para ambas. Los cientos de libros de Anora, los vestidos que Kallian admiraba. A veces sólo era tumbarse en el césped para ver las hojas caer o el sol filtrándose entre las que no. Ver el mar, ardiendo en los días del verano o la estelas de luz que perseguían a las embarcaciones durante la noche, prometiendo aventuras con las que ellas únicamente soñaban, atadas a Ferelden como estaban.
Anora cambiaría, la olvidaría, y si aquello era lo más sano, ¿por qué dolía tanto? Lo bueno no debería ser un malestar generalizado, no tendría que ser esa sensación fría en el pecho y las noches de insomnio y llanto, deseando tan intensamente la presencia de aquella a la que había perdido que le parecía oír su voz y percibir su delicado perfume viniendo de la nada.
Otra noche más escabulléndose hasta la reina, consciente de la tortura a la que, necia, se sometía. Estar allí, cerca como siempre y, de cualquier modo, no estar. Mirar a la reina llorar hasta quedarse dormida, como una niña pequeña, pero no moverse un centímetro para evitarlo. Era incluso peor que no haber estado allí en absoluto. Vio llorar a Anora. Detectó la rabia, el desencanto, la total falta de fuerza y la comprendió, queriendo salir de su escondite para decir que era horrible para ella también. ¿Qué fuerza superior la dejaba paralizada, tratando de ahogar un sollozo dentro de un armario o detrás de una ventana? Kallian no lo sabía, pero quiso confiar en que, con el tiempo, lo agradecería.
Algún día esto tendría sentido, debía tenerlo, porque era injusto sufrir de esta forma en vano.
La mente y cualquier complejidad inherente a ella, cualquier tecnicismo sobre su funcionamiento o los rasgos puntuales de su comportamiento eran el área y la pasión de Theodore como nunca habían sido la de Neria. De este modo, escapaba de sus posibilidades detallar y desmenuzar los procesos de la psique de las personas que ingresaban, por vez primera, a la fortaleza de Kinloch. Ella, en cualquier caso, sabía algunas cosas y aplicaba su mejor capacidad lógica.
Neria se deslizó, de la manera más silenciosa, dentro de los aposentos de los aprendices unos minutos después del almuerzo. Estaba lo suficientemente vacío y la posición del sol privaba de luz algunos rincones. Mordía la sonrisa traviesa de sus labios, que pugnaban por abrirse para permitir el escape de una risotada.
No sabía mucho sobre las pautas de las mentes sanas. Sabía que la suya no manifestaba el orden de los elementos que se requería para considerarla una psique en óptimo estado (no estaba segura de que nadie dentro de aquél lugar pudiera jactarse de tener una cabal salud mental). Los brotes de melancolía y la caída repentina de un cansancio mental y físico sobre ella, en periodos no del todo pautados, indicaban el deterioro del equilibrio dentro de su cerebro. No obstante, lo más sencillo era fusionar las características de su caso con la aglomeración de otros padecimientos de la mente y designarlo todo con uno de los títulos más escandalosos: locura, cuando no posesión.
«Surana, podrías estar poseída por un demonio de la pereza».
Neria recordaba perfectamente la carcajada y el resto del lenguaje corporal, virulento y asqueado, de Theodore Amell el día que un encantador superior se atrevió a verbalizar un despropósito de ese tamaño frente a él. La quintaesencia del saber en Thedas, resolvió él más tarde, era una mala broma. No volvieron a intentar "curarla" valiéndose de los eruditos de la Capilla.
La ayuda de Theodore se hizo más y más valiosa para ella, mientras más estudiaba y comenzaba a entender él sobre un tema relegado, tiempo hacía, a la oscuridad y la superstición. Un idiota arrogante, a quien le importaba más meterse debajo de las faldas de sus compañeras que convertirse en un mago útil para el Círculo, como pudiera parecer, pero ella sabía la otra historia y dejó de preocuparse por la reputación del muchacho porque a él parecía importarle aún menos. Se halló siguiéndole la corriente en sus tonterías, incluida la idea de acercarla a Cullen.
Hasta este día.
Neria se tragó la carcajada que le zumbaba tontamente en el estómago y sintió la llegada de un punzante dolor cuando el miedo le atenazó por las tripas. El cambio fue tan súbito que tardó un segundo en recomponerse para comprender lo que estaba pasando allí.
Ella no era capaz de interpretar lo que sucedía en la mente de Theo, salvo lo que la lógica más básica pudiera revelar. Tenía varios fragmentos como antecedentes, otra historia en pedazos que quizá pudiera echar algo de luz sobre el enigma que, para ella, era Amell.
Sabía que Anders no había hablado durante los seis meses posteriores a su llegada al Círculo. De hecho, todos sabían eso. Aun con el desfile de nuevas adquisiciones mágicas de la Capilla, tarde o temprano, hasta los recién llegados se enteraban de que el encantador mago rubio, Anders, el muchacho de risa fácil que protegía a los más jóvenes, el mismo que tenía numerosos intentos de escape en su haber, no había llegado a la torre con aquél nombre y que nunca se supo cuál había sido el verdadero.
