No era la misión que Konan tenía en mente como primera tarea de Ajisai como parte de Akatsuki.

Era un problema que Ningendo estuviera en manos del enemigo, así que Nagato había estado buscando un recipiente adecuado para la senda humana. El día anterior, Konan consiguió por fin que Madara aceptase a su discípula en la organización y lo primero que había dicho la chica era que se presentaba voluntaria como nuevo recipiente de Ningendo.

—No lo hagas —le pidió—. Podemos buscar otra persona.

A pesar de estar haciéndose la fuerte, Konan podía notar que la chica estaba aterrada. Su cuerpo lucía muy tenso y sus ojos vidriosos. Estaba sin duda aguantando las lágrimas con todas sus fuerzas.

—Nadie más va a acceder a morir por la causa. Todos son demasiado cobardes.

—Aún así no tienes por qué hacerlo —replicó en un último intento de convencerla.

—Como miembro oficial de Akatsuki, mi deber es servir al sueño de Yahiko del que tanto me has hablado. Si con mi muerte contribuyo a que los habitantes de este país dejen de sufrir, si con eso dejaremos de estar atrapados siempre en los conflictos de las naciones poderosas, entonces estoy dispuesta a lo que sea. Moriré... Feliz, porque yo también comparto ese sueño, yo también he perdido a los míos y no quiero que nadie más tenga que pasar por lo que yo pasé. Ni por lo que tú pasaste... Ni por lo que Yahiko y Nagato pasaron.

Dos enormes lágrimas cayeron de sus ojos y la chica aspiró aire ruidosamente. Konan siempre pensó que ya nada podría conmoverla después de todo lo que había vivido, pero al ver a su joven discípula llorar y temblar muerta de miedo pero aún así dispuesta a seguir adelante, no pudo evitar abrazarla. A Konan ya no le quedaban lágrimas, hace mucho que se le habían gastado, pero de haber tenido las habría derramado.

—Eres una chica valerosa y digna de Akatsuki —dijo Nagato desde el trono en el que vivía hacinado.

Konan no quería dejarla ir. ¿A cuántas personas más tendría que perder? Nunca pensó que la lucha por la paz sería tan dura y tendría que derramar tanta sangre. Justo lo que estaba evitando hacer. Justo por lo que luchaba.

Jigokudo se acercó a ellas. Dándole un beso en la frente, Konan dejó ir a Ajisai.

—Siempre te admiraré, allá donde vaya —dijo la chica con un hilo de voz.

—No. Soy yo quien te admira a ti.

Haciendo uso de la senda Naraka, Nagato invocó a Enma. Una especie de tentáculo transparente salió de la boca del rey del infierno y conectó con el plexo solar de la chica, llevándose su alma al retirarse.

El cuerpo ahora inerte de Ajisai comenzó a caer de espaldas a los brazos de Tendo, cuyo cuerpo había pertenecido a Yahiko. Konan jamás se acostumbraría a verlo, y estaba segura que le iba a pasar lo mismo con Ajisai. Al principio fue fácil verlo moverse, era como si Yahiko nunca hubiera muerto a pesar de haber perdido su risa contagiosa, su vitalidad y tener aquellos ojos purpúreos llenos de ondas. Luego, cuando ambos asimilaron su pérdida por fin, fue más duro aún ver su presencia despojada de todo lo que lo caracterizó una vez.

Pero debía ser así, tenía algo de simbólico que la meta de Akatsuki se lograse con él ahí, el más poderoso de los seis caminos.

Tendo llevó en brazos el cuerpo de Ajisai, cuyo cuello caía fláccido por la gravedad, hasta Nagato, el cual parecía estar concentrado, sus manos unidas formando el sello de la rata.

—Déjame reinvocar al actual Ningendo —murmuró, y ella pudo ver que estaba haciendo un gran esfuerzo y que eso le iba a pasar factura a su débil cuerpo en un rato.

Cuando concluyó la reinvocación, Nagato colocó una mano en la frente de Ajisai, murmuró algo en un idioma que Konan no comprendió y realizó una serie de sellos a gran velocidad. Ajisai fue envuelta en una potente luz, a la vez que su cabello color caoba se volvía naranja brillante y los transmisores de chakra brotaban de su cara. Nagato estaba jadeando cuando todo pasó y ella bajó al suelo. Sus ojos color avellana se habían convertido en rinnegan.

—Te estás esforzando demasiado, Nagato. Recuerda que partimos mañana a Iwagakure.

—Para mañana me habré recuperado —contestó él, a través del nuevo Ningendo—. ¿Pudiste buscar una buena cueva a donde trasladar mi cuerpo?

—Está todo listo para la invasión. Iré a avisar a todos —dijo Konan.

Se sentía desesperanzada y vacía. Tanto tiempo invertido, tanto sacrificio y amigos caídos para casi volver al punto de partida con tres bestias de colas, pero se esforzó por apartar esa negatividad de su cabeza y concentrarse en el futuro. Akatsuki prevalecería aunque le costase la vida. Su causa era justa, y no podía dejar que la enorme lista de muertes fuera en vano.

