Rápido había pasado aquel mes cuando Romano notó que ya era catorce. No le dio mucha importancia ya que solo era un mes más, pero tenía dudas de cómo reaccionaría el otro. Solo por precaución, compró bombones. Si su pareja no traía nada, él simplemente podría comérselos después y maldecir a España en silencio por aquel desconsiderado acto, pero a él no le importaba hacer un mes, no.

"B. TOMATE : Roma. Hoy no voy a poder quedar. Tengo demasiado trabajo. Espero que me perdones…

B. TOMATE: ¿Romano? Sé que me has leído el mensaje.

ROMANO: Lo que sea. Ocúpate de tus estúpidos asuntos.

B. TOMATE: Te lo compensaré. Lo prometo…

B. TOMATE: Gracias por aguantarme todo este mes. Te quiero, tomatito"

El corazón del menor brincó al leer el último mensaje. A pesar de todas las veces que España se le sinceraba, seguía emocionándose.

"ROMANO: Más te vale."

El italiano se echó sobre su cama, algo deprimido. Comenzó a comer los bombones por mero auto reflejo, aunque se detuvo poco antes de acabar el primer piso de dulces y maldijo en voz alta, reconociendo al fin que realmente le habría hecho ilusión pasar aquel día con su pareja. Poco después, se encaminó al despacho para adelantar trabajo ya que no tenía nada mejor que hacer. Cuando lo vio, Veneziano reprimió un grito de puro pánico.

"¿Fratello haciendo algo útil sin que se le pida? ¿Qué ha ocurrido?"

-Oye… ¿Qué quieres hacer por nuestro cumpleaños? Está bastante cerca y no sé si querrías celebrar una fiesta o algo así…

Romano dejó el bolígrafo sobre la mesa y se encogió de hombros.

-Celebra tú con tus amigos. No sé qué quieres que te diga. Yo supongo que quedaré con mi estúpido novio o alguna chorrada por el estilo. Lo conozco. Me obligará a salir de casa o algo así.

Italia se acercó más a su hermano y se sentó sobre el escritorio y las hojas las cuales Romano había estado rellenando.

-Venga… ¿No quieres celebrar algo conmigo? Será divertido. Piénsalo- La mirada que recibió consiguió que cambiara de idea-. Está bien, está bien. Os dejaré el día para vosotros solos.

Lo que menos buscaba España en esos momentos eran problemas con su jefe. Suspiró fuerte y de forma ruidosa, consiguiendo que las flores de papel se desplazaran hacia los lados por el aire originado. Había estado con sus trabajos durante horas, incluso saltándose su sagrada hora de la siesta. Lo que más le dolía era fallar a su pequeño italiano justo ese día, avisándole tan solo con un par de horas de antelación.

Y se preguntaba: ¿Por qué era tan malo para el país que se viera con su pareja? Era obvio que aquel vejestorio mandón le estaba mintiendo sobre las consecuencias, ya que llevaba siglos con aquel joven, visitándolo siempre que podía, y nunca había ocurrido nada. Absurdo, molesto e incluso insultante, mas no podía hacer nada más que quejarse encerrado en casa. Al menos tenía permiso los días siguientes.

La puerta sonó un par de veces y de forma perezosa se levantó a abrir. Tenía tanto sueño que invitó a pasar a la persona que había timbrado sin antes siquiera reconocerlo.

-¿Así es cómo recibes a tu pareja, idiota?

España abrió un poco más los ojos, reconociendo a su querido italiano, el cual le miraba con mala cara y ruborizado.

-¿Roma? ¿Qué haces aquí?

-Mi jefe vino a hablar con el tuyo al parecer, y Veneziano concluyó que debía encargarse de los asuntos políticos así que decidí darte una visita y ayudarte en tu trabajo, no vaya a ser que sigas ocupado estos días.

-Eres tan adorable…

El español agarró con dulzura el mentón de su pareja y dirigió esos labios hacia los de él. Este no se resistió. Con el paso del tiempo había aprendido a incluso disfrutar aquel contacto y muestra de afecto que su pareja le brindaba siempre que podía.

-¿Realmente me quieres ayudar?

-Sí.

-Me quedan dos cajas más por hacer hoy de flores de papel, así que… ¡Manos a la obra!

Media hora después, el italiano sintió como todo el aburrimiento junto que había sentido en su vida no se podía comparar al que tenía en ese momento. España parecía calmado, mientras cantaba con alegría por sólo tener a Romano cerca. El otro intentaba hacer aquellas flores complicadas que parecían no acabar de una manera más rápida.

-¿No tienes nada para mí?- preguntó el joven de ojos verdes mientras seguía atendiendo al trabajo.

-Un cabezazo ¿Por qué iba a tener algo?

-Hoy hacemos un mes, y te veías decepcionado cuando mencioné que no podía quedar- Sonrió ampliamente, entrecerrando sus ojos color esmeralda los cuales habían comenzado a prestar atención al italiano que se encontraba justo al lado-. Me pareciste terriblemente adorable.

-Pues no.- Mintió- Tú tampoco tienes un regalo.

-¿Seguro?

Aquella mirada hizo que el joven se estremeciera, pero no de una manera desagradable. Sus ojos decían todo lo que España pensaba en ese momento, pero lo único que recibió fue un desvío de mirada por parte del menor.

-Como sea algo que no me guste o relacionado con el sexo, me enfadaré.

España se acercó más a Romano y lo envolvió con ambos brazos, quedando sus labios junto a la oreja de este, el cual comenzó a transpirar nervioso por tal acto. El otro simplemente comenzó a jugar con el rizo del menor y volvió a preguntar.

-¿Seguro?

Su voz se notaba diferente de lo habitual, consiguiendo que Romano se volviera a estremecer. Unos segundos después los cuales al italiano le parecieron eternos, el mayor se apartó y besó la mejilla de su pareja.

-Te prepararé una rica cena y daré un ramo de lirios. Sé que te gustan, por lo que decidí comprar unos pocos como regalo. Pensé comprar chocolate, pero me pareció poco. Aunque pensándolo ahora,- jugueteó con la rosa artificial entre sus manos- no creo que "flores" sea lo que más te apetezca.

Romano únicamente se encogió, todavía alterado por lo que acababa de pasar y tratando de ocultar la semierección que acababa de sufrir. Mientras, el español se regodeaba mentalmente ante aquel triunfo.

...o...o...o...

Siento que este capítulo fue muy corto... En fin... Mis disculpas. Ah, sí. Acabo de descubrir que me borra algunas cosas al pasarlo del Word aquí, como cuando habla España por teléfono o así. No entiendo esto, de verdad.

...

No me odien, por favor, que sé que comenzarán a odiarme ahora o dentro de poco.

¡Hasta la próxima!