Antes que el suyo, hubo incontables casos de mutismo entre los recién llegados. Hubo muchos después. Seis meses era el récord cuando Theodore Amell, noble de las Marcas Libres, se instaló en el rincón más apartado de las habitaciones de los aprendices, por no verse en la tesitura de convivir con el resto. Antes de que los tranquilos lo obligaran a desprenderse de sus posesiones y vestir la túnica reglamentaria, los habitantes de la torre advirtieron qué tipo de ropa usaba: intacta, ningún indicio de que se hubiera usado con el exceso al que obligaba la pobreza. Tenía las maneras de un muchacho de alta cuna, las manos suaves de quien nunca ha conocido el trabajo duro y, cuando se fijaron en él dentro de los baños, sus compañeros pudieron constatar que los arcos costales estaban bien a salvo debajo de una gruesa capa de músculo y piel. Llegó a la torre sabiendo leer y escribir, una ventaja de la que sus condiscípulos se resintieron largo tiempo. Arrugaba la nariz cada vez que subía a su litera y sufría el lino donde antes hubo seda; fruncía los labios cada vez que probaba los alimentos o se acercaba a aquellos que estaban menos habituados a tomar un baño y a quienes los mayores debían recordar insistentemente las reglas de higiene dentro de aquél insigne recinto.
Theodore Amell pasó, para el asombro de todos, ocho meses en silencio. Quizá, de no haber demostrado modales y un exagerado sentido de la higiene, sus maestros lo habrían tomado por un bobalicón a quien había que someter, inmediatamente, al rito de tranquilidad con el fin de salvaguardar al resto de los estudiantes. La cantidad de ocasiones que la amenaza gravitó sobre él habría alarmado a alguien más preocupado por sí mismo. Y Theodore no lo estaba.
Anders, sí.
Fue Anders la primera persona en arrancarle una palabra del niño Amell. Fue él quien lo instruyó en cada menester dentro de la torre: en qué compañeros se podía confiar y en aquellos de los que convenía mantenerse lejos. Le impartió las primeras lecciones de magia, antes de conseguir que confiase en alguno de los instructores. Fue él quien intervino por Amell una y otra vez frente a Irving y el que soportó cada colapso antes de que, en beneficio de su salud mental, Theodore optara por el resentimiento, negándose a la remota esperanza de zafarse de las garras de la Capilla.
Neria Surana lo sabía porque Anders le había confiado una parte y había rescatado el resto de los rumores y de entre las conversaciones de Jowan. De Theo era prácticamente imposible obtener nada al respecto. Su vida ese primer año dentro de la torre y todos los que pasó antes en Kirkwall habían sido vetados de cualquier conversación que uno pudiera mantener con él.
La manera en que cualquiera de aquellos detalles hubiera repercutido en la persona que era Theo actualmente, Surana no era completamente capaz de interpretarla.
Interpretaba, en cambio, lo que veía: la técnica fallida, el intento estropeado de un conjuro; saboreaba el excedente de maná que había servido -equivocadamente- de combustible, escuchaba la protesta de la energía del Velo entorno al hechizo inconcluso. Por sí sola, la constante oscilación del anómalo producto de la combustión sugería un centenar de problemas. ¿Por qué no se había dado cuenta antes?
—Estás ocultando algo.
Amell había extinguido la danza de una llama azul al cerrar el puño con sospechosa celeridad. El chico parpadeó, todavía moviendo los dedos entorno a los restos de su hechizo, intranquilo.
Ahora, Neria arrugaba la frente con preocupación; pero, oteando sobre el hombro del aprendiz, se había sentido más bien curiosa ante el secretismo con el cual el chico invocaba y desvanecía fuego en una mano. Antes de que advirtiera su mirada, Amell había forzado el rojo sobre el azul de la llama, revelando así que algo no trabajaba con normalidad en lo rudimentos de su magia. El vacío en el estómago no hacía más que crecer mientras Theodore ostentaba una expresión de alarma que intentaba suprimir sin éxito.
—Qué poco elegante espiar a los demás en sus asuntos —la acusó él, enarcando una ceja. Neria pudo escuchar la inseguridad temblando en su voz, no obstante.
La maga elfa entrecerró los ojos al mismo tiempo que se cruzaba de brazos.
—Es un buen intento, pero eso no te va a funcionar conmigo. —Le dedicó una mirada cansina. Torció los labios y decidió sentarse junto a él—. ¿Qué sucede? —Inquirió—. ¿Que te sucede?
Amell soltó un profundo suspiró y relajó la tensión en su espalda para dejarse caer sobre la cama. Aunque se cubría la cara con los brazos, Neria pudo ver la mueca en sus labios.
—Tengo diecinueve años —comenzó, en voz baja—, y la próxima primavera serán veinte. Sin embargo, no hay ni una señal de que mi Angustia vaya a ocurrir pronto.
Theodore gruñó, fastidiado consigo mismo.