En una mazmorra de Iwagakure, el cuerpo del viejo Ningendo, atado en cadenas, cegado y amordazado se desintegró en una pila de cenizas negras.


Deidara tenía por fin la casa para él solo pero había estado tan ocupado que de no haber sido así hubiera dado igual. Primero encerrado en el taller preparando su artística sorpresa para Kurotsuchi, y luego arreglándose. No sabía lo que estaría haciendo Obito en ese momento, él también parecía estar atareado con el estado actual de Akatsuki. Lo único que podía hacer al respecto era esperar que no se estuviera metiendo en líos. Tenían oportunidad para estar solos por fin, pero las circunstancias estaban haciendo que quedase desperdiciada. Sin problema, porque a la casa vacía era donde Deidara pensaba llevarlo tras la fiesta.

Esos días había asistido a infinidad de reuniones para trazar la estrategia a seguir. Tener a los tres jinchuuriki rescatados de su parte hacía las cosas más fáciles y Konoha iba a colaborar enviando algunas de sus fuerzas. También Kumo, por difícil que eso sonase, dadas sus malas relaciones internacionales. Al parecer, que tuviera que haber un vínculo entre el Kage y el Jinchuuriki funcionaba de maravilla en ambos sentidos. Tenía curiosidad por conocer a Killer Bee, el único Jinchuuriki que aún no conocía. Iban a tener un poder bestial entre los cinco. Akatsuki no podría defenderse ante eso. Deidara no tenía miedo, ni estaba preocupado, al revés, estaba esperando el día con ansias para erradicar la amenaza que había sobre él, sobre Naruto y el resto de los Jinchuuriki. Aún con ese prospecto, Deidara esperó que los demás no le quitasen mucho protagonismo a su arte. Quería impresionarlos a todos con su gran poder, pero sabía que la competencia era dura.

Metido en la tina tras un día fatigador dedicado al arte, Deidara limpiaba las manchas de arcilla de su pelo y cuerpo. Quién sabe cuantos días estaría fuera de Iwa, y si podría volver a bañarse pronto. Mejor aprovechar. A Onoki no le gustaba que se estuviera tomando la batalla por venir como una competición o una oportunidad para lucirse. Por desgracia para el viejo, él nunca sería tan solemne. Los ninjas de Iwa se caracterizaban por su valentía, eso no cambiaba. Que las nuevas generaciones tuvieran otro punto de vista era algo que él nunca podría cambiar.

¿Y Obito? ¿Cuándo iba a llegar? Deidara detestaba no saber qué era de él, aunque le hubiera dicho que iba a aparecer para el cumpleaños. Desde el momento en que lo anunció, tuvo curiosidad por saber como lo iba a hacer, aunque Obito no le soltó nada. Ojalá no se hubiera metido en otro plan enrevesado. Si llegaba a tiempo, podía incluso enjabonarle la espalda. Eso seguro le daba fuerzas extra para la pelea. Imaginó con una sonrisa en los labios como sería, quedándose en el baño mucho más de lo normal a esperar por Obito, pero obligado a salirse cuando el agua estaba ya casi fría.

Decepcionado y envuelto en toallas, comenzó a secarse. Bueno, él se lo perdía, pero entre las escenas que se sucedían sin parar en su cabeza y el ambiente caldeado del baño, Deidara se sentía asfixiado por sus hormonas alborotadas. Se empezó a vestir sin registrar del todo sus propios movimientos, mientras en su cabeza, la esponja enjabonada en su pecho recorría su piel mojada con delicadeza y Obito, a sus espaldas, besaba su hombro y clavícula.

Los golpes en la puerta lo devolvieron a la realidad, poniéndolo en guardia.

—¿Puedo pasar? —era su voz.

Era él. Y Deidara estaba a medio vestir. Por supuesto, con esa habilidad de desaparecer y aparecer, Obito estaba demasiado acostumbrado a no usar la puerta de entrada en propiedad ajena. Pensó que sería divertido que lo viese así por lo que fue a abrir la puerta, su cabello aún envuelto en una toalla y sin camisa.

La sorpresa fue mutua, pues ninguno de los dos se esperaba ver al otro así. La cara de Obito se puso completamente roja en cuanto lo vio, haciendo que se escondiera a un lado del pasillo. Deidara no esperaba verlo vestido como un shinobi de Takigakure, bandana con el símbolo de la aldea menor, suéter negro bajo chaleco azul lavanda de hombreras puntiagudas y unas gafas de protección de cristal espejado que emitía destellos azules. Cuando se recompuso de la sorpresa por el inesperado atuendo de ninja decente, Deidara salió del baño.

—Puedo esperar aquí mientras te vistes —dijo Obito, su cara estaba más roja que antes y Deidara notó como su mirada bajaba a examinarlo más de cerca. Era gracioso que hubiera perdido aunque fuera por unos instantes ese aire entristecido que solía tener su expresión para dar paso a una cara de bobo. Le gustaba esa cara.

Sin darle tiempo a contestar, lo agarró del brazo y lo arrastró al baño, donde cerró la puerta otra vez.

—¿De dónde has sacado esta ropa, hm?

—No va a gustarte. Es una larga historia.

—¿Y a qué esperas para empezar?

Deidara ya se temía lo peor. Obito suspiró.

—Takigakure envió a alguien para escoltar a Fuu de vuelta a la aldea... Al ser una aldea menor de pocos recursos no pueden permitirse más. Yo sólo... Intercepté a dicho jonin. Meterlo en un genjustu no me costó nada de trabajo. Ahora mismo está en mi dimensión personal en estado de hipnosis profunda.

Fue cierto. Esa historia no le estaba gustando nada.

—¿¡Has secuestrado a un tipo!? ¿¡Por qué todo lo tienes que arreglar con un genjustu, hm!?

—Lo soltaré a su debido tiempo sano y salvo —dijo él en tono conciliador—. No le pasará nada. No me gustó tener que hacerlo, pero vi la oportunidad y era la forma más sencilla.

—¿Cuándo vas a dejar este tipo de tejemanejes que tanto parecen gustarte?

—Lo siento. Me avergüenza admitir que momento dependo de ellos, pero te prometo a ti y a mí mismo que pararé después de desmantelar Akatsuki.

Estaba con un tipo complicado, en una situación más compleja aún y detestaba tener que hacer las cosas así. Pero tal vez no había otra manera. Deidara sacudió la cabeza, aún agarrado a su brazo, su mano apretaba más y más.

—Quería saber qué se sentiría al ser parte de tu día a día, al menos una vez. Esta es la ocasión perfecta y tal vez no tengamos otra.

Deidara tenía que tener mucho cuidado con él, Obito podía ablandar a cualquiera con un par de frases bien construídas. Liberándose de su agarre, tomó una de sus mejillas en cada mano.

—No estoy orgulloso de lo que he hecho —prosiguió casi en un susurro—. Quiero conocerte mejor. Ser alguien común por una vez. Saber lo que podría haber sido de no haberme encontrado con tantos obstáculos en mi camino solo por unas horas.

A pesar de que intentaba mantenerse fuerte, Deidara sentía como se iba calmando. Mierda. Ya no quería seguir gritándole ni de decirle que no podía ir a la fiesta si para ello tenía que secuestrar a una persona. Puede que fuera verdad que Obito merecía alegrarse un poco.

Y no es como si él no hubiera roto nunca las reglas.

—¿Puedes ayudarme a esconder mis cicatrices, por favor?

Deidara suspiró mirando al suelo, vencido. Esa tarea sí lo motivaba, muy a su pesar.

Media hora después y ya vestido, había conseguido crear una masa de arcilla con una consistencia cremosa, luego agregó un poco de pigmento anaranjado que había por el taller hasta dejarla del color de su piel. La extendió por el lado derecho de la cara de Obito, cubriendo sus desperfectos.

—Ponerme mirada de cachorro perdido no te va a funcionar siempre, hm —se quejó mientras trabajaba sentado en sus piernas.

—No era mi intención, pero me alegra que esta vez lo haya hecho.

La bandana cubriría su frente, pero por si acaso, Deidara no se olvidó de tapar esas cicatrices también. Cuando terminó, no sabía como sentirse. Obito parecía una persona renovada. Imaginó que así es como se hubiera visto de no ser por aquel accidente, salvo el detalle del ojo. Deseó que no fuera un criminal buscado, una persona rota que después de muchos años en pedazos no estuviera tratando de arreglarse ahora a la desesperada y de mala manera, sino un shinobi más con el que poder entrenar, tener una buena amistad a ojos de los demás, un romance en secreto. Un lugar al que volver junto a él, donde sabía que iría a encontrarlo. No tener que preocuparse más por su seguridad cada vez que tardaba un poco en aparecer.

Lo besó con suavidad por un breve momento que a ambos les supo a poco.

—Ya que tenemos la casa para nosotros por una vez —susurró muy cerca de sus labios, Obito lo besó de nuevo—... Vamos a regresar tras la fiesta...

Otro beso. La nariz de Obito rozó su cuello. Si seguía así, no querría moverse de sus piernas y llegaría tarde al cumpleaños.

—Me encanta como hueles...

Deidara se levantó cuando sintió que Obito se abrazaba a su cintura. Se habría quedado, pero quería castigarlo un poquito, que no se pensase que podía llevarlo por donde él quisiera.

—Luego podrás olerme cuanto quieras, hm —dijo, ignorando su evidente decepción. Examinó de nuevo su rostro en busca de desperfectos, se notaba un poco, pero sólo si uno se acercaba mucho y la iluminación era buena—. Ha quedado mejor de lo que esperé. Voy a irme ahora, la fiesta será en la plaza junto a la torre del Tsuchikage, ven dentro de un rato.

Obito activó el mangekyo sharingan y junto al vórtice que se originó del mismo, apareció una caja de madera oscura con un círculo cincelado en el centro. Nada más que la caja parecía cara. Deidara esperó que Kurotsuchi no hiciera demasiadas preguntas.

—Tenía el emblema de los Uchiha grabado, tuve que borrarlo por completo. Quizá estás pensando que como se me ocurre dañar una reliquia así...