Neria lo observó con gesto impasible. La Angustia de Theodore, en efecto, se estaba tomando demasiado tiempo. No era un mal mago, un poco holgazán con aquello que no le interesaba, sin duda, pero no un inepto. La elfa se sintió un poco mal por todas las veces que se había burlado de él. Las bromas a su costa estaban perdiendo gracia a una terrible velocidad.
—Jowan tampoco ha sido llamado —quiso animarle, pero por respuesta obtuvo una mirada incrédula.
—Ese no es ningún consuelo, Surana. —Otro gruñido, más potente esta vez. Amell espantó a quienes se habían interesado en ellos al aclarar la garganta—. Llegaste aquí mucho después, eres apenas mayor que nosotros, detestas este lugar y, de cualquier manera, completaste tu Angustia hace casi dos años.
—No puedes compararte conmigo —rio con cierto esfuerzo. A él no le causó gracia y Neria tragó saliva con esfuerzo—. No terminarás como ellos.
Ellos. Rondaban la torre con ojos distantes y voces monótonas. Neria a veces albergaba la idea de que obligarlos a convivir con los tranquilos era una macabra advertencia, una amenaza o un chiste al que solo los templarios más desgraciados le encontraban la gracia. En consecuencia, ella no soportaba estar muy cerca de ningún tranquilo.
—No es un miedo irracional —habló Theo—. No... —Un largo y pesado suspiro antes de sentarse de nueva cuenta—. A veces tengo este presentimiento. Neria, no lograré completar mi Angustia e Irving lo sabe.
Lo primero que la chica atinó a hacer fue golpearlo con fuerza en el brazo.
—Como vuelvas a decir algo así, Theodore Amell, la menor de tus preocupaciones será pasar o no tu Angustia —siseó con una ira que no sentía desde que vio a los templarios arrastrar a un Anders completamente fuera de sí hasta la más fría mazmorra de la fortaleza—. Eres distraído y perezoso, pero no un maldito pusilánime que se dejaría seducir por las promesas de un demonio.
Amell tenía sus ojos bien abiertos y se frotaba la zona que había recibido el potente golpe. Parpadeó tras unos segundos antes de recibir un puñetazo más.
—Dulce Andraste, Surana. Me arrugarás la túnica. —Su intento de salir de aquello con humor falló miserablemente cuando Neria atrapó su mandíbula con sus largos y huesudos dedos para obligarlo a mirarla a los ojos.
—Tonto, no pienso ir por este lugar temiendo encontrarte en algún rincón, convertido en uno de ellos.
Que muriese sería un escenario que podría sobrellevar, no así verlo convertido en un tranquilo. Los expresivos -bellamente rasgados- ojos de Amell, el único aspecto que no había conseguido aleccionar para mentir, esconder y manipular... El Hacedor no le había regalado un par de iris amatista para que la vileza de la Capilla los apagara con lirio. Era un pensamiento que la hacía estremecer. Sus estupideces, las travesuras y la pasión que sentía por el conocimiento... todo perdido en la vastedad de un par de ojos sin emociones.
Neria lo soltó, pero permaneció inclinada sobre el sorprendido muchacho.
—Todo va a estar bien —aseguró—, yo te ayudaré.
N/A: A las prisas, como siempre.
No quería publicar este capítulo hasta completar la tercera parte. Actualmente tengo -casi- listos los siguientes cinco capítulos y me faltan algo así como tres o cuatro para terminar esta parte. Sin embargo, se acerca el NaNoWriMo y, gracias a una amiga, estos días he desarrollado el intenso deseo de participar; no soy tan ilusa como para creer que escribiré 50,000 palabras en un mes, pero si me pongo a ello quizá logre la mitad. De modo que todo noviembre lo dedicaré a ese reto. Ya que no estaré escribiendo para ningún fandom y tengo estos capítulos más o menos listos, los usaré como la reserva de invierno, así que esperen actualizaciones poco espaciadas durante este mes -o quizá en los siguientes días, no lo sé- (si esperaba hasta diciembre serían casi cuatro meses sin actualización y me hace sentir un fracaso, además, si quienes me leen son un poco como yo, es difícil retomar el hilo de un fic del que no has tenido noticia en meses xD).
Toda esta parte es una rareza (por ello quería esperar hasta tenerla completa, para poder alejarme, mirarla y juzgarla). Culpo a las dosis de romance (se me da fatal), el formato extraño de uno de los capítulos, un ligero cambio en la trama de los magos, la presión de escribir ficción propia y la universidad (nadie nunca tuvo a la U como la última de sus prioridades, perdóname, madre xD). No me he sentido cómoda con ninguno de los siguientes caps, he estado torpe con las palabras y los diálogos y ugh (a ver de dónde carajo me voy a sacar 25 mil palabras para el NaNoWriMo si no puedo completar un capítulo de 4 mil).
Sus comentarios comenzaré a responderlos esta noche (ya dejaré de responder reviews con la actualización, qué horrible costumbre).
Me he extendido demasiado con las notas de autor.
Cualquier cosa rara que vean (mis dedazos o el hecho de que a veces me paso el canon por... ahí y pienso que nadie me dirá nada porque no afecta), no duden en comunicarmela.
Mil gracias por su paciencia, pastelitos.