—Bah —dijo Deidara tomando la caja que Obito le ofrecía—... Las reliquias son lo más bello para destruir.

Abrió la caja, dándose cuenta de lo pesada que era la madera. Dentro había diez shurikens de ocho puntas cuatro de ellas grandes y cuatro más pequeñas alternadas. Eran transparentes, difíciles de detectar en mitad del trayecto, y desprendían un ligero brillo azulado y rojizo al ser puestos a contraluz.

—Lo que no sé aún es como voy a justificar esto.

—Dile que se las compraste a buen precio a un vendedor ambulante que no sabía lo que tenía en las manos. Y que posiblemente sean robadas, pero que eso no es de tu incumbencia.

—Buena idea. Le diré eso, hm.

Confiaría en Obito cada vez que tuviera que buscar una excusa. Era obvio que se le daba bien. Conocía bien a su compañera de equipo como para saber que aceptaría un regalo tan exclusivo aunque fuera robado.

Obito se colocó de nuevo la bandana de Takigakure y el visor en los ojos.

—Cuando era niño siempre solía llevar unas gafas protectoras. Desperté el sharingan de forma tardía, así que siempre pensé que había algo defectuoso con mis ojos y que tal vez nunca lo tendría. Pero nunca perdí la esperanza. Me obsesioné con protegerlos y cuidarlos hasta de la más mínima cosa. Quería cerrarles la boca a todos los de mi clan que afirmaban que jamás lo despertaría.

—Por la forma en que hablas parece como si aún te importase —comentó Deidara.

Aunque le gustaba que le soltase pequeños fragmentos de información sobre su vida en Konoha, el retrato mental que se hacía Deidara de él era el de alguien que no conseguía pasar página del todo, incluso de pequeñas afrentas como eso. Imaginó, que si lo oía muy seguido acabaría por calarle hondo. Él también estaba empezando a cabrearse con todos.

—Supongo que nunca dejará de hacerlo, al menos en parte. Absurdo, puesto que están muertos y yo me he vuelto más poderoso que todos ellos juntos.

Deidara apoyó con fuerza las manos en sus hombros.

—No se te ocurra aparecer con ese estado de ánimo en la fiesta. Olvida toda esa mierda por un rato.

Al menos, eso hizo a Obito sonreír, quien lo tomó de la parte de atrás de la cabeza y lo atrajo a sí para darle un beso en la frente.

—Tienes razón. Nos vemos luego.

Las fiestas de cumpleaños en Iwa consistían en una enorme mesa repleta de comida y pasteles y otra con bebidas. Al ser Kurotsuchi la nieta del Tsuchikage y la víspera de una batalla, también habría fuegos artificiales, cortesía de Deidara, música en vivo y un rincón para actividades. Algunos jonin iban a organizar un pequeño torneo de lucha, pero a Deidara no le apetecía participar.

Deidara no iba a dejar pasar la oportunidad de comida gratis, así que lo primero que hizo fue servirse estofado de jabalí salvaje en un cuenco de madera e ir a ver el torneo. Había visto a Kurotsuchi muy fugazmente hablando con cada invitado que encontraba a su paso, por lo que no había podido darle el regalo. Pero no había prisa ninguna, primero había que comer, y Deidara había estado haciendo sitio todo el día. Apostó cinco monedas de diez ryo a que Ai ganase el torneo. Kodachi aún no se había recuperado del todo de su misión en Amegakure y muy posiblemente perdiese. De estar en forma, sería igualmente el último shinobi por el que Deidara votaría.

Mientras estaba viendo una de las peleas, contribuyendo al griterío que se había formado alrededor del improvisado ring, alguien se puso a su lado pegado a su hombro. Por su visión periférica vio que era Obito.

—¿Vienes mucho por aquí? —lo oyó murmurar junto a su oído.

—Tonto —contestó Deidara.

Examinó los alrededores para averiguar si alguien les estaba prestando atención. Todos estaban ocupados en otras cosas, ya fuera la comida, la música o el torneo.

—No te hagas el difícil, estás sonriendo.

Con disimulo, Obito colocó su mano en su cintura, retirándola enseguida.

—¿No quieres comer nada?

—Estoy bien. No necesito comer si yo no quiero. Ya te dije que la parte artificial de mi cuerpo me proporciona toda la energía que necesito.

—Bah... No insultes la hospitalidad de Iwa.

Deidara alcanzó dos tartaletas de mora y le pasó una a él. Si no necesitase comer, él lo haría igual.

Ambos le dieron un bocado al dulce a la vez. Deidara lo encontró delicioso, el dulzor de las bayas acompañado de un tenue matiz agrio sin olvidar la crema. Por la expresión de Obito, él estaba pensando lo mismo.

—Pasé varios años sin comer nada, ahora me di cuenta de lo mucho que lo extrañaba. Quizá tener hambre como una persona corriente me habría distraído del dolor, al menos un poco.

Obito se comió el resto de la tartaleta de un bocado. Molesto, Deidara le dio un golpe en el brazo.

—¿Nunca vas a dejar de pensar esas cosas? ¡Estamos en una fiesta! Diviértete como los demás, hm. Mira los demás. Mañana partimos, y muchos de ellos quizá no vuelvan y están aprovechando esta noche al máximo.

—Eso es bastante deprimente —contestó, Deidara se dio cuenta de su error—. Pero es cierto, van a jugarse la vida para detener un conflicto que yo he creado.

Como le gustaría callarlo con un beso.

—¿Qué pasa? Pensé que querías venir.

—Ahora me doy cuenta que no ha sido una buena idea.

Resolpando exasperado, Deidara lo arrastró a una silla donde lo obligó a sentarse, sirvió del gran caldero dos raciones de estofado y le puso el cuenco en las manos.

—Come y calla. Esto pone de buen humor a cualquiera, hm.

Por un rato se concentraron en la cena. Parecía haber funcionado, Deidara miró satisfecho como Obito parecía estar disfrutando de la gastronomía de Iwa.

—Es cierto, está bueno, pero creo que empezamos por el postre.

—Nah, eso son tonterías —contestó partiendo por la mitad un panecillo de hierbas aromáticas y dándole la mitad a Obito—. ¿Por qué las cosas deben ir en un orden específico? ¿Quién lo dice?

—No son tonterías —lo contradijo él con tono serio—, lo más rico debe dejarse para el final. Todo el mundo lo sabe... Me siento tan tonto diciendo esto.

—Pues a mí me gusta más oírte hablar así, hm. Pero si te ha gustado el postre, aquí tienes más —tomó un pedazo de pastel de arándanos y se lo pasó—, y prueba también este queso. Y...

—Deidara, si me como todo eso no me va a sentar bien. Y a ti tampoco.

—Si está aquí es por algo —replicó con una amplia sonrisa—. Mira mi espectáculo entonces al menos. Creo que el cielo ya está lo suficientemente oscuro.

Al extender las palmas de sus manos hacia arriba, las bocas en ellas se abrieron y una fila de abejorros salió de ellas, los cuales se posaron en sus dedos y brazos. Pronto ambos se llenaron hasta el codo de pequeños insectos blancos que se movían inquietos. Dos de ellos alzaron el vuelo, multiplicándose varias veces mientras ascendían. Deidara los perdió de vista, pero pronto todos los verían y oirían. Los abejorros en su mano izquierda se movieron para que él pudiera hacer el sello.

—¡Katsu!

Todos interrumpieron lo que estaban haciendo en esos momentos para prestar atención a la forma en la que el cielo se iluminó con un gran estruendo. Oía a la multitud aplaudir y gritar, pero él estaba más ocupado en orquestar su enjambre de abejorros de la manera más artística posible. El cielo se iluminaba una y otra y otra vez, llenándose de humo de colores. De vez en cuando miraba a Obito para ver su reacción. Le gustó ver que no se estaba perdiendo detalle de su espectáculo. Arriba, los fuegos artificiales seguían explotando en armoniosa sucesión captando la atención de todos justo como a él le gustaba. Una enorme reina de abejorro salió al final de su mano, elevándose con un audible zumbido. Fue una explosión algo más larga de lo normal, donde no quedó en el cielo ni un fragmento negro al descubierto. Cientos de puntitos blancos brillantes como estrellas permanecieron en el aire unos segundos más antes de apagarse del todo.

—¿Te ha gustado? —preguntó Deidara con interés, intentando hacerse oír por encima de los aplausos.

—No quería que acabara —contestó Obito, en su voz pudo notar que estaba impresionado—. Nunca vi fuegos artificiales tan complejos.

—Y nunca los verás en ninguna otra parte mas que aquí, hechos por mí.

La conversación no pudo seguir porque al siguiente segundo, Deidara estaba rodeado de genins y niños de la academia pidiéndole que siguera. Él sonrió orgulloso, había esperado ya esa reacción. Los chicos jóvenes no estaban tan prejuiciados contra él como lo estaban los adultos.

—¡Quiero aprender a hacer eso! —dijo un niño.

—¡Cuando sea mayor voy a robar un kinjutsu así como tú! —agregó una de las genin.

—Vas a tener que entrenar mucho si quieres superar todas las trampas —contestó Deidara contento por todo el reconocimiento.

—Vaya ejemplo le estás dando a los niños —se burló Obito—. Ir por ahí explotando cosas y robando técnicas prohibidas.

—Primero, no la robé, y segundo, ¿para qué las necesitamos entonces si no van a dejar a nadie que las use, hm? Si no quieren que nadie las robe que las destruyan. Y yo tengo consejos para pasar... Tal vez algún día se los cuente a alguien.

Despidiéndose de los niños antes de que le pidieran más información al respecto, Deidara se levantó y fue a la mesa de las bebidas, seguido de Obito.

—No deberías animarlos a convertirse en delincuentes tan jóvenes.

—El nindo personal no se acoge a esas convenciones tan estúpidas -contestó distraído, tratando de elegir una bebida, quería mantenerse sobrio y alerta, a pesar de que el resto del mundo iba a beber hasta desmayarse, incluso Kurotsuchi posiblemente.

— ¿Qué tal jugo de naranja? —dijo Obito.

Eso fue lo que eligió Deidara, pues era la primera vez que Obito sugería algo y así se ahorraba tener que elegir. Antes de dar un trago lo observó oler la bebida, era cierto que el aroma cítrico, dulce y jugoso invitaba a seguir haciéndolo.

—Este también, hacía años que no lo probaba —comentó con una sonrisa.

—Parece que te ha gustado especialmente.

—Me recuerda a tardes de verano en Konoha... ¿Quieres brindar?

A Deidara se le escapó una carcajada.

—¿Con jugo?

—¿Por qué no?

—¡Ahí estabas, Deidara-nii!—Kurotsuchi se acercó a ellos abriéndose paso a empujones, como supuso, llevaba una jarra de cerveza en la mano—. ¡Fueron los fuegos artificiales más impresionantes que has hecho!

—¿Sabe tu abuelo que estás bebiendo, hm?

—Claro que lo sabe y está demasiado ocupado jugando al shogi con sus amigos como para preocuparse por lo que hago de todos modos. Además, soy la futura Tsuchikage, y es mi cumpleaños. ¡Y la víspera de nuestra victoria contra Akatsuki!

—¿Qué te ha regalado el viejo, hm?

—Un pergamino con unas cuantas cosillas interesantes... Por cierto, ¿no piensas a felicitarme?

—Feliz cumpleaños... E-na-na.

Antes de que Kurotsuchi pudiera ofenderse, le tendió la caja de madera que había llevado bajo el brazo.

—Wow... Se ve algo importante si viene en esta caja tan pesada. ¿Qué será? ¿Qué será...?

La chica agitó su regalo, tratando de averiguar lo que había dentro antes de animarse a abrirlo. Sacó una de las estrellas arrojadizas, alzándola en el aire con los ojos como platos y la boca abierta en sorpresa. Deidara y Obito intercambiaron miradas.

—¿Demasiado impresionada como para dar las gracias, hm?

—¿¡De dónde has sacado esto!? ¡Te ha debido costar una fortuna!

—No tanto —respondió Deidara, no le gustaba mentir pero ya que Obito había ofrecido eso como regalo no le quedaba más remedio—. El tipo que me lo vendió o bien no sabía lo que tenía en las manos o bien lo sabía pero necesitaba dinero rápido.

—Se ven tan exclusivos... ¡No puedo dejar de mirarlos! ¡Gracias, Deidara-nii! Necesito ir a darle envidia a Akatsuchi ahora mismo.

—¡Ten cuidado con ellos y no los pierdas, hm! —la regañó.

Kurotsuchi le sacó la lengua.

—¡Para que lo sepas, yo cuido mucho mis cosas! ¡Eres tú quien va por ahí destruyendo! Oye, ¿por qué no vienes a jugar al poker con nosotros? Ya le he ganado dos veces a papá y una a Akatsuchi, me faltas tú.

Era hora de meter a Obito en la conversación. Deidara respiró hondo, asegurándose a sí mismo que todo iba a ir bien.

—Ahora mismo no puedo, ¿no ves que estoy socializando? —dijo, señalando a Obito con el codo.

Contuvo la respiración mientras Kurotsuchi reparaba por primera vez en él. Fue una buena idea que decidiera ponerse esas gafas.

—Hola —saludó Obito—. Tú debes de ser la chica del cumpleaños. Muchas felicidades, y que sean muchos más.

—¡Gracias! ¿Eres el acompañante de Fuu? Escuché de tu llegada esta tarde. Mi nombre es Kurotsuchi, encantada —dijo con una ligera reverencia.

Su compañera de equipo se quedó mirándolo, esperando a que se presentase a su vez. Deidara notó como Obito se ponía un poco nervioso. ¿Podría ser que el idiota no hubiera pensado en un nombre aún? Le dio un codazo, visto que no reaccionaba.

—¡E-encantado, Kurotsuchi—sama!

—¿Y tu nombre? —dijo impacientándose.

—Kuro.

Deidara reprimió el deseo de darse un golpe en la frente bien fuerte. No sabía por qué no le extrañaba. Kurostuchi dejó escapar un grito ahogado.

—¿¡Te llamas como yo!?

—No. Me llamo Kuro.

—¡Pero las primeras dos sílabas sí! Qué casualidad. Así no te olvidarás de como me llamo. ¿Vas a venir con nosotros mañana?

—Por supuesto. Esa es mi misión, escoltar a la señorita Fuu allá donde ella vaya.

—Ya quiero verlos en acción. Es bonito que tantas aldeas ocultas estén colaborando. Akatsuki ha resultado ser más efectivo que décadas de diplomacia. ¿Quién diría que nos uniríamos tanto, incluso con Konohagakure?

—Es desde luego una buena noticia en medio de tantas malas. Esos Akatsuki no saben con quien se están metiendo.

—¡Bien dicho! —tras asentir, Kurotsuchi lo miró a él—. ¿Y bien? ¿Cómo fue que se hicieron amigos?

—Estábamos viendo el torneo el uno al lado del otro y comenzamos a hablar, hm.

Eso de mentir se le estaba dando preocupantemente bien también a él.

—¿Ves Deidara-nii? Socializar es bueno, no todo el mundo es tan cerrado de mente ahí afuera.

—¡No me avergüences delante del visitante, mocosa! La última vez que me obligaste a socializar casi acaba mal.

Ella rió.

—¡Sabía que te molestaría! ¡Bueno, iré a hablar con más gente, aún tengo que recolectar algunos regalos! ¡Vengan a jugar con nosotros más tarde! Trata bien a Deidara-nii, Kuro.

Ambos sonrieron mientras la despedían pero ni bien se quedaron solos, Deidara miró a Obito con el ceño fruncido.

—¿Kuro? ¿¡En serio!? ¿¡Eso fue lo único que tu imaginación pudo producir!?

—¡Tiene una explicación! ¡No recordé que se parecía mucho al suyo hasta que lo dije! —se defendió Obito.

—Y ahora que lo recuerdo, tu nombre falso era Tobi, que son las sílabas de tu nombre real puestas del revés menos una. Menos mal que nadie en Konoha pudo asistir al cumpleaños.

—No te pases —replicó Obito—. Ese también tiene una explicación.

—¿Me las vas a decir o no?

—Kuro es el personaje de un libro. Tobi es... Un ave. Un ave de presa del País del Fuego que casi se extinguió por culpa de la caza de los campesinos, pero que a pesar de su persecución se recuperó y ahora abunda. La similitud con mi nombre también tuvo algo que ver, a decir verdad.

Ambos caminaron hasta un lugar más apartado de la plaza pues en medio de la multitud les estaba costando entenderse.

—Tobi no es un mal nombre. Me gusta su significado, pero aún así te arriesgaste mucho.

—Es posible que tengas razón, pero ya no importa. Me temo que tanto Tobi como Madara van a morir igual que un día Obito lo hizo.

Siempre pendiente de los demás, Deidara apuró su vaso, se acercó a Obito y apoyó la mano en su antebrazo.

—¿Y quién vas a ser ahora, Kuro? No me gusta ese nombre. Piensa en otro, hm.

—Es demasiado tarde, ya le di ese a Kurotsuchi —tras revisar que nadie estaba pendiente de ellos, acarició su mejilla, apartando de su cara un mechón de cabello—. Ojalá pudiera volver a ser Obito otra vez.

A Deidara le molestó poder permitirse algo más de intimidad con él. Llevaban en la fiesta poco más de una hora, pero ya no le apetecía quedarse. No es como si alguien les estuviera prestando atención en realidad. Ahí eran casi todos shinobis, como jinchuuriki, su presencia ya no les impresionaba tanto como a los civiles. Se aseguró que nadie estaba reparando en ellos cuando tomó a Obito de la mano.

—Vamos.

— ¿Y si nos ven? —susurró él.

En las fiestas de Iwa solía haber grandes cantidades de alcohol y canciones de borracho. Hizo bien en mantenerse sobrio. Aunque alguien viera algo, se le olvidaría al acto. Deidara no podía esperar más. Quería estar a solas con él cuanto antes, pero agarrarlo de la mano ahí delante de todos avivaba el cosquilleo de la adrenalina en su cuerpo, resultado de estar haciendo algo peligroso.

Sonrió a Obito en lugar de contestarle y dio un tirón de su brazo, arrastrándolo consigo entre gente demasiado perdida en su ebriedad como para reparar en ellos. Cuanto más se alejaban del lugar, más descaradamente tiraba de él.

La visión de la fiesta aún se podía oír unas solitarias calles después. Por fin estaban a solas. Lo miró sonriente agarrándose a sus hombros, pidiéndole con su lenguaje corporal que lo besase ya. Obito pareció pillar la indirecta y miró en todas direcciones preocupado.

— Deidara escucha, estamos en la calle...

Empujándolo contra la pared, Deidara le estampó un agresivo beso en los labios. Llevaba pensando en el momento en que sus labios se uniesen de nuevo todo el día, y las tonterías de Obito no iban a arruinarlo. Lo hizo protestar al morderle el labio, no pudiendo medir bien la intensidad de su pasión. Pero pronto Obito le alcanzó el ritmo y dio un giro para dejarlo a él pegado a la pared. Una de sus manos apoyada en la cadera de Deidara mientras que con la otra le apartaba el cabello. Sentir el tacto de sus dedos en su cintura y cuello lo terminó de encender del todo. Agarrado a su cuerpo mientras luchaba por no asfixiarse en aquel beso, comenzó a frotar su pierna contra la de Obito.

—No es —susurró él, volviendo a besarlo—... Un buen lugar.

—Lo sé, hm.

Pero para Deidara el resto del mundo ya no existía. Mañana partiría a la batalla e iba a hacer lo que le diera la gana donde le diera la gana.

—¿Entonces?

Deidara lo calló otra vez con su lengua. Obito no necesitó demasiada persuasión. Su pierna fue subiendo poco a poco, enlazándose con la de Obito mientras él lo aprisionaba cada vez más entre la pared y su cuerpo. Las manos de ambos metidas bajo la camisa del otro, acariciando, palpando, lamiendo a la desesperada.

El beso se extendió por minutos, ninguno de los dos sintiéndose saciados. Deidara necesitaba que Obito siguiera besando, tanto o más que el aire que estaba tragando cada vez que la ocasión se lo permitía. Abrazado a su pecho, brazos metidos en su camiseta recorriendo su espada arriba y abajo, subió más la pierna hasta colocar el talón en su trasero para darle un par de golpes con el mismo.

Obito lo aplastó más contra la pared y los dientes de ambos chocaron. Deidara podía sentir su erección en la parte baja de su estómago ahora. Se frotó contra la misma, provocando que Obito dejase escapar un erótico y grave gruñido, mientras su pie no dejaba de masajear torpemente su trasero. Quería oír aquel sonido otra vez, terminar de volverse loco, si es que el apasionado forcejeo de sus lenguas no lo estaba haciendo ya. Obito sabía a naranja dulce. Le gustaba. También el ligero olor avainillado que desprendía el maquillaje de su cara, medio arruinado ya y que dejaba ver parte de sus cicatrices en los lugares en los que se había desprendido por la acción.

—Deidara... —susurró él casi con veneración.

Lo siguiente que pasó fue que Obito le arrancó la camiseta de un experto tirón hacia arriba, que lo obligó a subir los brazos. Que se hubiera vuelto de repente tan valiente, eso no lo esperaba. El beso continuó con más lentitud, un dedo subió por su espalda, trazando la línea de su columna para luego volver a bajar hasta sus nalgas, y por cada centímetro de piel que tocaba él se estremecía placenteramente. Esta vez fue él quien gimió, dejándose llevar por el ardor de su cuerpo. Obito bajó la cremallera del chaleco azul celeste con hombreras puntiagudas y se deshizo de la prenda y el suéter negro ajustado.

Deidara lo atrajo a él una vez más, agarrándose a sus hombros. El contacto de su torso descubierto con el de Obito se sentía demasiado bien. Deseó no tener que despegarse. Le dio otro talonazo en el trasero al que Obito respondió estrujando sus nalgas con ambas manos, lenta pero firmemente, a la vez que frotaba sus caderas contra él.

Deidara había olvidado donde estaba a esas alturas, pero una voz en la distancia se lo recordó. Empujó a Obito un poco, llevándose el dedo al los labios.

—Shhh.

Ambos se quedaron muy quietos tratando de detectar de nuevo aquella voz, eran dos personas y debían estar cerca. Fueron a ocultarse tras un árbol y unos segundos después vieron por el camino a una chica con el uniforme de jonin de Iwa y a un anbu con una máscara de pájaro. Por la forma de caminar, ninguno de los dos parecía demasiado sobrio. Sintió la mano de Obito comenzar a amasar sus nalgas otra vez mientras la pareja se aproximaba. Los tenían ya bastante cerca, como a unos cuatro metros. Y entonces, algo inesperado ocurrió, el anbu se quitó la máscara y Deidara se dio cuenta que era otra chica. Ambas se besaron justo al lado de ellos. De inmediato se quitó un peso de encima. Al parecer no eran los únicos que andaban a escondidas, aunque lo ideal sería no tener que ocultarse.

Las chicas siguieron su camino tomadas de la mano y Deidara se relajó otra vez. Estuvo cerca, pero no consiguieron descubrirlos. Cuando miró a Obito otra vez, estaba completamente rojo. O mejor dicho sólo la parte de su cara que no estaba maquillada.

—Hey. Vamos a mi casa, hm.

Por mucho que le gustase la idea de quedarse en el patio delantero de la casa de alguien con Obito, Deidara sabía cuando retirarse a tiempo.

La espiral apareció de nuevo en su campo de visión, distorsionando la imagen junto al ya familiar tirón y sensación de centrifugado. Ya no estaban en la calle sino en su casa de nuevo, en su habitación.


Este capítulo se me extendió demasiado y lo tuve que partir en dos y hacer algunos cambios. Lo bueno, es que el siguiente está medio escrito y vendrá antes :D Sí, se me alargó mucho más de la cuenta.

Y me cargué a Ajisai, pero en el canon también muere, y solo está ahí para hacer de Chikushodo, aunque intenté darle un poco más de profundidad aquí a través de su amistad con Konan (snif). La razón por la que Chikushodo no se deshizo en el canon fue porque jiraiya ya lo había matado y por tanto Nagato dejó de tener poder sobre el cuerpo. Aquí Ningendo aún vivía aunque la distancia entre Nagato y él era tanta que las señales no podían llegar bien.

Tengo el capítulo a medio corregir, lo siento si algo no está de acuerdo a los estándares, prometo arreglarlo en cuanto pueda. Más tarde. Voy por la calle ahora jaja nunca actualicé antes en trayecto.

Como es primavera por esta zona de la geografía, he estado viendo muchos abejorros y me inspiré en ello para los fuegos artificiales de Deidara.

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!